Enrique Labrador Ruíz. Una entrevista edificante

Guillermo Villaronda

Sumario:

La violencia de vacaciones. – Un reloj que perteneció al general Morazán. – Cómo se hizo el Trailer. – Nuevas obras.– ¿Abandono de los gaseiforme? – La novela cubana para el gran público.

Si algo nos interesa de Enrique Labrador Ruiz, era saber cómo andaban sus violencias. Desde hacía algún tiempo no encontrábamos rasgo alguno de su antigua cólera. Aquellas expresiones famosas, tan gustadas por lo incisivas, que eran la comidilla diaria de los corrillos literarios, no viajaban ahora de boca en boca. Había ocurrido un descenso en la pasión del novelista que últimamente obtuviera uno de los jugosos premios del “Juan Gualberto Gómez”, o era un problema táctico, de estrategia intelectual, lo que hacía callar todo aquello que antes constituía su hábito más característico.

Nos asombramos cuando, al llegar a su estudio de la calle de la Reina, no arremetió contra nadie, con aquella gracia criolla con que acostumbraba. En cambio, nos habló de su valiosa colección de polimitas, regalo de don Carlos de la Torre; de sus viejos relojes, entre los cuales resalta uno enorme, de oro puro, que perteneció nada menos que al unionista general Francisco Morazán; de sus raras pipas, en las que fuma a veces, cuya colección nos luce una de las mejores de Cuba; de sus cuadros donde imperan las mejores firmas nacionales… En fin, nos relató sus aventuras de coleccionista y malacólogo, pero eludió transitar con su palabra por la reputación –literaria o artística– de los otros…

–Lo veo tranquilo, con la quietud remozada. ¿No se complacía en decir que el odio es fecundo?

Su respuesta fue una sonrisa que estiró hacia algún objeto adquirido en Honduras, Guatemala o México.

–Mire –añadimos–: si quiere hablar mal de alguien, puede hacerlo. Yo vengo a entrevistarlo y usted está en el derecho de manifestarse en la forma que desee.
Entonces se refirió a sus baños turcos o rusos, a sus ejercicios diarios… Lo de la violencia quedó en remojo, pero nos dio la impresión de que esta aún existe, y que sólo disfruta de unas bien ganadas vacaciones.

Y como lo que quería saber el periodista era algo sobre el Trailer, él lo complació poniendo un tono afectuoso en cada palabra, en cada gesto, como siempre hace con los amigos:

–En julio fue cuando nos dimos hacer el Trailer de sueños, y digo hacer porque en este libro yo puse un tanto así, y la mejor parte mis camaradas René Portocarrero y Félix Ayón II. Se combinó el monstruo una tarde calurosa en su tallercito de Consejero Arango, entre chistes y alusiones a los malos libros que se hacen todos los días. “¿Por qué no trabajar en una edición bonita tuya?” –sugirió el editor y Portocarrero fue visitado por nosotros la siguiente mañana. “Vamos a ver qué sale” –susurró levemente, como de costumbre, el muy reconcentrado y agudo pintor. “Pero andan diciendo por ahí que yo no me dedico más que a viñetas…”. “Me figuro quiénes –repuse yo–; mas no temas. Esos, ni viñetas hacen. Manos a la obra, René. Aquí te dejamos mi texto, que ya está parado”.

Una pausa, exactamente el tiempo que hace falta para encender un cigarrillo, detuvo su relato. Prosiguió:

–A la mañana volvimos. Cuatro o seis excelentes dibujos. Y poco a poco otros más, hasta eso que ve aquí. Yo le decía a Ayón: “El libro, cuando se está haciendo, es como un enfermo grave, no se le puede quitar uno de su lado”. Y este me recordaba el dicho de otro, camarada de la buena época, que repetía: “A los tipógrafos, ni un minuto solo. Cuando te apartas y los dejas solos, ¡la charranada!”. No es tanto, pero la verdad es que para lograr algo de calidad hay que estar encima del libro. Así nos pasamos algunas noches oyendo el ensordecedor griterío del Stadium, que da enfrente, mientras Ayón mandaba quitar unas líneas, componer otras; tirar, retirar, probar, desaprobar. Que el color, la justificación, el repintado. Y en medio de tantas desazones, de vez en cuando el grito jubiloso: “¡Mira cómo registra; mira!”. O bien: “Empiecen a desfallecer… ¡Vaya una cosa delicada…!”.

