Crónicas de Enrique Labrador Ruíz

Adis Barrio

Dice Gastón Baquero en su interesante artículo “El falso antagonismo de literatura y periodismo”:
[...] Porque este escritor de cuerpo entero, este enorme escritorazo que es Enrique Labrador Ruiz, no subestimó nunca escribir para los periódicos, o escribir en los periódicos, como de tan mala manera decimos. (¿No sería mejor decir que Labrador Ruiz no subestimó nunca publicar en periódicos lo que escribe?). Jamás le dio repeluzno que algunos tontos le llamasen periodista, queriendo motejarle en negativo, creyendo empequeñecerle –ningunearle–, que diría un mexicano. [...] El periodista no es otra cosa que un escritor que generalmente no escribe libros, sino artículos, ensayos breves, crónicas, reportajes, entrevistas, informaciones, pero en tanto que escritor, es un literato que cultiva determinada rama o manifestación de la literatura, de la palabra bien escrita, eficazmente articulada, a la que llamamos periodismo. (1980: 30- 31)

El periodismo no fue una faceta en la vida del escritor cubano Enrique Labrador Ruiz (1902-1991). El periodismo fue la arrancada de una vocación por las letras que culminó con el deceso del autor de El pan de los muertos (1958), libro que reúne, precisamente, sensibles muestras de su incansable quehacer en la prensa.

De formación autodidacta, Labrador Ruiz comienza como corresponsal en el periódico El Sol de Cienfuegos, en donde tenía una sección titulada “Pasavolantes”, hasta 1923, que el diario se traslada a La Habana. Sus experiencias en el mundo de la letra impresa marcan al escritor, quien coloca agudas experiencias en sus novelas, por antonomasia, Cresival (1936).

Su labor periodística fue prolífica. Colaboró en Alerta, Información, Pueblo, Diario de la Marina, El País, entre otros. También, en revistas cubanas y extranjeras, algunas de ellas: Revista de la Universidad de La Habana, Revista Cubana, Noticias de Arte, Bimestre Cubana, Babel, Américas, Universidad de Antioquia y Repertorio Americano.
Las crónicas y reseñas que aparecen a continuación son una muestra de la variedad temática y de la condición estilística que caracterizó su prosa periodística. En este género, Labrador se nos muestra más apegado al dato y a la anécdota, sin mermar la frondosidad del vocabulario, rico en imágenes y metáforas de subido barroquismo.
En varias ocasiones recibió el premio “Juan Gualberto Gómez” que otorgaba el Colegio Nacional de Periodistas. Perteneció a la directiva de la Asociación de Reporteros de La Habana y a la del Colegio Nacional de Periodistas.

Catá y su mitología

No de lo mitológico de Catá, que ya no teniéndolo, sino de su “Mitología”, es que voy a hablar a ustedes. Y ello dicho va implícito que es la de Martí, la del Apóstol, la única; la que él ha concebido con tanto amor y tanto arte verdaderos. Porque si algún libro admirable se ha escrito en todos los tiempos sobre Martí, este es, pese a todas las propagandas de piña que al cabo no hacen más que sobreestimar transitoriamente y dar un poco de gloriola a los tipos de camarilla y a los socios complotados. (En todo igual: el grupo quiere imponer su opinión, su credo, su tendencia, su gusto privado y hasta decretar el estado oficial del tiempo, cosa tan variable como las ideas que pueden gobernar a un grupo. Sólo que para que no se hagan ilusiones estos y otros caballeros que dicen andar en pos de la verdad por muchos caminos, diré que la patriotería literaria corre de capa caída, aunque siempre estemos diciendo que se enriquece la literatura nacional con cualquier libro que se publique en el país. No hay literatura nacional, repito. No hay, tal vez, hoy por hoy, lo que se llama exactamente el fondo de una nacionalidad para el fondo de una literatura. Está perdido, confundido, arremolinado, y sospecho que costará trabajo encontrarle entre tanta broza irreductible y tanta maraña empingorotada como le aprisiona. Dato curioso: casi siempre toda la reciente literatura –reciente de veinte años– con supuesto espíritu nacionalista... ¡nada tiene que ver con ello! Estoy dispuesto a probarlo).

Pero me aparto un poco de lo que era mi propósito: el libro de Hernández Catá, obra ecuménica por esencia. Yo quise saber, no bien leí fervorosamente esas páginas, algo vivo en torno a su elaboración, los orígenes de la idea, como se le hizo, cualquier detalle culminante de su contextura; una anécdota, en fin, que me pusiese en contacto con la entraña trémula del trabajo para ver de cohonestar en su alma mensuradora de hitos estos dos polos de quimera y realidad. Amo esa vivencia patética del detalle y a tal efecto escribí entonces al ilustre autor de La muerte nueva. Catá me contestó poco a poco, en carta muy cariñosa por cierto, sin que hasta ahora me hubiere sido dable publicar su respuesta. (Esto también tiene su historia). En fin, él me contaba: “Medité y sentí la mitología mucho antes de empezar a escribirla y rompí material que sumaría seis o siete veces lo que las páginas del libro. La índole de la obra exigía aprender el máximo de datos para olvidarlos luego concienzudamente. La ejecución material de la obra alcanzó, como la de todo hijo bien nacido, unos nueve meses poco más o menos. Y ocurrió durante ella un incidente cómico-dramático: Trabajaba en un pueblecito cercano a Madrid, Cercedilla, y en un rapto de desesperación por el vislumbre de la distancia entre lo soñado y escrito, empecé a romper cuartillas como un loco. Mi gente llamó a grito a Jiménez Asúa, gran amigo que veraneaba en un chalet próximo, y este vino, y a viva fuerza me quitó el manuscrito, se lo llevó corriendo, perseguido por mí, y me lo tuvo confiscado hasta que el tiempo y sus sabias razones devolvieron la calma designada a mi alma. Esta anécdota, naturalmente, no se ha publicado jamás”

¿Comprendéis toda la fuerza de estas sencillas palabras? ¿Toda esta luz? He aquí el entresijo patético que anima la estatua. Tras ello palpita la tragedia que se suscita cotidianamente entre el deseo y las realizaciones, la inmensa angustia que separa el sueño de su logro, lo que va navegando a la deriva en medio de los afanes más puros. Y con ser el libro una obra maestra de comprensión y de adivinación –muchas páginas criptogramas descifrados–, y con ser el autor un señor de su oficio, él quería aún más, siempre un poco más, para borrar –usando sus imágenes– en el plasmador de la patria, los nexos indiferentes que lo igualan a los demás y avivar los magníficos que lo emparejan con sus hermanos, los grandes de todos los tiempos.

El Debate (La Habana) 6 jun. 1938.


Ponce vivo (una semblanza del gran pintor)

Innumerables veces me he dicho en estos días que si toda la gente que ha plañido por la muerte de Fidelio Ponce le hubiera comprado un cuadro, al cabo bien baratos para su valía y su valor, pues ¡hombre!, el pobre Ponce no se hubiera muerto de hambre como fue su muerte real, la buena muerte del buen artista, ya que morirse de hambre no es tanto dejar de comer todos los días como prescindir forzosamente de la cámara de oxígeno y su oportuna hora. Y digo el buen artista porque además de saber serlo hay que demostrarlo en sus formas valerosas: desprecio al ignorante de toda calidad, menosprecio al rango de circunstancias, absoluto desdén por los ladinos acomodos, etc. Y vengan derrotas pero no abyeciones.

Da grima pensar cómo todo el mundo después que no hay que hacer nada en silencio, según Dios manda, sino con escándalo publicitario, empieza a lamentarse del “caso” Ponce, pero sin añadir que hay otros “casos” porque eso implicaría ayuda hoy, efectividad económica de algún modo y de lo que se trata es de cosa que trasciende mañana; la postura protectora y barata.

