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Poetisa, ensayista e investigadora literaria.
"Nicolás
Guillén (1902-1989) es el más español de todos
los poetas cubanos", ha afirmado con certeza el investigador
y crítico cubano Salvador Bueno, director de la Academia
Cubana de la Lengua. Dicha afirmación, que es un axioma aceptado
y compartido en los más exigentes círculos literarios
de la isla, comprueba la necesidad de abordar la magna obra poética
y periodística del autor de los Motivos de son (1930) en
función de la lengua española. No sólo porque
ella misma es un ejemplo fehaciente de un fenómeno químico,
de una simbiosis y de una expresión nacional que es la más
significativa a lo largo del siglo que termina, sino porque revela
la existencia de dos artes poéticas gestadas a ambas orillas
del Océano Atlántico: dos poesías y una lengua.
Unos trescientos veinte millones de habitantes del planeta hablan
el castellano aunque no siempre lo leen y lo escriben. Más
allá de las diferencias lexicográficas o fonéticas,
de cada acento local, préstamo o modismo efímero,
tanto en España como en América, la palabra nos vincula
a todos, pero sobre todo _y es lo más importante_, vincula
a nuestros pueblos al permitirnos compartir un territorio cuya superficie
todos hemos contribuido a expandir. Como ha dicho Mario Benedetti
"son señales de identidad, contraseñas que cruzan
el océano".(1) La poesía
de Nicolás Guillén es una flor del trópico
batida entre las olas de ese océano y se inscribe, por tanto,
en la mejor historia del español de América. Ese trópico
es el mismo trópico que Gabriela Mistral descubre en la lengua
de José Martí y que llega a elogiar con gesto emocionado
no sólo por su esencial virtud de amor a la naturaleza circundante
sino por su vital originalidad literaria.(2)
Tono
y vocabulario serán, a su vez, características originales
de esta poesía cuyas excelencias fueron reconocidas tempranamente
por las figuras más descollantes de la generación
del 98. He querido traer aquí una carta visionaria que contribuyó
a situar, desde sus inicios, esas excelencias de forma y contenido,
las cuales integraban el genio creador de esas artes poéticas
a ambas orillas, cuya historia ya habían fundado
Rubén Darío y José Martí a fines del
siglo xix. Les hablo de la famosa carta que Miguel de Unamuno enviara
al poeta el 8 de junio de 1932:
Señor
Don Nicolás Guillén _Habana
Hace
ya tiempo, señor mío y compañero, desde que
recibí y leí _apenas recibido_ su Sóngoro
cosongo, que me propuse escribirle. Después lo he vuelto
a leer _se lo he leído a amigos míos_ y he oído
hablar de usted a García Lorca. No he de ponderarle la
profunda impresión que me produjo su libro, sobre todo
"Rumba", "Velorio de Papá Montero"
y los motivos del son. [sic] Me penetraron como a poeta y lingüista.
La lengua es poesía. Y más que vengo siguiendo el
sentido del ritmo, de la música verbal, de los negros y
mulatos. No sólo en los poetas negros norteamericanos,
que gusto con fruición, sino hasta en los que cantan en
papiamento _lengua, como sabe, de los de Curaçao_ que he
aprendido. Es el espíritu de la carne, el sentimiento de
la vida directa, inmediata, terrenal. Es, en el fondo, toda una
filosofía y toda una religión. Usted habla, al fin
del prólogo, de "color cubano". Llegaremos al
color humano, universal o integral. La raza espiritual humana
se está siempre haciendo. Sobre ella incuba la poesía.
Y pues que usted dice: "nuestra risa madrugará sobre
los ríos y los pájaros", quiero enviarle aquí
una cosilla que escribí el 5 de enero del año pasado,
1931, cuando no conocía su libro. Dice:
Bienaventurados
los que lloran,
porque
ellos se reirán.
Melchor,
Gaspar, Baltasar,
tres
magos; Baltasar negro;
noche
negra, van los magos
y
el negro mirando al cielo
de
las estrellas se ríe,
y
la blanca luna, espejo
se
le ríe, se le ríe,
y
el Niño, al ver mago negro
se
echa a reir, y su risa
mece
el pesebre del cielo.
