| Filóloga
A
la memoria de mis compañeros caídos Amanecía
el lunes 10 de marzo de 1952. Yo dormía plácidamente.
El teléfono sonó insistente una vez más. Solía
ocurrir a deshora, pues mi esposo era cardiólogo y las urgencias
casi siempre se presentaban nocturnas. Esa vez fue la voz de Rosa
Galano, Cisa, hija de coronel mambí, esposa de Pelayo Cuervo
Navarro, senador de trinchera, modelo de probidad ciudadana y figura
prominente del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos)
Me
asustó su voz. Pocos días antes le habían hecho
un atentado a Pelayo, amigo de siempre de mi familia. Pero el asunto
era otro. Cisa habló en lenguaje de telegrama.
_Batista
acaba de entrar en Columbia. Nos vamos ya. Hablaremos. Cuídate.
_Cuídense
_acerté a responderle.
Le
conté a mi marido lo que acababa de oír. Se tiró
de la cama y comenzó a vestirse de prisa. Partió hacia
su clínica ubicada en 29 y D donde el fundador de la ortodoxia,
Eddy Chibás, había fallecido siete meses antes, a
los diez días de su trágico pistoletazo.
Yo
también me vestía con premura. De negro, me dije.
Me vestiré de negro.
¿Debía
ir al trabajo? ¿Debía quedarme en casa? Como el día
despuntaba fresco, mientras me ponía el vestido de pana me
vino a la mente el peligro que amenazaba a otros dirigentes ortodoxos.
¿Qué hacer?
¡Ay,
los Idus de marzo!
Un
beso a Natalí, mi hijita de tres años. Unas breves
palabras a la Tata sobre los acontecimientos, que no le abriera
a nadie, que yo llamaría o regresaría pronto. Agarré
la cartera y en lo que bajé las escaleras se me ocurrió
algo que sí podía hacer…
Tomé
un taxi y fui desde mi casa en la calle 11 del Vedado hasta una
cerrajería en la calle Espada. Después podía
continuar hasta mi trabajo, en el edificio Alujor, en N y 23. Unas
seis cuadras. En la cerrajería hice copiar tres juegos de
llaves: la de la entrada del edificio donde vivíamos, la
de la puerta del apartamento y la de servicio. Con ellas en la cartera
me encaminé hacia mi oficina en la Esso. Allí se palpaba
el desconcierto. Por otro lado, debían decidir
si nos quedábamos o podíamos marcharnos. Casi todos
estábamos por regresar a casa.
La
situación era incierta y peligrosa. ¿Cómo reaccionaría
el gobierno de Prío? ¿Dónde se iniciaría
la resistencia? ¿Habría manifestaciones? Allí
estábamos a seis cuadras de la Universidad de La Habana,
bastión de vanguardia en la lucha centenaria de los cubanos
por su independencia y soberanía. Por lo pronto, habría
que esperar un rato para saber… rato que aprovecharía
para escribir una nota a cada uno de mis destinatarios.
Pero
debo dar un breve retroceso, aproximadamente un lustro.
No
mucho tiempo antes de crearse el Partido Ortodoxo, en 1947, comencé
a motivarme por los asuntos públicos, a hacerme una conciencia
sobre la injusticia social, la mala distribución y expoliación
de las riquezas de nuestro suelo, el potencial de este país
saqueado por la voracidad de tantos vendepatria y malos dirigentes
políticos, los "politicianos". Al surgir Chibás,
simpaticé con su contundente consigna "Vergüenza
contra dinero" y comencé a seguirle los pasos a la ortodoxia.
Mi padre era martiano. Aunque el tronco de mi familia materna fue
un inglés mambí, quien decía que no había
ido a la guerra para cobrar sus servicios, ya adentrada la República
lastrada por la Enmienda Platt, la familia fue apolítica.
Por eso no me afilié al partido, pero sí me hice activista,
un plano algo más personal.
En
la casa oíamos el programa doctrinal de Eddy los domingos
por la noche,
asistíamos a los mítines, nos quedábamos en
la periferia sin buscar contacto con los dirigentes. Me impresionaba
favorablemente que figuras principales de la ortodoxia a menudo
acudieran acompañados por sus esposas e hijos, y también
las mujeres _numéricamente menos_ con sus allegados. Era
lindo departir con esta gran familia, pues como familia nos sentíamos.
Había en la masa ortodoxa una "paz moral", tal
vez como la que en su momento el Generalísimo Máximo
Gómez anhelara para Cuba.
Volvamos
a aquel aciago amanecer de marzo en 1952.
