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Dice
Gastón Baquero en su interesante artículo El
falso antagonismo de literatura y periodismo:
[...] Porque este escritor de cuerpo entero, este enorme escritorazo
que es Enrique Labrador Ruiz, no subestimó nunca escribir
para los periódicos, o escribir en los periódicos,
como de tan mala manera decimos. (¿No sería mejor
decir que Labrador Ruiz no subestimó nunca publicar en periódicos
lo que escribe?). Jamás le dio repeluzno que algunos tontos
le llamasen periodista, queriendo motejarle en negativo, creyendo
empequeñecerle ningunearle, que diría
un mexicano. [...] El periodista no es otra cosa que un escritor
que generalmente no escribe libros, sino artículos, ensayos
breves, crónicas, reportajes, entrevistas, informaciones,
pero en tanto que escritor, es un literato que cultiva determinada
rama o manifestación de la literatura, de la palabra bien
escrita, eficazmente articulada, a la que llamamos periodismo. (1980:
30- 31)
El periodismo no fue una faceta en la vida del escritor cubano Enrique
Labrador Ruiz (1902-1991). El periodismo fue la arrancada de una
vocación por las letras que culminó con el deceso
del autor de El pan de los muertos (1958), libro que reúne,
precisamente, sensibles muestras de su incansable quehacer en la
prensa.
De formación autodidacta, Labrador Ruiz comienza como corresponsal
en el periódico El Sol de Cienfuegos, en donde tenía
una sección titulada Pasavolantes, hasta 1923,
que el diario se traslada a La Habana. Sus experiencias en el mundo
de la letra impresa marcan al escritor, quien coloca agudas experiencias
en sus novelas, por antonomasia, Cresival (1936).
Su labor periodística fue prolífica. Colaboró
en Alerta, Información, Pueblo, Diario de la Marina, El País,
entre otros. También, en revistas cubanas y extranjeras,
algunas de ellas: Revista de la Universidad de La Habana, Revista
Cubana, Noticias de Arte, Bimestre Cubana, Babel, Américas,
Universidad de Antioquia y Repertorio Americano.
Las crónicas y reseñas que aparecen a continuación
son una muestra de la variedad temática y de la condición
estilística que caracterizó su prosa periodística.
En este género, Labrador se nos muestra más apegado
al dato y a la anécdota, sin mermar la frondosidad del vocabulario,
rico en imágenes y metáforas de subido barroquismo.
En varias ocasiones recibió el premio Juan Gualberto
Gómez que otorgaba el Colegio Nacional de Periodistas.
Perteneció a la directiva de la Asociación de Reporteros
de La Habana y a la del Colegio Nacional de Periodistas.
Catá
y su mitología
No de lo mitológico de Catá, que ya no teniéndolo,
sino de su Mitología, es que voy a hablar a ustedes.
Y ello dicho va implícito que es la de Martí, la del
Apóstol, la única; la que él ha concebido con
tanto amor y tanto arte verdaderos. Porque si algún libro
admirable se ha escrito en todos los tiempos sobre Martí,
este es, pese a todas las propagandas de piña que al cabo
no hacen más que sobreestimar transitoriamente y dar un poco
de gloriola a los tipos de camarilla y a los socios complotados.
(En todo igual: el grupo quiere imponer su opinión, su credo,
su tendencia, su gusto privado y hasta decretar el estado oficial
del tiempo, cosa tan variable como las ideas que pueden gobernar
a un grupo. Sólo que para que no se hagan ilusiones estos
y otros caballeros que dicen andar en pos de la verdad por muchos
caminos, diré que la patriotería literaria corre de
capa caída, aunque siempre estemos diciendo que se enriquece
la literatura nacional con cualquier libro que se publique en el
país. No hay literatura nacional, repito. No hay, tal vez,
hoy por hoy, lo que se llama exactamente el fondo de una nacionalidad
para el fondo de una literatura. Está perdido, confundido,
arremolinado, y sospecho que costará trabajo encontrarle
entre tanta broza irreductible y tanta maraña empingorotada
como le aprisiona. Dato curioso: casi siempre toda la reciente literatura
reciente de veinte años con supuesto espíritu
nacionalista... ¡nada tiene que ver con ello! Estoy dispuesto
a probarlo).
Pero me aparto un poco de lo que era mi propósito: el libro
de Hernández Catá, obra ecuménica por esencia.
Yo quise saber, no bien leí fervorosamente esas páginas,
algo vivo en torno a su elaboración, los orígenes
de la idea, como se le hizo, cualquier detalle culminante de su
contextura; una anécdota, en fin, que me pusiese en contacto
con la entraña trémula del trabajo para ver de cohonestar
en su alma mensuradora de hitos estos dos polos de quimera y realidad.
Amo esa vivencia patética del detalle y a tal efecto escribí
entonces al ilustre autor de La muerte nueva. Catá me contestó
poco a poco, en carta muy cariñosa por cierto, sin que hasta
ahora me hubiere sido dable publicar su respuesta. (Esto también
tiene su historia). En fin, él me contaba: Medité
y sentí la mitología mucho antes de empezar a escribirla
y rompí material que sumaría seis o siete veces lo
que las páginas del libro. La índole de la obra exigía
aprender el máximo de datos para olvidarlos luego concienzudamente.
La ejecución material de la obra alcanzó, como la
de todo hijo bien nacido, unos nueve meses poco más o menos.
Y ocurrió durante ella un incidente cómico-dramático:
Trabajaba en un pueblecito cercano a Madrid, Cercedilla, y en un
rapto de desesperación por el vislumbre de la distancia entre
lo soñado y escrito, empecé a romper cuartillas como
un loco. Mi gente llamó a grito a Jiménez Asúa,
gran amigo que veraneaba en un chalet próximo, y este vino,
y a viva fuerza me quitó el manuscrito, se lo llevó
corriendo, perseguido por mí, y me lo tuvo confiscado hasta
que el tiempo y sus sabias razones devolvieron la calma designada
a mi alma. Esta anécdota, naturalmente, no se ha publicado
jamás
¿Comprendéis toda la fuerza de estas sencillas palabras?
¿Toda esta luz? He aquí el entresijo patético
que anima la estatua. Tras ello palpita la tragedia que se suscita
cotidianamente entre el deseo y las realizaciones, la inmensa angustia
que separa el sueño de su logro, lo que va navegando a la
deriva en medio de los afanes más puros. Y con ser el libro
una obra maestra de comprensión y de adivinación muchas
páginas criptogramas descifrados, y con ser el autor
un señor de su oficio, él quería aún
más, siempre un poco más, para borrar usando
sus imágenes en el plasmador de la patria, los nexos
indiferentes que lo igualan a los demás y avivar los magníficos
que lo emparejan con sus hermanos, los grandes de todos los tiempos.
El Debate (La Habana) 6 jun. 1938.
Ponce vivo (una semblanza del gran pintor)
Innumerables veces me he dicho en estos días que si toda
la gente que ha plañido por la muerte de Fidelio Ponce le
hubiera comprado un cuadro, al cabo bien baratos para su valía
y su valor, pues ¡hombre!, el pobre Ponce no se hubiera muerto
de hambre como fue su muerte real, la buena muerte del buen artista,
ya que morirse de hambre no es tanto dejar de comer todos los días
como prescindir forzosamente de la cámara de oxígeno
y su oportuna hora. Y digo el buen artista porque además
de saber serlo hay que demostrarlo en sus formas valerosas: desprecio
al ignorante de toda calidad, menosprecio al rango de circunstancias,
absoluto desdén por los ladinos acomodos, etc. Y vengan derrotas
pero no abyeciones.
Da grima pensar cómo todo el mundo después que no
hay que hacer nada en silencio, según Dios manda, sino con
escándalo publicitario, empieza a lamentarse del caso
Ponce, pero sin añadir que hay otros casos porque
eso implicaría ayuda hoy, efectividad económica de
algún modo y de lo que se trata es de cosa que trasciende
mañana; la postura protectora y barata.
¡Y la de protectores que me encontré la noche del velorio
rondando al imbeato! Una muchacha, una señora, una muchacha
más; unos tipos del comercio, unos tipos de no sé
qué otras actividades, otros tipos semejantes y cada protector
con su media docena de ponces por lo menos a buscar recaudo. Buitres
tronaba sordamente Luis Martínez Pedro; los buitres
que tienen la presa. Ha trabajado con fiebre y fatiga, echando
los pulmones, me recuerdan; según se acercaba la agonía
los protectores proliferaron. Y otros compañeros:
Ponce era, después que tuvo su hijo, la mejor víctima
para los mariscales del acaparamiento. Cuando vivió su bohemia
¿qué le importa a él cinco o cincuenta? Su
época de vino, su época de dormir donde cogiera la
noche, ¿qué tenía que ver con la venta? Pero
nacido Miguel Ángel Dominico y nacido como todo el mundo
a pedir su pan y su leche a horas fijas y sus pies descalzos a reclamar
desde el fondo de la conciencia del pintor algo para su inocente
desnudez, el feroz Ponce, el Ponce de cáscara amarga, al
atrabiliario, el maldiciente, ¡a vender, a vender! Si a esto
se agrega en últimas (en unas últimas muy largas)
eso que se llama hemoptisis, asfixias, estreptomicina... complétese
el amable cuadro.
