Palabras de agradecimiento al recibir el Premio Nacional de Investigación Cultural 2003

Araceli García Carranza

Bibliografa y Jefa del Departamento de Investigaciones de la Biblioteca Nacional José Martí

 

Queridos Pacheco, doctor Hart,
Manelo, Eliades, queridos todos:

Permítanme unos recuerdos en esta ocasión.

En los primeros años de la década del cincuenta visitaba, llevada de la mano de mi padre, la Biblioteca Nacional, situada en aquel entonces en el Castillo de la Fuerza.

Por esos años, también en compañía de mi padre, vi alzarse poco a poco, dentro de un tupido andamiaje, la torre de la Biblioteca Nacional, los dieciséis pisos que ocupa hoy nuestra centenaria institución.

Recuerdo a mi padre señalándome, premonitoriamente, aquel edificio que ya se empinaba para atesorar e impulsar nuestra inmensa cultura cubana. Y esa visión también quedó en mi subconsciente, sin imaginar que iba a trabajar en la Biblioteca Nacional durante más de cuarenta años.

Un día de enero de 1962, rompiendo, no sé ni cómo, con mi timidez de siempre, fui a la Biblioteca y pedí ver a la doctora María Teresa Freyre de Andrade, ella me recibió, no recuerdo exactamente el diálogo, pero me aceptó. A los dos o tres días, el 1 de febrero de 1962, empecé a trabajar en la Biblioteca. Unos años después, la doctora Freyre quedaría satisfecha con mi Índice de la Revista Bimestre Cubana, y en 1970 me felicitaría por la Biobliografía de don Fernando Ortiz.

A partir de 1962 investigué autoridades en el Departamento de Catalogación y Clasificación, y pronto haría analíticas en el Departamento Colección Cubana, el cual llegué a dirigir a instancias de Sidroc Ramos, quien siempre confió en mí.

En Colección Cubana trabajé cerca de grandes e ilustres de la literatura y la historia cubanas y paradójicamente fui jefa de algunos de ellos: Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz, Renée Méndez Capote, Roberto Friol, Octavio Smith, Zoila Lapique, Juan Pérez de la Riva, y conocí a decenas de historiadores, investigadores, creadores, especialistas y profesores universitarios cubanos y extranjeros. En 1962 también conocí a mi compañero de siempre, mi esposo Julio Domínguez, quien también trabajaba en ese Departamento. Luego, entre otras tareas compilé para los historiadores la Bibliografía de la Guerra de Independencia la cual afortunadamente se consulta frecuentemente en la Sala Cubana.

En 1972 la Biobibliografía del doctor Ramiro Guerra, sería mi primera colaboración en la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí, en la cual, según Juan Pérez de la Riva, "no publicaba cualquiera" y lo logré después de diez años. Por estos años inicié la compilación de la obra de José Lezama Lima, retomada en los noventa y publicada en 1998.

Entre índices analíticos, investigaciones bibliográficas, servicios y tareas de dirección transcurrieron los años siguientes sin olvidar el montaje de exposiciones que a veces lográbamos Elena Giraldez, mi hermana Josefina, Zoila Lapique y yo como por arte de magia.

La Sala Martí había sido inaugurada en 1968 por el profesor Manuel Pedro González exactamente "un domingo de mucha luz", frase que tomo de un ensayo de Fina García Marruz, quien hizo de las visitas dirigidas a la Sala, un verdadero magisterio, un evangelio vivo.

Años después, en 1977, la Sala devendría en Centro de Estudios Martianos. Ya desde 1968 Cintio Vitier me había pedido que fuese la bibliógrafa de José Martí, y año tras año saldrían los Anuarios y después los Anuarios del Centro de Estudios Martianos con las correspondientes bibliografías, hasta la fecha treinta y tres compilaciones publicadas, tres de ellas en proceso de edición, y por supuesto tratando siempre de que la última supere a la anterior.

