| Historiador
y ensayista
Como
fue recordado por el Papa Juan Pablo II en su visita a nuestro país,
Carlos Manuel de Céspedes inició las luchas por la
independencia de Cuba y cito textual: "Postrado a los pies
de la Virgen de la Caridad". Pero también es útil
saber que unas horas antes, en la noche febril de la víspera,
autorizó, o mejor aún, ordenó a los negros
de su dotación de esclavos tocar la tumba francesa como música
de fondo, como preludio de lo que ya se sabía por todos,
hasta por los propios esclavos, era inminente: la insurrección.
Si
a estos dos gestos emblemáticos agregamos que en esos instantes
el bayamés era venerable maestro de la logia Buena Fe, con
el grado treinta y tres, el más alto de la escala jerárquica
de la masonería del Gran Oriente de Cuba y las Antillas (una
cofradía que ostentaba textos litúrgicos de avanzadísimas
doctrinas liberales y libertarias), no encontraremos mayor dificultad
para identificar en Céspedes a un hombre cruce de caminos,
un hombre clave en el minuto eclosionador de nuestra nación.
Entiéndase bien, no sobreestimo el poder simbólico
de gestos aislados o individuales, todo lo contrario, trato de ponderarlos
en su justa significación en el momento en que dichos gestos
pueden verse como luceros en la noche, como constelaciones para
el marino que busca guiarse en la negrura del mar.
Hombre
del cambio, cruce entre romanticismo y liberalismo radical, cuando
nace, en 1819, solamente le separan veintidós años
de la publicación de la Filosofía electiva, de José
Agustín Caballero, obra que marca el nacimiento de la filosofía
en Cuba. A su vez, cuando Varela y Heredia hacen su prédica
independentista desde la filosofía y la poesía, Céspedes
es apenas un jovenzuelo. Es, pues, un hombre que crece junto con
el despuntar del pensamiento en el país y más aún,
crece al unísono del ideal independentista, o lo que es lo
mismo, posee la misma edad de la nueva actitud reflexiva y crítica
que va gestándose en la intelec-tualidad cubana. Pudiéramos
adelantar algo: si con Saco se inaugura el pensamiento social en
Cuba, con Céspedes se abre la era del pensamiento trasmutado
en acción, la idea convertida en acto, en praxis social.
Alfred
Hadler señaló que para comprender lo que ocurre en
un hombre es necesario considerar su comportamiento con los demás.
Céspedes no fue la excepción, y sus biógrafos
tampoco han escapado
a la incomprensión de muchos de sus actos. El ejemplo más
notorio, por ser el más honesto en recoger su incomprensión
del hombre, fue Griñán Peralta, quien en el prólogo
a su interesantísimo análisis caracterológico
de Carlos Manuel de Céspedes manifiesta su incapacidad para
comprender al hombre objeto de su estudio. Por su parte Guy Bois
ha insistido en recordar que la primera exigencia que hizo Marx
al historiador era la necesidad obligatoria de entender primero
el funcionamiento global de una sociedad para luego comprender algún
elemento o fenómeno particular dentro de ella. Si extrapolamos
este recurso metodológico al estudio del pensamiento de una
personalidad, nos hallaremos ante la necesidad ineludible de tratar
de conocer a ese hombre lo más integralmente posible, primero,
para luego estudiarlo en sus ideas o en su praxis.
Los
biógrafos no se han puesto de acuerdo en lo relativo al pensamiento
cespediano. René Llufriú lo vio como un alma fanática
incapaz de sustraerse de la fiebre idealista y romancesca imperante
entre sus correligionarios; Rafael Esténger, más próximo
a una visión objetiva del héroe, apreció el
esfuerzo del 68 como resultante del ejemplo libertario sudamericano
y de las ideas liberales europeas de los siglos xviii y xix. Portell
Vilá fue, a mi modo de ver, quien llegó más
lejos en la interpretación del pensamiento del bayamés.
Afirmó en su breve biografía que ya desde 1872 Céspedes
alentaba puros ideales americanistas y se refería a una certidumbre
cespediana sobre la emancipación cubana como cierre de la
de América. Para Portell Vilá, Céspedes en
sus años finales de vida había comprendido que la
libertad de Cuba facilitaría el bienestar y desarrollo de
las jóvenes democracias del Nuevo Mundo en las cuales vio,
además, el punto de destino para un futuro desplazamiento
de la civilización occidental, civilización que consideraba
caduca y decadente, y esto para Portell Vilá era un juicio
hecho por Céspedes con notable anticipación filosófica.