He visto llorar a muchos pintores en el entierro del pintor; sabían
por qué lloraban. Uno hubo que encargó unas flores
(Carlos Enríquez, aseguran) y su modestia irónica
o una inmensa certidumbre hizo poner en la cinta: Aquí
te espero: Modigliani. Su sueño definitivo lo devana
en tumba provisional; la hora de la resurrección le va a
alcanzar allí. Pasa a la finitud como anduvo en el errante
vivir; era todo alma y su destino como alma consistía en
serle fiel a esa inconstancia levitadora, que le ponía fuera
de las necesidades terrenas, fuera del asunto humano, al margen
de la mecánica de todos los días y de las nóminas
placenteras y de las complacencias ministeriales, secretariles,
abominables de las oficinas y de los departamentos. Se salvó
del panteón y si hubiera tenido unos avisados cruzados de
su causa también se hubiera salvado de otras peligrosidades
póstumas. Lo digo sin pizca de retórica; esto es así;
es decir, tiene que ser así.
Sin aire paródico de ninguna clase hablo de un Ponce no acongojado
por el grotesco humorismo de los finales. Él hizo algunas
travesuras de cuyos ingredientes se satura la anécdota: tal
cual coscorrón a la solemnidad, la suelta incontinencia ante
hipócritas, lo que desmoraliza el muñeco de paja de
una virtud de poco alcance.
No teniendo con qué, el extravagante que era se inventaba
viajes y más viajes. ¿Dónde estuviste,
Ponce? Vengo de Londres y Marsella. Hay un cuadro mío
en el Museo de Oslo. ¿Te gustó Oslo,
de veras? y la respuesta: En Londres no pinté;
mucha niebla... En Marsella, ya sabes, ¡las mujeres! Esos
lupanares... Mi cuadro del Museo de Oslo es una doncella desnuda...
¡Doncella! y yo delante ¿Cómo; en
qué posición, tú?. Delante; mirándole
entre las piernas; así...! y se agachaba y se recogía,
la sonrisa de sorna. Y después: ¿Pero tú
crees que un cubano como yo se va a desteñir? Tampoco le
hablé en inglés a nadie; no creas tú que todo
el mundo habla inglés por allá. Yo decía: quiero
caviar y me traían caviar; quiero de esto de aquello, ¡y
ahí está! En el Museo de Oslo me dijeron: ¡Oye,
Ponce, tú eres genial!. ¿Quién,
Ponce, quién te dijo eso?. No sé, un tipo
como de Franz Hals, con su sombrero grande de medio lado, y los
bigotes... el risueño caballero....
Ponce en cierto sentido estaba inscripto en el ámbito de
los cuadros; tal persona era un greco, en el entierro del Conde;
en poussin; un lucas cranach. A veces se llenaba la boca hablando
de Angelo Bronzine, de Chirlandajo, del Pinturrichio, para salir
con alguna humorada. Luego, por semanas, por meses, tomaba su turno
Fillippo Lippi, o bien El Sodoma, el del martirio de San Sebastián,
al cual pintor se ufanaba de saberle su verdadero nombre: Antonio
Bazzi, y hasta el origen de sus perversidades. Y a trancos, otros
y otros, mezclados, confusos, de Carpaccio a Renoir, de Corot a
Mantenga, la ensalada bien servida y aliñada. Naves de iglesias
hubiera querido para este desfile y los modestos artefactos de su
uso doméstico, el colador del café por ejemplo, volvíase
en el cuarto al son de su evocación cuerno de la abundancia
de impensada densidad. Si el recitado era en la calle se ponía
misteriosamente capas y adornos de época, un turbante de
elocuencia. Salgo a buscar una carta que me mandan de Venecia;
me avisaron. Y continuaba hablando de Archipenko porque
le gustaba mucho repetir sonoramente este nombre o de Tolouse-Lautrec,
el pobrecito jorobado que tiene voz de enano. Pero
Ar-chi-pennn-ko... ¡Oh!, y Patinir.
Este mundo de abstracción y figuración lo llevaba
a crearse de vez en cuando, cuando no tenía de verdad familia,
una familia de fantasmas de carne y hueso. Haciéndose el
indiscreto de pronto sacaba de cualquier parte viejas fotos, probablemente
dadas para hacer esos retratos, que siempre ocultó hacer,
y en desolada síntesis. Son mis hijos decía;
esta, una perdida; este, 18 años, ya un famoso delincuente.
¿La madre? Una ramera, vive aún.... Y sin dejar
el menor intersticio para la averiguación, en un rápido
sesgo de su falso avatar: Ahora tengo un problema tremendo
con la bailarina que tú sabes. Uno no sabía
nada, mas volviendo a la historia de la condecoración
del asta: (una cosa que a cualquiera puede suceder)
esgrimía otro retrato a lo mejor de persona conocida; me
tiene giro; ni a sol ni a sombra me deja. ¿Qué crees
tú... una temporada....
De viejo anduvo él por este camino invencionero, desde su
mocedad se inventó un nombre. Parece que se dio cuenta que
llamándose como se llamaba, Alfredo Fuentes Pons, no iba
a estar muy a tono con los personajes de su drama; sería
como ponerse los zapatos al cuello y andar descalzo lo que
hizo alguna vez, de verdad, en borrascosa juerga así
que se calzó excelentemente con su Fidelio Ponce de León.
¿Dónde lo hubo? No lo sé. En una tela grande
que nunca llegó a pintar, en mi casa lo primero que puso
en ella fue bajo su Ponce, un león. Ese soy yo; el
león. Pero no creo que haya muchos cuadros con esta
firma completa; a lo más, F. Ponce.
Había pintado la muerte desde todos los ángulos, en
todos los sitios; la muerte al piano, la muerte en el jardín,
los tísicos; la muerte en el tocador, en la gran cena, en
el baile de máscaras, los cristos agonizantes; la muerte
dulce o artera, pero nunca desnarigada o fea. Y era su rostro el
que pintaba; el rostro suyo hecho de Alfredo y de Fidelio, el rostro
del pintor secreto que dentro de él afloraba para nosotros.
¿Quién no vio alguna vez a Ponce soñando cuadros
que es, como decir pintándolos ya secretamente, relatándolos?
¡Mira que chiquita más picúa! Tiene unos
pies... unos ojitos de rata, legañosos, y le voy a poner
su collar de mancaperro, Labrador-Ruiz.
Mi nombre retumbaba en su boca, y él creía que yo
no me llamaba más que así, de un solo golpe, sin pausa
alguna. Bueno, figúrate, ¡qué mamarracho
es que se parece a mí, con esa nariz de vianda!. Y
su gran fealdad de hombre atormentado se iluminaba, se hacía
buena, fabulosa, almibarada, se hacía bonita, como sus muertes.
No entendiendo alguno de sus críticos que esa eterna figura
de Ponce, con sus altos guantes, con sus sombreritos a la moda,
con sus cuellos de flor o tenebrosos de encajes blancos y cofias
traslúcidas o afectadas de misterio sensible, de transparentes
llamas, sonrisa inútil y perversidad de canapé ahondándolo
no podrá ser sino otra cosa que la muerte misma en toda su
apacible presencia, tomaron ellos, digo, el sesgo de la tontería
interpretadora: Es un caricaturista del deseo; un infatuado
de la burla; un promotor de risas agrias, sin comprender lo
trágico de los gestos dentro del cerco obsesionante de sus
preferencias. Al haberle visto pintar, en ciclos de gran ardimiento
y lucidez maestra, limpiando lo pintado con la punta de un calcetín,
interrogando y apostrofando lo que restaba de la embestida de su
genio (¿Te crees que vas a ser hermosa, no? Si vieras
como vas a ser?) dando vueltas a elementales conceptos pictóricos,
vertiendo en rincones del lienzo la idea de espacio o en primer
término desdoblamiento de tiempo, trasfondo de los esbozos
muy madurados, otras singularidades de su oficio y de su pasión
a tono con las mudanzas de un carácter pocas veces uniforme,
le hubieran creído loco, blasfemo, precito. ¡Y no!
