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Poetisa y ensayista
Gabriel García Márquez se ganó su nombre y
apellido completos al terminar Cien años de soledad, que
lo sacó de la suya para hacerse acompañar de la admiración
de dos continentes. Después de los tres grandes maestros
de la novela americana _Guiraldes, Gallegos, Rivera_ un desenfado
y una gracia nuevas venían a enriquecer aquella primera identificación
de lo americano con una naturaleza de llano, pampa o selva devoradoras,
con su habitante atravesándola en una búsqueda inacabable.
Desde el Güegüence el habla de América no se había
atrevido a tamaña sonrisa y travesura. Consciente de su diferencia
frente al empaque de lo dominador europeo, lo dominado se vengaba
disfrazándose, yendo más allá, volviéndose
impenetrable. Lo burlado se volvía burlador. Y un paisaje
anterior a la conquista se escapaba de ella con auténticos
papagayos liberales, tibores de oro y serpientes benignas, telón
de fondo de coroneles retirados al margen de toda razonable historia.
El exotismo, de que quiso la mirada europea revestir lo autóctono
americano, la mezcolanza "bárbara" de refinamiento
y atraso de nuestras tierras, no probaba a negarse o sustituirse
sino a hiperbolizarse, con rejuego de doble raíz irónica.
La imaginación del novelista parecía invertir la situación
real histórica y lo "real americano" no era la
recepción de otra cultura sino que irrumpía dentro
de ella para desconcertarla y perderse en la floresta del desconcierto,
como quien gana tiempo. Como Scherezada, escapaba de la muerte contando
una historia incompleta que requería ser continuada por un
día más, oponiendo a la locura real que lleva a la
muerte la fantástica que otorgaba vida. Se trataba de la
incoherencia hilarante propuesta ante lo que llamó Ramón
"la seriedad de burro de lo real". ¿Una reacción,
entonces, o un acto libre? ¿Una americanidad he-cha de retazos
prestados, o una americanidad diferente? Sin duda, una genuina americanidad,
valiéndose de la asimilación y contrastación
con una cultura distinta para mejor dibujar su propio relieve. ¿Es
este, sin embargo, su acierto mayor o el de una soterrada poesía,
que ya ni se burla ni es burlada?
En sus relatos, siempre un extraño venido de afuera llega
para trastornar la costumbre, la rutina gruesa de los días.
Es el ángel viejo que cae dentro de un gallinero o es el
pueblucho al que llega el ahogado más bello del mundo. Un
deseo recóndito, pudorosamente escondido, alza de pronto
el vuelo entre sus páginas, y Remedios la bella se alza para
quedar para siempre suspendida ante los ojos descreídos.
El señor muy viejo con unas alas enormes no es ya aquel joven
ángel herido, que en el relato de Nervo no puede caminar
por las calles sin lastimarse los pies, y es acogido por unos niños,
a los que enseña a trepar en vuelo por los árboles,
haciéndolos desinteresarse por sus viejos juegos, al punto
que la niña, cuando el ángel, ya sano y curado, vuela
de nuevo, se entristece hasta perder la vida, y es llevada por él
definitivamente a los cielos. El ángel del cuento de Nervo
es el de las postalitas infantiles, el ángel de la guarda
en que creyeron alguna vez los niños. El señor muy
viejo de las alas enormes no es tampoco el ángel vanguardista
de Joaquín Pazos, el nicaragüense, pretexto de la fabulación,
pretexto de arte, como los ángeles cubistas del Alberti de
"Sobre los ángeles", sólo ángel ya
para la crecida hombría de unos artistas imaginativos. ¿Quién
puede creer seriamente en los ángeles sino los niños
y los poetas? Pero el ángel de "Un señor muy
viejo con unas alas enormes", no es ya ni la infancia del ángel
ni el de su edad madura: ha caído en medio del ya general
descreimiento, pero lo que vuelve al relato más insólito,
es que se trata de un ángel real a pesar de que ni siquiera
el autor en él cree. Un ángel que cobra total independencia
de los propósitos burlescos del novelista o su gusto por
crear situaciones insólitas. Un ángel triste, de alas
enormes, que al fin remonta el corral de gallinas y vuela, verdaderamente.