¡Y la de protectores que me encontré la noche del velorio rondando al imbeato! Una muchacha, una señora, una muchacha más; unos tipos del comercio, unos tipos de no sé qué otras actividades, otros tipos semejantes y cada protector con su media docena de ponces por lo menos a buscar recaudo. “Buitres –tronaba sordamente Luis Martínez Pedro–; los buitres que tienen la presa”. Ha trabajado con fiebre y fatiga, echando los pulmones, me recuerdan; según se acercaba la agonía los “protectores” proliferaron. Y otros compañeros: “Ponce era, después que tuvo su hijo, la mejor víctima para los mariscales del acaparamiento. Cuando vivió su bohemia ¿qué le importa a él cinco o cincuenta? Su época de vino, su época de dormir donde cogiera la noche, ¿qué tenía que ver con la venta? Pero nacido Miguel Ángel Dominico y nacido como todo el mundo a pedir su pan y su leche a horas fijas y sus pies descalzos a reclamar desde el fondo de la conciencia del pintor algo para su inocente desnudez, el feroz Ponce, el Ponce de cáscara amarga, al atrabiliario, el maldiciente, ¡a vender, a vender! Si a esto se agrega en últimas (en unas últimas muy largas) eso que se llama hemoptisis, asfixias, estreptomicina...” complétese el amable cuadro.

He visto llorar a muchos pintores en el entierro del pintor; sabían por qué lloraban. Uno hubo que encargó unas flores (Carlos Enríquez, aseguran) y su modestia irónica o una inmensa certidumbre hizo poner en la cinta: “Aquí te espero: Modigliani”. Su sueño definitivo lo devana en tumba provisional; la hora de la resurrección le va a alcanzar allí. Pasa a la finitud como anduvo en el errante vivir; era todo alma y su destino como alma consistía en serle fiel a esa inconstancia levitadora, que le ponía fuera de las necesidades terrenas, fuera del asunto humano, al margen de la mecánica de todos los días y de las nóminas placenteras y de las complacencias ministeriales, secretariles, abominables de las oficinas y de los departamentos. Se salvó del panteón y si hubiera tenido unos avisados cruzados de su causa también se hubiera salvado de otras peligrosidades póstumas. Lo digo sin pizca de retórica; esto es así; es decir, tiene que ser así.

Sin aire paródico de ninguna clase hablo de un Ponce no acongojado por el grotesco humorismo de los finales. Él hizo algunas travesuras de cuyos ingredientes se satura la anécdota: tal cual coscorrón a la solemnidad, la suelta incontinencia ante hipócritas, lo que desmoraliza el muñeco de paja de una virtud de poco alcance.

No teniendo con qué, el extravagante que era se inventaba viajes y más viajes. “¿Dónde estuviste, Ponce?” “Vengo de Londres y Marsella. Hay un cuadro mío en el Museo de Oslo”. “ ¿Te gustó Oslo, de veras?” y la respuesta: “En Londres no pinté; mucha niebla... En Marsella, ya sabes, ¡las mujeres! Esos lupanares... Mi cuadro del Museo de Oslo es una doncella desnuda... ¡Doncella! y yo delante” “¿Cómo; en qué posición, tú?”. “Delante; mirándole entre las piernas; así...! y se agachaba y se recogía, la sonrisa de sorna. Y después: “¿Pero tú crees que un cubano como yo se va a desteñir? Tampoco le hablé en inglés a nadie; no creas tú que todo el mundo habla inglés por allá. Yo decía: quiero caviar y me traían caviar; quiero de esto de aquello, ¡y ahí está! En el Museo de Oslo me dijeron: ¡Oye, Ponce, tú eres genial!”. “¿Quién, Ponce, quién te dijo eso?”. “No sé, un tipo como de Franz Hals, con su sombrero grande de medio lado, y los bigotes... el risueño caballero...”.

Ponce en cierto sentido estaba inscripto en el ámbito de los cuadros; tal persona era un greco, en el entierro del Conde; en poussin; un lucas cranach. A veces se llenaba la boca hablando de Angelo Bronzine, de Chirlandajo, del Pinturrichio, para salir con alguna humorada. Luego, por semanas, por meses, tomaba su turno Fillippo Lippi, o bien El Sodoma, el del martirio de “San Sebastián”, al cual pintor se ufanaba de saberle su verdadero nombre: Antonio Bazzi, y hasta el origen de sus perversidades. Y a trancos, otros y otros, mezclados, confusos, de Carpaccio a Renoir, de Corot a Mantenga, la ensalada bien servida y aliñada. Naves de iglesias hubiera querido para este desfile y los modestos artefactos de su uso doméstico, el colador del café por ejemplo, volvíase en el cuarto al son de su evocación cuerno de la abundancia de impensada densidad. Si el recitado era en la calle se ponía misteriosamente capas y adornos de época, un turbante de elocuencia. “Salgo a buscar una carta que me mandan de Venecia; me avisaron”. Y continuaba hablando de Archipenko –porque le gustaba mucho repetir sonoramente este nombre– o de Tolouse-Lautrec, el pobrecito jorobado que tiene “voz de enano”. “Pero Ar-chi-pennn-ko... ¡Oh!, y Patinir.

Este mundo de abstracción y figuración lo llevaba a crearse de vez en cuando, cuando no tenía de verdad familia, una familia de fantasmas de carne y hueso. Haciéndose el indiscreto de pronto sacaba de cualquier parte viejas fotos, probablemente dadas para hacer esos retratos, que siempre ocultó hacer, y en desolada síntesis. “Son mis hijos –decía–; esta, una perdida; este, 18 años, ya un famoso delincuente. ¿La madre? Una ramera, vive aún...”. Y sin dejar el menor intersticio para la averiguación, en un rápido sesgo de su falso avatar: “Ahora tengo un problema tremendo con la bailarina que tú sabes”. Uno no sabía nada, mas volviendo a la historia de la “condecoración del asta”: (“una cosa que a cualquiera puede suceder”) esgrimía otro retrato a lo mejor de persona conocida; “me tiene giro; ni a sol ni a sombra me deja. ¿Qué crees tú... una temporada...”.

De viejo anduvo él por este camino invencionero, desde su mocedad se inventó un nombre. Parece que se dio cuenta que llamándose como se llamaba, Alfredo Fuentes Pons, no iba a estar muy a tono con los personajes de su drama; sería como ponerse los zapatos al cuello y andar descalzo –lo que hizo alguna vez, de verdad, en borrascosa juerga– así que se calzó excelentemente con su Fidelio Ponce de León. ¿Dónde lo hubo? No lo sé. En una tela grande que nunca llegó a pintar, en mi casa lo primero que puso en ella fue bajo su Ponce, un león. “Ese soy yo; el león”. Pero no creo que haya muchos cuadros con esta firma completa; a lo más, F. Ponce.

Había pintado la muerte desde todos los ángulos, en todos los sitios; la muerte al piano, la muerte en el jardín, los tísicos; la muerte en el tocador, en la gran cena, en el baile de máscaras, los cristos agonizantes; la muerte dulce o artera, pero nunca desnarigada o fea. Y era su rostro el que pintaba; el rostro suyo hecho de Alfredo y de Fidelio, el rostro del pintor secreto que dentro de él afloraba para nosotros. ¿Quién no vio alguna vez a Ponce soñando cuadros que es, como decir pintándolos ya secretamente, relatándolos? “¡Mira que chiquita más picúa! Tiene unos pies... unos ojitos de rata, legañosos, y le voy a poner su collar de mancaperro, Labrador-Ruiz”.

Mi nombre retumbaba en su boca, y él creía que yo no me llamaba más que así, de un solo golpe, sin pausa alguna. “Bueno, figúrate, ¡qué mamarracho es que se parece a mí, con esa nariz de vianda!”. Y su gran fealdad de hombre atormentado se iluminaba, se hacía buena, fabulosa, almibarada, se hacía bonita, como sus muertes.

