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¡Upsalón,
Upsalón! Una universidad en el Paradiso1
Francoise Moulin Civil
Universidad de Paris X-Nanterre
Para
Ana Ambrosio
Frente
a una novela tan totalizado
ra, tan abarcadora como Paradiso,2 toda lectura no puede ser sino
relectura parcial o fragmentaria y, muchas veces, dialéc-
tica. De entre los múltiples "cajoncitos"3 de la
novela lezamiana que quizás puedan registrarse todavía,
Upsalón aparece no tanto como un tema inédito o simplemente
lateral sino, más bien, como una materia codificada y significante
que merece, por tanto, ser descifrada en cuanto objeto autónomo.
La
presencia de Upsalón en la novela pasa de la mera necesidad;
dicho de otro modo, y si se acepta el carácter paradigmático
de Paradiso, no constituye solamente un hito más en las andanzas
y en el devenir de José Cemí. Al contrario, desde
su aparición en el relato, la universidad habanera cobra
cuerpo, traspasa los límites del marco anecdótico,
dejando de ser un simple espacio de referencia, para convertirse
en algo que se juega en la ficción y que se opone, de manera
rotunda, al espacio familiar: oposición que es también
complementariedad.
En
efecto, el relato puede ser leído como una crónica
individual o, más precisamente, como una crónica familiar
cuyo centro se plasma en la educación de un joven, en La
Habana, en el primer tercio del siglo xx.4 Este destino particular
se inserta en una historia colectiva, la era republicana, cuyos
contornos _bien se sabe_ apenas se esbozan en la novela. A pesar
de la dispersión narrativa debida a la multiplicidad de las
voces y de las secuencias, a la proliferación de relatos
engarzados, a la ausencia de cronología fiable, a la discontinuidad
espacial y temporal, etcétera, parece ser que el eje de la
novela lo constituye una entidad imperante: la familia.
Como
se ha dicho y mostrado, la familia es, a la vez, objeto de la crónica
y sujeto, soporte de la acción tanto como ordenamiento del
discurso. Célula compacta y unitaria, traduce textualmente
mediante metáforas de la densidad y de la confluencia.5 Por
cierto, en varias partes, el narrador habla de "dinastía
familiar", de "ese familiar tejido pulimentado",
de "núcleo familiar", por fin, de "castillo
familiar" (pp. 180-181): una serie de imágenes que insisten
inequívocamente en la dimensión autárquica
bastante estable de esta como médula.
Otra
figura viene a subrayar su carácter homogéneo y armonioso,
aquella,
perfecta
y clausurada, del círculo, recurrente en el texto.6 Como
se ha dicho también, la familia, en Paradiso, se presenta
ante todo como un orden, un modelo que funciona a partir de un código
interno, una suerte de mitología doméstica muy fuerte
que rebasa el simple folklore o una aparente conveniencia y lleva
a sus miembros a elaborar un léxico propio vinculado a la
historia ancestral.7
Además
la unidad familiar viene cimentada por una sólida genealogía
femenina. La Abuela Munda, la Abuela Mela, Doña Carmen Olate,
Augusta, Leticia, Rialta, forman una línea matriarcal que
se impone como guardiana del pasado, garante de las tradiciones
y protectora de los miembros que componen la familia. Para emplear
una metáfora, se podría decir que esta matrilinealidad
se proyecta en imagen umbilical de la fijeza, del arraigo pero también
de la cohesión. La célula familiar dicta leyes y normas
de comportamiento de las que algunos personajes escapan, intentando
quebrar lo cerrado del círculo doméstico. Mas cabe
subrayar que la excentricidad misma de esos personajes no hace sino
formar de nuevo o reforzar la imagen del centro.8
Para
José Cemí, la familia funciona como doble unidad:
afectiva pero también espacial y temporal. De manera esquemática,
llega a confundirse incluso con la casa. Punto de origen así
como punto de anclaje, la casa es el lugar del que José Cemí
sale difícilmente y al que no deja de regresar, un espacio
privado, íntimo, del que su madre Rialta, heredera de las
mujeres y de los valores que
la han precedido, constituye el exacto centro de gravedad.9
Estas
breves rememoraciones no sirven sino para mejor enfocar el sitio
ocupado por los demás espacios de la educación. Ora
de manera latente, ora de manera explícita, emerge de un
discurso de reticencia con relación al sistema escolar institucionalizado,
visto como mundo exterior al círculo familiar. De esa renuencia
se puede inferir un proceso de legitimación de la familia
en cuanto proveedora de saber pero también un signo de recelo,
de aprensión frente a la libertad que engendran la frecuentación
de la escuela (o de la universidad) y la adquisición de un
saber fuera del marco doméstico.10
Las
estructuras del sistema escolar están ampliamente evocadas
en la novela. De cierta manera se constituyen en vector, en resultante
de la ficción ya que, a nivel de los acontecimientos, la
historia de José Cemí se confunde con las etapas vinculadas
a sus estudios, desde la primera escuela que frecuenta, en el mismísimo
campamento militar donde vive (así apenas se trasgrede el
círculo familiar), hasta la Universidad de La Habana que
recibe, en la novela, el sugestivo y quizás sorprendente
nombre de Upsalón. Es a este espacio preciso al que voy a
limitar las reflexiones que siguen, ciñéndome en particular
al capítulo IX, "upsalónico" por antonomasia.