No tiene el novelista página de más conmovedora belleza,
página más "trascendida", puesto que escapa
a la voluntad misma del autor, que, desde luego quiso crear "esa"
historia, pero como otra más de ficción, sin acaso
notar que al alzar el vuelo el ángel le dejó entre
las manos y las nuestras, algunas reales plumas grises. Es el soterrado
poeta que dejó atrás el singular novelista. Acaso
esas páginas guarden su secreto mejor guardado, por el mismo
inadvertido. Y es lástima que al llevar el cuento al cine,
el deseo de prolongar su exacta dimensión breve, haya llevado
a cineasta tan inteligente como Birri _que hizo por cierto una inolvidable
actuación_ a prolongar innecesariamente la grotesca y nauseabunda
feria, elemento de contraste al que sólo excusa la prisa
del ángel por abandonarla, haciendo pasar a un segundo plano
el primero, el del encantado encuentro del niño con el ángel,
único destinatario, o el acierto final del estupor en que
las lágrimas de asombro verdaderas se confunden con el olor
fuerte de las cebollas, en escena de aroma del todo quijotesco,
mientras el ángel planea, y asciende, victorioso y potente,
sobre los descreídos techos grises de las casas, entre música
de grandes giros extasiados.
Se trata en verdad de un gran tema revolucionario, de un gran tema
que acaso no exploró del todo el filme de Birri al darle
más extensión a la repugnante y cansadora feria. El
tema del gran hombre (el Che, Roque Dalton) que cae de pronto en
un charco y pasa así de la historia a la leyenda, como remontado
vuelo. Pero quizás fue preferible no subrayarlo para no caer
en un magro simbolismo empequeñecedor después de haber
hallado el breve y superior lenguaje, que señalara en Whitman
Martí, de la sugerencia y la profecía.
Pero no es este relato el que ha dado fama a García Márquez,
sino su gran novela Cien años de soledad, verdadero acontecimiento
literario con el que, una vez más, le ha quitado toda pesantez
a ese género autónomo, pero que ha de salvar secretamente
la poesía, para no quedar en invento o crónica de
pasajero entretenimiento y lograr el salto inmortal de una obra
maestra.
Pero he aquí que ni el mismísimo Cervantes pudo repetir
el acierto del Quijote, que llegar a la fama es, paradójicamente,
no poder seguir nutriéndola, como parejo alimento. La fama
y la gloria son como dos hermanas gemelas de muy distinta condición.
Si la gloria es tan delicada que no perturba el sueño de
los vivos y prefiere llegar al de los muertos, la fama es vocinglera,
efímera, perturbadora por excelencia, tan indiscreta como
discreta la primera, tan fastidiosa como la otra encantadora. La
gloria visita a todo artista, a todo poeta que ha logrado al fin
esa "cosa de belleza" que al decir de Keats, es "alegría
para siempre". Gozo de crear que sintió el primero,
el Creador por excelencia, cuando, según el génesis,
vio que todo estaba "bien hecho", lo que no ha de confundirse
con la vanidad, ya que es su antípoda. La fama en cambio,
es vanidosilla, engríe y levanta por encima de los otros.
En tanto toda gloria es secreta, como lo es el acto de amor, a la
fama le encantan los titulares y las fotografías. Mortifica,
aun cuando quiere honrar, tanto como la gloria acompaña,
aun cuando no está.
A García Márquez le han llegado la fama y la gloria
juntas con el Nobel dado a sus Cien años..., y si con la
segunda ha podido hacer fiesta en su Acatacana natal, y nos ha dado
alegría a todos los americanos, vueltos parientes suyos,
la primera no ha dejado de perder su costumbre de mortificar y encender
recelos. Cualquier otra novela que escribe después, no se
salva del comentario insidioso: "Pero es inferior a sus Cien
años de soledad..." y lo que es peor, el mismo autor
tiene clavados en la nuca esos ojos de la fama, cuya mirada es más
implacable que la de una conserje francesa apremiando por un pago
incumplido. Los ojos de la premiada esposa reconocida lo vuelven
adúltero que buscase amante nueva. Si escribe algo semejante,
el insidioso insinúa: "Se repite...". Si intenta
algo distinto, el novelista sin éxito acota que el tema del
dictador hispanoamericano está "ya del todo gastado".
"Primero Tirano Banderas de Valle Inclán, luego El señor
presidente de Asturias, El recurso de Carpentier, Yo, el Supremo,
de Roa Bastos... ¿Pero es que en América no hay más
que dictaduras, o más dictadores que revolucionarios?".