Él sólo era un especialista de atrapar la más
fugitiva faceta de eso que se opone a la negligencia y la invalidez
cotidiana; fue un áspero escardador de las tinieblas con
todo y su aspecto de banalidad y chocarrería, con todo y
su sombrero hundido, con todo y su dudosa elegancia que a veces
le daba por ostentar. ¿Qué quería Ponce? Nada.
Un ser de irrealidad sin otra cortesía que la muy urbana
de anunciar su desaparición a cada paso, no quería
nada excepto que lo dejasen hacer los desatinos de su gusto (en
pintura y el resto) con su cruz a cuesta, la única cruz gozosa
y altanera, la cruz del derrochador. Se mofaba del fraude de la
vida, de las martingalas con que la vida se ornamenta para martirizarle
a uno y siendo un ser corroído por todas las lepras y excrementos
del estercolero bíblico, su arte formal se iluminó
con un modo secreto de la sensualidad; esa que se manifiesta por
el envés de la carnalidad; esa que lleva poca carne, modestos
residuos de piel palpable, apenas el cognomento de la pelusa de
la piel, el vello nostálgico de su fruta. ¡Qué
trasmutación de queso mohoso a oriente de fruta fina! ¡Qué
ansia de ternura!¡Qué orgía delicada!
Hablando una vez sobre el porvenir, la posteridad, la postumidad
Ponce me dijo con frase rotunda, muy seguro de sí:
¿Y la eternidad? Me le quedé mirando; él
se arreglaba el par de crespitos canos que fluían coquetamente
hacia los temporales por algo es allí donde tempus
clava primero sus huellas e inflando su nariz protuberante
declamó: Ella sola se sorbe todos los tiempos posibles
e imaginables y le queda estómago desembarazado para más.
No sabía yo que Ponce hubiera leído a San Bernardo
o al padre Nieremberg, más luego le vi con el texto de la
diferencia entre lo Temporal y lo Eterno, llevándolo
de ocultis, con destino exclusivo a saciar su preocupación:
el tiempo, lo que está detrás del tiempo, el fracaso
de la vida sin fondo emocional, es decir, sin tiempo anímico.
Comprendí que braceaba desesperadamente en busca de asideros;
los pinceles, hachas; los trozos, picos; todo el revuelto mundo
de sus imposibilidades, congojas vivas; ordalias, y como a la pluma
y al compás más y más y más y más,
mandobleando de ese modo se hacía plaza aunque no tuviera
bocado que llevarse a la boca; entre tanto llegaba el hipotético
bocado. Consuelo aforístico... Vestía ahora la túnica
del filósofo, ciertas subordinadas alegrías iban a
tomar cuerpo, crisoles de luz echaba a borbotones nacidos de sus
espulgas y trapicheos de lector ansioso hasta que la necesidad,
en su forma más expresiva, le hacía decir:
Hoy, me lo estoy figurando, vamos a comer a la oriental. Lo
que no quería decir a suntuosa manera oriental ni aun siquiera
que fuese verdad que se comiera sino, que se iría... a La
Oriental, calle de Zanja o por ahí; frijolitos negros,
carne con papas, boniato frito; mesura y buena educación
de gente que no pregunta mucho. Esa su especial fuerza fue lo que
se le hizo tal vez más sensible cuando ya postrado en el
lecho que habría de ser su lecho mortuorio, tornóse
preventivo y misericordioso hacia sus visitantes: ¡No
te acerques, viejo; todo esto está lleno de microbios; vuelan,
vuelan!. Y desde su aparatoso terror hacía como que
conjuraba esa obra de malignidad que es todo mal creciente.
Mentiría si dijese que alguna vez lo vi falto de entusiasmo
esencial, menguado de fe. ¿Cuál su creer, sus creencias?
Imagino que confiaba que el arte lo redime todo, que hay una providencia
para el arte aunque otra providencia aparentemente distraída
nos corretee y desfleque y hasta tal vez creía que era necesario
ser abandonado y menospreciado para ser salvado y glorificado a
los fines propuestos. Y nunca sórdido ni jamás agrio
ni con estiaje en su esperanzada hambre de futuro. El vivió
en futuro y su presente y su pasado carecen de sentido; son futuro
primordial, están henchidos de futuridad, no hay puente de
una a otra margen mustia y esas vejeces, esas sensibilidades, estuvieron
siempre unidas en prevención del gran salto que le clavaron
a él en la gran ensenada donde su nombre, como un barco,
navegaría soñadoramente. Arrogante, firme de saberse
de buena cepa, orgulloso de no haber sido el réprobo de una
nada se avecindó en la obligatoria soledad, sin acústica
terrestre, bravo para su lucha entre ángel y demonio. Resultaba
en medio de este ascetismo díscolo un decrépito rey
del aire, trompetero de envoltura descaecida, niño de lágrima
implacable. A contrapelo, a contramano, a contraluz; contra le ceguera
de los personajes, la ceguera de los voluptuosos del oro, la estulticia
del resto de los militantes enemigos, pasó como pudo. ¿Cómo
pudo? ¡Quién sabe! Quiso para lo último unas
cuantas pequeñeces; las tuvo; la mascarilla, el discurso
de esbelta forma... Estos deseos suyos se cumplieron y se agrandaron
con la escultura de humo de unas irrevocables adhesiones. Su soledad
quedó poblada; de los confines del silencio vital, la luz
que besa y acaricia; ya navega.
Ahora es cuando está vivo, entero y vivo y rescatado y nada
ocioso. Para esto trabajó la fortaleza decidida su alma,
el gigante espíritu a trechos aporreado y como esfera de
reloj inútil, su derrochante fecha de inquietador. Cuenta
y réditos; él lo ha cobrado todo para ser en su punto
el contradictorio de siempre, es decir el hombre sin otro apuro
como no fuera la necesidad de quedar.
Bohemia (La Habana) 41(11):27,86-88; 13 mar. 1949.
Arte
y oficio
Aunque en Cuba no hacemos vida literaria (porque eso tiene sentido
donde el cultivo de las letras marca constancia) voy a dejar unas
pequeñas confidencias en torno a la faena del escritor, en
especial a lo que yo me dedico preferentemente.
Escribir novelas es la profesión más antihigiénica
que hay. Por de pronto es preciso pasarse algunas de las buenas
horas de nuestros días clavado en una silla, andando en un
mundo inventado, inventando un mundo terrenal con gente no siempre
del agrado de uno, revolviendo vidas y almas a veces sucias, a veces
tontas, a veces ni lo uno ni lo otro... ¡pero peor!, cuando
la calle, la playa o simplemente el rincón de la biblioteca
le llama a uno como cualquier mortal. De la madeja de experiencia
que se supone tener, hay que sacar los hilos de esas existencias
y en la más clamorosa soledad trazar sus destinos, sean estos
excelsos, sean estos triviales. Sólo que el estudio de la
trivialidad, de los hechos baladíes, de esa formidable maquinaria
que alcanza a repetir un día sí y otro también
cuatrocientos pares de gestos unánimes (sonreir, guiñar
los ojos, retener sonrisas, diluir miradas...) no es nada trivial
por cierto. Esa derelicción de los personajes, el sentimiento
de saberlos irremediablemente naufragados en la inanidad de sus
vidas sin trascendencia ¿no es a veces tan importante como
el destacar sus más eminentes actitudes?
Pasarse horas y horas meditando el qué hacer con nuestro
sujeto es una tarea áspera, la cual a veces nos reserva sorpresas
tales como que su destino contraríe nuestros propósitos,
por un golpe de azar, alzándose contra su propia conducta.
Sabemos que el giro de una frase, por el contrario, nos abre camino,
inesperados rumbos y distintos desenlaces, mas no siempre se puede
estar en espera de estas misteriosas galvanizaciones. El escritor
que no tenga fe en lo imprevisible está perdido, pero más
perdido está aquel que no tenga trazado, por rudimentariamente
que sea, el posible desenlace de dos o tres de sus figuras señeras.
No hay iluminación sin plan previo; relumbre sin moho de
esfuerzo.
Escribir es un arte, un oficio, una necesidad, una manía,
y en vista de lo que supone como desmán me parece que, aparte
de las contenciones naturales que un buen tacto manda reprimir,
una resuelta decisión de comunicarse, sin petulancia, con
los que vendrán después. Desdichado del que escribe
tan solo para su tiempo. Desdichado al que el tiempo se le eche
encima sin haberle visto el mínimo secreto germinal. La congoja,
la desesperación traumatizante de hoy, mañana se verá
de otro modo y un hombre que ha pasado mucho tiempo en libertad
con su pluma ya está fuera de todas las cárceles posibles:
su vínculo es más alto.
