Bibliotecario
de la Universidad de Minnesota
En
el siglo xix tres virtuosos de música clásica cubanos
de ascendencia africana alcanzaron fama global. El pianista José
Manuel Jiménez y los violinistas José Silvestre White
y Claudio José Brindis de Salas se sobrepusieron al legado
de la esclavitud que sufrieron sus antepasados en Cuba y triunfaron
en franca competencia con blancos en técnicas e instrumentos
inventados por estos. Sus éxitos tienen doble mérito,
porque para obtenerlos se esforzaron más que si hubieran
sido blancos, sobreponiéndose al prejuicio de los otros y
a sus propios complejos (inducidos por la condición subalterna
de negros y mulatos en una sociedad esclavista donde solamente los
negros eran esclavos). Este artículo está basado en
un trabajo bibliográfico más extenso preparado para
la 48a Conferencia Anual del Seminar for the Acquisition of Latin
American Library Materials (una asociación de bibliotecarios
iberoame-ricanista), celebrada en Cartagena de Indias, Colombia,
entre el 24 y el 27 de mayo de 2003.
Los
afrocubanos y la música en la Cuba española, 1512-1898
La
música clásica occidental llegó a Cuba después
de la conquista española de 1512 y por mucho tiempo fue música
sacra, pero para principios del siglo xviii La Habana y otras ciudades
de Cuba ya tenían grupos de músicos que cultivaban
la música clásica seglar. En 1776 se representó
en el Teatro Principal de La Habana la ópera Dido abandonada,
primera vez que se ponía en escena en la isla una obra de
ese género inventado en Florencia, Italia, en 1600. Se ha
dicho que el primer compositor de música clásica en
Cuba fue Esteban Salas (1725-1803).
La
música popular occidental también fue a Cuba de España.
Había tañedores de vihuelas y otros instrumentos europeos
del siglo xvi entre los primeros colonos, y la música popular
española y bailes españoles como el zapateado pronto
se entremezclaron con la música y los bailes de los esclavos
africanos que los españoles llevaron a la isla poco después
de 1512. A principios del siglo xix, inmigrantes franceses de Haití
llevaron a Cuba una danza de origen inglés que ya habían
francoafricanizado y llamaban "contredance" y sus esclavos
introdujeron el "cinquillo", un patrón rítmico
que desde entonces ha distinguido a la música bailable cubana.
Pronto se escribieron "contradanzas" cubanas que dieron
origen
a la danza habanera y al danzón cubano, bailes interpretados
por grupos musicales llamados "orquestas típicas".
Un
libro de consulta obligatorio para el estudio de la música
en Cuba es el Diccionario de la música cubana (La Habana,
1992), de Helio Orovio, pero el más completo y bien escrito
sobre los primeros trescientos años de la música occidental
en Cuba es La música en Cuba, de Alejo Carpentier, publicado
por primera vez en México en 1946. También útiles
son las monografías Introducción a Cuba. La música
(La Habana, 1969), de José Ardévol, Panorama histórico
de la música en Cuba (La Habana, 1971), de Edgardo Martín,
y la Historia de la música cubana (Miami, 1986), de Elena
Pérez Sanjurjo. Se encuentran artículos interesantes
sobre Esteban Salas y su obra en la antología del musicólogo
Pablo Hernández Balaguer titulada El más antiguo documento
de la música cubana y otros ensayos (La Habana, 1986). Hay
un disco muy útil por las contradanzas y danzas que recoge
y por la genealogía que establece entre 1803 y 1973 de la
contradanza con bailes populares cubanos más cercanos a nuestros
días, The Cuban Danzon. Its Ancestors and Descendents (New
York: Folkways Records and Service Corp., 1982). Se encuentran datos
importantes para el estudio de la música en Cuba en dos obras
que pueden llamarse documentales, porque fueron escritas por personas
que vivieron o conocieron a participantes en los eventos que describen:
La Habana artística (La Habana, 1891), de Serafín
Ramírez, y Las artes en Santiago de
Cuba (Santiago, 1893), de Laureano Fuentes Matóns. Es indispensable
para todo estudioso de la historia de la música en Cuba el
archivo del Museo Nacional de la Música, en La Habana. También
se encuentran fuentes valiosísimas en las diversas colecciones
de la Biblioteca Nacional de Cuba.
