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Novelista y periodista
En
1943 Wifredo Lam realizó su obra más lograda: La jungla,
donde las cañas de azúcar verticales dominan el enredijo
vegetal. Esas plantas son encarnaciones de Osaín, deidad
del panteón yoruba, amo de la naturaleza, que posee una sola
mano, una sola pierna, un solo ojo, una oreja grande y otra chica.
Es el dueño de todas las hierbas. En el cuadro hay pechos
turgentes, rebosantes de fecundidad y efigies de fetiches de la
imaginería afroide o de una naturaleza encantada. Es una
obra surgida de pavores ancestrales, de atavismos enmascarados,
evocadora de arcanos y cultos olvidados. Hasta hoy esa obra se exhibe,
como una pieza mayor, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Poco después pintó otro de sus cuadros significativos:
La silla, que colgó en el salón de Alejo Carpentier
durante toda la vida del escritor. Obra fundamental, también
de ese período, es Belial (1947), en la que predominan los
cuernos, las púas, los aguijones, las flechas. Un demonio
negro coronado se aproxima a una mujer de múltiples brazos
que ostenta un rabo de caballo. Ambas figuras están separadas
por cábalas numéricas y por extremidades caprípedas
que se fugan hacia lo alto.
Los rostros afilados de la pintura de Lam pueden ser un legado de
las máscaras de los baulé, de los guro o de los baga.
Sus ojos rasgados, sus cabezas ornamentadas, sus pechos fértiles
se relacionan con las tallas yorubá. Sus animales estilizados
son una influencia del bestiario bambará. Pero no debe llegarse
a extremos serviles en estas interpretaciones. Algunos críticos
han querido ver una relación de causa y efecto demasiado
sumisa, como si Lam hubiese sido una especie de ilustrador de leyendas
negras, negándole su cometido a la imaginación del
artista.
El reencuentro de Lam con sus raíces, a su regreso a Cuba
en la década del cuarenta, lo alejó del cubismo sintético
y propició su inmersión poética en las culturas
africanas y en la adopción de una visión propia del
mestizaje africano. Fernando Ortiz ha señalado adecuadamente
que al analizar la simbología lamiana se ha aludido al vudú
haitiano, la santería afrocubana, el ñañiguismo
habanero, los bozales cimarrones, a tambores y maracas, látigos
y cepos, ídolos y máscaras pero esas interpretaciones
se basan en espejismos. En Lam ocurre una iluminación resultante
de la fusión de corrientes pictóricas parisinas con
elementos autóctonos afroides de los que era portador. Esa
visión mestiza y sincrética sólo puede expresarse
cuando la percepción adquirida se ha sedimentado en sus más
profundos estratos cognoscitivos.
Wifredo Lam nació en 1902 en Sagua la Grande, ciudad cubana
que fue famosa por sus exquisitas ostras. Hijo de chino y de mulata,
fue tataranieto de otro mulato que mató al abusivo usurero
que le despojó de sus bienes. Le cortaron una mano por su
crimen y se fugó al bosque, donde vivió como un activo
cimarrón al que apodaron mano cortada. Más
tarde Lam atribuiría cierto carácter montaraz de su
pintura a su proscrito antecesor. De muy niño tuvo la traumática
impresión de hallar un murciélago en su cuarto, colgado
del techo cabeza abajo que se lanzó a revolotear en torno
a él incrementando su pavor. El espantado muchacho imaginaba
ser acometido por un extraño bicho de dos cabezas que perseguía
su propia sombra. Lam experimentó lo que más tarde
describiría como la zozobra de no ser sino una cosa
entre las cosas, una presencia muda frente a objetos sin nombre.
Las cabezas de murciélago serían, más tarde,
un elemento constante de su pintura.
Lam aprendió a pintar en la Academia de San Alejandro, fundada
en La Habana a inicios del siglo xix por el francés Vermay,
discípulo de David. Allí fue condiscípulo de
otro talentoso pintor, Víctor Manuel, quien trajo en la punta
de sus pinceles la escuela de París, al retornar de Europa
en 1925. Fue Víctor Manuel quien encendió la rebelión
de una joven generación de pintores abrumada por las tradiciones
académicas. Hasta entonces el perfeccionismo realista de
Romañach dominaba la pintura cubana.