La datofagia de cierto público no ve a menudo lo que tiene
de zozobrante el ir amontonando pormenor a la obra de creación
y si un estilo se cuaja naturalmente tampoco entiende ese público
el trabajo que ello ha costado. La obra no se va a salvar por el
pormenor, pero el pormenor es su hueso y su tuétano y ya
es vieja la idea de la obra como cadáver de salvación.
Hay quienes tienen la coquetería de proclamar la sencillez
de su trabajo; yo prefiero mostrar lo calamitoso de este suceso
en asedio del estilo; lo calamitoso que resulta unir estilo y pormenor;
orden y caos.
Por un no sé qué de tendencia a la línea decaída
lo plácido y reluciente ha perdido rango y emoción
en ciertas escrituras y escribir de ese modo parece ser un tanto
fastidioso. Ahora es necesario que algo de lo catastrófico
de la vida, la miseria y el rencor temporal, el asco cotidiano de
la supervivencia tome vuelo y sitio oportuno, pero cuidando de no
tocar demasiado en esos arrecifes porque tal como están las
cosas empollar dramas tremendos no es lo que precisamente reclama
la arcilla libresca, nostálgica de la ingente sombra de la
carne. Estos cataclismos habrá que sopesarlos de modo de
no caer tampoco en el otro extremo donde las imágenes vacantes
hacen que todo pase sin que pase nada. De todo lo cual resulta que
si de la insulsez más o menos ética no debe sacarse
mayor partido tampoco de los agravios al género humano en
sus múltiples tolerancias. Una inteligencia activa no mirará
de soslayo el curso de estas ideas.
¡Ah, y la novela consume tantas cuartillas! Un mundo de cuartillas,
un melodramático suceder de cuartillas, el entero mundo que
queremos alzar de repente surgiendo del montón de cuartillas...
Amor, ternura, ¡venid! Hay que salir al aire libre del final,
y ese final a veces es tan inaccesible... Mas ya está dicho
que charle el eunuco y trabaje el creador, aun cuando este creador
no se vea retribuido con mucha largueza.
Decía Lugones que él había aprendido precisamente
de los griegos cómo se paga uno el inefable goce de la libertad
con el dinero que deja de ganar pudiendo hacerlo. No agrego nada;
también lo sé, y mi sangre me cuesta.
Comencé diciendo que es antihigiénico escribir novelas
y voy a probarlo. No bien se ve uno navegando en esta ensenada de
pasiones el ánimo se disuelve en ella y cuesta trabajo dar
pie con el mundo de las realidades externas.
Cuando yo hacía antes otras cosas solía ser una persona
cuidadosa de mi urbanidad. Ahora no. Ahora hasta dejo tengo
que dejar que las cenizas de mis cigarros invadan mi mesa,
a veces mi cama, a veces mi casa... Andando por esos finisterres
de las personas que amaso, diseco o inventarío, ¿cómo
es posible cuidarse uno ni de su barba ni de sus amigos?
Lo mejor sería que no viniesen a vernos los amigos, pero
¿cómo decirles que se trabaja cuando todos creen que
se holgazanea? Metido el pecho contra la mesa, metida la imaginación
como un escoplo contra lo inerte de lo increado, nadie podrá
hacerles creer que estamos librando una batalla. Y entonces salen
con esto: No seas egoísta y vente con nosotros.
Deja esos papeles.
Si yo tuviera como San Isidro el Labrador mis ángeles que
labraran por mí (o que él ni siquiera pidió
en oraciones; los que él debía, viéndose tan
colmado, cederemos algunas tardes a título de homónimo)
bien estaba el caso; pero vivo amarrado a este arte y a este oficio
fatalidad hereditaria y no veo el modo de cambiar de
independencia.
Babel (Santiago de Chile) 12(60):177-179; 1951.
Literatura
He oído decir que por la calle del ya voy se
llega siempre a la casa del nunca. ¡Qué
gran verdad!, y mucho más cuanto se refiere a la literatura
y sus problemas, círculo vicioso. De decir ya voy
a los llamados de la vocación es que casi nadie en este país
ha hecho una obra total, ni medianamente cercana a la perfección.
Con sus puertas entornadas, invitando a echar la siesta, la casa
del nunca ofrece más de una tentación.
Y no se puede... no se puede.
Algunos han dicho con su voz menos tímida que no son estas
tierras de escritores o que estas tierras ni siquiera los merece
en razón de elementales razones. Otros exclaman, visto que
el tiempo se les echa encima: Si uno se pudiera encerrar un
mes.... Absurdo. El escritor no se da como la caña
o los frutos menores en tales o cuales sitios; tampoco es cuestión
de merecer, de ser merecidos. En cuanto
a un mes, a dos o tres meses de encerramiento, creo que con ello
bien poco se logra. No se trata de fabricar una soledad y con ella
la columna de nuestro impulso. Toda obra se ha ido haciendo, casi
siempre, a pedazos; se ha ido rumiando, forrado de tedio, con los
documentos de la mezquindad ambiente por soporte y el área
cotidiana de la angustia por alimento.
No hablo sino de corridas y no deseo remover la vieja disputa en
torno a la futilidad del cubano: disputa de la cual sale la fe en
la lucha muy debilitada. Pienso, en cambio, en Luis Felipe Rodríguez,
ese infatigable trabajador a quienes algunos tunantes llamaban papanatas,
en quien yo mismo no acerté a ver toda su grandeza sino cuando
ya no podía decírselo. ¿Y me hubiera creído?
No sé. Pero debemos ahora estarle todos muy agradecidos por
la perfecta lección de honestidad que nos dio. Su vida fue
enteramente para sus libros y no se permitió la menor ligereza
a ese respecto. Cuando todos estaban a situarse antes y mejor
él seguía vagabundeando en torno a su quehacer, el
cual no era otro que el de mirar y oir a las gentes. Nos hemos reído
de su extraña pinta, en sus barbas; en sus endiablados monólogos,
que eran su atmósfera patrimonial; nos hemos reído
de sus invenciones amorosas, de sus gustos aldeanos, etc, pero lo
que no admitía risa eran sus ensimismamientos, sus silencios
germinales, esa zona negra de sacrificio en la cual fructifica,
para la gloria póstuma e ingrata, una flor extraña
que algunos llaman arte.
Le hizo mucho daño a Luis Felipe su aspecto de estar siempre
equivocado, cuando tantas veces la razón estuvo de su parte;
le hizo muchísimo daño su tartamudez, su misogenismo,
el ser un creador. Él valía más que cualquier
político (seguramente más que el mejor político
de su hora); valía más que cualquier profesor de aquellos
que le dejaban con la palabra en la boca. Su temple era magnífico:
cuando esto ocurría seguía hablando en silencio, a
dentelladas y mordiscos para dejar ventilado el estado de mala educación
pública en el país y para que los señores de
este tratamiento grosero supieran que los buenos modales también
se usan.
Estoy descargando mi conciencia. Pues Luis Felipe subía hasta
la cresta de la tolerancia para aguantarnos a todos nosotros chistes
horrendos, cuchufletas banales, sabiendo muy bien cuán por
encima de todos nosotros estaba (y aquí una forma de la cortesía
y de la piedad incomprensible para los pelafustanes). Luis Felipe
tuvo siempre horas amargas, surgidas de la tenaz incomprensión
criolla hacia las cosas desinteresadas, y estas horas amargas lo
fueron doblemente ya que ellos preguntaban (porque aquí nadie
se conforma a pensar que el desinterés... sea tan falto de
interés) ¿Qué anda buscando?.
No anduvo buscando nada; hizo su trabajo cotidiano de merodear por
ahí y escribir por ahí lo que tenía que ser
escrito; su buena labor de mirón de nubes y atardeceres y
suscribió el papeleo temporal de cada día con un atisbo
o una socarronería para mañana. ¿Qué
necesidad hubiera tenido de encerrarse un mes? Y de haberlo hecho,
¿qué hubiera conseguido de no haber tenido sus trampas
muy cebadas de muy atrás?
Noticias de Arte (La Habana) 1(2) :15; octubre 1952.
Aparece también en El pan de los muertos. Reseñas
de libros: El acoso por Alejo Carpentier. Buenos Aires, Editorial
Losada, S.A.
Afanoso por escribir un largo artículo sobre Alejo Carpentier,
la falta de tiempo me lo ha impedido. Él lo merece en toda
la línea; su labor es de primera calidad. Pero ahora que
recibo el último libro que le editan (y sin cancelar el proyecto)
quiero hacer esta croniquilla en torno a El acoso. Vale la pena
por muchas razones.