No entendiendo alguno de sus críticos que esa eterna figura de Ponce, con sus altos guantes, con sus sombreritos a la moda, con sus cuellos de flor o tenebrosos de encajes blancos y cofias traslúcidas o afectadas de misterio sensible, de transparentes llamas, sonrisa inútil y perversidad de canapé ahondándolo no podrá ser sino otra cosa que la muerte misma en toda su apacible presencia, tomaron ellos, digo, el sesgo de la tontería interpretadora: “Es un caricaturista del deseo; un infatuado de la burla; un promotor de risas agrias”, sin comprender lo trágico de los gestos dentro del cerco obsesionante de sus preferencias. Al haberle visto pintar, en ciclos de gran ardimiento y lucidez maestra, limpiando lo pintado con la punta de un calcetín, interrogando y apostrofando lo que restaba de la embestida de su genio (“¿Te crees que vas a ser hermosa, no? Si vieras como vas a ser?”) dando vueltas a elementales conceptos pictóricos, vertiendo en rincones del lienzo la idea de espacio o en primer término desdoblamiento de tiempo, trasfondo de los esbozos muy madurados, otras singularidades de su oficio y de su pasión a tono con las mudanzas de un carácter pocas veces uniforme, le hubieran creído loco, blasfemo, precito. ¡Y no! Él sólo era un especialista de atrapar la más fugitiva faceta de eso que se opone a la negligencia y la invalidez cotidiana; fue un áspero escardador de las tinieblas con todo y su aspecto de banalidad y chocarrería, con todo y su sombrero hundido, con todo y su dudosa elegancia que a veces le daba por ostentar. ¿Qué quería Ponce? Nada. Un ser de irrealidad sin otra cortesía que la muy urbana de anunciar su desaparición a cada paso, no quería nada excepto que lo dejasen hacer los desatinos de su gusto (en pintura y el resto) con su cruz a cuesta, la única cruz gozosa y altanera, la cruz del derrochador. Se mofaba del fraude de la vida, de las martingalas con que la vida se ornamenta para martirizarle a uno y siendo un ser corroído por todas las lepras y excrementos del estercolero bíblico, su arte formal se iluminó con un modo secreto de la sensualidad; esa que se manifiesta por el envés de la carnalidad; esa que lleva poca carne, modestos residuos de piel palpable, apenas el cognomento de la pelusa de la piel, el vello nostálgico de su fruta. ¡Qué trasmutación de queso mohoso a oriente de fruta fina! ¡Qué ansia de ternura!¡Qué orgía delicada!

Hablando una vez sobre el porvenir, la posteridad, la postumidad Ponce me dijo con frase rotunda, muy seguro de sí: “ ¿Y la eternidad?” Me le quedé mirando; él se arreglaba el par de crespitos canos que fluían coquetamente hacia los temporales –por algo es allí donde tempus clava primero sus huellas– e inflando su nariz protuberante declamó: “Ella sola se sorbe todos los tiempos posibles e imaginables y le queda estómago desembarazado para más”.

No sabía yo que Ponce hubiera leído a San Bernardo o al padre Nieremberg, más luego le vi con el texto de la “diferencia entre lo Temporal y lo Eterno”, llevándolo de ocultis, con destino exclusivo a saciar su preocupación: el tiempo, lo que está detrás del tiempo, el fracaso de la vida sin fondo emocional, es decir, sin tiempo anímico. Comprendí que braceaba desesperadamente en busca de asideros; los pinceles, hachas; los trozos, picos; todo el revuelto mundo de sus imposibilidades, congojas vivas; ordalias, y como a la pluma y al compás más y más y más y más, mandobleando de ese modo se hacía plaza aunque no tuviera bocado que llevarse a la boca; entre tanto llegaba el hipotético bocado. Consuelo aforístico... Vestía ahora la túnica del filósofo, ciertas subordinadas alegrías iban a tomar cuerpo, crisoles de luz echaba a borbotones nacidos de sus espulgas y trapicheos de lector ansioso hasta que la necesidad, en su forma más expresiva, le hacía decir: “ Hoy, me lo estoy figurando, vamos a comer a la oriental”. Lo que no quería decir a suntuosa manera oriental ni aun siquiera que fuese verdad que se comiera sino, que se iría... a “La Oriental”, calle de Zanja o por ahí; frijolitos negros, carne con papas, boniato frito; mesura y buena educación de gente que no pregunta mucho. Esa su especial fuerza fue lo que se le hizo tal vez más sensible cuando ya postrado en el lecho que habría de ser su lecho mortuorio, tornóse preventivo y misericordioso hacia sus visitantes: “¡No te acerques, viejo; todo esto está lleno de microbios; vuelan, vuelan!”. Y desde su aparatoso terror hacía como que conjuraba esa obra de malignidad que es todo mal creciente.

Mentiría si dijese que alguna vez lo vi falto de entusiasmo esencial, menguado de fe. ¿Cuál su creer, sus creencias? Imagino que confiaba que el arte lo redime todo, que hay una providencia para el arte aunque otra providencia aparentemente distraída nos corretee y desfleque y hasta tal vez creía que era necesario ser abandonado y menospreciado para ser salvado y glorificado a los fines propuestos. Y nunca sórdido ni jamás agrio ni con estiaje en su esperanzada hambre de futuro. El vivió en futuro y su presente y su pasado carecen de sentido; son futuro primordial, están henchidos de futuridad, no hay puente de una a otra margen mustia y esas vejeces, esas sensibilidades, estuvieron siempre unidas en prevención del gran salto que le clavaron a él en la gran ensenada donde su nombre, como un barco, navegaría soñadoramente. Arrogante, firme de saberse de buena cepa, orgulloso de no haber sido el réprobo de una nada se avecindó en la obligatoria soledad, sin acústica terrestre, bravo para su lucha entre ángel y demonio. Resultaba en medio de este ascetismo díscolo un decrépito rey del aire, trompetero de envoltura descaecida, niño de lágrima implacable. A contrapelo, a contramano, a contraluz; contra le ceguera de los personajes, la ceguera de los voluptuosos del oro, la estulticia del resto de los militantes enemigos, pasó como pudo. ¿Cómo pudo? ¡Quién sabe! Quiso para lo último unas cuantas pequeñeces; las tuvo; la mascarilla, el discurso de esbelta forma... Estos deseos suyos se cumplieron y se agrandaron con la escultura de humo de unas irrevocables adhesiones. Su soledad quedó poblada; de los confines del silencio vital, la luz que besa y acaricia; ya navega.
Ahora es cuando está vivo, entero y vivo y rescatado y nada ocioso. Para esto trabajó la fortaleza decidida su alma, el gigante espíritu a trechos aporreado y como esfera de reloj inútil, su derrochante fecha de inquietador. Cuenta y réditos; él lo ha cobrado todo para ser en su punto el contradictorio de siempre, es decir el hombre sin otro apuro como no fuera la necesidad de quedar.

Bohemia (La Habana) 41(11):27,86-88; 13 mar. 1949.

Arte y oficio

Aunque en Cuba no hacemos vida literaria (porque eso tiene sentido donde el cultivo de las letras marca constancia) voy a dejar unas pequeñas confidencias en torno a la faena del escritor, en especial a lo que yo me dedico preferentemente.

Escribir novelas es la profesión más antihigiénica que hay. Por de pronto es preciso pasarse algunas de las buenas horas de nuestros días clavado en una silla, andando en un mundo inventado, inventando un mundo terrenal con gente no siempre del agrado de uno, revolviendo vidas y almas a veces sucias, a veces tontas, a veces ni lo uno ni lo otro... ¡pero peor!, cuando la calle, la playa o simplemente el rincón de la biblioteca le llama a uno como cualquier mortal. De la madeja de experiencia que se supone tener, hay que sacar los hilos de esas existencias y en la más clamorosa soledad trazar sus destinos, sean estos excelsos, sean estos triviales. Sólo que el estudio de la trivialidad, de los hechos baladíes, de esa formidable maquinaria que alcanza a repetir un día sí y otro también cuatrocientos pares de gestos unánimes (sonreir, guiñar los ojos, retener sonrisas, diluir miradas...) no es nada trivial por cierto. Esa derelicción de los personajes, el sentimiento de saberlos irremediablemente naufragados en la inanidad de sus vidas sin trascendencia ¿no es a veces tan importante como el destacar sus más eminentes actitudes?

Pasarse horas y horas meditando el qué hacer con nuestro sujeto es una tarea áspera, la cual a veces nos reserva sorpresas tales como que su destino contraríe nuestros propósitos, por un golpe de azar, alzándose contra su propia conducta. Sabemos que el giro de una frase, por el contrario, nos abre camino, inesperados rumbos y distintos desenlaces, mas no siempre se puede estar en espera de estas misteriosas galvanizaciones. El escritor que no tenga fe en lo imprevisible está perdido, pero más perdido está aquel que no tenga trazado, por rudimentariamente que sea, el posible desenlace de dos o tres de sus figuras señeras. No hay iluminación sin plan previo; relumbre sin moho de esfuerzo.

Escribir es un arte, un oficio, una necesidad, una manía, y en vista de lo que supone como desmán me parece que, aparte de las contenciones naturales que un buen tacto manda reprimir, una resuelta decisión de comunicarse, sin petulancia, con los que vendrán después. Desdichado del que escribe tan solo para su tiempo. Desdichado al que el tiempo se le eche encima sin haberle visto el mínimo secreto germinal. La congoja, la desesperación traumatizante de hoy, mañana se verá de otro modo y un hombre que ha pasado mucho tiempo en libertad con su pluma ya está fuera de todas las cárceles posibles: su vínculo es más alto.

