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Premio Miguel
de Cervantes Saavedra
Durante varios siglos porque la cuenta es ya asunto de centenares
de años ha vivido el cubano más atento al sonido
de las cosas que a la forma de las cosas. Inquietas, percutientes,
sus manos aprendieron desde temprano el lenguaje de las pieles tensas,
de las botijas y dientes de arado, y hasta de los calderos y rallos
de sus cocinas, logrando su afirmación, su definición
su hominización, hubiese dicho Teilhard
de Chardin en lo resonante y consonante. Partiendo del tambor
y del güiro, de las breves claves de madera que,
en el astillero de La Habana, servían para ensamblar las
naves, se alzó, a fuerza de inteligencia de lo sonoro, hasta
el concerto grosso de los grandes danzones de la Edad
de Oro del Danzón... Pero, tras de esa voz de las materias
elementales de la creación, un mundo de apariencias permanecía
tan ajeno al cubano como ajeno pudiese ser, para un hombre desconocedor
de las bellezas del número, la geometría manifiesta
desde siempre en los caracoles de sus playas.
El hombre de la isla cerraba los ojos ante ciertos holgorios populares,
ante juegos y ceremonias; paseaba entre vidrieras repletas de objetos
sorprendentes esos alfanjes, esas maracas, vestidos de cuentas;
esos martillos y hierros, colgados de una corona; esas cabecitas
con ojos de concha que lo miraban desde la oquedad de una olla...
sin detenerse a mirarlos. Fuera de escribir alguna retórica
loa a la palma real, no había cantado la personalidad de
plantas de las que se sacaban alforjas del cuello; de árboles
semejantes a columnas rostrales; de cañas tan enrevesadas
en sus laberintos verdes que acababan por dibujar las siluetas de
inquietantes transeúntes entre vegetales y humanos
entregados al eterno quehacer de transformarse en otra cosa. En
las umbrosas mansiones de veinte ciudades las rejas remedaban ritmos
vegetales, en tanto que aparecían suntuosas floraciones de
cristal en los medios puntos de puertas abiertas sobre canteros
de albahacas y pomarrosas, plantas que, por no haber sido suficientemente
nombradas representadas no figuran todavía en
la botánica universal de la literatura.
Tarea trascendental de los pintores cubanos aparecidos en la tercera
década de este siglo fue la de Adán poniendo un nombre
a las cosas. Y determinante fue, en ese quehacer, la aparición
de Wifredo Lam, quien, por largo tiempo alejado de nuestras cosas,
las entendió, con poder revelador, a poco de regresar a su
país, tras de un dilatado aprendizaje europeo. Sobrecogido
acaso por la originalidad de formas ajenas a todo lo contemplado
durante años, recibió la gracia de su entendimiento
y, pasándolas del mero plano formal al de sus esencias, comenzó
a desarrollar, en obras que parten de La silla, La jungla, y otras
piezas capitales, los elementos de una cosmogonía cubana
que reúne, en un conjunto perpetuamente agrandado, su humanidad,
su bestiario, sus astros, sus flechudas y raudas aves, sus vegetaciones,
signos y símbolos, dentro de algo que no anda lejos de un
Sistema de la Creación de la re-creación
partiéndose de los elementos más concretos y cotidianos
de nuestra realidad.
Pintor importante es aquel que, en cualquier momento de la historia
del arte, construye una cosmogonía plástica. Ordenación
de elementos, ritmos, elección de objetos, y, sobre todo,
revelación de esencias. Nombrar las cosas de tal modo que
las cosas sean o sean de nuevo... Al construir paso a paso su cosmogonía
cubana, Wifredo Lam dio nombre a muchas cosas que no eran
en nuestra plástica y, situándolas en sus cuadros,
metiéndolas por los ojos, otorgó el don de la vista
a muchos que, hasta entonces, sólo percibían ciertas
realidades en función de música.
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