Heredia, el Moncada , la Revolución y el Reino de los Cielos

Eliades Acosta Matos*

Ensayista y director de la Biblioteca Nacional José Martí

Del 19 de febrero al 19 de marzo de 1998 tuvo lugar en el North-South Center de la Universidad de Miami el ciclo de conferencias "La Nación cubana: esencia y existencia" convocado por el Instituto "Jacques Maritain". De la segunda parte de la intervención del profesor José Ignacio Rasco titulada "La Nación: un concepto que se cuestiona", extraemos la siguiente cita:

En la raíz de todos los mitos _raza, nación, sexo, poder, dinero, revolución…_ siempre ocurre lo mismo: de un valor relativo, limitado, humano, se hace un endiosamiento absoluto, que tuerce y amarra al hombre. El racismo, el nacionalismo enfermizo, el pansexualismo, el poder totalitario, el capitalismo materialista, el revolucionarismo sistemático, no son sino simples muestras de este desborde humano por crear panteones de diosecillos endebles, idolatrías de becerros, fanatismo ciego…

Para poder concentrarnos en lo esencial de esta afirmación, obviemos los detalles de un juicio de carácter tan rotundo y extenso, que engloba en el mismo anatema a raza, sexo, dinero, poder y revolución, privándolos de sus determinaciones históricas. Pasemos de largo, piadosamente, junto a resbalosas definiciones como esa de "capitalismo materialista", para no tener que exigir al ilustre profesor Rasco el preciosismo de definirnos un tipo de "capitalismo idealista", utópico, espiritual, que no esté basado en la búsqueda de ganancias, a toda costa, y en la apropiación despiadada de la plusvalía que genera la explotación del hombre por el hombre.

Para poder concentrarnos en lo esencial, hablemos de algo que el profesor Rasco introduce, como de contrabando, en su docta disquisición: el nexo posible entre nación, revolución y mito.

Despojemos pues a nuestras aproximaciones al tema del carácter estigmatizante y descalificador con que pretende rodearlo.

Las revoluciones verdaderas, no las escenográficas, son procesos de cambios radicales, surgidos de lo profundo de las contradicciones clasistas, de los desajustes existentes entre la base económica y sus expresiones superestructurales. No son fruto de la acción aislada ni aventurera de personalidades o grupos de conspiradores profesionales. Encarnan las aspiraciones más avanzadas de una época. Ponen en marcha a cientos de miles, a millones de personas, que se involucran en ellas, no sólo por prédicas o discursos , más o menos inspirados; por libros, más o menos proféticos; por cassettes de audio, más o menos incendiarios, sino por extrema, apremiante, y dolorosa necesidad.

Las revoluciones pueden nacer sietemesinas o a término, pero su alumbramiento siempre se produce dentro del curso predecible de la vida de los pueblos. Son el mandoble de la Historia desatando el nudo gordiano de su desarrollo, la ruptura de una linealidad contradictoria en el devenir de una nación. Las revoluciones, siempre, sin excepción, aun aquellas de sinuosa trayectoria, de finales aparentemente paradójicos, como la celebérrima Revolución francesa, obedecen a una lógica férrea, y en consecuencia, pueden ser imaginadas, anheladas, soñadas, temidas, combatidas, defendidas… y también explicadas por la razón.

Recomiendo al profesor Rasco una relectura de La historia me absolverá, en el cincuenta aniversario del asalto al cuartel Moncada. Un entendimiento
mesurado de las razones profundas que pusieron en marcha a la mayoría del pueblo cubano, de esta Revolución que está viva y avanza, puede ser alcanzado allí. También en la prensa, de antes y después, del 26 de julio de 1953.

Y en las calles de Cuba.

Cuando las aspiraciones nacionales y el imaginario nacional se reconocen en un proceso revolucionario; cuando los mitos y las realidades fundacionales se potencian y se superan en el curso de esa inmensa negación y afirmación que es toda revolución verdadera, entonces esta no sólo se explica, sino también se multiplica.

Con las revoluciones las naciones exorcizan a sus demonios interiores. Las revoluciones, más que mitos, son mitológicas. Espero que el profesor Rasco no se ofenda si las considero no sólo humanas, sino también sobrehumanas; cosa de mortales y de semidioses, además.

En tiempos de revolución, un minuto vale por siglos de vida chata, oscura y gris. No es de extrañar que en su seno florezca la creación, la audacia y la rebeldía. No es casual que, a pesar de tanto que se ha hecho por destruirla, denigrarla, ocultarla y aislarla, la Revolución cubana siga viva, sostenida por los brazos de varias generaciones, y cuente con el respeto, el apoyo y la admiración de millones de hombres y mujeres del planeta, sin fanatismos ciegos, ni diosecillos minúsculos, ni becerros que adorar.

No es casual que, al menos en el caso de Cuba, la Revolución haya barrido, en su devenir, con los fanáticos, los ciegos de espíritu, los disosecillos, los minúsculos, los becerros de oro, y sus adoradores de todos los signos.

Por eso perdura.

La Revista de la Biblioteca Nacional dedica el presente número, el segundo del 2003, al cincuenta aniversario del asalto al Moncada, por ser la chispa que inició la última etapa de la Revolución cubana; al bicentenario del poeta José María Heredia, el primero que cantó a la libertad de nuestra tierra, precursor de eso que llamó, antes que nadie, "la Estrella de Cuba". Revolucionario también, hombre comprometido con su nación, con su pueblo, con sus mitos, y con su tiempo.

Bienaventurados los revolucionarios verdaderos y las revoluciones de verdad, porque de ellos será, además, el Reino de los Cielos.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 94, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2003