Y si incursiona en el "fiction" de misterio, "¡Ah,
todo eso está mejor en el viejo Hemingway!". Claro que
reconoce que "está muy bien escrita" su última
novela Crónica de una muerte anunciada, pero "¿a
quién se le ocurre anunciar el final y dar el tema en el
título?". Finge así no advertir lo audaz del
reto mismo ni su sobria renuncia al lector que prefiere sumergirse
en la penumbra clandestina del cine o leer la novela para que lo
"sorprenda" una muerte de la que faltan como cien páginas
para conocer al culpable.
Sin embargo, es justo reconocer que después de los Cien
años
, la soledad precisa de nuevas compañías,
el autor necesitaba recorrer nuevos caminos para no caer en el plagiarse
a sí mismo, reto tanto más difícil cuanto lo
suyo no fue el laborioso fruto de una experimentación literaria
sino del inesperado encuentro de la picaresca con la gracia, la
menos repetitiva de las criaturas. Cervantes buscó con los
trabajos de su Persiles parejo alejamiento del solar natal de su
escritura: esa alquimia interna se vuelve a veces necesaria para
la secreta gestación, no de un "regreso", pero
sí de una segunda "salida" de sus más inspiradas
criaturas. Y por cierto que más de una vez se le ha recordado
a García Márquez que los grandes novelistas lo son
de una sola novela _idea que el ciclo de Balzac, de Pérez
Galdós, ¿pero es Galdós un gran novelista?
Sí, claro que lo es, pero sobre todo el genio de
Dostoyewsky parece desmentir copiosamente. De todos modos, debiera
ser halagüeña para el autor compartir esa mengua con
un Cervantes, pero no lo es, ya que encubre en algunos exigentes
esa actitud pueril con la que el niño pregunta a su madre
por qué no hay dos torres de Pisa. Creemos que la imparidad
no se ha de pagar con la muerte, por lo que nos alegró saber
que emprendía García Márquez una nueva aventura
narrativa, salvando tan difíciles escollos. Es de esta última
novela que esperamos no será la última, de la que
vamos a tratar.
Desde que vimos el título El amor en los tiempos del cólera
en su bella portada azul claro, el laminado dibujillo del niño-amor
griego, travieso y flechador, ya sabíamos que el autor había
vuelto a tomar "el toro por los cuernos", como dicen en
España, en esa tauromaquia que es también el arte
de novelar. Y presentimos, comprobándolo luego, que iban
a estar en fila de nuevo todas sus virtudes: no sólo la maestría
narrativa, sino el humor invulnerable. Sus variaciones violinísticas
sobre el amor y la muerte irían a dar a un espacio transformante
_¿no es esto ya de entrada signo de una americanidad esencial?_
en que las materias, tocadas por el hombre, sujetas a la desintegración
pero también salvadas por la sal incorruptible de nuestro
Caribe mediterráneo, irían a darnos algún final
sorpresa, escoltadas por ese acierto con el que un adjetivo intencionado
o un adverbio suspicaz salvan del cansancio de los largos períodos.
Ellas retienen apenas el tiempo suficiente que requiere su disfrute,
para ceder el paso a la otra gran sorpresa en la cual es maestro,
la sorpresa situacional, instaurada de modo tan tranquilo que lo
más sorprendente es que nos coge desprevenidos aun de su
propia sorpresa, volviendo natural lo insólito, instalando
lo absurdo en medio de lo cotidiano, no sólo sin la angustia
deliberada, existencial o letrada, sino incluso con la más
hilarante confianza.
Uno de los rasgos más raros del novelista de raza _tan raro
que algunos novelistas de raza no lo poseen_ es la virtud de darnos,
al fondo de la vida paralela de sus personajes, de la trama de sus
vidas, el latido mismo del tiempo. No del tiempo de sus personajes,
ni siquiera, como en Proust, el "tema" del tiempo, sino
de eso no personal que fluye debajo: siempre me ha sorprendido ese
momento que tienen todas las grandes novelas como La guerra y la
paz, el Wilhelm Meister o La montaña mágica, en que
no sucede nada: hay un aburrimiento que sólo transmiten los
que no siempre están llenando el espacio con los aconteceres
de sus héroes sino nos dejan ante el cernido fino e indiferente
de las horas, su decursar vacío e implacable, como esos personajes
de Dostoyewsky que, envueltos en una marejada de pasiones, de pronto
se olvidan de ellas para interesarse en una sortija, sin relación
con el relato, o verse sorprendidos por el cochero que pregunta
"¿Y usted cree en Dios?". Es la sorpresa que se
cuela por los intersticios de la trama central, y ni siquiera se
viste de sorpresa, es ese personaje secundario o esa súbita
interrogación que nadie contesta, y en donde se percibe el
paralelo fluir independiente del tiempo.
