Profesora
de la Universidad de La Habana
La
necesidad de preservar el acervo cultural fue el punto de partida,
hace ya muchos siglos, de la filología y otras ciencias vinculadas
al análisis textual; de manera que, para todo aquel acostumbrado
a desempeñarse en estas disciplinas, cuando se dispone a
examinar y valorar la obra de un creador, la búsqueda documental
es un primer paso imprescindible.
Sin
embargo, esta rutina de trabajo se rompe abruptamente al percatarnos
de que una personalidad en el campo de las letras como Graziella
Pogolotti arriba a sus setenta años y que, si bien una parte
de su obra se halla guardada en páginas de revistas y libros,
hay otra sólo atesorada como memoria viva en quienes, de
una forma u otra, fuimos partícipes del proyecto de investigación
y acción cultural diseñado, dirigido y puesto en marcha
por ella, con estudiantes y jóvenes profesores de la entonces
Escuela de Letras y Arte, en comunidades del entonces regional Escambray;
proyecto que adquiere renovada vigencia en tiempos de ingentes esfuerzos
para promover la cultura en todo nuestro pueblo y cuando se crean
carreras de estudios socio-culturales a lo largo de todo el país.
El
lúcido razonamiento, el ponderado consejo, el argumento definitorio,
la honestidad intelectual, el compromiso leal asumido hasta sus
ultimas consecuencias, la sólida y amplia base cultural,
su tesón y disciplina al asumir las tareas, su voluntad y
firmeza, su gran calidad humana, son rasgos que se agolpan en el
recuerdo de antiguos alumnos y compañeros de labores si de
evocar a la doctora Pogolotti se trata; pero tampoco se puede olvidar
su entusiasmo cuando en la década del setenta vislumbraba,
a partir de los resultados alcanzados por el Grupo Teatro Escambray,
las posibilidades de poner en práctica transformadora la
manera como siempre había entendido la cultura.
Miembro
de la comisión de docencia de la dirección de la Escuela
de Letras desde su creación por la Reforma Universitaria,
continuó de manera conjunta por algunos años su labor
en la Biblioteca Nacional y, a la par de su magisterio en la Licenciatura
de Lengua y Literatura Francesa, ofrecía cursos dentro del
intenso programa de extensión
cultural que en aquella época brindaba la Biblioteca, los
cuales abrían expectativas e inquietudes entre los asistentes,
bien versaran sobre la crítica de arte, bien en torno al
movimiento de la Nouvelle Roman, prácticamente en el mismo
momento en que se estaba produciendo, bien sobre cualquier otro
tema de su vasto conocimiento, sorprendente aún más
en persona tan joven como lo era la doctora Pogolotti en esa época.
Fue
ella quien, al asumir la responsabilidad de las investigaciones
de la Escuela de Letras, no sólo procuró desarrollar
y formar a los estudiantes en aquellas específicas dentro
de las disciplinas de la carrera, sino que estableció una
vertiente de aproximación a la promoción cultural,
convencida de que la verdadera cultura sirve para enfrentar y comprender
nuevas circunstancias, entablándose un proceso dialéctico
entre objeto y sujeto del cual ambos resultan transformados.
Por
ello, muy vinculada desde sus inicios a las labores del Grupo Teatro
Escambray, encuentra en las comunidades nuevas que por entonces
iban surgiendo en ese regional al calor de los planes de desarrollo
económicos de la zona, un ámbito propicio para llevar
a vías de realización un proyecto donde se pudiera
apreciar cómo el trabajo cultural favorecía el cambio
de la comunidad, e implicaba la transformación del posible
investigador o agente de cultura en contacto con las circunstancias
concretas y las exigencias del momento en que se desenvolvía
la vida de la comunidad en la cual se insertaba como un miembro
más.
Para
adentrarnos en los problemas socio-culturales de la zona con vistas
al diseño de una propuesta de investigación-desarrollo
sistemática y estable, a la vez que nos preparábamos
para su ejecución, la doctora Pogolotti, con la colaboración
de Helmo Hernández, de otros jóvenes instructores
y el apoyo tanto de la dirección de la Escuela de Letras,
encabezada por la doctora Vicentina Antuña, así como
de los dirigentes del regional, proyectó y puso en marcha,
en 1971, una primera etapa en que pequeños equipos de investigación,
conformados por prácticamente todos los estudiantes de la
Escuela entre tercer y quinto años, se radicaron en diversas
localidades de cuatro municipios con sus respectivos responsables:
Cumanayagua, Manicaragua, Mataguá y La Sierrita fueron los
escogidos por sus particularidades y por ofrecer un conjunto representativo
de la diversidad socio-cultural de la zona.