En los años ochenta la doctora Martha Terry me haría ocupar la jefatura del Departamento de Bibliografía Cubana, lo cual fue como un sueño que yo creía irrealizable, departamento que fue nuevo desarrollo del otrora Departamento de Investigaciones Bibliográficas, y en los años noventa asumiría la jefatura de redacción de la Revista de la Biblioteca Nacional y ahora en los 2000 la jefatura del Departamento de Investigaciones bajo el mandato del más joven de sus directores, el historiador y ensayista Eliades Acosta Matos, con quien Julio y yo siempre estaremos en deuda, y en medio de investigaciones y servicios la satisfacción de una fuerte vocación posiblemente indicada por la mano de mi padre cuando me señalaba los andamios que atrapaban el esqueleto del futuro edificio de la Biblioteca Nacional.

Y siempre esa agradable realización que se siente cuando se logra un repertorio o se utiliza (porque es y será útil) o cuando se satisface una demanda. En especial cuando servimos a jóvenes y presentimos sus talentos y los vemos crecer hasta convertirse en historiadores, críticos, escritores o periodistas.

Así han transcurrido los años y como en una cinta cinematográfica recuerdo algunas figuras relacionadas con la investigación bibliográfica: las de Cintio Vitier y Fina García Marruz, creciendo siempre como creadores e intelectuales y dando fe constante de "ese sol del mundo moral"; la de Alejo Carpentier, quien llegaba cada verano acompañado de Lilia y sabía apreciar el significado de la bibliografía como instrumento de presente, pasado y futuro, así como su utilización dentro de la novela, no olvidar que usó los títulos de ciertos asientos bibliográficos como recurso intertextual en La consagración de la primavera; la de Carlos Rafael Rodríguez, siempre sonriente y amable, cuando nos revisaba a mi hermana Josefina y a mí los datos con los que pretendimos acercarnos a su intensa trayectoria vital; y unos años antes recuerdo a los hijos de Ramiro Guerra agradeciéndome su biobibliografía; y unos años después alguien agradecería la de Elías Entralgo, la de María Villar Buceta, la de Loló de la Torriente, y tantas otras... y más tarde los donativos de las colecciones de Roberto Fernández Retamar y de Lisandro Otero, las cuales promoverían las compilaciones de ambos, y hace poco la de la obra de Eusebio Leal precedida en el tiempo por la de Emilio Roig de Leuchsenring, historiadores de la Ciudad de La Habana; y siempre el servicio y la satisfacción de la demanda, así como la identificación con cada figura y su obra. Y siempre ese examen diario que con abnegación y modestia sufrimos los bibliotecarios acribillados a preguntas, casi ocho horas diarias, tratando de buscar espacio y tiempo para pensar, leer, escribir... ¿Y cómo es posible que hayan pasado más de cuarenta años transcurridos en una de las más rigurosas universidades: una Biblioteca Nacional, en este caso la Biblioteca Nacional José Martí de Cuba?

Y todo esto ¿cómo ha podido ser? Y ahora recibo un Premio después de tanto trabajo placentero.

Independientemente de mi consustancial timidez, la cual venzo un tanto cada día, en este caso quisiera expresar mis sentimientos más con el corazón que con el cerebro y sin embargo, es preciso una conjugación porque el corazón no habla por sí mismo. Quisiera hablarles sólo con el corazón, y por tanto con mi silencio, porque creo que así me expresaría mejor. Recuerdo ahora el poema de Fina García Marruz "Cine mudo": "no es que le falte el sonido/ es que tiene el silencio".

Ese cine tiene el silencio y se expresa. Yo, por supuesto, no puedo lograrlo, pero si pudiera quisiera decirles miles de palabras nobles, porque así expresaría mejor el agradecimiento profundo y sincero que me hace sentir este Premio y en torno a la satisfacción que siento cuando el Premio se me multiplica en las felicidades de quienes me proporcionan otros premios convertidos en cálidos abrazos, personas conmovidas, felicitaciones sinceras.

En fin, gracias a todos los que de una manera u otra han determinado que yo reciba este reconocimiento, y gracias a aquellos que han ratificado el Premio con sus felicitaciones y buena voluntad.

Muchas gracias.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 96, No. 1-2 ENERO-JUNIO 2005