Historiador,
ensayista y director de la Biblioteca Nacional José Martí
El
9 de julio de 1960 La Habana y toda Cuba seguían siendo la
arena de una lucha silenciosa, el escenario de una porfía
nunca antes vista en la isla que continúa marcando el ritmo
de nuestras vidas, transcurridos cuarenta y cuatro años.
En abrazo estrecho, confundiendo todas las certezas, trastocando
todos los manuales, desmintiendo todas las predicciones, dos mundos
y dos culturas compartían el mismo espacio caótico,
impredecible, desconcertante de una Revolución que buscaba
su rostro definitivo en el espejo, al que la lucha diaria por su
sobrevida le permitía apenas asomarse.
Quien
intente, como he intentado yo para este encuentro, tomar el pulso
de la vida y del pensamiento en la Cuba revolucionaria de aquel
sábado que fue 9 de julio, probablemente coincidirá
conmigo en que compartimos un privilegio: la observación
de un fascinante instante en que un mundo en retirada intentaba
convencerse a sí mismo de que nada extraordinario ocurría,
mientras el que le sucedía no tenía aún conciencia
del prodigio de su propio nacimiento.
Pocas
veces en la historia de las revoluciones se podría documentar
un instante semejante, con tal abundancia de información
como la que disponemos y no utilizamos los cubanos. Quizás
en los momentos iniciales de la saga bolchevique auscultados y conservados
para siempre en los afortunados Diez días que estremecieron
al mundo, de John Reed, o en algunos relatos de la revolución
mexicana pudiera hallarse la abundancia de matices e historias secundarias,
intuidas pero no escritas, como las que esperan por nosotros en
las bibliotecas y archivos del país.
Nada
agradecería más la propia Revolución que esta
leal labor de restauración de sus colores primigenios y de
reconstrucción de sus enormes energías iniciales.
En
los albores del siglo xxi, urge redescubrir el saber que permitió
a los antiguos la hazaña alquímica de revolucionar
las injusticias sin el sacrificio de la libertad, y reencontrar
la doctrina herética que hacía a un pueblo combatir
al enemigo, sin temor a morir, mientras disfrutaba de los placeres
de la vida, de todos los placeres de la vida, incluidos aquellos
que presagiaban el paraíso, como eran, por aquel sábado
9 de julio en La Habana, bailar con la Aragón y Benny Moré,
presenciar un espectáculo de la Ópera de Pekín
o leer la Breve antología de Rabindranath Tagore que el Consejo
Nacional de Cultura acababa de publicar, con traducción de
Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez.
Es
temerario volar a ciegas, sin la cartografía de la memoria.
Los que quieren recolonizarnos mañana apuestan por borrarnos
el ayer: quieren que olvidemos lo vivido.
Nos
juran ahora que todo fue un sueño, una fantasía, de
la que debemos despertar, al fin, para ser aceptados de vuelta al
redil, cabizbajos y arrepentidos. Nos aseguran que la rebeldía
es un mal negocio, y nos ponen de ejemplo los indicadores macro-económicos
de Singapur y Taiwan. Nos demuestran, con la elocuencia de Carmelo
Mesa Lago y Rafael Rojas, que nunca vivimos lo que vivimos en los
sesenta, porque antes de eso, mucho antes, éramos felices
y no lo sabíamos.
Eso
nos dicen hoy. Vayamos a lo que dicen las escrituras.
Cuba:
El rostro
El
domingo 3 de julio de 1960, a las 6:00 a.m. y tras una tormentosa
jornada de debates, el Senado de los Estados Unidos aprobó
por treinta y dos votos a favor y veinticuatro en contra una ley
que retiraba a Cuba la cuota azucarera. 856 mil toneladas de azúcar
cubana quedaban sin comprador, gracias a lo que el pueblo pronto
calificó como "Ley Puñal". Al día
siguiente, un titular del periódico Revolución sentenciaba:
"Un 4 de julio, como para que no olvidemos los cubanos".
