| Narrador
y ensayista
La novela debe llegar más allá de la narración,
del relato, vale decir: de la novela misma, en todo tiempo, en
toda época, abarcando aquello que Jean Paul Sartre llama
"los contextos".
Alejo
Carpentier
Siempre me ha resultado sospechoso _por no decir revelador_ el escaso
interés que han manifestado los estudiosos de la narrativa
carpenteriana por su novela de 1956, El acoso. Más mencionada
que analizada, más comentada que examinada, esta breve y
en verdad desconcertante pieza de algo más de cien páginas,
parece haber desestimulado a críticos y ensayistas que, al
no encontrar en ella el reflejo directo de las grandes preocupaciones
épicas y teóricas del escritor cubano, han preferido
obviarla, en favor del estudio de las novelas "clásicamente"
carpenterinas, a través de las que se accede con mayor facilidad
a una proposición conceptual sostenida por el novelista a
lo largo de muchos años.
Publicada
por primera vez en una edición de la casa argentina Losada,
en 1956, y luego incluida en la versión original de Guerra
del tiempo, en 1958, ciertamente El acoso resulta una obra conceptualmente
atípica en el universo de Carpentier, por cuanto no aparecen
en ella ni un tratamiento sostenido y manifiesto de los elementos
más visibles de su teoría de lo real maravilloso americano,
concebida como la manifestación de una realidad altamente
específica _como ocurriera en las piezas anteriores, El reino
de este mundo (1949) y Los pasos perdidos (1953)_, ni búsquedas
explícitas en temas tan recurrentes _también en la
narrativa posterior del autor_ como la libertad y la evasión
en su sentido metafísico, el fluir circular del tiempo, el
peculiar contexto afrocaribeño con sus componentes mágicos
o el enjundioso problema del hombre y la historia como reflexión
filosófica global.
En
cambio, la pertenencia de El acoso al universo literario de Carpentier
se hace mucho más evidente en determinados componentes formales,
como ocurre con su estilo profundamente barroco _es, quizás,
la más barroca de todas sus obras, tanto por su lenguaje
como por su construcción_, con su empleo de la narración
y la descripción en ausencia de diálogos, con su estructura
compleja y fragmentada, y con la utilización de la música
como referente composicional y argumental, entre otros.
La
aparente "inconsecuencia" contenidista de El acoso, sin
embargo, más que una omisión analítica, reclama
precisamente un atento escrutinio de las singularidades de la novela,
capaz de ubicarla en función del examen evolutivo de la literatura
carpenteriana y para la necesaria búsqueda de constantes
y rupturas con la obra pasada y con la venidera del gran novelista
cubano. Indagar hasta qué punto _y por qué_ El acoso
se aleja de los rumbos más tradicionales en este tan homogéneo
devenir estético es, pues, el verdadero reto crítico
que levanta una pieza aparentemente descarriada...
Ante
todo es preciso, entonces, detenerse en la composición misma
de la novela. El argumento de El acoso aparece estructurado en tres
partes _notadas con números romanos_ que, a su vez, se dividen
en dieciocho bloques o capítulos _separados por espacios_
que se distribuyen así:
I parte:
3 bloques
II
parte: 13 bloques
III
parte: 2 bloques
Con
esta estructura, según comentara el propio autor:
[...]
quise hacer un relato que fuera un poco una forma de sonata, una
construcción tripartita. Hay una primera parte que es la
exposición de los tres personajes, es decir, de los tres
temas; hay un juego de variaciones centrales; hay, al final, lo
que en música corresponde a la coda.1
La
primera parte, que se desarrolla casi completamente en el teatro
donde se ejecuta la sinfonía Heroica de Beethoven, presenta
a los dos personajes que alternarán la conducción
del relato: un taquillero, estudiante de música, que narra
en tercera persona; y un perseguido _el Acosado, quien utiliza el
monólogo interior en primera persona_, que trata de refugiarse
en la sala de conciertos, a donde ha llegado seguido por dos hombres.
El tercer bloque cuenta la aventura frustrada del taquillero con
la prostituta Estrella y su regreso al teatro, antes de que termine
la ejecución de la obra.
Mientras
tanto, la segunda parte, sólo narrada por el Acosado, se
desarrolla con dos personas narrativas _tercera del singular y momentos
de monólogo interior_ y con dos ritmos temporales diversos:
mientras los bloques uno al tres transcurren en seis días,
los diez restantes _desde la muerte de la anciana en cuya casa se
ha refugiado, hasta la llegada al teatro_ ocurren en unas pocas
horas, durante la misma noche, y en su devenir argumental se mueve
en dos tiempos a su vez diferentes: el presente de persecusión
y terror, y el pasado,
que va de la pasión revolucionaria a la traición por
miedo.
La
tercera parte, finalmente, en apenas dos capítulos que se
desarrollan otra vez en la sala de conciertos, se reparten uno para
el monólogo interior del Acosado y otro para el taquillero,
que referirá la noticia de la ejecución del protagonista.
