Bicentenario a la vista: José María Heredia

Salvador Bueno

Ensayista, investigador literario y presidente de la Academia Cubana de la Lengua


José María Heredia ha sido llamado con justicia "el poeta de la libertad" de Cuba y, también, "el cantor del Niágara": Con razón recibe estos apelativos exactos. Pero también fue un cabal poeta romántico, el "primogénito del Romanticismo hispano" como lo tituló Manuel Pedro González. Y a esa condición de romántico, más en su propia vida que en la extensión de su obra poética, explica sus actitudes, sus entusiasmos, sus fallas y declinaciones, el aliento emocionado de su existir.

Si indagamos en los móviles de su existencia hallamos en ella las mismas causas que ejercen su presión en los poetas de más definida fisonomía romántica, por ejemplo en el famoso Lord Byron o en el poeta español Espronceda. La figura del héroe romántico podemos representarla con una imagen a la cual sirve de fondo, de horizonte, un mar más o menos tormentoso.

Sobre la vida y la obra de este poeta se cierne el influjo de la naturaleza desatada, el mar embravecido, la tempestad, la catarata. En uno de sus poemas llama al océano "elemento vital de mi existencia"; en otro recordará "las húmedas reliquias de su nave". Su corta existencia _treinticinco años_ le muestra empujado de un lado a otro, entregado infaustamente a los acontecimientos exteriores, como impulsado por las olas bravías del mar.

Había nacido el día 31 de diciembre de 1803, en Santiago de Cuba. Era su familia de linaje ilustre, aposentada en Santo Domingo desde siglos atrás. La supremacía haitiana había obligado a los Heredia a salir del país, y su padre, funcionario de la Corona española, casó en Coro (Venezuela) con una prima cercana. El niño nacido en Santiago de Cuba estaría señalado por esta señal de errabundez. Su padre tendría que ir a la Florida, entonces posesión española, de ahí a La Habana, después a Caracas, por último a México ocupando distintos cargos en la administración

judicial española. Siendo este hombre, José Francisco Heredia, oidor en Caracas, conoció las atrocidades de la guerra civil, la lucha cruenta entre españoles y criollos, "la guerra a muerte". Hombre de ideas conservadoras, tenía, sin embargo, un severo concepto de la justicia. Así lo conocemos por sus Memorias sobre las revoluciones de Venezuela que fue componiendo con los numerosos expedientes que obraban en su poder.

Mientras, en el seno del hogar, el niño José María iba adquiriendo una sólida formación humanística. Traducía del latín con garbo, aprendía el francés de Florián. A través de su propio progenitor, Heredia recibe una fuerte cultura clásica. Estando en Santo Domingo, recibe la familia una carta del padre:

A José María que estudie todos los días su lección de Lógica, y lea el capítulo del Evangelio, de las cartas de los Apóstoles y los Salmos, como lo acostumbraba a hacer conmigo todas las tardes; que repase la doctrina una vez a la semana, y el "arte poético" de Horacio que le hice escribir, y de Virgilio, un pedazo todos los días, y los tiempos y las reglas del Arte, para ponerlo a estudiar Derecho cuando venga aquí, y darle su reloj si lo mereciese con su obediencia y buena conducta en este tiempo.

Su maestro, el canónigo Tomás Correa, se extasiaba ante los progresos de su precoz alumno. No es de extrañar que con una enseñanza tan austera y tradicional se le prohibiese leer a Montesquieu, que traía en sus páginas
la ideología que había impulsado la revolución francesa de 1789. Los poetas latinos Virgilio y Horacio, y los poetas franceses del siglo xviii forman la gran cultura literaria de Heredia, a lo que debemos añadir la lectura y el influjo de los poetas españoles de ese siglo, Meléndez Valdés, Cienfuegos, Quintana. Más tarde se asomaría a los poetas románticos y a los escritores franceses de donde extrajo sus ideas liberales.

Cuando tuvo edad suficiente comenzó a estudiar Derecho en la universidad caraqueña y en la soledad de su gabinete iba pergeñando versos muy pulidos y discretos.