El
miércoles 6 de julio, tras reunión urgente del Consejo
de Ministros convocada el día anterior en Palacio por el
presidente Dorticós, se conoció la aprobación
de una ley que concedía al Estado cubano facultades para
nacionalizar propiedades extranjeras. El pueblo la denominó
"Ley Machete". Revolución proclamaba: "Machete
contra puñal. Cuba se defiende con una ley de nacionalización
de la artera puñalada de Estados Unidos que nos roba 856
mil toneladas de la cuota azucarera".
Esa
misma noche, en un acto en la Central de Trabajadores de Cuba (CTC),
Fidel sentenciaba: "Nos arrebatarán la cuota, pero no
podrán arrebatarnos la libertad", y convocaba al pueblo,
el domingo 10 de julio, a una concentración frente a la terraza
norte de Palacio. Era el arma de que disponía la Revolución,
pero de manera inesperada se ponían sobre el tapete otras
armas. Jruschov anunciaba en la clausura del Congreso de Maestros,
en Moscú: "Si los Estados Unidos atacan a Cuba, la artillería
internacional teledirigida de
la URSS entrará en acción, en defensa de Cuba".
En
México, la Comisión Permanente de Diputados y Senadores,
con el apoyo de los ex presidentes Lázaro Cárdenas
y Emilio Portes Gil, declaraba su solidaridad hacia el pueblo cubano.
El
viernes 8 de julio, a las nueve de la noche, Fidel era entrevistado
en la televisión por los periodistas Luis Báez, Antonio
Ortega y Mario Kuchilán. El Comandante en Jefe cerró
sus declaraciones con una exhortación que debió de
estremecer a los sofisticados analistas de inteligencia norteamericanos
por su sencillez y, a la vez, por su sentido críptico:
No
debemos perder la calma, ni la paciencia, ni el buen humor: estamos
frente a una larga lucha […] Nos acompañan en nuestra
lucha la razón, la verdad, el derecho y la historia […]
La camarilla que gobierna en Estados Unidos ha perdido el sentido
común.
El
sábado 9 de julio, en su página cuatro, Revolución,
dirigido todavía por Carlos Franqui, anunciaba que un importante
libro había salido a la venta al precio de un peso, editado
por Ediciones "Revolución": Cuba: zona de desarrollo
agrícola, de Lisandro Otero. Se anunciaba que
[...]
redactado de forma amena, […] este libro le ofrece en pocas
horas de lectura el equivalente de un viaje de varias semanas
a través de la isla, para que Usted pueda escudriñar
la compleja realidad humana, política, social, económica
y política de los campos de la Cuba nueva.
La
televisión motivaba comentarios de los críticos, algunos
muy favorables, como el programa "Así era Cuba",
de una hora de duración, que mostró a Rosendo Ruiz
con su guitarra entrevistado por Odilio Urfé, y acompañado
por María Teresa Vera, Lorenzo Hierre-zuelo y el Septeto
Típico Cubano; otro, signado por la polémica, presentaba
a una cantante, que se movía entre la devoción y el
rechazo:
Enfrentarse
a la Lupe _comentaba el crítico_ es enfrentarse a un fenómeno
totalmente desconocido e insospechado, la Lupe canta como jamás
se imaginó que pudiera cantarse, mordiéndose las
manos, pellizcándose los senos, pateando una butaca, golpeando
los platillos […] La Lupe se ha adelantado demasiado, de
aquí el nerviosismo que provoca el primer encuentro […]
Nuestra posición es defender a la Lupe, el más poderoso
acontecimiento artístico que se produce en mucho tiempo.
Conviviendo
con la Lupe y sus pellizcos, CMQ anunciaba para esa noche la obra
Como tú me deseas, de Luigi Pirandello, con Gina Cabrera
y Homero Gutiérrez, dirigidos por Amaury Pérez, y
la Universidad del Aire, del Circuito CMQ, anunciaba el programa
"El Gran Camino de los Libros", dirigido por Jorge Mañach,
dividido en dos partes: la primera sobre el Popol Vuh, a cargo del
doctor Salvador Bueno, y la segunda, sobre el Rabinal Achí
de los Mayas, a cargo del doctor José Cid.