Risa
pura, luna llena,
funden
las nieves del suelo.
Conquistarán
nuestra tierra
con
risa pura los negros:
con
risa que es sólo risa.
Dios
les aguarda riendo;
magia
de risa les cría,
negra
noche, Dios sin ceño...
Dichosos
los que se ríen,
que
dormirán sin ensueños!
Día
de Magos de 1931
Y
nada más... por ahora.
Aquí
me tiene, ahora en Madrid, en este Parlamento, y regularmente
en mi Salamanca.
Le
tiende su mano como a compañero de ensueños,
Madrid,
8 VI, 32
MIGUEL
DE UNAMUNO (3)
Pocos poetas cubanos, antillanos o hispanoamericanos acapararon
la atención y el elogio, en tan temprano momento de su obra,
de una figura cumbre de las letras hispánicas y emblemática
de lo que ya para entonces se conocía bajo el nombre de generación
del 98. El espíritu de confraternidad que subyace en la
carta mueve a pensar que Unamuno, ya a finales de 1901, tenía
una clara conciencia de la cuestión y, por ello mismo, abogaba
por la renovación de la lengua exhortando a la hispanidad
de su momento a aceptar la presencia de una lengua extendida más
allá de las fronteras peninsulares.(4)
Así
las cosas, es un lugar común en los estudios sobre la poética
de Guillén, encontrar constantes referencias a su innegable
deuda con el Siglo de Oro español. Por su parte, Guillén
se encargó de dejarlo claro y bien sentado a lo largo de
infinitos testimonios. Por ejemplo, recuerdo la recurrente alusión
a las figuras tanto de su padre _el periodista y senador liberal
Nicolás Guillén y Urra_ como de su padrino don Sixto
Vasconcelos. En entrevistas concedidas y a lo largo de sus crónicas
y ar-tículos, Guillén ha confesado el origen de sus
primeras lecturas casi todas efectuadas allá en su Camagüey
natal, en la biblioteca paterna o en la de don Sixto quien, por
demás, "Era presidente de la Audiencia [...] cargo al
que creo que lo había llevado mi padre. Gustaba contar incidentes
de su vida de estudiante en Madrid, donde _decía_ conoció
y trató mucho a Emilio Bobadilla [Fray Candil] y Luis Bonafoux".
(5) No hay duda posible. Sus lecturas formadoras
y definitivas fueron los clásicos españoles: Quevedo,
Góngora, Garcilaso, Fernando de Herre-ra,6 Cervantes. Luego,
en la primera juventud, no todo era el Siglo de Oro y, los amigos
de la revista Lys sorprenden al joven Guillén disfrutando
no sólo de Gustavo Adolfo Bécquer sino de algún
que otro Campoamor, o Núñez de Arce y, por supuesto,
Rubén Darío. Sin que entremos a pormenorizar preferencias,
lo cierto es que la obra poética de Guillén _en la
que, por otra parte, pueden delinearse tres claros períodos
de evolución_ respira y, de hecho, se nutre de la mejor poesía
de su lengua materna. Lo que ocurre, sin embargo, es que esa poesía
actúa en el autor de Cantos para soldados y sones para turistas
(1937) en sus dos maravillosas vertientes: la popular y la culta.
El primer período de Guillén que va, según
criterio de Ángel Augier, de 1930 a 1937, está principalmente
sostenido por la poesía de los cancioneros primitivos hispánicos,
del romancero anónimo y aun, en el siglo xv, de las canciones
de amigo puestas de moda entre los donceles nobles de esta época
que rechazaban toda poesía popular para afiliarse al gusto
exclusivo del Cancionero de Baena. Algunos críticos aseveran
que, por ejemplo, en West Indies, Ltd. (1934), en las interrupciones
de la charanga, se aprecia el rumor de las letrillas de Góngora
y algunos ecos de Quevedo; es decir, que se le siente vivir en una
tradición. Guillén es un poeta de la tradición.
