Dulce María Loynaz y la intimidad del agua rebelada

Luis Suardíaz

Poeta, escritor y ensayista


En 1953, en Camagüey, Rolando Escardó y un grupo de jóvenes auspiciaban las aventuras del grupo Los Nuevos _rótulo que en el siglo xx hizo fortuna en nuestra América, porque los bisoños querían en todas partes subrayar su condición de recientes y limpios de toda culpa_ que se pronunciaba por el nuevo rostro de la vanguardia, mostraba su predilección por una poesía crítica, desenfadada, libre de rimas y de ripios, y marcando distancia con los desmanes de la república mediatizada, y se complacían en recordar la contundente andanada del argentino todo probidad, José Ingenieros: "Jóvenes son aquellos que no tienen complicidad con el pasado".

De ese pasado siglo xix pocos emergían sanos y salvos. Y este era el caso de José Martí; en el año de su centenario los jóvenes de la hora no se confundieron y lo exaltaron. Por eso Escardó seleccionó y editó con el sello de la agrupación versos de Martí que hacían evidente su vínculo con la nueva generación. Poco después el bisoño Severo Sarduy publicaba en una revista un canto que incluía líneas insurrectas ("Para que sepan que la joven raza / pasa bañada en sangre, pero pasa / ardiendo en gozo por la nueva Cuba").

Por entonces también llegaron los semáforos a la ciudad que según Nicolás Guillén alguna vez había sido una suave comarca de pastores y sombreros, aunque ya los coches de caballos apenas se veían, las serenatas perdían vigencia y la televisión abría sus fauces, la politiquería empañaba conciencias, el batistato nos llenaba de vergüenza y aún resonaba al pistoletazo de Eduardo Chibás. En ese contexto ante una decepción amorosa ya no se improvisaba un delicado madrigal con suspiros y rosas sino, con fingida indiferencia, porque el amor siempre hiere, decíamos: "No importa / los semáforos / siguen /cambiando de luz". En ese ámbito Dulce María Loynaz vino a la ciudad de sus ilustres antecesores mambises para hablar de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Como yo vivía en el centro mismo de la ciudad, apenas caminaba unos pasos me encontraba con la casa natal de Luis Casas Romero, donde ahora Antonio Muñoz, nuevo inquilino, pintaba para comer y escribía versos teñidos de erótico romanticismo y otros exageradamente agresivos. Un poco más allá estaba la casona de los Pichardo, donde nacieron Francisco Javier y Felipe, y enseguida una modesta placa distinguía la casa natal de la Tula. Pero, como Apollinaire, estábamos cansados de la antigüedad griega y romana y las puestas en escena que se programaban de algunos dramas de la Avellaneda, como Alfonso Munio, estaban lejos de mostrar la fuerza de la poderosa mujer cuyos retratos de la bella juventud no conocíamos y sólo nos asustaban los de aquella señora obesa coronada por mustios laureles. La sociedad de poco vuelo lejos de agigantar la imagen de la poetisa la empequeñecía y como no conocíamos sus estremecedoras cartas de amor ni la mayoría de sus grandes poemas o sus comedias de humor, todo se reducía a la Leyenda del aura blanca y unas cuantas anécdotas. Por eso no estábamos preparados para disfrutar de ese apasionado acercamiento de Dulce María a su antecesora que años más tarde pudimos apreciar.

Como Nicolás, la Loynaz acababa de pasar la decisiva puerta invisible del medio siglo y era menuda y enérgica, de mirada sostenida como duro diamante, de trato cordial y distante como lo fue hasta sus últimos días, cuando dialogábamos con ella desde la edad que ella tenía en aquella lejana visita y llegamos a ser al fin sus contemporáneos. Nos parecía tan madura desde siempre que le hubiera complacido la hiriente reflexión del Nobel escandinavo Knut Hamsun: "Los años no traen madurez alguna, únicamente traen la vejez". Aunque, sin duda, el polémico autor de Pan y la inolvidable Trilogía del vagabundo exageraba.

