¡Si viviera Martí!

Luis Amado Blanco

Escritor, poeta y periodista

Luz (La Habana) 22 sept. 1937.

"¡Si Martí viviera!", dijo Marcelino Domingo en el mitin de La Polar, y los cuervos levantaron su negro graznido de protesta. No los detuvo la figura máxima de la cubanidad, porque para amar hay que conocer, y para conocer hay que amar, que por algo dicen los franceses "aprendre par coeur", a aprender de memoria. Aprender con el corazón, que es sentir el mismo río amoroso correr, caliente, por las propias entrañas. Y ellos, sólo saben de Martí lo externo, lo espectacular de aquella figura, que, los españoles progresistas, hace mucho tiempo que apretamos contra nuestro pecho: Sonrisa comprensiva, gesto dulce, manos maternales para el ajeno dolor...

El escritor es un hombre que medita, y estudia. Luego las ideas salen de su pluma, con este o aquel estilo definidor de la personalidad, pero jamás podrá ser escritor aquel que sepa poner en orden, gramaticalmente perfecto, los términos de una oración, si esa oración no traduce un pensamiento. ¡Ahora figúrense la tragedia de un hombre cualquiera, que no tiene nada que decir, porque ni medita, ni estudia, desconoce el vehículo de la sintaxis, y pretende ser considerado como escritor! Cuando llega a un puerto, a una patria donde las circunstancias le han obligado a arribar, desenvaina la estilográfica, con aires de sable, y pregunta cual es la figura máxima de la historia nacional, para colocarse, pronto al pairo del tópico. Por mediación de otra persona compra las obras del prócer, o las de sus biógrafos, y las ojea apresuradamente prendiéndose en la solapa la espuma de sus enseñanzas, como un distintivo de adhesión incondicional. "¡Cómo decía nuestro maestro!, ¡Cómo expresaba el Apóstol!".

Se puede engañar a los ingenuos, a los que están previamente convencidos por conveniencia, pero para calar en Martí se necesitan, horas y horas de arrebato místico, de compenetración devota. Se pueden ser muchas cosas, pero no se puede ser nuevo rico de prosa y de poesía martiana, donde el espíritu del Apóstol palpita alto y recto como una palmera. Y mucho menos se puede cometer el atrevimiento de decir a un escritor auténtico como Marcelino Domingo, largo luchador idealista, que desconoce la trayectoria espiritual de aquel más que hombre símbolo en cuya fuente, a la fuerza, tuvo que beber sus ímpetus mejores.

Martí ha sido para los republicanos españoles, para los verdaderos _no para los avispados del puesto o la prebenda,

*Los trabajos fueron seleccionados por Germán Amado Blanco. En ellos se ha respetado el estilo de la época de edición y se han ordenado cronológicamente. [N. de la E.]

que en busca de otro puesto y otra prebenda se apresuraron a traicionarla_ una figura cálida que extraer del montón de improperios donde lo habían querido sepultar las fuerzas reaccionarias de la Península. Si Martí ha llegado a conocerse en España, si se reverenció a Martí en España, fue por la pluma de estos Marcelino Domingo que un día y otro laboraron, tenaces, porque el pueblo conquistara su libertad. Las circunstancias eran las mismas en la metrópoli que en la colonia, y la figura españolísima de Martí, precisamente por una genuina cubanidad, regresaba a las mentes hispanas, al frente de los grupos que deseaban arrancar de sus mástiles las oprobiosas banderas.

"¡Masones, Judíos, Asalariados de Moscú!", gritaban las propagandas derechistas en las últimas elecciones. Ahora piénsese en el contraste. Porque si algo sabía Martí era ver, calar en el pueblo, averiguar las causas de sus errores, en busca de justificación. Y Martí, mejor que nadie habría observado las características de esta guerra, los antecedentes de sus barbaries antagónicas _que en días anteriores aclaramos cumplidamente_, las recias razones liberales y democráticas que se esgrimen contra la fuerza bruta de la opresión.

