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Historiador y
director de la Biblioteca Nacional José Martí
En
1946, cuando aún Jean Paul Sartré conmovía
a sus lectores con ideas brillantes sobre el compromiso social del
escritor con su época, solía reprochar a quienes consideraban
que todos los hombres eran iguales basados en la concepción
burguesa refrendada en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos, porque para sus autores el individuo reside como
un guisante en una lata de guisantes: redondo, encerrado en sí
mismo, incomunicable..., [lo cual] excluye la percepción
de realidades colectivas.
No vivimos, precisamente, en una época en que tales críticas
sean aceptadas. Pocos, en nuestros días, se muestran dispuestos
a aceptar que las realidades colectivas son más importantes,
ni siquiera tan importantes, como los individuos aislados. Y de
la difuminación del factor social en la Historia, con toda
naturalidad, se ha pasado a la difuminación del propio tiempo
histórico, tal y como lo deja escrito Lyotard:
Es imposible, en un mismo y único momento, atrapar el ahora
que de continuo se desvanece y es arrastrado por lo que denominamos
flujo de la conciencia, vida, seres, acontecimientos y demás,
de tal manera que es definitivamente tanto demasiado tarde como
demasiado pronto para aprehender algo que podamos identificar como
el ahora.2
¿Qué materia prima queda al historiador cuando se
sitúan fuera de su alcance, por decreto de la ley postmoderna,
lo social y lo propiamente histórico? ¿Hacia qué
horizonte tienden las investigaciones historiográficas cuando
todo estudio es obligado a comenzar y terminar en los individuos
aislados?
Lo que ha ocurrido con las concepciones historiográficas
precedentes, demolidas y descalificadas en bloque por los enfoques
hoy dominantes, me recuerda unas agudas palabras de Víctor
Hugo en Los miserables: El carácter propio de la verdad
consiste en no ser nunca extremado [...] No acerquemos la llama
donde sólo es preciso la luz [...].3
En efecto: un primer vistazo al problema de los métodos historiográficos
aceptados hoy por el canon postmoderno permite contemplar un terreno
asolado por las llamas, no iluminado por la luz. Donde se pretendió
corregir los defectos y excesos de los grandes discursos historiográficos
precedentes, los metarrelatos o metanarrativas histo-riográficas
al estilo, por ejemplo, de la Ilustración o el Materialismo
histórico, se ha concluido instaurando, con toda unilateralidad,
a la microhistoria y al estudio de mentalidades, reverenciando de
paso sus defectos y excesos.
Los enfoques microhistóricos de la escuela italiana asociada
a los trabajos de Carlo Ginsburg y Giovani Levi, o los estudios
de mentalidades del medievalista francés Georges Duby no
establecen, automáticamente, la superación de los
puntos de vista precedentes que suelen partir del decisivo carácter
de la base económica con respecto a la superestructura social.
Pero pudiendo ejercer un saludable efecto, si se hubiesen propuesto
complementar las unilateralidades o llenar los vacíos encontrados,
no han pasado de ser el dogma de turno que se impone tras desplazar
a otros dogmas decadentes.
No hay nada de incompatible en la conjunción posible de ambas
posiciones historiográficas, y tampoco sería nueva
tal complementación, como demuestra la lectura de obras como
El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de Carlos Marx, o La bruja, de
J. Michelet, por mencionar dos del siglo xix. Exagerar o elevar
al rango de dogma las metanarrativas o las microhistorias es cometer
el mismo pecado. Si las primeras diluyen el rostro de lo humano,
y en consecuencia, de lo verdaderamente histórico, en las
estadísticas, las clases sociales y los estudios productivos,
las segundas sacan de foco a los personajes, aislándolos
del resto de los fenómenos de su tiempo en una especie de
close-up narcisista, congelando en instantáneas lo que es
movimiento vivo y continuo, incapacitándonos para relacionar
el pasado con el presente.
En el caso concreto de las investigaciones historiográficas
en Cuba, las promesas que portaban estos enfoques se han visto realizadas
a medias, en primer lugar, porque a pesar de su declarado afán
de complementariedad, y especialmente [...] de los indudables
logros de las historias estructurales y materialistas, tanto de
historia social como marxista [...], todo ha concluido en
la afirmación de que [...] con las historias de vida
se pueden narrar diferentes Historias de Cuba, basadas en las experiencias
vividas [...].4 En segundo lugar, porque en el mejor espíritu
de la postmodernidad que aposta por la supuesta desaparición
de los grandes sujetos históricos, [...] las historias
de vida serían infinitas repeticiones o escalas en la Historia
de un constructor nuevo, el individuo global [...]5 con el
que se pretende sustituir a los anteriores criterios rectores de
las investigaciones, léase pueblos, estados, naciones. Así,
de un plumazo, se liquida la relación entre los hombres y
la sociedad, y entre los propios hombres.
