| Poeta,
ensayista y narrador
El
Indiano que asiste desde su palco en el Teatro La Fenice al estreno
del Motezuma de Vivaldi, ignora que en realidad está contemplando
un palimpsesto. El texto exterior, el más evidente, es una
ópera veneciana, es decir, un género de reciente data
en tiempos de Vivaldi: una representación dramática
traspuesta al canto lírico, donde el argumento, el vestuario
y aun las segundas partes del canto están subordinadas al
virtuosismo de las estrellas principales. Poco importa el asunto
que procure cohesionar la totalidad. La ópera, por entonces,
es algo disperso, caótico, una parodia de la realidad, a
la que no puede exigirse verosimilitud y que en última instancia
funciona como una prolongación del carnaval veneciano. Recuérdese
que Carpentier hace decir al propio compositor: "No me joda
con la Historia en materia de teatro. Lo que cuenta aquí
es la ilusión poética [...]".(1)
E ilusión aquí es juego, simulación, "carnavalización"
bajtiniana.
Por
debajo de ese texto, está otro, más resistente y peligroso:
la historia como manipulación. El libretista Alvise Giusti
ha tomado como fuente la Historia de la conquista de México
de don Antonio de Solís. Escritor culterano, dramaturgo fracasado,
Solís elabora una especie de "refrito" o "bodrio"
a partir de narraciones anteriores _Cortés, Gómara,
Bernal Díaz_. Como cronista oficial de Indias, su objetivo
último es justificar, embellecer y acabar de legitimar la
conquista del imperio azteca. Por otra parte, ya su labor es en
gran medida escénica: él no estuvo implicado en los
hechos, simplemente deriva de otros textos, lo que le parece más
atractivo, para hacer una mise en scene, donde sobre todo cuenta
la gran tramoya barroca del lenguaje. La realidad es modificada,
en último caso, para que quepa en los cánones historiográficos
de Occidente, no en vano un apologista de Solís, don Gregorio
Mayans y Siscar ve como méritos fundamentales de esta crónica
lo siguiente: "Remedó a Quinto Curcio sin procurarlo,
especialmente en las oraciones, haciendo a los bárbaros menos
bárbaros. Toda la contextura de esta preciosa obra es una
tela finísima de oro puro, ricamente adornada de cristianas
y políticas sentencias, que lucen como diamantes finísimos".(2)
Por
tanto, si ya don Antonio nos está dando en esta crónica
la más notable de sus comedias o tragedias, Giusti coloca
esta imagen manipulada ante el espejo deformante de los cánones
del libreto operático, para satisfacer a otro Antonio, el
compositor Vivaldi. De este modo, Moctezuma es homologado con Julio
César, con Mitrídates, con Jerjes, con Aquiles, con
Príamo, personajes habituales de los escenarios líricos
y por tanto debe sufrir el mismo entramado de conspiraciones, sacrificios,
delaciones, hasta su destrucción final. Lo llamativo en ambos
casos, en la crónica y en la ópera es la dignificación
del vencido, no porque se acepte su problemática otredad
ante los invasores, sino porque se ha acudido a un procedimiento
que viene de la épica: la aceptación de la grandeza
de los vencidos. Moctezuma se ha convertido en un héroe troyano.(3)
Pero
todavía por debajo de esta capa de escritura puede rasparse
y aparece otro texto: la historia de una porción de América,
no como juego retórico sino como raíz y religación
identitaria. Más allá de las tergiversaciones, de
los absurdos y aun de un voluntario o involuntario travestismo capaz
de permitir que Teutile, general mexicano se convierta en hija del
Emperador que actúa como una Dido abandonada, más
allá de todo esto, el Indiano puede emocionarse ante la batalla
del Lago de Texcoco y gritar: "¡Bravo! [...] ¡Así
fue!".(4) Si Solís es capaz de conciliar
su papel oficial de historiador de los vencedores con sus ocios
de humanista, en los que procura emular con Tácito en eso
de concebir la historia como una especie de representación
moral, en la puesta en escena de Giusti-Vivaldi es posible todavía
encontrar asidero para que el Indiano pueda descubrir que está
"en el bando de los americanos", a punto como el Quijote
de irrumpir en el retablo de Maese Pedro para socorrer a los perseguidos.(5)
Aunque es Filomeno quien ofrece la clave: "¿Y qué
se busca con la ilusión escénica, sino sacarnos de
donde estamos para llevarnos a donde no podríamos llegar
por propia voluntad? [...] Gracias al teatro podemos remontarnos
en el tiempo y vivir, cosa imposible para nuestra carne presente,
en épocas por siempre idas".(6)
La
presencia de la ópera con un sentido alegórico es
particularmente reiterativa en la obra narrativa de Carpentier:
recuérdese en El reino de este mundo aquel café concierto
del Tivoli, donde los colonos franceses arruinados desafían
toda convención social y se divierten representado óperas
como El desertor de Monsigny, que les recuerdan tiempos mejores.(7)
En Los pasos perdidos es aquella escenificación de Lucía
de Lammermoor de Donizetti en un teatro Segundo Imperio que viene
a recordarnos la convivencia de todos los tiempos en el desplazamiento
geográfico del protagonista hasta el mundo de los orígenes.