Sin
embargo, en todas las biografías escritas sobre el bayamés,
cinco en total, el lado flaco en los análisis era, es, precisamente,
la exégesis de su pensamiento. A los tres gestos mencionados
con que Céspedes recibe el amanecer del 10 de Octubre: el
respeto al icono católico, la tolerancia y comprensión
de los cantos afrocubanos y la militancia liberal, agregaré
dos gestos simbólicos más de aquellos momentos cruciales.
Configuran más nítidamente su retrato, nos permiten
asomarnos mejor al hombre que pretendemos identificar: se trata
de su solicitud a un tratadista de heráldica español
del escudo heráldico correspondiente a sus apellidos, y el
gesto de liberar a sus esclavos como primera acción práctica
en la mañana de la declaración de independencia de
Cuba.
A primera
vista, aparentan posiciones en las antípodas, puede parecer
ahora que se complican un poco las cosas y así es, pero dan
un norte, ofrecen un camino al curioso y al biógrafo. Es
decir, he agregado los gestos paradigmáticos y contradictorios
del aristócrata y del abolicionista. Ahora tenemos una imagen
compuesta por
fragmentos que, unidos o superpuestos, comienzan a dibujar una imagen
del hombre, pero aún borrosa.
Su
formación fue humanista y clásica, sobre esto han
escrito todos sus biógrafos. De la etapa estudiantil hay
dos datos que sorprenden por lo que representan de audacia intelectual
y de ambición juvenil, me refiero a su traducción
de La Eneida del latín al español.
Aunque
los biógrafos no se ponen de acuerdo en cuanto al momento
exacto en que debió realizarla el joven Céspedes,
sí queda claro que fue en su proceso de formación
académica. Para Rafael Esténger, la inspiración
le llegó en la adolescencia, aunque afirma que debió
hacerla en su madurez temprana. Para Portell Vilá, la traducción
se realizó a los 15 años de edad. José Fornaris,
en cambio, compañero de aventuras juveniles y casi su coetáneo,
consideraba que la traducción la hizo en sus veintitantos
años. Es importante consignar que hasta ese instante, La
Eneida sólo había sido traducida dos veces a nuestra
lengua.
Para
Esténger, el interés psicológico que revela
en la personalidad cespediana la decisión de traducir dicha
obra, está en que sugiere o permite inferir cierta repugnancia
del joven bayamés ante los horrores de la guerra y la violencia
armada, el culto a los antepasados y el respeto al juicio de la
posteridad, elementos todos presentes en la obra de Virgilio. En
mi opinión, la audacia intelectual nos sitúa más
bien ante una cualidad que se repetirá con el tiempo: el
gusto de Céspedes por los grandes desafíos, sean de
la índole que sean.
Otro
dato relevante es la forma de examen que escogió Céspedes
para concluir sus estudios universitarios en La Habana: la modalidad
llamada a claustro pleno, es decir, sometiéndose a un tribunal
de eminentes doctores que, en acto público, acribillaban
a preguntas al aspirante al título. Otro ejemplo del rasgo
que acabo de referir. Céspedes venció brillantemente
dicha prueba. Este amor por los retos difíciles y por los
actos riesgosos, por la prueba con visos de aventura, aparecen con
frecuencia en la vida del bayamés.
Poeta
y compositor musical, su producción lírica exige un
estudio. Hasta la fecha, sólo Alberto Baeza Flores, de forma
específica, y Cintio Vitier y Fina García Marruz,
en un estudio general sobre los poetas cubanos considerados menores,
han abordado las cualidades del verso cespediano. Sin duda alguna,
su poesía no está a la altura de la de Zenea, Fornaris
o José Joaquín Palma, sus contemporáneos, pero
no deja de agradar y de dejar constancia de una gran sensibilidad.
Por supuesto, hay versos y poemas muy bien logrados, clasificados,
con el tiempo, entre los buenos textos líricos del siglo
xix cubano. Nuevamente aparecen en estos referencias latinas que
confirman su formación clásica. También son
evidentes sus influencias del castellano: Gracilaso, Quevedo y Calderón
pero sobre todo Fray Luis de León. La impronta de este gran
bardo es apreciable en estilos y recursos. Hay un dato que merece
mención, hasta ahora sólo se conocen dos traducciones
suyas de poetas ingleses, son hombres que tienen que ver con el
joven de estampa romántica
y con el liberal en ciernes, me refiero a Lord Byron y John Milton.
Del primero es curioso observar que fue aristocrático, dandy,
mujeriego, carbonario y liberal, y al final de sus días intentó
luchar por la independencia griega. Del segundo hay afinidades también
evidentes: amante de los clásicos y del renacimiento, defensor
de la libertad de expresión y de pensamiento, difusor del
derecho de los pueblos a deponer a los tiranos, en otras palabras,
un liberal prominente.