Por
diversas razones analizadas sensatamente por Laird Bergad y Fe Iglesias
en su excelente monografía The Cuban Slave Market, 1790-1880
(Cambridge, 1995), para principios del siglo xix había en
Cuba gran cantidad de africanos y descendientes de estos ya libres.
En 1801 visitó Cuba el científico alemán Alejandro,
Barón de Humboldt, y notó que muchos de los morenos
(negros) y pardos (mulatos) libres habían acumulado capital
y formaban una especie de clase media de artesanos y pequeños
terratenientes (véase su Ensayo político de la Isla
de Cuba, publicado en París en 1836). Aunque esta elite afrocubana
fue diezmada durante la persecución de libertos negros y
mulatos después del descubrimiento en 1844, durante el gobierno
del general O'Donnell, de la conspiración para una revolución
llamada en la historia de Cuba la Conspiración de la Escalera,
no fue destruida.
En
1878, al terminar la primera guerra de independencia de Cuba, abolicionistas
españoles y cubanos en Madrid promovieron la eliminación
de la esclavitud, la cual se llevó a cabo en la isla en 1886,
asistieron a las sociedades de negros y mulatos surgidas en Cuba
después de la implementación por el gobierno de Madrid
de la Ley de Asociación de 1881 en sus esfuerzos para obtener
el reconocimiento de sus derechos civiles como ciudadanos españoles
bajo la Constitución española de 1876. Hasta el momento,
el mejor análisis sobre las actividades abolicionistas en
España es Spain and the Abolition of Slavery in Cuba, 1817-1886
(Austin, 1967), de Arthur F. Corwin, y entre lo que se ha escrito
sobre las sociedades de negros y mulatos en Cuba entre 1878 y 1898
se destaca el estudio monográfico Sociedades de instrucción
y recreo de pardos y morenos que existieron en Cuba colonial. Período
1878-1898 (Veracruz, 1993), de Carmen Victoria Montejo Arrechea.
Los estudiosos Jorge e Isabel Castellanos analizaron los logros
sociales promovidos por la agencia de las sociedades afrocubanas
en los últimos veinte años de la Cuba española
en su obra en cinco volúmenes Cultura afrocubana (Miami,
1990). Dos fuentes documentales útiles para la investigación
de este tema son La raza de color en Cuba (Madrid, 1894), de Rafael
María de Labra y Rectificaciones: la cuestión político-social
en la Isla de Cuba (La Habana, 1900), de Juan F. Risquet.
En
1868 el gobierno de Madrid comenzó a abrogar las leyes segregacionistas
que limitaban los derechos civiles de los afrocubanos bajo las antiguas
Leyes de Indias, hasta entonces el código legal vigente en
Cuba, con la abolición de los "estatutos de limpieza
de sangre". Para 1898 el entramado legal segregacionista había
sido destruido en Cuba, aunque no así los prejuicios fomentados
por la esclavitud de los negros en la sociedad cubana. En 1899 un
reportero de los Estados Unidos en La Habana notó que
un oficial negro del Ejército Libertador Cubano a quien le
negaron servicio en un bar americano invocó las leyes vigentes
en ese año (Circular del Gobierno General de Cuba de 3 de
junio de 1885) y obtuvo reparación. Charles M. Pepper le
dedica un capítulo entero a este tema en su libro de impresiones
de su viaje a Cuba Tomorrow in Cuba (New York, 1899).
La
carrera musical nunca estuvo cerrada a los cubanos descendientes
de africanos por las leyes segregacionistas que comenzaron a abrogarse
en 1868 y por ello encontramos en narraciones de viajeros y otros
documentos históricos la presencia de músicos afrocubanos
tanto en las capillas de las catedrales como en los bailes populares.
