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de la Biblioteca Nacional de España
Este
año se celebra el centenario del nacimiento del escritor
cubano Alejo Carpentier, novelista del trópico y de sus simbiosis,
a menudo surrealistas _véase El reino de este mundo_ con
la cultura europea. Carpentier, de madre rusa y padre francés,
tenía el distanciamiento necesario para teorizar sobre su
país y, por ende, sobre Iberoamérica. Él acuñó
el concepto de "lo real maravilloso", que acabaría
convirtiéndose en el famoso "realismo mágico".
Cuando se trata
de comprender a Iberoamérica, "[...] ni el libro europeo,
ni el libro yanky nos darán la clave del alma hispanoamericana",
escribió José Martí, forjador de la independencia
cubana. ¿Qué libro entonces tiene la clave del alma
de estos países? El libro del barroco en clave de lo real
maravilloso, explicó Carpentier en un lúcido ensayo
que tituló "Lo barroco y lo real maravilloso".
El
barroco es un estilo caracterizado por la profusión de volutas,
roleos y adornos en que predomina la línea curva. En un examen
alguien lo definió como "estilo de casas construidas
con barro". Carpentier lo tomó como algo más
que un estilo: una sensibilidad; para él, barroco es una
pulsión creadora recurrente a lo largo de la historia y a
lo ancho de la geografía; así serían barroco
Rabelais y los templos de la India. El postulado esencial de la
teoría de Carpentier es: "América, continente
de simbiosis, de mutaciones, vibraciones, y mestizaje, fue barroca
desde siempre" y cita como ejemplo las dos epopeyas americanas,
el Popol Vuh y el Chilam Balam, además de las esculturas
aztecas. El plateresco entra en América _argumenta Carpentier_
y encuentra una mano de obra india que, de por sí, con su
espíritu barroco, añade el barroquismo de sus materiales,
de su invención, de los motivos zoológicos, vegetales
y florales del nuevo mundo.
Yo
creo, y es una hipótesis que no he leído en ninguna
parte, que el barroco sale de América y de la India a partir
de los viajes de los portugueses a la India y de los españoles
a México. De esos viajes los exploradores, comerciantes y
conquistadores traerían sin duda dibujos de lo que iban encontrando,
sobre todo tipos, trajes, templos, monumentos, flora y fauna. Quien
haya visitado los templos de la India o los de México conoce
su indudable barroquismo. Hasta que se pueda atribuir _en una maniobra
de apropiación típicamente italiana, como el nombre
de América_ a Borromini o Bernini la invención del
barroco, han pasado más de cien años tras los descubrimientos
y viajes de Portugal
y España. Me parece pues que el barroco nace de las influencias
de Oriente y América, en vez de ser al revés. Carpentier
parece tender a la misma opinión pero sin atreverse a formularla
así.
¿Por
qué es América Latina la tierra de elección
del barroco?, se pregunta Carpentier:
[...] porque
toda simbiosis, todo mestizaje engendra un barroquismo. El espíritu
criollo es de por sí un espíritu barroco. El barroquismo
americano se crece con la criollidad, con la conciencia que cobra
el hombre americano, sea hijo de indio nacido en el continente.
Con tales elementos en presencia, aportándole cada cual su
barroquismo, entroncamos directamente con lo que yo he llamado lo
real maravilloso. Esto se me hizo particularmente evidente durante
mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano
con lo real maravilloso.
Lo
real maravilloso es una inesperada alteración de lo real
que causa asombro por lo insólito, y admiración por
ser extraordinario, es como una revelación, una ampliación
de las escalas de la realidad. Lo real maravilloso no es lo surrealista,
entre ambos hay la misma distancia que entre fantasía e imaginación.
La fantasía _decía Coleridge, según me repitió
Jaime Gil de Biedma_ es una combinatoria de la imaginación,
pero es estéril: la imaginación inventa combinaciones
nuevas que podrían existir en la realidad. Así la
conocida imagen surrealista del encuentro de un paraguas con una
máquina de coser sobre una mesa de operaciones es una mera
combinación verbal, como esa pueden producirse docenas: por
ejemplo, el encuentro de un casco de bombero con un ordenador en
una mesa electoral. Las quimeras son fáciles, la imaginación
creativa es ardua y vital.
En 1925 el crítico
de arte alemán Franz Roth acuñó el término
"realismo mágico" para describir una pintura donde
se combinan formas reales de manera no conforme a la realidad cotidiana.
Un ejemplo de ello sería la pintura de Balthus. Luego se
aplicó el término a la novela del "boom"
hispanoamericano, que se inicia con Juan Rulfo y se consagra con
su imitador García Márquez. El propio Carpentier en
la novela El reino de este mundo describe el palacio que el rey
negro de Haití, Henri Christophe, construyó en las
montañas haitianas imitando Sans Souci y la corte de Versalles.
Detrás del palacio el reyezuelo construye La Ferrière,
castillo inexpugnable _según cree_ porque ha mezclado sangre
de toros sacrificados en la argamasa. Eso es lo real maravilloso,
porque es verídico; y esa es la apoteosis del barroco americano.
Aquí lo insólito es cotidiano, concluye Carpentier.
"Hay todavía demasiados `adolescentes que hallan placer
en violar los cadáveres de hermosas mujeres recién
muertas' (Lautréamont) sin advertir que lo maravilloso estaría
en violarlas vivas".
Cuando Hernán
Cortés divisó la ciudad de Tenochtitlan, escribió
en una carta a Carlos V: "Por no saber poner nombres a estas
cosas, no las expreso". Se han necesitado cuatro siglos para
que Carpentier, Rulfo o García Márquez, supieran poner
nombres a lo real maravilloso, que es la clave barroca del alma
iberoamericana.
*
Publicado en La Vanguardia, España, el 3 marzo de 2004.
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