Más
adelante veremos cómo la influencia inglesa se hace presente
en el Céspedes ya maduro. No es casual que estos sean los
poetas traducidos por Céspedes. Posiblemente hayan estado
entre sus paradigmas en el proceso de maduración de su personalidad.
No
voy a detenerme en demasía en la significación del
viaje europeo de Céspedes para concluir su formación
como abogado. Además, faltan datos esenciales sobre esos
dos años cruciales. Eusebio Leal me ha dicho que recibirá
el expediente académico de dichos estudios, lo cual deberá
ser de enorme importancia historiográfica.
En
este viaje Céspedes debuta en las luchas políticas
de la Cataluña revuelta, se incorpora a las milicias populares
y alcanza grados militares, se involucra en las agitaciones y turbulencias,
se vincula con hombres que van en complicado espectro desde el joven
coronel Juan Prim a personajes con tendencias anarquistas como Abdón
Terradés. Luego visita Francia, Inglaterra, Italia, Turquía,
Alemania, se empapa de las características de las sociedades
que recorre, indaga, pregunta, va a las bibliotecas, se instruye
de las historias, de la pequeña historia local, de la gran
historia de esos países, baja a las catacumbas de los carbonarios
italianos, lleva dos libros de Kant en su equipaje. Es febril su
mirada a la escena europea.
La
única crónica existente de ese periplo es sintomática
de su curiosidad intelectual. Se refiere a su visita en Inglaterra
al campo donde se desarrolló la célebre batalla de
Hasting entre el rey Haroldo y Guillermo de Normandía. Céspedes
se levanta en la madrugada, se dirige a la biblioteca de la mansión
en que está hospedado, y busca libros de referencia sobre
el evento ocurrido en el campo aledaño.
Lo
cito:
He
cifrado uno de mis mayores placeres en visitar los lugares en que
han pasado célebres acontecimientos. Allí, a la vista
del terreno y con la historia del suceso en la mano, me formo las
más extrañas ilusiones. En iguales casos siempre he
preferido la soledad, ningún importuno puede distraerme de
mis meditaciones y cuando por mis propios esfuerzos he logrado encontrar
el objeto de mis investigaciones, la aventura toma a mis ojos un
aspecto romancesco.
Allí
encuentra a un anciano que le ofrece alguna ayuda, según
sus palabras "[...] un anciano dotado de mucho talento y de
una erudición poco común". Ese hombre _reconoce
Céspedes, y lo vuelvo a citar textual_ "[...] respetaba
mi
silencio, no me arrancaba de mis reflexiones, y cuando mis preguntas
exigían de él una respuesta, no moralizaba, dejaba
hablar a las ruinas".
La
lectura de esta crónica de viaje siempre me ha causado una
doble impresión: por un lado, la prosa rápida, elegante,
moderna, parece prosa de ahora, del presente; como complemento de
ello se aprecian los rasgos del observador curioso, del estudioso
serio de los lugares que visitó, de su avidez por los conocimientos
geográficos e históricos cuando apenas había
cumplido los veinte años de edad. No hay, pues, la frivolidad
propia del joven a esa edad. Es un ojo atento, una conciencia despierta.
De
regreso de Europa, el joven dandy viene con sus baúles cargados
de ropas y zapatos de la última moda, pero fundamentalmente,
viene impresionado por las sociedades burguesas y liberales, aun
por las monárquicas, que visitó. Sociedades modernas,
cultas, en pleno desarrollo y auge capitalista, vitales por sus
ideas y por sus adelantos sociales. Ya no es el mismo joven provinciano
que partió a completar sus estudios de abogado del reino,
como se decía entonces, es un mozalbete que ha sido tocado
por el desarrollo de la modernidad, por el debate de las ideas,
por el liberalismo que, unido al impetuoso desarrollo capitalista,
conduce a la mayor parte de los países visitados por sendas
de crecimiento acelerado.
Regresa
a una colonia con un vetusto sistema de plantaciones y con la esclavitud
como mácula moral y evidente freno al desarrollo económico.
El contraste no puede ser más escandaloso.
De
retorno a Bayamo sigue escribiendo poemas, pero ahora comienza a
publicarlos en periódicos habaneros, manzanilleros y de Santiago
de Cuba. Publica sus crónicas de viaje, traduce del francés
Las leyes del ajedrez, del que era un gran jugador práctico;
traduce del francés también, y organiza sus puestas
en escena, además de actuar él mismo, Las dos Dianas,
de Dumas, y El cervecero del Rey, de D'Arlencourt. Crea las sociedades
filarmónicas de Bayamo y Manzanillo encabezando sus directivas,
compone numerosas canciones de las cuales La bayamesa, creada con
Fornaris y Francisco Castillo, y La Conchita, de su autoría
exclusiva, son las más famosas. Escribe, organiza, actúa,
es poeta, traductor, promotor cultural. Los que lo conocieron entonces
lo recuerdan como "el hombre de la cultura" en aquella
región. Se va conformando el intelectual. Hoy sería
muy útil poder reconstruir su biblioteca, sus lecturas predilectas,
pero es virtualmente imposible, sólo un documento testimonial
pudiera revelarnos ese dato crucial.
