Literatura y sociedad en Cuba

LArmando Cristóbal Pérez*

* Escritor y poeta

Estimadas amigas y amigos:

Ante todo quiero agradecer al Señor don Carmelo Martínez, alma y guía de Ediciones "Libertarias", su decisión de publicar mis aproximaciones de Literatura y sociedad en Cuba, especialmente en una etapa tan compleja como la que atraviesa el mundo editorial de la lengua hispana, en la que los amigos editores deben correr numerosos riesgos para cumplir su función cultural, con la justa recompensa económica que ameritan sus inversiones. Entiéndase que hablo de los editores que llevan su amor al libro hasta los limites de la propia subsistencia y no de entidades que los publiquen como simple mercancía.

Carmelo Martínez forma parte de los primeros, y lo sé y lo digo con conocimiento y causa, no llevado del agradecimiento que origina el que me haya publicado este libro, sino por el ya largo lapso de nuestras relaciones profesionales _devenidas también en amistad_, iniciadas en Cuba hace años, presencia, los criterios y observaciones sobre mi libro.

Hubiese querido poder agradecer a alguna institución madrileña la generosidad de ofrecerme su casa para presentar mi libro, por pudor de hacerlo en la mía, donde superficiales y malintencionados _que lamentablemente siempre los hay_ podrían encontrar un gesto de cobardía o de complacencia, defectos que me son ajenos. Pero tras casi cuatro meses de contar con una sede segura para presentar este libro, la decisión inexplicada de una alta funcionaria, porque el tiempo disponible para este acto ya no lo permitía. Aunque _seguramente_ de haberlo hecho, alguna mano amiga se hubiera tendido. Y en esa episódica y ridícula odisea, he tenido siempre el apoyo de Carmelo, Andrés y Alfredo. Y por eso hoy estamos aquí.

Queridos amigos:

Había pensado yo, sin atreverme a aceptar aún los grados de perversión que pueden alcanzar los justos intereses humanos cuando, a través de sistemas, regímenes e instituciones corruptas y mezquinas se transforman en instrumentos para aplastar, destruir, y manipular a la sociedad y a sus ciudadanos, que esta noche hablaría de literatura y sólo de literatura. Era una ilusión de mi parte, lo reconozco. Y fueron las páginas de este libro, de mi libro, releídas una vez más al calor de los acontecimientos de estos últimos días, las que me han hecho comprender su mayor utilidad, aun en su modestia esencial: poner en evidencia la frágil autonomía de la literatura y los fuertes
vasos comunicantes que la articulan a la sociedad.

Pues bien, si mantenemos la necesaria coherencia con lo que en el propio libro se sugiere, la literatura de la que puedo hablar aquí esta noche es _precisamente_, no la que se expone a través de alguna perspectiva, ni la que involucra las ciencias filológicas y estéticas, sino la que subyace y aflora a través de ellas: la de su función social y, consecuentemente su significación ética. Habrá voces que de inmediato se escandalicen o que impugnen y refuten este criterio, acudiendo a conocidos sofismas y utilizando la ironía para deslegitimar teorías como la del marxismo, que entre otras, fundamentan la existencia de tal función y su comportamiento ético.

Es lógico, necesario y conveniente que tales voces existan y que se manifiesten. Sólo el debate público permite llevar la verdad a la mayoría de los ciudadanos. Quizá por eso, quienes reivindican de manera excluyente su derecho a manifestarse, niegan el del otro a ejercer el suyo. Porque, en realidad, no quieren llegar a una verdad que les resulte inconveniente. Y porque tienen miedo de ella. En esas condiciones, les es preferible acentuar la también necesaria función de entretenimiento, a cambio de desconocer toda preocupación social. De todas maneras, como se demuestra aquí y esta noche con la presencia de ustedes, esa relación entre literatura y sociedad, que anima mi libro, también interesa. Y no sólo por razones teóricas.

Si alguna lección se desprende de la vida y la obra de los importantes escritores a los que se aproxima este libro _¡Válgame Dios que yo pretenda dar lecciones a nadie!_ es la íntima o inevitable relación, enormemente subjetiva si se quiere, que se establece entre aquel que imagina un mundo propio y se propone describirlo, narrarlo o compartirlo a través del lenguaje con los demás, y la sustancia humana, que sólo puede ser social en el más amplio sentido de la palabra, con que puede construirlo. Incluyendo en ese mundo _desde luego_ su propia y más profunda sensibilidad.

