|
Ensayista
e investigadora
mi fe es mi polémica...
(El laberinto de sí mismo. E. L. R.)
Según Jean Braudillard en
su trabajo ¿Hay surrealismo hispanoamericano?:No
somos más que epígonos. Los acontecimientos, los descubrimientos,
las visiones esenciales fueron las de los años 1910-1930.
Vivimos como glosadores cansados de esa furiosa época en
la que toda la invención de la modernidad (y hasta el lúcido
presentimiento de su fin) se hizo en una lengua que todavía
conserva el resplandor del estilo. (Braudillard, 1931:37)
Desestimando el acarreo de periodizaciones fue, sin lugar a dudas,
la escritura de la Modernidad hispanoamericana, Modernismo y Vanguardia,
el giro fundacional de la palabra que cede los apretados intersticios
de una narrativa asaz cumplida en su extensa tirada realista. Pero
no se trata, sin más, del implantamiento de una literatura
de la imaginación, abstraída de la consecuencia de
los contextos. Nadie escapa al fatum histórico de su
época (Piñera, 1952:9), y de este modo lo que
ha sucedido es la ruptura con una concepción espacialista
y analítica del narrar, para dar paso a una observación
irracionalista y desprejuiciada de límites genéricos
y acuciosas temporalidades...
Volver a la odiosa preeminencia de los cataloguismos es tarea ímproba.
Sólo sería conveniente apuntar que en esta nueva animación
creativa se combinan una diversidad de temas engarzados al acontecer
del pensamiento universal, tocando fondo, ahora más que nunca,
en la abstinencia de conceptos absolutos, en la negativa de inventariar
causalidades programadas y en la abjuración de todo puntualismo
descriptivo que no enuncie una condición conjetural de la
imagen; no es el reinado de los abocetamientos, pero sí la
inmersión en la levedad corrediza del devenir por medio de
la escritura agilizada y del vocablo abierto a relaciones insólitas,
a relativismos que sitúan en el acontecer escritural la crítica
predictiva de su desgaste.
Estas anunciaciones develadas desde el Modernismo se intensifican
en la medida en que son acogidos los ismos europeos
y, también, en la medida en que las expectativas históricas,
del siglo decimonónico se ocluyen a la vista del estatus
poscolonial encarnado en el signo del Progreso. Con mayor o menor
asiduidad el intelectual logra un extrañamiento del mundo
que lo rodea, acentuando el individualismo y el subjetivismo, haciéndose
objeto de sí mismo y desechando la linealidad de los asuntos,
para entronizar las peripecias de la visualización artística,
dinámica, deslimitada y muy atenta al ¿cómo?
y al ¿para qué? en la representación del vínculo
hombre-vida. El desligamiento de todo afán racionalista esconde
la tragedia de la Modernidad. Es la puesta en crisis de los absolutos
históricos y la exacerbación de la duda que retorna
a las disquisiciones barrocas del hombre y su finitud, la pavorosa
constatación de su orfandad ante el Misterio Divino y la
angustia y el miedo que emanan de su deificación como creador,
pauta de la soledad abrumadora del Yo ante la incertidumbre de la
existencia.
Bajo estos presupuestos el arte superlativiza sus posibilidades
y se instruye como salvaguarda ante el pragmatismo y la sistematización.
Es época polémica en la que se entrecruzan diversas
corrientes de pensamiento y posturas vitalistas, en la que redobla
su importancia la crítica en todos los órdenes, fundamentalmente
en el de la creación, convirtiéndose en propiedad
del narrar desde las inmanencias del texto. De esta manera, se transita
de una Filosofía de la Vida hacia la de la Existencia, preparando
el camino a la metafísica del Ser, que resaltará la
voz y el gesto de las subjetividades individuales en el diálogo
cultural de la heterogeneidad, radicalmente actual.
La huella de Kierkegaard desarrollada por Unamuno y la Generación
del 98, los ecos de Nietzsche y Heidegger, la deshumanización
del arte, de Ortega y Gasset, los textos freudianos en torno
al psicoanálisis, toda la panoplia de manifiestos y programas
de los llamados ismos europeos, principalmente el surrealismo
y el futurismo y la literatura del Viejo Continente reanudando una
y otra vez los tópicos de la existencia y la sordidez del
acontecer trabado en el callejón sin salida del absurdo y
lo inexplicable, como es el caso de Kafka y Rilke, entre otras muchas
respuestas a una problemática histórica sin precedentes,
crean una plataforma de coincidencias para el artista americano
al descubrir en las especialidades de sus lindes regionales ideas
comunes en un diálogo mundializador.
Es así como en Latinoamérica desde José Martí,
Rubén Darío, Lautréamont (seudónimo
de Isidoro Ducasse), Rafael Arévalo Martínez, Jaime
Torres Bodet, Pablo Palacio, Macedonio Fernández, Vicente
Huidobro, Félix Fuenmayor, Juan Carlos Onetti, Oliverio Girondo,
Julio Garmendía, Efrén Hernández, Adolfo Bioy
Casares, Alejo Carpentier, Lino Novas Calvo y Enrique Labrador Ruiz,
entre otros, se aprecia una diferencia en el quehacer creativo asumiendo
posturas ideo-estéticas diversas, por supuesto que
resalta la estilización de lo extraordinario en lo inmediato
cotidiano, atisbado por el artista en el rejuego fantasía-realidad,
y en la sublimación de las formas como predicado de una complejidad
histórica inabarcable, tensión del vivir del hombre,
con toda su responsabilidad, dentro de la conjunción apolínea
y dionisiaca de la verdad, signo de los cada vez más inquietantes
asideros humanos.
Mirar será captar el ademán fugitivo e
inestable. De modo que ver en la nueva nomenclatura
realista de la literatura especialmente en la novela que es
el motivo de nuestras reflexiones no será un acto fotográfico,
sino apresar las vibraciones de una dinámica secuencial que
historia el trayecto del ojo, desactivando estructuras tempo-espaciales.
Más aun, es conectar las resonancias de las imágenes
fragmentadas en el inacabamiento y la imposibilidad de significado,
en donde el lector desmantelará las máscaras de una
escritura debatida entre la poesía y el ensayo filosófico
e histórico.
El trompe-l-oeil de la profusión verbal y sus entrecruzamientos
semánticos ahondan lo insólito e impermanente, vaciado
de nociones explicativas, donde la verdad literaturizada es la biseladura
del espejo, sólo posible en los relativismos de la conciencia.
El hombre y su situación definirán la disimilitud
de reacciones, y cierto sarcasmo cancelador de moralinas reafirmará
lo ininteligible y el ¿para qué? de la existencia.
Así, el tiempo saltará del acompasamiento de la esfera
y se hará tiempo internalizado en la rememoración
y en lo conjetural. Recuérdese la incertidumbre del hecho
de la cabaña de troncos en el relato de Onetti
El pozo (1939), asimismo, la imprecisión y contraposición
de identidades en Proserpina rescatada (1931), de Torres
Bodet; la subversión de valores en El juguete rabioso
(1926), de Roberto Arlt, y la yuxtaposición ¡imposible!
de dimensiones espacio-temporales en La invención de
Morel (1940), del excelente escritor argentino Adolfo Bioy
Casares. Sin lugar a dudas, La vanguardia entendió
el arte como la extensión de un sentir exploratorio
(1991:115) como lo expresa Fernando Burgos en su imprescindible
Vertientes de la modernidad hispanoamericana (1992).
Este sentir exploratorio, esta voluntad experimentalista
colocó los desplazamientos del discurso de la contemporaneidad
transido de todos los saberes del hombre enfrentado a su mundo y
la tortuosa búsqueda de una forma de expresarlo en la escritura
que lo territorializa como humanidad. Sería conveniente recordar
dos novelas del escritor ecuatoriano Pablo Palacio: Débora
(1928) y Vida del ahorcado (1932), como digresión que nos
conduce a El laberinto y la estética personal de Enrique
Labrador Ruiz.
Palacio (1902-1947) afina la nota de la encrucijada existencial
que el arte conjura en sus polémicas y descen-tramientos.
Las novelas mencionadas pulsan el absurdo de la existencia con sus
personajes abroquelados en el vacío y la soledad. Un regusto
desesperanzador brota de estas páginas inconexas y difíciles
en donde el coligamiento individuo-sociedad es un túnel sin
destino. El interés por desacreditar lo solemne de la vida
intercala el sarcasmo, reforzador de esa concepción lúdica
entre realidad y fantasía, que asume el arte nuevo. Esta
escritura describe el vivir como la ritualizada circunvalación
geométrica de un cubo: [...] Este es un
cubo parecido a aquel en que los hombres despiertan. Se puede ver
aquí medianamente. Ya es de día. Ya es la hora de
ayer, compañero. Está todo en su sitio.
El único valor per se es el individual y las relaciones sociales
sucumben como mecanismos hostiles e incomuni-cadores. Las reflexiones
de este autor se dirigen hacia la crítica de la literatura
y de la existencia. De ahí, su expreso desprecio por la novela
realista al uso y la necesidad de dar espacio a los temas insignificantes
preteridos en los grandes aparatos argumentales. Reclama los silencios
de la escritura, lo dramático insospechado en las levedades,
la gravedad de lo cómico y el aparente sin sentido de lo
absurdo de todos los días:
Ya llega el toque de muerte. La novela realista engaña lastimosamente.
Abstrae los hechos y deja el campo lleno de vacíos; les da
una continuidad imposible, porque lo verídico, lo que se
calla, no interesa a nadie.
[...] Sucede que se tomaron las realidades grandes, voluminosas;
y se callaron las pequeñas realidades, por inútiles.
Pero las realidades pequeñas son las que, acumulándose,
constituyen una vida. Las otras son únicamente suposiciones:
puede darse el caso, es muy posible. La
verdad: casi nunca se da el caso, aunque sea muy posible. Mentiras,
mentiras y mentiras. Lo vergonzoso está en que de esas mentiras
dicen: te doy un compendio de la vida real, esto que escribo es
la pura y neta verdad; y todo se lo creen. Lo único honrado
sería decir: estas son fantasías, más o menos
doradas para que puedas tragártelas con comodidad; o, sencillamente,
no dorar la fantasía y dar entretenimiento a los John Raffles
o Sherlock Holmes.
¡Embusteros! ¡Embusteros!