Aún
su obra literaria mayor no ha comenzado, será la revolución
la que propiciará dicha obra: literatura de campaña,
diarios, manifiestos, cartas, proclamas. Allí veremos su
mejor prosa poética, su pensamiento liberal más elaborado.
Quisiera
detenerme ahora a corregir un equívoco habitual. El Bayamo
que conoció Carlos Manuel hasta la edad de treinta y tres
años en que es desterrado a Manzanillo por el gobernador
español, no es el Bayamo esplendoroso de finales del siglo
xvii, es una ciudad venida
a menos y en franco proceso de deterioro. Quedaban algunos vestigios
del fasto y del oropel de que había gozado anteriormente,
pero ya era una villa cubierta parcialmente por las gruesas telarañas
del provincianismo.
José
Fornaris nos ha dejado un cuadro deprimente del Bayamo donde Céspedes
desarrolla su infatigable labor cultural. Cito:
No
se permitían gimnasios ni periódicos, nada que pudiera
vigorizar el cuerpo ni dar luz al espíritu, sólo se
interrumpía el silencio de la ciudad por el grito de los
sargentos enseñando a los reclutas en el Campo de Marte.
La máxima de los gobernadores de Bayamo era Ódiame,
pero témeme, y mientras el mundo entero gozaba del periódico,
esa gigante antorcha que alumbraba el universo, en Bayamo vivíamos
envueltos en la noche de la superstición y de la ignorancia,
el cesarismo envilecía al pueblo y el sacerdocio lo fanatizaba,
se consideraba, por lo tanto, poco menos que un crimen el cultivo
de la poesía y eran sospechosas las reuniones de media docena
de personas. Los poetas rendían culto a las musas en el interior
de sus hogares como los cristianos a la religión en lo profundo
de las catacumbas.
No
parece ser exagerado el sombrío panorama que nos pinta Fornaris,
los datos de que dispongo confirman su descripción. En 1855
se estableció en Bayamo la primera imprenta que comenzó
a publicar un boletín, no un periódico, a fines de
ese año. Cinco años más tarde es que surge
el periódico Filarmonía, creado y financiado por Perucho
Figueredo, y al desaparecer este, lo sustituye La Regeneración
dirigido y pagado por Francisco Maceo Osorio.
En
medio de esta situación asfixiante, Céspedes publica
textos que, unidos a acciones conspirativas prácticas, le
valieron el primer asiento en el libro de control de desafectos
que celosamente llevaba el poder español en el departamento
oriental del país. Es muy interesante el largo poema "Contestación",
publicado en 1852, en un periódico habanero. Allí
confiesa sus anhelos e ideas liberales y escribe dos versos que
son todo un manifiesto: "Somos los minadores que una brecha/
abren pausados en la noche oscura". Cinco años después
escribe el prólogo al libro de poemas de Úrsula Céspedes
de Escanaverino, Ecos de la selva y en él, además
de hacer un rápido y preciso análisis de crítica
literaria sobre las virtudes y limitaciones de la poetisa, escribe
algunos juicios sobre sus compatriotas que bien pudieron suscitar
lecturas suspicaces por parte de la censura colonial. Comienza por
explicar que la poesía es el género literario más
practicado en el país porque Cuba era un pueblo joven; después
pasa a analizar someramente la época en la que, según
su parecer, y lo cito textual: "A los odios y controversias
religiosas, al ateísmo filosófico ha sucedido el indiferentismo
que algunos reputan mil veces peor, pero que se aviene muy bien
al materialismo del siglo xix". Hay aquí una tentativa
de generalización enmarcada
en una especie de historia de las ideas. Se refiere más adelante
a que han sido escasísimos los hombres célebres que
ha dado Cuba en otras ramas del conocimiento, o sea, las científicas,
etcétera, pero asegura, y esto tampoco debió agradar
a los ojos fiscalizadores de la censura, que "[...] llegará
el día en que en el país sobrarán talentos
que eclipsen los más ilustres de las pasadas eras, y las
bibliotecas del universo se llenarán de obras grandes y originales
escritas por los descendientes de esos mismos cubanos que hoy se
suponen espíritus limitados". La historia confirmó
sobradamente este juicio de Céspedes.
