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Ensayista, historiador
y presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas
Hace
exactamente cincuenta años el poeta y crítico Alberto
Baeza Flórez titulaba así un breve artículo
en la revista Carteles. Hasta donde conozco fue el primer y casi
único intento de analizar al gran bayamés desde la
faceta de escritor. Siempre me ha llamado la atención el
hecho de que no hubiesen existido otras tentativas de profundizar
en la obra poética y la prosa de Carlos Manuel. Aquí
mismo en Bayamo, ciudad que cuida sus tradiciones y sus héroes
con particular esmero, era muy raro que nadie hubiese intentado
esa aproximación. Lo cierto es, revisada una y otra vez la
bibliografía pasiva de Céspedes, que salvo párrafos
contados que le dedican Cintio Vitier y Fina Marruz en el libro
Flor oculta de la poesía cubana (Editorial Arte y Literatura,
La Habana, 1978), no han existido más que uno u otro comentario
esporádico.
Mi propósito será pues, llenar ese vacío en
la exégesis de la obra escrita cespediana. Otros, con toda
seguridad, la enriquecerán en su momento.
Primero precisemos de qué y de quién es deudor Céspedes
como hombre pensante, cuál es el contexto, cuáles
las ideas que se debaten en su minuto histórico. Es esencial.
Céspedes es fruto inequívoco del romanticismo poético
cubano. Ya sabemos que el romanticismo fue el gran movimiento moderno
de rebeldía. Como ha dicho Octavio Paz
Fue una explosión de personalidades y de minorías
aisladas en contra de la corriente general [...] A la rebeldía
romántica le debemos casi todas las ideas y experiencias
que han cambiado las letras, las artes, la moral y aun la política
de la Edad Moderna, de la libertad del amor a la visión de
la poesía como un saber espiritual.
Cintio Vitier nos ha facilitado el asimilar la corriente romántica
más general al quehacer de nuestros intelectuales en el siglo
xix. Con toda justicia escribió a propósito de Zenea:
Aunque en el campo de la crítica resultó con frecuencia
frenado o ironizado, y a pesar de sus inevitables fuentes e influencias
europeas, el Romanticismo poético cubano, desde Heredia y
la Avellaneda hasta Zenea y Luisa Pérez de Zambrana, fue
sin duda un vigoroso movimiento de independencia espiritual, con
manifestaciones políticas mayores o menores, según
los casos, aunque en el fondo siempre la implicación política
profunda, y caracterizado por dos rasgos específicos: la
autoctonía y el valor.
Estos dos rasgos son evidentes en las creaciones literarias de Céspedes.
Autoctonía del campo cubano, del terruño, de lo local
como la patria. No perdamos de vista que para aquellos varones de
finales de los sesenta del siglo xix, su ciudad era equivalente
a su patria. Valor, pues todo lo que se escribía y publicara
en aquellos años de férrea censura colonial implicaba,
de oficio, la ojeriza policial española y sus consiguientes
represalias.
Escuchemos la poesía cespediana en una estrofa íntimamente
vinculada a la identidad con la tierra y lo local. Estamos asistiendo
a ese interesantísimo concepto del precioso interior
de nuestra cultura de Cintio. El espíritu de Céspedes
parece reconciliarse consigo mismo cuando escribe:
Hallé la [la armonía] en los ganados que bramando
se acercan al aprisco perezosos;
halléla en los guajiros cabalgando
sobre potros indómitos fogosos,
y en mi lecho de paz adormecido
me halagó de sus trovas el sonido.
Para la doctora Olga Portuondo aquí hay algo más
que un bucólico romántico: Sin dudas, estamos
ante un hombre consciente de su pertenencia a una nación,
lo cual queda también evidenciado en estos versos que siguen:
Nuestros son esas artes y cultura; Nuestras son
las nacientes alamedas; Y nuestros son los bailes cadenciosos.