Los
promotores de la Universidad Popular se veían obligados a
pronunciarse
y posponer la transmisión, que debía ser el domingo
10, para el domingo 17 de julio, en aras de apoyar la convocatoria
que había lanzado Fidel: "Esta institución, _declaraban
los firmantes_ […] exhorta a todos los hombres y mujeres dignos
a concurrir a la misma bajo la consigna: TRAIDOR O HÉROE,
como disyuntiva única en este minuto glorioso de la Patria
[…]". Entre aquellos firmantes se encontraban Carlos
Olivares, Lionel Soto, René Anillo, Ricardo Alarcón,
y Odón Álvarez de la Campa, entre otros.
Se
conocía que en la Sala Teatro Municipal de Marianao se presentaba
con gran éxito la obra de Dora Alonso La hora de estar ciegos,
dirigida a criticar la discriminación racial, y que al terminar
la puesta en escena, se abría un debate con la participación
activa del público. La Sala Covarrubias del Teatro Nacional
escandalizaba a los empresarios teatrales que aún quedaban
en el país ofreciendo su magnífico espacio, recién
climatizado, a la Ópera de Pekín y al Conjunto Artístico
de China para presentar a los cubanos La serpiente blanca por sólo
veinticinco centavos la entrada.
La
Habana era escogida por jóvenes teatristas, graduados de
la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile, para iniciar una
gira por América Latina. La noticia era comentada en Revolución
por Matías Monte Huidobro, quien precisaba: "Esta es
una forma más de comunicación entre los pueblos, que
hasta hace poco han vivido aislados, modo de vivir a medias".
Entre aquellos jóvenes teatristas chilenos, la mirada franca
de Víctor Jara.
El
periódico El Mundo, dirigido por Leví Marrero, continuaba
a la manera tradicional anunciando que comenzaban los Cursillos
de Verano del Lyceum y Lawn Tennis Club, con los correspondientes
a Filosofía y Literatura. Se aclaraba que estos cursillos
eran gratis para los socios del Lyceum, y a tres pesos "para
señoritas y caballeros invitados". No pocas páginas
de El Mundo se seguían dedicando a la crónica social,
que se aferraba a la vida en una Habana cada vez más extraña
para la burguesía cubana.
La
revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
(FAR), dirigida entonces por Manuel Brugueras, dedicaba la sección
"Bien armados de fusiles y pensamientos" al método
para armar el fusil Garand, y la sección "Sin bala en
el directo" firmada por "El Francotirador", que no
era otro que el Che, profetizaba, refiriéndose a los planes
del Pentágono para agredir a la isla:
Y
vendrán matemáticamente a ocupar sus lugares con
precisión de mecanismo de relojería. Qué
lástima, qué lástima tan grande que después
de tanto trabajo esmerado, después de tanto cálculo
llevado hasta el décimo decimal, […] vayan a encontrar
que todas sus fórmulas fallan, se tambalean y se vienen
al suelo, porque habían olvidado en la resolución
del esquema cubano un pequeño factorcito, insignificante,
sin valor ninguno, pero que será el que cambiará
los sueños del imperio y convertirá en derrota su
fórmula: el pueblo cubano.
Otros
artículos de Verde Olivo, escritos desde posiciones clasistas
muy claras, daban
voz a los pobres de la tierra, situándose en las antípodas
de la crónica social que aún acogía El Mundo.
Se hablaba en ellos, por ejemplo, de Haití y de Bolivia.