Residiendo
en Manzanillo completa su formación políglota al dominar
los idiomas francés, inglés e italiano, además
del latín aprendido en su juventud. Estudia matemáticas
de forma autodidacta, quizás apreciando en el aprendizaje
del cálculo una suerte de complemento al conocimiento humanístico,
o quizás internándose en los números y la abstracción
a partir de la fuerte influencia de Leibniz en la época.
Vendrá
por estos años un plan suicida (de su autoría) de
toma por acción armada de Bayamo y Manzanillo, que afortunadamente
no llega a ponerse en práctica pues hubiese sido a destiempo
y los resultados, seguramente, fatales.
Destierros
y prisiones diversas lo llevan al borde de la ruina personal de
la que sólo logra recuperarse en el decenio de 1855 a 1865.
Se convierte en un contestatario permanente del régimen colonial,
no se doblega. En 1867 entra en contacto con la masonería
del Gran Oriente de Cuba y las Antillas, creando él mismo,
en 1868, la logia Buena Fe en Manzanillo. Sobre la masonería
creada por el doctor Vicente Antonio de Castro ha escrito con agudeza
y abundancia de datos el doctor Eduardo Torres Cuevas. Diré
solamente que se trataba de una red de logias que alcanzaba la veintena
en todo el país, y cuyo fundamento ideo-político constituyó
un elemento de transformación de la sociedad cubana mediante
la estimulación de la lucha por la independencia. Cito al
profesor Torres Cuevas: "Surgía así con el Gran
Oriente de Cuba y las Antillas un proyecto unitario en tanto intentaba
resumir en una sola afirmación un destino común pero
en el que, a su vez, cada quien podía encontrar posibles
respuestas a sus aspiraciones que no necesariamente convergían
con las de otros sectores implicados en el proyecto".
Es
evidente que una lectura cuidadosa de las liturgias del Gran Oriente
de Cuba y las Antillas permite ubicar al proyecto masón de
Vicente Antonio de Castro, su gestor y autor intelectual, en el
polo opuesto de la burguesía esclavista, o lo que es lo mismo
del liberalismo conservador de 1868, para ubicarse, con todo derecho,
en el liberalismo más radical. Por supuesto, había
en aquella época muchos tipos de liberalismo. Céspedes
encabezará la acción decisiva, hará que todo
lo propuesto y programado se transforme en la insurrección,
se lanzará él mismo el primero, al turbión
revolucionario y con su paso arrastrará a los más
indecisos, a los que esperaban mejores momentos u otro momento,
será, en la práctica, eso
que tanto necesitan las revoluciones para poder ser: el hombre de
la decisión.
A partir
del 10 de octubre de 1868, ya son bien divulgados los hechos de
Céspedes estrechamente vinculados a la guerra de 1868 o Guerra
Grande, no haré énfasis, por ello, en la visión
ecológica, seguiré en mi tentativa de ofrecer el ángulo
menos tratado, es decir, el hombre de ideas que fue el bayamés.
Recordemos que las imágenes más comunes de Céspedes
corresponden a un grupo de hitos de la revolución de La Demajagua
harto conocidos, sin embargo, el profundo pensador, el político
táctico, el estratega, o con palabras del doctor Eusebio
Leal, el estadista que se anticipó a su tiempo y a las condiciones
objetivas del estado, ese hombre, y las imágenes asociadas
a esas cualidades, han sido virtualmente escamoteados en sus biografías
y otras exégesis generales sobre la Guerra Grande.
Su
visión ecuménica de la política y de la futura
república cubana siguen siendo hoy aspectos muy poco analizados.
El Céspedes pensador no es el caso de un teórico,
su pensamiento se deslizó en su papelería de campaña,
es decir, no fue escrito para su publicación como tesis o
tratado, sino como respuesta a las demandas que la situación
imperante y las condiciones bélico-políticas le plantearon.
Es un buen ejemplo de lo que Leopoldo Zea calificó al decir
que la historia de nuestra filosofía, pensamiento e ideas,
es la historia de una conciencia impulsada al logro de soluciones
inmediatas, al logro de aquellas soluciones que la realidad urge
al hombre de esta América.
Todo
en Céspedes se resume en un permanente pensar a Cuba. No
tuvo la brillantez teórica de un Arango y Parreño
ni la hondura filosófica de un Luz o un Varela, ni siquiera
la erudición de su coterráneo Saco pero, en cambio,
además de que su leit motiv fue, al igual que el de ellos,
Cuba _una Cuba distinta en cada caso, valdría aclarar_, los
distingue que Céspedes representó el instante eclosionador,
el minuto de ruptura, fue el hombre del cambio.