–Y, sin embargo, el trabajo es agradable. El que lo conoce adquiere el hábito; se envicia…

–Sí, pero… Nunca había estado yo en tales exigencias comprometido. (Ayón lo dice en el prólogo al Trailer: ediciones de circunstancias, comerciales, etcétera). Pero ahora se trataba de un acto de distinción excepcional hacia mi persona y naturalmente quería que todo saliese bien.

–¿Y cómo ha sido acogido?

–Sin duda, excelentemente. De él han hablado los más autorizados críticos. Han dicho maravillas. La edición de lujo, veintisiete ejemplares letrados de A a Z ya está íntegramente colocada, o poco menos. Me dice Ayón que sólo quedan pocos ejemplares de la que está en librería, numerada del 1 al 300. Este buen éxito decidirá al editor a proseguir enseguida su Colección Alameda.

–¿Será el próximo otro libro suyo?

–¡Ah, no sé! Hay tan buenas cosas que editar, cosas que duermen sueños de piedra en cajones familiares… Lo mejor que haría yo, a poder, sería pedir a tantos muchachos que empiezan sus papeles. Una buena ojeada y de ese escrutinio le aseguro que saldrían algunos títulos robustos.

–¿Va escribir la monografía de Ponce para el Ministerio de Educación?

–Eso me han ofrecido; constará de veinte grandes reproducciones. Estoy esperando a los comisionados para dar comienzo a mi tarea. Dicen que saldrán después cinco más.
Entre las curiosas colecciones que examinamos en la biblioteca del escritor (tiene en la actualidad más de 5 000 volúmenes) tropezamos con una muy singular: la componen ejemplares de revistas que no tuvieron más vida que su primer número. Así Imán, con su gran formato y 254 páginas, dirigida por la argentina Elvira de Alvear, fechada en París, abril de 1931; La Licorne, dirigida por la uruguaya Susana Soca, 196 grandes páginas, París, 1947.

–Curioso ¿eh?

–Siempre mujeres en la dirección. ¿Se fija? Revistas en francés y español; textos yuxtalineales; porte distinguido. Las guardo como una muestra de la distancia que media entre el ideal y la realidad. ¿Qué querían sus animadores? Establecer una alianza de corazón a corazón para salvar la latinidad. Pero sin anuncios. Y eso, ya se sabe, si no es el fracaso, se le asemeja.

–¿Lo recuerda? Alguna vez yo dije en un estudio sobre sus novelas que tenía por lo menos dos estilos evidentes. ¿No es cierto?

–Ahora parece que me muevo hacia otro, pero más raigal. Claro que en el Trailer hay una forma de expresión a tono con el temperamento onírico del asunto. He querido poner en ella ingravidez y constancia, lo perezoso y lo activo del sueño.

–¿Qué hay de traducciones?

–Me dicen que voy a ser traducido en primer lugar al francés. Se trata de un escritor europeo que reside hace poco entre nosotros y ya lo estudia. Después, al inglés y al italiano.

–Ya va usted saliéndose de la isla… Y eso, por supuesto, le colocará frente a otras perspectivas. Temo que tenga necesidad de diversificarse o, al menos…

–Comprendo… En una tela de Teniers, La galería pintada, hay cincuenta reproducciones desde Ticiano hasta Palma Vecchio, pasando por Giorgione y el Veronés. “¿Quieres repetir la hazaña?” me han preguntado en estos días algunos aguzados tipos. Y yo: “No, no hay tal hazaña. Hacer lo diverso no es versatilidad; es que hay que hacer todas las cosas para ejercitarse uno: quedar de especialista es un aburrimiento. Ahora mismo preparo una novela que se llamará El ojo del hacha. ¿Qué es? Yo digo: Cada obra un mueble. He hecho, creo haber hecho chipendales, reinaanas, algún que otro renacimiento español. Con un poco de madera del país haré un mueble del país esta vez. A fin de año podrá leerse. ¡Ahí estará un tercer estilo!

