El áspero jardín de la Loynaz

Mercedes santos Moray

Poetisa, ensayista, novelista y periodista

En la literatura cubana del siglo xx la expresión poética continua siendo mayoritaria, como también en su cultivo, es donde más ha sobresalido la mujer, no así en el teatro ni tampoco, aunque en las dos últimas décadas se haya producido una emergencia fuerte, de muy diversas tendencias, estilos y generaciones, en la narrativa.

Dentro de ese panorama, voces como la de María Villar Buceta, Rafaela Chacón Nardi, Mirta Aguirre, Cleva Solís y Dulce María Loynaz se destacaron, entre las de mayor edad, y todas las que he mencionado, lamentablemente desaparecidas sin haber recibido, salvo en el caso de nuestra Premio Cervantes, el reconocimiento que merecían por sus obras. Ya llegará el momento en el que la conjura del silencio se rompa, y las escritoras cubanas dejen de ser "invisibilizadas", en nuestras historias literarias y por nuestra crítica, y cada cual ocupe, ciertamente, el espacio que se merece y gana el mérito.

La Loynaz, quien en 1987 recibiera el Premio Nacional de Literatura, para el que inicialmente no había sido nominada, al tiempo que se producía su primera candidatura para el galardón de las letras iberoamericanas, y que finalmente los recibiera ambos, pero en distintos años, ya en su ancianidad, fue un personaje para muchos controversial, y todavía lo es, aunque los reconocimientos que obtuvo silencien, al menos públicamente, comentarios que algunos, con su derecho al gusto propio y a la aceptación de la diversidad, a fuerza de ser honestos, tienen, y que otros, movidos sólo por el áspid de la envidia, también realizan, sotto voce porque "no viste bien" enjuiciar, negativamente, la obra de una galardonada con el Premio Nacional de Literatura y con el Cervantes.

Yo sé, aunque no la frecuenté, pero sí tuve el gusto de que me dirigiera notas de afecto e inmerecida gratitud por mi atención pública a su obra, sé que Dulce María, con esa clase que tenía, armada con la adarga y la lanza de su talento y de su inteligencia, hubiera conocido de tales opciones sin fruncir el ceño, ni temblarle la voz.

Conocedora de su propia valía nunca necesitó ni de premios ni de elogios para vivir o escribir, para gozar de su amada soledad, para dejarnos no sólo la huella de la poesía, en prosa y verso, y pienso en Jardín que si en verdad es muy lírica, también lo es narrativa aunque escrita con otra perspectiva, y no sometida al hecho de esquemas a priori sobre la llamada "narratividad". Ella nunca se hubiera sentido lesionada, incluso si la molestia del abejón le hubiese irritado la piel, porque el talento no necesita defensores.

Como sé que amén de entregarnos esa obra suya, su discurso literario, tuvo el mérito, y no menor, de entregarnos su decoro, esa nota de civismo, la lección de dignidad que la mantuvo viva, a pesar de su ostracismo de tantos años, en el que lamentablemente no escribió, para lesionar, eso sí, nuestro crecimiento espiritual y a nuestra cultura, porque si se hubiera entregado a dar de sí el caudal de toda su potencialidad creativa, no dudo que ahora gozaríamos de una obra todavía más espléndida.

Mas el legado literario y moral que Dulce María nos dejó es suficiente para que al conjuro de su nombre y de su escritura se reúnan los jóvenes, como lo hacen ahora, y busquen las ediciones de sus libros y tal experiencia me conforta después de haber vivido la amargura de haberme encontrado el acento peyorativo hacia su obra, a la que calificaron de obsoleta, cuando intenté vanamente, publicar mi ponencia "Dulce María Loynaz, una lección de eticidad", presentada en el tercer coloquio de 1998, en una de nuestras emblemáticas publicaciones culturales.

Pero, y afortunadamente, siempre hay una mano amiga y como creo que ninguna tribuna es pequeña, como me enseñó María Lastayo y, sobre todo, porque encontré una sensibilidad y una inteligencia receptivas en Holguín, cuando conocí al poeta y narrador
Rubén Rodríguez, y gracias a la fortuna del encuentro en Gibara, fue que mis reflexiones sobre su exilio interior llegaron a ser publicadas, en las páginas del suplemento cultural Ámbito, en el 2001.

Por eso, al asistir a la presentación del breve cuaderno El áspero sendero, por el poeta y amigo Pablo Armando Fernández, antología realizada por el joven crítico, poeta y narrador Roberto Carlos Hernández Ferro, quien igualmente prologó el volumen, sentí el jubileo de una deuda saldada con aquella Dulce María Loynaz de sólo diecisiete años, tan irreverente, e insolente, y también curiosa muchacha, tanto como esas chicas y esos jóvenes que asistieron a tal "lanzamiento", en el hotel Inglaterra, el 27 de diciembre del 2001.

