| Editor,
crítico y escritor
El
proceso de colonización del Nuevo Mundo iniciado a principios
del siglo xvi convirtió a la América que hoy llamamos
latina en el insólito escenario de vastos y profundos mestizajes,
tanto étnicos como culturales. De ahí que para la
intelligentsia latinoamericana el anhelo de legitimidad y autoctonía
haya adoptado a menudo, por contraste, la dramática forma
de una crisis de identidad. La noción de lo "real-maravilloso"
_expuesta por Carpentier en un texto de 1948 que al año siguiente
serviría de prólogo a El reino de este mundo_ forma
parte del arsenal de metáforas con que la intelectualidad
del continente trató durante siglos de conjurar el desconcierto
de su propia naturaleza híbrida, es decir, el trauma de sus
orígenes coloniales.1 Pero aquí la metáfora,
mordiéndose la cola, devolvía la reflexión
a los orígenes, puesto que lo maravilloso está en
la base misma del discurso historiográfico hispanoamericano.
Si los relatos históricos fueran simples artefactos verbales,
sin nexo alguno con sus posibles referentes, cabría afirmar
que ciertos pasajes de las Crónicas de Indias son los textos
fundacionales de la literatura fantástica hispanoamericana.
Carpentier
era muy consciente de ese vínculo primigenio entre realidad
autóctona y ficción literaria _en su famoso prólogo,
de hecho, alude a ciertas utopías que podían trocarse
en obsesiones tan pronto como los crédulos y codiciosos aventureros
españoles pisaban suelo americano_, pero sólo lo hace
explícito en sendos textos publicados en Cuba y México,
uno de los cuales, virtualmente desconocido por la crítica,
parece ser una paráfrasis del otro, incluido en su libro
de ensayos Tientos y diferencias. En este hace la desafiante, categórica
afirmación de que la Verdadera historia de la conquista de
la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, es "[...]
el único libro de caballería real y fidedigno que
se haya escrito". Al rememorar las aventuras vividas por Hernán
Cortés y sus esforzados seguidores en la conquista de México
_aquel mundo de hechiceros, ciudades fabulosas, dragones de río,
insólitas montañas nevadas que despedían bocanadas
de humo..._ el cronista, sin proponérselo, había narrado
proezas superiores a las de los más ilustres personajes de
las novelas de caballería.2 El otro texto, no firmado
por el autor, sirvió de prólogo a la edición
cubana de la Verdadera historia..., una de las primeras obras que
Carpentier hizo publicar cuando asumió la dirección
de la Editorial Nacional de Cuba en 1962. Llevaba un epígrafe
del hispanista norteamericano Washington Irving: "Las acciones
y aventuras extraordinarias de estos hombres que emulaban las gestas
de los libros de caballerías tienen, además, el interés
de la veracidad...". Ese "además", subrayado
por mí, parece extraído de un ensayo sobre teoría
de la recepción; se diría que para Irving el valor
testimonial de las Crónicas se da por añadidura: es
sobre todo su carácter novelesco el que les otorga interés.
Idéntica impresión se desprende de la lectura de Bernal
que hace ahora Carpentier. Dice que antaño el público
aficionado a los libros de caballería, dejándose arrastrar
por su imaginación, soñaba con aventuras y andanzas
por regiones fabulosas. Y he aquí que, de pronto, ocurrió
lo inesperado: en ciudades extraordinarias, como Tenochtitlán,
en reinos desconocidos, como Tlaxcala, entre magos y hechiceros
(los llamados teules), entre montañas humeantes (los volcanes)
y dragones acuáticos (los cocodrilos), Cortés y sus
compañeros vivirán "su propio Libro de Caballería",
más fascinante que el protagonizado por el mismísimo
Amadís de Gaula. "Aquí el prodigio era tangible,
el encantamiento era cierto, los hechiceros hablaban dialectos nunca
oídos...". Ahora lo maravilloso había pasado
a ser, "por primera vez, lo real maravilloso".3
Es
evidente que estamos ante la búsqueda de un linaje propio,
ese incoercible afán que hizo decir a Borges que cada escritor
acaba creando a sus precursores. Pero se evidencia también
el osado propósito de legitimar, gracias al prestigio de
los hechos, la visión ontológica que le había
permitido a Carpentier concluir el prólogo de El reino de
este mundo con esta desmesurada pregunta: "¿Pero qué
es la historia de América toda sino una crónica de
lo real-maravilloso?". Así, contrariando el dictamen
de Hegel, el Nuevo Mundo dejaba de ser pura geografía para
inscribirse en la Historia universal con sus propias señas
de identidad. Uno de los mayores méritos del relato, en opinión
del autor, era su irreductible autoctonía: se trataba de
"una historia imposible de situar en Europa". Pero al
mismo tiempo _añadimos nosotros_ inseparable de la historia
europea, porque Europa era el Otro en cuyo rostro patriarcal América
podía reconocerse a sí misma como algo diferente y
delinear _como lo hizo a lo largo del siglo xix_ los rasgos distintivos
de su incipiente personalidad. De hecho, lo que Carpentier descubre
en Haití, durante su alucinante viaje de 1943, no es sólo
la presencia de lo maravilloso sino también la viabilidad
de un método, de una hermenéutica del espacio americano.