Un poeta de fusiones por cuya magnífica expresión
transcurre un garfio subterráneo que sella lo popular a lo
culto. Para Cintio Vitier, el hallazgo del son constituye uno de
los aportes paradigmáticos de Guillén a nuestra poesía:
"Toda su poesía, en efecto, gira en torno a este eje
rítmico [...]. La estructura formal del son guilleniano parece
proceder del estribillo o montuno del son popular, generalmente
interpretado por sextetos típicos, que se cantó y
se bailó en Cuba, junto al más estilizado danzón,
hasta los años 30". (7)
La expresión poética de Nicolás amulató
diversas formas métricas hispánicas. He llegado a
la conclusión de que, ya en el plano de la poesía
culta, sus hallazgos formales son: un verso amplio, discursivo donde
el yo poético se ajusta al yo vital y viceversa; un verso
de molde clásico de arte mayor o menor según convenga
al propósito del autor en el que, a ratos, el yo poético
no es un yo sino un nosotros _épico más bien; un monólogo
plural, proveniente del nosotros whitmaniano_, al que integra formas
propias de la híbrida cultura nacional. Un verso breve, de
nominaciones elípticas, útil al poeta para la sátira
y ejercitado tanto en sus sones como en sus epigramas y madrigales.
Este último verso es la base de poemarios como El gran zoo
(1967) y de secciones de La rueda dentada (1972). Aparece en West
Indies..., por ejemplo, que es un poema fluvial, prosaico, quevedesco.
Comparto ampliamente la interpretación que de este fenómeno
nos ofrece Roberto Fernández Retamar:
[...]
Por lo pronto, la presencia del endecasílabo (hábilmente
mezclado en "Sabás", y usado dentro del tradicional
terceto en "Nocturno en los muelles") y del alejandrino,
en el hermoso soneto "El abuelo", dan una nota nueva
en esta poesía. Se trata de una clara aceptación
de la tradición española. Junto al verso amplio
y desigual, y al poema breve, casi siempre en forma de son, este
empleo de las formas cultas de la poesía española
(versos de arte mayor, combinaciones tradicionales como tercetos
y sonetos) constituye una tercera línea de la obra de Guillén,
que aparece aquí y va a continuar hasta nuestros días,
testimoniando la importancia otorgada por el poeta a su filiación
hispánica. [...] no sólo en "Maracas"
o en "Dos niños" lo vemos moverse con admirable
libertad, sino incluso en ese poema aparentemente trabado dentro
del exigente terceto: "Canción de los hombres perdidos".
Por el contrario, sus versos eneasílabos nos arrojan una
muestra violenta del sentido creador con que Guillén aborda
este tipo de poema; al mismo tiempo, nos muestran el laborioso
trabajo del poeta:
Con
las orejas excavadas,
rojos los ojos como rábanos,
vamos por las calles calladas. (8)
Quisiera
detenerme en este punto de los clásicos del Siglo de Oro
y la expresión poética de Guillén. Sucede que
ese primer período de su obra, particularmente los Motivos
de son, ha sido calificado por muchos estudiosos como hijo de las
letrillas de Góngora. Tengo la certidumbre de que Guillén
amó a Góngora. Naturalmente que sí. La cuestión
es saber cuál Góngora se amoldó a su proyecto
literario. Pienso que el Góngora al que se acercó
Guillén es el Góngora revisi-tado por los poetas de
la generación del 27. No hay que olvidar que la obra y la
figura del genial cordobés estuvo en el centro de las propuestas
conceptuales y estilísticas de Dámaso Alonso (9)
y de Federico García Lorca.10 No creo casual que José
Lezama Lima le dedicara desde estas coordenadas, uno de sus más
iluminados ensayos "Sierpe de Don Luis de Góngora"
que, de alguna manera, estuvo en la estética de los poetas
de Orígenes. En su proverbial conferencia
dedicada al poeta de las Soledades y de la Fábula de Polifemo
y Galatea _pronunciada en esta ciudad y, justamente, bajo los auspicios
de la Institución Hispano-Cubana de Cultura que animaba Fernando
Ortiz_, Federico García Lorca rescataba de su opacidad a
aquellas zonas de la poesía gongorina que la mala preceptiva
al uso había desalojado de los programas de estudios porque,
de hecho, lo habían convertido de "ángel de luz"
en "ángel de tinieblas". Por el contrario, según
el ojo renovador de Lorca, eran obligados el estudio y la alabanza
de Núñez de Arce, "el insípido";
Campoamor, "poeta de estética periodística, bodas,
bautizos, entierros"; o "al Zorrilla malo (no al magnífico
Zorrilla de los dramas y las leyendas)". (11)
La reacción de los poetas del 27 al organizar los festejos
por el centenario de Góngora centró su perspectiva
proponiendo una relectura de Góngora con prismas meridionales.