Lam llegó a Madrid en 1924 favorecido por una beca que le
otorgó su ciudad natal. Viviría allí durante
catorce años y completaría su formación académica.
Frecuentaba obsesivamente el Museo del Prado donde se nutría
especialmente en las salas donde colgaban el Bosco, Durero y Brughels.
Hasta entonces había estado imbuido por el sincretismo cubano,
mezcla del paganismo africano y la idolatría de la iglesia
romana y también asimiló ciertas prácticas
espiritistas practicadas en su familia. En Madrid se dejó
ganar por el catolicismo. Lam confesó más tarde que
era en parte salvaje y en parte, cartesiano.
En Madrid se casó y nació su primer hijo. Ambos, esposa
e hijo, morirían en breve afectados por las privaciones que
el pintor atravesara en esa etapa. Al comenzar la guerra en España
contribuyó a la creación de la Asociación de
Intelectuales Antifascistas y trabajó en una oficina de propaganda
Más tarde trabajó en una fábrica de explosivos,
situando espoletas a bombas antitanques. En esos años conoció
a Tito, a Modesto, a Vittorio Vidali. También estableció
relaciones con Azorín, Valle Inclán, Malraux, Carpentier
y Nicolás Guillén.
Fue en Madrid, exactamente en 1936 según ha recordado
Pierre Mabille, donde Lam asistió por primera vez a
una exposición de Picasso. En esos tiempos comenzó
a familiarizarse con las máscaras y esculturas del arte africano.
Aquí experimentó un primer giro decisivo en su pintura:
empezó a abandonar el minucioso verismo clásico que
le dominaba para adoptar una visión más sinóptica
y próxima al cubismo de la época negra de Picasso.
Sus formas cobraron autonomía para acercarse a los valores
primordiales de sus antecedentes africanos. Fernando Ortiz, en el
mejor ensayo sobre Lam que se haya publicado hasta ahora, valoró
su pintura como sacromágica, una especie de ontología
del misterio. Para Ortiz, Lam representa las fuerzas de la naturaleza
según la muestran las religiones más antiguas de África.
Algunos críticos se refieren exageradamente a los fenotipos
heredados como causales del estilo de Lam. Ortiz previno contra
la infundada aseveración racista de otorgar a la mitología
de las razas la determinación de ciertos caracteres humanos.
Pero no hay dudas de que Lam recibió de su raíz china
la delicadeza y la finura de su ejecución, la diafanidad
de sus formas y sus admirables matizaciones.
Antes de finalizar la guerra española viajó a París
donde un amigo común, Manolo Hugué, le encomendó
a Picasso. El día que el pintor cubano llegó a casa
del malagueño este se hallaba en la bañera, pero emergió
para envolverse en una toalla, como si fuese la clámide de
un antiguo romano, y al ver los cuadros que se le presentan sentenció,
consagratorio: ¡Tú eres un pintor!. La
amistad con Picasso produjo en Lam el efecto de un detonador: ambos
artistas deambulaban insepara-blemente, departían incesantemente.
Lam se entregó a una maníaca creatividad. Picasso
promovió al cubano e interesó al marchand Pierre Loeb
para que auspiciara su primera exposición. El día
del vernissage, junto a Picasso se hallaban, patrocinando también
al pintor mulato, Marc Chagall y Le Corbusier. Fue una consagración.
Después vino la guerra. Lam presenció la ocupación
hitleriana de París. Su nueva esposa alemana, Helena, pronto
fue acusada de haber degradado la raza aria al casarse con un mestizo.
Amenazaron enviarla a un campo de concentración pero, por
mediación de amigos franceses, se logró su liberación
y enseguida escaparon a Marsella intentando venir a América.
Allí se le unieron otros refugiados ilustres: Fernand Leger,
Levi-Strauss. Pudieron abordar una nave que los llevó hasta
Martinica donde fueron internados. Después de lograr los
documentos necesarios y tras una escala en Santo Domingo, Lam regresó
a Cuba.