Pero no: no tiene importancia. Lo que quiero es dar trascendentalismo
a la novela [...]. (Palacio, 1927:100)
La reflexión metaliteraria que calza la escritura de Palacio
conlleva lo insuperable de la realidad. Como decíamos es
un juego entre lo real y lo fantasioso, pero el primer aspecto es
el que coloca el espanto de su certidumbre, lo autodestructivo y
frustrador, el acoso del vivir:
Aquí hay una piscina en donde nuestros cuerpos se han arrancado
y han flotado y han luchado por ir el uno tras el otro. Aquí
hemos hecho inverosímiles evoluciones de acróbatas,
el uno en asecho del otro. Aquí te he buscado y te he amado,
Ana. ¿Recuerdas? En esta piscina, duplicado nuestras imágenes,
¡cuántas veces hemos descendido en busca de ellas y
cuántas veces hemos regresado descorazonados!
¿Dónde estaba entonces el mundo que nada de él
llegaba a nosotros? Hemos podido aquí destruirlo y borrarlo,
pero afuera estaba, persistente esperándonos. (Palacio, 1932:145)
Temas concomitantes de la vanguardia son la crítica metatextual
que aboga por la ruptura de la tradición, el aislamiento
del individuo hacia una subjetividad para sí, la fantasía
como barrera liberadora de la grosera materialidad de la vida, el
desacato a todo propósito sistematizador de la escritura,
el desentrañamiento de submundos sumergidos en lo marginal,
la ininteligibilidad de la vida y lo impredecible del acontecer,
y el miedo y la angustia como síndrome de una época
que desbanca cualidades axiológicas para poner en su lugar
valores de cambio.
El autor motivo de nuestro comentario tiene mucho en común
con las proyecciones estéticas y cosmovisivas de Pablo Palacio.
De hecho, Enrique Labrador Ruiz (1902-1991) lo menciona con predilección
en una entrevista realizada por Reinaldo Sánchez en 1984
en los Estados Unidos:
R.S.: Además de Freyle, ¿hubo algún otro escritor
de habla española con quien te sintieras identificado?
E.L:R.: Ahora veo que me falta un autor curioso, un hombre tan curioso
que pasó años de su vida sin hablar con nadie. Era
un introvertido, con muchas manías, y todo su pensamiento
estaba puesto en sus libros. Que por cierto será necesario
poner en circulación, obra brillantísima: me refiero
a Pablo Palacio. Naturalmente, terminó en el manicomio. Es
uno de los huracanes del talento americano, de sabiduría
oculta, de forma imprecisa y sarcástica. Hay que saludar
al extraño escritor que fue una revelación en momento
de ansiedad y con quien encontré muchos puntos coincidentes.
(Labrador, 1984:16)
La triagonía de las novelas gaseiformes
de Enrique Labrador Ruiz el primero, término de indiscutible
ascendente unamuniano, el segundo acuñado por Azorín,
así como La sangre hambrienta (1950) primera de la
serie que llamó novelas caudiformes, sus
tres libros de cuentos Carne de quimera (novelines neblinosos)
(1947), Trailer de sueños (1949) y El gallo en el espejo
(1953) los ensayos Manera de vivir (pequeño expediente
literario) (1941), Papel de fumar. Cenizas de conversación
(1945) y El pan de los muertos (1958), además de Grimpolario
(Saldo lírico) (1937), y esa obra pre-póstuma lamentable
que culminó su producción creativa, es decir, la razón
de su vida, Cartas a la carte (Miami, 1991), evidencian la coherente
vertebración de su estética personal y
de su cosmovisión. Para Labrador, el agonismo iterativo de
sus personajes, a la postre doblaturas de mi propio yo,
como señala en Cresival, resulta de una consecuente filiación
con las filosofías vitalistas que fueran entorno de pensamiento
en su iniciación y desarrollo como escritor. Refiriéndose
a Anteo, última novela gaseiforme, nos dice Elio Alba Buffil:
Claro está que Labrador está mostrando en esta novela
una convergencia con Franz Kafka en cuanto a la temática
de la frustración, la agonía y la soledad del hombre
moderno, toda lo cual está en relación con el pensamiento
filosófico de Kierkegaard y el movimiento existencialista
francés. Además hay aquí en Anteo también
esa sensación de inestabilidad que es producto, desde luego,
de la pérdida de la arrogancia positivista que la ciencia
experimentó después de la horrible lección
de la Primera Guerra Mundial (1992:9)
Las teorizaciones sobre su estética personal
prologan sus libros Cresival (1936) y An-teo (1949). Son propuestas
rupturistas con la tradición rela-toria abatida en la búsqueda
de la novela nacional y siempre sujeta a presupuestos
rurales. La fuerte vena criollista enfrascada en el telurismo es
fenómeno de la representación iberoamericana. Las
nuevas demandas modernistas amplían el locus fictivo, pero
el ruralismo, no obstante, continúa haciéndose sentir
desde otras formulaciones discursivas más afines y orgánicas
con los conflictos de la modernidad. Es cierto que Labrador explica
su desgano hacia dichos temas, priorizando los espacios citadinos
y la elipsis espacio-temporal, pero es cierta, también, su
aclaración de que de tratarlos tendría que ser de
otra manera.
La ciudad es centro de dispersiones y variadas confluencias, y el
hombre sobrecogido en la intemperie provocada por un abrupto cambio
de valores, descubre el desarraigo y la trágica ansiedad
de la existencia.
De ahí nacen sus novelas gaseiformes, novelas
que postulan un punto de vista otro, una manera
de hacer diferente, porque también es diferente la
manera de vivir de un siglo deslumbrante y amenazador.
Hay en ellas una insistente voluntad anticonvencional, desasidas
de toda lógica argumental e hilvanados los asuntos en un
plano a contraluz de difusas impresiones individualizadas.
En el prólogo a Cresival (1936), además de dejar el
cabo suelto de la denominación de novela gaseiforme,
que alguien antes que yo había calificado se
refiere a El lapicerito de oro, capítulo de Superrealismo.
Prenovela (1929), de Azorín1 dice:
[...] sentí la necesidad de elevar de algún modo no
sólo el fondo, sino la forma de lo que se estaba produciendo
en mi torno [...] ¡Ah, sí, es una novela gaseiforme!,
pero sin comprender que lo es únicamente porque ha perdido
su provisionalidad creadora y está cuajada de concreciones
idealistas o, por mejor decir, de evasivas realidades. ¿Cómo?
muy sencillo. Muy sencillo y muy fácil. Veamos. Un esqueleto
siempre afecta una forma fugazmente gaseosa, a pesar de ser descubierto
o por lo mismo que se acaba de descubrir, para una perennidad infinitamente
quebradiza e inestable [...] Así mi libro no es nada en mis
manos mientras yo lo estoy escribiendo, mientras lo ejecuto y verifico
de mil modos diferentes, mientras es un cadáver que trato
de mondar y reconstruir, mientras es El laberinto de sí mismo;
y sólo es ya esta identidad, este cuerpo, esta cosa objetiva,
esta novela gaseiforme un esqueleto: Laberinto, al contacto
con la inteligencia y la sagacidad de mi lector. (Labrador, 1936:s.p,)
La influencia de Unamuno en las concepciones estéticas y
filosóficas labradorianas es notable. Con el autor de Niebla
(1914) Labrador tiene más de un punto en común. Hagamos
algunos comentarios al respecto. Por una parte el carácter
de incompletez y la flexibilidad de lo narrado que se presenta al
lector para probar su sagacidad intelectual, implicándolo
en una coautoría libre de prescripciones rectoras. Además,
la índole humana de los personajes, que en ambos autores
son calificados como agonistas. Son sus angustias y
desaciertos, sus expansiones reflexivas, sus reacciones incontroladas
al contacto con lo inmediato, densificándolo y otorgándole
catadura vital a una realidad sin molduras, en donde estos agonistas
se hacen fundidos a los escenarios son sus escenarios
desde el ridículo y lo cómico, en lo abyecto y portentoso,
pretextos todos para escarbar en el sentido trágico de la
vida, jerarquizado por estos escritores. La duda en cuanto a la
veracidad o absoluto de lo narrado rezuma de la tensión realidad-fantasía
resaltando con lo ambiguo el matiz lírico y su corteza inapresable:
Yo amo la maravillosa fantasía de las vigilias, la espléndida
miseria de los sueños, la arrogancia descomunal del espíritu
con relación a la materia, las victorias de estas sobre aquel
o viceversa y me decido por cualquier cosa en su punto fuera
de su punto antes que usar esa dimensión exacta que
siempre se sabe hacia dónde va y a la que los viejos escribas
llamaban, inexactamente, fuerza dramática. (Labrador, 1936:
s.p.)
Unamuno plantea:
Y pensar es dudar y nada más que dudar. Se cree, se
sabe, se imagina sin dudar; ni la fe, ni el conocimiento, ni la
imaginación suponen duda y hasta la duda los destruye; pero
no se piensa sin dudar. Y es la duda lo que da la fe y el conocimiento,
que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento,
que es dinámico e inquieto.
¿Y la imaginación?
Sí, ahí cabe duda. Suelo dudar de lo que les he de
hacer decir o hacer a los personajes de mi nivola, y aún
después de que no he hecho decir o hacer algo, dudo de si
estuvo bien y si es en verdad lo que le corresponde. Pero... ¡paso
por todo! Sí, sí, cabe duda en el imaginar, que es
un pensar. (Unamuno, 1914:239)
Lo dramático en Labrador se vincula con la atmósfera
de teatralidad que configura a sus personajes. Este dramatismo puede
referir tanto situaciones cómicas, contrastes que denuncian
lo impostado, la parodia, el ridículo y la ironía,
como el asentimiento expreso de la máscara, rótulo
encubridor de toda la tragedia de la existencia:
[...] Y yo andaba con mi alma de la mano, de la duda a la certeza,
y los demonios, me la tomaban y me la volvían de revés...
Pero tenía una máscara.
¡Una máscara!, ¡y qué tremenda alegría
la falsa alegría de una máscara!
Andar con una máscara entre la gente, estar contento, feliz,
alegre; ser discreto, ingenioso, ágil... ¡y no ser
nada de eso! Estar sangrando penas, rezumando tristezas, trasegando
angustias por todos los poros del espíritu y reir, reir,
reir... con un nudo en la garganta que aprieta hasta el corazón.