En la significativa antología Cincuenta años de poesía cubana, de Cintio Vitier, ese mismo año de 1953 hallamos más de una docena de sus poemas donde el agua _la lluvia, los juegos de agua, los estanques, el agua obscura que mana dentro de la roca..._ era la principal protagonista, fugaz, inasible, con frecuencia rebelde e idealmente libre, capaz de dejar a un lado toda su impureza. Yo tenía entonces diecisiete años y era pura intuición. Tardé exactamente cuarenta años en procesar esas lecturas, propias de un hijo de Acuario (aun cuando siempre pensé que las estrellas poco inclinan y obligan mucho menos que los avispados astrólogos) y entonces escribí "Elogio" de cuerpo breve, como muchos de sus cantos de intención filosófica: "Nadie sabe / las lágrimas que vierte el agua / para llegar a ser / la fuente / cristalina".

Como, con nuestro consentimiento o sin él vivíamos en la leyenda, algunas veces nos íbamos a la quinta de los Simoni en una de cuyas ventanas Enrique Loynaz había escrito el Himno Invasor, cuya letra llama al combate y cuya música comienza con notas exaltadas y termina en una carga de jinetes, nostálgicos de muerte y de patria. Así me lo pareció, aun en aquellos momentos en que era necesario volver al combate contra una nueva tiranía. Así lo siento todavía hoy. Pero el general, tan cercano a Maceo y a Martí, era un sensible soldado que escribía versos, y su primogénita era una verdadera cultora de la poesía que sin embargo no dejaba que su corazón interfiriera en las funciones de su cabeza, como de parecida manera dijo Brecht a propósito de Julio César.

En la antología de Vitier hallé joyas como "Eternidad", el soneto que habla del casi imposible amor feliz (el que se posa poco) todo el conjunto del agua, especialmente esa arpa de la lluvia.

Fui solidario con ese pequeño contrahecho "que conoce / todas las piedras del jardín", pero no me convenció el ritmo del verso. Confieso que me desconcertaron en esa poesía de la fineza, algunas estrofas de "Tiempo" con esos kilómetros de luz y gramos de pensamiento y la cinta de acero y el verso que se vuelve estrella dentro, pero separé, para mi deleite, una estrofa espléndida:

Quién pudiera como el río
ser fugitivo y eterno:
partir, llegar, pasar siempre
y ser siempre el río fresco...

Aun así en esa antología los poemas de la familia que me parecieron cercanos, verdaderamente memorables, fueron algunos de Enrique Loynaz, y específicamente "Entre los lirios" ("Entre los lirios no podría / decir cuál es el cuerpo de mi amada"), el ceñido y como el anterior de fuerte lirismo, y no se me escapa la aparente contradicción, pero lo sentí así, nombrado "He venido a buscar" ("He venido a buscar tus ojos esta tarde / y no he encontrado sino tu mirada"). Poco después lo conocería personalmente porque en el Hotel Plaza, donde por entonces yo laboraba, él solía hospedarse en santa paz y se sorprendió de que yo lo hubiese leído. Era muy reservado y no me pareció cultor de la afilada ironía como su hermana mayor. Y ahora no recuerdo si le conté que un joven médico amigo en sus "aventuras sigilosas", solía escudarse en el nombre de Julián del Casal (que hubiera sido incapaz de tal audacia) confiando en que nadie en ese discreto hotel conociera la existencia del poeta de Bustos y rimas.