– ¿Podría ampliarme la noticia sobre El ojo del hacha?

–Es la visión de un pueblo de campo cubano, pero sin trabajadores de ingenio, sin ingenios, sin caña. Me parece que eso ya está hecho, bien o mal, pero hecho. Yo pinto ahí la vida del pueblito, sus pasiones, sus miserias, sin grandezas y heroísmos, todo en torno al alma de la tierra que puede estar en todas partes. Digo lo que ellos dicen: repito… Poca imaginación funciona por estas veredas. Si es un acierto será porque retrato.

–¿Otra obra…?

–Luego vendrá la novela capitalina, la que tengo en telar hace algún tiempo: Custodia de la nada… que ya alcanza muchas páginas y que no sé para cuándo termine. Siempre le encuentro nuevas fuentes, nuevos ángulos, sin que su centro y base pierdan vigor.
–¿Cómo escribe? ¿A qué horas?

–¡Qué sé yo…! A veces me paso tiempo sin escribir; luego, furiosamente, me dedico a llenar cuartillas; pongo a trabajar mis lápices…

(Claro, lo de los lápices tiene su abolengo, contiene toda una prosapia espiritual. Para el autor de Laberinto, Cresival, Anteo, las clásicas novelas gaseiformes, los creyones amaestrados resumen sus buenas operaciones mentales; bruñen, en su claro taller, la luz que traslada sus ideas, esta vez en un Trailer de sueños. Lápices azules, rojos o negros; lápices dóciles, de todas las dimensiones, son, para el artista que los maneja, esa cosa definitiva con que los creadores suelen jubilar sus entusiasmos. Se escribe de alguna manera, cuando se escribe, pero el lápiz dirá al cabo lo que está bien o mal. El lápiz es el único dictador que admiten los escritores. Los hemos visto en desorden, tirados aquí y allá, cansados de trabajar toda una noche, pero dispuestos a seguir hasta que la cuchilla se los haya comido. Y los hemos visto también en la mano de su amo –un amo dulce, cordial, como ellos– en plena actividad, quitando comas, aplastando interrogaciones, barriendo con determinada muletilla colada en el texto; creando, creando, creando…).

–Mire usted. Pienso que ya se está conciliando con el medio. ¿Dejará la novela gaseiforme para bajar a la…? ¿Cómo diríamos?

–¿Lo dice por lo que anuncio? Así es: voy a producir para el gran público, pero sin conceder nada a la bellaquería ambiente ni al mal gusto endémico.
–¿Le gusta la popularidad?

–Según. Nunca he sido un autor para las mayorías, y no me he quejado más que en la medida que eso perjudica al gran público. Ahora, supongo, tendré zonas de lectores más vastas…

–¿Es cierto que vuelve a la poesía? ¿No fue realmente un saldo lírico lo de Grimpolario?
Sonríe. Toma uno de sus lápices –¿el quinto, el décimo?– y traza figurillas gaseiformes sobre un papel. Contesta:

–No sé. Usted quiere decir, al verso, al trabajo de hacer el verso. No sé. Pero es posible. Mi caso poético es frecuente. Uno de aburre, o se apaga, y entonces transfiere sus fuerzas. No se deja nunca de ser poeta…

–¿Entonces?

–Ya veremos… ya veremos…

Magazine Social (La Habana) 5(12):8-9, 38; dic. 1949.

Novelística cubana

No puede ignorarse que nuestra narrativa se ha caracterizado siempre por un sino mediocre que contradice rasgos ostensibles de la dinamia curiosa que se nos reputa. Ello ocurre porque desde los más constantes a los menos asiduos de sus modeladores siempre se han visto aquejados de un encogimiento funcional a la hora de tomar partido ante la materia que esperaba sus urgentes sacrificios: obraron sobre ajenas hechuras, con una plástica harto manida y mostrenca, subyugados por las supersticiones de la moda en estado de gracia y las quimeras de cuatro o seis nombres jerárquicos dentro de la época, hasta el punto que este descomedido producirse en relación con sus designios es lo que les hace aparecer mayormente como autómatas que escribieron sobada historia con la mano dormida.