La datofagia de cierto público no ve a menudo lo que tiene de zozobrante el ir amontonando pormenor a la obra de creación y si un estilo se cuaja naturalmente tampoco entiende ese público el trabajo que ello ha costado. La obra no se va a salvar por el pormenor, pero el pormenor es su hueso y su tuétano y ya es vieja la idea de la obra como cadáver de salvación. Hay quienes tienen la coquetería de proclamar la sencillez de su trabajo; yo prefiero mostrar lo calamitoso de este suceso en asedio del estilo; lo calamitoso que resulta unir estilo y pormenor; orden y caos.

Por un no sé qué de tendencia a la línea decaída lo plácido y reluciente ha perdido rango y emoción en ciertas escrituras y escribir de ese modo parece ser un tanto fastidioso. Ahora es necesario que algo de lo catastrófico de la vida, la miseria y el rencor temporal, el asco cotidiano de la supervivencia tome vuelo y sitio oportuno, pero cuidando de no tocar demasiado en esos arrecifes porque tal como están las cosas empollar dramas tremendos no es lo que precisamente reclama la arcilla libresca, nostálgica de la ingente sombra de la carne. Estos cataclismos habrá que sopesarlos de modo de no caer tampoco en el otro extremo donde las imágenes vacantes hacen que todo pase sin que pase nada. De todo lo cual resulta que si de la insulsez más o menos ética no debe sacarse mayor partido tampoco de los agravios al género humano en sus múltiples tolerancias. Una inteligencia activa no mirará de soslayo el curso de estas ideas.

¡Ah, y la novela consume tantas cuartillas! Un mundo de cuartillas, un melodramático suceder de cuartillas, el entero mundo que queremos alzar de repente surgiendo del montón de cuartillas... Amor, ternura, ¡venid! Hay que salir al aire libre del final, y ese final a veces es tan inaccesible... Mas ya está dicho que charle el eunuco y trabaje el creador, aun cuando este creador no se vea retribuido con mucha largueza.

Decía Lugones que él había aprendido precisamente de los griegos cómo se paga uno el inefable goce de la libertad con el dinero que deja de ganar pudiendo hacerlo. No agrego nada; también lo sé, y mi sangre me cuesta.

Comencé diciendo que es antihigiénico escribir novelas y voy a probarlo. No bien se ve uno navegando en esta ensenada de pasiones el ánimo se disuelve en ella y cuesta trabajo dar pie con el mundo de las realidades externas.

Cuando yo hacía antes otras cosas solía ser una persona cuidadosa de mi urbanidad. Ahora no. Ahora hasta dejo –tengo que dejar– que las cenizas de mis cigarros invadan mi mesa, a veces mi cama, a veces mi casa... Andando por esos finisterres de las personas que amaso, diseco o inventarío, ¿cómo es posible cuidarse uno ni de su barba ni de sus amigos?

Lo mejor sería que no viniesen a vernos los amigos, pero ¿cómo decirles que se trabaja cuando todos creen que se holgazanea? Metido el pecho contra la mesa, metida la imaginación como un escoplo contra lo inerte de lo increado, nadie podrá hacerles creer que estamos librando una batalla. Y entonces salen con esto: –“No seas egoísta y vente con nosotros. Deja esos papeles”.

Si yo tuviera como San Isidro el Labrador mis ángeles que labraran por mí (o que él ni siquiera pidió en oraciones; los que él debía, viéndose tan colmado, cederemos algunas tardes a título de homónimo) bien estaba el caso; pero vivo amarrado a este arte y a este oficio –fatalidad hereditaria– y no veo el modo de cambiar de independencia.
Babel (Santiago de Chile) 12(60):177-179; 1951.

Literatura

He oído decir que por la calle del “ya voy” se llega siempre a la casa del “nunca”. ¡Qué gran verdad!, y mucho más cuanto se refiere a la literatura y sus problemas, círculo vicioso. De decir “ya voy” a los llamados de la vocación es que casi nadie en este país ha hecho una obra total, ni medianamente cercana a la perfección. Con sus puertas entornadas, invitando a echar la siesta, la casa del “nunca” ofrece más de una tentación. Y no se puede... no se puede.

Algunos han dicho con su voz menos tímida que no son estas tierras de escritores o que estas tierras ni siquiera los merece en razón de elementales razones. Otros exclaman, visto que el tiempo se les echa encima: “Si uno se pudiera encerrar un mes...”. Absurdo. El escritor no se da como la caña o los frutos menores en tales o cuales sitios; tampoco es cuestión de “merecer”, de “ser merecidos”. En cuanto a un mes, a dos o tres meses de encerramiento, creo que con ello bien poco se logra. No se trata de fabricar una soledad y con ella la columna de nuestro impulso. Toda obra se ha ido haciendo, casi siempre, a pedazos; se ha ido rumiando, forrado de tedio, con los documentos de la mezquindad ambiente por soporte y el área cotidiana de la angustia por alimento.

No hablo sino de corridas y no deseo remover la vieja disputa en torno a la futilidad del cubano: disputa de la cual sale la fe en la lucha muy debilitada. Pienso, en cambio, en Luis Felipe Rodríguez, ese infatigable trabajador a quienes algunos tunantes llamaban papanatas, en quien yo mismo no acerté a ver toda su grandeza sino cuando ya no podía decírselo. ¿Y me hubiera creído? No sé. Pero debemos ahora estarle todos muy agradecidos por la perfecta lección de honestidad que nos dio. Su vida fue enteramente para sus libros y no se permitió la menor ligereza a ese respecto. Cuando todos estaban a situarse “antes y mejor” él seguía vagabundeando en torno a su quehacer, el cual no era otro que el de mirar y oir a las gentes. Nos hemos reído de su extraña pinta, en sus barbas; en sus endiablados monólogos, que eran su atmósfera patrimonial; nos hemos reído de sus invenciones amorosas, de sus gustos aldeanos, etc, pero lo que no admitía risa eran sus ensimismamientos, sus silencios germinales, esa zona negra de sacrificio en la cual fructifica, para la gloria póstuma e ingrata, una flor extraña que algunos llaman “arte”.

Le hizo mucho daño a Luis Felipe su aspecto de estar siempre equivocado, cuando tantas veces la razón estuvo de su parte; le hizo muchísimo daño su tartamudez, su misogenismo, el ser un creador. Él valía más que cualquier político (seguramente más que el mejor político de su hora); valía más que cualquier profesor de aquellos que le dejaban con la palabra en la boca. Su temple era magnífico: cuando esto ocurría seguía hablando en silencio, a dentelladas y mordiscos para dejar ventilado el estado de mala educación pública en el país y para que los señores de este tratamiento grosero supieran que los buenos modales también se usan.

Estoy descargando mi conciencia. Pues Luis Felipe subía hasta la cresta de la tolerancia para aguantarnos a todos nosotros chistes horrendos, cuchufletas banales, sabiendo muy bien cuán por encima de todos nosotros estaba (y aquí una forma de la cortesía y de la piedad incomprensible para los pelafustanes). Luis Felipe tuvo siempre horas amargas, surgidas de la tenaz incomprensión criolla hacia las cosas desinteresadas, y estas horas amargas lo fueron doblemente ya que ellos preguntaban (porque aquí nadie se conforma a pensar que el desinterés... sea tan falto de interés) “¿Qué anda buscando?”.
No anduvo buscando nada; hizo su trabajo cotidiano de merodear por ahí y escribir por ahí lo que tenía que ser escrito; su buena labor de mirón de nubes y atardeceres y suscribió el papeleo temporal de cada día con un atisbo o una socarronería para mañana. ¿Qué necesidad hubiera tenido de encerrarse un mes? Y de haberlo hecho, ¿qué hubiera conseguido de no haber tenido sus trampas muy cebadas de muy atrás?
Noticias de Arte (La Habana) 1(2) :15; octubre 1952.

Aparece también en El pan de los muertos. Reseñas de libros: El acoso por Alejo Carpentier. Buenos Aires, Editorial Losada, S.A.

Afanoso por escribir un largo artículo sobre Alejo Carpentier, la falta de tiempo me lo ha impedido. Él lo merece en toda la línea; su labor es de primera calidad. Pero ahora que recibo el último libro que le editan (y sin cancelar el proyecto) quiero hacer esta croniquilla en torno a El acoso. Vale la pena por muchas razones.