Nos encontrábamos en El áspero sendero no con una voz madura, un discurso cuajado, o una poetisa mayor. Era sólo una joven sensible y fina, cultísima eso sí, que comenzaba a probar sus potencialidades expresivas y que había entregado aquellos sonetos y otros poemas, mensualmente, desde enero a abril de 1920, al diario habanero La Nación y que esta publicación, ahora en formato de folleto, por Ediciones Extramuros, salvaba de perderse, en las páginas ya octogenarias y apolilladas del periódico.

Es hermoso ver cómo un filólogo de las más recientes promociones, no se motiva con "ismos" y soluciones fáciles, de modas de ocasión, y no cae en el oportunismo literario, para dedicarse al rescate de una obra que es patrimonio de nuestra cultura, como testimonio de un proceso creador, semilla del árbol y del bosque. Tales ejercicios de los estudios literarios, en Cuba, nos estimulan y dan esperanza porque todo no se ha perdido entre las urgencias cotidianas del humano vivir, y todavía hay hijos de la utopía que habitan este archipiélago y aman, de verdad, a las letras cubanas.

Un rasgo y no menor de esta antología es la saludable aclaración de un gazapo, el de la edición hace ya varios años, por Sed de Belleza, de los diez sonetos a Cristo que integran El poema de Cristo y que no aparecieron, por única vez, "[en] la Revista de la Asociación Femenina de Camagüey, año 1. No. 4 de abril de 1921", sino primeramente en el diario La Nación, y el 1º de abril de 1920. Este elemento subraya, desde su contribución a subsanar el yerro, el carácter exegético de esta antología.

Ciertamente, y como lo apunta en su prólogo Roberto Hernández Ferro, aquí hay huellas, en el cuaderno y en sus textos, de la impronta romántica, como también está el proceso renovador, entonces, del Modernismo hispanoamericano, en la búsqueda de la joven poetisa, y explicitado, a manera de síntesis, en los dos homenajes que tributó a las figuras de Gustavo Adolfo Bécquer y de Julián del Casal. Como está además ese sentido de la eticidad, tan suyo, pero no a la manera de un tópico, sino como sustancia de una poética e, incluso, desde su propia naturaleza axiológica y epistemológica.

Dulce María Loynaz es una mujer de fe, profunda y sinceramente cristiana. En el cuaderno, amén de los sonetos dedicados explícitamente a Jesús, hay referentes de una personal concepción de mundo, donde vibran huellas del cristianismo primitivo. Esa razón estimuló a la joven autora a tomar una anécdota del maestro León Tolstoi, para escribir la pieza, para mí más lograda del conjunto, donde sí ya se evidencia la voz de la mujer que nos entregaría una de las obras poéticas más universales de la literatura cubana del siglo xx:

El perro ha muerto
(De una anécdota de Tolstoi)
En una callejuela de lejano poblado
diviértense los chicos en rueda bulliciosa:
agrupándose en torno de multitud curiosa
un pobre perro muerto contempla abandonado...

"Esto envenena el aire", dice un desocupado,
y al can escupe y burla con saña escandalosa:
porque en la vil basura exánime reposa,
el chiste lo escarnece del pueblo despiadado.

"¡Qué hedor! ¡Que villanía!" dicen dos caminantes
"¡Miradle las orejas! ¡Son nidos repugnantes
de moscas!". Y otro exclama: "¡Me alejo por no verlas!".

...Y Cristo _que pasaba_ detúvose un momento
y, al ver el perro muerto, dijo con dulce acento
"¡Sus dientes son tan blancos, que me parecen perlas!".

Amorosa de Cuba, a la que no abandonó, por decisión personal, y en cuya tierra descansa, como nuestro Lezama, nuestro Eliseo, nuestro Alejo, nuestro Virgilio, nuestro Nicolás... mujer de fe auténtica, profundamente coherente y orgánica, incapaz de doble moral, altiva como una palma, polémica sí, ¿y quién le teme a un ser humano con opinión propia?, o es que todo debe ser mediocremente aceptado, bajo edulcura-ciones y mentiras, sin el más pequeño sentido de autoestima, de respeto a sí misma y a los demás.

Dulce María Loynaz era capaz de doblarse ante la violencia del huracán, pero igualmente de mantenerse firme sobre su alma. Por eso logró, desde su soledad de árbol solitario, vencer el silencio y la oscuridad, y sobre todo vencer el miedo a la vida y a la muerte, el miedo terrible que para cualquier artista o escritor es el olvido.


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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002