En este sentido, lejos quedan, aunque sumidos, el carácter que asignara Stendhal a la literatura en su pasiva reproducción de una realidad ajena, o la mucho más profunda y dialéctica teoría del reflejo de Lenin, con su apotegma: materia es todo aquello que existe fuera de nuestra conciencia. Porque la literatura espejo _como advirtiera Stendhal_ y es reflejo material, como precisara Lénin, pero es también proyección de los estratos más profundos del inconsciente, como expusiera Freud, y es el registro surrealista de asociaciones imprevisibles e inexplicables, como asegura Bretón. Y en Brecht, con su aguda percepción marxista del problema, es el intento de objetivar el discurso en sus componentes sociales y económicos, para establecer una nueva comprensión en el receptor.

Pero en todos los casos, el punto de la cuestión es que _aun en el de aquel que escribe para sí mismo y no pretende otros lectores_ el resultado de su pensamiento, que es inevitablemente social, vuelve a él y a través de él a la sociedad donde y con la que se ha formado. A menos que el hipotético creador del que hablo destruya sus manuscritos _o el CD de ordenador_, antes de que sean conocidos como quiso Franz Kafka que hiciera con su obra el albacea amigo.

Pero aun así, mientras el escritor permanezca vivo y consciente, su creación y recreación mental continuará formando parte de nuestro mundo común, aunque sea desconocida transitoriamente por los demás. Y ni siquiera cuando desaparezcan físicamente el escritor y su obra, se romperá totalmente ese vínculo entrañable, mientras que una sola persona haya conocido de su pensamiento y lo haya incorporado al propio, incluso para negarlo. Por eso es social. Y ello carga de una gran responsabilidad a toda figura pública _y en este sentido los escritores lo somos_ por la presentación de este otro mundo que ofrecemos en nuestras obras al resto de las personas. Por eso nuestra actitud y nuestra palabra tienen una honda repercusión ética.

Claro, las conclusiones para lo paradójico del proceso en el que un individuo se transforma circunstancialmente en humanidad y piensa por todos, no son unívocas y tienen tal carácter que llevarían muy lejos de este discurrir. Tanto, por ejemplo, como que nos obligaría más temprano que tarde a asomarnos horrorizados a la inhumana concepción de este principio por los fascistas, llevadas hasta sus últimas consecuencias por los nazis también en este ámbito, como es sabido.

Baste apuntar como elemento clave para nosotros ahora, que se trata de un vínculo _el de la sociedad y la literatura, digo _universal y permanente. Y que, por esa razón _según mi criterio_ tal principio es aplicable también a la literatura cubana. Y de ahí que , a la hora de acercarme a cinco importantes y prestigiosas figuras del parnaso nacional desde finales del siglo xix hasta los del xx, haya privilegiado esta apreciación por sobre otras al momento de juzgar su obra literaria. Y, como la lectura de mis textos es suficientemente clara para percibirlo, y como mis amigos Alfredo y Andrés generosamente se han referido a ello, no considero indispensable ocupar el tiempo de ustedes en glosar tales aproximaciones al tema.

En cambio, el haber tenido las posibilidades de conocer más allá de su obra a personalidades tan definidas como Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, Alejo Carpentier y José Antonio Portuondo, constituye _como en el caso de otros prestigiosos escritores cubanos conocidos por mí, pero no incluidos en este volumen_ un verdadero privilegio, un horror y un placer. Pues todos ellos me permitieron observar algunas de las particularidades que propician que el escritor _sin dejar de vivir entre los otros_, reconstruya, a partir de sus propias necesidades y de las de los que se identifiquen con él, otra vida posible.

Y es que el aspecto ético del utopismo, tan denigrado hoy en día en determinados sectores por razones espurias y con manipulaciones tendenciosas fundamentadas en pretextos filosóficos, económicos o políticos, a pesar de todo, resulta uno de los componentes esenciales de la literatura. Porque sin él, toda ella no pasaría de ser historia de las personas y sus circunstancias o el registro chato y vulgar de las manifestaciones empíricas del referente real cotidiano y su repercusión en nuestra conciencia.