Martí murió batallando, porque llegó a la triste conclusión de que había que luchar, verter sangre enemiga para obtener la victoria. Murió, dejó de pasearse por la tierra, pero su pensamiento está vivo, potente en sus artículos, en sus pensamientos, en sus poemas... Buceen en la verdad de sus enseñanzas, profundicen en aquel anhelo incontenible
de libertad que rezuma su prosa ¡a ver si luego se atreven a negar lo que Marcelino Domingo aseguraba! Que no se puede jugar inconscientemente con figura tan venerable, señalándole este o aquel lugar acomodaticio, cuando todos sabemos, por lo alertas que nos llegan sus lecciones, que José Martí estaría hoy como antaño y como siempre ¡en su puesto!

"Qué es el morir…"
Información (La Habana) 28 ene 1945. (Blancos)

Hoy hace noventa y dos años que nació un niño en una apartada calle de La Habana. Hacía frío. Cuando la luz del nuevo amanecer quiso abrirse paso, encontró unas densas nubes grises casi posadas en los tejados de las casas. Fue un día como otro cualquiera, porque nacer no representa sino asomarse, situarse en la esperanza del mundo. Es sin duda un grato y memorable suceso para los padres: Allí, tembloroso, incierto, está el fruto de su amor, de sus deseos, de sus aspiraciones. Allí está la vida cantando su misterio de perennidad, sobre la colina engañosa de sus ingenuos, pero potentes reclamos. Allí está el germen, lo que va a ser, por la encrucijada de lo que ha sido. Se ha roto un cordón umbilical, la sangre no transmigra ya de la madre al hijo, pero jamás negará la honda fuente traída por los oscuros túneles de las venas. El vivir es un misterio, porque el nacer lo es también. Son unos ojos de lejanas miradas abiertas a

un nuevo horizonte; es un horizonte reñido de paseos visuales, dejándose sorprender como una virgen en trance de pecado. Es, en fin, la influencia del ser sobre el medio, y el medio trabajando sobre la superficie humana, con su complicado poder de interferencias y estímulos.

Por eso nacer, no es sino asomarse, situarse en la esperanza del mundo. Una incógnita más con risas y sollozos tempranos. Nadie sabe, porque nada hay que saber, ya que el destino se alcanza por el trabajo, por el esfuerzo, por el dolor de la lucha. Si el nacer vale algún día algo, no es por el hecho en sí, sino por lo que después se hace, se conquista, se arrebata. Viene a ser fecha o anónimo en el instante de morir, de cerrar los ojos, de terminar la jornada. Y así el nacimiento del niño José Martí Pérez, ocurrido en la ciudad de La Habana el viernes 28 de enero de 1853, tuvo su valor, cobró su empuje histórico allá en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895. Es, entonces, cuando podemos volver atrás, mirar hacia el camino y repensar la vida. Ya fijado el verdadero nacer, cuando la última imagen viene a otorgarle claridad a la primera.

"Cuando nací sin sol, mi madre dijo..."

El sol de Martí, aquella falta de sol mejor dicho, aquella ausencia, había de acompañarlo nublando su frente de extraña tristeza. Toda su vida fue un no encontrar, no saber, sustituir, no centrarse. Estaba en el mundo para Cuba, para América, para la Libertad, y como todo quería alcanzarlo, se le iba de las ma
nos igual que las monedas del viático. Una mañana, el sol alegraría su frente; una tarde, la larga arruga inquieta se iría hacia el mar del olvido; un día alcanzaría la meta soñada, Cuba, América, Libertad, pero ese día estaría quieto, sin prisa ni zozobra, oculto ya en la orilla de lo eterno.

No se vive sino para la muerte y Martí lo supo. Vivió muriendo. Vivió para morir. Vivió en la agonía y tal vez por eso la agonía de su muerte no tuvo más que una sonrisa, igual y por igual, superponible, a la primera, en aquella mañana fría que hoy recordamos. "Tengo dieciséis años, _había de decir a su madre_, y muchos viejos me han dicho que parezco un viejo. Y algo tienen de razón". La tenían. En el pecho un trayecto de siglos, y en la mente el querer volcar esos años sobre un terreno nuevo, donde la gracia y la alegría pudieran lograrse. Vivir presintiendo; vivir para cumplir consigo mismo, sin distracciones, sin claudicar de su amargo quehacer, con una enseña sin colores aún, pero cegadora, sobre el ideal, en función de fortaleza inexpugnable. Sabía muy bien por su ancianidad desde la juventud, que el final no estaba lejano, que su conquista sería difícil, sobre las flaquezas del hombre, pero como vivía para morir y alcanzar de nuevo la vida, la campana del acontecimiento le sonaba anunciadora en la entraña. "Me entran como temporales _de silencio percursor_ de aquel silencio mayor _donde son todos iguales". Donde todos no son precisamente iguales, porque sobre el polvo, el barro, el hueso, está lo forjado entre el nacer y el morir: La obra.