Del
pensamiento a la meditación filosófica (o sociológica)
y de la reflexión política a la transformación
social. Ahí es donde se manifiesta el cruce de itinerarios
al cual hice referencia antes. En Céspedes el pensamiento
se trasmuta en acción política, se convierte en agente
de la eclosión. Toda su actividad mental estuvo en función
de lograr la independencia, de abolir la esclavitud, de diseñar
desde la manigua de Cuba la futura república cubana. Pensar
a Cuba mientras se bate por transformarla es la divisa de su existencia.
Veamos
algunas de sus reflexiones en medio de las azarosas condiciones
de vida de la guerra. Cuando se refiere a la importancia de los
periódicos, escribe: "[...] porque esa es hoy la lengua
de los pueblos, el que no tiene periódicos está mudo,
nadie lo conoce, nadie lo procura. Es preciso hablarle al mundo
por la imprenta o morir solo en un rincón". En otro
momento apunta algo esencial en una mente política. Dice:
"Es preciso marchar con la opinión ilustrándola".
Y cuando analiza lo que la revolución deja como saldo al
tiempo futuro, es decir, el patriotismo y
la unión de los rebeldes, dice algo que revela, una vez más,
su afán de penetrar el tiempo que se aviene, el nuevo tiempo:
"[...] una nueva generación se ha levantado respirando
desde su nacimiento al ambiente de las libertades". Es, precisamente,
la generación que oirá, años más tarde,
las prédicas de José Martí y hará, con
los pinos viejos, la revolución de 1895 a 1898.
Y es
que este hombre supo reunir algo muy escaso entre los políticos
modernos: una mente política a una intelectual, o lo que
es lo mismo, pensar la política desde la cultura. Cuando
Martí expresó que por la filosofía empezó
a enseñársenos el alma libre de Cuba, estaba refiriéndose
a los orígenes, pero el magisterio de Céspedes y de
los hombres de 1868 fue el de pensar a su patria desde la riesgosa
posición del enfrentamiento armado, es decir, desde la revolución.
Para él quedaba claro que si el racismo tenía su raíz
en la esclavitud lo primero que había que hacer para eliminar
la mentalidad racista, era destrozar la infame institución,
y eso hizo el 10 de Octubre, y más tarde, cuando fue firme
partidario de la abolición dentro del campo revolucionario.
También fue sumamente importante toda su política
de ascenso de negros, mestizos y emancipados a altos grados del
Ejército Libertador.
Su
aristocratismo está fuera de toda duda. No creo que esto
lacere en lo más mínimo, su imagen de revolucionario
y de independentista. A mi modo de ver, es todo lo contrario, lo
ennoblece y lo hace más grande. Cintio Vitier y José
Lezama Lima vieron en su aristocratismo una acepción profunda
y raigal del vocablo, un verdadero aristócrata, de los aristos,
de los mejores, es decir, no sólo un aristocratismo de clase
o abolengo sino también de espíritu, un aristócrata
de verdad.
Maceo
Verdecia, su biógrafo inédito, escribió algo
polémico:
[...]
es aristócrata por sentimiento y por comprensión porque
la democracia para él tiene que estar basada en un sistema
selectivo, en el gobierno del pueblo y para el pueblo, pero por
los mejores del pueblo. De ideas radicales va, no obstante, al fondo
de todos los problemas, así en lo social obedece a la limpieza
de la sangre y se ocupa de la genealogía de sus apellidos
para confeccionar su escudo de nobleza. Se debe al medio donde el
linaje impera sobre todas las cosas.
He
citado in extenso, pues uno de los gestos de Céspedes en
los días que medita el acto sublime de la revolución
y que cité al inicio de esta charla es, precisamente, su
solicitud de escudo nobiliario, pero no es solamente eso, es un
aristocratismo que llega hasta algunas de sus concepciones del mundo
y de la política internacional. Por ello, en 1869, ya en
la revolución, escribe en una de sus proclamas:
Y no
se diga que nos engaña nuestro bello ideal, la república,
Inglaterra, bajo la monarquía, es la depositaria de la libertad
europea, ella presenta cada día a la faz de la moderna idea
nuevas señales de la poderosa influencia que ejercen las
enseñanzas de la
historia
a los pueblos cultos. Bajo su régimen liberal, bajo su gobierno
para las colonias, algo restrictivo en la forma, altamente democrático
en el fondo, prosperan las colonias, España sin embargo,
presenta cada día en el suyo dolorosos ejemplos.