En aquella década del cincuenta mis amigos y yo leíamos a Neruda, Guillén, Vallejo, Huidobro, Whitman, Eliot, Cummings, Quasimodo, Ungaretti, Machado, Lorca, Miguel Hernández y, cada día con más pasión, a los narradores y a los ensayistas: Kafka, Lagervist, Gheorghiu, Sartre, Camus, Hemingway, Faulkner y el Ulises de Joyce y cuando no había pan fresco, todo lo que nos caía en las manos. Nunca más volvimos a ver a los Loynaz, pero algunos cantos sueltos que en revistas y antologías hallamos de Dulce María, de elegante, delicada estructura y pura esencia, me recordaban a mis comprovincianos Brull y Ballagas y a otros de Tagore, aunque conseguidos con mano firme, no como los vibrantes, mágicamente desordenados de Ballagas o contenidos, más emotivos del caballero Brull. Con Tagore me parece que la Loynaz tenía algo así como una comunicación admirable. Mis amigos y yo no pretendíamos escribir como el espléndido Nobel hindú (a quien nunca comprendió García Márquez, lo que ratifica que nadie es perfecto) pero lo defendíamos porque era capaz de poner en las más cotidianas palabras una carga luminosa que otros no conseguían con extensos y complejos poemas.

Nadie escapa a su tiempo, por mucho que lo intente. Por eso fuimos, pienso que para bien, captados por las estructuras y los contenidos de Residencia en la tierra, Poeta en Nueva York, Altazor, Elegía a Jesús Menéndez, y el personal coloquialismo de La canción de amor de Alfred J. Prufock. En la distancia cálida quedaron los Juegos de agua y no alcanzamos a leer, en medio del fragor de una guerra verdadera que coronaría la gesta del 10 de octubre de 1868, el intenso poema de la Loynaz, Últimos días de una casa que vendría a ser, lo que no sospechábamos, su último y venturoso aporte a la poesía cubana, cuya primera edición auspició la Colección Palma, Serie Americana, de Madrid, y se terminó de imprimir _ah, persistencia de los símbolos_ el 31 de diciembre de 1958. Esa noche, la dramática de San Silvestre, como la recordaba Nicolás Guillén, fue la última de una larguísima y tortuosa época, y como el propio Nicolás poetizaba, cortó en dos como bajo un golpe de hacha la historia del país y mucho significó y significa aún para nuestra América y el mundo.

Años después Dulce María me entregó, corregido por su mano, un ejemplar de la modesta edición de ese poema sobrio y fuerte, en cuya tapa una tímida pluma parece descender como un pájaro vulnerado. La última estrofa de ese texto donde una casa a punto de ser demolida habla como en las viejas fábulas, nos llama a la meditación.

Los hombres son y sólo ellos,
los de mejor arcilla que la mía,
cuya codicia pudo más
que la necesidad de retenerme.
Y fui vendida al fin
porque llegué a valer tanto en sus cuentas,
que no valía nada en su ternura...
Y si no valgo en ella, nada valgo...
Y es hora de morir.

Es hora de morir para la casa familiar. Y también es la hora del último adiós para la poesía de una fina arquitecta del verso que enmudeció justamente cuando acababa de cumplir cincuentiséis años, y llegaría a ser la más longeva de las poetisas de ese año de gracia para la poesía mundial, porque cerca de cuarenta poetas de más de veinte países que escribieron en una docena de lenguas fueron lanzados al torrente del contradictorio siglo xx en aquel 1902 que Dulce María alcanzó a ver con ojos angélicos en sus últimas estrellas.

Desde luego, en su caso la poesía se filtró en otros géneros. Sin prisa y sin ánimo de llenar anaqueles, escribió ensayos, crónicas, artículos, prólogos, y conferencias que en ocasiones llegaron a la letra impresa, amén de una caudalosa correspondencia y confidencias bien pensadas que aparecen en revistas, testimonios y estudios de su vida y su obra.

Y hasta se rescataron sus tempranos versos del Bestiarium, primero en la entrega de la revista Revolución y Cultura de noviembre de 1985 y más tarde en forma de libro. Por entonces yo trabajaba en mi ensayo sobre El gran zoo de Nicolás Guillén y tenía a mano varias aproximaciones literarias al mundo animal de Arreola, Andrés Eloy Blanco, Apollinaire y otros autores más lejanos en el tiempo y pude apreciar el arte juvenil con que Dulce María pone junto al rinoceronte y el camello, el salto de la rana (que según Arreola salta sólo para confirmar su natural estático y que es, la rana, todo corazón) y la abeja, mucho más cantada que los pobres batracios en la historia universal de la literatura. Para confirmar que desde siempre embridó la emoción, cuando observa al ciempiés se pregunta: "¿Qué hará el ciempiés / con tantos pies / y tan poco camino?".