En la primera parte del siglo xix, cuando la música clásica
seglar comenzó a florecer en Cuba, encontramos mención
de ejecutantes afrocubanos de mérito como Claudio Brindis
de Salas (1800-1872) y José Julián Jiménez
(1823-1898). En este trabajo me limito a analizar las fuentes para
el estudio de la vida y obra de los tres primeros virtuosos afrocubanos
que obtuvieron fama global: José Manuel Jiménez, José
Silvestre White y Claudio José Domingo Brindis de Salas.
José
Manuel Jiménez Berroa (1851-1917)
Este
músico llamado Lico, nació en la ciudad de Trinidad,
en la región central de Cuba, el 7 de diciembre de 1851.
Su padre fue el mencionado José Julián Jiménez,
quien había estudiado violín, piano y composición
en el Conservatorio de Leipzig (Alemania) con los maestros David,
Moschelles y Ritter, y recibió sus primeras lecciones con
él.
En
1867 viajó a Hamburgo con su hermano, el violoncelista Nicasio
Jiménez Berroa, y en el conservatorio de esa ciudad estudió
piano y órgano con el profesor Armbrust. Se trasladó
a Leipzig donde aprendió piano con el renombrado Moschelles
(maestro de su padre), y más tarde con Karl Reinecke.
En
1875 José Manuel Jiménez concluyó sus estudios
en Leipzig con el diploma de primer grado y recorrió los
escenarios europeos con su padre y hermano. Fueron anunciados por
la prensa francesa como el Trío de los Negros y en el número
del 14 de noviembre de ese año La Revue et Gazette Musicale
de Paris dice: "Los tres virtuosos negros, Julián, Manuel
y Nicasio Jiménez han dado un primer concierto el 6 de noviembre
en la Sala Herz. Son artistas de talento". Durante su estancia
en París el joven Jiménez concursó para obtener
su admisión en el Conservatorio de esta ciudad y fue aceptado.
En París estudió con Antonio Marmontel y frente a
un jurado de músicos eminentes, como Carlos Gownod y Julio
Massenet, ganó la medalla de plata y el diploma del Conservatorio.
Regresó
a Cuba en 1879 y el 21 de junio de ese año tocó en
el Teatro Tacón de La Habana, en un concierto en el que interpretó
su composición Solitude en un programa que incluía
piezas de Federico Chopin y Francisco Liszt. Ignacio Cervantes escribió
una reseña positiva de este concierto que fue publicada el
25 de ese mes en el Diario de la Marina, el periódico cubano
más prestigioso de la época. Después de su
éxito en La Habana ofreció recitales en varias ciudades
cubanas. Se estableció en Trinidad y ejerció de profesor,
teniendo entre sus discípulos a Guillermo Tomás y
a Ana Aguado, y manteniendo una activa participacion en la vida
artística de Trinidad y Cienfuegos. En 1890 regresó
a Hamburgo y en Alemania continuó su exitosa carrera, se
casó y constituyó familia. Fue nombrado en 1892 codirector
del Conservatorio de Hamburgo, pero no dejó su trabajo como
solista y compositor. Fue el primer cubano que escribió lied,
canción de concierto en la cual la voz y el acompañamiento
(usualmente para piano) tienen igual expresividad que el texto.
En la biblioteca del Ibero-Amerikanische Institut de Berlín
se conserva una colección del lied que compuso, titulada
Cinco canciones para soprano o mezzo-soprano (Hamburgo, 1900). Su
Estudio sinfónico se puede oír en el disco Compositores
cubanos (La Habana: Areíto, 1976).
