Viceministro
de Cultura de Cuba
Compañeros:
La muerte de Luis Suardíaz nos ha sorprendido a todos, no
sólo por lo fulminante de la enfermedad, sino porque la fatalidad
le era ajena.
No
hay consuelo en las palabras de ocasión, ni en la certeza
de que se trata de algo natural e irremediable. Nada disminuye la
magnitud del hecho: Camagüey pierde a uno de sus más
fieles lugareños, Cuba a un hijo magnífico, la poesía
a un brillante exponente, el periodismo una pluma recia y fértil,
la Revolución a un militante, todos nosotros, a un amigo,
Elisa a su esposo y sus hijos a un padre ejemplar. El vacío
es enorme.
Basta
una mirada a su extraordinaria hoja de servicios para percatarnos
que estamos ante uno de los exponentes de una generación
y de una estirpe de intelectuales que hicieron de la actividad revolucionaria
un sentido de la vida.
Desde
los días ya lejanos cuando se le confiaron tareas de dirección
en el sector de la cultura en Camagûey, al desempenar altas
responsabilidades en el Consejo Nacional de Cultura, dirigir la
Biblioteca Nacional, orientar las publicaciones de circulación
internacional de la Agencia Prensa Latina, fungir como funcionario
del servicio exterior, ser vicepresidente de la Unión de
Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y dirigente de la Unión
de Periodistas de Cuba (UPEC), miembro del Comité Provincial
del Partido y responsable de las páginas culturales en el
periódico Granma y la revista Bohemia, Suardíaz se
comportaba no como quien cumple obligaciones, sino como alguien
guiado por una vocación de servicio.
Hay realmente
pocas personalidades de la cultura cubana que hayan logrado simultanear,
combinar y hasta fundir en un solo empeño el trabajo revolucionario
con la creación, como lo hizo Luis Suardíaz que forjándose
a sí mismo, creció como poeta, ensayista, crítico
y periodista, a la vez que se formaba como un competente cuadro
revolucionario. En cierta ocasión escribió: "En
cualquier tiempo y en cualquier lugar, se puede ser un intelectual
sin ser revolucionario, excepto aquí y ahora".
Los que conocimos
y trabajamos con Luis y tuvimos oportunidad de admirar su enorme
capacidad, la eficiencia con que resolvía difíciles
tareas y simultaneaba funciones diversas, nos habituamos a convivir
con su vasta cultura sin preguntarnos nunca cuándo y cómo
la adquirió sin dejar de trabajar un solo día.
Andaba por todo
el país, nunca declinaba el llamado de una provincia que
lo requería para un jurado, un concurso o para que impartiera
una conferencia.
Ningún
evento le parecía insignificante y cuando viajaba al exterior
era siempre un embajador que aprovechaba todas las ocasiones y todas
las relaciones para hablar de Cuba y defender la Revolución.
Jamás
perdió una oportunidad de enaltecer con sus escritos periodísticos
a las figuras cimeras de la cultura cubana, de Latinoamérica
y del mundo. Ninguna efemérides se le escapaba. Desde la
prensa realizó una magnífica contribución al
desarrollo cultural del pueblo.
Luis
era de esos compañeros a los que no ciega la pasión,
capaz de percibir las imperfecciones de la obra revolucionaria y
de ejercer la crítica, asumiendo siempre la responsabilidad
de los protagonistas.
Tenía
un claro y elemental sentido de lo trascendente y de lo histórico.
Ningún revés y ningún error quebrantaron su
fe y su optimismo y nunca dudó de la capacidad de la dirección
de la Revolución, especialmente del compañero Fidel
para conducir a nuestro pueblo.
Recordaremos
a Luis Suardíaz por sus poemas y su prosa, por su valentía
política y su militancia, por su consagración y asombrosa
capacidad de trabajo, por su bondad y su entrega, por su honestidad,
por la justeza con que practicaba la crítica, por su finísimo
sentido del humor, por la humildad con que aprendía y la
sencillez con que enseñaba, por la naturalidad con que expresaba
su cultura y por la manera como asumía la amistad y el compañerismo.
Suardíaz
deja una obra poética que los estudiosos y los críticos
se encargarán de valorar, pero deja sobre todo un legado:
"La poesía _escribió_ es siempre
una anticipación y un reto, una aventura que puede llevarnos
al pasado y al futuro sin desprendernos del presente. No es una
ocupación rentable sino esencialmente revolucionaria. Por
eso el poeta de nuestro tiempo no debe aspirar a ser considerado
como un pequeño dios o un hechicero sino como un hombre afortunadamente
terrenal...".
No
puedo acudir ahora a la fórmula de ocasión y desearle
que descanse en paz. Él no me lo perdonaría. Nunca
pidió descanso y la idea de la muerte le era ajena, excepto
como una posibilidad que acompaña al combatiente. Amaba la
vida, tenía de ella un sentido total y la disfrutaba a plenitud.
Un
compañero me ha contado que hace unos días lo llamó
para felicitarlo por el Premio Nacional de Periodismo, ocasión
en la que Luis le comentó que tal vez no podría estar
presente en la entrega, a lo cual restó importancia. "Para
los homenajes _le dijo_ siempre hay tiempo". En eso se equivocó.
Nos faltó tiempo para el homenaje.
De
ahora en adelante no disfrutaremos de su presencia y de su compañía,
de sus relatos y sus cuentos, sus epigramas e incluso sus epitafios;
nunca más nos aconsejaremos con él ni le pediremos
que resuelva algún entuerto, pero siempre podremos inspirarnos
en su ejemplo, leer sus poemas y recordarlo con el cariño
entrañable que le tuvimos en vida.
Luis
Suardíaz ha dejado de ser un contemporáneo para convertirse
en precedente y no habita más nuestro tiempo porque ha entrado
en la historia, una dimensión a la que acceden los elegidos.
Muchas
gracias
*
Palabras pronunciadas en la despedida de duelo de Luis Suardíaz.
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