Se trata una vez más de la novela revolucionaria cubana,
a partir de Machado, ¡pero qué distinta! Puesto fuera
todo ese lenguaje caporalista que las identifica entre sí,
esta pequeña obra maestra sube como una espiga de acero a
un cielo demasiado alto para ser trascendido. Su búsqueda
es tan conmovedora sin embargo que lo acerca a uno al estremecimiento.
Echada de lado toda la argamasa que conforman tales edificios, su
acción, su volición, una hora, es de jadeo y forcejeo
medusario, relámpagos de caducidad y muerte sobre un fondo
de esplendor sulfurino. Un hombre se aprieta a sus recuerdos, se
encoge, se frunce, se dilata, se distorsiona y los símbolos,
el Soldado, la Gestión, el Becario, lo Verdadero, lo Sublime
sellan una alianza de angustia críptica, de muy pocas palabras
para un personaje, de muchas para el Personaje. ¿Y la aniquiladora
presencia de Dios? ¡Qué despertar confuso en brazos
del Misterio, la Gloria, el Evangelio, el Ofertorio! Carpentier
juega con estos elementos en bloques de prosa de una calidad granítica,
bien acordada, discursiva; la prosa en su gran acepción de
marcha militar, adelante y sin titubeos; la misma prosa por sí,
aprisa y lenta, derrochadora y económica, anillada y suelta
en busca de logros últimos o brillando deleitosamente como
flor de agua. Estas reiteradas enumeraciones que la decoran ni cansan
ni impacientan al lector. El lector querría saber qué
pasa, qué pasará bajo estas evocaciones suntuarias,
a veces ensombrecidas, a veces plenas de un fuego lujurioso, pero
tendrá que sujetar ese deseo porque hay un placer que se
recibe y nos adormece.
Contra lo que algunos dicen sí, sí es novela, y grande
y totalizadora. Un hombre que ha recibido los beneficios de la crítica
mundial por Los pasos perdidos, El reino de este mundo se podría
permitir ciertos caprichos, más no es eso. Si yo digo que
es su mejor obra nadie se espante. Sólo quien ha transitado
por sendas estrechas sabe cuánto de peligro hay en esta ascensión
que Alejo se impone en El acoso. Luz verde de bajo fondo marino,
de estrellado amanecer; luto lejano, muerte renaciente, las alegrías
se agolpan, se cabalgan en un frenesí carnal. Hay la carnalidad
de la tierra, de los objetos y sus tornasoles; palpitaciones y frotaciones
del espíritu; ceguedades y vislumbres fosfóricos.
Un lienzo estatuario, un friso, un crismón entre páginas
de liturgia atropellada; lo que excita y acota muros de fe. El acosado,
alfa y omega de todo un régimen de angustias, toma para sí
todas las angustias de aquel tiempo y las condensa y resume en pequeños
gritos irreflexivos, en meditares, en opresivos desgastes.
Mi entusiasmo por estas páginas es resuelto. Hacía
tiempo no encontraba un verbo tan bien dispuesto a los mil trances
del verbo; esa maleabilidad, esa permeabilidad para ocultar y distinguir;
para dar relieve o hundir en fosos de olvido los ademanes, las murmuraciones.
¡Cuánta lucidez encendida! La crepitación que
en torno al hecho acrece un orbe, es simple. Un hombre se mete en
un teatro, tal vez en el Auditorium del Vedado, huyendo de sus perseguidores.
Están dando la Heroica; el concierto le resulta un suplicio
espantoso; la música se le clava en las heridas de la carne
y de la mente; sufre. En esta estancia de dolor el pasado se recobra;
se actualiza. Ve eso en presente, ve a Estrella, amante perdularia;
ve los tonos de la lucha; el día que minaron el cementerio;
las mil refriegas y el hierro arrojado a la rueda maestra;
ve el juicio de un compañero que está en la memoria
y los ve a todos haciendo justicia a su manera. ¡Tiempos del
Tribunal! Y luego los tiempos del Botín... Los temibles pelean
con fiereza. Ah, pero hay remordimientos; angustias. Estaba
asqueado, con náuseas de todo lo vivido hasta entonces; con
ansias de arrastrarse a los pies de un confesionario para clamar
que nada había sido necesario; para vomitar tales culpas
que le impusieron penas excepcionales, las más terribles
que la Iglesia hubiera instituido, complaciéndose en la idea
de que tales penas existían para quienes pudieran volcar
abominaciones semejantes a las suyas. ¡Cómo ha
despertado cosas el frenazo de una ambulancia!
El modo mediante el cual se ha desentendido de la realidad Poeta
es quien pasa sobre ella y modificándola la deja intacta
suben a este autor a rango cimero, no importa el que haya logrado
ya. Pues no sólo son los que presentan estas páginas
primores literarios; la sublimación de los necios esos
billetes del General con los ojos dormidos; esa tenaz Antología
de Oradores remitida por correo para causar la muerte dicen
mucho más que el considerable lujo del estilo. Sobre que
el estilo integra un haz ardiente y contradictorio que no puede
separarse del suceso en sí; es el suceso mismo.
Después de haber leído El acoso creo que el género
queda clausurado con remate maestro. Ya no se podrá hablar
más de él sin mentar en primer término la novela
de Carpentier. Su novela también ha frenado violentamente
toda posible apetencia. Pasó del documento a
la obra de arte. Quien desee en el futuro transitar por ahí
que afile bien su pluma, que apronte a su mente una calidad excepcional
de disposición artística. Y ya veremos.
Revista Cubana (La Habana) 31(3-4): 159-161; jul.-dic. 1957.
Reseñas
de Libros: La letra como testigo por Salvador Bueno, Santa Clara,165-169,
1957.
¿Qué cosa es un crítico sino un hombre de buena
fe, dispuesto a dar al público los frutos de su meditación
en torno a algo que fuese merecedor de ello? Pero la necesidad de
hacer cada día crítica literaria como pan de mesa
fuerte, tal vez embote su sensibilidad y le lleve a contactos groseros
de conveniencia y acomodo. A mí me gusta saber sobre libros,
sobre autores, y leo crítica y cultivo la amistad de los
que la hacen para informar, cuando llega el momento, las tres o
cuatro cosas que me parecen esenciales en la materia. Largas conversaciones
he tenido a lo extenso de los años con amigos entregados
a este menester, con Salvador Bueno, por ejemplo, y algunos en este
tono:
Aquello que se llamó la crítica gendarme,
fuera de uso, fuera de forma, ¿no tenía sus ventajas?
Todo sale tan a escuadra hoy, que lo mejor de muchos críticos
sería no decir nada. En definitiva ¿quién pierde?
El lector que no se entera ni de los tiquismiquis gramaticales en
solfa ni del mal uso del pensamiento en tal o cual contexto, sino
del juicio pobre, empobrecido, cercano al eco vicioso que necesita
los puntales de una virtud secular para mantenerse en pie. Para
ver los tráfagos de la retórica (que hasta puede llamarse
estilística) sería necesario... No, no lo digo más:
ahí están los volatineros de cinta y chirimbolo; ahí
surgen... ¿A esos se les dice críticos?
Estas discusiones iban a parar siempre sobre benignos jueces que
tratan los libros tan mansamente cual si fueran lebreles de su corte.
El propio Salvador, inclinado a una piedra modesta, me daba a entender
que si se echa por tierra lo poco que se tiene ¿con qué
quedamos en casa? Cierto, pero uno quiere a veces no tener nada
a tener malo. Hasta en viajes nos hemos detenido a veces en el bordillo
de las aceras a musitar de lo propio con esa tenacidad casi maniática
que se enrosca en el hábito como segunda naturaleza. Yo creo
que era un fastidio para quien nos acompañaba y oía.
Todo este largo exordio viene para dar cuenta de un libro último
que tengo sobre la mesa. Se llama La letra como testigo. ¿A
quiénes evoca en estos trabajos? A González Martínez,
un poeta; a Mariano Azuela, un novelista; a Rubén Romero,
otro, y los tres de México. Luego se corre su amor hacia
Gallegos, hacia Pedro Henríquez Ureña, hacia Valle-Inclán,
Alejo Carpentier, Gabriela Mistral y José Martí consumen
turnos de gozosa estimativa. Tal vez lo mejor de Bueno sea admirar
con cierta austera paz. Está en su naturaleza ser así.
Yo no le he pedido nunca crítica gendarme, pero
de veras, ¿no hace su poquito de falta? No con los trabajos
por su pluma en este volumen sino en general y para una mejor conformación
de los cuadros sinópticos con destino a la sensibilidad futura.