Tanto los cantantes como el público encarnan una era romántica
perdida ya en el ámbito de las ciudades modernas y, como
acota Mouche, la función evoca "[...] la Lucía
vista por Madame Bovary en Rouen".(8)
En
El recurso del método la función de Peleas y Melisanda
de Debussy que el Primer Magistrado contempla en New York, es un
signo de los nuevos
tiempos
en la escena y fuera de ella, y el escándalo del dictador,
que clama por Manón,Carmen y Traviata, subraya el anacronismo
histórico de esta figura.(9)
Pero
el género lírico había atraído a Alejo
desde su más temprana juventud. El 15 de mayo de 1923, apenas
un semestre después de su debut como periodista en La Discusión,
aparece su primer artículo dedicado a la ópera, titulado
"La Boheme", en él se ocupa de una puesta que los
habaneros han contemplado de esta obra de Puccini por un elenco
excepcional encabezado por Titta Rufo, Giovanni Martinelli y Lucrecia
Bori. A diferencia de los gacetilleros de su tiempo no va a centrarse
en el virtuosismo de los ejecutantes, aunque reconoce sus méritos,
sino en el análisis del estilo de Puccini, en el que resalta
lo esquemático de la construcción de sus partituras,
el limitado desarrollo de algunos temas, el escaso poder descriptivo
de su música. Todo ello resultaba demasiado audaz en una
época en que se tenía al creador de Tosca como un
genio absoluto. Posiciones semejantes encontramos en otros artículos
de esos días como "El concierto de Lucrecia Bori",
"La función en honor de Carmen M. Ferrer" y "La
Tosca de antenoche".(10)
El
Alejo de esos días no sólo es un crítico agudo
del repertorio verista italiano que se ha apoderado de los escenarios
habaneros, sino que se erige en defensor de quienes considera antídotos
contra este: el papel fecundante del clasicismo del siglo xviii,
de la mano de Gluck, Rameau y Lully,(11) la promoción
de los dramas líricos de Ricardo Wagner(12)
y la difusión de las creaciones de autores contemporáneos
desde Debussy y Ravel, hasta Ricardo Strauss y Stravinsky, cuyas
obras conoce apenas fragmentariamente. Este ambiente está
excelentemente retratado en el capítulo "La conjura
de Parsifal", único publicado de su fallida novela El
clan disperso, donde el protagonista repasa una partitura de la
"Danza de los siete velos" de Salomé de Strauss
encontrada de manera fortuita.(13)
El
texto quizá paradigmático de esa etapa es "Tendencias
actuales del teatro lírico"(14) donde
el articulista desafía al público que se adormece
escuchando siempre las mismas obras de Bellini, Donizetti y Meyerbeer
mientras ignora las obras maestras de Wagner, Franck, Chausson,
Debussy, sin olvidar el verismo de Luisa de Charpentier. El texto
concluye con una afirmación que Carpentier va a fundamentar
a lo largo de su vida: la ópera _en contra de lo que piensan
los veristas_ no debe ser una copia mecánica de la realidad,
sino una realidad en sí misma, con la autonomía que
le concede su condición de producto artístico, y todo
intento de reproducir con exactitud lo cotidiano en ella termina
en el fracaso.