Una máscara, una máscara... Pálido de soledad
y de silencio mi máscara era brillante. Mudo de certezas,
mi máscara era habladora. ¿Para qué una máscara
sino para alejarlo todo? Joyante mascarada de la vida: rueda a más
y mejor en torno mío que yo haré coro a tu burleta.
(Labrador, 1933:77-78)
Máscara, sentido carnavalesco, farsa y simulación.
Esta mascarada de la vida trae los ecos de El
Teatro del Mundo calderoniano, el tironeo barroco entre lo
aparente y lo real; es el retorcimiento expresionista que consuma
el arte de Valle-Inclán, en la distorsión de los espejos
cóncavos en los que se miran sus esperpentos; también,
es el vericueto de una urdimbre composicional fragmentada por el
artificio de los laberintos, símbolo estilizado de una visualización
retroversa y extraviada. Laberinto:[...] construcción arquitectónica,
sin aparente finalidad, de complicada estructura y de la cual, una
vez en su interior, es imposible o muy difícil encontrar
salida [...] el laberinto simboliza el inconsciente, el error y
el alejamiento de la fuente de la vida [...] la misión esencial
del laberinto era defender el centro, es decir, el acceso iniciático
a la sacralidad, la inmortalidad y la realidad absoluta, siendo
un equivalente de otras pruebas, como la lucha contra el dragón.
De otro lado, cabe interpretar el conocimiento del laberinto como
un aprendizaje respecto a la manera de entrar en los territorios
de la muerte. (Cirlot, J. E.)
[Laberinto] [de] [sí] [mismo]. Construcción hermética
del título. Escritura que se va haciendo fuera de proyecto
geométrico para colocar en su lugar una progresión
aritmética de valores enunciativos. Conjugación de
índole pronominal iterativa sí mismo,
intensificación autorreflexiva que enfatiza la identidad
de dos núcleos semánti-camente cerrados Laberinto
/ de / sí / mismo. Las tramas de estos laberintos están
dispersadas en secuencias fugitivas, cinemáticas, de personajes
agónicos. Lucha de héroes solitarios que sucumben
por el agotamiento de búsquedas sin aliados. Lo ven todo
puede ser pero en lo sensorialista del pensar autosuficiente,
antigregario y en-si-mism(ado). Estos volatineros para un salto
único, mortal, quedan pendientes en la voltereta de tus ansiedades,
de sus deseos exacerbadamente intelec-tualizados, de sus ascensiones
metafísicas. En las bifurcaciones de los senderos, como una
sierpe crispada de contracciones, se yergue el Poder, centro que
atrae y expele, representación monstruosa que aguarda a sus
dédalos en el cruce de los laberintos:
Una vez deslumbró a Anteo. Vio al centauro de sus sueños
en la bazofia de la miseria fisiológica; el centauro prostituido
del tiempo zafio que le tocó vivir. Lo vio allí, de
una pieza, con dos sexos superpuestos, con una cara hombruna y feminoide,
pintado y sudoroso, musculoso y lamido; besuqueante y boxeante:
avasallador y rey en todo grupo civilizado; engendro estéril
y fementido que aprieta el convulso corazón del siglo. (Labrador.
1940:17)
El centauro andrógino considerado por Elio Alba-Buffil
como visión dolorosamente negativa de la humanidad
(1992:8-9) confirma la tensión histórica de fuerzas
contrapuestas y dialécticamente inexcluyentes. Esta imagen
emblemática que induce una concepción universal del
problema existencial del hombre en la puesta en escena de la Modernidad,
instaura en la literatura un discurso pretencioso en el cual lo
fragmentario moviliza la pluralidad de entidades dialogantes. Se
produce una textualización pluriaspectual que alumbra zonas
ocultas de un referente caotizado y la escritura celebra el acontecimiento
de la contemporaneidad con sus inmanentes novedades estéticas
y estilísticas.
El motivo del centauro en la obra de Enrique Labrador
Ruiz aparece en Anteo es epítome de ese tironeo
connatural al devenir, oculto en los silencios de la Historia Oficial
y en los lenguajes cifrados de las instituciones culturales. De
esta manera, en la obra citada y en el resto de su producción,
se alude a la tragedia de la Guerra Civil Española, a la
barbarie xenofóbica fascista, al escepticismo y la desorientación
política en el terreno nacional, a la corrupción que
invade todas las esferas de la sociedad, al planteo de la sexualidad
fundamentalmente, el homosexualismo femenino y a la
certeza abrumadora de un mundo que ha cancelado sus respuestas por
preguntas que responden a otras como evidencias perturbadoras del
Progreso.
El acendrado sentido de cuestionamiento desde una subjetividad monologante
que remarca la soledad del hombre moderno, a la vez que su sospecha
y asombro, hacen de los personajes labradorianos conciencias asechadas
por el símbolo del centauro andrógino.
Es decir, esa re-creación mitológica sintetizadora
de los Poderes, enmarcados en los discursos de la Historia y la
Cultura, también resume la angustia barroca retomada por
los existencialistas en la búsqueda de identidad, en las
disquisiciones entre el bien y el mal, en los enigmas de la vida
y de la muerte y en el cisma creativo desacreditador de lo inauténtico
y programado. Alba Buffil, además, señala en el centauro
analogía con el Monstruo de Ravena de Mateo Alemán
y su Guzmán de Alfarache (l599). En ambos casos, más
allá de correspondencias en la plasticidad descriptiva está
la afinidad del sentido transverso, en lo humanístico e historicista.
Al hablar de filiación existencialista del escritor cubano
no nos referimos a influencias específicas. Consideramos
que el éxito de esta filosofía puntualmente
revertida en praxis literaria se debió a la ejecución
personal que cada creador hizo de lo que fuera posteriormente un
corpus teórico traspasado de matizaciones. Por otra parte,
es posible que Labrador asimilara dicha cosmovisión a través
de las lecturas de Unamuno, Kafka, Kierkegaard, Rilke y otros. Pero
esa animación detectivesca queda fuera de nuestro alcance.
Admirador de Calderón, Góngora, Cervantes y Quevedo,
lo efectivo en esta estética personal personalista
es el regusto amargo y decepcionado que captó de su época
implícito en el empalme estético-filosófico
de sus reflexiones y moderado con la comicidad e ironía que
aplacan el tono mordaz y lacerante.
Tanto las novelas gaseiformes como La sangre hambrienta
configuran personajes agonistas que esbozan con sus metáforas
vivientes las marcas digitales de la vida. El autor
los ha llamado actualidad transeúnte2 mostrando
a través de ellos diferentes zonas de la realidad, incitadoras
a la meditación sobre el hombre y sus reacciones ante los
misterios de la existencia.
La readecuación de los mitos en la obra labradoriana completa
la parábola laberíntica induciendo a través
de lo desacuñado el filón subversivo, la inversión.
No son mensajes éticos ni didactismos subliminales lo que
se desprende de estos textos. Es lo inquietante de una época
prevista por José Martí el pensamiento más
lúcido de América desde las décadas finales
del siglo decimonónico, cuando anunciara aquella profecía
de dimensiones universales, vivida por los artistas de la nueva
sensibilidad: las barrancos. Las complejidades de la Modernidad
hacen interactuar en el discurso de la Vanguardia nociones culturales,
ideológicas y sociales.
El laberinto de sí mismo es centro de la producción
de Enrique Labrador Ruiz y, arrancada de sus ejecuciones experimentales,
también sitúa en nuestra novela, junto con los autores
mencionados, la línea imaginística en la representación
de la realidad. Para Sergio Chaple:[...] con la sola excepción
de Carpentier, caso aparte en la narrativa nacional [Labrador
Ruiz fue] el novelista que más conscientemente luchó
por abrir nuevos caminos al género y el que mantuvo en la
etapa la producción más interesante y sostenida entre
sus colegas.[...] En menos de 200 páginas, Labrador llevaba
a cabo con esta primera novela suya una conquista de gran importancia
para el género: ponerlo al día en el empleo de las
audaces técnicas narrativas contemporáneas, adelantándose,
en cierto modo, incluso, a la novela existencialista francesa de
la década venidera. En efecto, la angustia existencial es
el motivo central de esta obra, en rigor bien cercana al poema,
en la cual el romántico yo del autor-personaje
va mostrando, a través de esta sucesión de aparentes
escenas inconexas, su inadecuación al medio hostil circundante...
Labrador poseyó una verdadera voluntad de estilo, fue genuino
creador, dueño de una poética que supo defender como
pocos y legó el ejemplo de un ejemplar y denodado tesón
profesional en momentos en los que una adjuración de sus
principios estéticos hubiera podido proporcionarle el fácil
reconocimiento de la crítica que sólo tardíamente
le llegó... (Chaple, Historia de la Literatura Cubana, inédito)
Desde un narrador autodiegético se desgranan episodios del
acontecer rememorado y actual. Es notable en esta obra primera como
lo destaca el estudioso cubano la reevaluación de aspectos
estéticos polemizados por la vanguardia continental. Entre
ellos, el carácter lúdico de la creación y
el cuestionamiento de la literatura como absoluto modélico:
[...] Ellos, oh sabios, me habían fabricado conceptos
sobre todas las cosas, un universo de cartón piedra a la
medida, un panorama a escuadra y un cartabón rígido
para dimensionar esa inmensa brevedad de espejismo y alucinación
que en breve iba a surcar. (Labrador, 1933:13)
El procedimiento laberíntico funciona como fuerza imantadora
que funde el conjunto de la obra labradoriana. Lo narrado, en su
discontinuidad y falta de ilación tanto cronológica
como espacial corresponde a un discurso que se va haciendo
enigmático y entrecortado, en lo irregular y nebuloso del
enunciado, como un puzzle memorístico en donde el diagrama
final será lo frustrante de los límites poderes
coartadores de las necesidades de estos entes empecinados en sus
litigios individuales.
Aprendo a ver dice Rilke en Los cuadernos de Malte Laurids
Bridgge (1910), y este es principio de la estética vanguardista.