Se percató de ello ante las ruinas que atestiguaban la insólita
presencia de Paulina Bonaparte en Cap Français. Se trataba
de un método que permitía mostrar, mediante sutiles
paralelismos, el fenómeno de la simultaneidad de tiempos
característico de una historia, como la colonial, donde suelen
coexistir diferentes modos de producción material y espiritual,
o mejor, diferentes épocas y culturas. Más que un
hallazgo, eso significó para el viajero "una revelación".
Vi _diría años después_ la posibilidad de establecer
ciertos sincronismos posibles, americanos, recurrentes, por encima
del tiempo, relacionando esto con aquello, el ayer con el presente.
Vi la posibilidad de traer ciertas verdades europeas a las latitudes
que son nuestras.4
Europa
aportaba también, como telón de fondo, el espacio
reflexivo gracias al cual podía mostrarse por contraste lo
específico de la maravilla americana. El prólogo de
El reino de este mundo, con las consabidas declaraciones de Breton
como subtexto, puede considerarse un verdadero contra-manifiesto
del movimiento surrealista. Lo maravilloso "presupone una fe";
el escepticismo convierte a los falsos taumaturgos en burócratas
de lo maravilloso, aptos sólo para inventar ridículas
patrañas como aquella del encuentro casual, en un quirófano,
del paraguas y la máquina de coser. Esa afición a
la maravilla prefabricada _o, como dice Carpentier, a lo maravilloso
suscitado "a todo trance"_ carece de sentido en un continente
que "[...] está muy lejos de haber agotado su caudal
de mitologías" y donde el racionalismo positivista,
en consecuencia, tiene escasas posibilidades de echar raíces.
Citando a France Vernier, el ensayista colombiano Carlos Rincón
ha llamado la atención sobre el hecho, a menudo olvidado,
de que lo maravilloso es un concepto histórico, que varía
con las épocas: significó cosas distintas "[...]
en la Edad Media, en la época romántica y en los años
veinte en Francia". Rincón insiste en destacar los matices
que diferencian la meraviglia de Giambattista Marino de
lo meraviglioso de Tasso, lo extraordinaire et merveilleux de Boileau
y das Wunderbare de Wieland y el romanticismo alemán. Y afirma
que la noción de lo real-maravilloso contribuyó a
forjar "un nuevo sistema estético" en Latinoamérica.
Ha de admitirse, sin embargo, que el campo de significación
propio de la metáfora es bastante ambiguo porque, en efecto,
si lo maravilloso "presupone una fe", surge la duda: ¿la
maravilla está en las cosas o en nuestra manera de percibirlas?
¿El concepto remite a la ontología o a la fenomenología?
Dudar es caer de nuevo en la trampa del racionalismo, esta vez desde
la orilla opuesta. Hay que poner la incredulidad entre paréntesis:
estamos ante una estrategia discursiva que aspira a dar cuenta de
realidades naturales y culturales de proporciones desconocidas en
Europa y aún no encasilladas por la ratio europea. En otras
palabras, es la razón poética de un mundo donde la
magia conserva su virtud transformadora y lo insólito se
inscribe en lo cotidiano como parte de un incesante proceso de contraposición
y mestizaje de culturas. El método incluye la capacidad del
escritor o el artista americano para detectar las fallas del discurso
europeo e instalarse en sus grietas e intersticios, tomando posesión
de los espacios vacíos. En primer lugar, los de la lengua
misma. Estamos muy lejos aún de la ironía histórica
que supone la capacidad de Calibán para maldecir al amo en
su propia lengua. Cuando hablamos de espacios vacíos nos
referimos literalmente a las carencias lingüísticas
que impiden al forastero llevar a cabo la apropiación simbólica
de un ámbito exótico, lo que aquí podía
significar que los sonidos propios de América debían
articularse sobre los silencios europeos. Carpentier solía
referirse al desconcierto de Cortés, que en una de sus cartas
al rey de España lamentaba carecer del vocabulario necesario
para describir el mundo que estaba conquistando para él.