La
parte con mayor peso argumental de la obra, la segunda, permite
armar, a través de un escabroso montaje, la historia del
Acosado y las razones de su huida y persecución. Así,
según sintetiza Frances Wyers, en uno de los pocos estudios
serios de la novela:
Relacionando
coincidencias triviales y estableciendo mentalmente el sistema de
referencias dobles se puede recomponer la biografía del estudiante
provinciano que vino a la capital a estudiar arquitectura. Los acontecimientos
siguen este orden: al llegar a La Habana vive cierto tiempo con
su vieja nodriza, se hace miembro del Partido Comunista, pero después
de ver que la policía ha reprimido violentamente una manifestación
estudiantil, pasa "al bando de los impacientes". Aunque
sus actos de terrorismo comienzan de un modo harto idealista ("Todo
había sido justo, heroico, sublime en el comienzo"),
el juicio sumarísimo y leonino de un estudiante enemigo ("época
del Tribunal") y su primer asesinato político, le precipitan
en lo que él reconoce como una "burocracia del terror",
un sindicato del crimen que cínicamente se aprovecha del
fervor y el idealismo de sus miembros. Finalmente, como si fuera
un asesino a sueldo, acepta una cantidad por dirigir la eliminación
del adversario político de cierto Alto Personaje. Arrestado
a la mañana siguiente del crimen, el estudiante delata por
miedo a la tortura y, al salir de la cárcel, se halla él
mismo perseguido por sus anteriores socios. 2
Si
transcribo tan minuciosa descripción argumental de la novela
se debe a que, del ordenamiento de los hechos anteriores a la última
jornada del Acosado, y los de esa misma noche de juicio final, depende
la comprensión del manejo de varios elementos importantes
en esta obra: el tiempo narrativo, la relación con el referente
histórico y el contexto urbano donde se desarrolla el relato
y hasta el tipo de realismo utilizado por el escritor.
Aunque
en un primer momento el complicado montaje argumental de El acoso
(estructurado, como decía, por dos voces narrativas _el Acosado
y el taquillero_ y organizado sobre monólogos interiores
que dislocan el tiempo y constantes retrospectivas introducidas
como verdaderos flash-back de indudable sabor cinematográfico)
podría hacer pensar en un manejo del tiempo similar a los
diversos modelos ya trabajados por Carpentier, lo cierto es que
el ordenamiento cronológico y consecutivo de los acontecimientos
advierte que, en esta ocasión, sólo se trata de una
proposición formal, más que una elaboración
conceptual, por cuanto la aparente desorganización temporal
únicamente implica al montaje mismo y no a una específica
concepción del tiempo, visto como
decursar invertido o como transcurrir recurrente _tal como sucede
en Los pasos perdidos o "Semejante a la noche"_. Solamente
el tiempo interno de la obra ha sido entonces descompuesto en planos
que se alternan y superponen de acuerdo a las leyes de la recuperación
de la memoria trabajadas por la técnica del monólogo
interior, recurso al que _explícita o implícitamente,
en primera o en tercera persona_ acude Carpentier en los bloques
narrados por su protagonista.
Mientras
tanto, el tiempo como fluir histórico global, que había
alcanzado incluso categoría temática en piezas anteriores
del autor, permanece al margen de la reflexión carpenteriana,
ajena en esta ocasión a las arduas nociones filosóficas
e históricas típicas del autor. Sólo una mirada
crítica muy empecinada podría dedicarse a buscar una
especial voluntad hacia lo histórico como manifestación
del tiempo en la presencia de ciertas permanencias temporales _sentimientos
como el miedo_, en la profunda (y para mí dudosa) relación
entre el mensaje épico de la Heroica y los sucesos de esa
noche, o, incluso, en los códigos morales que decretan el
destino de los personajes. Pero todos estos elementos, a mi juicio,
apenas afectarían la esencial voluntad carpenteriana de mantener,
en esta novela, las reflexiones sobre el tiempo unicamente en el
plano de la realización estética y de la recuperación
de la memoria.
Pero
el hecho de que existan dos tiempos en la obra, sin duda contribuye
a complejizar su asimilación: así, en el texto se
funden un presente de cuarenta y seis minutos _o sea, el tiempo
que dura la ejecución de la Heroica, principio y fin de la
novela_ y un pasado que, aun abarcando varios años _desde
la llegada del Acosado a La Habana, como estudiante de arquitectura_,
concentra sus acontecimientos en las horas previas al concierto
_desde la muerte de la vieja nodriza hasta el encuentro del Acosado
con sus perseguidores, todo en la misma noche_. Sin embargo, la
relatividad del tiempo que propone la estructura de la novela está
puesta en función, ante todo, de una tesis existencial _y
de filiación existencialista_ relacionada con el carácter
mismo de la vida del hombre: ¿qué hechos fortuitos
y qué decisiones llevaron a ese personaje a la sala de conciertos
donde será ejecutado?; ¿por qué caminos se
organizó _o desorganizó_ su existencia para llegar
a tal estado ya irreversible?