El solo hecho de escribir libro de tal naturaleza relieva considerablemente
a un autor. Pues se trata de un hombre sin vanidad, quien se aplica
a estudiar la labor ajena, quien se empeña en que esta labor
sea conocida y que no repara en medios divulgatorios. Claro que
la magnífica edición hecha por la Universidad Central
de Las Villas viene en su ayuda de modo decisivo y que hay que elogiar
el ojo avisor, la penetración de aquel Centro. Plácemes
merece.
Con gran delectación he leído páginas y más
páginas de La letra como testigo y si bien cada cual mira
y conjetura a imagen y semejanza de un momento pasional ( si no,
existirían esas horcas peregrinas que vamos levantando aquí
y allá, según el humor del tiempo, para hacer decapitar
en ellas los gustos de los cuales nos mofamos) su pasión
es tan razonadora que sorprende al leyente en algunos trechos. Pero
la verdad del viajero es su error ha dicho el grande Ortega
y un crítico tiene derecho hacer su viaje a los papeles según
le plazca.
Salvador Bueno ha escrito libros importantes y útiles: Medio
siglo de literatura cubana, Antología del cuento en Cuba,
Historia de la literatura cubana, y si amontonó datos y textos
difuntos con objeto de alzar la pirámide de una fantasía,
su homenaje a la nada goza crédito en el exterior.
Creen por ahí que hay una literatura nacional
y que por lo menos diez o doce afortunados tienen la ventura de
asomarse al mundo de lo impreso; que aquí se toma en serio
el quehacer literario y se mantiene una idea de sucesión.
Nada más lejos de la verdad pero asimismo nada tan conmovedor
como ese sueño del que disueña. Para echar la cara
por el redondel que mira al público, lo corriente es que
nos hagamos primero esa forma del sacrificio que los japoneses llaman
el harakiri. Razones de honor, fracasos militares o políticos
no cuentan. Este desangrarnos económicamente es para dar
lucimiento a la pobre Patria que padece de nuestra oscuridad como
creadores en el mismo grado con que se viste de nuestros triunfos
cuando estos llegan, así sean ficticios, transitorios o macilentos
en razón de la pequeña oportunidad que tomamos por
los cabellos. ¿Qué vienen a ser esos mil ejemplares
de nuestra vergüenza en un medio en que pueda llegarse sin
mayor esfuerzo a los cincuenta millares? Ah, pero hacemos poner
nuestros nombres en alguna incierta diana y al lado el nombre esclarecido
de la singular tierra que así trata a sus hijos menos adictos
a los bienes terrenales. (Contra defectos siempre juegan excesos.)
En la dedicatoria de su obra me llama Bueno compañero
de quejumbres. Reclamo ese título y bien sabe él
cuán honroso es. Sin lisonjas, sin astucias, pongo en ello,
en esa queja cotidiana contra la indiferencia del ambiente, los
cuatro pétalos que acunan el corazón según
los vedánticos. Estamos obligados a promover este lloro sin
lágrimas que es reclamar una mirada para la función
intelectual no vista o por el público de un modo absoluto,
pero tampoco por el Estado de un modo generoso. Y baile la mona
cuanto quiera y todo siga a su fin. La protesta es una fermentación
de estas angustias.
Siento mucho que un libro de crítica del amigo bien querido
me lleve a estados de exasperación. Él sabrá
perdonar. Y sabrá entender que en la medida que aprecio su
labor estoy haciendo reproches públicos bien explícitos.
Una vez oí de su boca y luego lo leí que
corría la especie que Ignacio José de Urrutia, el
del Teatro Histórico, había muerto de tristeza por
las críticas que le hizo el padre José Agustín
Caballero a su libro. (¡Qué pesado prólogo!
¡Cuánto aburrimiento! entre las memorias). Bueno,
pues eso es algo. Ahora a veces se publican libros y nadie dice
ni esta boca es mía, por comodidad, por desdén, por
lo que sea, y se nos está creando la situación de
tener que mandar la gacetilla con el ejemplar de compromiso. Sorprende
este martelo de tan disímiles órbitas pero habrá
que dar gracias si todavía podemos ver en dignos periódicos
rincones para tratar las letras.
La letra como testigo es un testigo excepcional de los desvelos
de un autor y de su afán en materia tan poco auspiciable.
Llave para abrir puertas secretas, camino que conduce a los ideogramas
de las técnicas privativas de cada uno de los siluetados,
yo pediría su obligatoriedad en aulas si esto fuera posible.
Pues texto que lleve imbíbito un deseo de transmisión
de entusiasmos como este, de transmisión de conocimientos,
debe alcanzar a otros ámbitos sin más requisitos.
Me sabe mal decíame un amigo que no le
hagamos pronto un homenaje a Salvador. Un banquete. Algo así
bien gordo.
No me opongo, naturalmente, pero como pulsan los deseos comprendo
que lo deseado es que luzca su grado de capitán con mando
en plaza.
¿Para que como en el cuento del peladito mexicano se diga
que lo vestimos de general con objeto de fusilarlo a todo honor?
No. Su hazaña vale por un viaje. Y él viaja entre
líneas negras y fondos blancos, así se fatigue hasta
la muerte no puede descansar sino en la preparación de otros
periplos. El hombre de sedalina de nuestros días no sabe
que hay una verdad del intelecto a la que no alcanzan piropos ni
jolgorios por animados que sean. Para los fuera de grupo ¿qué
cosa es el grupo? ¿Qué las procrastinaciones?
Revista Cubana (La Habana) 31(3-4):165-169; jul.-dic. 1957.
De
la vida literaria: Bobadilla descendiente de Boabdil
El primero de enero se cumplió el decimoquinto aniversario
de la muerte en Biarritz de Emilio Bobadilla, crítico, poeta
y novelista nacido en Cárdenas y generalmente conocido bajo
el pseudónimo de Fray Candil. En sus primeras
andanzas se ocultaba bajo el nombre de Dagoberto Mármara,
y con este firmó alguna acantología. Sal y Pimienta,
que cuatro años después reproduce casi íntegramente
en Mostaza. Para explicar su pseudónimo definitivo, escribió:
Me firmo Fray Candil, porque los frailes gozan de cierta inmunidad
para decir todo cuanto se le venga al hábito, y Candil, porque
gusto de hacer luz donde imperan las sombras. Y ahora me digo:
¿tiene ahora alguna importancia entre nosotros (o allá)
este a quien en su tiempo se le temía y adulaba de todo modo?
¿Acaso se lee todavía no por especialistas
tal cual de sus novelas o de sus libros de crítica o de viaje
que fueron numerosos y jarifos?
Hace poco me contaba Salvador Bueno que del confín del mundo
americano recibiera una carta en procura de noticias sobre Fray
Candil. Se trataba de un agente comercial, por cierto bastante meditativo,
quien también plañía una queja. ¿Por
qué en libros cubanos sobre literatura se ocupan tan poco
de don Emilio? Ah, piénsese en la soledad de las tierras
australes; en la nieve y el viento que aíslan; piénsese
también en un cierto amor por el estilo ácido y vitrioloso
de nuestro compatriota y veremos de conjugar esta añoranza.
Es claro: Bobadilla resulta bueno, para encender hogueras de pasión,
sardónicas sonrisas, litigios no opacados por las chaturas
del tiempo. De vez en cuando debe usarse como estimulante de la
voluntad. He ahí un peleador; libró batallas y (ganó
guerras) contra gente muy empingorotada que estuvo en la cresta
de la ola en su día. Recuérdese la lucha con Clarín;
sus denuncias de plagios; sus ataques cientificistas. Hoy todo ello
resulta archivo literario, pero de primera mano, y es
curioso saber cómo un criollo daba esta clase de espectáculos
en plena corte española. Su periodismo acerado, a veces sarcástico
en grado sumo, era de un corte aséptico tan subido que llegaba
a eso, a ese espectáculo. Él no fue el
mísero galfarro que pierde tiempo en sueños tontos;
no quiso quedar en gandul de las letras. ¿Pero quedó?
En las diversas historias de la literatura hispanoamericana que
miro a menudo (o en las particulares de nuestro país) lo
tratan, es verdad, muy a las volandas. Exceptuando a Juan J. Remos
que le dedica un par de páginas, y al propio Salvador Bueno
que le dedica un par de párrafos, ambos muy patrióticamente,
veamos cómo Luis Alberto Sánchez lo despacha en breves
líneas ligándolo a la progenie de Felipe Trigo y descubriéndole
un impensado discípulo en el peruano Felipe Sassano, tan
entretenido por lo demás. Anderson Imbert, Carisomo y Bogliano,
Agustín del Saz y Uslar Prieti, ni siquiera lo citan en sus
respectivos trabajos. El padre Garmendía de Otaola, en su
imponente mamotreto, Lecturas buenas y malas (dice de él):
Casi neurótico. Es muy deshonesto (se refiere a un
cuento titulado La vejez de un joven) realista, deshonestamente
contado y con cierto fatalismo a lo Zola. (Por cierto que
el otro autor cubano citado dentro de aquel mar de nombres y obras
resulta ser... Andrés de Piedra Bueno, quien dice que su
poema Don Bosco
[...] está preñado de ideas, de inspiración:
escrito con cariño y acabado esmero [...] pero que es lástima
que esté viciado por los abusos de la escuela modernista
que se descubren principalmente en epítetos raros y figuras
que tras mucho esfuerzo apenas si medio se descifran, por vaciar
el poeta su pensamiento, en moldes que no guardan casi ninguna analogía
con lo que realmente intenta expresar.