Ver será trasvasar una visualización plástica
a una verbalizada. El pincel impresionista rompe las fronteras del
dibujo dejándolo todo a la gradación de matices, al
toque apresurado que empieza a trastornar la frontalidad y cercanías
perspectivas. La imagen vanguardista en su cinematismo sólo
ofrece texturas verbales que se comprenden desde la oblicuidad de
la palabra, optando por la síntesis metonímica, la
sugestión hiperestésica y la artificiosidad que amontona
lenguajes artísticos en la provocación sensorial y
emotiva. Es un trasegar con lo miniaturesco de un relieve en filigrana
que emerge de lo eventual y peregrino. Es el reforzamiento de aquel
toque inusitado magnífico que emprendiera Ramón
Meza en Mi tío el empleado (1887), y que descubrió
para la literatura cubana la efectividad de una risa razonada y
encubierta tras la orfebrería lingüística, en
donde trasudan atmósferas en difumino, la carnavalización
de la realidad coagulada en recintos gélidos, la carencia,
la falta ¡me falta algo!, decía
el farsante Conde Coveo, anunciación de la soledad
y el miedo existenciales y el sentimiento de emboscada en una época
que transcurrirá, sobrecogida, por sortilegios y enigmas
aún hoy indescifrables.
Decía Rilke: Todo está simplificado, traído
a algunos planos precisos, como el rostro en un retrato de Manet.
Y nada es insignificante y superfluo (1910:30) y en 1920 ampliaba
en sus Cartas a un joven poeta:
Por eso sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos
que su propia vida cotidiana le ofrece; diga sus tristezas y deseos,
los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza [...]
diga todo esto con la más honda, serena y humilde sinceridad,
y utilice para expresarse las cosas que lo circundan, las imágenes
de sus sueños y los temas de su recuerdo. Si su vida cotidiana
le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase
que no es bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores
no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente [...]. Una obra de arte
es buena cuando ha sido creada necesariamente. En esta forma de
crearse está ínsito su juicio: no hay ningún
otro. (Rilke, 1929:12)
La estética personal de Enrique Labrador Ruiz
influida por las lecturas de Rilke así lo atestigua
su Manera de vivir en donde cita al poeta como inspiración
del título: Me acordaba yo de unas palabras de Rilke
en sus Cartas a un joven poeta: El arte no es más que
una manera de vivir y puede uno prepararse para él viviendo
de cualquier manera (Labrador, 1941:XXXII), relaciona
el dualismo poético fijeza-evasión potencializador
de la productividad polisémica de la imagen artística:
La actualidad transeúnte supone estado de permanencia artística
en cuanto al mundo mágico de la creación, pero al
mismo tiempo traduce rémora, lastre podritorio, que hay que
aligerar al logro finito de la temática. Pidamos aquí
el conciliador maridaje de fijeza y evasión, acuerdo entre
efímeras partículas de ambas actitudes que amalgamen
los términos antagónicos en su esencia humana. (Labrador,
1941:65)
Son impresiones liberadas de montaje paisajístico, de utilería
escenográfica, a fin de concentrar la fuerza dramática
en lo evocado por la memoria, en lo filtrado por el subconsciente,
en todo lo inferido y reordenado, finalmente, por el ángulo
visualizador del lector. Esta propuesta de agilidad e inmediatez,
este ars poética del aprendo a ver rilkeano,
desde probabilismos y perspectivas aparentemente, impremeditadas,
crea la ilusión anamórfica del texto, iluminando recovecos
que captan la singularidad de la inflexión léxical
en la polifonía y rescatan el precipitado barroco, la emulsión
de la vida encarnada en la palabra, todo trenzado en la sintaxis
correcta de la gramática del idioma, que sostiene el decir
fuera de márgenes oficializados, como sujeto de la murmuración:
dicen, se dice [...] Esa razón
de fuga y mudanza me permite darle a ellos, en fin, una inusitada
vida llena de curioso probabilismo, conservando tan sólo
para el arte el gran fondeadero barroco de su asiento, lo irradiante
de una actualidad anímica asaz transeúnte (1941:66).
Y en el prólogo a Cresival, especifica: [...] porque
la novelística no puede ser nunca la novela de la vida, sino
su esencia y emulsión. (1936:s.p.)
Así, todo amalgamado en una obra de pasadizos intertextuales
con la tradición, consigo, deseosa
de respirar más allá de la insularidad, de la continentalidad,
para conocer(se) en el coro planetario y declamar la peripecia vital
de submundos amenazados por el silencio de los poderes,
en una carrera vertiginosa de axiologías estandarizadas.
La condición vanguardista es un acto contestatario sobre
la base de la reformulación discursiva, en una escritura
de códigos abiertos, constructivista desde el punto de vista
de la pertinencia de los lenguajes artísticos. Es la premura
por penetrar los muros de la ciudad letrada por suplantarlos,
es una especie de paganía de lo impermanente e hipercrítico,
en este reajuste de cuentas con los absolutos históricos,
este cuento ahora contado con el asentimiento expreso de la simulación,
advirtiendo, desde el inicio, la invitación al juego creador
e irreverente, la engañifa de estos trozos vitales
fotografiados en incómoda postura malabárica, atestado
calidoscopio maldito que conjura la encerrona de los laberintos:
He abandonado los temas eternos, los altisonantes y mal llamados
temas eternos y me conformo con girar la vista en mi torno, blandir
mi verdad y darla como la veo tu consecuencia a los principios de
un arte que he abrazado ardientemente. Algunas veces esta verdad
es grotesca, yo no tengo la culpa. En todo caso es como es, tal
la inestable corriente de los hechos fabrica sus verdades y sus
mentiras como todos los días podemos verlas con miradas simples
y curiosas, con retinas de artista.
¿Y qué cosa son en definitiva los ojos de un artista
sino los ojos millonésimamente reducidos y facetados de la
multitud?
[...] El artista abarca con un gesto panóptico y global todo
el ámbito del mundo [...] y construye el mundo del arte con
lo que queda de rastro de esa visión conjunta perdida a la
altura de la calle en un momento cualquiera [...]. (Labrador, 1940:XII)
En torno a la representación de ese momento cualquiera,
de ese azar transeúnte, giran los enfoques rupturistas de
los escritores de la vanguardia desde posiciones ideo-estéticas
disímiles. Labrador Ruiz despunta con sus novelas gaseiformes
en la tradición narrativa cubana y debe ser considerado un
innovador.
Indeterminación del tiempo en El laberinto de sí mismo:
Un tiempo, Otro tiempo, Después;
desmarcado en Cresival y sujeto a cronologías sicológicas
en Anteo advertiré que esta novela gaseiforme
por lo mismo que es una fantasía encadenada, sucede en quince
minutos, el desajuste cronotópico favorece el
vistazo panóptico captador de la polifonía de los
lenguajes tasadores de voces sociales e ideológicas, con
el matiz humorístico, sarcástico, irónico-filosófico,
en la combinación del habla culta y popular, anulando fronteras
genéricas y validando sobre la maestría del idioma
una concepción diferente del escalpelo realista:
Hay que anunciar, además, que en la nueva novelística
caben todos los matices: humorismo, biografía, reportaje,
política, bellas artes, militancia, religión; cuestiones
sexuales, económicas, científicas, deportistas, etcétera,
etcétera [...] pues esa nueva novelística no sólo
soporta con gallardía sino que se enriquece con todos los
géneros, desde el poema en prosa hasta el panfleto, ya que
no es un resumen, sino una copia de las marcas digitales de la vida.
(Labrador, 1940:XI)
El Poder(es), como habíamos dicho, está representado
por el símbolo del centauro andrógino,
imagen sintetizadora de los motivos que impulsan los dramas agonísticos
de los personajes de su obra en general. Estos dramas descansan
sobre la antigua contradicción nuclear artista/sociedad.
De ella parten digresiones polémicas concernientes a la literatura
y al arte, también, a ese paisaje elíptico, aunque
ribeteado por el trabajo lingüístico de diálogos
y soliloquios, y en la propia disposición de escenas fugaces
e inconexas, recepcionadas por el vitral polícromo del artista.
Como explica Julio Matas:[...] lo que caracteriza las narraciones
de Labrador Ruiz es lo que poseen de grabado o grabación
de tipos, giros lingüísticos y modos de pronunciación
(algo así como un aguafuerte de imágenes verbales);
esa retórica suya, no siempre fácil el lector
de su obra ha de aguzar sus facultades de percepción,
vuelve paladeables (magia del arte), en sus relatos, las numerosas
variantes de la chabacanería nacional, caldo de escarnio,
el timo, la poltronería y las reputaciones de similor. (Mata,
1990:951)
La distorsión expresionista de estos caprichos goyescos
parecen esperpentos de pincelada rápida y transfiguradora.
Estos héroes de dudosa catadura defendiendo su
verdad imposible y siempre acosados por el deseo, discursean
con lo fabuloso haciendo estallar la realidad, con ademán
picaresco de ídolos profanos:
El extraordinario hombre giró en redondo, cascó su
huevo, le echó en la sartén y me pidió lumbre
para su anafe. En dándosela silabeó:
Mahomed Boranquín,
vecino para lo que guste mandar.
[..........]
Dejó el índice y tomó de sobre su Papús
Magia negra, edición del ochocientos una lámina
de queso transparente. Aquel cofre de sabiduría era también
su alacena. Echó el huevo en el queso, clavóle los
dientes y dijo con satisfacción:
Hablemos. (1933:28 y 30)
Como dice el mismo Labrador: [...] Después de todo
no soy más que un fotógrafo fiel. Y lo que se copia
de este tiempo, sea lo que sea, ¿no es casi todo un esperpento
en cualquiera de sus acepciones?. (Labrador, 1940:XVIII).
Porque el sistema de personajes labradoriano ese aguafuerte
de imágenes verbales, es un universo emblemático
de perífrasis metonímicas y de registros tonales,
reflejo conjetural de una vivencia que transfigura por el lente
convexo de la conciencia, como procurador estético de cierto
arte narrativo, además, testimonio crítico deducido
en la transgresión de paradigmas literarios.
Según Perla Rozencbaig (1990), las novelas gaseiformes
requieren de una doble lectura para desentrañar el discurso
político subyacente en el enmascaramiento de los diálogos
estéticos o en los soliloquios del narrador con su Yo antagónico.
