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Ensayista y director de la Biblioteca Nacional José Martí
En los tiempos que corren, a diferencia de aquellas épocas
paradisíacas que conocieron hombres como Borges o Ernest
Hemingway, el éxito de un escritor o un poeta no se suele
medir por las ediciones de sus obras, las reseñas de sus
libros, o las envidias que suscitan, sino por la cantidad de veces
que su nombre aparece en algún motor de búsqueda de
internet. Sobre todo si este es el de Barnes & Noble, el gigante
norteamericano de las ventas de libros on line.
¿Cuántas
veces debe aparecer el nombre de un autor para considerarlo "exitoso",
si se le pide a Barnes & Noble listar sus obras disponibles
para la venta?
Los
resultados de una búsqueda de este tipo, efectuada durante
dos horas, el pasado sábado 13 de noviembre de 2004, permiten
arribar a las siguientes conclusiones, tras efectuar algunos cálculos
matemáticos:
1)
Las obras en venta de Jorge Luis Borges superan en 2.48 veces a
las de
Alejo Carpentier, en el año del centenario de este último.
Las de Mario Vargas Llosa lo hacen en una proporción de 1,6,
y las de Octavio Paz, en 2.07 veces.
2)
Las obras de autores latinoamericanos más presentes en la
oferta son las de Gabriel García Márquez (262) y Pablo
Neruda (260). El tercer lugar lo ocupa Borges (251), el cuarto Octavio
Paz (210), y el quinto Julio Cortazar (140).
3)
Las obras en venta de Alejo Carpentier ocupan el sexto lugar, con
101. Es el autor cubano con mayor presencia en esta lista.
4)
Las obras que se ofertan de Zoe Valdés superan en 2.76 veces
a las que se ofertan de José Lezama Lima; las de Guillermo
Cabrera Infante, en 1.41 veces a las de Juan Rulfo, y en 1.5 veces
a las de Gabriela Mistral.
5)
Reinaldo Arenas tiene una obra disponible más que César
Vallejo, y, en total, supera en 4.23 veces las que se ofertan de
Lezama.
Puede
alegarse que las ofertas de títulos en Barnes & Noble
no indican más que disponibilidades de títulos listos
para ser enviados a los compradores potenciales. Pero este argumento
no puede soslayar que la oferta de una empresa de este tipo siempre
se rige por el mercado existente, y jamás se arriesga a mantener
ociosas sus existencias en almacenes. Dicho de otra manera, mientras
mantiene una oreja pegada al suelo para no ser sorprendida, apuesta
al seguro, a lo que le será más solicitado, a lo que
el lector promedio suele leer, tras ser condicionados sus gustos
por la propaganda comercial generosamente realizada por las grandes
casas editoras.
Esta
reflexión no puede menos que terminar en el cuestionamiento
de la manera en que se elabora o reelabora el canon literario en
tiempos de Bill Gates, que son los del pleno dominio de las razones
del mercado por encima de cualquier otra consideración literaria
o extra-literaria.
¿Qué
ocurre cuando se deposita en las manos ciegas del mercado la jerarquización
de los autores literarios y de sus obras?
En
épocas idas, la calidad literaria podía influir en
las ventas, y no era infrecuente que la obra de un buen autor lograse
buenas recaudaciones y el favor del público. Pueden citarse
los casos de Balzac, Zolá, Verne y Blasco Ibáñez,
entre otros. Tampoco era raro que razones menos literarias empujasen
a los autores a cumbres más o menos ficticias, gracias a
los intereses políticos o religiosos que encarnaban. Esto
no ha dejado de ocurrir, como se puede apreciar tras leer las listas
de Barnes & Noble.
Lo
nuevo en nuestros días es que el canon literario ha sido
definitivamente avasallado por la filosofía de los best-sellers.
La política de retribución o castigo a los autores
ha sido limpiada de todo aparente vestigio de preferencias ideológicas,
para ser depositada en las manos del mercado, el perfecto censor
sin rostro, al que nada puede reclamarse. Una mirada un poco más
inquisitiva sobre esta realidad demuestra que el mercado no es tan
inocente, ni tan apolítico, ni tan ingenuo, ni tan desapasionado
como se reputa.