No sé si por sus ilustres apellidos, por la costumbre de toda la familia lírica (Enrique, Flor, Carlos Manuel, y ella misma) de vivir todo en toda la intimidad posible, incluso de estudiar, a veces trabajar, en la mansión donde acogieron, con diverso énfasis, a Juan Ramón, Lorca, Gabriela Mistral, no se nos ocurrió en la temprana juventud frecuentarla y lo cierto es que no saltamos de gozo ante la aparición de Jardín, que se anticipó a nuestra adolescencia y después se disipó en lejanas bibliotecas, ni ante Un verano en Tenerife, aparecida en el crucial 1958. En rigor las novelas cubanas que buscábamos con verdadero interés entonces eran Contrabando, El acoso, El reino de este mundo o La sangre hambrienta y más que memorias de líricos viajes nos adentrábamos en los Diarios de José Martí (de quien Dulce María fue una devota absoluta) y las ardorosas páginas de Pluma en ristre de Pablo de la Torriente y los cuentos de Novas Calvo, Onelio Jorge, Carpentier, Labrador. La época imponía sus fueros. Aunque esperábamos sus nuevos poemas, acaso de un intimismo más desnudo, esto no ocurrió. De modo que desandamos el camino, fuimos buscando (y ya en este caso debo decir más exactamente, fui, porque no sé hasta dónde llegaron en su búsqueda los sobrevivientes compañeros de Los Nuevos y otros grupos afines de los cincuenta) destejiendo ovillos hasta llegar a los primeros libros _y no únicamente los textos de las antologías_ de Dulce María, la poetisa durmiente, serenamente ausente de los nuevos modos, de las escuelas que surgían y desaparecían con el fervor o el desencanto de las nuevas promociones que ocupaban los catálogos de la segunda mitad del siglo xx.

En la medida en que los extensos poemas de mi escritura fueron dando paso a los breves que aspiraban a ofrecer en la difícil síntesis más sugerencias que definiciones, retorné a sus afilados textos breves y descubrí otros. Con sabiduría suprema, dice la poetisa habanera:

Más que la muerte del viejo amor
debe inquietarnos
el nacimiento del amor nuevo.
Porque el amor es
además de infinito,
increado.

En los poemas publicados a principios de 1920 que recientemente el joven vate e investigador Roberto Carlos Hernández reunió en el cuaderno de Ediciones Extramuros El áspero sendero, figura la "Canción de invierno" escrita el 19 de enero de ese año, donde habla, como buena adolescente, de las ilusiones de otros días, los suspiros, las risas, todo lo que el tiempo apagó, así como esas flores del alma pronto tronchadas y termina:

Yo adoro los días nublados de invierno
con sus tardes plenas de melancolía,
las tardes de invierno
brumosas y tristes,
brumosas y tristes como el alma mía.

El tono es exagerado, pero debemos tener en cuenta que la autora ha cumplido diecisiete años unas semanas antes, y que así es la adolescencia. Por fortuna, las alas de sus mariposas se abrieron al sol, y llegaron los gráciles poemas del agua, esa parte de nuestro planeta que es como el alma de la tierra, y que como toda alma puede alzarse súbitamente en olas de furia.

La tierna humildad del río Almendares, como lo sentía Lezama que fue capaz de compararlo con los grandes ríos navegados, o al menos contemplados, por el pintor Mariano, tenía en la Loynaz a su cantora principal. Cuando ese río habanero fluya libre al fin de la contaminación, en una de sus orillas habrá de fijarse en bronce el canto fluido y sincero.