Escribir con la mano dormida es no acertar a ver entre las realidades perceptibles del ambiente que se columbra y va a copiar y el trasfondo ilímite de lo enigmáticamente imprevisible y se va a inventar, la cuarta dimensión del alma; lo incontaminado y críptico del arte.

Y si Leonela es un ejemplo de delicado error dentro de esa insensata calcomanía literaria, sépase asimismo que esa postrada languidez con que nuestra novelística inauguró en una de sus fases más típicas su desdichada carrera, aún no ha sido redimida de su condición. De Nicolás Heredia acá todos han ido hundiéndose en ese aciago pictoricismo endémico hecho de situaciones e imágenes lustrosas y pulposas como frutas, pero faltas de acendradas resistencias; o bien cargantes como enfermedades fastidiosas, aunque no fueran demasiado comprometidas. ¡Y cuán profunda sima en que se cae sin remisión en esa servil docilidad a lo menos específico de una naturaleza sobremanera esmaltada de colorines, que en última instancia para la verdadera vida del arte ya no es siquiera una segunda naturaleza dentro del arte. ¡Uf, del penacho mustio! Lo opaco que le es propio a este género de cátedra sumida desluce todos los brillos que le llegan por ralance y añadidura; envejecen sus temas en una tarde sin lograr la madurez de la sangre que no conoce licencia ni se evade en reflejos, como gran procurador que es de la marmórea justicia final. Goce disfrutado sin gozo, incertidumbre de un equívoco quehacer, ceguedad de los ojos abiertos, aquí hay la tragedia desgarradora de las medialunas que han quebrado sus azogues. Fallaron las precisiones del pantógrafo, tartamudeó el taciturno recuerdo y por desprecio al intrépido imaginar –o por incapacitación a concebirlo– seco y en blanco quedó el lienzo de la creación. ¡Cosa curiosa! En un mundo en que todo se modifica de continuo, la novela cubana se estratifica tercamente sobre roídos pivotes; a nadie se le ocurre nada. ¡Es increíble! Y cuando se le ocurre, ahí tenemos a la tediosa repetición de los cuentos de camino. Un abogado del diablo podría recordar en este punto con las palabras de Apollinaire, que el día que el hombre quiso imitar la marcha inventó una rueda que en nada se parece a la pierna. De donde, lo primero –se dirá– resulta particularmente en literatura, no confiar demasiado en las ocurrencias.

Se alcanza a ráfagas, si no llega a comprenderse cual debiera que plumas de papagayos y casacabeles resonantes no hacen toda la atmósfera, ni por excepcionalmente fantástica que esta pretenda ser. Calcar no es revivir y en todo caso sobre este procedimiento henchido de añagazas ejercen su caudillaje aquellos que las circunstancias y el genio de la imitación favorecieron en un grado relativo con respecto a las primacías consabidas, lo cual, en suma, para los que vienen detrás no es nada meritorio y en ningún momento un destino aceptable.

Sirva de ejemplo el propio Jesús Castellanos que con tanto patetismo habría de lamentarse de no encontrar por ninguna parte dentro de la producción de su época, ese áspero olor a cardo santo que en tan grande medida le simbolizaba la manigua cubana, “su” manigua; Castellanos, quien a causa de ese escalonamiento en el tiempo tampoco pudo ser un verdadero escritor autóctono, y si me atengo a un juicio de Max Henríquez Ureña, amigo suyo muy devoto y limpio de pecado de envidia, ni siquiera fue un autor que supiera ocultar las influencias más directas de sus asuntos.

Magazine Social (La Habana) 6(3):7, mar. 1950.

Labrador Ruiz habla de La sangre hambrienta.

De palique con Labrador Ruiz con motivo de La sangre hambrienta:
–Esto había empezado por ser una novela como las otra mías –me dijo hace poco Labrador Ruiz, a propósito de la impresión de La sangre hambrienta–. Quería seguir el curso de mis trabajos anteriores, cuando de pronto...