Se
vende lo que se promueve. Se promueve lo que se vende. Se vende
y se promueve sólo lo que interesa al sistema: es la lógica
clasista sempiterna que primero creó el canon religioso,
para separar, en el cristianismo, los libros canónicos de
los apócrifos, allá por el siglo iv, como propugnaba
San Agustín, y que luego creó el canon literario,
definido en los diccionarios como catálogo de obras y autores
que son considerados "[...] ejemplares, inmortales, genuinos,
consagrados, auténticos, autorizados y clásicos",1
sólo que ahora lo "democratiza", disfrazándolo
vergonzantemente con razones comerciales, desplegando la hipocresía
de lo "políticamente correcto".
Harold
Bloom, autor de The Western Canon: The Books and School of the Ages
(Harcourt Brace. New York, 1994), lo ha dicho con toda claridad:
Hay
ciertos libros ineludibles, que creo todos debemos leer a la más
temprana edad. ¿De qué educación puede
hablarse si no se facilita que los niños y jóvenes
lean a Cervantes y Shakespeare? Infortunadamente, lo que se conoce
como "multiculturalismo" en los Estados Unidos nunca piensa
en propiciar la lectura de Cervantes… Esto significa que se
promueve la lectura de obras de quinta categoría, escritas
por resentidos que dicen ser chicanos, puertorriqueños, o
afroamericanos…2
No
debe asustarnos leer semejantes puntos de vista: Bloom es un erudito
crítico literario conservador. Es curioso que no mencione
entre los autores multiculturalistas desechables, que usurpan el
lugar que corresponde a sus clásicos, a ninguno tan conservador
como él. Porque a la larga, todo canon literario es elitista
y excluyente, pero algunos lo son más que otros. Sobre todo
cuando no se cansan de proclamar que son universales y eternos,
y vengan sospechosamente envueltos en la etiqueta de "occidental".
Entonces,
¿a qué se debe que en el año del centenario
de un novelista indisputado de la talla de Alejo Carpentier, que
figura en El canon occidental del propio Bloom con cuatro obras
(El siglo de las luces, Los pasos perdidos, El recurso del método
y El reino de este mundo), sus libros sean menos ofertados en Barnes
& Noble que los de otros autores, como Octavio Paz, que aparece
con dos obras (Selección de poemas y El laberinto de la soledad),
y Vargas Llosa, que sólo aparece con una (La guerra del fin
del mundo)?
Sé
que se aducirán triviales explicaciones de mercado y disponibilidad
de ofertas para tratar de convencerme acerca de la inocencia de
semejante situación.
Sé
que aparecerán las literarias vírgenes vestales de
siempre aportando ejemplos postmodernos que justifican la eliminación
de centralidades y periferias porque "ahora lo importante no
es lo político, ni siquiera lo literario".
Sé
que alguno apelará al "azar concurrente" de Lezama
para pedirme que compruebe mis datos, porque los sábados
no son buenos días para navegar por internet.
Pero
quedaré con la sospecha profunda, casi la certeza absoluta,
de que la explicación la dio hace mucho el propio Alejo Carpentier:
Hombre
de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendente es el de
la Revolución cubana. Escritor comprometido soy, y como tal
actúo […] Trataré de cumplir las tareas que
aún me quedan [...] en el Reino de este mundo.3
La
Biblioteca Nacional José Martí dedica el número
de su revista del centenario de Alejo Carpentier a Barnes &
Noble, con el sano propósito de que despida a quien le prepara
sus ofertas de autores literarios latinoamericanos.
A ver
si en el 2104, en ocasión de su bicentenario, las aguas han
vuelto al nivel que Harold Bloom les pronosticó en su El
canon occidental.
Notas
1 Quirós
Leiva, Dennis Orlando. "Discusión sobre el Canon: de
religión a la literatura". En: http://www.monografías.com/trabajos13/cerodos
/cerodos.shtml
2 Bloom, Harold. Harold Bloom entrevistado por Eleanor Wachtel.
Queen´s Quarterly (Kingston, Canadá) 102(3):609-619;
invierno 1995.
Citado
en: http://prelectur.satnford.edu/lecturers/bloom/interwiews.html
3 Carpentier,
Alejo. Exergo. En: El periodista: un cronista de su tiempo. La Habana
: Editorial Pablo de la Torriente, 1989.
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