Como
ya tenía idea sobre a quiénes haría llegar
cada juego de llaves, procedí a escribir mis notas ofreciéndole
a cada uno el refugio de nuestra casa, para ellos o para sus familiares.
Les sería fácil comprobar quiénes éramos,
que no estábamos vinculados políticamente a ningún
sector, y que teníamos condiciones para acogerlos por el
tiempo que estimaran conveniente. A Pelayo y familia los dábamos
por descontados. Sabían que nos tenían siempre.
Dirigí
la primera nota a Roberto Agramonte, candidato presidencial de la
ortodoxia, contra cuyo partido, para evitar su acceso al poder,
fue primordialmente dirigido el golpe. Agramonte era profesor de
Sociología General y Filosofía Moral en la Universidad
de La Habana. La segunda fue para Emilio Ochoa (Millo), presidente
del partido. La tercera la dirigí a Fidel Castro, joven candidato
a representante en la boleta que presentaba como senador al hermano
de Chibás.
Su
estilo de denuncia de la corrupción y la injusticia social
resaltaba en los mítines, en la prensa escrita y en su programa
radial en la COCO, emisora que dirigía un hombre honesto
y respetado, Guido García Inclán.
Por
fin me fui del trabajo, para entregar llaves y notas. Llevé
las de Millo a su casa de Alturas de Miramar, pero él estaba
en Oriente. Dejé el llavero y la nota. De ahí pasé
a la casa del profesor Agramonte, en la calle 4 del Vedado, muy
cercana a la mía. Con un muchacho ortodoxo que siempre estaba
allí _creo que se llamaba Narciso_, dejé la del candidato
y le pregunté sobre Fidel.
_No
vendrá por aquí, pero lo veré pronto _dijo.
A Fidel
no lo detuvieron el 10 de marzo porque se trasladó para la
finca de una militante ortodoxa en las afueras de La Habana. Recibió
el llavero que preparé para él.
En
las semanas siguientes al golpe se hizo costumbre pasar por la Universidad.
En la escalinata juramos la Constitución del 40. Se llenaron
libros y libros con miles de firmas de una población que
por el momento no tenía otra forma de expresar su repudio
al madrugonazo. Muchos actos de calle fueron convocados por la Federación
Estudiantil Universitaria, secundados por estudiantes del nivel
medio y otras organizaciones, todos apoyados multitudinariamente.
En
esa época empecé a tratar a Millo y familia y a visitar
la casa de Agramonte, donde confluía un buen y variado número
de militantes ortodoxos. En aquellos encuentros se percibía
el
malestar, pero el ambiente era de espera, de resistencia. No de
lucha.
Fue
el 27 de noviembre, en la escalinata universitaria, durante el acto
para conmemorar el fusilamiento de los estudiantes de 1871, cuando
conocí a Fidel y a Boris Luis Santa Coloma. Ocurrió
en medio de un apagón en toda la zona: la Policía
pretendía acabar con lo que constituía un acto de
rebeldía contra el régimen. Fidel me identificó
por el gesto de las llaves. Un saludo y nos despedimos. No sería
hasta febrero o primeros días de marzo de 1953 que comenzaría
a visitar nuestra casa.
En
la primera ocasión lo invitamos a cenar y conversamos largo
y tendido. Nos explicó su idea de estructurar un movimiento
para enfrentar la tiranía. Sobre todo debía estar
integrado por gente joven, nuevas fuerzas revolucionarias, sin compromisos
con la política tradicional. No estaba en desacuerdo con
que se fuera a una forma de resistencia pacífica contra el
batistato, el tipo de lucha que se estaba manejando; después
la táctica podría cambiar por la insurreccional. No
creía que en Cuba funcionara la resistencia pacífica,
veía la solución en la lucha armada. Buscaba adeptos
y recursos. En resumen, no concebía una confrontación
por la vía de los partidos tradicionales, con los dirigentes
tradicionales, cuya propia estructura le indicaba a la tiranía
lo que tenía que hacer para reprimirla y a quién debía
eliminar para descabezarla.
Así
fue delineando los métodos de acción. No hizo enjuiciamientos
personales, sino sobre el aspecto estructural, organizativo. En
aquellos instantes su preocupación
principal era conseguir ayuda económica para el Movimiento.
Tenía que mover gente, explicaba, tenía que moverse
él. Había compañeros que no podían continuar
en sus labores habituales, que debían dedicarse a la lucha.
Tales eran los aspectos esenciales.
Después
del extenso y esclarecedor encuentro, nos despedimos. Mi esposo
bajó con él, lo acompañó hasta el auto
y le entregó el efectivo que llevaba.