–¿Qué pasó?
–Me veo haciendo una novela corriente y moliente, llena de lo adocenado y menesteroso del oficio, escrita sin escritura de arte. Me veo en eso y no me asusto.

–¿Cómo se entiende?

–¡Qué sé yo! Sólo recuerdo que leyendo unas páginas de Francois De Curel recibía cierto consuelo, a saber: “¡No hay que arrojar a la muchedumbre palabras nuevas, si se quiere encontrar eco en su alma, que ha permanecido tan vieja como el mundo”.

–Aunque te has enmascarado un tanto para lanzarte a esa aventura ¿no es cierto?

–Sí; la novela comienza con las notas de un cuaderno de “apuntes”, a fin de alcanzar toda la libertad expresiva que reclama. Esa vestibulación explica no pocos escrúpulos de autor. Pero luego, allá se va eso y todo se cuenta del pe al pa. Un estudiante en el año 1933...

Un libro de Labrador Ruiz siempre suscita un estado de preocupación, máxime si, como el de que ahora se trata, hurga los entresijos de la vida cubana, los manejos politiqueros, la falta de contextura ética de los socialmente al margen y bate en las entelequias y las mixturas del carácter. No son los documentos de la corrupción de un pueblo, pero sí las huellas de muchas de sus fallas, lo que hay en La sangre hambrienta. Esta novela de grano apretado, primera de una serie que continuará en El ojo del hacha, buscando su coronamiento en Custodia de la nada, recoge con simpatía la vida de un pueblo cualquiera de provincias y eleva a categoría de anécdota todo su vivir en todas sus direcciones. Cultivador del sarcasmo, aquí se presenta Labrador Ruiz, sin embargo, narrando con suave ironía esa espesa madeja de hervores. El estudiante en su casa de huéspedes de la calle Cuba –casa en que, por cierto, también habitó Félix Soloni, a quien está dedicada la novela en compañía de Nicolás Guillén y Leandro García, tutelados todos por las sombras de Hernández Catá, Luis Felipe Rodríguez y Miguel Ángel de la Torre–, en sus ratos perdidos escribe sus recuerdos. Estos recuerdos llenan dos terceras partes del libro.

–Como habrás visto, yo no abandono mi técnica. El lenguaje es otro, pero mi técnica no. La manera de concebir este trabajo corresponde a mi manera de siempre. Aquí lo que se trasmuta son los personajes, y al observar sus reacciones, he sido fiel a un gusto por la novedad que no declina. No hago historia; creo. La obra de imaginación será siempre mi tarea. Es bueno que te recuerde un verso de Antonio Machado:

Se miente más de la cuenta

por falta de fantasía;

también la verdad se inventa.

Algunos creen que Labrador Ruiz se ha servido de personas reales para escribir esta primera novela. No. Lo que sucede que es tan a lo vivo la falsilla de nuestro conglomerado, que bien parece su copia y calco. En la solapa del libro se dice bien claro que no se trata de ninguna novela en clave, que no hay nada de clave en ella. ¿Tiene la culpa un autor de ser tan veraz, tan novelescamente exacto? Aunque exista la calle Cuba, y un pueblo que llame...

–Tengo un espíritu medianamente observador y sólo amo aquello vivo y vivaz. Multitud de veces me he sentido perplejo. ¿El cubano es como lo pintan por ahí? ¿Cómo lo he pintado yo antes? ¿No estamos todos viendo un cubano que no existe? Ciertos compatriotas, con gran capacidad para la tontería, lo han vestido hasta de santo... Carezco de esa beatífica propensión. Y no voy en busca de ningún eco; sólo anhelo, sin mordacidad pasional, explorar su alma.

–Definitivamente ¿te entregas a los asuntos cubanos?

–Por lo menos, hasta que no acabe la trilogía, nada de otra cosa.

Magazine Social (La Habana) 6(6):7; jun. 1950. (El autor y su obra)

Maquillaje y realidad

Por un snobismo inexcusable del tiempo actual la pasión se va usando poco en lo que se escribe y escribir sin el corazón, sin la pasión del corazón, es moneda corriente en nuestros días. Ha de cuidarse –para decir cierta ley despótica–, no mezclar en nada la fe del alma con el arte literario y ha de reservarse prudentemente una zona neutra en el espíritu para reflejar en ella –tornasol esquivo– la frágil presencia de lo móvil.