Nuestros, sentido de posesión, identidad. Las
artes, la cultura, las nacientes alamedas y el baile, algo definidor
de lo cubano por excelencia: Nuestros, todos. Con otras palabras,
la poesía sirve para expresar una realidad de aquellos románticos
independentistas: el pensamiento se llenaba de cubanía, y
la cubanía para llegar a una manifestación de plenitud
necesitaba de la independencia, de la soberanía.
Un eminente historiador ha descrito la evolución de las ideas
en Cuba hasta desembocar en el instante en que Céspedes escribe
estos versos nacionalistas. Ese itinerario lo ha señalado
el doctor Eduardo Torres Cuevas de la forma siguiente:
Las bases históricas fueron colocadas por los primeros historiadores
a mediados del siglo xvii, entre otros, por Agustín Morell
de Santa Cruz, José Martín, Félix de Arrate,
José Ignacio Urrutia y Montoya, y Nicolás Joseph de
Ribera. Las bases teóricas fueron situadas a inicios del
xix por los primeros filósofos: José Agustín
Caballero, Félix Varela y José de la Luz y Caballero.
Y las bases sociales por nuestros primeros críticos de la
sociedad colonial de los cuales descolló por sobre todos
otro bayamés ilustre, José Antonio Saco.
En ese proceso nos dice Torres Cuevas estamos hablando
desde las perspectivas de las ideas, se elabora el concepto de patria
que implicó la comprensión de la existencia de una
comunidad con territorio, tradiciones, experiencias y destino comunes
(la patria chica que señalé antes), que no era otra
cosa que la derivación del sentimiento del criollo de las
primeras centurias a la lenta y sistemática formación
de una conciencia nacional.
Este tránsito, no es ocioso decirlo, se realizó desde
la literatura, ya sea en la poesía, la crítica social
o las vertientes historiográficas, es decir, desde el pensamiento
intelectual. Y yo me inclinaría por afirmar que, por encima
de cualquier otra manifestación de las letras, desde la poesía.
Cualquier acercamiento objetivo al pensamiento cespediano hay que
hacerlo desde sus primeras expresiones literarias. Es imposible
llegar directamente al independentista maduro de 1868 sin pasar
primero por la evolución de sus ideas, las cuales tienen
en sus escritos de juventud la manifestación primigenia.
Si se pretende un conocimiento hondo de sus razones y argumentos
hay que ir a sus poemas primeros, luego a los diarios de campaña
y a su papelería presidencial. Pero sigamos nuestra inmersión
en la obra cespediana que ha llegado a nuestros días. Este
poema que citaré a continuación nos entrega la delicadeza
y la sensibilidad de aquel hombre que fue reconocido siempre como
un verdadero carácter, nada remiso a la violencia si era
preciso, pleitista y duelista consumado en lances de honor, o sea,
de un valor a toda prueba como lo demostró a lo largo de
su vida. Pero como dice el refrán: lo cortés no quita
lo valiente. Veamos este bello poema a una mariposa:
[...] mas con arte se burla
del niño que la acosa,
ya de él parece que huye,
ya vuelve y le provoca,
y de sus blandas alas
el rostro ya le roza;
ya de vista la pierde,
que al cielo se remonta,
ya la cree en su mano,
y el aire sólo toca [...]
Cintio Vitier se regodea con la lectura de este poema. Escribe repitiendo
ese verso, y el aire sólo toca: como si tocáramos
esa nada, esa fuga, esa cosilla desasida de todo, inapresable, que
va a reaparecer sutilizada hasta el infinito y recortada hasta la
miniatura, en la poesía del principeño Mariano Brull...
Esta sensiblidad se cultivó desde su infancia y adolescencia.
El biógrafo inédito de Céspedes y probablemente
el más acucioso historiador que ha tenido Bayamo, José
Maceo Verdecia, escribió el siguiente párrafo que
cito in extenso por cuanto contribuye a conformar la imagen que
pretendo trasladar del hombre de letras que fue Céspedes.