Nuestra
casa se convirtió en lugar de reunión para lo que
llamaban "el movimiento revolucionario". Acudían
regularmente Fidel, Boris, Abel, Gildo, Raúl Martínez,
Alcalde, Montané y otros pocos. A algunos los vi una sola
vez y no conocí sus nombres. Todos coincidíamos en
ser ávidos lectores de Martí, así como de otros
escritores y filósofos.
Fidel
sabía proteger y protegerse. El tiempo que dedicó
a los preparativos insurreccionales mantuvo una doble fachada. Pasaba
por el Buró de Investigaciones para interesarse por algunos
compañeros. Sabía a quién tenían para
vigilarlo, creo que era Castaño. Puede que me equivoque de
nombre, pero un agente estaba designado para seguirlo, para tenerlo
vigilado. Fidel era persona de interés operativo y lo sabía,
y sabía quién lo vigilaba. Hasta lo invitaba a tomar
una cerveza, cerveza que Fidel no tomaba. Ni él ni los comprometidos.
Era parte de la disciplina.
Nunca
fue impulsivo a la hora de actuar en relación con la organización
del Movimiento ni con las medidas que tenía que tomar. Es
sabido que el ataque a los cuarteles en Oriente se incubó
en un lapso bastante prolongado, selectivo y depurador. Fue acto
de maduración. Los detalles para el ataque a los cuarteles
Moncada, en Santiago de Cuba, y Céspedes, en Bayamo, se fueron
perfilando. Antes estudiaron las alternativas de llevar a cabo la
acción en otras instalaciones militares, pero las descartaron
por razones tácticas.
Ya
más cercana la fecha, yo visitaba la casa de Melba, donde
se cosían uniformes. En algunas oportunidades fui con Tizol
y Raúl Martínez al apartamento de Abel. Se trabajaba
con gran sigilo, discreción y compartimentación. Mi
casa era segura. Inmersa en estas actividades, las compartía
con una aparente normalidad familiar y laboral. Me las arreglaba
para no afectarlas, hoy no sabría decir cómo.
Allá
por el mes de mayo se me encomendó buscar discos de himnos
y música marcial, para transmitir por la Cadena Oriental
de Radio, en Santiago, alternándolos con la lectura de un
manifiesto y grabaciones del Himno Nacional, el Himno Invasor y
El último aldabonazo, postrer reclamo de Eddy Chibás.
Se transmitirían con posterioridad a la toma de los cuarteles.
Llegaron a un acuerdo sobre ese orden: estaban convencidos de la
respuesta solidaria de la población oriental y que, de invertirlo,
podría provocarse una masacre.
Ya
decidida la marcha de los asaltantes hacia la región oriental,
se me encomendó reproducir el "Manifiesto de la Juventud
del Centenario" _no olvidemos que estábamos en el centenario
del nacimiento de nuestro José Martí_. Lo había
redactado Raúl Gómez García, martiano
de pura cepa, muy en el espíritu del Manifiesto de Montecristi.
Fidel me había adelantado que en esencia contenía
los propósitos de la Generación del Centenario. Mi
misión sería repartirlo en La Habana, en sincronía
con el comienzo de las acciones armadas en Oriente.
La
noche del sábado 25 me acosté temprano. Como es de
suponer, no dormía. Cerca de las cuatro de la mañana
me levanté muy quedo a prepararme para mi salida. Obviamente,
mi esposo me sintió. Le expliqué que debía
salir para cumplir un compromiso y que ya podría estar tranquilo
después. Debía ir sola. Breves argumentaciones y la
promesa de no ponernos más en peligro. A las 5:15 de la madrugada
del domingo 26 de julio de 1953 salí de casa llevando enrollados
media docena de manifiestos.
A partir
de la hora cero ¡comenzaron a suceder tantas cosas! Había
esperado desde el día anterior la llegada de Yeyé
y Melba a La Habana, para compartir la misión, según
me lo comunicara Fidel el viernes por la noche, antes de tomar la
carretera, cuando pasó a recoger copias del manifiesto. Al
no producirse el encuentro _yo ignoraba que ellas habían
planteado participar en la acción de Santiago_, de todos
modos salí a cumplir la misión.