"Para mí ya es hora" dice en frase de temblor bíblico, alzada de premoniciones. Y era que al decirla dejaba a un lado la señal de que para él siempre había sido la hora del cumplir, del ofrecer, del intentar. Siempre había estado presente en el minuto clave; en su puesto, alerta, sin sueño ni hambre, pluma, palabra, gesto en ristre. Buscando la patria, haciéndola, elevándola sobre el contorno de la historia, hacia el cielo.

Hoy hace noventa y dos años de su nacer, porque en Mayo hará cincuenta de su muerte. Por aquella divina enfermedad que tuvo, abrasado de fiebre por "la más fermosa tierra que ojos humanos vieron". Porque quiso contemplarla pura en su libertad, generosa y digna. Porque supo arrastar con altivez su cadena de muerte, desgranándola, al final, en eslabones de vida. Por su fallecer sin desfallecimientos, este aniversario de hoy. Y nuestro darle importancia al nacimiento en una mañana sin sol, de un niño, entonces como otro cualquiera.


Feriando libros
Carteles (La Habana) 28(51)86-87; 21 dic. 1947.

(Al fin y al cabo, un libro no es más que una esquina. Una esquina detrás de la que nos escondemos para alejarnos de la vida, en un afán de comprenderla mejor, de buscarle justa perspectiva, de escuchar la encantada voz del silencio lleno de ideas, de penetrantes intuiciones, de verdades maravillosas. Un libro no
es sino una esquina, lugar de intersección de dos blancos muros cubiertos de negros signos, que llevan dentro de su misterio, nada menos que palabras, nada menos que pensamientos; hacia ellos converge nuestra curiosidad, nuestra fatiga, nuestra esperanza. Es, como un refugio, como una trinchera, como un parapeto. Tras ella, en su seguro escondite, vamos aprendiendo lo que es la vida, lo que quiere nuestro corazón. Ni demasiado abierto para que los decires se vayan de uno a otro lado, sin saber dónde quedarse; ni demasiado cerrado, para que no quepa el estilete de la vista. Un poco más de cien grados, para la tranquilidad y el sosiego de nuestro ánimo).

Por eso, por ser así el libro, las ferias de libros, como todas las primitivas ferias, como todos los mercados de feria, suponen una salida al vendedor, un agruparse los materiales afines para obstaculizar el ir y venir de los viandantes, con el buen deseo de llamar su atención y despertar su codicia. Por las ferias no se va jamás en línea recta, sino en la línea sinuosa del atractivo, de lo que nos llama cuando ya pasamos, y nos hace volver, primero, la cabeza; luego, los pasos. Es ver junto, apretado y disperso a la vez, lo que sabíamos existía y lo que no teníamos noticia existiera. Es un acercarse la montaña cuando la montaña supone que el hombre ha extraviado la ruta que le llevaba hacia ella. Como su etimología _a feriendis victimis_ la feria es una quirúrgica herida de intranquilidad, que se abre, calculadamente, en el pecho de

los pueblos o ciudades, no para verla sangrar, sino para infiltrar, por ella, la angustia de la posesión. Está poblada de ruidos, de algazara, y aun de protestas. Nadie acude con un propósito firme, ni un plan determinado. Ya de antemano, a dejarse arrastrar, influir por el ambiente. Y hay muchos que se internan por sus milagrosos caminos, no por lo feriable, sino por la feria, por el espectáculo de sus puestos multicolores, y por el otro, más hondamente humano, de mirar los ojos y contemplar las actitudes de los que compran aun no pretendiendo comprar, de los que nada compran, pero acarician con la mirada llena de anhelo, lo que no pueden hacer suyo.