Se refiere al adolescente Carlos Manuel con más o menos catorce
años de edad. Dice:
La gramática no tenía secretos que ofrecerle y leía
y escribía el latín como ningún otro discípulo.
En las traducciones que como ejercicio se llevaban a cabo en las
clases, de Horacio y Virgilio, nadie le aventajaba, porque nadie
como él ajustaba al castellano la versificación latina,
ni mejor que él interpretaba la expresión de los conceptos.
La Eneida más que la Iliada era su predilección para
las traducciones. El padre Ramírez (su maestro de latín)
que era un amante apasionado de Virgilio, a quien llamaba el
Cicerón de la poesía latina, porque nadie superó
a este en la perfección de la prosa, no perdía ocasión
para explicarle a los discípulos que no era traducir los
distintos aspectos del pensamiento del poeta, ni copiar sus sentimientos
con más o menos fidelidad, lo que precisamente requería
la exacta interpretación, sino que era imprescindible conservar
el mecanismo de los hexámetros. Esas cálidas advertencias
no pasaban inadvertidas para quien hasta en los recesos de los juegos,
en horas de recreo, se le veía escribir en los suelos alguna
exclamación de Eneas. El sitio y la caída de Troya
le llevaban hasta la exaltación y, desde luego, a ser corregido
por el padre Ramírez, que le amonestaba el fuego patrio y
el orgullo nacional con que revestía cada verso, aun más
ardorosos que el que imprimía en toda su obra el inmortal
clásico latino. Pero sonreía y le felicitaba.
Es muy probable que la imaginación de Maceo Verdecia llene
algunos vacíos que el dato historiográfico no consiga
como detalles precisos, pero no es legítimo al menos
según mi visión particular después de años
y años de investigación de la vida de Céspedes,
discrepar de la esencia del pasaje citado. Lo cierto es que la educación
de Céspedes fue cuidada, inmejorable para aquel contexto
y aquellos tiempos, y que su talento tuvo cauces seguros para su
manifestación y estimulación.
Después vinieron los años de formación universitaria,
los viajes a Europa y Asia, el contacto directo con las culturas
más avanzadas del mundo occidental: Pero eso ya es más
conocido.
¿Cuáles son los temas más tratados en la poesía
cespediana? Citaré algunos: el filosofar sobre la vida sencilla
y el retiro espiritual, los temas locales, la amistad, la naturaleza
y los temas sociales. Es decir, un espectro temático que
se mueve desde lo épico lírico hasta lo bucólico
tradicional de aquellos tiempos, pasando por los asuntos propios
del hombre en todas las épocas: el amor, la amistad, la naturaleza.
Ahora bien, ¿estos temas se tradujeron en una poesía
de alto vuelo? Hay que decir con propiedad que no siempre logró
el bayamés un resultado literario que lo colocase en el sitial
más elevado del parnaso nacional y, digámoslo también,
siquiera del provincial. No fue superior ni a Fornaris ni a Zenea,
ni a Palma. Sin embargo, se movió con naturalidad entre otros
bandos de relieve local y también compañeros de conspiraciones
independentistas: Perucho Figueredo y Maceo Osorio, por ejemplo.
Aquí se evidencia una realidad: su personalidad intelectual
fue superior a su producción literaria. Fundador de las sociedades
filarmónicas de Bayamo y Manzanillo, traductor, cronista
de viajes, director de puestas en escena de teatro, actor él
mismo, organizador de bailes colectivos y de debates literarios,
y declamador, unido todo ello a su ejercicio sobresaliente de la
abogacía con los más importantes clientes en el Valle
del Cauto, hicieron de Céspedes una personalidad conspicua,
atractiva y sumamente imantadora de fieles y admiradores que más
tarde, en el momento preciso, lo siguieron en la hombrada del alzamiento
independentista.