Las
obras de referencia más importantes mencionan a José
Manuel Jiménez: Diccionario biográfico cubano (New
York, 1878), de Francisco Calcagno, Diccionario enciclopédico
de la musica (Barcelona, 1947-1954), de Albert Torrellas, Música
y músicos de Latinoamérica (México, 1946),
de Otto Mayer-Serra, y el Indice biográfico de España,
Portugal e Iberoamérica (Munich, 1990). El Diccionario de
la música española e hispanoamericana (Madrid, 1995)
tiene un artículo extenso sobre él y es mencionado
en las historias de la música en Cuba citadas, pero el único
estudio monográfico sobre Jiménez que he podido localizar
es el ensayo José Manuel (Lico) Jiménez Berroa, 1851-1917:
70 aniversario de su fallecimiento (La Habana, 1987),
de
Edilia Piñón González, publicado por el Ministerio
de Cultura, la Dirección de Patrimonio Cultural y el Museo
Nacional de la Música. En mi opinión no falta la información
documental para escribir una biografía analítica de
Jiménez. El índice electrónico de artículos
sobre música en periódicos y revistas del siglo xix
Repertoire Internationale de la Presse Musicale tiene decenas de
referencias a crónicas de sus conciertos. El Museo Nacional
de la Música, en La Habana, la Biblioteca Nacional de Cuba
y el Conservatorio de Hamburgo son lógicamente instituciones
en cuyos acervos se puede esperar encontrar información documental
sobre su vida y obra.
José
Silvestre White (1836-1918)
Nació
el 1 de enero de 1836 en la ciudad de Matanzas, en la costa noroeste
de Cuba. Su padre fue el comerciante francés Carlos White
y su madre la liberta María Escolástica Laffite. Su
padre llevaba un diario donde anotó que José Silvestre
empezó a aprender a tocar el violín con él
cuando tenía cinco años; pero su primer profesor de
música fue el afrocubano José Miguel Román,
con quien tomó clases desde 1843 hasta la muerte de este
en 1844. Después estudió con Pedro Haserf, músico
belga residente en Matanzas; de él recibió ánimo
para dedicarse a la composición. José Silvestre White
tenía ya la técnica de un virtuoso del violín
en 1854, cuando el dechado pianista de Louisiana, L. N. Gottschalk
(1829-1869), le sirvió de acompañante en un concierto
que dio en Matanzas y le sugirió a su padre que lo enviara
a estudiar en Europa.
En
1855 White fue admitido en el Conservatorio de París, donde
estudió violín con el maestro Alard. Al año
siguiente le otorgaron un puesto de honor por sus méritos
y ganó el primer premio en la competencia anual de violín
del Conservatorio. Regresó a Cuba en 1858 para visitar a
su padre enfermo, pero volvió a París con su madre
y sus hermanas después de la muerte de este. Entonces comenzó
una carrera de concertista que lo llevó por varias ciudades
de Europa. De 1861 a 1875 participó en los esfuerzos de músicos
franceses para desarrollar en París el gusto por la música
de cámara. En esa época compuso sus seis estudios
para violín solo (op. 13), su cuarteto de cuerdas (op. 17)
y el Concierto en fa sostenido menor para violín y orquesta
(estrenado en París en 1867). White decidió extender
su carrera de concertista a traves del Atlántico y la comenzó
en Cuba con un recital en el Teatro Esteban (hoy Sauto) de su nativa
Matanzas en enero de 1875. En La Habana compartió el escenario
por primera vez con el pianista y compositor Ignacio Cervantes Kavanag
(1847-1905) y dio conciertos en varias ciudades de la isla, hasta
que fue deportado por donar sus ganancias para el armamento y avituallamiento
de los insurgentes cubanos que estaban luchando para obtener la
independencia de su patria de España.
El
New York Times del 13 de mayo de 1875 (página 10, columna
2), bajo el título "Despotic Measures", incluye
una nota sobre la deportación de Cuba del "célebre
violinista" White y su proyectada partida para México.