(El libro se hizo para la mano, como la flor para el pecho, como la estrella para la noche, como la luna para los enamorados. Los libros no se entregan, así como así, a cualquier mano. Puede ser que manos torpes consigan abrir su misterio, desflorar sus páginas, pero no su entrega. Entregarse es otra cosa. Es darse entero, apasionadamente, en el placer y regusto de sentirse dueño y señor, y al mismo tiempo esclavo. Es el no dejar nada ni ahorrar nada, sino lanzarse, para que sólo quede de su poderío un recuerdo maravilloso. La mano del sabio, del verdadero enamorado del libro, es aquella que se mete por sus capítulos como sin sentir, que acaricia sus lomos, que lo cierra y los abre a compás de los sagrados impulsos, como un corazón, llenando de alegría y de ritmo su rumoroso silencio).

Quizás sean estas posturas físicas y mentales de los feriantes y no el curioso conjunto, lo que define y da carácter a una feria. Claro que también la mercadería, y aun quien la exhibe y maneja; pero todo esto parece sintetizarse en el probable comprador, en su peculiar manera de inclinar la cabeza para contemplar lo expuesto, en su sabia manera de aceptar o rechazar, a medias palabras, en su modo _sabio modo_ de calcular lo que se ofrece. Sin embargo, las ferias de libros difieren radicalmente de las ferias al uso. A aquellas acude, por lo general, el entendido, el amante, el enamorado de lo que se va a feriar, mientras que a las ferias de libros van, precisamente, aquellos no habituados al libro, los que se pasan la vida sin el amor y el consuelo de sus páginas. Claro que el bibliófilo acude, pero en tono menor, en tono gris, de comparsa, de expectante observador, de propagandista a lo más, ya que anhela extender su pasión a otros corazones, inquietar, como la suya, a otras mentes. La feria del libro, como ya ninguna otra feria, quiere hacer tropezar, y aun hacer caer a los transeúntes sobre su materia espiritual, sobre sus lomos de quimeras. Cumple el sagrado propósito de salir a la calle y gritarle a la gente que es imposible vivir de espaldas al pensamiento, manejando, acaso difíciles máquinas, y sin alcanzar, siquiera, que en sus tornillos se aprisiona un tremendo problema de sociología. Es, al fin y a la postre, pretender incendiar, muchas, las posibles mentes, con la inquietud sagrada de la poesía, de lo que sólo sirve _como si poco fuera_ para llevar erguida la frente. Es entregar ruido,

para silencio, estrépito para armonía, frivolidad para sensatez.

(Hay libros para todos los gustos, desde los que enseñan a trabajar la madera, hasta los que enseñan cómo se agrupan las estrellas en el lejano cielo de la aparente eternidad. Desde los que nos muestran cómo fueron los primeros habitantes de la tierra, hasta los que nos muestran cómo es posible arrancarle al mundo su dulce aliento lírico. Manuales para el buen hacer, y manuales para el buen pensar. Y sobre todos ellos, libros de poesías, aquellos que de una u otra manera pretenden hurgar en el insondable misterio, en el misterio terrible de la divinidad).

El cambio es asombroso, pero la trata, necesaria. Hay que levantar el grito por el silencio de los libros, para que, luego, en la intimidad del hogar, los libros puedan decir, en su penetrante voz baja, su mensaje directo. Hay que mostrar el libro como objeto artístico, como compañero de belleza, para ir despertando en las gentes, el amor por las bibliotecas. Donde no hay ninguna, o muy pocas, convendría tener una feria del libro permanente con carácter ambulante, no sólo por los distintos barrios de la capital, sino por todas las ciudades, grandes y pequeñas, pueblos y poblados de la República. Hay que interesar al pueblo en la lectura, hay que enseñarle a hablar en voz baja. El hombre que lee mucho, que está acostumbrado a esta tensión, casi mística, de la lectura, que goza con el silente intercambio ideológico que se establece entre el lector y página, no gusta de gritar pensamien
tos. Sabe que los forjó en silencio, en silencio de aprendizaje, en silencio de meditación, y le parece un sacrilegio vociferar lo que brota de tan hondo. El grito, la vana oratoria, callejera, le parece un pecado mortal. En el mejor de los casos es como tirar piedras preciosas al suelo, para contemplar cómo se deshacen contra el pavimento. Mas como nadie desprecia tanto su caudal interior, lo que se tira son piedras falsas, hechas para deslumbrar, con brillo mentiroso, las ingenuas mentes de los auditorios improvisados. No queda constancia. Las palabras se las lleva el viento, pero los escritos permanecen, y ante la insistente responsabilidad de sus ideas, el autor piensa y repiensa mucho, construye, en profundidad y en extensión, el edificio de sus teorías y de sus narraciones. Sabe que nada de lo escrito tendrá rectificación después de publicado. Que ya su obra, independientemente de él, tejerá su labor por sí misma, en el campo cultural del mundo.