Una
segunda etapa se inicia en su pensamiento hacia 1928, tras su espectacular
fuga a París. En contacto con los Ballets Rusos de Diaghilev,
próximo al mundo de la experimentación sonora de Stravinski,
Alejo tiene sus propias experiencias en el arte lírico. Colabora
con el compositor Marius Francois Gaillard en la creación
de la tragedia burlesca Yambá O y en el ciclo de nueve canciones
Poemes
des Antilles, y con Edgar Varese al aportarle el texto para su Canción
de la niña enferma de fiebre, para soprano y orquesta y trabaja
en el libreto de la ópera The one all alone para el mismo
creador. Aunque quizá la experiencia más definitiva
sea la composición del libreto de Manita en el suelo, ópera
bufa en un acto y cinco escenas, dedicado al compositor Alejandro
García Caturla, quien la dejó inconclusa. Se trata
de una obra que, aunque sigue la pista del Stravinski de La historia
del soldado, vence muchos prejuicios al vincular arte lírico
y folklor afrocubano y unir el espíritu demoledor de la vanguardia
con el más sano nacionalismo musical.
En
este período, marcado por el pleno contacto con lo más
actual del género, Carpentier va a demostrar una especial
intuición para discernir lo auténtico y renovador,
de lo que sólo ostenta una modernidad aparente, de ahí
su rechazo a Johnny dirige el baile de Krenek, pues si bien la obra
está llena de locomotoras, teléfonos y receptores
de radio, su forma musical es "totalmente arcaica".(15)
Se orienta hacia valores muy seguros, sea la promoción en
Occidente de la ópera nacionalista rusa: El príncipe
Igor, La doncella de las nieves, Boris Godunov, o el estreno de
obras fundamentales desde el Wozzeck de Alban Berg hasta el Edipo
de Enesco. En ocasiones es capaz de discernir en un creador hasta
dónde su obra es verdaderamente revolucionaria y cuándo
simplemente comienza a repetirse o a perder el fuego de la novedad,
así, aunque es un gran admirador de la Orestíada de
Darius Milhaud, pronostica con acierto el fracaso de su Maximiliano
en la Ópera de París.(16) En este
caso específico, Alejo, que estuvo al tanto de la génesis
de esta partitura, desconfía evidentemente de la autenticidad
de la imagen de América que en ella se ofrezca.
Tras
un obligado intermedio cubano entre 1939 y 1945, Alejo se establece
en Caracas. Comienza la madurez para un pensamiento que no excluye
a la ópera de sus disquisiciones, así lo demuestran
decenas de artículos dedicados al género en la sección
"Letra y Solfa" de El Nacional, pero sobre todo, así
lo evidencia el ensayo Tristán e Isolda en la Tierra Firme.
En
octubre de 1948 se estrena en el Teatro Municipal de Caracas nada
menos que Tristán e Isolda de Wagner, la cual hasta entonces
había sido patrimonio de escenarios europeos y norteamericanos.