¿Cuáles son las influencias más perceptibles
en la lírica cespediana? A mi modo de ver la impronta de
fray Luis de León es apreciable sin mucha dificultad. Otras
huellas señaladas antes por Baeza Flórez, son Garcilaso,
Quevedo y Calderón, es decir, los clásicos españoles.
Preferencias que se pueden rastrear en sus exergos y citas son Lord
Byron, Montgomery y John Milton. De este último me atrevería
a decir que recibió una notable ascendencia en su evolución
como pensador liberal.
En otro ensayo sobre el pensamiento de Céspedes afirmé
cómo era advertible en su ideario político una admiración
no oculta por el sistema monárquico-parlamentario inglés
lo cual al mezclarse con los preceptos de la revolución francesa
de 1789, dotaban al pensamiento cespediano de una sólida
cultura política superior indudablemente a la de sus compañeros
en la dirección revolucionaria.
No quisiera pasar al análisis de su prosa sin antes citar
algunas de sus más logradas imágenes poéticas
que extraídas de su poemas pierden contextualidad, pero ganan
en su individual brillantez.
Escuchemos:
A la torre de Zargoitía
[...] mas, cuando por tus salas, ya vacías,
como un blando gemido, el viento corre,
el velo del pasado se descorre
formas revisten tus cenizas frías [..].
Contestación
[...] mas la vida que inquieta se desboca
es torrente que va de roca en roca.
..............................
[...] y comprendí la incógnita armonía
que despide la brisa perfumada
y alcé las sales de la mar, por bellas
sobre las aguas figurar estrellas
..............................
los suaves ceferillos susurrantes
que me alborotan, jugueteando, el pelo.
En
la muerte de Eduardo G. Lebredo
[...] no es eterna su larga despedida:
se reúnen, al fin, en su sendero
los distintos senderos de la vida.
La
virgen de los últimos amores
¡Y la amé tanto! [...]
todo a sus plantas lo rendí en despojos:
sólo quise vivir en su memoria,
sólo quise el imperio de sus ojos.
Imágenes soprendentes son casta pasión
y yo comprendo el placer de la tristeza. Enigmas que
nos muestran un ser complejo y rico, mucho más interesante
que lo presupone el metal del héroe.
La prosa de Céspedes es superior en factura, recursos e inspiración
literarios a su lírica. A veces, como ya han señalado
Cintio y Fina, es en ella donde se puede encontrar su mayor vuelo
poético. Lezama Lima hizo una observación medular
cuando señaló, al fijarse en una sola frase de Céspedes,
que habría que esperar a José Martí para ver
saltar en las letras cubanas frases similares. También Cintio
califica al diario de campaña de Céspedes el antecendente
justo al de Cabo Haitíano a Dos Ríos de Martí.
No comparo lo imposible de equiparar, sólo sostengo junto
a Lezama, Cintio y Fina, tres críticos de primera magnitud,
que la escritura de Céspedes elaborada en la manigua de Cuba
Libre es fundacional no sólo por sus preceptos patrióticos
sino por la limpieza de su prosa, su rapidez y su modernidad.
Estas cualidades ya se advierten en su crónica de viaje La
abadía de Batle escrita a los treinta años (como
casi toda la obra poética conocida) la que, sin mucha dificultad,
puede reconocerse como una pieza escrita en pleno siglo xx por su
tempo, adjetivación y diafanidad.
Como ocurre con muchas personas que escriben bien, sin ser escritores
de una técnica perfecta o una inspiración superior,
en Céspedes la poesía tiende a ser prosa, muy descriptiva,
a veces de imágenes muy directas y, la prosa, a su vez, se
torna pura metáfora poética con imágenes muy
logradas.
Si nos hiciéramos ahora la misma pregunta que Baeza Flórez
hace medio siglo estaría en mejores condiciones que al inicio
de estas palabras para afirmar que Carlos Manuel de Céspedes
sí fue, con toda las connotaciones posibles, un hombre de
letras.