(Pero un libro _volvamos a repetirlo_ es una esquina, un rincón de íntima soledad, donde, sin embargo, oímos latir el miocardio de la muerte. Aquel de los sonoros y fríos aldabonazos de la tierra. Todo el mundo, hasta los animales, buscan para morir un lugar caliente, un lugar acogedor que abrigue y ampare. Como la esquina del libro, que nos va advirtiendo de la entrañable verdad, de la postrera verdad, ya sin remedio ni retorno. Y por ello, para ello, nos levanta los ojos, nos estira la figura, nos hace dignos de nosotros mismos).


Por todo esto y mucho más, es urgente que soplemos, a pleno pulmón, el cornetín feriero de los libros. No importa que algunas gentes hasta se tapen los oídos. El rechazar es algo. Porque, después de la tempestad viene la calma, y después de la Feria del Libro se encuentra en posibilidad de cumplir su trascendente misión redencional: Una silla, una ventana abierta, un poco de brisa. Y silencio. El libro está hablando al oído tan sabia y quedamente, que al levantar, luego, los ojos, no anhelamos otra cosa que un poco de orden estético y filosófico, en nuestra humilde y desquiciada vida.

Y leyendo, leyendo mucho todos, el de arriba como el de abajo, el mediano y el inteligente, así se hará.

(Que el libro es una esquina en medio del campo. Y el campo está surcado por un rumoroso arroyuelo, donde se bañan las nubes al pasar, como corderos del azul).


Los misterios
Información (La Habana) 15 agosto de 1951:76.

Sí, henos aquí en los misterios, dentro del gran misterio dentro de la poesía, gracias al libro extraordinario de Fina García Marruz Los misterios, es un capítulo casi final de la obra y quizás ahí cojamos rumbo hacia la salida sin puerta de su íntimo secreto. Mujer al fin. ¿Pero hemos dicho mujer cuando ella oculta el rostro y las manos exquisitas y hasta la mata de su pelo para el
olor de la mañana? Sin firma la mayor parte de este libro podría despistar a los apresurados ya que la morfología femenina ni se da ni se acusa siquiera al borde de las sensaciones. Parece un alma, un alma tan solo desprendida de su carnal envoltura, que vagara suave por el perfil de lo retrospectivo. Quizás un niño o una niña, que poco importa, aún sin decidir el sexo para la pasión por venir, rumbo a las encrucijadas de la mayoría de edad en la marejada del torbellino. Hemos dicho a los apresurados, porque a los otros de ninguna manera, plantada en su feminidad como una ceiba en su señorial sitio. No es preciso recordar el polvo y la ceniza, el ojo que mira desde dentro sin verse ni preocuparse por las arrugas del párpado. Cuando una mujer lo es con la fatalidad de la rosa, el polvo y la ceniza, la vista atrás, el velo de la muerte, el rosa melancólico de los viejos recuerdos, tiene para ella un extraño dejo de amargura y de gloria, de hija y madre que sabe de la maravilla de su regazo capaz de vencer al tiempo con su fruto, de derrotar a la muerte con su trabajo, de perforar la dicha con la leche dulcísima de sus pechos. Cuando una mujer lo es por encaje divino llora acaso por sí, pero canta por los otros, puente extraordinario entre dos generaciones, razón de continuidad para el progreso del mundo. Hija y madre. Amante y madre. Esposa y madre. Madre e hija, para volver a comenzar la faena. El amigo Freud supo muy poco de estas cosas con ser el primero y descubridor de ellas en el mecanismo anímico de la razón, y que no se asusten los entendidos. Un poco de literatura médica para ser justo: incluso de buena literatura,

pero sin poesía y en la poesía está la verdad porque en la poesía vive el misterio y la adivinación de su curva.