En el terreno cultural, se dedicaba espacio a recomendar, en crónica
de José del Campo, el film de Hebert Biberman La sal de la
tierra, al que se calificaba como "[…] el film que el
pueblo cubano debe ver", porque "[...] films como este
sólo pueden ser rechazados por los que se ven retratados
entre los explotadores". Se reseñaba también
la presentación, en el teatro Blanquita (hoy Karl Marx) de
Hiroshima ante 4 000 espectadores.
Bohemia,
dirigida por Miguel Ángel Quevedo (hijo), a la vez que mantenía
anuncios comerciales de productos cubanos y norteamericanos y artículos
sensacionalistas, al estilo de "Los grandes dramas de la Biblia",
dedicaba su editorial a declarar sin ambages:
[…]
la nación que hace 184 años fue para la humanidad
un modelo, ha dejado de serlo […] En las dramáticas
circunstancias de 1960, le toca a la Cuba de Fidel Castro el honroso
papel que desempeñó en 1776 la América de
Jefferson, y a la América de Eisenhower el infortunado
rol que ensayó la Inglaterra de Jorge III.
Bajo
el título de "Despedida de un mentiroso que rehuye el
debate", Carlos Rafael Rodríguez fustigaba en las páginas
de Bohemia al doctor Andrés Valdespino por su constante prédica
anticomunista dirigida a desacreditar a los entonces países
socialistas del este de Europa. Es curioso que en ese mismo número,
Valdespino publicase un artículo dedicado a analizar el alcance
del atentado que acababa de sufrir en Caracas el presidente Rómulo
Betancourt, donde de manera oblicua se refería a Cuba:
Si
la democracia venezolana se consolida definitivamente, superando
los peligros que la acechan, se habrá ganado una batalla
decisiva para el porvenir de nuestro continente. Si los enemigos
confabulados contra la democracia venezolana logran decapitarla,
[…] se abrirán cauces para la infiltración de
ideologías exóticas que, con el pretexto de garantizar
la justicia, acaban enajenando la libertad y reduciendo al hombre
a la esclavitud moral.
En
el número siguiente de esa revista, correspondiente al 10
de julio, mientras Martin Rod denunciaba que la United Fruit Co.
poseía 1 094 kilómetros cuadrados de territorio cubano,
Jorge Mañach intentaba aplacar a la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU) en sus exigencias de revolucionar definitivamente
la Universidad, afirmando, más con cálculo astuto
que con miopía política, que
[...]
no hay un conflicto entre la sensibilidad revolucionaria de los
alumnos por un lado, y la insensibilidad o apatía de los
profesores, por otro, sino, a lo sumo, entre los grados y modos
del reformismo.
Bertillón
166, de José Soler Puig, recién publicado por Casa
de las Américas, era reseñado en Revolución
por Edith Depestre, y en la misma edición José A.
Baragaño publicaba el artículo "La
gran prostituta de Babilonia", con conceptos sumamente claros
para la época:
A
casi nadie le está permitido escoger a su enemigo; _escribía_
en el caso contrario, el pueblo cubano seguramente no hubiera
escogido su enemigo natural: la oligarquía norteamericana.
Porque lo desagradable en este combate no es el poderío
del enemigo, sino su naturaleza simplemente asquerosa. No hay
más que mirar los rostros de los dirigentes norteamericanos
para sentir la más profunda repulsión: son el producto
de una decadencia que ha entrado hasta el hueso, que suda un estado
de locura, una degradación definitiva. […] El babilonismo
que sueña establecer una civilización milenaria
sobre la inicua explotación del hombre por el hombre, […]
sobre la degradación de la vida humana por el capitalismo
más feroz, es una contradicción tan grande con la
historia del hombre y con su destino que no puede durar.
El
comentarista radial José Pardo Llada, sufría un atentado
en L y 19, al salir de la emisora donde trabajaba, y en el cual
resultó herido un amigo que lo acompañaba. Los detenidos
pertenecían a una organización contrarrevolucionaria
que dirigía Walfrido Despaigne, hijo y hermano de esbirros
batistianos fusilados por su participación en el asesinato
de cincuenta y cuatro revolucionarios en Santiago de Cuba. Protestaban
por el atentado los profesores de la Escuela de Periodismo "Manuel
Márquez Sterling", entre ellos Oscar Pino Santos, Lisandro
Otero, Elio Constantín, Guillermo Cabrera Infante, Luis Gómez
Wangüemert y Mirtha Aguirre.