Allí White tuvo gran éxito. El 25 de mayo de 1875
la Revista Universal de Ciudad México publicó la crónica
de un concierto de White por José Julián Martí,
también deportado
de Cuba. En esta crónica Martí dice: "White no
toca, subyuga: las notas resbalan en sus cuerdas, se quejan, se
deslizan, lloran; suenan unas tras otras como sonarían perlas
cayendo". De México pasó a los Estados Unidos
y en New York dio dos conciertos, el 19 y el 24 de octubre, en colaboración
con Ignacio Cervantes (quien fue deportado de Cuba por las mismas
razones que White). El New York Times del 20 de octubre de 1875
tiene una nota sobre ellos: "White-Cervantes Concerts"
(página 4, columna 6) en la cual alaba el buen gusto y la
corrección de Cervantes y la maestría de White en
su interpretación de la Chaconna para violín solo,
de Juan Sebastian Bach.
En
1879 White fue a Venezuela, donde coincidió con su compatriota
Claudio José Domingo Brindis de Salas. Estuvo en las repúblicas
de Perú, Chile, Argentina, Uruguay antes de pasar al Imperio
del Brasil. En este país fue acogido por los aficionados
a la música y por la familia imperial. El emperador Pedro
II le nombró profesor de música de su hija, la princesa
Isabel, y director del Conservatorio de Río de Janeiro. White
se sintió tan bien en ese país que permaneció
en él hasta 1889. En sus conciertos en Hispanoamérica
y Brasil, igual que en los Estados Unidos, llamó la atención
su inclusión de obras de compositores como Bach, Mozart,
Mendelssohn y Schumann, porque la mayor parte de los virtuosos de
música clásica occidental en el siglo xix, tanto en
Europa como en las Américas, nutrían sus programas
con popurrís de melodías de óperas y variaciones
sobre temas populares, con efectos técnicos y pasajes de
difícil ejecución.
White
regresó a París en 1889 donde se estableció;
allí se dedicó a la enseñanza y participó
en la vida musical de la ciudad. Fue maestro de grandes virtuosos
europeos como Jacques Thibaud y Georges Enescu y de los cubanos
Rafael Díaz Alberti e Ignacio Sardiñas. En medio de
una gran actividad artística falleció el 12 de marzo
de 1918.
Se
encuentran referencias de White en todas las obras mencionadas en
relación con José Manuel Jiménez. También
hay un artículo en el New Grove Dictionary of Music (New
York, 2001). En 1874 Paul Dupont escribió una breve biografía
de White que fue traducida al castellano en Matanzas y luego al
inglés (véase Music and Some Highly Musical People.
Boston, 1883, de James Trotter). En 1990 la Revista Musical Chilena
le dedicó un número (volumen 43, no. 173, enero-junio
1990), en el cual se encuentran artículos sobre él
escritos por Luis Merino, Mario Milanca Guzmán y Armando
Toledo. Además Cristina Magaldi Guzmán escribió
dos artículos sobre White y su influencia en la vida musical
brasileña ("José White in Brazil, 1879-1889",
en Inter-American Music Review, invierno/primavera 1995, pp. 1-19;
"Music for the Elite: Musical Societies in Imperial Rio de
Janeiro", en Revista de Musica Latino-Americana, primavera/verano
1995, pp. 1-41). Josephine Wright publicó un trabajo importante
sobre su influencia en la vida musical francesa ("Violinist
José White in Paris, 1855-1875", en Black Music Research
Journal, 10:2, otoño 1990, pp. 212-232), así
como Iraida Trujillo Lima y María V. Oliver Luis confeccionaron
unas notas biográficas muy útiles ("José
Silvestre White y Laffita, una aproximación a su vida y obra",
en Revista de la Biblioteca Nacional año 84, 3a época,
enero-junio 1993, pp. 45-59). Joaquín J. Argote publicó
un artículo biográfico en esta revista ("White"
2a serie, 4:2, abril-junio 1953, pp. 80-99), pero no hay ninguna
monografía analítica de White y su obra.