Desde
un punto de vista familiar como desde la perspectiva individual
de José Cemí, la universidad aparece, desde las primeras
páginas del capítulo, como un
espacio
desestabilizador. En efecto, la apertura del curso, tal y como está
relatada, coincide con el estallido de revueltas estudiantiles en
las que se reconocen de manera patente las manifestaciones antimachadistas
de los años veinte y treinta y, por efecto de un anacronismo
muy lezamiano, las que se produjeron en los años cincuenta
contra Batista. Esos alborotos le ofrecen al relato un terreno favorable
a la expresión conjugada del miedo del estudiante José
Cemí y del ansia materna:
Cemí
llegó a su casa con el peso de una intranquilidad que se
remansaba, más que con la angustia de una crisis nerviosa
de quien ha atravesado una obscuridad, una zona peligrosa [...]
Al toque en la puerta de su casa había acudido Rialta, que
lo esperaba sentada muy cerca de la puerta, ansiosa por ver llegar
a su hijo. Con ese olfato típicamente maternal, se había
dado perfecta cuenta de que su hijo acudía a la inauguración
de las clases en Upsalón y que el curso comenzaría
con algazaras y protestas, pues los estudiantes cada día
iban penetrando con más ardor en la inquietud protestaria
del resto del país (p. 244).
Si
bien se trata aquí de una circunstancia extrema, se trasluce
claramente el sentido del fragmento. El exterior es, según
reza el texto, una "zona peligrosa". Sin ninguna ambigüedad,
reconocemos aquí, en el significado literal (pero también
simbólico) de la escena, una situación estereotipada
de cuyo sentido se ha apoderado el psicoanálisis: regresar
a casa, pasar por la puerta, equivale a volver a la madre y,
de cierta manera, volver ad uterum. Fuera de casa, no hay salvación.
Fuera de la madre, ninguna protección.
Al
mismo tiempo y, a pesar de las obstrucciones familiares _que conviene
considerar más como defensas que como impedimentos verdaderos_,
se percibe la universidad como un espacio de libertad y de iniciación.
Muy significativamente, Upsalón, en la visión inaugural
que se le ofrece al lector, viene metaforizada en plaza pública,
abierta, detentora por consiguiente de posibilidades infinitas.
Dicha evocación del sitio encabeza, no por casualidad, el
capítulo IX:
La
escalera de piedra es el rostro de Upsalón, es también
su cola y su tronco [...] todos los estudiantes prefieren esa prueba
de reencuentros, saludos y recuerdos. Tiene algo de mercado árabe,
de plaza tolosana, de feria de Bagdad; es la entrada a un horno,
a una transmutación en donde ya no permanece en su fiel la
indecisión voluptuosa adolescencia. Se conocen amigos, se
hace el amor, adquiere su perfil definitivo el hastío, la
variedad (p. 237).
Lo
que sugiere aquí el narrador acerca de Upsalón no
dista mucho de las conclusiones de Bajtín en su evaluación
de la cultura popular y de mediatización literaria;11 en
el ensayo que el formalista ruso dedica al tema, tal como en este
capítulo, la plaza pública, vista precisamente como
zoco abigarrado, se manifiesta como el lugar por excelencia del
encuentro, de la concurrencia,
de
la promiscuidad, como el lugar que promueve la abolición
de las distancias, que da rienda suelta a los intercambios verbales,
incluso sacrílegos, como el lugar, en fin, el carnaval.
Todos
estos elementos enunciados caben en las páginas muy centrales
dedicadas a Upsalón. En la universidad, José Cemí
va a encontrarse de nuevo con Fronesis y conocer a Foción;
en ella, la muchedumbre estudiantil lo invade todo; en ella, se
van a infringir tabúes, tocar temas reprobados, censurados
(el, desde luego, de la homosexualidad); en ella, por fin se ingresa
en ese "horno" del que habla el narrador y que no es sino
el espacio algo infernal del rito iniciático y de la irreverente
profanación.