"Antonio Machado, siempre que pienso en ti me viene esta palabra `hombre' y esta otra `pobreza' ", nos dice en carta inolvidable el gran poeta español, resaca en playa abierta por maldad de las luchas. "Mira a ese hombre, ¡oh Dios!, recostado en la piedra sobre su brazo echado", nos dice en los "Versos para un dormido", de tersura inigualable. Mira ese hombre. No el hombre para el amor sino el Hombre-Hijo aquel que se puede mirar entre los brazos tiernos y hacia arriba, en la admiración del propio milagro, cruz de amor para toda la lluvia de la primavera. Maravillosa serenidad ante la muerte, ya que las madres no mueren jamás en la vida de los hijos ni en la raíz de estos por los siglos de los siglos. Pero nunca una alusión directa, un toque brusco, sino en el sentido profundo, eterno, fatal de las cuatro estaciones y los dos sexos por gracia del Altísimo. Hay que matar a aquellas poetisas que comerciaban con su coquetería, que vendían su alma al mejor postor de la fama, que lloraban por la noche la compañía del varón ausente. La mujer poeta, poeta de verdad, austera calma, no juega con la aurora de su cuerpo, ni con sus ansias. Sacerdotisa de lo perenne tiene entre las manos algo más alto para elevarlo en la canción, para mostrarlo a los vecinos, para perpetuarlo entre los extraños. Y así, de este modo puro e inefable, Fina García Marruz redobla sus callados gestos para una armonía de pasado que nos invade y nos contagia, que nos arrastra y nos con
vence, ejemplo sin truco ni mentira, verdad poética por los cuatro cuadrantes para las huellas y los rastros.

Quizás convenga que, algún día, se estudie esta situación de la mujer ante la muerte y el pasado, ante la sombra del padre ido, manos vacías y llenas, sin nadie y con alguien, remoto trepidar de generaciones. Entre tanto es posible que vengamos a doblar la rodilla ante esa agua de espejo que no llora ni se lamenta, pero guarda fiel el contorno querido. Rubén, por hombre, escribió un día aquello de "no saber a dónde vamos ni de dónde venimos". Con fe y sin ella, ninguna mujer, y menos Fina García Marruz, escribiría esto, prisionera de dos mundos, sin hoy y con un mañana casual de su pasado sabedora por feminidad sapiente, dónde dobla el recodo de esta vida, dónde somos nosotros en sí y en los otros por las entrañas de la mujer.

Ya de noche. Noche azul con nubes blancas para los agujeros de las estrellas. (El crítico asomó la oreja pero fue felizmente vencido por la poetisa). Perdida la mirada en torno vago me quedo en mí paseando por mí mismo. Casa en su casa, por la causa suya.


Carácter de Martí
Información (La Habana) 14 jul. 1954:48.

No cabe duda de que el prejuicio es un arma de dos cortes, de origen pseudoinstintivo, que anda por ahí metida en la carne de las gentes. Mala, en

muchas ocasiones; buena, en algunas, ya que previene sin pensar demasiado, como el ojo se cierra ante la brizna que nos impulsa el aire. El caso es que un día cualquiera habrá que escribir el "Elogio del prejuicio", y hoy debo confesar que yo tengo un claro, rotundo, categórico prejuicio contra los martianos que revista a folleto o libro [sic] van arañando sobre la delicada piel de su mágico recuerdo. Contra todos, no, que hay varias clases de martianos como hay rosas diferentes. Los que se acercan a Martí para aprender de él tan solo palabras y pensamientos con que tupir al pobre pueblo en el agobio arrebatado de los discursos políticos. Los eruditos de pie plano y por lo tanto de columna vertebral descompensada, incapaces de un solo adarme de rebeldía cívica, que buscan en las páginas de Martí un modo de pensar por cuenta ajena y de nombrarse a costa de su sombra. Los románticos, que se van a él del mismo modo que el río va hacia el mar, atraídos por la fuerza inexorable de su vuelo místico. Como es lógico me quedo únicamente con los últimos, almas estremecidas de entusiasmo, fervorosos espíritus que buscan en el mártir de Dos Ríos la enseñanza de todos los días, las palabras de todas las horas, la conducta de toda su vida. Sus estudiosos trabajos sobre el Apóstol podrán llegar o no llegar a las alturas literarias óptimas, pero siempre se encuentra en sus líneas un temblor del ánima, un entusiasmo sin medida, una ejemplarización candente que les muerde la sangre en busca de un sendero mejor para su Cuba. Rosario Rexach de León es un alto ejemplo de estos atribulados corazones, con la ventaja de
su tensa y certera prosa, de la rezumada pasión de su temperamento, de la serenidad de una clara cabeza pensante bien nutrida de honda filosofía. Y no hay contradicción en estas dos características, ya que por la Historia pasan y pasan temperamentos afines: Nietsche por ejemplo.