No tenía palabras con las cuales domesticar aquella realidad
inédita. Y para Carpentier estaba claro que su misión
consistía en encontrar esas palabras y dar voz a esos silencios.
Había hallado en la historia americana el único asunto
que, al decir de Roberto González Echevarría, podía
situarse junto a los mitos homéricos y bíblicos, y
ahora debía elaborar los modos de representación que
le permitieran abordarlo desde una perspectiva diferente.
En
opinión de Seymour Menton, el movimiento literario que él
mismo denomina nueva novela histórica latinoamericana se
inicia en 1949, con El reino de este mundo, y produce en los cuarenta
años siguientes varias decenas de obras, entre ellas algunas
del propio Carpentier. Basta comparar la inventiva que trasciende
de El reino..., desde su título mismo hasta su alucinante
y apocalíptico desenlace, para comprender la novedad de su
propuesta estética. Pero que el marco historiográfico
apenas sobresalga no significa que esté ausente. A propósito
de su visita a la casa de Paulina Bonaparte y a la fortaleza de
La Ferrière, en Haití, Carpentier se preguntaba con
fingido candor: "¿Qué más necesita un
novelista para escribir un libro?". Algunos de sus críticos
respondieron sin vacilar: una enorme bibliografía en varias
lenguas. Emma Susana Speratti-Piñero, que acometió
hace más de veinte años la ardua tarea de poner al
descubierto esas fuentes, llega a decir que El reino de este mundo,
pese a ser un libro muy imaginativo, "es eminentemente libresco".
Ante semejante afirmación el autor, probablemente, se hubiera
encogido de hombros; en el prólogo de la novela tuvo a bien
consignar que su historia se basaba en "una documentación
extremadamente rigurosa" y "un minucioso cotejo de fechas
y de cronologías". Exageraba, por supuesto. Al terminar
la novela creemos saber quién fue Henri Christophe _el delirante
y patético monarca que se atrevió a traicionar a su
pueblo y a los dioses de su pueblo_ pero del verdadero Christophe
"lo único absolutamente seguro e irrebatible" que
se sabe _si hemos de creer a Speratti-Piñero_ "es que
nació y murió". No tiene nada de extraño,
por tanto, que Carpentier admirara la forma en la cual Valle Inclán,
al novelar las guerras carlistas, había asumido la Historia
sin sucumbir a ella, ni que el crítico checo Emil Volek hablara
del "respeto arbitrario" de Carpentier hacia la realidad
histórica. Es lo que el propio autor definió como
la necesidad de "ir más allá del documento".
Lo
que importa no es el mayor o menor apego al dato, sino la conciencia
histórica misma, alimentada en este caso por la desafiante
convicción de que el territorio insular del Caribe había
sido escenario de una de las grandes epopeyas de los tiempos modernos
(certeza que subyace también en la estrategia discursiva
de El siglo de las luces, otra obra maestra). En ambas novelas _lo
he dicho en otra ocasión_ las Antillas han dejado
de ser la periferia o los vertederos de la Historia para convertirse
en el centro del universo, el Gran Teatro del Mundo donde todas
las pasiones y todas las ideas _las nociones mismas de humanidad
y universalidad_ serán sometidas a prueba y llevadas a juicio.
González Echevarría ha hecho notar que fue en el Caribe
donde comenzó a tomar forma el enigma de la identidad latinoamericana
y donde por primera vez se produjeron en el Nuevo Mundo fenómenos
tales como "[...] el colonialismo, la esclavitud, la mezcla
y la lucha de razas y, en consecuencia, los movimientos de revolución
e independencia [...]." Irlemar Chiampi llamó la atención
sobre ese protagonismo histórico al describir el Caribe como
"[...] el lugar de encuentro de Colón con los nativos,
el eje de expansión de la conquista española por el
Nuevo Mundo, el centro irradiador de la problemática política,
racial y antropológica que la conquista de América
significó en la historia de Occidente". Y es ahí
_concretamente, en la colonia francesa de Saint-Domingue, que al
independizarse asumirá el nombre aborigen de Haití_
donde se desarrollará la acción de El reino de este
mundo en un lapso aproximado de ochenta años, cuyos extremos
pudieran situarse en 1750 y 1830.
La
de Saint-Domingue fue, después de la norteamericana, la primera
revolución anticolonialista de la historia. Nació
al calor de la Revolución francesa, pero _como bien observa
Aimé Cesaire en su biografía de Toussaint L'Ouverture_
tuvo características muy propias y una sola cosa en común
con aquella: su ritmo, es decir, sus ciclos.