Se
estrenaba en los cines habaneros La máquina del tiempo, y
también los 400 golpes de Truffaut, Nido de ratas, y Viva
Zapata. El éxito comercial era El milagro, con Roger Moore,
Carroll Baker y Vittorio Gassman. Pero los productos de Hollywood
comenzaban a tener otra lectura, como lo demuestra la crítica
de Jaime Soriano que publicaba Revolución:
Con
El milagro se ha producido un milagro al revés. Como película
religiosa es tanto como una blasfemia; como atentado al buen gusto
merece la execración y condenación absoluta y decididas.
Es difícil concebir mayor acumulación de falsedades,
mal gusto, sentimentalismo barato y desfachatez, en una sola película,
como en esta penúltima superproducción recién
llegada de Hollywood.
En
efecto, la Cuba de aquel 9 de julio de 1960 desconcertaba por igual
a amigos y enemigos. Su rostro buscaba una expresión definitiva.
La Revolución que avanzaba se lo iba a procurar, pero desde
dentro, transformándole el alma.
Cuba:
El alma
Aires
de revolución, no de reformismo como insistía en decir
Jorge Mañach, azotaban el rostro y cambiaban los cimientos
del país, de sus símbolos y su cultura.
En
minutos se desfacían entuertos de décadas, llamándose
a las cosas por su nombre, por primera vez en mucho tiempo. Así
lo sentía el pueblo cuando leía
en el periódico Revolución los siguientes comentarios:
El
general José Miró Argenter fue un héroe de
nuestras guerras de independencia […] Su hijo, el abogado
José Miró Cardona, es un traidor. Se asiló
en la Embajada argentina en la semana transcurrida.
y
Viriato
Gutiérrez estuvo junto a Machado. El pueblo asaltó
su casa y él huyó […] La semana pasada, 28 años
después de su fuga, 4 años después de la organización
del trust fosforero, 40 años después de estar soportando
su tiranía social y económica, Viriato Gutiérrez
fue intervenido por Recuperación de Bienes.
En
efecto, el pueblo sentía que los cambios eran profundos,
no simples modificaciones escenográficas. Y en retribución,
respondía masivamente a la convocatoria del domingo 10 de
julio. Fidel no pudo asistir, por enfermedad, pero allí estaban
sus compañeros y su pueblo.
En
el acto frente a Palacio se concentraban también, como en
una inmensa metáfora, las contradicciones del momento. Como
narra el reportero de Revolución, en el segundo piso de Palacio,
en espera del inicio del acto, en un mismo espacio físico
y al mismo tiempo, era posible encontrar
[...]
un grupo formado por Joaquín Ordoqui, Marinello, Lázaro
Peña y Carlos Rafael, y más allá al comandante
William Morgan siendo entrevistado por un corresponsal de la agencia
china Sinjua; Faure Chomón, embajador en la URSS y Faustino
Pérez, ex ministro de Recuperación de Bienes Malversados,
junto al general de la España Republicana Alberto Bayo
y al comentarista Pardo Llada; a Haydeé Santamaría,
directora de "Casa de las Américas", al Secretariado
en pleno de la CTC, con Noelio Morell, al frente, cerca del ex
presidente Carlos Prío Socarras […]
Pero
la unanimidad reinaba en las consignas que el pueblo enarbolaba
en sus carteles:
"Fidel,
nuestra Patria como tumba antes que volver a manos extranjeras".
"Comeremos
malanga y azúcar, pero miedo no comemos".
"Donde
hay yanquis no hay libertad".
"Fidel:
lo que sea y como sea; estamos contigo porque estás con el
pueblo".