Puede que no esté de moda, pero debo decir, porque así
lo creo, que para la mayoría de los historiadores cubanos,
la Historia de Cuba sostiene una visión del mundo que adquiere
sentido en contacto con los demás hombres, nunca como descripción
de historias personales de vida confinadas a estancos irrepetibles,
sino como vida social que se realiza a través de la práctica
social, y exige posturas concretas ante el pasado y el futuro.
Para nosotros, los que creemos en el papel activo de los hombres
en la Historia, esta no es un estudio de gabinete ni el regodeo
ante el hallazgo documental o la narración oral que nos permite
reconstruir historias de vida, ni las huellas de un
imposible individuo global en el tiempo. En efecto,
no queremos perder la conexión con la Historia social, porque
no renunciamos a construir un mundo mejor, para lo cual son insustituibles
las lecciones del pasado.
Más que demostrar que se cometió una injusticia contra
un hombre o una mujer en alguna remota región de Cuba hace
doscientos años, tal y como se desprende de escudriñar
declaratorias de herederos o traspaso de bienes, preferimos estudiar
las causas de la injusticia social y luchar para que se erradiquen.
Dicho en otras palabras, la Historia la entendemos como responsabilidad
y acción social, no como crónica rosa de un inexistente
individuo globalizado, uno y el mismo al margen de la propia Historia.
En cuanto a la extraña invitación que se nos hace
para construir un sinnúmero de pequeñas historias
inconexas, que deberán sustituir a la Historia, me remitiré
a las palabras de Gianni Váttimo, al que espero nadie pueda
reprochar nostalgias modernas en tiempo de postmodernidad: El
final de la ideología es también el triunfo de las
ideologías, es decir, de las múltiples interpretaciones
del mundo reconocidas como tales que hacen inevitable la elección
y la decisión individual.6
Pero a pesar de todo lo dicho, o quizás, precisamente por
ello, los estudios biográficos juegan hoy un papel creciente
en la Historiografía cubana, como si se demostrase con ello
que es posible encontrar un punto de equilibrio entre las metanarraciones
y las microhistorias, entre las clases y los individuos, entre los
grandes sujetos y las pequeñas vidas. Y como diría
el poeta Nicolás Guillén, todo mezclado.
Tras una época de escasa atención hacia lo biográfico
y ninguna hacia los estudios genealógicos ellos han irrumpido
con aires nuevos en el panorama historiográfico nacional,
frecuentemente asociados a la labor conjunta de historiadores cubanos
con sus colegas extranjeros. Los resultados han sido de desigual
nivel, en dependencia de que se hayan adoptado estas metodologías
de la investigación sin desechar el enfoque social, sino
como su complemento.
Tampoco asistimos al inicio de una tradición historiográfica,
sino a su continuación lamentablemente trunca o desatendida
en períodos anteriores por la absolutización dogmática
de los principios metodológicos del Materialismo histórico.
En aquellos momentos era frecuente la disolución del rostro
humano, concreto, del individuo identificable en los grandes procesos
históricos dentro de las clases sociales en abstracto. La
hiperbolización de categorías como las clases
populares, los partidos y el progreso social,
por sólo citar tres ejemplos, desterraban o minimizaban el
importante papel jugado en todas las épocas históricas
por determinados grupos sociales, como el de los estudiantes; o
el de las tendencias o alas dentro de un mismo partido o movimiento,
como fueron durante las luchas por la independencia los tabaqueros
humildes de Tampa o Cayo Hueso y el grupo de sus patrones, al estilo
de Martínez Ybor o Hidalgo Gato, también partidarios
de la independencia. A propósito de esto último, sin
investigar en la personalidad y el pensamiento del sector más
pudiente del exilio partidario de la independencia de Cuba a fines
del siglo xix, no tendremos respuestas convincentes a fenómenos
tales como la sucesión de Estrada Palma al frente del Partido
Revolucionario Cubano a la muerte de Martí, la disolución
ignominiosa del propio Partido, en diciembre de 1898, ni los rasgos
de la República nacida el 20 de mayo de 1902, por cierto,
bien distante de lo esperado por un pueblo que había luchado
treinta años, sin descanso, por su libertad, pero también
por la justicia.