En 1818 matricula en la Universidad de La Habana el primer año de leyes. En Cuba ha trabado amistad con Domingo del Monte, y con algunas bellas damitas a las cuales dedica tiernos versos de amor.

Pero la familia Heredia tiene que partir a México. Su padre ha sido designado alcalde en aquella ciudad. Continúa sus estudios en la universidad mexicana. Escribe una carta a su padre en la cual le habla de su amor a la libertad. Compone entonces, cuando tiene diecisiete años, ese poema sereno y majestuoso que es "El teocalli de Cholula". El 31 de octubre de 1820 muere su padre en México. Vuelve la familia a Cuba al año siguiente. Concluye sus estudios de bachiller en leyes y Del Monte le sirve de padrino en su grado. Tiene que hacer un viaje a Puerto Príncipe (Camagüey) para obtener su diploma de abogado.

Ya posee la carrera con la que soñaba su padre. Pero mal le podía atraer el ejercicio de las leyes. Prefería preparar obras teatrales y elaborar amables poesías eróticas. Los nombres de Miranda y de Bolívar, las palabras "libertad", "tiranía", "emancipación" estaban ya en sus labios. En Matanzas ingresa en las milicias nacionales. Buen ejercicio para tiempos convulsos. Se organizan sociedades secretas en Cuba. En la sociedad de Los Soles y Rayos de Bolívar, en la rama yumurina, llamada Orden de Los Caballeros Racionales, ingresa el joven poeta. Forma parte de sus dirigentes. Los versos Cuba al fin te verás libre y pura como el aire de luz que respiras le andan ya por los entresijos de la sensibilidad.

En La Habana se anuncia, en El Revisor Político y Literario la próxima publicación de sus poesías.

La breve nota anónima, escrita por Domingo del Monte, produce la protesta de Manuel González del Valle (Dorilo) y de "Desval" (Ignacio Valdés Machuca) que se resienten por los elogios tributados al joven poeta desconocido.

Un día de noviembre de 1823, aquella conspiración de los jóvenes matanceros fue descubierta. El poeta, gracias a sus amigos, pudo huir a la finca de José Arango, el padre de Pepilla, a quien el poeta inmortalizará con el nombre de Emilia en el célebre "Epístola".

Pocos días más tarde, disfrazado de marinero, embarca en una nave norteamericana que partía a Boston. Una terrible borrasca, viento y nieve conjurados contra el emigrado, se desencadena en la costa yanqui cuando desembarcó en la república norteña.

Antes de partir de Matanzas escribe una carta al juez de la causa incoada contra Los Caballeros Racionales. Carta confusa y contradictoria. ¿La escribió otra persona y la firmó Heredia? No parece posible esta conjetura, lo cierto es que en ella el poeta, tratando de justificar su actitud conspiratoria explica que hacía un año que había dejado de mantener relaciones con la sociedad de los "racionales".

Teorías acaloradas de perfección social pueden haberme hecho caer en errores, pero mi alma no está manchada con proyectos sanguinarios, ni es susceptible de ellos.

Y más adelante agrega:

Jamás entró en mi corazón ni la imagen de contribuir yo a encender en mi país la guerra civil. Dulce y sensible por temperamento, por edad y por educación, podría yo mirar sin horror en el porvenir de las calamidades espantosas que la acompañan? Ninguno que me conozca podrá creerlo, y yo mismo no puedo desestimarme por un extravío que si ahora me hace probar el infortunio, no me cierra las puertas de la reparación de mi error reducido a los límites indicados.

Estas palabras revelan el escaso carácter de Heredia, la endeblez de sus convicciones. Sus amigos tacharon esta carta de ingenua y vacilante.

La vida se le hará difícil al emigrado en los Estados Unidos. Vivirá en Boston, en Filadelfia y en Nueva York. Trata de ganarse la vida dando clases de idioma para no depender de su tío Ignacio. Para utilizar como texto en sus clases de castellano dio a las prensas neoyorquinas la primera edición de sus poesías que saldría a la luz en 1825. Este pequeño tomo de 162 páginas le abriría las puertas de la inmortalidad literaria. Andrés Bello, el famoso poeta y dramático venezolano, desde Londres saludaba la aparición de este poeta cubano. El volumen contiene una dedicatoria de sus poesías a su tío Ignacio, donde dice:

Cuando a pesar de las ondas del océano que nos separan lleguen a tus manos, léelas bajo las mismas sombras pacíficas donde muchas de ellas se escribieron, donde en paz pensé acabar mis días a tu lado. Pero un huracán imprevisto arruinó todas mis inocentes esperanzas y me ha traído a fatigar con mi aspecto errante las playas extranjeras.

