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Ensayista y profesora
de la Universidad de La Habana
I
Desde la antigüedad griega, con Platón, hasta el Renacimiento
en el siglo xvi, con Erasmo de Rotterdam, los diálogos como
modalidad del ensayo habían mantenido una interesante vitalidad
como modalidad del pensamiento político, estético,
social o ético.
El padre del ensayo moderno, Miguel de Montaigne, había promocionado
las variantes de un soliloquio discursivo para exaltar también
en el xvi las virtudes de un yo, como subjetividad con una
autoestima satisfecha.
En 1945, Enrique Labrador Ruiz incursionaba con Papel de fumar.
(Cenizas de conversación) en las virtudes de los diálogos
que recreaban los intercambios de dos personajes innombrados que
se reunían ya en un café, ya en una calle, ya en una
guagua.
Los modernistas habían enriquecido las problemáticas
del ensayo con los asuntos triviales, la rutina cotidiana, y la
naturaleza efímera de unas conversaciones que evocaban la
belleza de dialogar sin pretensiones de trascendencia:
Papel de fumar quiere decir en último extremo que nuestras
ideas deben incidir en un espacio tan aparentemente cerrado o abierto,
como para sustentar todos los sueños y quemar todas las realidades,
sin deformarlos en su esencia, unos y otras, ni porque ellos creen
una buena ceniza de conversación. A cada uno lo suyo, y más
al fuego lo que es de él.
En el primer diálogo Veloces razones se precisaba
el fundamento discursivo:
Lo mejor sería tomar el apunte de lo que se nos ocurre y
luego depurarlo, filtrarlo, escribirlo. No creo que muchas buenas
razones resistan esta prueba de continencia.
En el segundo diálogo Fibra y corteza se proponía
el auge de la aventura creativa:
La aventura consiste en no temer al canon [...] La aventura única
ley de los imaginativos.
En este elogio de la experimentación artística, él
validaba su afiliación vanguardista ya exhibida en la trilogía
de las novelas gaseiformes en los inicios de la década del
treinta.
Labrador se había iniciado como redactor en periódicos
locales de la antigua provincia de Las Villas. En 1923 se instaló
en La Habana y subsistía con textos para el periódico
El Sol de Marianao. Entonces era un poeta posmodernista, como se
demostró en Grimpolario (1937). Como Nicolás Guillén,
pertenecía a la última de las promociones del movimiento
literario que habían liderado Regino Boti, Agustín
Acosta, José Manuel Poveda y Mariano Brull.
II
Durante los primeros años en la capital, con una economía
precaria, residía en modestísimas casas de huéspedes
en la Habana Vieja. Hizo famosa la de la calle Cuba (donde también
vivió Nicolás Guillén) al recrearla en la primera
parte de su novela La sangre hambrienta (1949).
A propósito del éxito de La sangre..., Labrador fue
entrevistado por el periodista Guillermo Villarronda para la revista
Magazine Social (1945-1951). Él anunciaba que dicha novela
se integraría a dos futuras obras: El ojo del hacha y Custodia
de la nada para conformar una trilogía, cuyo superobjetivo
sería la narración de la vida en un pueblo de provincia.
Nunca las escribió.
En torno a La sangre..., explicaba que suponía una ruptura
con las novelas gaseiformes. Sabía que pertenecía
al corpus temático de la revolución del treinta; sin
embargo, no la pensaba como una novela social: No hago historia;
creo. La obra de imaginación será siempre mi tarea
[...].
III
Labrador escribió para Magazine Social cuatro textos que
aparecieron en las primeras páginas de cada número.
La densidad de ideas (típica del ensayo breve) se ajustaba
a una página. En Novelística cubana (marzo
1950) recordaba los casos de Nicolás Heredia y Jesús
Castellanos, quienes habían ayudado a desarrollar una novelística
en los finales del siglo xix e inicios del xx. Una muerte temprana
truncó sus escrituras.
En Maquillaje y realidad (septiembre de 1950) se adentraba
en los problemas de las formas y los estilos, que eran modos de
pensar, sentir y escribir. La forma equivalía a una idea
flotante, girovagancia, mimetismo, una máscara de belleza
disfrutada y un revoque de noche de ópera venido a menos.
[...]. [El] estilo comporta una saturación de motivaciones
formales: fijeza, vehemencia, altitud, profundidad. La gran virtud
del estilo es cuajarse en fuerza de constancia; el gran pecado de
la forma es diluirse a fuerza de festinaciones.[..........] El estilo
es un cuerpo, un instrumento que se nutre de vigores errantes, de
fuerzas sin residuos, una sublimación de atmósferas
mágicas y certeras, cuyo carácter más acentuado
está en su pronta identidad.[..........][El estilo] confiere
al hombre la verdad de una vida en toda su grandeza, sin corazas
de lance, sin pequeñas astucias de ventajistas, sin falsos
vislumbres emocionales.
Pocas veces, Labrador resumió la poética sobre el
estilo con tan sincera claridad, que por otra parte
evidenciaba su madurez narrativa.
En Losa de ceniza (diciembre de 1950) rememoró
la amistad con Miguel Ángel de la Torre, el creador modernista,
cuyo dramático suicidio había consternado a la comunidad
intelectual en 1930.
En Secreto germinal (abril de 1951) por último
retomaba las impresiones sobre la profesión antihigiénica
de escribir novelas.
[ andando en un mundo inventado, inventando un mundo terrenal con
gente no siempre del agrado de uno, revolviendo vidas y almas a
veces sucias, a veces tontas, a veces ni lo uno ni lo otro [...]
De la madeja de experiencia que se supone tener hay que escar los
hilos de esas existencias y en las más clamorosa soledad
trazar sus destinos, sean estos excelsos, sean estos triviales.
Sólo que el estudio de la trivialidad, de los hechos baladíes,
de esa formidable maquinaria que alcanza a repetir un día
sí y otro también cuatrocientos pares de gestos unánimes
(sonreír, guiñar los ojos, retener sonrisas, diluir
miradas...) no es nada trivial por cierto. Esa derelicción
de los personajes; el sentimiento de saberlos irremediablemente
naufragados en la inanidad de sus vidas sin trascendencia ¿no
es a veces tan importante como el destacar sus más evidentes
actitudes?
Labrador mostraba con estas confesiones una cierta afiliación
a las invenciones de Miguel de Unamuno en la novela Niebla. Las
audacias modernistas que prestigiaban una nivola como
aventura de una nueva forma de la novela, se entrecruzaban con las
pasiones surrealistas (esencialmente oníricas) en las que
se formó Labrador.
Mientras que se avanza en la recopilación y ordenamiento
de las incursiones de Labrador en el ensayo, el adelanto de textos
como Maquillaje y realidad permiten revalorar las audacias
de Labrador como ensayista argumentador de los placeres de una escritura
(con las funciones del estilo bien delimitadas) y del disfrute de
la invención narrativa.
Notas
*
Labrador republicó este artículo bajo el título
de Arte y oficio en la revista chilena Babel en el mismo
año. En la selección de Labrador realizada por Adis
barrio se incluye esa versión por ser más amplia.
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