Céspedes
llama a la monarquía parlamentaria inglesa "gobierno
humanitario y fraternal". Puede asumirse que le llama más
la atención la democracia inglesa que la propia norteamericana,
en aquel momento el país con las instituciones democráticas
más modernas del mundo. Quizás coincidiera con Locke
quien consideraba que las ideas filosóficas, jurídicas
y económicas que constituían el caudal del liberalismo
europeo, se realizaban, en la práctica política de
entonces, en la monarquía británica y en su sistema
parlamentario. Quizás esa alta consideración que le
merecía el sistema inglés venía de una atenta
y estrecha observación de la política del segundo
imperio a partir de su contacto con los descendientes de los Pitts
en su estancia en la Inglaterra de 1840-1842. Para él, un
hombre de una colonia española, debía resultar muy
estimulante la política librecambista inglesa, la negativa
a conservar el comercio con sus colonias como una exclusiva propia
de la metrópoli, y el principio de autonomía para
las comunidades de ultramar iniciado antaño por los dos Pitts
que ocuparon el premierato. No había comparación alguna
entre la política hábil, desarrollista y relativamente
tolerante de los ingleses con sus colonias con la torpe, férrea
y retrógrada de España hacia las suyas.
Pero
lo importante de esto, lo simbólico para estudiar al Céspedes
como hombre, es que siendo aristócrata hasta en su estructura
de pensamiento, o lo sea, tener una mentalidad aristocrática,
no significaba necesariamente ser poco o no revolucionario en una
circunstancia histórica dada. Ahí están las
memorias de Bertrand Russell cuando regresó de la Rusia bolchevique
en 1918 y al retratar a Lenin le vio una mente eminentemente aristocrática
unida a la pasión revolucionaria como rasgos sobresalientes
de su personalidad.
Precisemos
las cosas. En sus posiciones políticas, Céspedes es
el hombre que se transforma y evoluciona hasta llegar a ser el revolucionario
más radical de su generación. No voy a referirme a
los jóvenes occidentales ni al fogoso Ignacio Agramonte,
aquejado de un iluso doctrinarismo que demostró su inoperancia
y desfase en la guerra. Me refiero al hombre abolicionista radical,
estimulador del ascenso de negros y mestizos a los más altos
grados de la oficialidad mambisa, al primer descubridor de las secretas
intenciones del gobierno norteamericano en sus ambiciones sobre
Cuba y que con paradigmática dignidad supo manejar y responder
retirando la agencia diplomática establecida en el vecino
norteño porque, según su criterio, no se podía
seguir soportando el desprecio del gobierno norteamericano. "Pobres
y pequeños, pero dignos", fue su mensaje. Me refiero
al hombre que rompe sus compromisos con el liberal y amigo de juventud
Juan Prim cuando advierte sinuosidad y ambigüedad en su política
hacia la revolución independentista.
Céspedes
es el hombre que, por ejemplo, se reencuentra en el campo de la
revolución con un ex esclavo suyo que había huido
de sus propiedades antes de la revolución, y lo recibe, como
Presidente, saludándolo y preocupándose por su situación
actual de ciudadano. Es el hombre que anota, apenas siete días
antes de su muerte, una curiosa y simpática anécdota
con una negra francesa que en San Lorenzo le dice al hacerle una
solicitud: mi Presidente, mi amo. Y él consigna en su diario
que le contestó: "[...] hija, yo no soy tu amo, sino
tu amigo, tu hermano". Ya no era Presidente en ese momento.
Y en
noviembre de 1873, el día 9, redacta en su libreta: "Según
versiones, han influido en mi posición que yo no andaba ni
roto ni sucio, que daba importancia a mi puesto, que mi esposa y
mis amigos me mandaban ropas y otros efectos, que recibía
cortésmente con reserva y ceremonial, en suma, que tenía
tendencias aristocráticas. Yo no sabía que para ser
republicano se necesitaba, indispensablemente, practicar la filosofía
de Diógenes el Cínico".
La
mordacidad de este apunte es realmente un símbolo. La historiografía,
habitualmente, le ha pasado rozando al tema sin llegar a su centro.
Se ha situado con recurrencia lo de sus refinados modales y se ha
hablado hasta de una suerte de filosofía de las maneras que
él mismo reconocía, como se puede constatar en su
diario, y que conformaron una imagen del hombre no muy aceptada
por quienes no poseían su linaje o no lo entendían,
o quizás no quisieron entenderlo por dispares posiciones
políticas. Voy a citar ahora
un apunte de su diario que ha deslumbrado a todos sus biógrafos
por sus posibles y sorprendentes lecturas. Está escrita en
Pozo Blanco, jurisdicción de Holguín, el 23 de junio
del 1872 y dice así:
Es
preciso depositar la confianza en una persona y levantarla en hombros
con todo esfuerzo. Mi situación es excepcional, no la gradúen
por comparaciones históricas porque se expondrían
a errores, nada hay semejante a la guerra de Cuba, ningún
hombre público se ha visto en mi situación. Es necesario
tomar algo de todos y echarlo en un molde especial para sacar mi
figura, ninguna medida me viene, ninguna fracción se me asemeja,
tengo que estar siendo un embrión abigarrado, y aquí
está la dificultad, en la elección de la crisálida.