Documentación
no falta para escribir esa biografía de White. El índice
electrónico Repertoire Internationale de la Presse Musicale
cita varios artículos sobre sus conciertos en Europa y los
Estados Unidos. Gran parte de sus papeles privados se encuentran
en el Museo Nacional de la Música en La Habana, y la Biblioteca
Nacional de Cuba tiene en sus colecciones documentos importantes
para el estudio de White y su obra. Sus actividades musicales en
París sugieren que es posible que haya material documental
sobre él en la Biblioteca Nacional de París y en los
archivos del Conservatorio de París, así como en periódicos
y revistas parisinos de la segunda parte del siglo xix no analizados
en Repertoire Internationale de la Presse Musicale. Sus actividades
musicales en Río de Janeiro durante diez años deben
de haber producido material documental en archivos y bibliotecas
de esa ciudad.
Todavía
es posible conseguir sus seis estudios para violín solo y
hay ediciones recientes de su Jota aragonesa para violín
y piano (New York, 1975) y de su Habanera para violín y piano,
conocida como La bella cubana (La Habana, 1979). Su Concierto en
fa sostenido menor para violín y orquesta fue editado en
1976 y publicado en Miami (Florida) en 1992. De este concierto hay
una grabación reciente (Violin Concertos by Black Composers.
Chicago: Cedille Records, 1997. CD). Se conservan copias de una
de las piezas más populares en su repertorio, Zamacueca para
violín y piano (París, 1897) en dos bibliotecas norteamericanas
(Eastman Conservatory of Music de New York y la Universidad de California
en Berkeley).
Claudio
José Domingo Brindis de Salas (1852-1911)
Nacido
en La Habana el 4 de agosto de 1952, fue hijo del célebre
músico y compositor afrocubano Claudio Brindis de Salas.
Comenzó sus estudios con su padre, pero luego prosiguió
con el belga residente en La Habana, José Vander Gucht. El
18 de diciembre de 1863 dio su primer concierto en el Liceo de La
Habana. Claudio Brindis de Salas reconoció el talento superior
de su hijo Claudio José Domingo y en 1869 lo envió
a París con el dinero ganado en una lotería. El joven
afrocubano fue admitido en el Conservatorio de París, donde
estudió con el violinista David y tuvo de consejero a Camilo
Ernesto Sivori, alumno del legendario Nicolás Paganini. De
Sivori aprendió los recursos interpretativos y los gestos
dramáticos del virtuosismo romántico que hicieron
célebre a Paganini.
En
1870 Brindis de Salas ganó el primer premio de violín
en el Conservatorio de París y luego de terminar sus estudios
con el maestro David comenzó una
carrera de concertista por diversas ciudades europeas. En 1875 regresó
a América con el título de director del Conservatorio
de Haití y dio conciertos en Centroamérica y Venezuela.
En 1877 visitó Cuba y el 24 de noviembre de ese año
dio un exitoso concierto en el Teatro Payret de La Habana. Seis
días más tarde tocó en el prestigioso salón
de los altos del restaurante El Louvre acompañado al piano
por su antiguo maestro, José Vander Gucht. Esta visita a
La Habana fue para el joven Brindis de Salas más que un éxito
musical un éxito social y personal, porque se vio admirado
y respetado por lo más ilustre de aquella sociedad estamental
todavía esclavista. Cuando el conductor de un tren pretendió
echarle de un vagón de primera clase (vedado a los afrocubanos
por las leyes segregacionistas abolidas dos años más
tarde) los otros pasajeros se opusieron a ello argumentando que
se trataba nada menos que del gran artista Brindis de Salas.