Más
que todo, se impone en el capítulo la escena del desfile
carnavalesco que pasa por Upsalón. Esta escena, logrado contrapunto
del capítulo VIII, que tiene a la par algo de los misterios
paganos y de las banales, funciona como remate simbólico
y apoteosis del capítulo IX (p. 288-289).12 Recordémoslo:
en medio de la calle avanza un carro señoreado por un enorme
falo. En ese momento, el relato se adentra en un amplio rico campo
léxico a partir de la forma misma del falo y de sus dos implícitas
propiedades: la potencia sexual y la potencia fecundadora. A los
substantivos y adjetivos que lo nombran sin rodeos ("glande",
"rabo fálico", "punta de falo"), se agregan
giros perifrásticos metafóricos ("casquete crónico",
"espiral ascendente", "balano", "tiburón",
"aguijones", "lanzas", "serpientes",
"cuernos", "extensas trompetas") y, por
fin, una serie de verbos de sentido figurado pero inequívoco
("devorar", "penetrar", "golpear",
"clavar", "enredarse"). El carácter profano,
grotesco y transgresivo de la escena se concreta, al final, en algo
que el relato sólo ha sugerido hasta allí. Las palabras
"coronilla", "casas", "círculo",
"boca abierta" pregonan a las claras el objeto/ objetivo
apuntado por el falo:
Formando
como la cara de la carroza, una vulva de mujer opulenta, tamaño
proporcionado al falo que conducía la carreta, estaba acompañada
por dos geniecillos que con graciosos movimientos parecían
indicarle al falo el sitio de su destino y el final de sus oscilaciones
(p. 289).
De
ahí que Upsalón, teatro de esta escena, cobre los
valores ya mencionados de apertura y de aprendizaje, sobre todo
de oposición desenfrenada, subversiva, al orden genésico,
moral, cerrado y jerarquizado de la familia. Sin descartar la idea
de que el narrador se haya propuesto socarronamente establecer vínculos,
por lo menos fónicos, con alguna letra griega, épsilon
o ípsilon, con alguna referencia bíblica, con alguna
novela de Faulkner o, más seguramente, como lo dijo Cintio
Vitier, con Uppsala, la famosa universidad de Suecia, Upsalón,
en Paradiso, se muestra más bien, a la luz de este capítulo,
como el lugar a la vez concreto y simbólico de la transgresión
de un orden (ley o modelo) establecido y desacralización
de la autoridad: un fulgurante destronamiento.
En
la novela, familia y universidad no son tiempos sucesivos sino concomitantes,
incluso
competidores, dos espacios, menos herméticos de lo que parece,
ya que, a la manera de vasos comunicantes, José Cemí
sabrá sacar su substancia de la una y de la otra. Las dos
entidades funcionan como metáforas del interior y del exterior.
Pero su incesante confrontación permite la emergencia de
una figura positiva, la de José Cemí.
Paralelamente,
la familia remite a una imagen del orden, de la estabilidad mientras
que Upsalón realiza una disolución de este orden por
la apertura hacia fuera que propone y la atomización que
impone. Organización vs dispersión: el antagonismo
hace claramente hincapié en una dialéctica del centro
y de la periferia. Dicho de otro modo, del núcleo familiar,
José Cemí, mediante Upsalón, ha podido y sabido
franquear las fronteras. El binomio familia / universidad asume
entonces una manifiesta función simbólica. Resulta
ser, en la economía general de este texto, la metáfora
de un cuerpo bipartito cuyas mitades se excluyen o se devoran. En
este proceso de exclusión-ingestión, el vencedor es,
sin lugar a dudas, la figura del aprendiz, del iniciado, José
Cemí.
En
última instancia, estas palabras conclusivas no descartan
una lectura socio histórica del tema y, por ende, una interpretación
ideológica. El antagonismo, que se acaba de evocar, ora exacerbado,
ora latente, es revelador de otro, más subrepticio: tanto
Upsalón, en la novela lezamiana, como la universidad, en
la historia cubana del siglo xx, resultan ser los motores de una
rebeldía juvenil creadora. Se puede recono
cer, en este doble conflicto, las aprensiones de una burguesía
cubana que asiste friolera e impotente al desarrollo de los movimientos
estudiantiles y comprueba la aparición de una revuelta tangible.
La cohesión familiar que a pesar de todo ostenta dicha burguesía
bien puede ser la máscara y la respuesta de una estrategia
de clase que se impone el deber de frenar, cuando no de aniquilar,
la emancipación de sus hijos.