En este tomo aparece su famosa "Oda al Niágara". Había visitado las cataratas el 15 de junio de 1824. En carta a una de sus hermanas le recomendaba leer una descripción de las cataratas que había hecho Chateaubriand en su novela Atala. Esa descripción del escritor francés influyó indudablemente en el famoso poema. A su tío Ignacio le hará la relación minuciosa de su viaje al Niágara y sus primeras reflexiones sobre el magnífico aspecto de la naturaleza:

Yo no sé qué analogía tiene este espectáculo solitario y agreste con mis sentimientos. Me parecía ver en aquel torrente la imagen de mis pasiones y de las borrascas de mi vida. _Y agrega_: Si mis ideas como empiezo a temerlo, son más que quimeras brillantes, hijas del acaloramiento de mi alma buena y sensible, ¿Por qué no acabaré de despertar de mis sueños? ¡oh! ¿Cuándo acabará la novela de mi vida, para que empiece su realidad? Ayer escribí apresuradamente los versos que te incluyo y que sólo expresan débilmente una parte de mis sensaciones.

Ante el grandioso escenario el poeta recordaba las palmas:

Las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa y crecen

Y al soplo de la brisa del océano

Bajo un sol purísimo se mecen?

Pero no soportaba el frío ni el "bárbaro" inglés que oía hablar a su alrededor. Estuvo enfermo. Enflaquecía. Recibió una invitación del presidente Guadalupe Victoria, de México, y hacia allá partió en busca de lugar más propicio para sus actividades. Embarca en agosto de 1825 en una goleta en el puerto de Nueva York, en viaje hacia Veracruz, la nave se acercaba a las costas cubanas. Así surgen los versos emotivos del "Himno del desterrado", que concluía con aquellas palabras que señalaría norma y destino a los cubanos de su siglo:

Que no en vano entre Cuba y España

Tiende inmenso sus olas el mar.


Escribe también durante el viaje "Himno del sol" y "Vuelta del sur". El 15 de septiembre desembarca en el puerto de Alvarado. Se traslada a la capital. Visita al presidente, que se asombra al ver en aquel hombre esmirriado y enfermizo al famoso poeta que tantos encomios recibe de ilustres plumas.

Se le nombra de inmediato oficial segundo en la secretaría del Estado. En el mismo año estrena en el teatro de México su tragedia Sila dedicada al presidente Guadalupe Victoria. Es designado socio honorario del Instituto de Ciencias y Artes de México.

Allí fueron leídas sus composiciones junto a la de los más consagrados vates mexicanos de aquel momento.

Se vincula a la vida institucional mexicana. Se le nombrará juez de Veracruz y de Cuernavaca, ministro de Audiencia de Toluca, diputado de la nación. Cargos muy diversos ocupará en México. A poco de su llegada al hermano país comienza a visitar la casa del oidor José Isidro Yáñez, que había sido antiguo amigo y compañero de su padre. Allí conoce a Jacoba Yáñez, una de las hijas del oidor. Se enamora. Con ella se casa el 15 de septiembre de 1828, aniversario del Grito de Dolores, pronuncia su discurso conmemorativo. Queda así entrelazado a los vaivenes de la política mexicana. Participará en las filas de los Yorkinos frente a los Escoceses, miembros de las logias masónicas, más liberales los primeros que los últimos, pero ambos grupos impulsados por excesivos apasionamientos.

La vida mexicana se hace cada vez más convulsa. Mal puede mantener Heredia cierta objetividad. Cuando es elegido diputado trata de actuar con objetividad, poniendo freno a fanatismos y venganzas sectarias. Apoya al general Santa Anna, jefe de los Yorkinos. Las cartas que envía a Cuba son cada vez más angustiosas y desoladas. Escribe a Tomás Gener: "La situación en este país es cada vez más triste". En vano busca refugio _como siempre_ en la paz hogareña.