Pero fue mucho más, fue un intelectual, un hombre de la cultura,
un pensador que diseñó en su mente y en su papelería
la patria y la república, las mismas que él ayudó
a gestar con su vida excepcional y sus innumerables sacrificios.
Esa otra relevancia ha sido la que ha desplazado o relegado al hombre
de letras. Admiramos más al Padre de la Patria que al poeta,
al hombre del 10 de Octubre que al prosista inspirado y no advertimos
cómo el independista o el libertador pudo alcanzar las dimensiones
superiores en la historia, precisamente porque soñó
a su patria libre desde el sentimiento poético, desde la
imagen y la fantasía insuperable del aeda.
Fue un artista en toda la acepción de la palabra. Su mejor
poema fue la República de Cuba, su mejor escritura fue su
propia existencia.
En un espléndido texto ya citado al inicio de mis palabras,
Cintio Vitier notaba un hecho esencial en el conocimiento y el estudio
del surgimiento de nuestra cultura. Con su agudeza proverbial, agudeza
de poeta, vale decir, Cintio precisaba cómo en un pasaje
de Espejo de paciencia, texto que se considera por todos el inicio
de la literatura de carácter cubano, se halla un hecho clave
de la historia de nuestra cultura. Se trata del momento en que el
obispo Altamirano es recibido en Yara después de rescatado
del pirata Gilberto Girón y la primera muestra de recepción
es brindada por seres mitológicos del bosque cubano, pero
esos seres no son de nuestra tradición sino de la grecolatina
(es decir faunos, centauros, ninfas y semicapros), y para colmo
de barroquismo le ofrecen las frutas de la tierra. Primera pieza
de lo que más tarde será el realismo mágico
literario o lo real maravilloso.
Pues bien, en la prosa de los diarios de campaña de Céspedes
hay una suerte de expresión a la inversa. El día 11
de octubre de 1872 anota en Vegas de la Güira: Y como
esos pajarillos [se refiere a los ruiseñores] son cubanos
por sangre, a usanza de los antiguos romanos se interpretó
cual un feliz augurio. Es decir, aquí la mezcla viaja
en sentido inverso, la costumbre romana de las aves transmisoras
de augurios venturosos se personaliza en aves del monte cubano.
La tradición grecolatina insertada en la naturaleza cubana.
Regreso del sentido de lo reflejado en Espejo de paciencia, transculturación
diría don Fernando Ortiz.
Son espiras de ese fenómeno concéntrico-centrífugo
que es la identidad cultural de un país. Búsqueda
hacia fuera y hacia adentro. Ascendencia primero, mestizaje después,
de la cultura occidental más rancia en el Caribe por
cierto también occidental.
Y como sobre Céspedes escritor versa esta charla finalizo
leyendo unas estrofas que escribió alrededor de los treinta
años de edad. Es sorprendente cómo su deseo de entonces
se cumplió en los días finales de su existencia en
la montaña de San Lorenzo a punto ya de entrar en la Historia.
El poema Mi deseo dice así en dos de sus estrofas:
Un techo pobre, escondido,
dadme al pie de la colina,
donde el viento en vano amague,
y que allí el suave zumbido
de una colmena vecina
por la mañana me halague.
Un
cristalino arroyuelo,
de blancos lirios sembrado,
de una fuente pura brote,
y salte en quebrado suelo
y bajando apresurado
las duras rocas azote.
Allí en San Lorenzo, donde permanece el misterio de la vida
de Céspedes, y donde se conoce por Martí que escribió
unos versos desconocidos la mañana fatal de febrero, allí
se cumplieron los mayores deseos de este hombre excepcional. Fundido
con la tierra, preñándola con sangre, confundido con
la naturaleza, hecho naturaleza misma, su sacrificio hizo que su
ejemplo fuese genitor y que su palabra, la escrita y la lanzada
al viento en los duros años de revolución, siga escuchándose
más de cien años después como uno de los más
altos valores de nuestra cultura.
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