La ocasión resultaba excepcional. Conducía la representación
un director eminente: Thomas Mayer y encarnaba a la heroína
de la saga Kirsten Flagstadt, considerada una de las más
grandes intérpretes del papel de todos los tiempos.(17)
El
suceso mueve a reflexión al escritor: han pasado los años
del ingenuo rechazo a Wagner por un público nutrido por la
óperas románticas. Tras el auge del nacionalismo folclorista,
América se renueva por el contacto con la savia que sube
de sus raíces. Las páginas iniciales son una obertura
monumental al modo wagneriano:
Sobre
los techos rojos de los barrios mantuanos vuela, de noche, la canción
de la Doncella de Irlanda,
ensayada por un coro de adolescentes que cantan a Isolda la Blonda,
"Isolda de las Blancas Manos", de la vieja leyenda celta,
ignorando tal vez que los negros de Barlovento cantan todavía
la muy cercana gesta de Carlomagno, de Don Roldán, del Obispo
Turpín, de los Doce Pares de Francia y de Ogier de Saboya,
según las "crónicas francesas" invocadas
por el Trujamán del Retablo de Maese Pedro.(18)
Wagner,
antecesor de Stravinski, devoto de mitos que pueden encontrarse
de este lado del océano, contiene un potencial revolucionario
para los jóvenes de América. Se ha roto la estrecha
visión de "lo nacionalista", de "lo folklórico"
como única posibilidad para hallar una imagen propia, oyentes
y creadores pueden abrirse a una influencia europea sin perder los
asideros locales, pues los nexos entre el "acá"
y el "allá" son más sutiles de lo que puede
pensarse: el asunto, al parecer exótico del Tristán...
nació de una leyenda que nutrió muchos romances populares
llegados por los vericuetos de la conquista llegaron al Nuevo Continente.
Si
hacia 1921, los intelectuales de vanguardia eran antiwagnerianos,
por defender aquellos creadores europeos que les parecían
más renovadores desde Debussy hasta Stravinski, una década
después va descubriéndose el valor de la raíz
romántica que lo mismo nutre la narrativa de Kafka que el
atonalismo de Schonberg, y los americanos se vuelven hacia la desmesura
de sus tierras tan bien cantadas por sus poetas románticos
y por los narradores al modo de Güiraldes o Rivera. Para él,
que ha redescubierto América en sus textos fundadores, pero
también visitando la Gran Sabana o remontando el Orinoco,
es preciso reivindicar un romanticismo que tuvo la paternidad del
nacionalismo: Herder, Nerval, Weber y estimuló el culto al
pasado local, el interés por el folclor y la avidez por el
acento nacional. Un ejemplo muy caro para él es el de Mussorgsky,
quien a pesar de estar formado en una atmósfera cosmopolita
y gustar de las óperas de Verdi, supo demostrar con sus dramas
líricos que sabía volverse hacia el eslavo antiguo,
el ruso medioeval y sus expresiones litúrgicas.
A partir
de allí le es fácil enunciar la procedencia romántica
del pasado y la historia latinoamericanas, tan evidente en su arte
como en las características de sus grandes héroes.
Y si bien América careció de un compositor de la talla
de Berlioz por razones más bien sociológicas, reclama
el desarrollo de un arte compositivo que aúne el rigor técnico
con el poder de seducción de la emoción artística.
Para él, romanticismo, más que etapa en la historia
del arte, es una actitud ante la creación que encuentra en
obras de épocas tan diversas como la música religiosa
de Palestrina y Gabrielli, en la ópera Armida de Lully y
en el Tristán...
Lo
que precisamente le parece fecundador en la ópera es esa
alianza de literatura y música, la subordinación de
lo técnico a lo expresivo, la puesta en primer plano del
contenido que disimula las más rígidas formas compositivas,
como sucede con el Wozzeck de Alban Berg
donde el sombrío drama de Buchner sobrecoge de tal manera
a los espectadores que estos, como era un deseo expreso del compositor,
olvidan que están escuchando una sucesión de fugas,
invenciones, pasacalles, forjados según la más estricta
tradición contrapuntística.
Carpentier
destaca el poder de los dramas líricos wagnerianos, cuyos
argumentos conservan su vitalidad mucho después de que su
escritura musical ha dejado de parecer agresiva, los ve como una
suma artística, al modo de los autos sacramentales de Calderón
o las grandes piezas de Claudel. Estas obras transforman la escena,
convierten las representaciones en "misterios" o en "festivales
litúrgicos" que revolucionan los teatros donde se representan,
como mismo ha ocurrido con los grandes festivales folclóricos
celebrados en México, Venezuela y Brasil. Los artistas de
América deben producir obras capaces de provocar emociones
semejantes.