Se trata una vez más de la novela revolucionaria cubana, a partir de Machado, ¡pero qué distinta! Puesto fuera todo ese lenguaje caporalista que las identifica entre sí, esta pequeña obra maestra sube como una espiga de acero a un cielo demasiado alto para ser trascendido. Su búsqueda es tan conmovedora sin embargo que lo acerca a uno al estremecimiento.

Echada de lado toda la argamasa que conforman tales edificios, su acción, su volición, una hora, es de jadeo y forcejeo medusario, relámpagos de caducidad y muerte sobre un fondo de esplendor sulfurino. Un hombre se aprieta a sus recuerdos, se encoge, se frunce, se dilata, se distorsiona y los símbolos, el Soldado, la Gestión, el Becario, lo Verdadero, lo Sublime sellan una alianza de angustia críptica, de muy pocas palabras para un personaje, de muchas para el Personaje. ¿Y la aniquiladora presencia de Dios? ¡Qué despertar confuso en brazos del Misterio, la Gloria, el Evangelio, el Ofertorio! Carpentier juega con estos elementos en bloques de prosa de una calidad granítica, bien acordada, discursiva; la prosa en su gran acepción de marcha militar, adelante y sin titubeos; la misma prosa por sí, aprisa y lenta, derrochadora y económica, anillada y suelta en busca de logros últimos o brillando deleitosamente como flor de agua. Estas reiteradas enumeraciones que la decoran ni cansan ni impacientan al lector. El lector querría saber qué pasa, qué pasará bajo estas evocaciones suntuarias, a veces ensombrecidas, a veces plenas de un fuego lujurioso, pero tendrá que sujetar ese deseo porque hay un placer que se recibe y nos adormece.

Contra lo que algunos dicen sí, sí es novela, y grande y totalizadora. Un hombre que ha recibido los beneficios de la crítica mundial por Los pasos perdidos, El reino de este mundo se podría permitir ciertos caprichos, más no es eso. Si yo digo que es su mejor obra nadie se espante. Sólo quien ha transitado por sendas estrechas sabe cuánto de peligro hay en esta ascensión que Alejo se impone en El acoso. Luz verde de bajo fondo marino, de estrellado amanecer; luto lejano, muerte renaciente, las alegrías se agolpan, se cabalgan en un frenesí carnal. Hay la carnalidad de la tierra, de los objetos y sus tornasoles; palpitaciones y frotaciones del espíritu; ceguedades y vislumbres fosfóricos. Un lienzo estatuario, un friso, un crismón entre páginas de liturgia atropellada; lo que excita y acota muros de fe. El acosado, alfa y omega de todo un régimen de angustias, toma para sí todas las angustias de aquel tiempo y las condensa y resume en pequeños gritos irreflexivos, en meditares, en opresivos desgastes.

Mi entusiasmo por estas páginas es resuelto. Hacía tiempo no encontraba un verbo tan bien dispuesto a los mil trances del verbo; esa maleabilidad, esa permeabilidad para ocultar y distinguir; para dar relieve o hundir en fosos de olvido los ademanes, las murmuraciones. ¡Cuánta lucidez encendida! La crepitación que en torno al hecho acrece un orbe, es simple. Un hombre se mete en un teatro, tal vez en el Auditorium del Vedado, huyendo de sus perseguidores. Están dando la Heroica; el concierto le resulta un suplicio espantoso; la música se le clava en las heridas de la carne y de la mente; sufre. En esta estancia de dolor el pasado se recobra; se actualiza. Ve eso en presente, ve a Estrella, amante perdularia; ve los tonos de la lucha; el día que minaron el cementerio; las mil refriegas y “el hierro arrojado a la rueda maestra”; ve el juicio de un compañero que está en la memoria y los ve a todos haciendo justicia a su manera. ¡Tiempos del Tribunal! Y luego los tiempos del Botín... Los temibles pelean con fiereza. Ah, pero hay remordimientos; angustias. “Estaba asqueado, con náuseas de todo lo vivido hasta entonces; con ansias de arrastrarse a los pies de un confesionario para clamar que nada había sido necesario; para vomitar tales culpas que le impusieron penas excepcionales, las más terribles que la Iglesia hubiera instituido, complaciéndose en la idea de que “tales penas existían para quienes pudieran volcar abominaciones semejantes a las suyas”. ¡Cómo ha despertado cosas el frenazo de una ambulancia!

El modo mediante el cual se ha desentendido de la realidad –Poeta es quien pasa sobre ella y modificándola la deja intacta– suben a este autor a rango cimero, no importa el que haya logrado ya. Pues no sólo son los que presentan estas páginas primores literarios; la sublimación de los necios –esos billetes del General con los ojos dormidos; esa tenaz Antología de Oradores remitida por correo para causar la muerte– dicen mucho más que el considerable lujo del estilo. Sobre que el estilo integra un haz ardiente y contradictorio que no puede separarse del suceso en sí; es el suceso mismo.

Después de haber leído El acoso creo que el género queda clausurado con remate maestro. Ya no se podrá hablar más de él sin mentar en primer término la novela de Carpentier. Su novela también ha frenado violentamente toda posible apetencia. Pasó del “documento” a la obra de arte. Quien desee en el futuro transitar por ahí que afile bien su pluma, que apronte a su mente una calidad excepcional de disposición artística. Y ya veremos.

Revista Cubana (La Habana) 31(3-4): 159-161; jul.-dic. 1957.

Reseñas de Libros: La letra como testigo por Salvador Bueno, Santa Clara,165-169, 1957.

¿Qué cosa es un crítico sino un hombre de buena fe, dispuesto a dar al público los frutos de su meditación en torno a algo que fuese merecedor de ello? Pero la necesidad de hacer cada día crítica literaria como pan de mesa fuerte, tal vez embote su sensibilidad y le lleve a contactos groseros de conveniencia y acomodo. A mí me gusta saber sobre libros, sobre autores, y leo crítica y cultivo la amistad de los que la hacen para informar, cuando llega el momento, las tres o cuatro cosas que me parecen esenciales en la materia. Largas conversaciones he tenido a lo extenso de los años con amigos entregados a este menester, con Salvador Bueno, por ejemplo, y algunos en este tono:

Aquello que se llamó la “crítica gendarme”, fuera de uso, fuera de forma, ¿no tenía sus ventajas? Todo sale tan a escuadra hoy, que lo mejor de muchos críticos sería no decir nada. En definitiva ¿quién pierde? El lector que no se entera ni de los tiquismiquis gramaticales en solfa ni del mal uso del pensamiento en tal o cual contexto, sino del juicio pobre, empobrecido, cercano al eco vicioso que necesita los puntales de una virtud secular para mantenerse en pie. Para ver los tráfagos de la retórica (que hasta puede llamarse estilística) sería necesario... No, no lo digo más: ahí están los volatineros de cinta y chirimbolo; ahí surgen... ¿A esos se les dice críticos?

Estas discusiones iban a parar siempre sobre benignos jueces que tratan los libros tan mansamente cual si fueran lebreles de su corte. El propio Salvador, inclinado a una piedra modesta, me daba a entender que si se echa por tierra lo poco que se tiene ¿con qué quedamos en casa? Cierto, pero uno quiere a veces no tener nada a tener malo. Hasta en viajes nos hemos detenido a veces en el bordillo de las aceras a musitar de lo propio con esa tenacidad casi maniática que se enrosca en el hábito como segunda naturaleza. Yo creo que era un fastidio para quien nos acompañaba y oía.

Todo este largo exordio viene para dar cuenta de un libro último que tengo sobre la mesa. Se llama La letra como testigo. ¿A quiénes evoca en estos trabajos? A González Martínez, un poeta; a Mariano Azuela, un novelista; a Rubén Romero, otro, y los tres de México. Luego se corre su amor hacia Gallegos, hacia Pedro Henríquez Ureña, hacia Valle-Inclán, Alejo Carpentier, Gabriela Mistral y José Martí consumen turnos de gozosa estimativa. Tal vez lo mejor de Bueno sea admirar con cierta austera paz. Está en su naturaleza ser así. Yo no le he pedido nunca “crítica gendarme”, pero de veras, ¿no hace su poquito de falta? No con los trabajos por su pluma en este volumen sino en general y para una mejor conformación de los cuadros sinópticos con destino a la sensibilidad futura.