Notas bibliográficas
1 Se
leyó esta ponencia en el Coloquio Internacional, "Paradiso:
30 años de un mito" (La Habana, 26-30 de junio de 1996),
que se organizó bajo auspicios de la Casa Lezama Lima y del
Instituto Cubano del Libro. A la actual directora de la Casa-Museo
de la calle Trocadero, entrañable amiga, van dedicadas estas
páginas. Elegí este título más por juego
que para establecer inciertos vínculos con la conocida obra
de William Faulkner (Absalón, Absalón). Ahora sí,
debe de tomarse al pie de la letra: la repetición quiere
recalcar la posición central, llamativa, "advocativa"
de Upsalón en Paradiso.
2 Lezama Lima, José. Paradiso. La Habana : Ediciones Unión,
1966.
Citaré
por la edición de Julio Cortázar y Carlos Monsiváis.
México : Era, 1968.
3 La
palabra es, desde luego, de Emir Rodríguez Monegal, "Paradiso:
una silogística del sobresalto". En: Lezama Lima / ed.
de Eugenio Suárez-Galván. Madrid : Taurus, 1987.
(En
la Revista Iberoamericana, XLI, 92-93, julio-diciembre 1975, pp.
523-533): "[...] una novela de cajoncitos en que cada compartimento
ofrece la sorpresa de una totalidad miniaturizada del cosmos"
(p. 79).
4 Dolores
Nieves Rivera sitúa el relato entre las fechas de 1894 y
1930 (Para una aproximación a Paradiso. Universidad de La
Habana. Revista (221):25-33; 1983).
5 Bien lo vemos aquí: "[...] las dos familias al entroncarse,
se perdían en ramificaciones infinitas, en dispersiones y
reencuentros, donde coincidían la historia sagrada, la doméstica
y las coordenadas de la imagen proyectadas a un ondulante destino"
(p. 70).
6 Lo comprobamos, por ejemplo, en este fragmento: "El cuadrado
formado por Rialta y sus tres hijos se iba trocando en un círculo.
Hicieron los infantes un pequeño movimiento para darle entrada
a la madre, afanosa de llegar a esa isla, apoyada en un círculo
cuyos bordes oscilaban [...]" (p. 174).
7 El
trozo siguiente lo muestra a las claras: "José Cemí
había oído de niño a la señora Augusta
o a Rialta, o a su tía Leticia, decir cuando quería
colocar algo sucedido en un tiempo remoto y en lugar lejano, [...]
comentar cosas de cuando la emigración, o allá en
Jacksonville. Era una fórmula para despertar la imaginación
familiar, o esa condición de arca de la alianza resistente
en el tiempo, que se apodera de la familia, cuando conservando su
unidad de cercanía, se ve obligada a anclar en otra perspectiva,
que viene como a tornar en mágica esa unidad familiar [...]"
(p. 49; el subrayado es del autor).
8 Sobre
este tema preciso, véanse las conclusiones de Maryse Renaud,
"Aproximación a Paradiso: viaje iniciático y
epifanía del sentido", en Coloquio Internacional sobre
la obra de de José Lezama Lima, Poitiers, Centre de Recherches
Latino-Américaines / Madrid, Fundamentos, 1984, II, pp. 63-72
(en particular , p. 65).
9 A
su propósito, el narrador entrega este anticipo: "Al
paso del tiempo sería el centro sagrado de una inmensa dinastía
familiar" (p. 227). Si hiciera falta otra prueba del carácter
central de la madre, bastaría quizás este otro ejemplo
(aunque concierne a otro personaje): "[...] nada hemos sabido
de la morada de su madre, y eso lo convertirá en un argonauta
permanentemente errante y excéntrico [...]" (p. 390).
10
Esta reticencia se inscribe en un tema más general que es
el miedo a lo exterior. Se recordará la reacción de
Augusta frente a la primera salida nocturna de su hijo Alberto:
"No deseo que él [su padre] sepa nada de esa noche de
su hijo, querría luchar contra ella, contra ese imposible
que es la primera noche pasada fuera de casa por un muchacho. Querría
ir hasta la hoguera del diablo y allí sacrificar a su hijo"
(p. 112). Naturalmente, el remedio parece desmesurado comparado
con el mal. Pero resulta bastante significativo que el castigo proyectado
sea tan draconiano y ancestral. La reacción materna más
se asemeja al cumplimiento de una postura colectiva que individual.
11Cito
por la edición francesa: Bakhtine, Mikhail. L'oevre de Francois
Rabelais et la culture populaire au Moyen Age et sous la Renaissance
/ trad. del ruso por Andrée Robel. París : Editorial
Gallimard, 1970.
(1ª
ed., 1965).
12
Esta evocación carnavalesca encarna, por así decirlo,
el sueño que acaba de hacer Cemí, en su noche asmática,
a partir del relato de Suetonio. (p. 248).
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