Obras cardinales para explicar a los cubanos su pasado desde las
pequeñas historias del hombre cotidiano, desde sus ascensos
y caídas, pero sin arrancarlo artificialmente de su entorno
social; obras que reconocían, a la vez, sus actuaciones dentro
y a la luz de los movimientos de los grandes sujetos sociales, fueron
los primeros frutos de la Historiografía cubana posterior
a 1959. Y si esa tradición resultó temporalmente relegada
por los factores ya enunciados, mayor relieve adquiere hoy, y mayor
mérito sus promotores, entre los que mencionaré a
Miguel Barnet por su Biografía de un cimarrón, o La
canción de Rachel, Manuel Moreno Fraginals por su brillante
El ingenio, Juan Pérez de la Riva o Pedro Deschamps Chapeaux
por sus investigaciones para escribir la historia de las gentes
sin historia, tanto de los culíes chinos, como de los
matrimonios interraciales, y Renée Méndez Capote,
por su entrañable testimonio de Memorias de una cubanita
que nació con el siglo, por sólo citar a los más
cercanos.
Todos ellos partieron en sus obras, y plasmaron en ellas para la
cultura nacional, de aquellas sabias palabras escritas por Marc
Bloch en 1943: El buen historiador se parece al ogro de la
leyenda. Ahí donde olfatea carne humana sabe que está
su presa.7
Es interesante constatar el hecho, que arroja mucha luz sobre el
peso específico que ya ostenta lo biográfico en la
Historiografía cubana más reciente, de que este tipo
de producción intelectual se va convirtiendo en uno de los
campos de batalla ideológico, por excelencia, entre los defensores
y detractores de la propia Revolución cubana, y del rumbo
que ha tomado la Historia de la nación en los últimos
cuarentitrés años. No es casual que en este terreno
midan sus armas quienes intentan justificar o descalificar a los
procesos históricos mediante la justificación o la
descalificación de las vidas de los hombres que los encarnan.
Y es aquí, en buen cubano, donde la mula tumbó
a Genaro, o lo que es lo mismo, donde van a estrellarse y
naufragar los enfoques microhistóricos aislados, o los estudios
de mentalidades asépticos, porque entramos de lleno en el
reino de lo político y lo ideológico, o sea, de lo
social.
Una somera mirada a los cánones así lo confirma. Tomemos,
por ejemplo, la bibliografía Recent Work in Cuban Studies
publicada en el número 30 de Cuban Studies, del Cuban Research
Institute de la FIU (University of Pittsburgh Press, 2000), y cuyo
editor es Lisandro Pérez. Allí, en el acápite
dedicado a las Biografías, en Libros y
Monografías encontramos veintitrés entradas,
y en Artículos y Ponencias, diez. De los primeros,
apenas tres son obras editadas en la isla; de los segundos, dos,
y ambas son ponencias presentadas en un mismo coloquio dedicado
a Félix Varela y recogidas en el mismo número 68 (abril-mayo
de 1998) de la revista Cuadernos Americanos. Esto significa que,
apenas el 15 % de las obras o artículos biográficos
reseñados y compilados para facilitar el acceso a los estudios
cubanos más recientes toma en cuenta a la producción
de la inmensa mayoría de los historiadores cubanos que residen
en la isla, que en este campo y en este año, es vasta y valiosa.
Nadie pone en duda que se pueden hacer tantas historias de Roma
como se deseen, pero espero que todos coincidamos en que no se puede
hacer la Historia de Roma sin escuchar a los historiadores romanos.
Como contraparte, analicemos lo que recoge la Bibliografía
cubana del año 2000, compilada anualmente por el Departamento
de Bibliografía Cubana de la Biblioteca Nacional José
Martí, dirigido por la doctora Araceli García Carranza.
En ella aparecen diecisiete obras biográficas y tres biobibliográficas,
estas últimas dedicadas a Rita Longa, Jilma Madera y Ángel
Augier. En cuanto a las primeras, hay entre ellas dedicadas al esgrimista
Ramón Fonst, a figuras del siglo xix como Saco, Varela, Julián
del Casal, Villaverde y la Avellaneda. También otras dedicadas
a Cintio Vitier, Ernesto Guevara, Fernando Alonso, Italo Calvino,
Enrique Núñez Rodríguez, el brigadier mambí
José González Guerra, Dulce María Loynaz, Olga
Benario y Alberto Yarini.
Es obvio que el problema reseñado afecta no sólo al
cabal conocimiento y estudio de la producción biográfica
nacional, sino también a todas las esferas de la producción
científica y literaria. La fragmentación de los estudios
y las dificultades para acceder a lo que crean los cubanos de dentro
y de fuera de la isla obligará, en un futuro no lejano, a
estrechar vínculos entre todos los que editen o compilen
repertorios bibliográficos relacionados con Cuba y sus naturales.
