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Ensayista,
periodista y crítico de arte
Hace
cuatro años, Lydia Cabrera se preguntaba, desde estas páginas
del Diario: ¿Por qué Wifredo Lam no expone en
La Habana?.
Muchos éramos a hacernos la misma pregunta. Después
de largas y oscuras andanzas por España y por Francia ese
largo trecho de vida entrañada, en que el artista se va desprendiendo
poco a poco de la placenta tradicional Wifredo Lam, el pintor
de Sagua, criollo mestizo de sangre africana y asiática (el
dato es esencial) había triunfado en París. A pesar
de los broncos ruidos que llenaban el mundo, hasta acá llegaba
el rumor de que Picasso le tenía en insólita estimación
y de que los juicios más autorizados ponían a la pintura
de Lam en rango universal. ¿Por qué no había
expuesto aún en su tierra? Llegamos a creer que ello se debiera
a cierto desdeño so desvío nacido de la larga expatriación,
a cierto temor de no ser lo suficientemente comprendido y valorado
entre nosotros. Pero ya aquí mismo, por lo que en su obra
se había visto que era poco y como residual Lam
andaba de boca en boca. Aun aquí, percibíamos que
ya su pintura era, a la vez, cosa muy nuestra y muy del mundo.
Ahora al fin, Wifredo Lam expone en Lyceum. Es, pues, un acontecimiento
el de más relieve entre nuestros sucesos de arte desde
hace bastante tiempo. ¿Habrá provincianismo en atribuirle
esa importancia por el solo hecho de haber sido tan altamente enjuiciado
fuera de Cuba el arte de Lam? Me parece que no. Claro que tenemos
nuestras razones propias, intrínsecas para celebrar esta
peripecia de la cultura, y ya vendremos a ellas; mas, por lo pronto,
no nos permitamos la soberbia que esa sí sería
aldeana de conocer cuánto importa que un artista nuestro
haya logrado vencer, a puro talento, a pura seguridad y novedad
y profundidad de su idioma estético, la consabida displicencia
de los grandes centros de cultura (y particularmente en París)
a todo lo que no es hechura directa suya.
Porque, además, se da el caso de que Lam haya logrado todo
eso sin dejar de ser muy nuestro, sin renunciar a su propia sustancia,
antes potenciándola hasta un máximo de refinamiento
simbólico. Por eso se decía que era importante el
dato de su mestizaje. Esta pintura, totalmente desentendida de lo
natural, en el sentido inmediatista que suele dársele
a la palabra, en su sentido de circunstancia puramente física,
está, en cambio, hondamente enraizada en esa híbrida
conciencia racial de Lam: en su estrato chino y en su estrato negro.
Hasta qué punto por ese hecho podamos llamarle pintura cubana
es una pregunta que sólo serviría para plantearnos
la averiguación de qué cosa sea en definitiva, lo
cubano; o más bien para llevarnos francamente a la conclusión
de que lo cubano no es todavía nada en definitiva: somos
sencillamente, un pueblo que se está haciendo, en lo étnico
como en todo lo demás. Ya no somos españoles, ni negros,
ni mucho menos chinos; somos un poco la conjugación de todo
eso, pero todavía sin una cabal coherencia. Lo cubano es
un concepto de futuro.
El arte de Lam es profundamente cubano porque revela, con una fuerza
plástica extraordinaria, esa variedad de elementos en nosotros,
sometiéndolos a la única concordancia o congruencia
de que podamos blasonar, que es la que nos viene del aire común,
de la luz en que todos estamos bañados, del trópico
en que estamos sumidos. En esta atmósfera telúrica
se conjugan es decir, vierten sus jugos la conciencia
negra con su sentido mágico, su brujería,
su aptitud para ver en las puras formas oscuros sentidos vitales,
de acento genésico; y la conciencia asiática con su
sentido radicalmente contrario, de intimidad, de emoción
poética, de anegamientos en el espíritu. Un cuadro
de Lam cualquiera de ellos está lleno de ilusiones
al doble juego del mito en que se han expresado esas sensibilidades
milenarias: del África, el animismo, el bestiario demoníaco,
con sus cuernos ubicuos como uñas y sus frutas de selva como
senos, del Oriente, el panteísmo, aquella otra fantasma-goría
más delicada que recoge, en vagas invenciones animales el
dragón, el pájaro mítico o en misteriosas
caligrafías, una emoción mística de las cosas.
Por todo esto, repito, Wifredo Lam lo sumerge en un ámbito
de luz y de color que no es ya ni lo crudamente africano ni lo fantasmal
del paisaje asiático, aunque conserva un poco de la brutalidad
de lo uno y de la delicadeza de lo otro. Es fácil equivocarse,
sutilizar demasiado; pero se cree ver en la naturaleza de estos
cuadros, en su trama general de luz y de color, esa especie de destilación
de violencia que da nuestra latitud tropical: cree uno descubrir
el paisaje del trópico moderado que vivió Lam junto
al río en su niñez sagüera.
Todo análisis, sin embargo, nos expone siempre a dejar escapar
lo esencial. Y lo esencial en el arte de Lam la emoción poética
profunda, entre el ensueño y la pesadilla, en que sobrenadan
todos esos elementos, como arrastrados por no se sabe qué
atómica resaca; es la avidez de misterio más que de
claridad, con que se adentra en un mundo de formas en parte recordadas
y en parte inventadas; y es, además, aparte todos los sentidos
ocultos y sus desciframientos, la extraordinaria belleza plástica
de estas realizaciones, conseguida mediante un aprovechamiento sutilísimo
del color, de la línea, del espacio visual. En eso es donde
se ha superpuesto a lo nativo de Wifredo Lam, a lo que le viene
de sangre y de geografía, toda la ciencia de pintor que apreció
en Francia y con Picasso sobre todo, ciencia de pintor
para quien lo importante no es la ciencia representada, sino el
idioma con que se expresa eso que no existe ya hecho en el mundo
de las cosas: eso que no es sólo verdad hecha mentira, mutación
de residuos vitales hecha poesía.
Con Wifredo Lam, efectivamente, nuestra pintura tan desasida
ya de las tradiciones yertas que por mucho tiempo la forjaron al
nacer y le impidieron marchar ha adquirido una distinción,
una originalidad, una fuerza inventiva y expresiva, que le dan derecho
de calidad ante el mundo. Bien hizo mi tierra sagüera en declarar
hace un año a Wifredo Lam su hijo eminente. Está haciendo
para la pintura cubana lo que Albarrán hizo para nuestra
potencialidad científica: darle prestigio exportable, dimensión
universal.
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