Porque sin ese sentido de futuro que otorga el elemento utópico, no podrían concebirse ni Las mil y una noches, ni el Antiguo y El Viejo Testamento reunidos en la Biblia, ni el Popol Vuh, ni El Quijote, por mencionar sólo cuatro de los monumentos literarios de los muchos que jalonan en distintos momentos el devenir de nuestra lengua, de nuestra civilización y de un mundo que compartimos con otras importantes civilizaciones, culturas y lenguas, afines o no, pero todas nuestras. Y es ese elemento utópico, instrumentado por el pensamiento filosófico y traspolado a las ciencias de la sociedad _con su enorme potencialidad de futuro y su carga ética_, el que al propio tiempo que impulsa las teorías sociales y políticas, condiciona la actitud de los intelectuales cuando asumen públicamente actitudes sociales o políticas, que pueden ser o no coherentes con la proyección de ideas que subyacen en sus textos literarios, incluso de manera inconsciente.

Si en el caso de Nicolás Guillén, por ejemplo, su actitud ante la utopía social, inicialmente recibida como por ósmosis a través de la relación paterna, reafirmada después de durante el vivir cotidiano y concientizada a través de la formación teórica, muestra una inclaudicable filiación popular y una inconmovible militancia comunista, lo que siempre se hará evidente en su obra; en el de Dulce María Loynaz, el modelo le llegará también desde la

impronta familiar y el contexto social en el que creciera, y se desarrollará en el marco ideológico del sector profesional en que se desenvolviera, a través de un liberalismo democrático y burgués, en cierta medida elitista y de raíz cristiana, el que _con gran honestidad y franqueza_ siempre reivindicó como suyo, y que siempre aprovechó toda oportunidad para expresarlo, especialmente en su obra.

Nunca Guillén, ni Loynaz engañaron a sus lectores. Nunca Loynaz ni Guillén asumieron en este sentido, posiciones ambiguas ante sus conciudadanos. Nunca Loynaz ni Guillén adjuraron _a pesar de los tropiezos y las insuficiencias de las respectivas realidades vitales_ de su propia interpretación personal del mundo, poetas igualados en un digno amor a esa entrañable seña de identidad que es la patria para cada quien. A pesar de los avatares del destino personal y de las contradicciones de la vida, ni Dulce María ni Nicolás traicionaron su manera de pensar, seguros como estaban de la justeza de su pensamiento.

Alejo Carpentier, inmerso en una cultura europea que le era propia por herencia familiar, una cultura de la que había sido protagonista y en la que había logrado obtener grandes réditos para su propia autoformación, no dudó en abandonarlo todo y regresar a América para sumarse a la búsqueda de esa nueva realidad a la que muchos aspiraban, y otorgarle una nueva dimensión con el accionar de su magisterio estético, no sólo con una obra de más alta significación literaria, sino también con una reflexión teórica _la primera en tal sentido_ sobre la particular manifestación de lo maravilloso en la realidad de las tierras americanas. Y cuando tal re-creación literaria se vio materializada en su país, no dudó en hacer permanente su compromiso con un proyecto socialista y tercermundista que significaba la concreción de su utopismo, en el reino de este mundo.

José Antonio Portuondo, desde la sapiencia, la erudición y el pensamiento, arribará _en los momentos extraordinariamente conflictivos de la llamada "guerra fría" y desde los propios Estados Unidos_ a la comprensión del papel del intelectual y su obra en la sociedad. El dilema que Portuondo percibiera al respecto en la vida y obra de todos los escritores del continente americano _de norte a sur_ se hizo manifiesto en un texto definitorio del que yo no resistiré la tentación de compartir con ustedes algunos criterios. Me refiero a "El heroísmo intelectual".

En él, Portuondo viene a decir que en las horas de crisis, en las que el hombre se debate en la encrucijada de concepciones antagónicas de la realidad, la expresión literaria comporta un indudable heroísmo. Tal heroísmo consiste, en revelar con absoluta franqueza, la personal visión del mundo, la propia confusión o angustia. Significa además, sostener sin quiebras la inevitable parcialidad que engendran _inevitablemente también_ el silencio y la hostilidad de la otra parte. Y, de igual modo, es mirar de frente la realidad en crisis, cuando resulta a veces más cómodo y siempre menos riesgoso, escamotearla tras la alusión oscura o la evasión formalista. Heroísmo, en fin, de decir lo que se ve y lo que se siente, descubrir las propias vivencias, y ser simple y llanamente sinceros.