Quizás un mejor conocimiento mutuo pueda contribuir, en no
pequeña medida, a rebasar una situación anormal que
se prolonga demasiado, y que se complica cada vez que se añaden
nuevas medidas en el estéril afán de aislar a Cuba
del resto de los países del mundo, y de los propios ciudadanos
norteamericanos.
El creciente interés hacia los estudios biográficos
en Cuba constituye una saludable tendencia de la Historiografía
nacional, y testimonia la voluntad existente entre los historiadores
cubanos de enriquecer y complementar la visión del mundo
desde la que han realizado sus obras durante todos estos años.
A las ya habituales obras testimoniales del pasado más reciente,
se vienen a sumar libros de entrevistas con protagonistas de hechos
históricos, como los del periodista Luis Báez, entre
ellos, Los que se fueron, Los que se quedaron y Secretos de generales;
la complementación a la extensa literatura martiana, con
énfasis en su figura, su correspondencia y su entorno afectivo,
como se aprecia en los cinco tomos de Destinatario: José
Martí, de Luis García Pascual (Centro de Estudios
Martianos, 1999), o el recién concluido Diccionario
biográfico de las figuras de amigos y colaboradores de Martí,
del mismo autor (en proceso editorial); el Diccionario martiano,
de Ramiro Valdés Galarraga (Editorial de Ciencias Sociales,
2002), o la última biografía del Apóstol debida
a Luis Toledo Sande con el título de Cesto de llamas (Editorial
Pueblo y Educación, La Habana, 1998).
En el terreno de la Historia Militar, acaba de concluirse por investigadores
del Centro de Estudios de la Historia Militar un diccionario biográfico
con las fichas de todos los capitanes generales españoles
que tuvieron mando en Cuba, y de los principales generales de la
metrópoli que participaron también, por su valor las
guerras de independencia; también la compilación de
las biografías de todos los oficiales del Ejército
Libertador con el rango de coronel hacia arriba y los listados de
todos los jefes, oficiales y soldados españoles muertos en
campaña o por enfermedades, en este período. Para
no sustraerme a esta apasionante tendencia, me encuentro trabajando
sobre un diccionario biográfico de la Guerra Hispano-Cubano-Americana,
que espero poder concluir antes de mi próxima reencarnación.
Merecen destacarse también, por su valor aportativo, el estudio
concluido, pero inédito, de César García del
Pino Mil criollos ilustres del xix; la investigación
genealógica sobre treinta familias de los principales jefes
insurrectos de 1868, sobre plantadores de occidente y sobre regidores
de Cárdenas, La Habana y Matanzas, de Jorge Ibarra Cuesta;
Reyita, sencillamente: testimonio de una negra cubana nonagenaria,
de Daisy Rubiera Castillo (La Habana, World Data Research Center,
1997). Más recientemente, De La Habana, de siglos y familias,
de María Teresa Cornides (Caja Madrid, 2001), que recoge
las biografías de tres duques, cuarentisiete marqueses, cuarentiocho
condes, tres vizcondes y dos barones criollos, y el Diccionario
biográfico de las artes plásticas, de Ursulina Cruz
Díaz (Editorial Pueblo y Educación), que recoge en
sus 400 páginas biografías de artistas cubanos y extranjeros,
desde el siglo xiii hasta nuestros días.
La Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) tiene entre sus
planes inmediatos la creación de una Sección de Genealogía
e Investigaciones Biográficas para incentivar dichos estudios
entre sus miembros. De manera colateral, pero no menos eficaz, actúan
en esta misma dirección los Encuentros anuales sobre Historia
Local y Regional, los que han permitido la conclusión de
importantes estudios acerca de figuras históricas relevantes
de todas las localidades de la nación. De los 169 municipios
del país, 150 ya han concluido la redacción de sus
historias locales. Merece una especial mención, por su contenido
y actualidad, el libro de Hernán Venegas La región
en Cuba (Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2001).