Es un texto desplazado hacia el discurrir metafísico poético,
ensayístico, en donde el único elemento acreditativo
de la realidad, es el vínculo entre el sujeto y su conciencia:
al triunfo del colectivismo opongo una suelta individualidad
(Labrador, 1936:s.p.). La hipérbole de lo subjetivo desacreditando
lo objetivo como absoluto único y verificable
redobla el punto de vista individualizado que penetra los lados
sombríos de la existencia al desbordar los márgenes
de lo oficial en tanto nociones narrativas o como juicios rotundos
sobre la Historia: Bueno, ya ves: una cosa de ayer por
la tarde como quien dice y una cosa insignificante, y ya hoy dudas
de su origen. ¿Qué no será con la historia?
¿Con las guerras? ¿Con los asuntos de estado? Dígame
usted.... (Labrador, 1940:180)
Cuando Labrador polemiza lo hace con las armas que domina: la escritura
Rozencbaig), con la nueva escritura que colocarán en el lugar
más alto (Labrador, 1941) a las letras cubanas dando
tajos corticales al corpus cultural, difuso entre realidad y apariencia.
Las novelas gaseiformes recrean el rejuego de la palabra
y sus multivalencias con ese carisma de evasión-fijeza que
otorga a lo contado probabilismo y eternidad convencional.
El siguiente fragmento enrumba el comentario hacia lo que consideramos
la almendra de esa estética personal virtualmente
desligada, por su carácter nebuloso, de los contextos:
Y si los caracteres esenciales a veces se achican en ella y esa
fatalidad enfermiza que persigue a mis personajes, esa invalidez.
esa inconciencia que les hace aparecer a ciertas horas perfectamente
ilógicos se vuelve muy relevante, obsesionante, no es sino
para mantener la más profunda acusación contra un
medio que ha hecho cenizas todas las actitudes elevadas y por lo
contrario ha glorificado aquellas monstruosas expresiones paridas
por la conveniencia, el arribismo, etcétera, etcétera.
Moribundo ante la vida, ¿cómo mi protagonista y
ahora más que nunca, debo llamarlo con mi palabra preferida
cómo ese íntimo antagonista podría dejar de
ser por encima de todas las cosas un puro agonal ingerido en un
grosero medio propio de mercanchifles, vividores y desclasados,
aunque sus aparentes vagabundeos físicos y mentales lo distancien
al parecer de su centro terriblemente intolerable a causa de la
sordidez y de la turbación que impera en todas partes? (Labrador,
1941:105)
El sistema simbólico de la escritura de Labrador Ruiz, de
esa sintaxis que ahoga por la sugerencia y los emblemas, es una
alegoría desde la antigua contradicción artista/sociedad,
como ya habíamos dicho. Son las vicisitudes del hombre y
su inmediatez, sus pasiones y terrores, sus carencias, ausencias
y excesos, pero con mirada intelectual y creadora. Sitúe
o no las coordenadas cronotópicas, lo señalado por
el autor en este calidoscopio de sensaciones vividas y soñadas,
es síntesis de espíritu de época, del planteo
de una problemática histórica cuyos fundamentos son
cada vez más críticos y que la llamada posmodernidad
no ha podido resolver en sus postulaciones esenciales, sino agudizar
en el signo de sus tremendas perplejidades. Lo que se infiere de
este bloque de novelas es válido para el referente nacional
y, también, para esa subalternidad inscrita, alarmantemente,
en las listas desclasificadas de los hemisferios:
No, queridos, no publica... Escritor pobre, sin amigos políticos,
sin prebendas políticas, sin negocios políticos, sin
nada político en su vida, escribe y guarda. (Labrador, 1933:18)
[..........]
Mientras, en Anteo plantea:
Y ahora, fíjate... Yo sufro. España se pierde.
Todos los hombres libres del mundo tienen que sentir ese dolor en
su corazón, ¡qué digo dolor! esa espantosa rabia...
¿Y por qué se pierde? Porque cuatro canallas le traicionan,
porque cuatro bandidos le saquean; el resto no me importa. ¡Ah,
pero prefiero que su angustia quede como está en mis entrañas,
sin mover un perfil, sin tocar un detalle, en todo su abultado odio,
en toda su ferocidad sangrienta! Ello embalsama una ilusión
que no podrá perecer jamás. ¡Jamás! (Labrador,
1940:195)
Van Gogh, Shakespeare, Beethoven, entre otras evocaciones como pie
forzado para el discurso lírico-filosófico, dan la
pauta del trasfondo dramático en donde se inscriben estas
identidades atormentadas. Hay fruición ante la grandeza,
en lo magnífico de humanidades que tocaron lo divino con
su arte, viviendo, no obstante, los más desolados misterios
de la agonía.
Dar un corte en lo vivo es lo que pretende Labrador, llevar a la
cuartilla lo espontáneo de una actualidad transeúnte
aprehendida en su suceso vital y entregarla al lector para ordenar
en la secuencialidad de su conciencia, a ese medio humano
de hombres que sufren, gozan, y erran, piensan, se avergüenzan,
se confunden y se contradicen nada de perfección que
no existe. (Labrador, 1940:XIX)
En estos pormenores humanos están los signos reiterados de
los destinos de sus personajes. Cresival, Anteo, el narrador innombrado
de El laberinto de sí mismo y muchos de los que integran
el elenco de La sangre... y de los cuentos, incluso, esa voz atormentada
y gimiente de Cartas a la carte, que habla a cualquier destinatario,
que necesita ser escuchada, a pesar de la cercanía del instante
eterno, transitan sus tragedias ancladas a un fondo dramático
común, engarzados al centro de una estética
personal o personalista, que los homologa en la
desolación de los laberintos, de los laberintos del más
enconado y lacerante deseo. Es decir, descubrimos una corriente
subterránea de afinidades en Bienvenida y Estefanía
de La sangre..., con las protagonistas de El gallo en el espejo,
El viento y la torre y Conejito Ulán,
por sólo mencionar algunos ejemplos.
El tema femenino tiene especial notoriedad en Labrador si lográramos
explicarlo con una resignificación convincente del termino
andrógino, especulado por los enfoques de género.
No se trata de definir, en este caso, una escritura que denote la
supremacía de una u otra condición sexista, sino,
la radicalización de ambas problemáticas en los discursos
del texto, el valor igual del agonismo femenino y masculino dentro
de la concepción humanista de la dinámica de la Historia
contemporánea. No obstante, este aspecto es tan solo un apunte
en torno a un tema aún por desarrollar en trabajos posteriores.
Más allá de fetichismos vernaculares sospechosas apologías
ruralistas y nacionalismos decadentes, como marcas autenticadoras
de cubanidad, la obra de Labrador Ruiz consigue el toque universalista
que fuera interés del pensamiento avant-garde del continente.
En sus búsquedas experimentalistas apegadas a las estéticas
de vanguardia que vienen identificándose desde el Modernismo,
el autor de las novelas gaseiformes y de La sangre hambrienta
conjuga conflictos humanos al estilo de las grandes tragedias universales
con el trabajo lingüístico, este último, señal
particularizadora de esencias geoculturales. Labrador brinda al
lector un espectro de subjetividades y las pone a dialogar con las
imposturas de la oralidad en cualquiera de sus variantes. Los personajes
insertos en la trayectoria cultural de una historia oscilante entre
lo universal y lo particular, readecuan el discurso de la Nación
traspasado de texturas otras que se revelarán con mayor nitidez
en décadas posteriores.
Lo laberíntico favorece el diálogo intratextual. Así,
como expresa Matías Montes Huidobro en su estudio Grimpolario
en el Laberinto (1980), este texto es una especie de llave
de acceso a los códigos de las novelas gaseiformes,
especialmente, a El laberinto de sí mismo. Sin lugar a dudas,
Grimpolario es reservorio de experiencias vividas y sintetizadas
por el lenguaje poético y pictórico que transfiere
a la prosa no su función lírica, sino
su función narrativa, creando con la contraposición
una nueva perspectiva. (1980:72). Esta nueva perspectiva la
obtiene Labrador al establecer un tiempo literario ambiguo correspondiente
con el impreciso tiempo laberíntico en la ilación
cronológica real de su creación. Grimpolario fue la
iniciación literaria del escritor, aunque publicado posteriormente
a sus dos primeras novelas gaseiformes. El laberinto..., abre el
ciclo édito de su producción y en él la voz
narrativa presenta aquel saldo lírico que aún
no había visto la luz. Es este, un recurso informado por
las estéticas vanguardistas y sus digresiones metatextuales.
También, muy del gusto de Unamuno, Azorín y Valle-Inclán,
escritores que dejaron una fuerte impronta en el quehacer labradoriano:
¿Quieres saber algo importante? He escrito un libro
de versos. Grimpolario. ¿Te gusta el título?
¿Grimpolario?
Claro, tú no puedes saber lo que es un grimpolario.
Creo que he inventado la palabra. Oye: Aquí están
todas las banderas de mi vida; estas banderas que jalonan mis caminos
de tan diverso modo, porque nunca habrá acuerdo entre la
dicha y el dolor. Junto a la seda de la mejor alegría flamea
la banderita desolada de la humilde angustia. Son las grímpolas
de mi barco.
¿Es un prólogo?
Oye... A la postre, el color de todas estas banderas en un
solo color, será el color de nuestra alma; el color específico
de un ser... el color de la atmósfera en que vive un espíritu
atormentado...
Los prólogos ya no se usan. (Labrador, 1933:61-62)
Grimpolario, como se deduce de lo apuntado por Montes Huidobro,
es la bitácora de un viaje que se consuma en lo nebuloso
de El laberinto... Ambos textos anudan una estética que apostará,
finalmente, por la escritura sin fronteras genéricas. Son
libros matrices de los cuales parte la singularidad y la razón
creativa de Labrador, también, su cosmovisión, atenida
a los presupuestos existencialistas que arrastran el sustrato sociologista
de Taine: [...] Debo recordar que me apoyo en el determinismo
de Taine para construir la triagonía (1941:91),
el ahondamiento en la experiencia vital del hombre y la atención
a lo fenomenológico, a lo absurdo que revela la atonía
de un mundo abrumado por la crisis de sus fundamentos. De ahí,
la observación panóptica y el puntillismo iconoclasta
de las resonancias subconscientes, trabado en situaciones límites
como la locura con que culmina, finalmente, el narrador de El laberinto...;
la frustración ontológica de Cresival al descubrir
la vida como una estafa, desacreditando los mitologemas de la Cultura
y de la Historia y, por último Anteo Londoño vencido
por el centauro andrógino y confinado a la duda, el miedo
y la angustia como respuestas desconcertantes al para qué
de la existencia.