Pero lo difícil y riesgosa que puede resultar esa actitud, se comprende que, en nuestros días, algunos de los más importantes escritores de nuestra lengua, y también otros de más allá, no hayan podido dejar de aprovechar de manera poco legítima la compleja situación en que ha sido colocada una vez más por sus enemigos la Revolución Cubana, para condenarla, para rasgarle las vestiduras, para desdecirse públicamente de manera poco heroica, uniéndose a un coro _con firma o sin ella_ de intelectuales anti y contrarrevo-lucionarios y terroristas, en medio de la enorme crisis a la que esta aldea grande asentada en nuestro planeta azul, se arrastra por la ola del nuevo fascismo que encabezan los círculos más poderosos del nuevo imperio mundial.

Pero lo verdaderamente lamentable es presenciar cómo artistas, escritores e intelectuales significativos, al parecer mal, poco o nada informados _devenidos por sus méritos profesionales en conforma-dores de opinión pública_, se suman a esa campaña y reaccionan de manera francamente objetable, procurando decir sólo lo que aconseja el discurso del pensamiento único, estructurado tendenciosamente y masivamente a través de los principales medios del Gran Hermano, para salvaguarda, exoneración o beneficio propios.

No es mi propósito, ante la inminencia del peligro global que se cierne sobre todos, desviar la atención hacia actitudes circunstanciales, ni juzgar a ningún colega, ni traspasar los límites que me imponen el hecho de encontrarme en mi propia casa, la responsabilidad que en ella ostento, y el respeto que la opinión de ustedes me merecen. Pero sí quisiera mencionar a algunos de aquellos otros que _independientemente de cualquier diferencia_, desde la responsabilidad, han asumido una actitud diferente y citar brevemente, su nombre, un fragmento del mensaje leído por el investigador y sociólogo mexicano Pablo González Casanova ante más de un millón de cubanos, en la Plaza de la Revolución de La Habana, el pasado primero de mayo.

El mensaje _tras reiterar la condena a la guerra contra Iraq_ culmina de la manera siguiente: "Nosotros sólo poseemos nuestra autoridad moral y desde ella hacemos un llamado a los principios que nos rigen. Hoy existe una dura campaña en contra de una nación de América Latina. El acoso de que es objeto Cuba puede ser el pretexto para una invasión. Frente a esto, oponemos los principios universales de soberanía nacional, de respeto a la integridad territorial y el derecho a la autodeterminación, imprescindibles para la justa convivencia de las naciones".

Ya en estos momentos el total de adhesiones mediante firmas es de más de 1 000. Por supuesto, resulta imposible leerlas todas y sugerimos a quien desee conocerlas y actualizar la información, la consulta de las páginas web que tratan el tema. Aquí sólo mencionaremos como muestra, además de Pablo González Casanova, a los Premios Nobel Rigoberta Menchú, Nadine Gordimer, Adolfo Pérez Esquivel y Gabriel García Márquez.

Y a Leopoldo Zea, Oscar Niemeyer, Antinio Gades, Adolfo Sánchez Vázquez, Víctor Flores Olea, María Rojo, Mario Benedetti, Ernesto Cardenal, Harry Belafonte, Alfonso Sastre, Thiago de Melo, Eduardo Galeano, Mempo Giardinelli, James Petra, Claude Couffon, Ariel Dorfman, Margaret Randall, Heinz Dietrich Steffan, Omar Cabezas, Néstor Cohen, Marta Harnecker, Antonio Miró, Carlos Aznárez, Clarivel Alegría, Chico Buarque de Holanda, Winston Orrillo, Michel Lowy, Eliseo Subiela, Tareq Alí, Ignacio Ramonet, Víctor Víctor, Gianni Miná, Daniel Viglietti, Fernando Birri, Gioconda Belli, Jaime Labastida, Noam Chomsky...