He aquí lo que yo llamo maquillaje y opongo a realidad, términos que corresponden de cierta manera a forma y estilo y que me sirven para resumir en un conjunto de escritores ese estado apresurado hacia todo lo que una flexible simpatía volandera no siempre meritoria –ya sea esta con respecto al modo de pensar, de sentir o de escribir; o a los tres modos–, y esa otra actitud de fidelidad mental absoluta, generada por principios estéticos, los cuales suponen menos una obligación del espíritu que una radical firmeza de carácter, y que hacen en el opuesto grupo, el inconmovible basamento del estilo. Pues forma es precisamente todo lo contrario: idea flotante, girovagancia, mimetismo, una máscara de belleza disfrutada y un revoque de noche de ópera venido a menos; mientras estilo comporta una saturación de motivaciones formales: fijeza, vehemencia, altitud, profundidad. La gran virtud del estilo es cuajarse en fuerza de constancia; el gran pecado de la forma es diluirse a fuerza de festinaciones.

Bueno será que digamos que aquella expresión de Flaubert con la cual se evoca que la forma sale del fondo como el calor del fuego, se transfiere ahora a un teorema más simple, bastante evolucionado por la electricidad. Lo que al presente, siguiendo la imagen urente del autor de Salambó, sale de esa limpia antorcha no quema menos sin dejar de calentar lo suyo. De todo lo cual resulta que el estilo es un cuerpo, un instrumento que se nutre de vigores errantes, de fuerzas sin residuo; una sublimación de atmósferas mágicas y certeras cuyo carácter más acentuado está en su pronta identidad. Nada de ello, sin embargo, contradice el hecho de que el zapatero Pasquino trabajando afanosamente en la cosecha de sus sátiras creara un estilo dentro de su tiempo, una realidad, aunque esta quede lejos en el tiempo; como tampoco quita para que hoy día, los caballeros del maquillaje, abocetando una vil forma den en el pasquín convencional sin mejor trámite. Una y otra son verdades demostrables, cada una en su ámbito, porque las verdades como las palabras hacen su carrera, su órbita, sujetas a una temporalidad en todo muy relativa. ¿Cómo iba a ser entonces que el contenido del término forma, por ardiente que se le antojase al gran escritor, no decayera con los días a ojos vista?

En ningún escritor la forma puede ser el hombre, a menos que este sea un títere, ¡y ya no es el hombre! En cambio, el estilo, aun viejamente dicho, sigue siendo el hombre por que él dispensa y confiere al hombre la verdad de una vida en toda su grandeza, sin corazas de lance, sin pequeñas astucias de ventajista, sin falsos vislumbres emocionales. Siendo como es una facultad del alma tiene su crisma en el alma del artista; allí se vela y olea en largas vigilias, allí se santifica por la virtud temperante de la fiebre y el fervor, allí vive su poderosa sinergia hasta que un buen día todas las potencias anímicas le arman caballero y es lanzado a luchar con exquisita gracia dentro de la mazmorra de la creación. Se establece entonces el forcejeo medusario contra lo amanerado doméstico de la retórica y la rutina, contra los hechos consbidos y consumados, contra toda pragmática transitiva y si cae a golpes de desdén clavado por la espalda, siendo apenas el corazón quien le acompaña en esta lucha, el corazón “que no engendra excrementos pues nació con obligaciones de limpieza” ¿qué manantial de dulces sigilos no ha de brotarle por entre las enjutas suturas de su herida?
Magazine Social (La Habana) 6(9):7; sept. 1950.

Losa de ceniza

¿A qué menos puede aspirar un escritor representativo de su tierra que a ser recordado por los supervivientes de su generación y por los epígonos de su inmediata; esto es, a que una relativa posteridad compulsadora de su valer no le sepulte del todo en el más horrendo e injusto olvido?