Un momento ilustrativo de lo anterior es el narrador de El laberinto...
en su tránsito de la locura a la muerte. Es el reinicio de
un trayecto, la vuelta a la necesidad de introspección y
la ausencia de toda expectativa referente a las relaciones humanas.
El Yo del narrador/autor se refuerza gramaticalmente en las formas
reflexivas pronominales correspondiendo con la concepción
hermética del título: El laberinto de sí mismo:
[...] No sé; no sé... ¿Alguien podrá
decir otra cosa, honradamente, sin faltar un poco a la ondulatoria
condición del espíritu humano? Y como nunca se sabrá
dónde lo bueno y lo malo es uno y se confunde, donde la sombra
proyecta luz, donde la verdad de hoy dejará de ser la verdad
de mañana, o viceversa, bueno es que sigamos encogiendo los
hombros... (Labrador, 1933:142)
¡Nada! Ni siquiera una esperanza... ¡Tiene que
ser! Demasiado mundo, demasiada vida, demasiado andar y correr sin
objeto, sin propósito...; demasiadas idealidades contrahechas.
¿Cómo va a haber espacio para una ilusión entre
tantas evidencias? (Ibídem, p. 143)
[...] La vida es un hecho... ¿Se puede decir entonces que
la paradoja es un hecho? Alma, pobre alma mía, ya no queda
nada en ti... ¡Dudas, dudas, dudas nada más! ¿Y
qué cosa es la duda...? (Ibídem, p. 146)
[...] ¡Ver! ¡Ver!; verme; verme bien... [...] poderme
ver bien y mirar a mi gozo y capricho. (Ibídem, p. 164.)
Nunca dijiste sí, no; sino tal vez, quizás. (Ibídem,
p. 168)
Estaré muerto, gozando solamente lo que amé con firmeza
en la tierra [...] no hay dentro de mí una voluntad que se
empeñe en eslabonar vértebras para uncirme al espanto
de la mecánica social. (Ibídem, p. 169)
[...] Sin embargo soy yo, mi otro yo que soy yo mismo [...] (Ibídem,
p. 171)
[...] Pero esta desesperación que está empezando,
esta zozobra, esta cosa que oblitera lo que aún vive y yo
creí que había acabado, ¿no es el espejo de
la otra vida? (Ídem)
La tesis ideo-estética de la concepción artística
labradoriana queda señalada en la primera de sus novelas.
De ella parten las sendas laberínticas de Cresival, Anteo
y La sangre hambrienta. Son búsquedas alteradoras en la experimentación
creativa y en el sentido agónico del hombre desde su enconada
introversión, litigando como un gladiador solitario en las
arenas de su conciencia. Temeroso y absorto, el hombre labradoríano
este personaje-isla es un héroe trágico
que ve en su celeridad óptica los escorzos de una realidad
atomizada, como un lienzo borroso de fragmentos contrahechos que
derriba las tramoyas del parecer estatuido y provoca con la palabra
el artilugio de los significados.
Procedimientos recurrentes del quehacer fictivo del autor son: imprecisión
cronotópica; fragmen-tarismo episódico; influencia
de la literatura europea, especialmente la española, en el
sentido trágico de la vida meditado por Unamuno, aunque encarnado
en la expresión de los grandes maestros del arte y la literatura
en general; esmero en el trabajo lingüístico como apoyatura
de sentido; tensión realidad/fantasía-sueño-imaginación;
contraposición significado/sentido del cosmos, desplazando
el interés hacia el segundo al devaluar la interpretación
analítica de la realidad y colocar en su lugar el sentimiento,
lo intuitivo, así como destacar la soledad del hombre; rebelión
ante los poderes oficializados de la escritura y de la Historia;
sublimación del YO crítico, desde una perspectiva
iconoclasta y autosuficiente que siempre desemboca en el hermetismo
filosófico y en la imposibilidad de realización; postura
contemplativa por antonomasia en donde se jerarquiza el pensar,
tendente a un nihilismo autodestructivo y, por último, sensación
de desamparo e intemperie del hombre ante Dios y el destino:
Está desnudo, como una bestia, acorralado dentro de su cuarto
estrecho [...] El odio a sus contemporáneos, a aquellos que
le estrujan el talento, bien negándoselo o bien desconociéndolo
[...] (Labrador, 1936:215)
¡Dios! ¿Existes? ¿He de blasfemar sencillamente
contra ti porque no puedo encontrar la razón por la cual
mi vida se hace pedazos? ¿O porque me desamparas de continuo?
Tal vez por eso acaso sólo existas: es decir, para servir
a la razón de mi desamparo y hacer permanente y fijo el estado
de invalidez del hombre contra su destino. (Ibídem, p. 217)
A las cosas hay que ponerle un contenido filosófico para
que se mantengan en pie... (Ibídem, p. 225)
[...]El hombre vino solo y solo ha de irse. Lo que hubo en medio
del hombre fue la farsa grotesca del individuo y la sociedad, la
farsa de la relación entre el sujeto y sus dominadores. ¡Poderes!
El hombre no es más que una víctima de los poderes
creados por su mente; fantasmas que le asechan y le comprimen; pero
no los ve hasta tanto ya no puede dominarlos para oprimir a sus
semejantes o cuando se han vuelto definitivamente contra él.
Mientras, ha gozado de sus beneficios, se ha sentido libre, ilusoriamente
libre y generoso egoísmo de renombre; o falsamente
fuerte egoísmo de independencia. (Ibídem, 227)
Junto con la mixtificación y reclasificación de mitos
frecuentados por el discurso de las vanguardias está el inacabamiento,
incompletez e inasibilidad de lo tematizado. Este es el caso del
diálogo de los lápices en El laberinto de sí
mismo, en donde sucede algo semejante al cuento Tachas
(1928) de Efrén Hernández:
Yo, el que más ha hecho de todos según creo...
y el que más ha hecho no con su vanidosa punta sino con su
inteligente goma... declara... ¡que el amo sabe borrar!
¿Y eso?
[...] ¡Saber borrar!
No. No sólo es saber construir, escribir y guardar;
no sólo es saber publicar con oportunidad, sino, antes, haber
sabido borrar, borrar, borrar. ¡Borrar será siempre
una mejoría, una elevación, un deseo magnífico
que yo alabo! (Labrador, 1933:23)
Como explica Fernando Burgos refiriéndose al escritor chileno
y al cuento mencionado, lo conectivo en la literatura de vanguardia
implica la noción de una práctica en la cual
la escritura se concebía como tachas, como la realización
del proceso en lugar de la perfecta estructuración concebida
o conocida de antemano. (Burgos, 1992:129)
En el prólogo de Anteo dice Labrador: El artista es
un ser que se comunica y, en El laberinto de sí mismo:
Poeta, hombre de vasos capilares. La palabra, el trabajo
en el plano del lenguaje es la materialización verbal del
proceder laberíntico, es decir, el paso por los corredizos
de la realidad con la oblicuidad del pensamiento creativo.
La sangre hambrienta, única novela publicada de las que llamó
cau-diformes, densifica el estado de gas que caracterizó
la complexión de las primeras. La sangre... es, no obstante,
la continuidad de una estética desde otra perspectiva, aparentemente,
frontal. Tiene como soporte fictivo la inserción de la oralidad
y los entredichos de la murmuración, de ahí que el
dicen oblitere la veracidad de lo contado. Es una réplica
a códigos culturales encallados en el telurismo y, al destartalo
de una estructura socio-política resultante de la Historia
falseada.
Los laberintos de los personajes de esta novela se resumen en las
hambres-cárceles que acosan sus conciencias. Son los poderes
arraigados por la tradición, tanto referidos a la ejecución
literaria por ejemplo la rebeldía de Fortunato Cué,
símbolo de un criollismo de otro tipo, crítico porque
es esencialmente artístico como a la necesidad liberadora
del individuo, su deseo según término
utilizado en las reflexiones de Rita Molinero en su imprescindible:
Entre el deseo y la realidad (1992) de ser
y de estar en el centro riscoso de la peculiaridad humana.
El discurso de la Nación se resiente de está réplica
cultural en la que se escuchan el dilema racial y genérico,
asimismo, la corruptela republicana y el desastroso status poscolonial.
Según Molinero:
La sangre hambrienta inicia una modalidad distinta en la narrativa
de Labrador. No se trata de una vuelta a la novela realista como
señaló la crítica de su tiempo, confundida
tal vez por un discurso lúdico que tiene mucho de color local.
Por el contrario, La sangre hambrienta es un texto muy novedoso
en su momento, que subordina el material anecdótico a una
actividad casi erótica con el lenguaje (1992:12)
Dividida en dos cuerpos narrativos, en el primero de ellos: De
mi cuaderno de apuntes, el autor parece exorcizar a los personajes
de fatalismos y coerciones. Una casa que se destruye
asume la protección de sus inquilinos. Vuelve el juego entre
realidad y fantasía, apostando por la segunda para transgredir,
al menos en el espacio de la palabra, las molduras del Poder. Es
una orgía entusiasta por desacreditar los lindes, por la
burla anárquica y el desenfreno. Aparecen las contravenciones
subversivas ¿graffiti? en la escritura anónima
de las paredes prófugas de oficialismos:
Sus cartelitos de Silencio, La Luz hasta las Once, No se Pare en
los Pasillos, cobraban entonces corporeidad vindicativa y se ponían
a caminar en busca de los transgresores.
Algunas veces habían aparecido sobre la caliza de cualquier
pared, letreritos irónicos. Una de esas señales en
el muro rezaba: Paz, tú eres la guerra. Hubo
de ser tenazmente perseguido el escribiente nocturno; jamás
llegó a alcanzárselo [...]. (1950:8)
Podría ser un lugar sin límites como
el título de la novela de Donoso en donde se quiebran
las fronteras de lo prohibido y se excusan las demarcaciones del
Poder(es). Cada cual vive la utopía de su deseo,
la echa a andar en un microcosmos desentendido de la circunstancia.