Estas
preguntas, que el Acosado se hace desde su monólogo de la
primera Parte, buscarán su respuesta en la segunda, cuando
a partir de su memoria reconstruya su vida, haga un recuento de
decisiones y compromisos lentamente expuestos en la novela. El tránsito
de la pregunta desencadenante _primera parte_ a la búsqueda
de las razones _segunda parte_, podría satisfacer el juicio
de un clásico diccionario filosófico marxista que
asegura: "Según la doctrina existencialista, para adquirir
conciencia de sí mismo como `existencia' el hombre ha de
encontrarse en una `situación límite', por ejemplo,
ante la faz de la muerte".3 Por ello el personaje apenas hallará
la respuesta en el monólogo final, cuando descubra que sólo
un posible regreso a sus orígenes _viaje a la semilla_ podría
salvarlo de sus errores, y por eso desea:
[...] volver a las chozas de la infancia, hechas de tablas, de
retazos, de cartones, donde me agazapaba en días de lluvia,
entre las gallinas mojadas, cuando todo era humedad, borbollones,
goteras _como ahora_ y no respondía a los que me llamaban,
haciéndome gozar mejor de mi soledad en penumbras, no responder
cuando me llamaban, saberme buscado donde no estaba [...]4
Pero
el regreso a este mundo idílico, desde un "abominable
presente", es ya imposible. Con razón Ariel Dorfman
ha anotado sobre este vivir de lo histórico _la propia vida_
en El acoso que:
[...]
enfoca a un hombre que vive lo histórico desde una situación
límite, donde el tiempo concreto pesa más que en
otras novelas, este acoso donde cada hecho, minúsculo,
casi casual, forma parte de una irrepetible y fatal marcha hacia
la muerte. Para el acosado [...] la Historia es el inescapable
mecanismo de un reloj dentro del cual se encuentra, perseguido
por quienes traicionó. Por primera vez y por última
[hasta el momento en que Dorfman publica su texto], Carpentier
rechaza lo panorámico, para buscar el engranaje existencial,
momento a momento, con que se crea una vida humana, "el encadenamiento
implacable de los hechos" [...]5
La
historia como transcurrir fatalmente imperturbable, del cual no
hay posibilidad de escapar (aun cuando se adquiera "conciencia
de sí mismo"), y la decisión como acto único
de ejercicio de la libertad, advierten claramente la permanencia
de cruciales nociones existencialistas en esta novela sobre la cual,
poco después de publicada El siglo de las luces y ya establecido
en Cuba otra vez, diría Carpentier _en tono casi de "culpable"
de devaneos ideológicos ajenos a la ortodoxia marxista_ que
"[...] El acoso es quizás mi único libro, creo,
que puede parecer pesimista, algo desesperado, porque es la historia
de un esfuerzo inútil".6
El
esfuerzo inútil es la revolución (real) que fracasa
y que arrastra en su espiral macabra a muchas personas como este
futuro Acosado, y la Historia (la realidad) es la cárcel
que le ofrece Carpentier a un personaje para el cual es imposible
cualquier evasión (ya sea la del Marcial de "Viaje a
la semilla" o la del narrador de Los pasos perdidos), cualquier
redefinición y nuevo comienzo (como los emprendidos por Ti
Noel o Juan el Indiano en "El camino de Santiago"), incluso
cualquier conocimiento certero de su papel histórico (como
el soldado griego de "Semejante a la noche"). Sólo
en el destino fatal del protagonista de ¡Ecué-Yamba-Ó!
_que será el mismo destino que espera a su hijo_ hay alguna
referencia a tan pesimista actitud en la obra de Carpentier, con
la diferencia de que para el negro Menegildo la vida era una extraña
conjunción de voluntades humanas y misterios sobrenaturales
_que lo acercaban a la tragedia griega_, mientras que para el Acosado
la más rampante realidad _con su fracaso histórico_
es la única medida de un destino que él mismo ha ido
forjándose con sucesivas decisiones que lo llevan a la exclusión
final de todas las cofradías y, por ende, a la muerte _tal
como ocurre en más de una novela existencialista.
De este modo, la involución humana e ideológica del
personaje es el reflejo mismo de su tránsito por la historia,
pues antes de sufrir la crisis mística de sus últimas
horas, cuando pretende asumir una fe católica que de algún
modo lo salve de su circunstancia desesperada, ha sido, sucesivamente,
militante del Partido Comunista, violento extremista de izquierda,
gángster a sueldo y, finalmente, traidor. Pero, a estas alturas,
poco importa ya que comprenda, al encontrar el viejo carnet del
Partido, que su militancia pudo ser "[...] la última
barrera que hubiera podido preservarle de lo abominable":7
ya trascendió todas las fronteras y por ello hasta el refugio
religioso le es negado, espiritual y materialmente, cuando es expulsado
de la iglesia, en el penúltimo bloque de la segunda parte,
para ya caer en manos de sus perseguidores.