Relativa, incipiente posteridad... Porque la verdadera, que es imprevisible, se va haciendo a la medida de los gustos imperantes en ciertos ciclos de cultura, pero siempre a favor precisamente de esos pequeños aportes emocionales y revisionistas que el tiempo filtra y consagra y el crédito de los mejores avala con su constancia.

Sólo que vivimos en un tiempo ingrato, tremendamente vano y mostrenco, poseído del demonio incapaz de una adhesión desinteresada y donde no hay categorías fuera de las precisas a las cotizaciones en el mercado del espíritu, cosa infame y vil.

A destruir esta inicua miseria, a rendir culto y memoria se encamina esta nota. Siquiera sean unas líneas que recuerden, a los veinte años de su muerte, a una de las más señeras figuras de las letras cubanas: Miguel Ángel de la Torre. Pues este olvido denso está clamando desde los cielos, con algún otro, una reparación inmediata.

Un crítico muy agudo significaba hace poco que ideas cualquiera las tiene –¡exacta verdad!– y que lo que hace al gran escritor son las palabras; las buenas y honestas palabras; las dilatas, precisas o pintorescas palabras; las luminosas, seráficas, coléricas o atroces palabras, pero siempre palabras y más palabras y nada más que palabras. Eso sí, sin grandielocuencia ni prosopopeya, sino llenas de sangre vital y linfa ardiente. Miguel Ángel de la Torre, nacido hacia 1884, usó siempre repletos almacenes de palabras, dejó constancia eficaz de esa técnica que se apoya en el lenguaje y su trama se salva por ello de toda herrumbre y enmohecimiento.

A Miguel Ángel de la Torre le perseguía un sino fatal. Aclamado en corrillos amistosos y charlas de redacción, ya desde su época resultaba desconocido. López Dorticós se dolía de ellos con estas frases:

No lo cita el Dr. Juan J. Remos en su documentado y extenso estudio sobre el “Movimiento Literario de Cuba desde 1902”, publicado en abril de 1927; no lo nombra el Dr. Salvador Salazar en la conferencia pronunciada en Cienfuegos en 1929 y reproducida en la Academia el 28 de octubre de 1934 sobre “La novela cubana”; no lo había mencionado tampoco el Dr. Fernando Ortiz en su “Evolución de la literatura cubana” inserta en el tomo XXVII de la Biblioteca Internacional de Obras Famosas, donde aparece sin embargo un cuento de Miguel Ángel de la Torre; no lo mencionó luego el Dr. Antonio Iraizoz en su discurso de recepción académica pronunciado el día 9 de abril de 1930 acerca de “La crítica de la literatura cubana”. En esos trabajos se enumeran la casi totalidad de los novelistas, cuentistas y críticos cubanos, desde los próceres de esos géneros hasta escritores de la calidad notoriamente inferior a la del omitido. No obstante, Miguel Ángel de la Torre era de los egregios, tanto por su estilo suntuoso como por su imaginación creadora.

Basta... Yo sólo pregunto si de esta nómina de nombres –acaso excepto uno– de los que le desconocieron en apretada fila quedará huella en las letras cubanas más firme que la suya. Estoy seguro que no.

¡Pobre Miguel Ángel! Resueltamente la losa de ceniza ha ido cubriéndole cada vez más. Así le veo, caído, allá abajo, en menesteroso abandono, lleno de incuria olvidadiza. Es vergüenza decirlo. Pero también le veo con el aire de una resurrección inevitable, como tendrá que suceder de todos modos un día u otro. Y mis ojos le corporizan con una sonrisa estelar, escribiendo premiosamente, pero sin que una tacha ennegrezca sus cuartillas más de lo justo; sosegado; reposado; él, que estaba comido por todas las angustias de este mundo y sin solución para ninguno de sus problemas; orondo, deshecho, redondo, mortalmente marcado por su misterio y caminando con paso seguro al encuentro de su destino ineluctable. Lo demás que acierto a ver es aquello que se esparce desde el ocioso desinterés de los currinches hasta la indiferencia punible de los consagrados, signos protuberantes del tiempo ingrato en que vivimos.

Magazine Social (La Habana) 6(12):7; dic. 1950.

 

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002