El solo hecho de escribir libro de tal naturaleza relieva considerablemente a un autor. Pues se trata de un hombre sin vanidad, quien se aplica a estudiar la labor ajena, quien se empeña en que esta labor sea conocida y que no repara en medios divulgatorios. Claro que la magnífica edición hecha por la Universidad Central de Las Villas viene en su ayuda de modo decisivo y que hay que elogiar el ojo avisor, la penetración de aquel Centro. Plácemes merece.

Con gran delectación he leído páginas y más páginas de La letra como testigo y si bien cada cual mira y conjetura a imagen y semejanza de un momento pasional ( si no, existirían esas horcas peregrinas que vamos levantando aquí y allá, según el humor del tiempo, para hacer decapitar en ellas los gustos de los cuales nos mofamos) su pasión es tan razonadora que sorprende al leyente en algunos trechos. Pero la verdad del viajero es su error –ha dicho el grande Ortega– y un crítico tiene derecho hacer su viaje a los papeles según le plazca.

Salvador Bueno ha escrito libros importantes y útiles: Medio siglo de literatura cubana, Antología del cuento en Cuba, Historia de la literatura cubana, y si amontonó datos y textos difuntos con objeto de alzar la pirámide de una fantasía, su homenaje a la nada goza crédito en el exterior.

Creen por ahí que hay una “literatura nacional” y que por lo menos diez o doce afortunados tienen la ventura de asomarse al mundo de lo impreso; que aquí se toma en serio el quehacer literario y se mantiene una idea de sucesión. Nada más lejos de la verdad pero asimismo nada tan conmovedor como ese sueño del que disueña. Para echar la cara por el redondel que mira al público, lo corriente es que nos hagamos primero esa forma del sacrificio que los japoneses llaman el harakiri. Razones de honor, fracasos militares o políticos no cuentan. Este desangrarnos económicamente es para dar lucimiento a la pobre Patria que padece de nuestra oscuridad como creadores en el mismo grado con que se viste de nuestros triunfos cuando estos llegan, así sean ficticios, transitorios o macilentos en razón de la pequeña oportunidad que tomamos por los cabellos. ¿Qué vienen a ser esos mil ejemplares de nuestra vergüenza en un medio en que pueda llegarse sin mayor esfuerzo a los cincuenta millares? Ah, pero hacemos poner nuestros nombres en alguna incierta diana y al lado el nombre esclarecido de la singular tierra que así trata a sus hijos menos adictos a los bienes terrenales. (Contra defectos siempre juegan excesos.)

En la dedicatoria de su obra me llama Bueno “compañero de quejumbres”. Reclamo ese título y bien sabe él cuán honroso es. Sin lisonjas, sin astucias, pongo en ello, en esa queja cotidiana contra la indiferencia del ambiente, los cuatro pétalos que acunan el corazón según los vedánticos. Estamos obligados a promover este lloro sin lágrimas que es reclamar una mirada para la función intelectual no vista o por el público de un modo absoluto, pero tampoco por el Estado de un modo generoso. Y baile la mona cuanto quiera y todo siga a su fin. La protesta es una fermentación de estas angustias.

Siento mucho que un libro de crítica del amigo bien querido me lleve a estados de exasperación. Él sabrá perdonar. Y sabrá entender que en la medida que aprecio su labor estoy haciendo reproches públicos bien explícitos.

Una vez oí de su boca –y luego lo leí– que corría la especie que Ignacio José de Urrutia, el del Teatro Histórico, había muerto de tristeza por las críticas que le hizo el padre José Agustín Caballero a su libro. (“¡Qué pesado prólogo! ¡Cuánto aburrimiento!” entre las memorias). Bueno, pues eso es algo. Ahora a veces se publican libros y nadie dice ni esta boca es mía, por comodidad, por desdén, por lo que sea, y se nos está creando la situación de tener que mandar la gacetilla con el ejemplar de compromiso. Sorprende este martelo de tan disímiles órbitas pero habrá que dar gracias si todavía podemos ver en dignos periódicos rincones para tratar las letras.

La letra como testigo es un testigo excepcional de los desvelos de un autor y de su afán en materia tan poco auspiciable. Llave para abrir puertas secretas, camino que conduce a los ideogramas de las técnicas privativas de cada uno de los siluetados, yo pediría su obligatoriedad en aulas si esto fuera posible. Pues texto que lleve imbíbito un deseo de transmisión de entusiasmos como este, de transmisión de conocimientos, debe alcanzar a otros ámbitos sin más requisitos.

–Me sabe mal –decíame un amigo– que no le hagamos pronto un homenaje a Salvador. Un banquete. Algo así bien gordo.

–No me opongo, naturalmente, pero como pulsan los deseos comprendo que lo deseado es que luzca su grado de capitán con mando en plaza.

¿Para que como en el cuento del peladito mexicano se diga que lo vestimos de general con objeto de fusilarlo a todo honor?

No. Su hazaña vale por un viaje. Y él viaja entre líneas negras y fondos blancos, así se fatigue hasta la muerte no puede descansar sino en la preparación de otros periplos. El hombre de sedalina de nuestros días no sabe que hay una verdad del intelecto a la que no alcanzan piropos ni jolgorios por animados que sean. Para los fuera de grupo ¿qué cosa es el grupo? ¿Qué las procrastinaciones?

Revista Cubana (La Habana) 31(3-4):165-169; jul.-dic. 1957.

De la vida literaria: Bobadilla descendiente de Boabdil

El primero de enero se cumplió el decimoquinto aniversario de la muerte en Biarritz de Emilio Bobadilla, crítico, poeta y novelista nacido en Cárdenas y generalmente conocido bajo el pseudónimo de “Fray Candil”. En sus primeras andanzas se ocultaba bajo el nombre de “Dagoberto Mármara”, y con este firmó alguna acantología. Sal y Pimienta, que cuatro años después reproduce casi íntegramente en Mostaza. Para explicar su pseudónimo definitivo, escribió: “Me firmo Fray Candil, porque los frailes gozan de cierta inmunidad para decir todo cuanto se le venga al hábito, y Candil, porque gusto de hacer luz donde imperan las sombras”. Y ahora me digo: ¿tiene ahora alguna importancia entre nosotros (o allá) este a quien en su tiempo se le temía y adulaba de todo modo? ¿Acaso se lee todavía –no por especialistas– tal cual de sus novelas o de sus libros de crítica o de viaje que fueron numerosos y jarifos?

Hace poco me contaba Salvador Bueno que del confín del mundo americano recibiera una carta en procura de noticias sobre Fray Candil. Se trataba de un agente comercial, por cierto bastante meditativo, quien también plañía una queja. ¿Por qué en libros cubanos sobre literatura se ocupan tan poco de don Emilio? Ah, piénsese en la soledad de las tierras australes; en la nieve y el viento que aíslan; piénsese también en un cierto amor por el estilo ácido y vitrioloso de nuestro compatriota y veremos de conjugar esta añoranza. Es claro: Bobadilla resulta bueno, para encender hogueras de pasión, sardónicas sonrisas, litigios no opacados por las chaturas del tiempo. De vez en cuando debe usarse como estimulante de la voluntad. He ahí un peleador; libró batallas y (ganó guerras) contra gente muy empingorotada que estuvo en la cresta de la ola en su día. Recuérdese la lucha con “Clarín”; sus denuncias de plagios; sus ataques cientificistas. Hoy todo ello resulta “archivo literario”, pero de primera mano, y es curioso saber cómo un criollo daba esta clase de espectáculos en plena corte española. Su periodismo acerado, a veces sarcástico en grado sumo, era de un corte aséptico tan subido que llegaba a eso, a ese “espectáculo”. Él no fue el mísero galfarro que pierde tiempo en sueños tontos; no quiso quedar en gandul de las letras. ¿Pero quedó?