Como en una carrera de relevo, las distintas partes involucradas
_en Francia los constitucionales, los girondinos, los jacobinos..._
iban desplazándose mutuamente del poder: tan pronto como
una de ellas cumplía su misión y se mostraba incapaz
de llevar la revolución adelante, otra la eliminaba y ocupaba
su lugar, hasta que le llegaba a su vez el turno de ser desplazada.
Cada una, como dice Cesaire, encarnaba un "momento" del
proceso revolucionario. Fue lo que _mutatis mutandis_ ocurrió
en Haití con los blancos, los mulatos y los negros, que en
este contexto, además, eran o fungían de amos y esclavos.
En la novela, la rebelión contra los colonos blancos da paso
al reinado de Christophe, y la rebelión contra este, al gobierno
de los mulatos republicanos, que imponen un régimen de trabajo
forzado en las zonas rurales. Son hechos históricos. Pero
una simple ojeada al texto bastaría para convencernos de
que no estamos ante el esquema clásico de la novela histórica,
tal como fue elaborado en 1955 por Lukács. Aquí el
acontecimiento, el magma histórico es apenas el punto de
partida para una reflexión sobre el sentido de la historia
y, por tanto _como bien observa Alexis Márquez_, sobre el
problema político de la libertad colectiva y el problema
ético de la libertad individual. En la novela histórica
clásica el tiempo afecta no sólo el plano de la acción
_de la diégesis_, sino también el de la construcción
del personaje, que cambia bajo la presión de las circunstancias.
En El reino... _como conviene, por lo demás, a su carácter
episódico_, los personajes se mantienen iguales a sí
mismos o cambian
fuera de la narración, sin que sepamos cómo ni por
qué, sujetos, por decirlo así, a la lógica
de un tiempo extradiegético, a la secreta voluntad del "viejo
topo". Ti Noel _el hilo conductor del relato_ es un joven en
el primer capítulo y un anciano en el último, pero
básicamente es el mismo en ambos extremos. Christophe, por
el contrario, es un cocinero al comenzar la segunda parte del relato,
un artillero poco después y un poderoso monarca finalmente,
pero sobre el proceso que condujo a aquel cambio y a esta increíble
metamorfosis nada se nos dice, como para subrayar que lo maravilloso
no tiene ni requiere explicación, porque no responde a leyes
de causa y efecto. Y eso nos trae de vuelta al componente esencial
de la nueva visión de la realidad americana y de sus formas
de representación discursiva.
Se
trata del papel que desempeña el mito, o más exactamente
la conciencia mítica en el curso de los acontecimientos históricos
y en la conducta de los personajes. Aquí estamos ante un
sistema de creencias y de rituales mágicos _los del vudú_,
que permiten a los esclavos ver escapar a su líder de la
hoguera volando por sobre la cabeza del verdugo mientras les arranca
el grito de "Mackandal sauve!" en el momento mismo en
que su cuerpo es consumido por las llamas _simultaneidad de visiones
que, por cierto, Carpentier resuelve magistralmente en el plano
discursivo alternando la narración en tercera persona con
el estilo indirecto libre_. Fueron aquellas creencias las que persuadieron
a los negros de que la victoria sobre los blancos era inevitable
porque los líderes rebeldes habían sellado un pacto
con sus dioses ancestrales, los grandes loas del África.
Y fueron ellas las que llevaron al anciano Ti Noel, en uno de sus
escasos momentos de lucidez, a la desafiante conclusión de
que la magia tenía en efecto una función liberadora,
pero sólo cuando se proyectaba hacia lo terrenal, como parte
de una ética que exigía al hombre "imponerse
Tareas" para "mejorar lo que es". Así, inducido
por el autor, Ti Noel cumplía al final de su vida una secreta
misión ideológica: la de refutar de antemano a los
detractores de Carpentier, que lo acusarían de pesimismo
o fatalismo histórico basándose en su supuesta adhesión
a la doctrina del corsi e ricorsi (Vico). Carpentier, sin embargo,
nunca había sido más realista que al fabular esas
iteraciones, primero porque las revoluciones francesa y haitiana
_como observó Cesaire_ respondieron en lo político
a una dinámica cíclica, y segundo porque, en un sentido
más general, todas las sociedades posteriores a la comunidad
primitiva _llámense esclavistas, feudales o burguesas_ han
tenido en común su capacidad para reproducir el mismo esquema
de dominación. El lector disculpará que repita lo
que ya escribí en otra ocasión: a lo largo de siglos,
la conciencia popular _tanto la mitológica como la cotidiana_
ha percibido aquel fenómeno y lo ha formulado de maneras
diversas: a través de mitos, como el de Sísifo _que
Ti Noel encarna literalmente en un dramático pasaje del texto_,
o de imágenes y símbolos como la Cruz que cada ser
humano debe sobrellevar para cumplir su destino en este Valle de
Lágrimas. Pero si la misión del hombre consiste
en "imponerse Tareas" con el fin de "mejorar lo que
es", puede llegar el momento en que la implacable dinámica
de los ciclos se quiebre definitivamente.