El
momento de partida fue antecedido por sesiones de seminarios y preparación
en la técnica de la entrevista libre, orientaciones en torno
al trabajo propuesto y las características del regional,
en la selección de materiales para ofrecer actividades de
corte cultural en la zona en cuestión, en la manera de abordar
la narración de cuentos para niños y hasta en la familiarización
con principios estadísticos con vistas a la selección
de una muestra adecuada a los fines de la investigación.
Durante
un mes los estudiantes convivieron con los pobladores de la zona
y probaron por primera vez la sensación de sentirse, de manera
directa, socialmente útiles, en campo abierto, a partir de
su formación académica. De regreso a La Habana, la
tabulación y el análisis de las encuestas realizadas,
a su vez, permitió caracterizar algunos de los problemas
socio-culturales que incidían en la zona con mayor peso,
esbozar una segunda etapa con permanencia de estudiantes y profesores
en la comunidad por un período largo y la elección
de los puntos en que se concentrarían los esfuerzos: el Tablón,
en aquella época en proceso de construcción su nuevo
asentamiento poblacional, y la Yaya, el primer pueblo nuevo terminado
de los previstos dentro del regional.
Durante
unos tres cursos académicos los estudiantes escogidos y que
voluntariamente se habían ofrecido para participar en el
proyecto, una semana al mes, realizaban encuentros docentes con
sus profesores en la Universidad para mantener el ritmo de sus estudios
y cumplir con los requisitos docentes, mientras el resto del tiempo
convivían con los pobladores de las comunidades seleccionadas
del Escambray, dedicando la sesión de la mañana al
estudio de sus asignaturas y todas las horas restantes del día
al trabajo socio-cultural propuesto.
Labor
nada fácil, pues no se trataba de implantar esquemas o aplicar
pautas estereotipadas, sino que a partir de la necesidades, inquietudes
y gustos de la comunidad, se buscaba una propuesta cultural capaz
de favorecer el debate de las propias circunstancias entre los participantes,
procurando articular, en el caso de la Yaya, los distintos sectores
de la población a través de las organizaciones ya
establecidas; de modo que las distintas manifestaciones culturales
no se sintieran como algo añadido y ajeno, sino un componente
más de la cotidianidad para ampliar los horizontes y las
expectativas al tiempo que favorecía una mayor calidad de
vida.
Mas,
una vez ejecutada la acción prevista, se analizaba, evaluaba
y continuaba el desbroce del camino, no sin reveses o desconciertos.
Había momentos en que en verdad uno no sabía por dónde
seguir, qué hacer o qué material seleccionar para
los fines que pretendía. Sólo la clara comprensión,
el consejo oportuno y la capacidad mayéutica de la doctora
Pogolotti nos sacaba del atolladero y nos educaba en el ejercicio
del criterio, la apertura intelectual y la sensibilidad social.
No todos, excepto la doctora y Helmo, estuvimos todo el tiempo o
en todas las etapas, pero a todos, en una forma u otra, nos dejó
una marca indeleble.
La
experiencia del Escambray nos mostró cómo no es posible
ejercer de agente de cultura sin poseer, a su vez, una sólida
formación, sin ser una persona culta en toda la extensión
que el término supone; que no se trata de imponer patrones
ni ideas preconcebidas, sino partir de las necesidades, problemas
e inquietudes de la comunidad en particular dentro de la cual se
desarrolla el trabajo, sometido este a continuo análisis
y replanteo, según la incidencia lograda; de que frente a
teorías antropológicas que pretenden la asepsia del
investigador, este es parte del proceso y ha de transformarse también
en el interaccionar que implica entender la cultura no como un ente
pasivo y acumulativo, sino como parte de la vida social, múltiple,
compleja y cambiante.
Treinta
años después, pensé que era el momento de enfrentar
esta obra de la doctora Pogolotti con el mismo ánimo que
otros se disponen a analizar sus contribuciones en el campo de la
crítica de arte o literaria y hasta, quizás, ponerme
a desenterrar viejos informes y buscar algunos escritos publicados
con acuciosidad científica, pero desentrañar detalles,
analizar los modos concretos de ejecución, rastrear resultados
más o menos medibles, será quizás tarea de
otros, no sólo porque, a pesar de los años continúo
emocionalmente involucrada, sino porque, si bien los pormenores
han de interesar seguramente a los jóvenes que hoy se preparan
para emprender análogas experiencias, al rememorar la etapa,
advierto que lo fundamental no está en los papeles, sino
en la lección viva de Graziella Pogolotti y su apreciación
de la cultura, tantas veces puesta en evidencia a lo largo de su
obra, pero especialmente en aquel fructífero laboratorio
que fue la Escuela de Letras en el Escambray en los años
setenta.
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