Queridos amigos:

Permítanme terminar estas palabras, haciendo una sola referencia a quien constituye una de las grandes cumbres éticas y artísticas de nuestra lengua, un escritor que lo sacrificó todo a la causa de una patria que, en su sentir y en su verbo, era toda la humanidad; el hombre de cuyo nacimiento celebramos el sesquicentenario este año y a quien hemos dedicado la presentación de este libro: José Martí.

No es esta la circunstancia, ni el momento, ni el lugar que merece un panegírico martiano, ni es por tal motivo que aparece incluido el Héroe Nacional cubano en el libro, ni el del porqué termino con su memoria mis palabras. Es que Martí, en vida y obra, en la consecuencia ética de su actitud, fue un intelectual heroico, y no por su muerte en combate, sino por el eterno combate ético en que convirtió su vida. Y es por eso que su inmenso magisterio aparece, de una u otra manera, en todos los escritores cubanos posteriores a él, incluso _en aquellos que lo niegan_ aun en esa propia negación. No en balde el mexicano Alfonso Reyes le llamó "supremo varón literario". Por eso su vida y su obra resultaban de indispensable aproximación, al tratar el tema de los vínculos entre la literatura y la sociedad en Cuba.

Martí _que como es sabido también fue periodista_ re-creó una utopía por la que luchaba. En ella cifraba el futuro. Al propio tiempo, era un hombre de nuestra época, un contemporáneo. Por lo tanto, no desconocía la necesidad de adecuar el discurso al auditorio, ni la de mantener la discreción natural que corresponde al tratamiento de cada tema específico, ni la de la lógica interna de la labor encaminada a aunar voluntades diferentes para obtener un fin común. Pero, a pesar de todo eso, a pesar de vivir sus últimos y más importantes años en el monstruo imperial que se gestaba en las entrañas de la nueva y todavía inmadura sociedad estadounidense, nunca abjuró de la ética de sus principios. Ni como hombre, ni como revolucionario, ni como hacedor del milagro literario.

Es por eso que _al reiterarle a todos las gracias por haberme acompañado en esta presentación_ quiero concluir estas palabras con una cita martiana cargada de muchas resonancias antiguas y gran significación actual para todo el que se proponga hacer uso de la lengua en función social e ideológica:

"La palabra se hizo para decir la verdad, no para ocultarla".

Nota de Prensa

Con motivo de la celebración mundial del 150 aniversario del natalicio de José Martí, en la Embajada de Cuba en Madrid y con la colaboración de Ediciones "Libertarias", fue presentado anoche el libro Literatura y sociedad en Cuba: seis aproximaciones del doctor Armando Cristóbal, narrador y ensayista cubano. El libro es un conjunto de textos sobre la vida de Nicolás Guillén, Dulce María Loynaz, Alejo Carpentier, José Antonio Portuondo y José Martí.

Hicieron la presentación del libro el doctor Andrés Sorel, también novelista y actual secretario general de la Asociación Colegial de Escritores de España y Director de la Revista La República de las Letras; y el doctor Alfredo Gómez Gil, poeta y ex profesor, ex presidente de la Selección Iberoamericana del Ateneo de Madrid, quienes se refirieron a aspectos de interés en la obra de Cristóbal.

Durante la intervención, el autor se refirió a los estrechos vínculos entre literatura y sociedad, la presencia del utopismo en toda literatura válida, la necesidad de la ética en la actitud pública de los intelectuales cuando devienen conformadores de opinión, y _al hablar sobre la actual campaña contra la revolución cubana_ citó el llamamiento de un grupo de intelectuales dado a conocer el 1º de mayo en la Plaza de la Revolución y el nombre de los más de mil intelectuales que han ratificado su adhesión hasta el momento.

La actividad concluyó con la venta del libro a los presentes _entre los que se encontraban diplomáticos, personalidades de la cultura y el arte, directivos de fundaciones, miembros del movimiento de solidaridad, artistas cubanos residentes o en tránsito por Madrid y otros amigos_ y un brindis a todos los presentes.

* Texto leído por el doctor Armando Cristóbal Pérez en el acto de presentación de su libro Sociedad y literatura en Cuba: seis aproximaciones, el 8 de mayo de 2003, en la Embajada de Cuba en Madrid.

 

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 95, No. 1-2 ENERO-JUNIO 2004