En las diversas historias de la literatura hispanoamericana que miro a menudo (o en las particulares de nuestro país) lo tratan, es verdad, muy a las volandas. Exceptuando a Juan J. Remos que le dedica un par de páginas, y al propio Salvador Bueno que le dedica un par de párrafos, ambos muy patrióticamente, veamos cómo Luis Alberto Sánchez lo despacha en breves líneas ligándolo a la progenie de Felipe Trigo y descubriéndole un impensado discípulo en el peruano Felipe Sassano, tan entretenido por lo demás. Anderson Imbert, Carisomo y Bogliano, Agustín del Saz y Uslar Prieti, ni siquiera lo citan en sus respectivos trabajos. El padre Garmendía de Otaola, en su imponente mamotreto, Lecturas buenas y malas (dice de él): “Casi neurótico. Es muy deshonesto (se refiere a un cuento titulado ‘La vejez de un joven’) realista, deshonestamente contado y con cierto fatalismo a lo Zola”. (Por cierto que el otro autor cubano citado dentro de aquel mar de nombres y obras resulta ser... Andrés de Piedra Bueno, quien dice que su poema “Don Bosco”

[...] está preñado de ideas, de inspiración: escrito con cariño y acabado esmero [...] pero que es lástima que esté viciado por los abusos de la escuela modernista que se descubren principalmente en epítetos raros y figuras que tras mucho esfuerzo apenas si medio se descifran, por vaciar el poeta su pensamiento, en moldes que no guardan casi ninguna analogía con lo que realmente intenta expresar.


¡Esto es lo que se llama un cumplido elogio; una de cal y otra de arena!). Este padre Garmendía sigue las huellas, los rastros, del jesuita Pablo Ladrón de Guevara, autor de Novelistas malos y buenos, edición de Bilbao también, y que sonó a su tiempo.

Como poeta lo sitúa Max Henríquez Ureña, que dice que en Bobadilla se da el caso de un adversario declarado de las nuevas tendencias, que se aprovecha de los procedimientos del modernismo. En Vórtice señala evidencias irrecusables. Pero ahora no se trata de esto; se trata de verle la veta en su prosa. Irascible o lleno de piedad lo aprecian algunos por su conducta de no guardar silencio y romper lanzas contra todo. Otros le disputan sofisticado, erudito a la violeta, tocador de oído papamosca literario y... fue de gran cultura. Anduvo en el baile y fue aporreado; no halló bien todas las piezas. En cuanto a su obra novelística, donde lucen A fuego lento (1913) y En la noche dormida (1914) a mí me parece es donde se encuentra un Bobadilla mayor, sin que ello quiera decir que su afán analítico condujese a la colmada realización. Tanto espurgo, tanta ciencia, a veces cansa. De uno y otro libro dijeron bien las más caudales firmas de su época, por esta u otra razón, y J. Deleito y Piñuela, luego autor de Lecturas americanas donde no le da sitio, afirmó en un periódico madrileño: “Contra los que le acusan de echar carnaza a las fieras, Fray Candil puede invocar la alta espiritualidad que reflejan todas sus obras [...] la noble y señorial poesía de sus versos exquisitos”. No olvido Novelas en germen, cuya cuarta edición es de 1900, pequeños cuadros bien resueltos, algunos con mucho vigor, que nadie tomó en cuenta porque el autor no ejercía aún la dictadura de la crónica que le ganaba fáciles aplausos, ni En pos de la paz, su última novela (1917) bastante autobiográfica y que no llamó la atención. Declinaba.

Lo cierto es que este hombre, con ser quien era no logró centrar definitivamente su personalidad. ¿Qué le acuciaba? ¿Qué le hacía girar de una a otra margen sin quedarse en ninguna? Bobadilla representó ese tipo de escritor que fía más a los vaivenes del escenario que a su propio valimiento. Fue cronista bulevardero, competidor de otros cronistas que a la sazón le echaban galgas al éxito; declamatorio, teatral (también como los otros) y las buenas cualidades de su trabajo esforzado y continuo se aguaron en las acedas madejas de sus contradicciones. Vivió para una popularidad efímera, transitoria. Duelista, impertinente, ofensor con la idea de la verdad en la mano, perturbado a las buenas, delirante de publicidad, hombre sano que enfermó de gritar juicios y llamar a todos a juicio según su juicio, su destino lo traicionó. Creyéndose vocado a ejercer un magisterio que a la fecha tenía gran predicamento, volcó los vasos que ardían en el retablo. Su alma quedó sin asidero, encabritada pero desolada.

Un viejo amigo me contó que al cabo todo era muy complejo en él y tenía que reprimirse con frecuencia:

En un café donde hacíamos tertulia –dijo– llegó una tarde un tipo y le insultó acremente. Asombro ... Siendo un impulsivo de cuerda libre, un hombre lleno de fama, un valiente, cualquiera le provocaba para salir a la notoriedad. El amigo se asusta todavía recordando que hasta hubo su buena bofetada al son de “¡me bato, me bato!”. (Andrenio tiene una “jurisprudencia de la bofetada”).

–Pues yo, no –contestó Bobadilla. No sea usted gaznápiro. Yo escojo mis víctimas. Yo sé escoger y usted no es más que un pobre diablo. ¡Al diablo!

Y dándole la espalda se fue tan tranquilo.

Tuvo una vida afectiva a tono con su genio... de circunstancias. Cuentan que vivió en pleno delirio amoroso. Fue casado, como se sabe, con Piedad Zenea, la hija del poeta mártir, y son tantas las vicisitudes de esta unión, a pesar de los felices augurios de Martí, que acabó en separación fría y desdeñosa. Martí había escrito en Patria, del 8 de diciembre de 1894:

Ya tiene noble compañera para el camino del mundo, siempre áspero a quien esquiva de sus tentaciones el talento y la virtud, la ideal criatura, a la vez candorosa y enérgica, que dejó sin padre, en la tierra cruel, la alevosía de España. Ya rodeada de amigos, de Piñeyro y Albarrán, de Solar y Goyeneche, de lo más valioso de nuestra gente en París, unió su vida Piedad Zenea a la del cubano famoso por el desembarazo de su pensamiento y el arte de su estilo: a Emilio Bobadilla [...].

Sólo que él trufó el breve tiempo de la luna de miel con violencias, desplantes y acedías, y el previo coloquio nacido en Madrid con escenas como la que paso a relatar. Viajaban, de novios, juntos a París en pos de la aventura de sus vidas. Ya reñían, ya se reconciliaban, por seguir la costumbre, cuando subió al coche un conocido de Fray Candil y viéndole tan bien acompañado le dijo: “Felicitaciones. Ha encontrado usted una paloma...”. A lo que el otro hizo gesto de indiferencia, dio las gracias y pasó a su lectura. Pero en llegando al hotel que les daría acomodo lo primero que dijo Bobadilla, muy en su tono sonriendo y con la mayor indiferencia: “Conque paloma, ¿eh? ¡Pantera, pantera de Numidia!”. Piedad Zenea ya supo con quién debía habérselas en adelante.

A Sanguily no le gustaba, tampoco a Manuel de la Cruz. Le creyeron austriacante (Fitzmaurice Kelly lo llama “cubano de nación”), razonador con estoque, ávido de nombradía por todos los medios. Fue un hijo de la arrogancia finisecular; atrabiliario inconsecuente. Pero fue escritor, pero sin duda alguna que sabía lo era quería escribir y que no escribió sino con lo que él creía era su sangre.

Dejó una serie de títulos que no sabemos siquiera corresponden a una labor en marcha. ¿Trabajó efectivamente en las novelas La Chicha y Cuba? ¿Y en Jaula de Monos? ¿Y en Vesania? ¿Dónde están estos papeles? ¿O eran simplemente estos nombres provisionales para asuntos que luego tomaron caminos distintos? Algunas denominaciones a libros de viaje quedaron también en el limbo; pero él había visto y oído y puede que esta labor sí estuviera para cumplirse. (Insisto tanto sobre sus inéditos pues conozco algo más sorprendente aún en el lánguido proceder americano. Para 1914 ganó en París el ecuatoriano Miguel Ángel Corral el primer premio en un concurso donde eran jurados Darío, Nervo, Gómez Carrillo, Ricardo León y otros, con su novela Las cosechas. Dijeron que se trataba de una obra cumbre, hecha por un consumado narrador que merecía los honores de la publicidad inmediata y así se acordó. A estas fechas todavía espera, no sé si Corral que debe haber muerto de decepción, sino el precioso original, por la mano decidida de un empresario).

En el libro de artículos periodísticos de Fray Candil que el celo del muy querido e inolvidable amigo Carlos Gonzáles Palacios encargó a Surama Ferrer y Domingo Mesa, se transcribe una nota de Le Temps, de París, que es tal vez la mejor síntesis de su personalidad como hombre y escritor:

Hemos pedido a algunos amigos informes acerca del célebre autor de Sintiéndome vivir, y he aquí el muy hermoso retrato que nos envían: “Último descendiente de Boabdil rey moro de Granada, tiene el tinte, la presencia y la estatura de un árabe. Sus cejas, espesas y móviles, concentran la expresión de toda la cara y con ellas desmiente o acepta una opinión cualquiera sin que se mueva un solo músculo de su rostro. Parsimonioso en el hablar, es sedoso o huraño, según se dirija a un amigo o a un mentecato. Escritor de gran talento, observador profundo, no emite nunca un juicio sino después de madura reflexión...

