Luis Suardíaz ha muerto*  

Rafael Bernal Alemañy

Viceministro de Cultura de Cuba


Compañeros:


La muerte de Luis Suardíaz nos ha sorprendido a todos, no sólo por lo fulminante de la enfermedad, sino porque la fatalidad le era ajena.

No hay consuelo en las palabras de ocasión, ni en la certeza de que se trata de algo natural e irremediable. Nada disminuye la magnitud del hecho: Camagüey pierde a uno de sus más fieles lugareños, Cuba a un hijo magnífico, la poesía a un brillante exponente, el periodismo una pluma recia y fértil, la Revolución a un militante, todos nosotros, a un amigo, Elisa a su esposo y sus hijos a un padre ejemplar. El vacío es enorme.

Basta una mirada a su extraordinaria hoja de servicios para percatarnos que estamos ante uno de los exponentes de una generación y de una estirpe de intelectuales que hicieron de la actividad revolucionaria un sentido de la vida.

Desde los días ya lejanos cuando se le confiaron tareas de dirección en el sector de la cultura en Camagûey, al desempenar altas responsabilidades en el Consejo Nacional de Cultura, dirigir la Biblioteca Nacional, orientar las publicaciones de circulación internacional de la Agencia Prensa Latina, fungir como funcionario del servicio exterior, ser vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y dirigente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), miembro del Comité Provincial del Partido y responsable de las páginas culturales en el periódico Granma y la revista Bohemia, Suardíaz se comportaba no como quien cumple obligaciones, sino como alguien guiado por una vocación de servicio.

Hay realmente pocas personalidades de la cultura cubana que hayan logrado simultanear, combinar y hasta fundir en un solo empeño el trabajo revolucionario con la creación, como lo hizo Luis Suardíaz que forjándose a sí mismo, creció como poeta, ensayista, crítico y periodista, a la vez que se formaba como un competente cuadro revolucionario. En cierta ocasión escribió: "En cualquier tiempo y en cualquier lugar, se puede ser un intelectual sin ser revolucionario, excepto aquí y ahora".

Los que conocimos y trabajamos con Luis y tuvimos oportunidad de admirar su enorme capacidad, la eficiencia con que resolvía difíciles tareas y simultaneaba funciones diversas, nos habituamos a convivir con su vasta cultura sin preguntarnos nunca cuándo y cómo la adquirió sin dejar de trabajar un solo día.

Andaba por todo el país, nunca declinaba el llamado de una provincia que lo requería para un jurado, un concurso o para que impartiera una conferencia.

Ningún evento le parecía insignificante y cuando viajaba al exterior era siempre un embajador que aprovechaba todas las ocasiones y todas las relaciones para hablar de Cuba y defender la Revolución.

Jamás perdió una oportunidad de enaltecer con sus escritos periodísticos a las figuras cimeras de la cultura cubana, de Latinoamérica y del mundo. Ninguna efemérides se le escapaba. Desde la prensa realizó una magnífica contribución al desarrollo cultural del pueblo.

Luis era de esos compañeros a los que no ciega la pasión, capaz de percibir las imperfecciones de la obra revolucionaria y de ejercer la crítica, asumiendo siempre la responsabilidad de los protagonistas.

Tenía un claro y elemental sentido de lo trascendente y de lo histórico. Ningún revés y ningún error quebrantaron su fe y su optimismo y nunca dudó de la capacidad de la dirección de la Revolución, especialmente del compañero Fidel para conducir a nuestro pueblo.

Recordaremos a Luis Suardíaz por sus poemas y su prosa, por su valentía política y su militancia, por su consagración y asombrosa capacidad de trabajo, por su bondad y su entrega, por su honestidad, por la justeza con que practicaba la crítica, por su finísimo sentido del humor, por la humildad con que aprendía y la sencillez con que enseñaba, por la naturalidad con que expresaba su cultura y por la manera como asumía la amistad y el compañerismo.

Suardíaz deja una obra poética que los estudiosos y los críticos se encargarán de valorar, pero deja sobre todo un legado: "La poesía _escribió_ es siempre
una anticipación y un reto, una aventura que puede llevarnos al pasado y al futuro sin desprendernos del presente. No es una ocupación rentable sino esencialmente revolucionaria. Por eso el poeta de nuestro tiempo no debe aspirar a ser considerado como un pequeño dios o un hechicero sino como un hombre afortunadamente terrenal...".

No puedo acudir ahora a la fórmula de ocasión y desearle que descanse en paz. Él no me lo perdonaría. Nunca pidió descanso y la idea de la muerte le era ajena, excepto como una posibilidad que acompaña al combatiente. Amaba la vida, tenía de ella un sentido total y la disfrutaba a plenitud.

Un compañero me ha contado que hace unos días lo llamó para felicitarlo por el Premio Nacional de Periodismo, ocasión en la que Luis le comentó que tal vez no podría estar presente en la entrega, a lo cual restó importancia. "Para los homenajes _le dijo_ siempre hay tiempo". En eso se equivocó. Nos faltó tiempo para el homenaje.

De ahora en adelante no disfrutaremos de su presencia y de su compañía, de sus relatos y sus cuentos, sus epigramas e incluso sus epitafios; nunca más nos aconsejaremos con él ni le pediremos que resuelva algún entuerto, pero siempre podremos inspirarnos en su ejemplo, leer sus poemas y recordarlo con el cariño entrañable que le tuvimos en vida.

Luis Suardíaz ha dejado de ser un contemporáneo para convertirse en precedente y no habita más nuestro tiempo porque ha entrado en la historia, una dimensión a la que acceden los elegidos.

Muchas gracias

* Palabras pronunciadas en la despedida de duelo de Luis Suardíaz.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 96, No. 1-2 ENERO-JUNIO 2005