Sobre este número...

Eliades Acosta Matos*

Historiador y director de la Biblioteca Nacional José Martí

Sin podernos sustraer a la continuación de los homenajes que se rinden en todo el mundo a Nicolás Guillén en su centenario, nuestra Revista ha reservado al Poeta Nacional un nuevo espacio en este último número del 2002, propiciando su encuentro con otros grandes de la cultura nacional: Dulce María Loynaz, Wifredo Lam y Enrique Labrador Ruiz, también de centenarios por estos días.

Y siendo como es la Revista de la Biblioteca Nacional, horizonte de arribo para la obra, y sitio de recordación de tantos cubanos ilustres que son orgullo de este suelo, guarda también el número que ponemos en manos de nuestros lectores un espacio para Carlos Manuel de Céspedes, José Martí, y Alba de Céspedes, entre otros.

En pocos lugares se siente más el aliento de los grandes del pensamiento y la literatura de nuestro país, que en los cientos de pasillos y laberintos que forman las bóvedas de la Biblioteca Nacional. Depósitos umbríos, aparentemente en silencio, guardan las vidas y las voces de los creadores cubanos de todos los tiempos. Recorrer los lomos de los millones de libros alineados en sus estantes es como tener el privilegio de tocar con los dedos siglos de nuestra historia. Todos los autores están vivos allí; todos siguen y seguirán dialogando entre ellos, con nosotros, y con nuestros descendientes, mientras exista la Patria. Para que esas voces se sigan escuchando todos debemos contribuir con algo, por modesto que sea. Por eso nuestra Revista se ha sumado siempre a los homenajes que se rinden a los autores cubanos, con el júbilo de quien pone en manos sedientas el agua de un arroyo de la Sierra. Y no nos cansamos.

Dulce María regresa: aquella dama que los de mi generación conocimos ya anciana, digna y contenida en su bata blanca cubanísima, de las que debieron llevar las bayamesas y camagüeyanas del 68, publicó sus primeros versos en el periódico habanero La Nación, con sólo diecisiete años. "Soy perfeccionista hasta en la forma de mover mis brazos" _declaró en cierta ocasión, y eso nos dio la clave para entender Juego de agua, Canto a la mujer estéril, Jardín, Carta de amor a Tuk-Ank-Amen, Poemas sin nombre, Obra lírica o Últimos días de una casa. También, partiendo de este presupuesto, entendemos mejor su deseo de mantenerse alejada de la curiosidad publica, de no prodigarse en afectos pasajeros; su vocación por trabajar las palabras de la lengua, como presidenta de la Academia Cubana que fue, desde el callado ámbito de su casa solariega. "En el verso yo encadeno a las palabras..." había dicho, y lo demostró muchas veces con maestría.

Para Dulce María, en su centenario, parecen escritos los versos de Eliseo Diego, los últimos de su poema "Esperando":

Pero es tan natural oírla. Dijo
que iba a volver _eso nos dijo_ pronto.
Señora tan gentil no mentiría.

El centenario del escritor Enrique Labrador Ruiz convoca también al recuento. La Biblioteca Nacional, junto al Instituto Cubano del Libro y el Instituto de Literatura y Lingüística, auspició el pasado 8 de octubre un coloquio sobre el autor de La sangre hambrienta, El pan de los muertos y Trailer de sueños... "No mereció su muerte, ni tampoco el silencio que hoy rodea su obra..." _dijo al final de su remembranza, su buen amigo Salvador Bueno. Y para quebrar silencio tan injusto, se unieron a Salvador, en esta ocasión, Adis Barrios, Luis Suardíaz y Ana Cairo. Manuscritos, cartas, primeras ediciones y fotografías de Labrador Ruiz fueron expuestas en el lobby de nuestra institución. Con los artículos que hoy ponemos en las manos de nuestros lectores se completa la primera parte de nuestro homenaje. El último y definitivo lo hará mañana un joven cubano que lo redescubra y se enorgullezca de compartir el suelo natal con tal autor.

De Wifredo Lam escriben aquí Alejo Carpentier, Lisandro Otero y J. A. Baragaño. Nombre imprescindible de nuestra creación plástica, instaló ángulos y curvas que sólo es dado ver en el trópico, en el Caribe, en lo profundo de la creación de las vanguardias europeas de posguerra. Llegó a París con ojos asustados, con su rostro de monje budista y sus pasas de negro aljamiad; con sus manos largas como la isla y una palangana embrujada que le dio su abuela, y donde solamente podría lavarse la cara cuando la nostalgia le llegase al cuello, recibiendo entonces el regalo de una sonrisa. A cien años de su llegada, sigue instalado en el alma de las ceibas, silbándole a Picasso con sorna, acompañando a Cuba en su tránsito hacia la belleza total, desfilando por la Plaza de la Revolución en una silla de ruedas, como lo vimos hace algunos años. Sigue entre nosotros.

Otras sorpresas guarda el presente número de la Revista. Y cuando este "Umbral" se cerraba nos llegaba la noticia de que el 16 de octubre, después de varios siglos, reabrió sus puertas la nueva Biblioteca de Alejandría. Entre los cinco millones de volúmenes que recibirá en los próximos cinco años se hallará una representación amplia de autores cubanos. Quienes homenajeamos en este número estarán entre ellos.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002