La sorpresa de esa sustancia transformante y devoradora, y de esos
sucesos menores que la tejen y destejen, entra aquí en esta
novela como tema visible o como invisible presencia. La novela comienza
con la muerte de Jeremiah de Saint Amour _de bello nombre ya ligeramente
irónico, promisor de algo igualmente inusitado. Exilado antillano,
jugador de ajedrez y fotógrafo de niños _ya comienza
la mezcolanza intencionada_ que esconde un secreto de amor y homicidio,
descubierto por azar por un personaje ya central del libro, el doctor
Urbino, el último día de su propia vida, llevándolo
al convencimiento de que se puede convivir con alguien media vida
sin saber que hemos tratado a un desconocido. Aparece ya así,
a tamaño reducido, desde el inicio algo que va a ocupar,
en otra forma, todo el libro, como ese tema musical que insinúa
un preludio y sólo habrá de desplegarse enteramente
después.
La figura de Florentino Ariza, violinista y telegrafista _como
lo fuera el propio padre del novelista_ y la oposición que
encuentra alguien de tan humilde oficio en el padre de la novia,
que sueña para ella casamiento rico, sella el destino del
enamorado joven, convertido a partir de aquí en amante platónico
a la fuerza de su Fermina Daza, por más de medio siglo. Parece
imposible que el poeta del Parque de los Evangelios se contentara
con mirar a la joven de la trenza que estudia junto a su tía
Escolástica _los nombres son uno de los aciertos del libro,
como ha de serlo en toda verdadera novela, sin que falle, a causa
del nombre falso, la novela entera_, que ese esmirriado joven de
los versos serenatas, sin ningún alarde hercúleo,
sea el libertino obseso de la segunda parte, pero ya veía
Marañón en todo Don Juan un elemento de frustración
inicial y de secreta y profunda insatisfacción, que lo lleva
a buscar sin cesar nuevos alicientes por insuficiencia de satisfacerse
con los primeros. Busca amoríos, por que no encuentra amor
grande y colmador. Lo peor que tienen estas aventuras galantes es
su fondo de tedio, como lo único censurable de estos amores
"libres" no es que sean libres, sino que no son amor.
Pues todo amor que lo sea es, por esencia, no sólo libre
sino liberador. Así Florentino Ariza se redime de estas historietas
sórdidas cuando se siente realmente amado y correspondido:
ahí muere el falso sátiro y emerge el amante, el hombre
real. Hay un episodio realmente escalofriante en la vida de este
personaje al parecer sin conciencia moral alguna: la final corrupción
de una niña que acaba suicidándose. Ya estos amoríos
tenían a su cargo alguna otra muerte adulta, pero esto parece
tocar el fondo de la vileza humana. El novelista no mitifica a su
galán ni moraliza a su cuenta. Más bien insinúa,
en este tour de force de la presentación de un héroe
totalmente degradado y degradante y ya desde aquel Jeremiah Saint
Amour que abre el relato, la secreta relación que con la
muerte de una niña tiene toda pornografía, como si
tocara a fondo el tema, y se burlase a la vez de una moralidad vuelta
precepto inoperante y una inmoralidad vuelta operante y pornográfica,
por no partir de la única raíz doblemente liberadora
que es la del amor mismo. Es significativo que sólo al haber
hallado esta respuesta verdadera su personaje pueda ya sentir la
"punzada" de un real remordimiento: antes hubiera sido
imposible. Este despertar a la conciencia no lo anonada con la desesperanza
de una falta vuelta irreparable o una acusación interior
sin redención posible. No es la acusación que hace
el otro o nos hacemos, no es el remordimiento, el capaz de revelarnos
nuestro propio abismo, ya que este es cárcel circular de
la que no puede salir alma alguna y a la que la propia desesperación
deja expuesta a nuevo y acaso mayor crimen. Sólo el sentirse
amado puede revelarnos la distancia a que estamos de ese real merecimiento,
sólo esa mirada puede hacer brotar del ojo frío las
quemantes lágrimas olvidadas. Sólo la absolución
amorosa puede lograr la contrición verdadera, y hacer nacer
a una nueva criatura. El amor entre los dos ancianos no resulta
entonces tema indecoroso sino necesidad de la trama misma, de la
imposibilidad de amar y de la culpa, que deja al hombre viejo interior
la posibilidad feliz de una reconciliación con la vida, de
un doble y nuevo nacimiento. Todo lo que no es amor, es inconciencia,
o sea, permiso a todo pecado. Creo que ese es el tema central de
un libro en que todo aparece envuelto, no en esa "niebla de
humor" del que decía Martí que no podía
prescindir el inglés, sino de ese humor a todo sol, irreverente
y tan nuestro, capaz de volver lo morboso ajeno a todo morbo, disuelto
en pura risa. ¿Quiere decirnos el autor que estamos rodeados
por el odio, y no por la muerte natural, como por el mismo cólera,
y no queda otro refugio a nuestro mundo anciano que embarcamos en
el amor, disfrazados de gente caduca o enferma, para que nos dejen
vivir en paz? La relación carnal que la juventud prometía
era el centro del círculo pero no el círculo todo,
vuelto tan imprescindible como prescindible para esa audacia de
amor que se atreve a navegar más allá del puerto de
origen.