¡Esto es lo que se llama un cumplido elogio; una de cal y
otra de arena!). Este padre Garmendía sigue las huellas,
los rastros, del jesuita Pablo Ladrón de Guevara, autor de
Novelistas malos y buenos, edición de Bilbao también,
y que sonó a su tiempo.
Como poeta lo sitúa Max Henríquez Ureña, que
dice que en Bobadilla se da el caso de un adversario declarado de
las nuevas tendencias, que se aprovecha de los procedimientos del
modernismo. En Vórtice señala evidencias irrecusables.
Pero ahora no se trata de esto; se trata de verle la veta en su
prosa. Irascible o lleno de piedad lo aprecian algunos por su conducta
de no guardar silencio y romper lanzas contra todo. Otros le disputan
sofisticado, erudito a la violeta, tocador de oído papamosca
literario y... fue de gran cultura. Anduvo en el baile y fue aporreado;
no halló bien todas las piezas. En cuanto a su obra novelística,
donde lucen A fuego lento (1913) y En la noche dormida (1914) a
mí me parece es donde se encuentra un Bobadilla mayor, sin
que ello quiera decir que su afán analítico condujese
a la colmada realización. Tanto espurgo, tanta ciencia, a
veces cansa. De uno y otro libro dijeron bien las más caudales
firmas de su época, por esta u otra razón, y J. Deleito
y Piñuela, luego autor de Lecturas americanas donde no le
da sitio, afirmó en un periódico madrileño:
Contra los que le acusan de echar carnaza a las fieras, Fray
Candil puede invocar la alta espiritualidad que reflejan todas sus
obras [...] la noble y señorial poesía de sus versos
exquisitos. No olvido Novelas en germen, cuya cuarta edición
es de 1900, pequeños cuadros bien resueltos, algunos con
mucho vigor, que nadie tomó en cuenta porque el autor no
ejercía aún la dictadura de la crónica que
le ganaba fáciles aplausos, ni En pos de la paz, su última
novela (1917) bastante autobiográfica y que no llamó
la atención. Declinaba.
Lo cierto es que este hombre, con ser quien era no logró
centrar definitivamente su personalidad. ¿Qué le acuciaba?
¿Qué le hacía girar de una a otra margen sin
quedarse en ninguna? Bobadilla representó ese tipo de escritor
que fía más a los vaivenes del escenario que a su
propio valimiento. Fue cronista bulevardero, competidor de otros
cronistas que a la sazón le echaban galgas al éxito;
declamatorio, teatral (también como los otros) y las buenas
cualidades de su trabajo esforzado y continuo se aguaron en las
acedas madejas de sus contradicciones. Vivió para una popularidad
efímera, transitoria. Duelista, impertinente, ofensor con
la idea de la verdad en la mano, perturbado a las buenas, delirante
de publicidad, hombre sano que enfermó de gritar juicios
y llamar a todos a juicio según su juicio, su destino lo
traicionó. Creyéndose vocado a ejercer un magisterio
que a la fecha tenía gran predicamento, volcó los
vasos que ardían en el retablo. Su alma quedó sin
asidero, encabritada pero desolada.
Un viejo amigo me contó que al cabo todo era muy complejo
en él y tenía que reprimirse con frecuencia:
En un café donde hacíamos tertulia dijo
llegó una tarde un tipo y le insultó acremente. Asombro
... Siendo un impulsivo de cuerda libre, un hombre lleno de fama,
un valiente, cualquiera le provocaba para salir a la notoriedad.
El amigo se asusta todavía recordando que hasta hubo su buena
bofetada al son de ¡me bato, me bato!. (Andrenio
tiene una jurisprudencia de la bofetada).
Pues yo, no contestó Bobadilla. No sea usted
gaznápiro. Yo escojo mis víctimas. Yo sé escoger
y usted no es más que un pobre diablo. ¡Al diablo!
Y dándole la espalda se fue tan tranquilo.
Tuvo una vida afectiva a tono con su genio... de circunstancias.
Cuentan que vivió en pleno delirio amoroso. Fue casado, como
se sabe, con Piedad Zenea, la hija del poeta mártir, y son
tantas las vicisitudes de esta unión, a pesar de los felices
augurios de Martí, que acabó en separación
fría y desdeñosa. Martí había escrito
en Patria, del 8 de diciembre de 1894:
Ya tiene noble compañera para el camino del mundo, siempre
áspero a quien esquiva de sus tentaciones el talento y la
virtud, la ideal criatura, a la vez candorosa y enérgica,
que dejó sin padre, en la tierra cruel, la alevosía
de España. Ya rodeada de amigos, de Piñeyro y Albarrán,
de Solar y Goyeneche, de lo más valioso de nuestra gente
en París, unió su vida Piedad Zenea a la del cubano
famoso por el desembarazo de su pensamiento y el arte de su estilo:
a Emilio Bobadilla [...].
Sólo que él trufó el breve tiempo de la luna
de miel con violencias, desplantes y acedías, y el previo
coloquio nacido en Madrid con escenas como la que paso a relatar.
Viajaban, de novios, juntos a París en pos de la aventura
de sus vidas. Ya reñían, ya se reconciliaban, por
seguir la costumbre, cuando subió al coche un conocido de
Fray Candil y viéndole tan bien acompañado le dijo:
Felicitaciones. Ha encontrado usted una paloma.... A
lo que el otro hizo gesto de indiferencia, dio las gracias y pasó
a su lectura. Pero en llegando al hotel que les daría acomodo
lo primero que dijo Bobadilla, muy en su tono sonriendo y con la
mayor indiferencia: Conque paloma, ¿eh? ¡Pantera,
pantera de Numidia!. Piedad Zenea ya supo con quién
debía habérselas en adelante.
A Sanguily no le gustaba, tampoco a Manuel de la Cruz. Le creyeron
austriacante (Fitzmaurice Kelly lo llama cubano de nación),
razonador con estoque, ávido de nombradía por todos
los medios. Fue un hijo de la arrogancia finisecular; atrabiliario
inconsecuente. Pero fue escritor, pero sin duda alguna que sabía
lo era quería escribir y que no escribió sino con
lo que él creía era su sangre.
Dejó una serie de títulos que no sabemos siquiera
corresponden a una labor en marcha. ¿Trabajó efectivamente
en las novelas La Chicha y Cuba? ¿Y en Jaula de Monos? ¿Y
en Vesania? ¿Dónde están estos papeles? ¿O
eran simplemente estos nombres provisionales para asuntos que luego
tomaron caminos distintos? Algunas denominaciones a libros de viaje
quedaron también en el limbo; pero él había
visto y oído y puede que esta labor sí estuviera para
cumplirse. (Insisto tanto sobre sus inéditos pues conozco
algo más sorprendente aún en el lánguido proceder
americano. Para 1914 ganó en París el ecuatoriano
Miguel Ángel Corral el primer premio en un concurso donde
eran jurados Darío, Nervo, Gómez Carrillo, Ricardo
León y otros, con su novela Las cosechas. Dijeron que se
trataba de una obra cumbre, hecha por un consumado narrador que
merecía los honores de la publicidad inmediata y así
se acordó. A estas fechas todavía espera, no sé
si Corral que debe haber muerto de decepción, sino el precioso
original, por la mano decidida de un empresario).
En el libro de artículos periodísticos de Fray Candil
que el celo del muy querido e inolvidable amigo Carlos Gonzáles
Palacios encargó a Surama Ferrer y Domingo Mesa, se transcribe
una nota de Le Temps, de París, que es tal vez la mejor síntesis
de su personalidad como hombre y escritor:
Hemos pedido a algunos amigos informes acerca del célebre
autor de Sintiéndome vivir, y he aquí el muy hermoso
retrato que nos envían: Último descendiente
de Boabdil rey moro de Granada, tiene el tinte, la presencia y la
estatura de un árabe. Sus cejas, espesas y móviles,
concentran la expresión de toda la cara y con ellas desmiente
o acepta una opinión cualquiera sin que se mueva un solo
músculo de su rostro. Parsimonioso en el hablar, es sedoso
o huraño, según se dirija a un amigo o a un mentecato.