Ahí lo tienen bien trepado en el escenario. Pero Azorín había dicho ya que era un escritor de estilo limpio, claro, preciso, nervioso.

Alerta (La Habana) 23 en. 1956.

Una versión de este trabajo apareció en El pan de los muertos, 1958.

El revés de la trama: Fecha

Ese país de las maravillas también lo tuve yo. Pero como todas las cosas de mi vida, fragmento, proyecto, logro y tan pronto grumo de nieve entre las manos. Era la cosa sin segundo, la que convenía a todos los sueños y cincuenta años después todavía centellea en cielo opaco, antorcha conturbada. ¡Qué amor! Yo miraba su hábito de mordaz estrella, su perfecta impermanencia, su hálito de larga cauda, el brillo de su cabellera de oro, el logro de todos los amaneceres, coruscando, atando mi paso a su brida y yo, el asaltante de sueños, el que mira hacia alcobas imposibles establecía una contabilidad estelar. ¿A dónde ser mío y de todos, querías llevarme? Nacida de una costilla etérea, de la costilla de Martí, llegabas a confundirme en los amaneceres de todas partes, en la sombra de todos los días, ante vientos contrarios, bajo nubes de agua turbia, ardiente paz y sobrecargada raíz de locura, por los tránsitos sin fin, hacia los sucesos no acaecidos, fibra de luz, metal, brumoso, año ligeramente lunar, trampa de grillos amorosos, los sueños cuajados, los sueños dispersos, otros sueños en despertares de angustia. Patria, Patria. Era el alisio de mi torridez, la ociosidad trashumante, lo quemador de tanto hielo difuso.

Te quise a mi modo, entre gritos secretos, mordiscos de ironía, una mano para encontrarte tan lejos, tan lejos de toda esperanza como para sólo hallarte en las cercanías de la muerte. Te vi repudiada entre peñascales de afrentas, bajo nubes de oprobios y el aire verde de mi intacto amor fue a buscarte, a mi modo, gutural, espectral, preguntándome ¿pero es que estoy maldito? Candente, fulgurante, con la arrogancia de un palomo de alero alto, puse mi mano en tu talle y eché a temblar. Bien restringido, abundoso, pensé que Dios me hizo para estas cosas supremas y se me ha roto la presencia petulante. No soy yo quien tomará tu mano pero sí en envés de tu flotante túnica para besarlo en silencio.

¿A qué más? Viajaste por mi enmarañada ternura de león, entre garras de acalorada miel, toda, total, entera, y nunca te puse mano encima, ni dedo, ni mirada, que no suspirase primero. Muchos años después ¿qué veo de ti? Que me sigues esperando ahora que no valgo nada, que no tengo nada, en un territorio de crispada paz, en tu nube maestra, tactilar, y después de todo con un pecho tan frágil como aquel de las madonas traslúcidas. Me rindo, me postro y saco de mi chaqueta algo deslucida lágrimas del que piensa que está maldito, lágrimas que me sorprenden porque sólo son de Dios. Quien al fin está de vuelta de todo, de todo debe tomar ejemplo, eso es.

Vaya niñez de colegial travieso, de poquísimo estudio, a encontrarte y conocerte una vez por todas, niño infeliz. No es día de lloro. Alzo la pluma vagamente, lo que resta de una migaja de reflexión y crispa el aire y su sonido. ¡Qué sonido! Sordidez de ramillete de luciérnagas enloquecidas. Todos quisieran besar la frente del Maestro –según su juicio– pero todos consuman en incendio de un bosque, lo que resulta más fácil –según su juicio–. Hora de avatares y dilemas tercos. Esfinge, rebaños, y un cuenco de luz para la pobreza del camino. Ver y no ver, alcotarán vidrios voluptuosos, agua quemada ¿hasta dónde alcanzará la instancia de partir? Adivino este respiro de Caracas; tras él ¿qué? Lo que de mí fluye téngase en pie en este valle de flor altanera. Sea mi flor Caracas, como lo fue del Grande; mi xenoglosia, mi transparencia, y acoja ella mi alma lacerada por nudos de silencio.

23 de febrero de 1978.

El Nacional (Caracas) 24 febr. 1978.

Las caras del tiempo

Un ahorcado suspendido que pide a los que pasan la limosna como un manco (es Aloysius Bertrand quien graba esta medalla) me mira a mí también desde las páginas de su libro misterioso y cándido a la vez. Tenemos la necesidad de esta viñeta para evocar un tiempo de amapolas y ataúdes. El poeta riñe a su amada, a su desdicha, a su angustiada existencia sin un escudo para mantenerse ni proseguir el paso. ¿Qué le diré a él, que sufre y sufrirá todavía con lo que ve después de muerto, él también pendulando entre maestros escribas y falsos historiadores de la verdad? Pienso en todo eso y muerdo un papel cualquiera, un trocito descastado de esa página en blanco que no se nutre de letras por falta de vigor en mi caletre. No pienso, no atino a poner en línea pasión y entendimiento; me retiro a cualquier parte del cuarto oscuro en que yazgo y de pronto todo se ilumina. Por un portón de silencio entra una luz atronadora. Es la calle que viene a saludar el sarcófago cotidiano que un burgués cualquiera fabrica para el entierro de nuestras ilusiones. En paz, en paz, y otra idea de reconciliación.

Estas líneas sufridas cargan tristezas; soy el triste que sofoca su melancolía y mira a todas partes en busca de un trazo de luz. Blanco cincel en mi mano, pero la noche está en las teclas de esta maquinita que no avanza. No quiere avanzar. Y yo me tomo el tímpano que cruje y largo cadenas de apresado y tiendo a remar hacia arrecifes insólitos; los arrecifes de mi alma.

Es para mí que compongo esta salutación al Destino. Es para mí que cumplo el rito mortal de la huida de la caída, de la perseverante instancia colérica. No todos entienden y no todos se rematan en esta albacea de silencio. Claro, el tiempo y el amor han partido y no hay más esperanzas que petrificar. El silencio, cero. Entre tanto, entran por allí unos que vienen a ver la casa; que vienen a hacerse salir de una vez hacia otra covacha. Porque esta casa la echarán abajo en cualquier momento y todos los vecinos nos iremos con la música a otra parte. Destino del errante, del que padece éxodo, que no tiene raíces ni aspira a tomarse del suelo de modo relativo. Sobrenadando o sobremuriendo o sobreviviendo pero sin la menor simpatía hacia la vida puesto que su vida quedó por allá, atravesada de puñales que se enfurecen durante la noche con el recuerdo de las cosas que fueron su infancia o el desgarro de su juventud o la altivez de su edad madura. La huella no se borra jamás y pase el tiempo como pase todo queda intacto y presente, augusto, pringoso. Nos iremos, un día, cualquier día a un sitio más seguro y de donde no nos puedan echar. En noches tristes, solos como el ahorcado que tiende el brazo pediremos una merced a Dios, que nos de por favor ese pedacito de tierra que queremos llevar a la boca huesuda y vacía para recordar la infancia, el aire materno, la blanda esperanza de la leche nutricia.

Yo personalmente escribo y escribo párrafos insensatos, matrices de miedo, proteico pétalo con jeroglíficos magnos, y hasta que la presencia de muchos más venga a bailar conmigo la ronda de los desposeídos. Cada hombre y su espada pero no todos saben usar una espada. Ni para sí mismo en caso desesperado y prefieren que tronchen su vida manos viciosas de crimen. Yo empiezo a temer; estoy cercano a la desesperación, lontananza, lontananza. Hay gente que se dicen profunda porque atinan a confundir a su lector con espesas caligrafías pero no todos tragan eso. El profundo debe ser caudaloso en motivos de reflexión; todos nosotros somos unos bellacos que padecemos por nuestros pecados y ya está bien. Voy a tomar un tiempo para sostenerme hasta el último momento. Y que nos echen, que nos estrujen, que después de todo fuera de la patria se está siempre en una especie de tembladera por dulce que aparezca el tiempo y las caras del tiempo.


Miami, 1986
Mariel (Miami) 1:7;1986.

 

 

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. Año 93, No.3-4 JULIO - DICIEMBRE 2002