Quizás fue ese instante el comienzo del rebote de esa poesía
compartida entre ambas orillas. En este sentido, Rafael Alberti
ha vuelto a insistir sobre cómo en aquel momento la poesía
de Góngora alentó a los poetas del 27 a una transparencia
en el ejercicio del gusto y en la libertad de ejercerlo frente al
verso proveniente de las formas tradicionales y al verso libre,
casi conver-sacional. Góngora fue un estandarte que les servía
para apreciar mejor la esencia verdadera de lo literario. Fueron
acusados de someterse exclusivamente a las formas tradicionales,
de cerrar caminos y de caer en un oscuro andalucismo. Frente a sus
detractores, tanto Lorca como Alberti reaccionaron haciéndoles
saber que no debían huir de nada, ni de la retórica
misma. Cada obra lleva su forma intrínseca: en formas métricas
o en verso libre. Por consiguiente, cultivaron la décima
junto al soneto; producían liras y verso libre, en fin, lo
que les diera la gana. Como apunta Alberti, citando a su vez una
idea del poeta Gerardo Diego. "La gana es sagrada". (12)
Las elegías de Nicolás Guillén, en particular
su prodigiosa "Elegía a Jesús Menéndez"
_que Mirta Aguirre calificó de oratorio por su "alarde
de variaciones métricas"_, (13)
creo que comparten esta actitud. Abierto incluso a la introducción
de datos de la Bolsa de Nueva York, este poema integra en su espléndido
y cívico cuerpo un enjambre de formas tradicionales y libres
en cuyo transcurso la imagen y la metáfora tienen un rumor
que bebe en las fuentes luminosas de Góngora.
II
En Guillén cohabitan una España literaria y una España
factual, caras de una misma moneda. Su voluntad de estilo forjó
un perpetuo túnel de vasos comunicantes entre esas dos Españas.
Tan es así que al preguntarle Jaime Sarusky qué acontecimiento
habla influido en él con mayor fuerza, dando un profundo
sentido a su vida, contesta: "Podría hablar de cinco.
La muerte de mi padre, en 1917. La caída de Machado, en 1933.
La cercanía española, en 1937. Mi ingreso en el Partido
Comunista, ese mismo año. La Revolución, en 1959".
(14) Como se sabe, para Guillén fue
decisiva esa "cercanía española" de 1937.
Junto a Juan Marinello, Alejo Carpentier y Félix Pita Rodríguez,
entre otros, integró la representación de intelectuales
cubanos que participaron en
el Congreso Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura,
celebrado en enero de 1937 en las ciudades de Valencia, Barcelona
y París; en ellas conoció la experiencia de la guerra.
Los incidentes, hechos y personas que marcaron su estancia en aquel
territorio ancestral los recogió en un tomo, Hombres de la
España leal (1938) de autoría compartida con Juan
Marinello. No por casualidad, ni por elegancia, he hablado de territorio
ancestral. Esa España factual en donde siempre alentó
la literaria, para Guillén, es parte indisoluble de su ser,
de su cosmovisión, de su historia personal. En México,
en mayo de 1937, en vísperas de embarcar hacia España,
ha escrito todo un poemario bajo un título revelador: España;
poema en cuatro angustias y una esperanza (1937), no por azar al
cuidado del editor orfebre que fue Manuel Altolaguirre. El poeta
incursiona de nuevo sobre el destello de las formas tradicionales
(serventesios, tercetos, silvas), alterando el verso amplio y discursivo
con el verso de arte menor, pasto esencial de la canción
popular en nuestra lengua.