La
conclusión del escritor es esperable:
Hay
que realizar con lo latinoamericano algo semejante a lo que Wagner
realizó con lo romántico y lo alemán. Esto,
desde luego, muy lejos del monstruoso intento de construir Tetralogías
indias o de escribir dramas líricos en que veamos cantar
a Bolívar en dúo con San Martín en la famosa
entrevista de Guayaquil.19 Pero es indudable que Wagner se valió
de sus mitos, de su patrimonio cultural, como nosotros, tarde o
temprano, tendremos que valernos de nuestros mitos y de nuestro
ubérrimo patrimonio cultural.(20)
Esta
obsesión por el mito y el rito le hizo escribir años
después unas líneas sorprendentes, más cercanas
a la novela que a la antropología: "Levi Strauss me
ha hecho entender que el camino que lleva de una ceremonia ritual
de indios amazónicos a Parsifal no pasa necesariamente por
el Don Juan de Mozart".(21)
A pesar
de sus méritos indiscutibles, el propio Carpentier relegó
Tristán e Isolda en la Tierra Firme al olvido. Pero este
ensayo fue un paso decisivo en el proceso de maduración de
su ideario estético, que por esos mismos tiempos quedó
más precisamente definido en el prefacio a El reino de este
mundo con su definición de "lo real maravilloso americano".
La visión que en él hay de la ópera y sus posibilidades
continúa creciendo en su obra, desde entonces, especialmente
en el terreno narrativo y nos conduce hasta el palimpsesto que involuntariamente
forjara Vivaldi. La ópera, con lo que canta y lo que calla
nos lleva hasta las más profundas raíces de nuestro
ser.
Hacia
1923 se presentó Parsifal de Wagner en La Habana. El barroco
edificio del Teatro Nacional acogió esa única representación
apenas concurrida, porque la mayoría de los que por entonces
podían pagar una localidad para tal suceso habían
preferido asistir a una función de zarzuela en el vecino
teatro Payret, y los periodistas tenían asuntos más
interesantes para esa noche, por eso quizá nunca sabremos
quiénes fueron los intérpretes ni siquiera
el
director invitado. Más aún, se ignora si la representación
concluyó, porque algunos de los escasos asistentes descubrieron
pronto que la música era llevada por el conductor a un ritmo
el doble de lento que el exigido por la partitura, por lo cual una
puesta que habitualmente duraba unas cuatro horas podría
extenderse a más de ocho y se fueron marchando gradualmente
hasta vaciarse la sala. ¿Todo esto es cierto? Como tal lo
ha contado alguna vez Alejo Carpentier, aunque los investigadores
no han hallado rastros de esa noche wagneriana.
Quizá
el novelista estaba haciendo una parábola de su propia obra
entre nosotros: una larga ópera o mejor, una especie de "festival
sagrado" como reclamaba el compositor, llevada a escena a fuerza
de voluntad y fantasía, pero siempre en el borde del imposible.
La inocencia del héroe legendario transformada en la polémica
inocencia del escritor que pide continuamente peras al olmo. Para
mí, la verdadera grandeza de Carpentier ha estado allí,
en el hecho de imponernos Parsifal donde otros reclaman La verbena
de la paloma.
Notas
1 Carpentier,
Alejo. Concierto barroco. La Habana : Editorial Arte y Literatura,
1975. p. 90.
2 Mayans y Siscar, Gregorio. "Vida de Don Antonio de Solís".
En: Solís, Antonio de. Historia de la conquista de Méjico,
población y progresos de la América Septentrional.
París : Casa Editorial Garnier Hermanos, s/f. pp. 4-5.
3 Como
ejemplo de lo que decimos, compárese el "Lamento de
Moctezuma" que Carpentier transcribe parcialmente en Concierto
barroco, p. 34, con los discursos que pone Solís en boca
de este monarca, especialmente en el Libro IV, capítulo III.
La oratoria clásica del dramaturgo facilita enormemente la
elaboración del entramado lírico por el libretista.
El referente oculto en ambos casos es el héroe de la antigüedad
grecorromana, habitual protagonista de las óperas serias
barrocas.