La
anulación del hombre ante las circunstancias, la falta de
sentido que adquiere su dimensión humana en el juego histórico,
el valor mínimo de la vida queda patentizada con el final
del protagonista: mientras Carpentier se dedicó en la segunda
parte a recoger el detallado curso de una vida, la muerte del personaje
se resolverá como un hecho insignificante. Desde la perspectiva
del taquillero _que por momentos parece utilizado en la novela únicamente
para que asuma la narración de este final_, en el último
párrafo del libro, cuenta:
Entonces,
dos espectadores que habían permanecido en sus asientos de
penúltima fila se levantaron lentamente, atravesaron la platea
desierta, cuyas luces se iban apagando y se asomaron sobre el barandal
de un palco ya en sombras, disparando a la alfombra. Algunos músicos
salieron al escenario, con los sombreros puestos, abrazados a sus
instrumentos, creyendo que los estampidos pudieran haber sido un
efecto singular de la tormenta, pues, en aquel instante, un prolongado
trueno retumbaba en las techumbres del teatro.8
La
intención de Carpentier es evidente: el personaje ni siquiera
tiene nombre _"Uno menos _dijo el policía recién
llamado, empujando el cadáver con un pie"_, su muerte
no es descrita directamente, los disparos apenas son escuchados
y, como revelación final sabemos que el dinero tenido por
falso, con el que el Acosado quizás se hubiera podido salvar,
era en realidad "bueno". ¿Qué queda de "la
grandeza del hombre" pregonada en El reino de este mundo? Nada:
el fracaso es el vacío, la revolución es su contrario,
la historia es el absurdo de la vida cuando se le reduce a la perspectiva
de un individuo...
No
obstante, las ideas puestas en juego en esta novela y la selección
misma de su asunto y su argumento, indican una relación literaria
más abarcadora que la de una influencia filosófica
y la de una visión del mundo asumida por Carpentier, pues
engloba también una específica relación con
el referente: El acoso parte de una realidad-real, de un suceso
histórico, que Carpentier conoció y sobre el cual
su imaginación apenas funcionó como mecanismo de ordenamiento
estético. No hay pues, en esta obra, la recurrencia a los
referentes textuales que tantas veces manejó, sino el conocimiento
directo,
más o menos vívido (por vivido) de acontecimientos
reales _y el escritor ha hablado incluso de una voluntad testimonial
a través del montaje de varias historias verídicas
del momento revolucionario cubano de los años treinta, ubicables
en la génesis argumental de la obra_. El pesimismo que trasuma
la novela, entonces, es el pesimismo ante una realidad conocida.
Lo
interesante, en la visión evolutiva de la obra carpenteriana,
está en medir las diferencias de la óptica filosófica
con que asume esta historia-real y la que, veinte años después,
utilizaría al redactar su novela La consagración de
la primavera, un verdadero canto a la esperanza, a la fe, a la victoria,
a través de un realismo que _no sólo en cuanto al
mensaje_ compartía ya presupuestos del realismo socialista
al que se acerca el Carpentier más militante. La violenta
transformación de un pesimismo histórico raigal que
lo compulsa a trabajar _y escoger, ante todo_ la historia de un
fracaso (un esfuerzo inútil) a través de la biografía
de un traidor, en la optimista adopción de una larga historia
coronada por la consagración victoriosa, advierte _calidades
estéticas aparte, mucho mayores sin duda en la novela "pesimista"
de 1956 que en la "optimista" de 1978_ cuánto han
cambiado las nociones históricas de Carpentier en ese período.
Sin embargo, la primera transformación ya se había
visto en el combativo final de El siglo de las luces _a pesar de
las distancias argumentales respecto a El acoso_, cuando Carpentier
dio a Esteban y Sofía la ocasión de morir luchando,
a pesar del fracaso revolucionario que han vivido. La ruptura que
en tal sentido se producirá respecto a El acoso claramente
advierte los rigores de una profunda evolución ideoestética.
El
tratamiento realista de un referente (una historia-real, eminentemente
política) en una estructura compleja de acuerdo a sus proposiciones
filosóficas y a su peculiar tratamiento estético del
tiempo, está indicando, además, la existencia de una
voluntad metodológica en el escritor. Por primera vez en
su novelística Carpentier ha prescindido de ambientes y situaciones
exóticas, incluso para la mirada de un latinoamericano; también
por primera vez lo sicológico ha sido antepuesto a lo épico,
al punto de que la peripecia del libro es posible de resumir en
unas pocas líneas; y, finalmente, en El acoso, también
por primera vez en las novelas de Carpentier, está excluido
todo elemento mágico, todo elemento fantástico y toda
búsqueda explícita de lo singular americano, ya sea
por su manifestación folklorizante o por su tratamiento diferenciador
y por eso sólo es posible constatar una presencia evidente
de lo que él ha definido como lo real maravilloso en el ámbito
físico de una ciudad (La Habana), de la cual trata de revelar,
en sustanciales aunque breves disquisiciones, el espíritu
barroco que alienta su arquitectura y, sobre todo, su inconfundible
fisonomía espiritual, tan escabrosa como la estructura y
el lenguaje empleados por el escritor.
La
ciudad del acosado
La
narrativa cubana, cuya fundación puede ubicarse inequívocamente
en la segunda mitad de la década del treinta del siglo xix
nace con una misión y con una conciencia que pudiéramos
llamar contextual: contextos raciales, de iluminación, políticos,
económicos y, por supuesto arquitectónicos, sobre
todo en el caso de la narrativa urbana, que se ocupó, fundamentalmente,
y a través de un temprano proceso narrativo, de la construcción
de una imagen de la ciudad de La Habana como referente o espejo
de la nación en ciernes.