A las
4:40 de la tarde comenzaba el acto, y era la voz del Che, entonces
Presidente del Banco Nacional, la que proclamaba tajantemente:
[…]
el mundo está caminando demasiado aprisa para los cortos
pasos de la diplomacia norteamericana […] Tienen que tener
cuidado esos hijos del Pentágono y de los monopolios, […]
que piensen bien, Cuba ya no es una isla solitaria en medio del
océano, defendida sólo por los pechos indefensos
de sus hijos y los pechos generosos de todos los indefensos del
mundo […]
Y el
presidente Dorticós decía, con su pasión y
dicción impecable:
Ha
llegado la hora de las definiciones para todos los cubanos […]
Algunos desertores nos abandonan, por fortuna,
y los que quedan por abandonarnos, ¡que se apuren!, que la
nave de la Revolución cubana navega mejor sin el lastre de
ellos; que hemos puesto proa hacia un porvenir de libertad y de
independencia […]. Y es hora ya de que todos respondan a esta
disyuntiva final para nuestro pueblo: ¡O con la Patria, o
contra la Patria!
El
comandante Juan Almeida, jefe de las Fuerzas Armadas, era quien
resumía las esencias profundas de los cambios que se operaban
en el país, y la filosofía de una Revolución
que había llegado para quedarse: "Si vienen, ¡que
se queden de abono en nuestros campos! [...] La consigna es ¡Patria
o vida, porque vamos a vivir!".
Todo
quedaba dicho.
Las
contradicciones que enfrentaba la Revolución en el terreno
cultural y en los demás terrenos, no serían, ni podían
ser resueltas, en aquel ya lejano 9 de julio de 1960. Pero el enunciado
del problema era el primer paso para su ulterior solución.
Faltaban ocho meses y siete días para la Victoria de Girón
y la declaración del carácter socialista de la Revolución,
y once meses y veintiún días para que Fidel, en el
teatro de la Biblioteca Nacional, pronunciase el discurso que hoy
conocemos como Palabras a los intelectuales:
Permítanme
decirles que la Revolución defiende la libertad; que la
Revolución ha traído al país una suma muy
grande de libertades; que la Revolución no puede ser por
esencia enemiga de las libertades; que si la preocupación
de alguno es que la Revolución vaya a asfixiar su espíritu
creador, que esa preocupación es innecesaria.
Esto
significa que dentro de la Revolución, todo; contra la
Revolución nada. Contra la Revolución nada, porque
la Revolución tiene también sus derechos y el primer
derecho de la Revolución es el derecho a existir […]
Por cuanto la Revolución comprende los derechos del pueblo,
por cuanto la Revolución significa los intereses de la
nación entera, nadie puede alegar con razón un derecho
contra ella.
Estamos
pidiendo el máximo desarrollo a favor de la cultura, y
muy precisamente en función de la Revolución, porque
la Revolución significa, precisamente, más cultura
y más arte […]
Hoy,
transcurridos cuarenta y cuatro años, escrutando el rostro
y el alma de la Cuba revolucionaria de entonces y la del presente;
pulsando las contradicciones palpitantes de aquel julio de 1960,
y el significado de la política cultural enunciada por Fidel
en Palabras a los intelectuales, resuena con especial acento la
vieja profecía hegeliana hecha suya por Lenin en sus Cuadernos
filosóficos: "Toda contradicción porta en sí
su propia solución".
Valieron
la pena las contradicciones, las angustias, los aciertos y los errores.
Valió
la pena tanta esperanza y la voluntad de vencer.
Valió
la pena todo lo vivido.
La
historia de la década revolucionaria cubana, a la que hoy
se rinde homenaje, así lo confirma.
*
Palabras pronunciadas en la mesa redonda efectuada en la apertura
del ciclo teórico de la exposición "Mirar a los
60", el 9 de julio de 2004 en el Museo Nacional de Bellas Artes
de Cuba.
regresar |