4 Carpentier,
A. Op. cit. (1). p. 84.
5 Esta
alusión a un suceso de El Quijote nos lleva de la mano otra
vez a la ópera, se trata de El retablo de maese Pedro de
Manuel de Falla, ópera de cámara a la que Alejo dedicaba
con frecuencia líneas elogiosas, véase como ejemplo
"El Retablo de Don Manuel" en El Nacional, Caracas, 22
de octubre de 1953.
6 Carpentier,
A. Op. cit. (1). p. 96.
7 _______.
El reino de este mundo. En: Novelas y relatos. La Habana : Bolsilibros
Unión, 1974. pp. 111-113.
8 _______.
Los pasos perdidos. La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1976.
p. 72.
9 _______.
El recurso del método. La Habana : Editorial de Arte y Literatura,
1974. pp. 46-50.
Las
reacciones del Dictador ante el extraño drama lírico
de Debussy reproducen la actitud del público de la Ópera
Cómica de París, cuando esta partitura se estrenó
en 1902. La función de la novela tiene lugar en el Metropolitan
Opera House, con la participación de Mary Garden, que fue
la gran difusora de la obra en Estados Unidos. Alejo dedicó
a esta ópera el artículo "1902 _Peleas y Melisenda_
1952" El Nacional (Caracas) 18 mayo 1952.
10
Véase la recreación de aquellas temporadas de ópera
fomentadas en La Habana por el empresario italiano Adolfo Bracale
en El recurso del método, pp. 215-232.
11
Véase el artículo "El Concierto de la Orquesta
Filarmónica", en el periódico La Discusión
(La Habana) mayo 1925.
12
Véase su entusiasta comentario de la ejecución del
preludio de Los maestros cantores por la Orquesta Filarmónica
de La Habana en La Discusión (La Habana) 19 mayo 1925). Este
concierto, al parecer el mismo al que se refiere en el artículo
citado en la nota anterior, ocurrió el 10 de mayo de 1925,
en el Teatro Nacional, la orquesta estuvo dirigida por Pedro Sanjuán
y fueron ejecutadas la obertura de Ifigenia en Aulis de Gluck, la
obertura de Los maestros cantores de Wagner, así como algunas
obras de Godard, Turina y Borodin.
13 La conjura de Parsifal. Revista de la Biblioteca Nacional José
Martí (La Habana) en.-abr. 1975. p. 25-30.
14
El Heraldo (La Habana) 19 y 28 oct. 1924.
15
Carteles (La Habana) 12 ag. 1928.
16
"Los artistas nuevos y los estabilizados". Social (La
Habana) febr. 1932.
Maximiliano,
basado en un drama de Franz Werfel, adaptado por R.W. Hoffmann y
traducido por Lunel fue estrenado en la Ópera de París
el 5 de junio de 1932. La extrema longitud del texto contribuyó
mucho a hacer de la partitura algo difuso y fue el principal responsable
de su fracaso.
17
Días después _13 de noviembre de 1948_ la proeza se
repetía en el Teatro Auditórium de La Habana, esta
vez con Clemens Krauss en el podio y la Flagstadt y Max Lorenz en
los papeles protagónicos.
18
Carpentier, Alejo. Tristán e Isolda en la Tierra Firme. La
Habana : Imprenta de la Dirección de Información,
Ministerio de Cultura, 1990. s/p. (Edición Homenaje)
19
Quizá Alejo tenía noticias de que en 1943 Milhaud
había compuesto en 1936 la música incidental para
el drama Bolívar, de Supervielle, luego, en 1943, en el exilio
norteamericano, Madelaine Milhaud elaboró un libreto a partir
del drama y se elaboró una versión operática,
estrenada por la Ópera de París en 1950. Intencionalmente,
Milhaud adoptó la forma de la ópera romántica,
dividida en arias, dúos, concertantes, para darle carácter
popular, pero la excesiva longitud de la presentación _cuatro
horas y cuarenta minutos_ conspiró contra su éxito.
20
Ibídem.
21
Carpentier, Alejo. "La novela latinoamericana en vísperas
de un nuevo siglo". En: Ensayos. La Habana : Editorial Letras
Cubanas, 1984. p. 156.
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