Ya
me había trazado el itinerario. A quien primero visité
fue a Pelayo. Reaccionó muy preocupado dado que conocía
a muchos de los jóvenes que participaban en las acciones
y también por mi seguridad. Acto seguido fui a ver a Humberto
Medrano, yerno de Sergio Carbó, el director del periódico
Prensa Libre, que estaba en cama con fiebre, y a su hijo Ulises,
amigo de mi adolescencia. Me entrevisté con don Cosme de
la Torriente, veterano de la Guerra de Independencia, exdiplomático
y figura con peso político. También hablé con
Raúl Chibás, hermano de Eddy. No hallé en su
casa a Miguelito Quevedo, el director de la revista Bohemia. Me
dijeron que estaba en la finca o en el camino de regreso. A Raúl
Rivero, de Diario Nacional, no lo vi el mismo 26, sino un par de
días después.
El
Servicio de Inteligencia Militar (SIM) estaba desplegado. Se acababan
de ir o llegaban a los lugares poco después de irme yo. Ya
desde la visita a Carbó las noticias eran desalentadoras.
Me colmaba la pena y tuve miedo. Cumplida la misión, llegaba
el momento de replegarme.
Frente
al dolor y la incertidumbre, se me ocurrió hacer algo más
antes de volverme a casa. Me encaminé hacia la parroquia
del Vedado, en la calle Línea. Mi familia era católica,
aunque no practicante. Yo iba a misa casi todos los domingos, más
por tradición que por devoción, no comulgaba porque
no confesaba, pero sentí que entre los casi doscientos combatientes
que habían ido hacia el oriente de la isla, a enfrentarse
con el destino, debía haber algunos creyentes quienes, de
haberlo sabido, hubieran querido confesar y comulgar antes de partir.
Busqué
en la tablilla la relación de sacerdotes confesores para
ese día. Seleccioné uno por el apellido: Fidalgo.
Coincidía con el del escultor de una estatuilla
de Martí que llevaba inscrita en la peana "Para Cuba
que sufre" (… la primera palabra), frase inicial del
discurso que el Maestro pronunciara en Tampa en noviembre de 1891.
El estudio de Fidalgo había sido allanado por la Policía
y destruidas sus esculturas de yeso. Abel conservaba una sobre la
vitrina que le servía de librero, en la pequeña salita-comedor
de su apartamento en 25 y O.
Llamé
al padre confesor quien resultó ser un sacerdote español
joven. Confesé y comulgué a nombre de mis compañeros
y por mí. Ya eran más de las once de la mañana
del día de Santa Ana. De la parroquia fui directamente a
mi casa.
Mi
esposo decidió que pasáramos el día fuera.
Salimos con nuestra niña para la playa. Mi madre se quedó
en su casa, en los altos, atenta a cualquier movimiento. No hubo
nada. Regresamos cerca de la medianoche. Yo estaba deprimida. Así
estuve hasta que debí volver al ritmo de mi vida aparentemente
normal. Nunca volvería a ser la misma, como agua de río
que fluye hacia el mar.
Pronto
me fui a ver a Pelayo. Había noticias del trato horrible
que estaban recibiendo los muchachos, de las torturas y asesinatos,
y yo quería buscar la intervención de alguna organización,
como el Colegio de Abogados o la Iglesia. En mi casa querían
que me asilara. Mi madre, que había escondido en su casa
parte de las armas y que conocía el grado de mi comprometimiento,
decidió viajar a Santiago para empaparse bien de la situación.
Allí
tenían preso a Millo Ochoa, pero vio a Domi, su esposa, quien
le dijo que yo debía asilarme, pues tenían listas
con nombres y papeles comprometedores. Mi madre regresó de
su viaje con partes calvas en la cabeza. Yo rechacé la idea
del asilo. Si a la altura de los acontecimientos no habían
ido por mí, no irían. Además, la campaña
de desprestigio lanzada contra los asaltantes los tildaba de vagos,
cuatreros, marihua-neros y otras lacras. Tanto mi familia como yo
no teníamos antecedentes de actividad política ni
delictiva. Al parecer, no quisieron involucrarme en los hechos.
Y nadie habló.
Luego
del asalto me quedé desconectada. Si bien sabía que
muchas personas habían colaborado con la acción, yo
sólo conocía a los que se habían ido para Oriente.
Mantuve la relación con los padres de Melba. Contacté
con familiares de asaltantes, a quienes ayudé en lo que se
presentara. Un día pasé por el edificio Cantera, en
Infanta, donde vivían Esperancita Behmaras, Orlando su esposo,
asaltante en Bayamo, y el niño de ambos.