Si
la tesis de lo real-maravilloso no hubiera cuajado como fabulación
en la práctica de la escritura, el prólogo y el cuerpo
de El reino de este mundo no habrían pasado a la historia
de la literatura latinoamericana como una unidad indivisible. Aquí,
teoría y práctica, lo programático y lo narrativo
se entrelazan y establecen un impresionante diálogo recíproco.
Quizás esa coherencia sea el logro supremo del autor, visible
también en un estilo sabiamente añejado que le da
sabor de crónica a la fábula, y en el modo irónico,
casi subrepticio con que nos reintroduce una y otra vez en su tema:
aquí, una referencia a los idílicos paisajes de Bernardin
de Saint-Pierre; allá, una reflexión sobre el momento
en que Paulina Bonaparte siente el llamado de su sangre corsa; más
allá, casi al final de la novela, una descripción
del improvisado refugio de Ti Noel, entre las ruinas de lo que fuera
la hacienda de su amo. Lo curioso es que el refugio se ha convertido
en una réplica del quirófano de Lautréamont;
por obra y gracia del azar coinciden en ese minúsculo espacio
un pez embalsamado y una bombona de vidrio, una cajita de música
y varios tomos de la Gran Enciclopedia. Hemos de suponer que estos
últimos son voluminosos, porque Ti Noel suele sentarse en
ellos a comer trozos de caña de azúcar.5
Notas
1 Sobre
la poética de lo real-maravilloso _y en general sobre la
obra de Carpentier_ véanse también Irlemar Chiampi,
O Realismo Maravilhoso. Forma e ideologia no Romance Hispano-Americano.
Sao Paulo, 1980 (hay ed. en castellano: Monte Ávila, 1983);
Alexis Márquez Rodríguez, Lo barroco y lo real-maravilloso
en la obra de Alejo Carpentier, México, 1982; Roberto González
Echevarría, Alejo Carpentier: El peregrino en su patria,
México, 1993 (versión ampliada de Alejo Carpentier:
The Pilgrim at Home, Ithaca, 1977); Leonardo Padura Fuentes, Un
camino de medio siglo: Carpentier y la narrativa de lo real-maravilloso,
La Habana, 1994. En Salvador Arias (ed.), Recopilación de
textos sobre Alejo Carpentier, La Habana, 1977, pueden consultarse
algunos de los ensayos y críticas más representativos
publicados hasta esa fecha. La Biobibliografía de Alejo Carpentier,
La Habana, 1984, de Araceli García Carranza, con sus casi
cinco mil asientos, es la más completa hasta la fecha; tiene
como único antecedente notable Alejo Carpentier. Estudio
biográfico-crítico, New York, 1972, de Klaus Müller-Bergh.
2
Carpentier, Alejo. "De lo real maravillosamente americano"
[sic]. En: Tientos y diferencias. México, 1964. pp. 115-135.
(El
verdadero título, cambiado por error de la editorial es _como
se sabe_ "De lo real-maravilloso americano".) Se trata,
en realidad, de un nuevo ensayo que concluye anexando el prólogo
de la novela.
3 _______.
Prólogo. En: Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera
de la conquista de la Nueva España. La Habana, 1963. p. 11.
4 _______.
Op. cit. (2). p. 129.
5 Para
Bernardo Subercaseaux se trata de un gesto simbólico que
implica un rechazo del saber eurocéntrico. El mismo irónico
contraste se establece en El siglo de las luces; mientras, en su
cabaña de la Cayena, Billaud-Varenne escribía a la
luz de un quinqué, su joven amante, la mulata Brígida,
desnuda en un camastro, "se abanicaba los pechos y los muslos
con un número de La décade philosophique".
*Versión
ampliada del texto que servirá de prólogo a la edición
de la colección Relato Licenciado Vidriera, de la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM). Apareció
originalmente en italiano, en el volumen Il romanzo (II), compilado
por Franco Moretti (Turín, Einaudi, 2002).
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