Para Rita Molinero el deseo es la fuente de los traumatismos
de los personajes de La sangre... Y no disentimos, sólo que
nos detenemos en otro ángulo del asunto sin ser excluyente
de aquel: los Poderes que lo atizan. Al hacer girar la moneda aparece
la carencia como una aporía, es la ansiedad por
algo escamoteado, prohibido, coartado, por lo inamovible del reglamento.
En esta primera parte los personajes actúan, dramatizan sus
aspiraciones en un escenario que los torna reales en la simulación,
en lo fantasmal y artificioso. Son robinsones resistiendo con estoicismo
la dicha peregrina de un falansterio ruinoso. Sin embargo, esta
parte es la única datada con precisión: año
1930, pleno machadato. De manera que el deseo, las hambres-cárceles,
en la comedización de sus desfogues reprimidos aguzan con
las contorsiones de sus máscaras alegres el rictus a contraluz
de una evidencia trágica: [...] sin mirar, sin advertir
[que en acto tan singular ] aquello es representar / aunque piense
que es vivir (Calderón, 1636:127)
La casa propicia la ambigüedad simbólica,
sobre el destartalo histórico y sobre las hambres
asechadas por el rigor y la continencia. De sus paredes mohosas
y de sus aludes de polvo y libros de contabilidad resucitan los
fantasmas deshuesados de nuestra tragedia nacional de
que hablara José Martí en la mejor crítica
hecha a Mi tío el empleado de Ramón Meza. Y este núcleo
polémico importantísimo enmascarado tras el gracejo
y la humorada criolla en el decir, es, justamente, la prioridad
lingüística que aporta el fraseo popular, trenzado en
un discurso estratégico, asaz contestatario y actual:
Voy a dejar estos parajes. La temporada ha sido atroz y una enredadera
de ojo de poeta que yo había sembrado desde niña cayó
bajo la furia del celoso señor alcalde. El señor alcalde
no quiere enredaderas en torno al busto de Martí, por lo
que lo afean según su juicio. Intolerable me parece tal opinión
a ojos vista.
Cuando un pueblo ve estas cosas en silencio y no se rebela, como
dice mi amiga Consolación Medanganas de Cantararias, la verdad,
¿no le dan ganas a uno, aunque sea para consolarse, de cantar,
no precisamente, ¡ay!, arias, señor alcalde?
Todo anda igual; sin ojo de poeta y sin miramiento para las cosas
del espíritu ¿qué nos espera? (1950:25)
Es una francachela duendínica de personajes que viven con
sus humanidades a flor de piel. Desahogan sus hambres
pequeñas, torpes, picarescas, mezquinas, pero suyas
expuestas con lenguaje de inflexiones coruscantes, académico,
donde el dejo popular irrumpe dinamitando la placidez erudita de
la sintaxis, deshaciendo la posibilidad del cansancio en las maneras,
por la prosodia en la ironía y en lo cómico, soterrados
contrastes semánticos que nos llegan por lo contado de oídas,
que captan, además, la dramatización, del lenguaje,
voz y gestos inscriptos en el guiño de una escritura:
Déjame anotar esto:
La toy velando. Voa cumplí do o treg año pero
esa me la paga.
¡Vampira!
El limpiabotas que está en el pequeño zaguancito de
la entrada da consejos a su amigo, un negrito vendedor de periódicos.
No sea verra; la mujere son como la guagua: se va una viene
otra.
Llegó el galleguito que repartía carbón en
el bario.
Gusé; teño mas que ti; mas vergoenza... ¿Cuándo
vas pagar los trinta quilos que debes?
Entonces, el limpiabotas, magistral:
Oy paisa, ¿tú no comprende que Joseito ta en
el erizo y la tragedia? La hora no e buena pa esa metamina; orvida
tanta lujuria; fuma y espera. (1950:17)
El negrito y el gallego restituyen el matiz
vernacular bien entendido esto de nuestro teatro bufo,
contestatario por medio de la risa y del chiste criollo. Esta estampa
no es fortuita en la novela, está hablando a una tradición
viva en sus signos culturales e históricos. Hay desenfado
en el habla, una artificialidad natural, espontánea en el
rebusco que concatena y superpone significados, los amalgama, los
contrae y traspasa, activando códigos escondidos en el decir
sin ataduras, de la palabra popular. Según Adolfo Colombres:
[...] Todo es palabra en el universo, todo en él habla. La
palabra es esencialmente poder, un poder nombrador, creador, fecundante,
que pone en movimiento las fuerzas, que permanecen estáticas
en las cosas [...]
[...] Sólo el poder de la risa puede salvar a lo lúdico
de la banalidad e insuflarle los atributos del fuego, volviéndolo
altamente revelador, por la manera en que desnuda a las falsas palabras,
instrumentos del poder político. (Colombres, 1997:25-26)
Refiriéndose a Rabelais leemos en Anteo:
¡Qué grande fue la palabra en boca de este hombre
[...] qué grande y qué intencionada! Yo no descubro
a nadie pero hay que decirlo siempre aunque repitan los sabidillos
que todo está dicho.
Que a él, entiendo yo, su gracia le venía derecho
de un corazón movido por la travesura y el desenfado; esa
forma de piedad alegre, esa chacota que lleva luto por dentro, ese
grave desgajarse en sonrisa bajo la tormenta. (1940:[131])
La risa rabelesiana tiene fondo filosófico. Es un discurrir
sobre la integración del hombre a las dimensiones espacio-temporales
de la realidad, de ahí la corporización de la palabra
que rompe tabúes y busca analogías en el hontanar
popular o en la matriz de la lengua. Es, también, expresión
de la desmesura, como si cada cosa fuera nombrada a grandes voces,
en sus atributos más extravagantes, como esas series que
explicara Bajtín son refuncionalizadoras de inusitadas
imágenes y combinaciones de imágenes grotesco-fantásticas:
Tenemos en cuenta a la risa no como acto biológico
y sicofisiológico, sino a la risa en su existencia cultural
socio histórica objetivada, ante todo en la expresión
verbal [...]. (Bajtín,1986:445)
Lo que admira Labrador en Rabelais es la actitud subversiva del
lenguaje, en las interpolaciones de lo culto y lo popular y, también,
en el tirón desenmascarador de la risa, de lo cómico
que acorrala las distancias del objeto hasta sorprenderle su vacío,
el abultamiento del maquillaje con que el Poder remodela sus discursos.
Para Labrador, la risa es válida, igualmente que para el
escritor francés, en la expresión verbal,
que es condición primera, legitimadora, de la existencia
cultural, es decir, del ser que identifica una determinada
comunidad y cómo ésta se piensa ante sus vicisitudes
históricas. Al respecto, leamos un fragmento ilustrativo
de ese encadenamiento de palabras lexicalizadas por el abuso del
discurso oficial y que no escapan al sentido hilarante descubierto
en sintagmas de construcción estrepitosa: [...] hasta
que se enteró que a virtud de una política constructiva
que se estaba desarrollando en todo el país por la consolidación
definitiva de los principios inmanentes de la patria permitía...
si esta es la palabra ... Bueno, lo que se permitía saltaba
a la vista. Iba a vender billetes; iba a vender chivichana.
(1950:71)
La última novela de Labrador concentra su propuesta estética
como hemos insistido en el plano lingüístico
al igual que las gaseiformes, sólo que en La
sangre... se aprecia una densidad narrativa mayor. Es un diálogo
crítico con la Cultura y con la Historia, en donde la murmuración,
el mundillo fabulante coloca la clave de una lectura
en clave, es decir, el travestismo de lo contado, de lo re-dicho
por el imaginario social. El narrador, oculto a lo largo del texto,
relativiza la verdad transcrita de los decires y, además,
por el distanciamiento cronológico, por el extrañamiento
de dos puntos de vista diferentes, el del hombre de la casa de huéspedes
con que se inicia el libro y el del niño que vive los episodios
provincianos. Ante nuestros ojos quedan las conceptualizaciones
de los poderes: sexistas, éticos y raciales. En torno a ellos
se tejen los agonismos de estos dramas individuales falseando los
símbolos en el disfrazamiento de sus deseos,
de sus intrincadas hambres de plenitud. La casa es margen
franco para la ensoñación de una libertad en el orden
moral y que más tarde quedará deshecha por el irrecusable
Poder de la circunstancia. Asimismo, el tren y el andén
metaforizan las hambres del cautiverio, es la necesidad
vital de trasponer horizontes, de romper lo reticulado por las asechanzas
de lo convencional y estatuido. Estas ansiedades interesan tanto
a personajes positivos como negativos si al cabo, en este
recuento de subjetividades, semejante dicotomía fuera posible
que luchan desde el fondo de sus conciencias:
Las muchachas cogidas de la mano según el estilo tradicional
del pueblo, a partir de que llegaban al andén empezaban a
aislarse del mundo de todas las rutinas cotidianas y entraban en
una suerte de alta mundanidad que a él en este punto se le
trocaba como la verdadera y única digna de sus valores; mundanidad
por muchas razones loable y encomiable; mundanismo no pervertido
sino simplemente anhelante de correspondencia y ajuste; carga a
la bayoneta contra las formas del destino inasequible y el azar
correntón y no sujetable. (1950:47)
Estefanía, Escipión, Hipólito Vergara, la Catalana,
Manolito Corbillón el chulo del Trasvaal,
el prostíbulo del pueblo, el inescrupuloso farmacéutico,
antiguas querellas pendientes entre negros y gallegos nota
histórico-cultural directamente vinculada al discurso político
de la Nación, las miserias de la condición humana,
sin distingos de rangos sociales ni supercherías raciales
Varaelrey-Salomé-Belén Calvario, entre
otros personajes-asuntos ambulando por esta novela con sus soledades
y hambres laberínticas malabarizan, entre la realidad y la
fantasía, entre la locura y una sospechosa sensatez: Pero
me he perdido con toda esta madeja de recuerdos y al fin un día
en que hizo buen tiempo, contra todas las predicciones que de un
tal Faquineto llegaban a intervalos de la capital, el circo alzó
su carpa, encendió sus lámparas de acetileno y desplegando
con joyante oropel, su mundo de fantasía.... (1950:204)
El circo desata las amarras de la fantasía. Mundo
engalanado por el artilugio de la luz y el color, el circo no puede
faltar en el confinamiento provinciano. Máscaras y risas
encubren el terrible desafío del volatinero. Una corriente
eléctrica de deseo agranda los ojos que quieren verlo todo,
incluso, la postrer voltereta de la muerte:
En este punto fue cuando por primera vez vi alzar como una muralla
la sangre peculiar de nosotros los del pueblo, sangre zumbona y
caliente, sangre viva y despierta, sangre ávida y hambrienta
de todas las cosas, así buenas como malas. Descubrirlo no
sé lo que me beneficiaría ¿pero es que siempre
los descubrimientos traen algún beneficio? Sí y no.