_Hace
semanas que Orlando está escondido en un bohío, trabajando
en el campo. No tiene papeles y no puede salir…
_Creo
que se puede hacer algo _la tranquilicé_. No comentes con
nadie. Nos vemos…
De
allí fui para la casa de Pelayo. Unos días más
tarde volví a ver a Esperancita con un carné de Viajante
del Comercio para Orlando. Cuando llegó a La Habana se le
gestionó asilo en una embajada. De más está
decir que siempre mantuve la comunicación con Pelayo, quien
contaba con el instrumento del Colegio de Abogados y muy buenas
relaciones personales y políticas.
Y así…
hasta que recibí una carta de Fidel, ya desde la Isla de
Pinos. A partir de ahí comencé a escribir y enviar
al Presidio materiales de estudio para la creación de la
Biblioteca "Raúl Gómez García" y
la Academia Ideológica "Abel Santamaría".
Transcribí documentos sacados de forma clandestina de la
prisión y los hice llegar a otras personas.
Por
delante, en el tiempo, estaban la prisión de mis compañeros,
la campaña de amnistía, el año y medio que
pasaron en el exilio entrenándose y preparándose para
el desembarco del Granma, y el nacimiento de mi linda segunda hijita.
Durante la última etapa, la del exilio, serví como
una especie de corresponsal, a razón de dos envíos
diarios que iban por correo o mediante la colaboración de
personal de vuelo de Cubana de Aviación y de amigos que viajaban
a México.
Luego,
en diciembre de 1956, fue el regreso en el yate Granma, para comenzar
la guerra en la Sierra Maestra, tal como había sido el propósito
inicial de las acciones del 26 de julio.
Los
compañeros que organizaron el M-26-7 no me contactaron. Sólo
hubo algún encuentro fortuito. Durante los dos años
de la lucha en la sierra y el llano busqué la forma de mantenerme
vinculada de distintas maneras: Resistencia Cívica en la
letra F, con Ester Sosa y Sara Vea, la siempre recordada esposa
de Felipe Pazos; con compañeros de mi trabajo, como Luis
López, de la sección de Propaganda del 26, Armando
Almiñaque y otros activos en el M-26-7, y con Franz Arango
y Anita Vega, del Directorio Revolucionario. Colaboré en
el sector petrolero del Frente Obrero Nacional, luego FON Unido.
Cada día alguna acción, alguna palabra para liberarnos.
Me uní también al muy cohesionado y efectivo Frente
Cívico de Mujeres Martianas, hasta el final de la tiranía.
Cincuenta años después las Martianas nos mantenemos
unidas en la amistad y en el amor a Martí, que es profesar
amor a Cuba.
Llegó
el fin del año 1958. El miércoles 31 de diciembre
nos reunimos en mi casa un grupo reducido de amigos, para esperar
el año nuevo. Alrededor de las 11:30 de la noche, tres de
nosotros fuimos hasta un teléfono público y llamamos
a la casa de un personero del régimen, que celebraba la fecha.
_¡Están
rodeados! ¡Abandonen la casa inmediatamente o les dispararemos
desde afuera!
Después
de hacer esta maldad volvimos a casa y echamos, a la vieja usanza,
un cubo de agua para la calle. A las 12 cantamos bajito el Himno
del 26. ¡Qué conmovidos y llenos de esperanzas estábamos!
A la
una sonó el teléfono. Era la hermana de uno de nuestros
invitados:
_Nos
fastidiaron la despedida de año. Imagínate que el
jefe de mi primo lo sacó de la fiesta para hacer un viaje
urgente…
Los
que estábamos reunidos sabíamos que el primo era piloto
del avión presidencial. Eso nos dio una pista de que algo
estaba sucediendo. Por sí o por no, nos despedimos. Cada
uno se fue a su casa a esperar noticias, con muchas inquietudes
y aún más esperanzas.
Serían
como las tres de la mañana del jueves 1ro. de enero de 1959.
El telé
fono sonó insistente una vez más. Solía ocurrir
a deshora…
Otra
vez fue la voz, ahora alborozada, de Cisa, hija de coronel mambí
y, tristemente, desde el 13 de marzo de 1957, viuda de Pelayo, cuyo
cadáver baleado apareció en el Laguito del Country
Club en aquella fecha tan memorable como luctuosa.
_¡Naty,
negra, el asesino SE FUE! ¿Me oyes? ¡SE FUE! Oye, ¿qué
te pasa? ¿Estás dormida? ¡Pues despiértate!
Comenzó
así una nueva etapa en mi vida, en la vida de los cubanos
todos. Una nueva etapa en la historia de Cuba, en la cual quienes
nos comprometimos desde sus inicios por tanto que la vimos sufrir,
la llevamos antes, ahora y siempre incrustada en la mente y clavada
en el corazón.
regresar
|