Del
romanticismo costumbrista de Cirilo Villaverde al realismo finisecular
de Ramón Meza, La Habana decimonónica cobró
una notable corporeidad literaria en la narrativa insular, que luego
se encargarían de profundizar, ya en el siglo xx, los principales
autores afiliados a la estética naturalista, Miguel de Carrión
y Carlos Loveira.
Ya
hacia la década del cuarenta del pasado siglo, cuando confluyen
autores como el propio Carpentier y otros no menos notables entre
los que cabe citar a Lino Novás Calvo y Carlos Montenegro
_ambos, curiosamente, gallegos de nacimiento_, La Habana es una
ciudad con una literatura y con una imagen literaria, a pesar de
lo cual, todavía en la década del sesenta en su ensayo
"Problemática de la actual novela latinoamericana",
Alejo Caprentier llega a afirmar:
[…]
creo que ciertas realidades americanas, por no haber sido explotadas
literariamente, por no haber sido nombradas, exigen un largo,
vasto, paciente, proceso de observación. Y que acaso nuestras
ciudades, por no haber entrado aún en la literatura, son
más difíciles de manejar que las selvas y las montañas
[…] Al ver cuán pocas veces han dado los novelistas
cubanos, hasta ahora, con la esencia de La Habana, me convenzo
de que la gran tarea del novelista americano de hoy está
en inscribir la fisonomía de sus ciudades en la literatura
universal, olvidándose de tipicismos y costumbrismos. [...]
Hay que fijar la fisonomía de las ciudades como fijó
Joyce la de Dublín.9
Y agrega,
casi de inmediato: "La gran dificultad de utilizar nuestras
ciudades como escenarios de novelas está en que nuestras
ciudades no tienen estilo",10 y abunda:
Las
[ciudades] nuestras […] están desde hace tiempo,
en proceso de simbiosis, de amalgamas, de transmutaciones _tanto
en lo arquitectónico como en lo humano. Los objetos, las
gentes, establecen nuevas escalas de valores entre sí,
a medida que al hombre americano le van saliendo las muelas del
juicio. Nuestras ciudades no tienen estilo. Y sin embargo empezamos
a descubrir ahora que tienen lo que podríamos llamar un
tercer estilo. [...] O que comenzaron por no tener estilo, como
las rocallas del rococó, […]11
Moviéndose
entre una problemática que considera común a la literatura
latinoamericana y, por lo tanto, también propia de la novelística
cubana, Carpentier parece tener una lectura y una visión
por momentos excesivamente física, esencialmente arquitectónica
y, por lo tanto, limitada al espacio visible más que al intangible,
si nos atenemos a la narrativa dedicada a La Habana escrita no ya
cuando publica El acoso (1956), sino ocho años después,
cuando publica su ensayo. Pero aun así agrega a su análisis:
Muy
pocas ciudades nuestras han sido reveladas hasta ahora _a menos
que se crea que una mera enumeración de exterioridades, de
apariencias, constituya la revelación de una ciudad. Difícil
es revelar algo que no ofrece información libresca preliminar,
un archivo de sensaciones, de contactos, de admiraciones epistolarias,
de imágenes y enfoques personales; difícil es ver,
definir, sopesar algo como fue La Habana, menospreciada durante
siglos por sus propios habitantes, objeto de alegatos (Ramón
Meza, Julián del Casal, Eça de Queiroz...) que expresaron
el tedio, el deseo de evasión, la incapacidad de entendimiento.12
Sin
embargo, La Habana que reflejan obras como el excepcional relato
"La noche de Ramón Yendía", de Lino Novás
Calvo (1942) y la propia novela El acoso, de Carpentier, es ya una
ciudad "hecha", "nombrada", "definida",
creada por la realidad a la vez que establecida por la literatura
e, incluso, por las artes plásticas cubanas. No es casual
que estas dos piezas, obras claves en la fijación de la imagen
narrativa de La Habana, se produzcan una vez agotado el período
de "renacimiento" rural, de regreso a lo primitivo, que
se produjo a lo largo de los años veinte y treinta, con autores
como Luis Felipe Rodríguez y hasta el propio Carpentier _¡Ecué-Yamba-Ó!_
y una parte considerable de la cuentística de Novás
Calvo. Pero una vez agotada la moda rural-nacionalista, que se puso
en consonacia con una parte significativa de la novela latinoamericana
que exhibió como sus grandes modelos de entonces _sus novelas
ejemplares_, obras típicamente rurales como Don Segundo Sombra,
La vorágine y Doña Bárbara.
Sin
embargo, ya en las obras citadas estos dos importantes autores asumen
la ciudad como escenario no explicado, sino asumido; como espacio
de conflictos dramáticos y no como ambiente de contradicciones
sociales, étnicas, económicas (reflejo de una problemática
nacional), tal como lo habían hecho los autores del xix e,
incluso, los detallistas novelistas de la primera parte del siglo,
cercanos a la estética del naturalismo.