Yo
la siento,
la
raíz de mi árbol, de tu árbol,
de
todos nuestros árboles,
la
siento
clavada
en lo más hondo de mi tierra,
clavada
allí, clavada,
arrastrándome
y alzándome y hablándome,
gritándome.
La
raíz de tu árbol, de mi árbol.
("Angustia
segunda") (15)
Para
el crítico puertorriqueño Jorge María Ruscalleda
Bercedóniz la "Angustia segunda" es "una ampliación
del tema de la hispanidad en medio del desastre de la guerra".
(16) El poema "España" desborda
una expresión castiza, de impecable calidad formal, que alude
a los grandes trazos de ese espíritu de la poesía
castellana, dura, de tonos ocres, en fin, esa zona de la poesía
española de tan definida capacidad para expresar lo opaco
de una sombra, su misterio y su inherente pavor. La tierra castellana
umbrosa y firme es la que alienta en estas imágenes de la
España guilleneana que corresponde a la España factual,
"rota", al decir del poeta. Misterio y terror planean
por la "Angustia primera", van perfilando su lineal enunciación
poética. Para don Ezequiel Martínez Estrada, la "Angustia
cuarta" resultará ser "una de las más bellas
composiciones de Guillén, posiblemente de la lengua castellana,
[que] es el tríptico que consagra a Federico", a quien
llamará, después, "el más próximo
de los poetas". (17)
Toco
a la puerta de un romance.
_¿No
anda por aquí Federico?
Un
papagayo me contesta:
_Ha
salido.
Toco a una puerta de cristal.
_¿No
anda por aquí Federico?
Viene
una mano y me señala:
_Está
en el río.
Toco a la puerta de un gitano.
_¿No
anda por aquí Federico?
Nadie
responde, no habla nadie...
_¡Federico!
¡Federico!
La casa oscura, vacía;
negro
musgo en las paredes;
brocal
de pozo sin cubo,
jardín
de lagartos verdes.
Sobre la tierra mullida
caracoles
que se mueven,
y
el rojo viento de julio
entre
las ruinas, meciéndose.
¡Federico!
¿Dónde
el gitano se muere?
¿Dónde
sus ojos se enfrían?
¿Dónde
estará, que no viene?
(Una canción)
Salió el domingo, de noche,
salió
el domingo, y no vuelve.
Llevaba
en la mano un lirio,
llevaba
en los ojos fiebre;
el
lirio se tornó sangre,
la
sangre tornóse muerte.
("Angustia
cuarta") (18)
Para Nicolás Guillén, tanto en la obra como en la
persona de Federico García Lorca convergen las dos Españas
que he intentado enunciar. Fue Federico quien puso en manos de Unamuno
los primeros poemas de Guillén tal como lo testifica su carta
de 1932 aquí citada. Guillén recuerda así la
visita de Lorca a La Habana:
A
García Lorca lo conocí en La Habana, hace treinta
y un años. Me lo presentó José Antonio Fernández
de Castro, aquel animador de la cultura cubana que supo descubrir
en muchos jóvenes de su tiempo grávidas zonas de
talento creador, que otros no pudieron o no quisieron ver. Aquel
día _renuncio a la fecha exacta_, anduvimos juntos desde
la mañana y juntos almorzamos en una casa de la calle de
Ánimas. [...] Así nunca he olvidado que antes de
sentarnos a la mesa la dueña de la casa nos sirvió
ron, ron del llamado "carta de oro". Lorca tomó
el pequeño vaso y durante mucho tiempo se mantuvo sin apurarlo.
Su goce consistía en poner el cristal a la altura de los
ojos y mirar a través de la dorada bebida. "Esto se
llama _decía_ ver la vida color de ron...". Y se burló
con mucha gracia y talento del viejo Campoamor. [...].