Esta
reflexión retrata el ajedrez que juega Céspedes en
plena revolución. Como dijo Raúl Aparicio, se ha visto
"embrión abigarrado", estar siéndolo continuamente,
cada vez rudimento de posibles modificaciones o germen de una diversificación
en la estructura de la conducta. Sin dudas, ha pensado primero en
los antecedentes históricos: Washington, Bolívar,
Juárez, Páez, Hidalgo. Hay semejanzas, pero hay demasiadas
diferencias, son más las diferencias que fijan las circunstancias
de la guerra de Cuba que las que se derivan de caracteres y personalidades.
A esto se refiere Céspedes en su enigmático apunte.
En definitiva, ninguno de aquellos hombres que ya pertenecían
a la Historia, tuvo que enfrentarse a un poderío
semejante al que concentró la metrópoli española
en Cuba en la década de los 1870 para ahogar en sangre la
revolución. A esto, agreguémosle las propias dificultades
creadas por el anticespedismo parlamentario, el doctrinarismo iluso
de hombres divorciados de la práctica histórica que
pensaban que había que ser primero republicano que patriota
o revolucionario.
Céspedes
estaba cogido entre múltiples fuegos cruzados, cuál
de ellos peor. El caudillismo militar no era menos amenazador, el
regionalismo era un valladar cotidiano, el anexionismo una presencia
perniciosa (todavía en 1873, Calixto García le hablaba
al periodista irlandés James O'Kelly de la posibilidad de
unirse a Estados Unidos si no fructificaban los esfuerzos de los
patriotas), el racismo pululaba entre los antiguos señores
de esclavos; Agramonte agitaba la quinta columna, Moralitos fundaba
periódicos para criticar duramente la política presidencial.
Todo esto justifica con creces el símil martiano que asemeja
a Céspedes como una roca despedazada por las olas, es decir,
el embate de un pueblo inmaduro al surgir en la Historia. A tales
complejidades, Céspedes sólo puede oponer dos elementos,
son su única respuesta ante lo que él llama su "situación
excepcional". Uno, el pensamiento político que radicaliza
por momentos, y dos, la eticidad de una conducta que lo conducía
a una muerte inevitable pero que le otorgaba la autoridad moral
de la cual disfrutó aún depuesto de su cargo de Presidente.
Con esa conducta evitó la lucha fratricida que hubiese sido
la muerte súbita de la revolución.
Liberal
y republicano de fibra, siembra la semilla de la tradición
civilista cubana, esa que todavía tiene mucho que avanzar
en nuestro país a ciento y tantos años de su muerte.
Otra lección es su frase "Cada día está
más probado que tenemos que valernos de nuestras propias
fuerzas", pronunciada cuando mira con escepticismo y desdén
la posible ayuda foránea en el caso del vapor Virginius.
Es un axioma para todos los tiempos.
El
ideal ciudadano, la concepción de civilidad que tanto necesita
un país para ser una auténtica república, incluso
en los momentos tremendos y duros de una revolución, es una
de las grandes lecciones de este hombre que no debemos dejar de
atender jamás. El intelectual y jurista que fue Céspedes,
llamó a respetar la ley y ver en ese respeto la fuerza de
una sociedad y el sostén de la república democrática.
No nos perdamos en el laberinto ya suficientemente transitado de
los hechos convertidos en hitos, miremos a este cubano como a quien,
desde un increíble anonimato, trazó pautas y lanzó
mensajes embotellados que aún son necesarios descorchar y
leer con detenimiento.
Postrado
ante la Virgen de la Caridad con una imagen de esta en su cuello,
excitando el tambor del mestizaje étnico y cultural, masón
y liberal, abolicionista y aristócrata, el bayamés
es una encrucijada de signos cuyas lecturas no se han hecho todavía
con la suficiente calma y mesura. El primero de los cubanos, el
primer mambí, pero también el primero de los ciudadanos,
o el que nos echó a andar, para utilizar una frase de Martí,
se sacrificó por una idea que
atraviesa todo el siglo xx y se mantiene viva aún en el nuevo
siglo y milenio: la república independiente y soberana.
En
ese empeño ciclópeo dejó otra lección
no menos importante: construir una república es una tarea
muy compleja que requiere de cultura, inteligencia, valor y sacrificio.
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