La pintura de Wifredo Lam

Jorge Mañach

Ensayista, periodista y crítico de arte

Hace cuatro años, Lydia Cabrera se preguntaba, desde estas páginas del Diario: “¿Por qué Wifredo Lam no expone en La Habana?”.

Muchos éramos a hacernos la misma pregunta. Después de largas y oscuras andanzas por España y por Francia –ese largo trecho de vida entrañada, en que el artista se va desprendiendo poco a poco de la placenta tradicional– Wifredo Lam, el pintor de Sagua, criollo mestizo de sangre africana y asiática (el dato es esencial) había triunfado en París. A pesar de los broncos ruidos que llenaban el mundo, hasta acá llegaba el rumor de que Picasso le tenía en insólita estimación y de que los juicios más autorizados ponían a la pintura de Lam en rango universal. ¿Por qué no había expuesto aún en su tierra? Llegamos a creer que ello se debiera a cierto desdeño so desvío nacido de la larga expatriación, a cierto temor de no ser lo suficientemente comprendido y valorado entre nosotros. Pero ya aquí mismo, por lo que en su obra se había visto –que era poco y como residual– Lam andaba de boca en boca. Aun aquí, percibíamos que ya su pintura era, a la vez, cosa muy nuestra y muy del mundo.

Ahora al fin, Wifredo Lam expone en Lyceum. Es, pues, un acontecimiento –el de más relieve entre nuestros sucesos de arte desde hace bastante tiempo. ¿Habrá provincianismo en atribuirle esa importancia por el solo hecho de haber sido tan altamente enjuiciado fuera de Cuba el arte de Lam? Me parece que no. Claro que tenemos nuestras razones propias, intrínsecas para celebrar esta peripecia de la cultura, y ya vendremos a ellas; mas, por lo pronto, no nos permitamos la soberbia –que esa sí sería aldeana– de conocer cuánto importa que un artista nuestro haya logrado vencer, a puro talento, a pura seguridad y novedad y profundidad de su idioma estético, la consabida displicencia de los grandes centros de cultura (y particularmente en París) a todo lo que no es hechura directa suya.

Porque, además, se da el caso de que Lam haya logrado todo eso sin dejar de ser muy nuestro, sin renunciar a su propia sustancia, antes potenciándola hasta un máximo de refinamiento simbólico. Por eso se decía que era importante el dato de su mestizaje. Esta pintura, totalmente desentendida de “lo natural”, en el sentido inmediatista que suele dársele a la palabra, en su sentido de circunstancia puramente física, está, en cambio, hondamente enraizada en esa híbrida conciencia racial de Lam: en su estrato chino y en su estrato negro. Hasta qué punto por ese hecho podamos llamarle pintura “cubana” es una pregunta que sólo serviría para plantearnos la averiguación de qué cosa sea en definitiva, lo cubano; o más bien para llevarnos francamente a la conclusión de que lo cubano no es todavía nada en definitiva: somos sencillamente, un pueblo que se está haciendo, en lo étnico como en todo lo demás. Ya no somos españoles, ni negros, ni mucho menos chinos; somos un poco la conjugación de todo eso, pero todavía sin una cabal coherencia. Lo cubano es un concepto de futuro.

El arte de Lam es profundamente cubano porque revela, con una fuerza plástica extraordinaria, esa variedad de elementos en nosotros, sometiéndolos a la única concordancia o congruencia de que podamos blasonar, que es la que nos viene del aire común, de la luz en que todos estamos bañados, del trópico en que estamos sumidos. En esta atmósfera telúrica se conjugan –es decir, vierten sus jugos– la conciencia negra con su sentido mágico, su “brujería”, su aptitud para ver en las puras formas oscuros sentidos vitales, de acento genésico; y la conciencia asiática con su sentido radicalmente contrario, de intimidad, de emoción poética, de anegamientos en el espíritu. Un cuadro de Lam –cualquiera de ellos– está lleno de ilusiones al doble juego del mito en que se han expresado esas sensibilidades milenarias: del África, el animismo, el bestiario demoníaco, con sus cuernos ubicuos como uñas y sus frutas de selva como senos, del Oriente, el panteísmo, aquella otra fantasma-goría más delicada que recoge, en vagas invenciones animales –el dragón, el pájaro mítico– o en misteriosas caligrafías, una emoción mística de las cosas.

Por todo esto, repito, Wifredo Lam lo sumerge en un ámbito de luz y de color que no es ya ni lo crudamente africano ni lo fantasmal del paisaje asiático, aunque conserva un poco de la brutalidad de lo uno y de la delicadeza de lo otro. Es fácil equivocarse, sutilizar demasiado; pero se cree ver en la naturaleza de estos cuadros, en su trama general de luz y de color, esa especie de destilación de violencia que da nuestra latitud tropical: cree uno descubrir el paisaje del trópico moderado que vivió Lam junto al río en su niñez sagüera.

Todo análisis, sin embargo, nos expone siempre a dejar escapar lo esencial. Y lo esencial en el arte de Lam la emoción poética profunda, entre el ensueño y la pesadilla, en que sobrenadan todos esos elementos, como arrastrados por no se sabe qué atómica resaca; es la avidez de misterio más que de claridad, con que se adentra en un mundo de formas en parte recordadas y en parte inventadas; y es, además, aparte todos los sentidos ocultos y sus desciframientos, la extraordinaria belleza plástica de estas realizaciones, conseguida mediante un aprovechamiento sutilísimo del color, de la línea, del espacio visual. En eso es donde se ha superpuesto a lo nativo de Wifredo Lam, a lo que le viene de sangre y de geografía, toda la ciencia de pintor que apreció –en Francia y con Picasso sobre todo–, ciencia de pintor para quien lo importante no es la ciencia representada, sino el idioma con que se expresa eso que no existe ya hecho en el mundo de las cosas: eso que no es sólo verdad hecha mentira, mutación de residuos vitales hecha poesía.

Con Wifredo Lam, efectivamente, nuestra pintura –tan desasida ya de las tradiciones yertas que por mucho tiempo la forjaron al nacer y le impidieron marchar– ha adquirido una distinción, una originalidad, una fuerza inventiva y expresiva, que le dan derecho de calidad ante el mundo. Bien hizo mi tierra sagüera en declarar hace un año a Wifredo Lam su hijo eminente. Está haciendo para la pintura cubana lo que Albarrán hizo para nuestra potencialidad científica: darle prestigio exportable, dimensión universal.


regresar

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002