Una
curiosa confluencia argumental acerca a estas dos piezas: ambas
narran la historia de una persecusión en La Habana, en los
días de la frustrada revolución del año treinta
y tres. Mientras, un elemento revelador que las singulariza se debe
al hecho de que a la hora de hacer sus representaciones urbanas
tanto Novás como Carpentier acuden a las perspectivas que
mejor dominan: Novás a la de un taxista, oficio que realizó
en los años veinte; Carpentier la de un estudiate de arquitectura,
carrera que, como su personaje, inició y no concluyó,
pero de la que tiene amplios conocimientos.
La
ciudad del "taxista" que ofrece "La noche de Ramón
Yendía" es un dédalo de calles, avenidas, calzadas,
es una ciudad abierta, sin fronteras, que no ofrece refugio. Es,
además, una ciudad vista
desde la estatura de un hombre, desde el timón de un automóvil,
y esa perspectiva la acerca definitivamente al negro pavimento.
Ramón Yendía, en su pretendido ocultamiento de posibles
perseguidores y luego, ya en la misma persecusión que le
costará la vida, se mueve todo el tiempo por las calles,
pues las considera su único refugio y la única solución
de salida a su situación dramática. Huye entre las
calles, busca en ellas confundirse y evaporarse de ser posible y
por un momento las ve como un camino hacia la salvación.
Mientras,
La Habana que recorre el ex estudiante de arquitectura de El acoso,
es un universo poblado de edificios, casas, columnas, monumentos
datados y afiliados a una estética, una ciudad construida,
diseñada, poseedora de un estilo _sea cual fuere_ que en
su amalgama de sitios cerrados puede ofrecer la salvación
al acosado. Si las calles son el refugio de Ramón, las calles
son el enemigo del Acosado; si las edificaciones son la cárcel
y la muerte para Ramón, estas son la protección posible
para el Acosado.
Estas
dos nociones diversas y antagónicas de la ciudad conforman,
en su paralelismo o perpendicularidad _según se lea_, un
conjunto capaz de ofrecer una sola imagen. Así, mientras
Novás crea un mundo con las calles de La Habana, sin apenas
levantar la vista para recrearse en sus edificaciones, el Acosado
describe constantemente los elementos arquitectónicos que
le son significativos por sus valores o por su falta de ellos, pero,
sobre todo, por su capacidad de singularización e identificación,
tan importante en la estética carpenteriana de lo real maravilloso
como ámbito propio, caracterizado por diversos contextos
_entre ellos, por supuesto, el arquitectónico_. Novás
describe curvas, esquinas, estrecheces; Carpentier narra edificios;
Novás se mueve a velocidad de vértigo, Carpentier
a un ritmo reposado, necesario para la descripción de los
lugares; Novás deja que su personaje muera en plena calle,
muy cerca de donde comenzó su huida, Carpentier hace que
ejecuten el suyo en el interior de un teatro, a escasos metros del
sitio donde estuvo escondido hasta pocas horas antes.
Aunque
estas dos piezas narrativas, por su propio argumento, quizás
podrían haberse desarrollado en cualquier ciudad moderna,
especialmente latinoamericana, la contextualización de elementos
de orden político _ambas son episodios relacionados con la
frustrada revolución del año 1933_, social, arquitectónico,
físico, las hacen definitivamente habaneras, pues el ámbito
de la ciudad es el escenario único e irrepetible de la tragedia.
No es tampoco fortuito que ambos protagonistas, además de
traidores y perseguidos políticos, sean hombres nacidos en
ciudades del interior, valoren por un momento la posibilidad de
buscar refugio en sus sitios de origen, pero desechen de inmediato
la idea: la ciudad es el mejor refugio, el único posible,
por la posibilidad de ofrecerles la disolución en el anonimato.
La Habana se convierte, entonces, no ya en el escenario tipificado,
nombrado exhaustivamente, descrito en sus costumbres y tipos que
se propuso la narrativa anterior, necesitada de crear este
"espejo" de la nación y darle no sólo rostro,
sino nombre, figura, color, a través de sus características
más visibles: La Habana es ya una ciudad literaria y lo importante,
en estas obras, es su presentación como espacio urbano definitivamente
propio.
Pero
La Habana de El acoso es, además, una ciudad laberíntica
y barroca, como la propia estructura argumental y temporal de la
novela. Sin duda Carpentier, al lanzar al perseguido a las calles
de la ciudad, realiza un ejercicio conceptual capaz de hacer confluir
el espacio físico real con la construcción novelesca.
El tiempo narrativo alterado en el cual se desarrolla la anécdota
tanto como la estructura espiral del argumento que pasa una y otra
vez por caminos paralelos, superpuestos, coincidentes (verdadero
laberinto estructural), crean un universo barroco que se aviene
perfectamente con el contexto arquitectónico específico
que se va descubriendo en el peregrinar del personaje. Las alternancias
de luminosidad y oscuridades, de columnas y soportales, de espacios
abiertos y cerrados, de edificaciones con diversos estilos más
o menos falsos, más o menos auténticos, contribuyen
a reproducir espacialmente la sensación de laberinto barroco
que el autor quiere darnos de La Habana como contexto tipificante,
definidor de una cierta noción de la cubanía en tanto
amalgama espiritual, también tangible, visible, en el ámbito
de la ciudad.