Historiadores alemanes como Michael Zeuske, de la Universidad de
Colonia, en su artículo Dieciséis vidas y la
Historia de Cuba,8 y norteamericanos como Rebeca Scott (Universidad
de Michigan) en su Reclamando la mula de Gregoria: el sentido de
la libertad en los valles de Arimao y Caunau, en Cienfuegos9 han
aplicado enfoques microhistóricos al análisis de las
relaciones raciales e interpersonales en la Historia de Cuba, motivando
a historiadores cubanos a profundizar en estos temas y también
a polemizar. Sostiene Zeuske, por ejemplo, tras estudiar treintisiete
declaratorias de herederos de mambises afrocubanos de la provincia
de Villa Clara, que por azares de la vida se hallaban en una caja
vieja de un archivo de la región, y muy dañadas por
las lluvias de 1994, que [...] fueron hombres jóvenes
de familias afrocubanas libres los que formaron mayoritariamente
los cuerpos de combate del Ejército Libertador, junto con
hombres jóvenes blancos de la población rural [...].10
Confrontado este punto de vista con testimonios escritos de participantes
en nuestras contiendas libertarias, como es el caso del norteamericano
Frederick Funston, quien alcanzaría los grados de teniente
coronel del Ejército Libertador a las órdenes de Máximo
Gómez y Calixto García, nos encontramos con las siguientes
ideas:
Para asombro mío, casi nueve décimas partes de las
fuerzas [mambisas] eran blancas, lo que se debía a que eran
tropas camagüeyanas, cuya región tiene un menor contingente
de negros que ninguna otra providencia [sic]. Más tarde debía
yo observar algunas fuerzas organizadas al sur de las provincias
de Santiago de Cuba, compuestas casi enteramente de negros. Tomándolas
en su totalidad, había más blancos que negros en las
fuerzas insurrectas [...].11
Es posible que la verdad se halle a medio camino entre ambos puntos
de vista, pero indudablemente, ambos debieron ser válidos
en cada uno de los contextos en que fueron formulados, y ninguno
puede pretender erigirse en verdad absoluta: en ello radica la importancia
de la complementación de los enfoques a que hacíamos
referencia al inicio.
Pero no importa que se discrepe de un punto de vista como el ya
señalado: lo importante para el desarrollo de la Historiografía
nacional radica, precisamente, en que los estudios biográficos,
los enfoques microhistóricos y los estudios de mentalidades,
han venido a mover las ideas y con ellas las savias profundas del
saber historiográfico entre nosotros, descongelando enfoques
rancios rebasados por la propia vida y poniendo en movimiento, como
en los justamente añorados años sesenta, lo que debe
ser torrente vital, nunca agua estancada.
Con estos enfoques y estudios se está revolucionando, para
mejor, la Historiografía nacional. Con ellos adquieren vigencia
y nuevo brillo en nuestra pequeña isla del Caribe aquellas
sabias palabras que Víctor Hugo nos legase en su novela Los
miserables:12
Todas las conquistas sublimes son, más o menos, premios al
atrevimiento. Para que la revolución se verifique no basta
con que Montesquieu la presienta; ni con que Diderot la predique;
ni con que Beaumarchais la anuncie; ni con que Condorcet la calcule;
ni con que Aruet la prepare; ni con que Rousseau la premedite: es
preciso que Dantón se atreva [...].
Sin perder el rumbo, ni fragmentar una visión histórica
que es tan cara a la nación como el aire que respira, precisamente
para que los cubanos nos reconozcamos como lo que somos en un mundo
fragmentado y dividido, eso precisamente aportan los estudios biográficos
a la Historiografía cubana actual: atrevimiento, o lo que
es lo mismo, juventud y larga vida.
Notas
1 Sartre, Jean Paul. ¿Qué es la literatura?
2 Lyotard, Jean Francois. Reescribir la Modernidad.
En: Selección de ensayos de Taurus. pp 23-33.
3 Hugo, Victor. Los miserables. t. 2, pp. 351-352.
4 Zeuske, Michael. Dieciséis vidas y la Historia de
Cuba. En: Visitando la isla: Temas de Historia de Cuba. Madrid
: 2002. p. 163. (Colección Historia Latinoamericana, AHILA)
5 Ibídem, p. 190.
6 Vattimo, Gianni. La sabiduría del superhombre. Debats (Valencia)
(73):78; verano 2001.
7 Bloch, Marc. Apología para la historia o el oficio
del historiador.
8 Op. cit. (4).
9 Scott, Rebeca. Reclamando la mula de Gregoria Quesada: el
significado de la libertad en los valles de Arimao y del Caunau,
Cienfuegos, Cuba (1880-1899). En: Espacios, silencios y los sentidos
de la libertad. La Habana : Ediciones Unión, 2001.
10 Op. cit. (4). p. 187.
11 Funston, Frederick. Memorias de un mambí yanquee. La Habana
: Editorial La Rosa Blanca, [s.a]. pp. 44-45.
12 Op. cit. (3). t. 3, p. 41.
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