A esta navegación por el río del tiempo todavía
puede hacérsele el reproche de refugiarse en un evasionismo
político vuelto de espaldas al verdadero drama del hombre,
que es el de "la miseria de amor" que dijera Vallejo,
ya que las luchas de liberales y conservadores que atraviesan todas
las épocas, apenas aquí son el fondo irónico
de lo único real para esta pareja humana que es su propio
destino.
Esta novela responde a esos "cien años de soledad"
de las injusticias históricas y las luchas con la historia
de un simple amor humano. Nos dice que el amor es la única
política verdadera, aunque navegue todavía solitaria,
como arca de Noé, por el río Magdalena, capaz de lavar
sus propias y viejas culpas.
Dos aciertos quisiéramos todavía señalar en
una novela que tiene el principal mérito de no volver tesis
su propio tema, con suficiente humor como para desmitificar su propio
mensaje, traduciéndolo y disolviéndolo en un poco
de risa. El paseo de Fermina por la plaza del mercado, contado con
ojo de pintor _que nos recuerda el de doña Endrina del Buen
Amor del Arcipreste_ y el segundo, aquel en que Florentino Ariza,
desde la penumbra de su rincón de mesa de café, ve
el gran espejo en que se mueve, conversa, se ríe cercana
e inalcanzable, su Fermina Daza, con algo que recuerda la composición
de Las meninas, ya que la historia verdadera es la que no se ve,
o la que sólo ve el espejo. Es uno de los pocos momentos
enteramente líricos del libro de un autor que parece haber
rechazado, con algún pudor, su inicial lirismo, haciéndolo
devenir humor, y en que la ausencia de un eje ético _que
sorprende en un novelista hispanoamericano_, se vuelve más
subrayada que real. En este sentido quisiéramos ver cómo
su anunciado libro sobre Bolívar trasciende su propio macondismo,
única forma de llegar a lo realmente bolivariano, a figura
aparentemente tan en las antípodas de su propio mundo creador,
y que no podría estarlo realmente, ya que, al decir martiano,
"la América es una" y su misma desmesura cobra
formas no por diferentes menos unidas por la raíz.
Otra cosa no sería compatible con la clara posición
política que ha tenido García Márquez frente
al enorme drama americano que no permite suponerle más ligereza
que aquella que tiene la gracia frente a la estupidez que la desconoce.
Defensa de la ironía, capaz de decir al fanático que
lo amenaza de muerte, que sería para él una defraudación
morir a manos de un fanático político y no, como era
su sueño, de un marido celoso. Su misma visión, en
apariencia "aumentada" de lo americano, no busca complacer
la mirada europea con paraísos exóticos ya que nuestro
exotismo es el todo natural, y oye cantar a las cacatúas
todos los días su aria de Vivaldi. La hipérbole se
vuelve doble sátira de la realidad americana, tierna en el
fondo, y de la mirada europea
que
la vuelve extraña para poder mejor apropiarse de ella. En
medio de la demencial voluntad imperial de destrucción, que
hoy amenaza a la América nuestra, de la carencia de toda
ex abundantia cordis, de la falta de corazón de quienes la
devastaron y quieren devastarla todavía, un vaporcito navega
solitario, alza su falsa bandera de alarma del cólera, para
lograr la simple vida en paz de al menos, una única pareja
humana. A vuelta de todos los estudios que seguramente se harán
a esta última novela de García Márquez, quedará
por fortuna sin explicar su aire de frescura inmarchitable, en que
la gravedad, disfrazada de loro de familia conservadora, da vivas
a los liberales y luego se escapa de la mano que quiere sujetarla,
dejando caer alguna alegre pluma rojiza en el chispazo verde-oro
con que se interna en la floresta umbría.
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