Lo
maravilloso _singular, cabría decir_ del contexto habanero
no está dado aquí por las vías de asombro o
la exaltación, sino por el de la identificación tipificadora
capaz de dar consistencia narrativa a un contexto irrepetible, fruto
de diversos entrecruzamientos históricos ubicados en el origen
mismo de la ciudad. Pero, a diferencia de sus predecesores, Carpentier
ya no necesita explicitar, contar, la historia de esas confluencias,
sino apenas mostrarlas, hacerlas evidentes en sus armonías
y contrastes, pues su búsqueda _como la de Novás Calvo_
no está ya en el ámbito de lo fenoménico, sino
en la definición de ciertas esencias caracterizadoras: La
Habana de El acoso es una ciudad hecha y Carpentier sólo
tiene que perfilar algunos de sus matices para hacerla definitivamente
propia.
Crisis
y continuidad
La
suma de ausencias-diferencias que significa El acoso dentro del
devenir de una novelística de notable coherencia conceptual
está advirtiendo, necesariamente, la existencia de un replanteo
estético que, implicando método, recursos y otras
nociones artísticas preferenciadas (el caso ya visto del
tiempo y el abordaje de lo histórico) permita el traslado
del autor a un universo apenas trabajado con tan explícitas
intenciones universalizadoras (tal vez con la excepción de
"Semejante a la noche", muy próximo en el tiempo
a El acoso). Porque ahora Carpentier nos ha ubicado en una novela
eminentemente sicológica, cercana incluso a ciertos planteos
de la novela negra (de la cual fue defensor), con todas las ambigüedades
sicológicas que caracterizan a los personajes de estas tipologías
narrativas (recuérdese Santuario, de Faulkner, El largo adiós,
de Chandler, La llave de cristal, de Hammett), y cuyo interés
focal no va a estar en la imagen de lo circundante, de las relaciones
históricas,
social
o culturalmente trascendentes del ámbito y la espiritualidad
americana, sino en la introspección existencial del fracaso,
el miedo, el error, de un individuo (que si bien está referido
a una circunstancia concreta, casi testimonial), es transferible
a cualquier universo cultural afín (y no es casual que tanto
el Acosado como el taquillero carezcan de nombre en la novela y
sólo la prostituta haya sido bautizada: Estrella). Si el
argumento de las anteriores novelas de Carpentier es inevitablemente
americano _lo cual constituye una de las características
de su método_, ahora lo universal se impone a lo local, y
es dejada al margen toda caracterización explícitamente
diferenciadora, tipificadora, del entorno americano, con la importante
excepción del referente histórico del que parte la
historia y el contexto urbano específico en que es ubicada
y con los cuales, por cierto, se persigue también la visión
universalizadora, partiendo de lo estrictamente local.
Lo
verdaderamente curioso es que El acoso resulte, cronológicamente,
la novela que siga a las dos piezas del más deslumbrado realismo
maravilloso, aquellas en que teoría y estética se
fundían, incluso, en un método artístico dedicado
a patentar, casi párrafo a párrafo, que la historia
de América era una crónica toda de lo real maravilloso
y en las que América, por su virginidad, por su acervo mítico,
aparecía como una especie de refugio occidental para la imaginación
y la poesía. ¿Qué razones pudieron determinar
este cambio, que a su vez implicará un nuevo modo de reflejar
lo americano cuando Carpentier regrese a su universo y sus preocupaciones
más típicas en El siglo de las luces?
Sólo
la presencia de una profunda crisis metodológica y conceptual
pudo engendrar tan violenta transformación, visible en El
acoso, y a su vez, concretada en un nuevo modo de asumir lo real
maravilloso en las novelas posteriores _un nuevo modo que hemos
llamado "contextual".
Varios
factores parecen gravitar sobre este interesante momento evolutivo
de Alejo Carpentier. Uno de ellos es la difícil coyuntura
filosófica a que lo habían llevado las influencias
asumidas, en especial el existencialismo, con su carga de pesimismo
histórico y tragicidad raigal, con su noción heterodoxa
de no-progreso y con su interés literario manifiesto en los
estados sicológicos y en la alienación del hombre
moderno, más propicios a una narrativa de lo dramático
que a una novelística de lo épico, que tanto interesó
a Carpentier.
De
otro lado _aunque como complemento preciso de lo anterior_ se encuentra
la propia asimilación de la historia de América que
tiene Carpentier en estos momentos: al parecer, van quedando atrás
los días del deslumbrado reencuentro con lo propio y la esperanzada
noción de futuro de un continente en el que, en realidad,
nada parecía augurar tiempos mejores: la bonanza de la Segunda
Guerra Mundial deja tras sí crisis económicas, golpes
de Estado, nuevas dictaduras, persecuciones políticas: poco
de que enorgullecerse, sobre todo para un escritor que ya había
superado hacía mucho tiempo la "enfermedad infantil
del afrocubanismo"
y del vanguardismo, con todos sus entusiasmos, incluidos los políticos.