Jacoba le da varios hijos. Es una esposa fiel, abnegada. A su lado estará tanto en los días pacíficos como en los instantes tormentosos de las revueltas públicas. Ella le ayudará a componer la segunda edición de versos, hecha en Toluca en 1832.

No podemos resumir debidamente la vida agitada, atropellada, de Heredia durante estos años en México. País en formación, la anarquía y el despotismo tenían entablado allí un combatir sin tregua. Durante los primeros años de su estancia, el poeta andaba satisfecho y orondo por vivir en una nación cuyas instituciones democráticas concordaban con su pensamiento. Pero, pocos años más tarde, notaba las permanentes insurrecciones, los frecuentes brotes de rebeldía, la perenne anarquía que asolaba el suelo mexicano. Nada era estable. Aun la ayuda y apoyo que recibió en los primeros tiempos se le negaba, y subrayaban su extranjería para quitarle puestos y cerrarle oportunidades. La pobreza le asalta, y la enfermedad clava sus puntos agudos en su pecho endeble.

Efectúa diversos trabajos para escapar de la estrechez económica. Realizó traducciones en prosa, de discursos y novelas y, sobre todo, Lecciones de historia universal, en cuatro tomos, del profesor Tytler. Aunque en la portada aparecía como autor "el ciudadano José María Heredia, ministro de la audiencia de México", en la advertencia preliminar se explica que es una traducción y refundición de la obra original. Además colaboraba abundantemente en periódicos y revistas. Dirigió dos publicaciones: El Iris y La Miscelánea. Esta labor periodística consiste principalmente en artículos de crítica literaria. Publicó además en el Calendario de Señoritas Mexicanas una narración: "Viaje al Nevado de Toluca".

Pero su labor crítica resulta particularmente interesante y valiosa en sus artículos: juzga autores dramáticos, analiza novelas, presenta adecuados estudios sobre poetas ingleses y franceses. Su trabajo de mayor importancia es el "Ensayo sobre la novela", publicado en La Miscelánea en 1832.

Sus opiniones sobre la novela histórica son de tanta trascendencia que los críticos hispanoamericanos Amado Alonso y Julio Caillet-Bóis afirman que Heredia es "el primer crítico de nuestra lengua en el siglo xix hasta la aparición de Marcelino Menéndez y Pelayo".

De esta etapa mexicana se conserva gran cantidad de cartas a sus familiares, su madre, sus hermanas, su tío Ignacio y sus amigos. Por las cartas a su madre conocemos sus desdichas y sinsabores, su honda crisis espiritual, las veleidades de su fortuna. Junto con Martí y la Avellaneda, Heredia es uno de los mejores epistológrafos cubanos.

Las luchas civiles en México incrementan sus dificultades. En 1832 el general Santa Anna hacía estallar una revolución en Verazcruz. Heredia participa en la lucha, toma las armas contra el gobierno. La insurrección triunfa. Y Heredia, víctima propicia, recibe ataques y denuestos, elogios de unos y ataques de otros. El periódico El Sol publica lo siguiente: "El habanero Heredia, versátil, presuntuoso, y vano, huérfano desagradecido a la hospitalidad generosa que se le ha dado" (16 de noviembre de 1832).

Mientras, el historiador Lorenzo de Zavala, en el segundo tomo de su Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830, que se publica en 1832, habla de él en esta forma: "Joven habanero, cuyos talentos poéticos han merecido elogios de los maestros del arte en el mundo civilizado; cuya musa no se ha prosternado delante de la tiranía, ni manchándose con la lisonja".

Una noche en Toluca, después de muchos días de vacilación, rodeado por la frialdad del ambiente y la malquerencia de algunos hombres, José María Heredia toma la pluma y escribe una carta al capitán general Tacón que gobierna, con su bota y su rencor resentido, la isla de Cuba. Es el primero de septiembre de 1836. El poeta está enfermo. Ruega.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 94, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2003