Su
carrera de conciertos lo llevó a México y a Buenos
Aires, donde tuvo uno de los mayores éxitos de su vida. En
1889 volvió a Europa, en la cual invariablemente obtenía
gran éxito popular, aunque la crítica musical no le
era siempre favorable y repetidamente se quejaba de su énfasis
en pasajes de difícil ejecución y de su repertorio
efectista. Pero hasta los más críticos de los críticos
reconocían su dominio del público, que lo ovacionaba
con pasión. En The Musical Times (Londres) del 10 de abril
de 1885 leemos en la reseña de un concierto suyo en Darmstadt
(Alemania) que "Brindis de Salas es un violinista con grandes
recursos técnicos, pero un virtuoso más que un artista",
y que el programa había sido en su mayor parte efectista
(claptrap). La crítica de su repertorio es confirmada por
reseñas favorables que describen lo que tocaba, como la de
un concierto del 10 de noviembre de 1895 en Santo Domingo, publicada
por el Listín Diario de esa ciudad (citado en el artículo
"Brindis de Salas en Santo Domingo", de Enrique Marchena).
No comprendían esos críticos de música del
último cuarto del siglo xix que Brindis de Salas había
aprendido de Sivori no solamente la técnica, sino también
la gesticulación romántica que había hecho
popular a Nicolás Paganini a principios de ese siglo.
Brindis
de Salas recibió condecoraciones de varios monarcas europeos
(la Cruz de Carlos III del rey de España, la Orden del Cristo
del rey de Portugal y la Cruz del Águila Negra del Emperador
de Alemania) y fue nombrado Caballero de la Legión de Honor
por la República de Francia. Relacionada con esta última
hay una anécdota triste de su visita a La Habana en 1886.
Cuenta Nicolás Guillén que a la salida de uno de sus
memorables conciertos Brindis de Salas entró con varios amigos
blancos en uno de los cafés más exclusivos y al pedir
cada quien lo que tomaría, cuando lo hizo él, el dependiente,
que no le conocía, le respondio: "Yo no sirvo sino a
los caballeros, no a los negros". Brindis se irguió
y ya en pie se llevó la mano a la solapa del frac y señalando
un botón rojo que llevaba en ella exclamó: "¡Pues
yo soy Caballero de la Legión de Honor y no hay aquí
tal
vez ninguno que pueda decir lo mismo!". Y a pesar de que el
dependiente, advertido de quien era, trató de excusarse,
abandonó aquel café. Poco después era publicada
una circular del gobernador de Cuba indicando que todos los ciudadanos
españoles (lo cual eran los afrocubanos), irrespectivamente
del color de su piel, tenían derecho a ser atendidos en locales
públicos.
Donde
más éxito tuvo fue en Alemania y sobre esto escribe
Guido Bimberg en su artículo "Ein kubanischer Paganini
am Hofe Kaiser Wilhelm II" (en Studien zur Berliner Musikgeschichte:
Vom 18. Jahrhundert bis zur Gegewart, editado por Traude Ebert-Obermeier.
Berlín, 1989, pp. 155-164). El emperador Guillermo II no
solamente lo condecoró, sino que además le hizo barón
del imperio alemán y le nombró violinista de su corte.
Cuando Brindis de Salas se casó con una dama de la hidalguía
alemana, este emperador honró la ceremonia con su presencia.
Parecía que iba a seguir los pasos de Lico Jiménez,
al casarse y tener tres hijos en Alemania, pero no fue así.
Brindis de Salas quiso continuar su carrera de concertista trotamundos
y su mujer le pidió el divorcio. En 1900 dio una gira de
conciertos en Cuba que resultó un fracaso. En mayo de 1911
dio el último concierto del cual tenemos noticia, en Ronda,
España. Poco después salió para Buenos Aires,
donde había tenido grandes éxitos.
Brindis
de Salas llegó a dicha ciudad el 25 de mayo de 1911 sin anunciarse
y se hospedó en un albergue de ínfima clase. Pocos
días después se mudó a una fonda, desde donde
llamaron el 31 de mayo a Asistencia Pública para que atendiera
a un negro moribundo. Al revisar los bolsillos del moribundo descubrieron
un pasaporte alemán identificándole como Claudio,
barón de Brindis y Caballero de Salas, y recortes de periódicos
reseñando sus éxitos del pasado en Buenos Aires. Se
conocen estos detalles de los últimos días de Brindis
de Salas en Buenos Aires, pero no se sabe qué motivó
un viaje sin anunciarse a un artista que viajaba para dar conciertos.