Pero,
junto a todas estas condiciones histórico-concretas, sicológicas
y filosóficas (no menos concretas), sobre Carpentier está
pesando una revelación estética más profunda
y cruenta: el método realista maravilloso empleado en sus
dos novelas anteriores se le comenzaba a hacer estrecho como modo
de comprender, asumir, reflejar la realidad americana. Porque: ¿si
algo no era extraordinario, fabuloso, notablemente insólito
y singular no podía ser objeto del realismo maravilloso?
Las novelas de 1949 y 1953 dicen a las claras que no: ambas son
una sucesión de hechos extraordinarios, una galería
de personajes insospechados, un muestrario de mitos, mitificaciones
y revelaciones, una comparsa de magia, asociaciones inima-ginadas,
encuentros fortuitos, relaciones primitivas, pactos esotéricos
con la naturaleza, fabulosas descripciones de ambientes naturales,
sociales y políticos únicos, comprobaciones de tiempos
paralelos, invertidos, repetidos, perdidos, circulares...
Entonces,
si un fenómeno americano no caía en esas maravillosas
clasificaciones, ¿era asumible por un realismo maravilloso
interesado en lo especialmente deslumbrante de la realidad? ¿Era
su método, en verdad, el más propicio para revelar
aquella relación con lo universal tanto tiempo buscado en
las entrañas de lo local? En parte sí, pero en parte
no. Su ortodoxia como sistema metodológico era su propio
límite y esta limitación, al cabo de dos novelas,
parece habérsele manifestado diáfanamente a Carpentier.
Según su método, sólo historias insólitas,
con personajes fabulosos podían propiciar tal revelación
de lo maravilloso. Y debió preguntarse: ¿sólo
lo extraordinario es maravilloso? Pretenderlo así sería
cometer el mismo error de Breton y los primeros surrealistas al
conceder que únicamente lo bello es maravilloso, cuando lo
grotesco, lo cruel, lo sádico también era de interés
del movimiento que ellos mismos alentaban.
Entonces,
si lo extraordinario (lo maravilloso) es sólo lo milagroso
(inesperada alteración de la realidad, lo llamó Carpentier
en 1948), ¿lo cotidiano no lo es? ¿Las relaciones
que conforman una realidad específica, singular, en América,
siempre tenían que resultar obviamente extraordinarias...?
Si
el reflejo negativo de esta crisis es El acoso, novela de radical
supresión de todo proceso insólito, de toda realidad
explícitamente extraordinaria y una negación, incluso,
del método narrativo antes utilizado, la respuesta salvadora,
con la que se propicia la recuperación del legado anterior,
será la escritura de El siglo de las luces, nueva pieza de
lo real maravilloso, a la que seguirá, apenas dos años
después de su publicación, un texto que bien podría
haberla prologado _como ocurrió en 1949 con el manifiesto
sobre lo real maravilloso americano y El reino de este mundo_: me
refiero, por supuesto, a "Problemática de la actual
novela latinoamericana", el ensayo fundador
de la teoría carpenteriana de los contextos, esos "contextos
cabalmente latinoamericanos", una propuesta teórica
cuyo tratamiento literario fundamentará la evolución
ya concretada hacia los nuevos caminos que, a partir de El acoso,
emprenderá la concepción teórica y narrativa
de lo real maravilloso americano patentado por Alejo Carpentier.
Notas
1 Carpentier,
Alejo. "Entrevista en Radio Televisión Francesa"
(París, 1963). En: Entrevistas / comp., sel., pról.
y notas Virgilio López Lemus. La Habana : Editorial Letras
Cubanas, 1985. p. 92.
2 Wyers Weber, Francis. "El acoso: la guerra del tiempo de
Alejo Carpentier". En: Asedios a Carpentier. Santiago de Chile
: Editorial Universitaria, 1972. pp. 149-150.
3 Rosental,
M. y P. Iudin. Diccionario filosófico. La Habana : Editora
Política, 1981.
4 Carpentier,
Alejo. "El acoso". En: Dos novelas. El reino de este mundo.
El acoso. La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1976. pp. 256-257.
5 Dorfman,
Ariel. "El sentido de la historia en Alejo Carpentier".
En: Imaginación y violencia en América Latina. Santiago
de Chile : Editorial Universitaria, 1970. p. 108.
6 Carpentier,
Alejo. Entrevistas. Op. cit. (1). p. 92.
Sobre
los referentes históricos de El acoso véase: Sánchez,
Modesto G. El fondo histórico de El acoso: época heroica
y época de botín. Revista Iberoamericana (Pittsburgh)
(92-93); jul.-dic., 1975.
7 _______.
Op. cit. (4). p. 193.
8 _______.
Ibídem, pp. 260-261.
9 _______.
"Problemática de la actual novela latinoamericana".
En: Tientos y diferencias. La Habana : Editorial Letras Cubanas,
1984. pp. 11-12.
(La
primera edición del libro es de 1964).
10
Ibídem, p. 13.
11
Ídem.
12
Ibídem, p. 14.
*
Trabajo leído en el Simposio de Homenaje a Alejo Carpentier
celebrado en la Casa de América, Madrid, entre el 30 de junio
y el 2 de julio de 2004.
regresar |