En su isla natal ocurriría el segundo y más decisivo
giro de su pintura. Su regreso a las raíces provoca un reencuentro
con las vibraciones de la africanía, como diría
Ortiz. Anteo de nuevo tipo, Lam cobró mayor brío al
relacionarse con su suelo propio y halló su definitiva madurez
al posesionarse de un instrumental de símbolos y de una nueva
gama en su paleta que expresaron cabalmente la fusión de
culturas y hechuras y la amalgama de contextos. Mujeres zoomorfas,
terribles endriagos con rabos, pezuñas y cuernos, furias
deiformes con afiladas púas arborescentes, espectros romboidales,
fronda feroz. Sintetizó las mitologías africanas,
las formas europeas y el sincretismo cubano. El resultado fue una
cosmogonía embriagadora.
En la década del cuarenta Lam viajó intensamente por
Estados Unidos y América Latina. El crítico Per Hovdenak
ha sustentado que la presencia de Lam en Nueva York influyó
poderosamente en los jóvenes artistas de entonces que más
tarde integraron el movimiento del expresionismo abstracto, entre
ellos Arshille Gorky, Pollock, Motherwell y De Kooning. En México
frecuentó a Diego Rivera y en Venezuela conoció la
meseta del Auyán Tepui y el impresionante Salto del Ángel,
que sirvieron a Alejo Carpentier de escenario a su novela Los pasos
perdidos. En Colombia visitó el Paso del Águila, asociado
a la marcha libertadora de Bolívar. En aquellos tiempos anudó
sólidas amistades con Anaïs Nin, Varese, Tanguy, Cage,
Matta, Calder, Van der Rohe, entre otros. En 1956 se estableció
en Europa, París y Zurich fueron sus moradas habituales hasta
que se arraigó en Italia, en Albisola, por un período
de quince años.
En sus últimos dos decenios la crítica lo consagró
como uno de los pintores fundamentales de nuestra época.
Michel Leiris advirtió que si Lam se encuentra en una encrucijada
entre varias culturas, su arte no es el resultado de un eclecticismo
ni de un arcaizante mimetismo del arte negro, sino una conjugación
de corrientes que se diluyeron y mezclaron dentro de su poder creativo.
El apresamiento de espíritus que buscaban una materia para
manifestarse fue para Benjamin Peret el objetivo de Lam, que impulsó
la manifestación de esas fuerzas inclinándolas a iniciar
una cadena de metamorfosis infinitas. En cambio, el poeta Rene Char
describía sus cuadros como telas nudosas, agresivamente surgidas
de la tierra, con un violento aroma de forestas reconciliadas con
personajes inminentes. Arthur Lundkvist definió rotundamente
su pintura como la encarnación de los dragones de Oriente,
los dioses de África y la maquinaria de Occidente.
Lam fue un instaurador de su propio sistema, no un epígono
de la vanguardia europea. Creó un lenguaje específico
para poder develar el mundo que fundó. Su obra adquirió
relevancia por su entrega de una dimensión auténtica
de la identidad de América Latina. Lam propició una
toma de conciencia de los legados que conformaron el nuevo continente
con una profundidad que pocos habían explorado hasta entonces.
Magia y civilización se amalgamaron en su obra para aflorar
leyendas y formas armónicamente entrelazadas. Por ello ha
sido un oráculo y un ensalmador que logró encauzar
la incoherencia de un caudaloso río imaginativo utilizando
el politeísmo afroide y las tradiciones estéticas
de Occidente. Lam unió bestiarios ornamentados y fronda mágica,
rampantes genitales masculinos y mamas femeninas ocultas en verdores
vegetales, severos dioses con rabos y cuernos de la barbarie irredenta
y caprípedas bacantes, flechas alocadas que cruzan el lienzo
como meteoros y cañas como cenefas, pájaros perplejos
y desplegadas alas de victoria. No olvidó la importancia
del color, evidente en sus cafés y sienas, en su predilecto
terracota, en las leves irrupciones del cobalto y los fondos de
coral y gualda. En su registro de nuestro continente coexiste la
ferocidad del cimarronaje con el paganismo animista de los fanáticos.
La pintura de Wifredo Lam ha mostrado nuestra fortaleza y nuestra
debilidad en un contrapunto emancipador. Por eso su legado nos ayuda
a entendernos con su obsesivo humanismo que lo ha consagrado como
uno de los descubridores de los rasgos esenciales del tiempo presente.
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