Conocí intelectualmente a la profesora Rexach a los postres de un banquete en el PEN Club, hace ya algunos años. No recuerdo lo que discutía, pero lo que sí sé es que después de haber agotado quizás el tema, después de haber dicho, unos y otros, todo lo que al parecer podía decirse, tomó la palabra la doctora Rexach, y dándonos una sabia lección de síntesis, de ejemplar comprensión sobre el asunto, lo puso en su indudable centro, lo llevó a su máxima altura con una seguridad y valentía que me produjeron una íntima impresión que no se me fue de la memoria. El carácter de Martí y otros ensayos que le acaba de publicar la "Comisión Cubana de la Unesco", participa de aquellos rasgos primeros que bulleron jubilosos aquella noche lejana. Un irse al toro desde las primeras palabras, un entrarle al tema desde las primeras líneas, un no dejarlo después, sin rodeos ni evasivas, mano a mano, como si todo fuera poco para extraer el agua milagrosa de la pura esencia entrañable. Y es curioso. Y es edificante. Rosario Rexach no está a gusto, a placer dentro del tema martiano. Aunque no hace referencia a la realidad republicana, se le nota la indignación, la rabia contenida y sabia al mirar en derredor mientras dice lo que dice, mientras piensa lo que piensa, mientras explica el alcance del

carácter de la educación y de las ideas de aquel prócer que se pasó la vida gastándosela en favor y gloria de la patria. No es la amante que se entrega sino la amante que sufre. La mujer, al fin y al cabo, que contempla el mundo, su mundo de su tierra, y no la ve como debiera para la alegría y el bienestar de sus hijos. Y aún más. La profesora de filosofía, que como ella misma advierte, resulta profesión de alta, verdadera política hacia la felicidad del porvenir. "El primer trabajo del hombre es reconquistarse", copia de Martí. Y se la ve, transparente, cómo se reconquista a ella misma, cómo busca su logro y su complacencia en el descubrimiento de aquel puro valor que marchó hacia la muerte tan solo porque no dijeran, por reconquistar, para él y para su causa, la gloria justa que le pertenecía.

Los tres ensayos se complementan mucho más de lo que la autora pudo suponer al escribirlos en tiempos diversos. La postura era una, y una la tímida agitación ante el ejemplo extraordinario. El meditar de la mujer es siempre un exquisito bordado de aguja bien fina e hilo delicadísimo, y de este modo los trabajos de la doctora Rexach nos descubren,
sin aspavientos, por la sola comunión espiritual, facetas que nunca se habían puesto de relieve tan bien trabajados y cosidos. Es el carácter del político y del hombre de letras, y del filósofo que hay en Martí, los que se aparecen sin vestiduras, desnudos, en su soledad, en su vigor increíblemente certeros. Una órbita precisa y matemática en un cosmos deslumbrante de auténtico elegido, los que se nos muestran perfilados, netos, delante de la luz, y a contraluz de la Historia. Para que los pequeños rasgos fisonómicos no distraigan y uno pueda gozar, ser a la par de aquel que alimentará, por siempre los próceres impulsos de su pueblo.

Quien ande lejos de Martí, quien corra sin nada dando tumbos por los ires y venires de la patria, debe leer, estudiar, aprender de memoria estos tres ensayos. Después se sentirá otro. Que no es letra muerta la que se maneja, sino el hombre, el artista, el patriota de pie sobre su tumba, en espera de que la patria encuentre, por fin, el camino. Aquel soñado, pulido, dibujado camino que José Martí fue escribiendo, para la posteridad, entre las oscuras melancolías de su existencia.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002