En su página nombrada "Creación", le concede a ese líquido elemento el instante inicial del universo, aunque admite que era "Un agua ronca / sin respirar de peces, sin orillas". Por su parte "En el Acuarim" cree ver un "Espejo de pacíficos y atlánticos, / pequeño mar dormido entre cristales". Y en "Cuando vayamos al mar" ("Cuando vayamos al mar / yo te diré mi secreto... / Mi secreto se parece / a la ola y a la sal") no logra desasirse de la mano de Mariano Brull, lo que hace, con toda fortuna, en un poema poco frecuentado, menos alígero, de seguro acento, que tituló "Estribillo del amor en el mar", con esa mujer que espera siempre al amor que va de puerto en puerto, un tema viejo tratado con originalidad. El mar también atrae a la niña ciega, alienta sueños. Y el agua sigue en el río que se va y que no se va, o bien despeñándose hacia el mar, que en Manrique es el morir y en nuestra poetisa una forma nueva de vida. De pronto su modo reflexivo de ser se refleja en "Duda": "Cuando la ola viene impetuosa sobre la roca... ¿La acaricia o la golpea?". De pronto una pequeña perla blanca aparece en la concha sutil de "Al desconfiado":

...Echa tu red en mi alma: Tengo también debajo de la sal y de la sombra, mi temblor de escamas plateadas y fugaces...

En uno de sus más célebres poemas, el venezolano Andrés Eloy Blanco admite que se quedó "mirando cómo el río / se iba poniendo en cinta de la estrella", mas cuando quiso descender hacia las aguas y hacerla su presa, descubrió que era en el firmamento donde brillaba la estrella. Dulce María, en este caso, no sigue el áspero camino de la lógica y en "Estrellas en el río" proclama:

¡Estrellas en el río!
Cuántas estrellas han caído en el agua...
Míralas cómo tiemblan;
míralas cómo brillan y se esconden.

Así pues, en este va a favor de la corriente... de la musa popular. Pero no por mucho tiempo puesto que en "Rebeldía" vira el guante y un golpe de la razón amarga le hace escribir:

¿A qué amar la estrella en el lago? ¿A qué tender la mano hacia la frágil mentira del agua? Mendigo de bellezas, buceador de esperanzas, mira que sólo la Verdad es digna de tu sueño: Sé fuerte alguna vez y apedrea la estrella que no existe en el agua falaz y brilladora.

Sus Juegos de agua no son, como el título pudiera sugerir, blancas gotas o azules ondas propias del coro de niños sino expresión formidable de su concepto de la poesía y de su visión del mundo. Otro de sus textos poco frecuentado, "Abrazo", transita por una senda erótica:

Hoy he sentido el río entero
en mis brazos... Lo he sentido
en mis brazos, trémulo y vivo
como el cuerpo de un hombre verde...
Esta mañana el río ha sido
mío [...]

Si en "Actitud", muy estrechamente acompañada de Tagore dice: "Inclinada estoy sobre tu vida, como el sauce en el agua", y en "Arpa" nos regala un bello tema lírico, digno de la más severa antología:

¿Quién toca el arpa de la lluvia?
Mi corazón, mojado, se detiene a escuchar
la música del agua.

para cantar a una fuente con cierta amargura _como lo hicieron Plácido, el Heredia francés, Ballagas, entre otros_ y discrepa de esa taza de mármol que retiene contra su naturaleza al líquido mágico, para terminar haciendo lo que parece insólito, mimar al agua que es la encarnación de lo sutil

En el parquecillo urbano
la pobre agua está triste
y yo le paso la mano...

en "El agua rebelada", el amor no comulga con cauces de lindos colores, se hace violento como los golpes del agua que destruye los sembrados. Por eso este amor:

como los ríos, desbordados, rompe
los medidos caminos, se retuerce,
logra escaparse de su cruz y corre
libre...

De todas esas aguas, diáfanas, revueltas, mansas, violentas, oscuras. roncas, contentas de sus gérmenes como el corazón de los enamorados, sometidas a las rocas, detenidas en las fuentes, cayendo interminablemente en las cascadas o retozando como bellas criaturas en la memoria, está hecha la poesía de íntima rebeldía de la Loynaz que supo esperar a que al fin, después de muchas avaras primaveras, floreciera su jardín.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002