Escritor de gran talento, observador profundo, no emite nunca un
juicio sino después de madura reflexión...
Ahí lo tienen bien trepado en el escenario. Pero Azorín
había dicho ya que era un escritor de estilo limpio, claro,
preciso, nervioso.
Alerta (La Habana) 23 en. 1956.
Una versión de este trabajo apareció en El pan de
los muertos, 1958.
El
revés de la trama: Fecha
Ese país de las maravillas también lo tuve yo. Pero
como todas las cosas de mi vida, fragmento, proyecto, logro y tan
pronto grumo de nieve entre las manos. Era la cosa sin segundo,
la que convenía a todos los sueños y cincuenta años
después todavía centellea en cielo opaco, antorcha
conturbada. ¡Qué amor! Yo miraba su hábito de
mordaz estrella, su perfecta impermanencia, su hálito de
larga cauda, el brillo de su cabellera de oro, el logro de todos
los amaneceres, coruscando, atando mi paso a su brida y yo, el asaltante
de sueños, el que mira hacia alcobas imposibles establecía
una contabilidad estelar. ¿A dónde ser mío
y de todos, querías llevarme? Nacida de una costilla etérea,
de la costilla de Martí, llegabas a confundirme en los amaneceres
de todas partes, en la sombra de todos los días, ante vientos
contrarios, bajo nubes de agua turbia, ardiente paz y sobrecargada
raíz de locura, por los tránsitos sin fin, hacia los
sucesos no acaecidos, fibra de luz, metal, brumoso, año ligeramente
lunar, trampa de grillos amorosos, los sueños cuajados, los
sueños dispersos, otros sueños en despertares de angustia.
Patria, Patria. Era el alisio de mi torridez, la ociosidad trashumante,
lo quemador de tanto hielo difuso.
Te quise a mi modo, entre gritos secretos, mordiscos de ironía,
una mano para encontrarte tan lejos, tan lejos de toda esperanza
como para sólo hallarte en las cercanías de la muerte.
Te vi repudiada entre peñascales de afrentas, bajo nubes
de oprobios y el aire verde de mi intacto amor fue a buscarte, a
mi modo, gutural, espectral, preguntándome ¿pero es
que estoy maldito? Candente, fulgurante, con la arrogancia de un
palomo de alero alto, puse mi mano en tu talle y eché a temblar.
Bien restringido, abundoso, pensé que Dios me hizo para estas
cosas supremas y se me ha roto la presencia petulante. No soy yo
quien tomará tu mano pero sí en envés de tu
flotante túnica para besarlo en silencio.
¿A qué más? Viajaste por mi enmarañada
ternura de león, entre garras de acalorada miel, toda, total,
entera, y nunca te puse mano encima, ni dedo, ni mirada, que no
suspirase primero. Muchos años después ¿qué
veo de ti? Que me sigues esperando ahora que no valgo nada, que
no tengo nada, en un territorio de crispada paz, en tu nube maestra,
tactilar, y después de todo con un pecho tan frágil
como aquel de las madonas traslúcidas. Me rindo, me postro
y saco de mi chaqueta algo deslucida lágrimas del que piensa
que está maldito, lágrimas que me sorprenden porque
sólo son de Dios. Quien al fin está de vuelta de todo,
de todo debe tomar ejemplo, eso es.
Vaya niñez de colegial travieso, de poquísimo estudio,
a encontrarte y conocerte una vez por todas, niño infeliz.
No es día de lloro. Alzo la pluma vagamente, lo que resta
de una migaja de reflexión y crispa el aire y su sonido.
¡Qué sonido! Sordidez de ramillete de luciérnagas
enloquecidas. Todos quisieran besar la frente del Maestro según
su juicio pero todos consuman en incendio de un bosque, lo
que resulta más fácil según su juicio.
Hora de avatares y dilemas tercos. Esfinge, rebaños, y un
cuenco de luz para la pobreza del camino. Ver y no ver, alcotarán
vidrios voluptuosos, agua quemada ¿hasta dónde alcanzará
la instancia de partir? Adivino este respiro de Caracas; tras él
¿qué? Lo que de mí fluye téngase en
pie en este valle de flor altanera. Sea mi flor Caracas, como lo
fue del Grande; mi xenoglosia, mi transparencia, y acoja ella mi
alma lacerada por nudos de silencio.
23 de febrero de 1978.
El Nacional (Caracas) 24 febr. 1978.
Las caras del tiempo
Un ahorcado suspendido que pide a los que pasan la limosna como
un manco (es Aloysius Bertrand quien graba esta medalla) me mira
a mí también desde las páginas de su libro
misterioso y cándido a la vez. Tenemos la necesidad de esta
viñeta para evocar un tiempo de amapolas y ataúdes.
El poeta riñe a su amada, a su desdicha, a su angustiada
existencia sin un escudo para mantenerse ni proseguir el paso. ¿Qué
le diré a él, que sufre y sufrirá todavía
con lo que ve después de muerto, él también
pendulando entre maestros escribas y falsos historiadores de la
verdad? Pienso en todo eso y muerdo un papel cualquiera, un trocito
descastado de esa página en blanco que no se nutre de letras
por falta de vigor en mi caletre. No pienso, no atino a poner en
línea pasión y entendimiento; me retiro a cualquier
parte del cuarto oscuro en que yazgo y de pronto todo se ilumina.
Por un portón de silencio entra una luz atronadora. Es la
calle que viene a saludar el sarcófago cotidiano que un burgués
cualquiera fabrica para el entierro de nuestras ilusiones. En paz,
en paz, y otra idea de reconciliación.
Estas líneas sufridas cargan tristezas; soy el triste que
sofoca su melancolía y mira a todas partes en busca de un
trazo de luz. Blanco cincel en mi mano, pero la noche está
en las teclas de esta maquinita que no avanza. No quiere avanzar.
Y yo me tomo el tímpano que cruje y largo cadenas de apresado
y tiendo a remar hacia arrecifes insólitos; los arrecifes
de mi alma.
Es para mí que compongo esta salutación al Destino.
Es para mí que cumplo el rito mortal de la huida de la caída,
de la perseverante instancia colérica. No todos entienden
y no todos se rematan en esta albacea de silencio. Claro, el tiempo
y el amor han partido y no hay más esperanzas que petrificar.
El silencio, cero. Entre tanto, entran por allí unos que
vienen a ver la casa; que vienen a hacerse salir de una vez hacia
otra covacha. Porque esta casa la echarán abajo en cualquier
momento y todos los vecinos nos iremos con la música a otra
parte. Destino del errante, del que padece éxodo, que no
tiene raíces ni aspira a tomarse del suelo de modo relativo.
Sobrenadando o sobremuriendo o sobreviviendo pero sin la menor simpatía
hacia la vida puesto que su vida quedó por allá, atravesada
de puñales que se enfurecen durante la noche con el recuerdo
de las cosas que fueron su infancia o el desgarro de su juventud
o la altivez de su edad madura. La huella no se borra jamás
y pase el tiempo como pase todo queda intacto y presente, augusto,
pringoso. Nos iremos, un día, cualquier día a un sitio
más seguro y de donde no nos puedan echar. En noches tristes,
solos como el ahorcado que tiende el brazo pediremos una merced
a Dios, que nos de por favor ese pedacito de tierra que queremos
llevar a la boca huesuda y vacía para recordar la infancia,
el aire materno, la blanda esperanza de la leche nutricia.
Yo personalmente escribo y escribo párrafos insensatos, matrices
de miedo, proteico pétalo con jeroglíficos magnos,
y hasta que la presencia de muchos más venga a bailar conmigo
la ronda de los desposeídos. Cada hombre y su espada pero
no todos saben usar una espada. Ni para sí mismo en caso
desesperado y prefieren que tronchen su vida manos viciosas de crimen.
Yo empiezo a temer; estoy cercano a la desesperación, lontananza,
lontananza. Hay gente que se dicen profunda porque atinan a confundir
a su lector con espesas caligrafías pero no todos tragan
eso. El profundo debe ser caudaloso en motivos de reflexión;
todos nosotros somos unos bellacos que padecemos por nuestros pecados
y ya está bien. Voy a tomar un tiempo para sostenerme hasta
el último momento. Y que nos echen, que nos estrujen, que
después de todo fuera de la patria se está siempre
en una especie de tembladera por dulce que aparezca el tiempo y
las caras del tiempo.
Miami, 1986
Mariel (Miami) 1:7;1986.
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