Ahora no voy a hacer la nómina, con doble columna, de tal
entequez. Abandono el asunto y digo que y o estaba en ese período
excesivamente crítico de aguda observación de muchos
ojos para todas las cosas, de incesantes pesquisas, de inagotables
inquisiciones. Mi sangre, también hambrienta en una palabra,
que busca y busca y aún lo hace. (1950:205)
En Cartas a la carte, libro con que cierra su producción
y su ciclo vital, Labrador deja sentir ese grito asordinado que
ha recorrido toda su existencia: buscar, buscar. Al cabo, el escritor
sigue fiel a su cosmovisión filosófica y a su insaciabilidad
de conocimiento y de saber. Lo alarmante en este libro pre-póstumo
no son sus malhumorados desfogues, sino la intensidad dramatica
que ha colmado el último recodo del laberinto:
Uno anda entre laberintos, por eso puse al primer libro mío
El Laberinto de sí mismo; luego quise dejarlo todo en Laberinto
pero no. Es el mío, el del joven temerario que despreciaba
la vida y la del viejo temeroso que la respeta profundamente. [...]
El hombre interior está en la última etapa de realización.
Aspira al mundo de verdad y no es posible que destruya esa esperanza
final. [...] preciso entrar por algún boquete del tiempo
y visitar el otro lado del laberinto. (1991:89, 90, 91)
El núcleo de la estética personal de Labrador
Ruiz es la concepción laberíntica. Es 1a noción
intelectualizada de su postura artístico-filosófica
revertida en la estructura temático-composicional de sus
narraciones. Al final de su vida, el autor se nos muestra como uno
de los personajes agonistas de sus libros. Ya no son doblaturas
de mi propio yo, sino, simplemente, el hombre dialogando consigo
mismo en el último paso de su vida, lanzando cartas que aligeren
la grave certidumbre de la intemperie, pues a la vuelta de los laberintos
sólo ha hallado ¡Máscaras!, ¡Máscaras!:
Uno anduvo entre laberintos; uno se arrepiente, pero uno cae de
nuevo en superficie deletérea. Sea mi alma una flor destrozada
pero no perdida. Flor, flor, y no jugadora malevolencia para lanzar
flores envenenadas. En el ojo humano queda siempre algo: vio el
mundo, esta pústula, y de ello se corroe su alma. El ojo
humano transmite pasión y ardor, excremento y salvaje castidad...,
pero el ojo humano se cierra de una buena vez, a cierta altura de
los acontecimientos, y ya no registra sino la tragedia de la huida,
de la espera, de la salida, del pasional desencanto. ¿Quisiera
ver ese ojo mucho más de lo que hay ? Es inútil: él
queda de este lado en tanto el yo, que es intransferible y no está
limitado por nada, recorre con parsimonia los primeros estratos
del futuro. Allí me pongo, me instalo, me deslizo y vuelvo:
la combustión de la vida regresa cenizas aromáticas
y en ella quisiera arder de nuevo. Mejor, silencio; mejor entretenerse
con el perfil de la gente que te saluda al paso. Seguiré
orando en vigilia. Los polizontes del frenesí mesiánico
¡atrás! Me acojo a una divisa tranquilizante: el que
se para se traiciona.
Cierro y firmo. (Labrador, 1991:92)
Notas
1 No nos cansaremos de remitir al lector de nuestros trabajos al
artículo de Perla Rozencbaig: Las novelas gaseiformes
de Enrique Labrador Ruiz (citado en las referencias), de hecho,
estos datos importantísimos y otras reflexiones que apoyan
o desarrollan las nuestras en este acercamiento parten de aquí.
2 Dice Labrador en sus Notas para una estética personal
(Universidad de Antioquia, No.44, febr.-mar.,1941:615-617): [...]
podría decirles que para crear de esta forma me he apoyado
tan solo en las aristas de una realidad profundamente táctil
a mis sentidos; arístas ocultas y vibrátiles, apenas
sensibles a la mordedura de una pluma lerda y esquiva, ya que me
inclino por lo común hacia lo que ha sido menos fácil
de registrarse en un pulso que se gobierna bajo el acicate de lo
transitorio, lo huidizo y lo desatado... Y todo ello en razón
de que me es muy caro el mundo que me rodea; que amo ese mundo contradecido
y fatalista cuya apretada urdimbre nos envuelve en una perpetua
atmósfera de angustia; que soy parte de esa angustia [...]
La actualidad transeúnte supone, pues, un estado de permanencia
artística en cuanto al mundo mágico de la creación,
pero al mismo tiempo traduce rémora, lastre podritorio y
hay que aligerar el lastre finito de la temática. A mí
no me interesa más que el hombre, la conducta humana por
fuera y por dentro, de frente y de perfil, en la dirección
de su espiritualidad y en el radio de su materialidad; el gran contorno
del individuo en su hacer y su quehacer; lo que está más
allá de todo posible fingimiento: su alma divina y su carne
miseranda coronadas de dolor hasta la vela de su agonía mortal.
Referencias
Alemán, Mateo. (1950): Vida del pícaro Guzmán
de Alfarache. Imprenta de Moreno. Madrid, 1829. 459 p.
Arlt, R. (1926): El juguete rabioso. En su: Antología
Roberto Arlt / Prólogo David Viñas. La Habana : Casa
de las Américas, 1967. 259 p.
Bioy, Adolfo. (1940): La invención de Morel. Madrid : Edición
Trinidad Barrera, Cátedra Letras Hispánicas, 1991.
341 p.
Braudillard, J. (1981): Citado por Roy, J.
Burgos, Fernando. (1929): Vertientes de la modernidad hispanoamericana.
Caracas : Monte Ávila Editores Latinoamericana, S.A., 1995.
269 p.
Calderón de la Barca, Pedro. (1636): El Gran Teatro
del Mundo. En su: Autos sacramentales / Ed. y notas Ángel
Valbuena Prat. Madrid : La Lectura, 1926-1927. 2 v.
Cirlot, Juan Eduardo. (1958): Diccionario de símbolos tradicionales
/ Editor Luis Miranda. Barcelona. 456 p.
Colombres, Adolfo. (1997): Celebración del lenguaje. Hacia
una teoría intercultural de la literatura. Buenos Aires :
Ediciones del Sol. 374 p. (Serie antropológica)
Chaple, Sergio. (Historia de la Literatura Cubana, inédito)
Hernández, E. (1928): Tachas. En su: Cuentos.
México, 1941. 208 p.
Labrador, Enrique. (1933): El laberinto de sí mismo. Habana
: Carasa y Cía., 1933. 179 p.
_______. (1936). Cresival. Habana : Talleres de Carasa y Cía.,
1936. 234 p.
_______. (1937): Grimpolario (saldo lírico). Habana : Carasa
y Co., 1937. 102 p.
_______.(1940): Anteo. La Habana : Talleres Carasa y Cía.,
1940. 211 p.
_______.(1941): Manera de vivir. (Pequeño expediente literario).
Habana : Talleres La Mercantil, de Palacio Cía.,
1941. 108 p.
________. (1945): Papel de fumar. (Cenizas de conversación).
La Habana : Editorial Lex, 1945. 126 p.
________. (1947): Carne de quimera (novelines neblinosos). La Habana
: Talleres de Tamayo y Cía., 1947. 197 p.
_______. (1948): Trailer de sueños. La Habana : Colección
Alameda, Talleres Ayón, 1948. 38 p.
_______. (1950): La sangre hambrienta. [Habana] : 1950. 232 p. (Colección
Nuevas Novelas Cubanas)
_______. (1953): El gallo en el espejo. La Habana : Editorial Lex,
1953. 163 p.
_______. (1958): El pan de los muertos / Prólogo de Armando
Álvarez Bravo y Juana Rosa Pita. Miami : Edición Universal,
1988. 226 p.
_______. (1984): Labrador Ruiz... tal cual. Conversaciones con Reinaldo
Sánchez. Hispamerican Books, 1984. 95 p. (Colección
Letras Hispanas)
_______. (1991): Cartas a la carte. / Prólogo y selecc. Juana
Rosa Pita. Miami : Ediciones Universal, 1991. 146 p.
Meza, Ramón. (1887): Mi tío el empleado / Prólogo
Manuel Cofiño. La Habana : Editorial Arte y Literatura, 1977.
317 p.
Montes, Matías. (1980): Homenaje a Enrique Labrador Ruiz
(Textos críticos sobre su obra) / Edición Reinaldo
Sánchez. Montevideo : Editorial Ciencias. pp. 70-76.
Onetti, Juan Carlos. (1939): El Pozo. En: Quince relatos
de América / Notas Antonio Benitez Rojo. La Habana : Casa
de las Américas, 1971. 523 p.
Palacio, Pablo. (1928): Débora. En su: Un hombre
muerto a puntapiés. Ciudad de La Habana : Casa de las Américas,
1982. 204 p.
_______. (1932): Vida del ahorcado. Ibídem.
Piñera, Humberto. (1952): Filosofía de la vida y Filosofía
existencial. (Ensayos). Habana : Publicaciones de la Sociedad Cubana
de Filosofía. 226 p.
Rilke, Rainer María. (1910): Cuadernos de Malte Laurids Brigge
/ Prefacio Guillermo de Torre. Buenos Aires : Editorial Losada.
243 p.
_______. (1929): Cartas a un joven poeta. Buenos Aires : Editorial
Bajel, 1943. 97 p.
Roy, J. (1981): ¿Hay un surrealismo Hispanoamericano? La
palabra y el hombre (Xalapa, México) (38-39):32-37; abr.-sept.
1981.
Torres Bodet, Jaime. (1931): Proserpina rescatada. Madrid : Talleres
Espasa-Calpe, SA. 239 p.
Unamuno, Miguel de. (1914): Niebla / Introducción, notas
y actividades de Milagros Rodríguez Cáceres. [España]
: Editorial Bruño. 330 p.
regresar
|