El
gran Brindis de Salas murió en la miseria el 2 de junio de
1911, pero tuvo un entierro grandioso, porque la revista P.B.T.,
al enterarse de lo ocurrido se hizo cargo de sus restos, organizando
un velorio al que asistió una gran representación
del mundo artístico porteño. La señora A. F.
de Mendizábal envió la bandera cubana con la cual
se cubrió el féretro, y la carroza fúnebre
que lo llevó al Cementerio del Oeste de Buenos Aires iba
seguida de un largo cortejo en el cual figuraban personalidades
y una gran cantidad de personas que en otro tiempo fueron admiradores
suyos. En 1930 sus restos fueron trasladados a Cuba, y yacen hoy
en la capital cubana en el Panteón de la Solidaridad Musical
de La Habana en el Cementerio de Colón.
Se
encuentran notas biográficas sobre Claudio José Domingo
Brindis de Salas en las obras de referencia mencionadas en relación
con Jiménez y White, inclusive en el New Grove Dictionary
of Music (NewYork, 2001), aunque hay relativamente poco sobre él
en revistas académicas. Miguel A. Gacel publicó un
artículo comparándolo con White ("Dos virtuosos
del violín: Brindis de
Salas y White", en Revista Musical Chilena 5:35/36, agosto-nov.
1949, pp. 44-48) y Odilio Urfé otro analizando su estilo
de ejecución ("Claudio José Domingo Brindis de
Salas, 1852-1911", en Pentagrama 1:4, julio 1956). Entre los
ensayos biográficos sobre él se encuentran el de Guido
Bimberg mencionado anteriormente, un artículo de Irene Diggs
("Brindis de Salas: King of the Octaves", en The Crisis
60:9, nov. 1953, pp. 536-541), una viñeta biográfica
por Nicolás Guillén (Brindis de Salas. La Habana,
1979), y una narración de la última visita de Brindis
de Salas a Santo Domingo por Enrique de Marchena (Del areíto
de Anacaona al poema folklórico-Brindis de Salas en Santo
Domingo. Ciudad Trujillo, 1942).
Armando
Toledo preparó una antología de escritos sobre Brindis
de Salas titulada Presencia y vigencia de Brindis de Salas (La Habana,
1981) y recientemente Eduardo Manet publicó una novela basada
en su vida titulada Maestro! (París, 2002). Pero no hay una
biografía analítica de dimensión monográfica
sobre el virtuoso cubano de música clásica más
conocido internacionalmente durante su vida, aunque hay fuentes
documentales para hacerlo en el Museo Nacional de la Música
en La Habana. Es posible que se encuentre información sobre
su vida en la Biblioteca Nacional de Cuba y en el Archivo del Estado
de Prusia. La larga estancia de Brindis de Salas en Alemania en
la década del noventa del siglo xix, sus relaciones con el
emperador Guillermo II y su posición en la corte imperial
pueden ser investigados en la correspondencia del emperador, los
documentos relacionados con la casa imperial y la prensa alemana
de su época. Por la importancia de las fuentes en alemán
quizás la persona más indicada para escribir la biografía
del Barón de Brindis sea un musicólogo alemán.
Conclusiones
Espero
que este artículo anime al estudio de las elites negras y
mulatas de la Cuba española y su participación en
el desarrollo de la música clásica en la isla durante
el siglo xix. El éxito en Europa de los tres virtuosos mencionados
se debió en parte a los conocimientos y a la técnica
músical que llevaron de Cuba, porque todos ellos habían
comenzado sus estudios musicales en la isla con maestros afrocubanos.
Por su importancia como ejemplos de cubanos con inquietudes intelectuales
cuyos esfuerzos fueron coronados con el éxito profesional,
las vidas de Jiménez, White y Brindis de Salas meritan ser
analizadas en monografias, y las obras de Jiménez y de White,
compositores competentes, deberían de ser rescatadas del
olvido por ediciones críticas.
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