Habían
aparecido por aquel entonces los Motivos de son.
Él
retuvo el ritmo de esos poemas y luego escribió un "son"
suyo, un "son" lorquiano, que dedicó a Fernando
Ortiz [...] Cuba imprimió en aquel espíritu una
profunda marca, que él devolvió en auténtica
comprensión. (19)
Si
en Federico la "palabra consabida y reiterada de los cancioneros
primitivos españoles"20 alcanzó en él
su vuelo más alto, no es menos cierto que el romance alcanzó
en su voz sus más brillantes fulgores. Escuchemos a Rafael
Alberti:
Pero
el romance lo había traído nuevamente Juan Ramón,
su gran hallazgo alado, flexible, musical, frente a las formas
métricas duras y caprichosas del modernismo. Poco después
que el poeta de Huelva, Antonio Machado, escribe La tierra de
Alvargonzález, una terrible historia castellana romanceada
en llano estilo. Pero el romance de Federico es otro, su anécdota
real sucede casi siempre cargada de secreto, escapando
a veces _como en el "Romance sonámbulo" o en
"La pena negra"_ a todo claro intento de relato. García
Lorca, sobre las piedras del antiguo romancero español,
con Juan Ramón y Machado, puso otra, rara y fuerte, a la
vez sostén y corona de la vieja tradición castellana.
(21)
En
esa flecha tendida, a ambas orillas del océano, halló
Guillén mucho de su expresión cubana porque Cuba,
a su vez, significó un escalón mayor en la búsqueda
que había desplegado Federico, desde su descubrimiento de
Harlem, a favor de su propia estética. Aquí en La
Habana, escribió su famoso "Son de Santiago de Cuba",
dedicado a Fernando Ortiz, como ya se ha dicho. Don Ezequiel Martínez
Estrada observó de alguna manera ese triángulo medular
que constituyeran Guillén, Lorca y el Son. No obstante, manifestó
con firmeza que: "No hay analogía entre la poesía
de Guillén y la de García Lorca, mas sí hay
homología. Son consanguíneos". (22)
Para Juan Marinello, por otra parte, este poema "es una breve
e intensa alusión a la Cuba natu-ral e imaginada _tierra
y garbo_ que deslumbrara a Federico, avivándole gráciles
estampas de su niñez. Por entre las imágenes instantáneas,
marcha el fino hilo rojo que ensarta, con claro asombro, lo andaluz
con lo cubano, lo gitano con lo mulato. El "Son" de Federico
es un encuentro, sin dejar de ser una sorpresa. (23)
Un encuentro, agregaría yo, uno de los primeros entre dos
artes poéticas cruzadas a ambas orillas del océano.
Quiero insistir, no obstante, sobre la idea, en nuestro autor, de
esas dos Españas que he intentado. La factual y la literaria
son una, sin deslinde alguno. Me atrevería a decir que incluso
en esa España factual de Guillén _como suele ocurrir
las más de las veces para los hispanoamericanos_, hay una
visión metafóricamente global de España.
En
un excelente estudio sobre el poeta sevillano, autor de Campos de
Castílla, Guillén define la españolidad de
Antonio Machado de forma tajante: "Sea o no andaluza su raíz,
sea o no castellana, Machado es un poeta profundamente español".
(24) Y más adelante: "¿cómo
negar que el paisaje castellano no halla paleta más severa
que la suya, ni que otro poeta alcance a fijarlo en tan económico
pincel?". (25) El poeta cubano asume
en su plural naturaleza la raíz hispánica de su razón
de ser; su virtual estética no excluye orígenes, formas
ni procedencias. Habiendo amulatado el romance y habiendo enriquecido
"el garfio subterráneo" que une dos poesías
y una lengua, Guillén exalta la hispanidad de Machado tan
válida para él como la de Lorca. Ezequiel Martínez
Estrada, quizás también buscando una España
metafóricamente global, señala un hecho altamente
esclarecedor en relación con el poema "España".
Para don Ezequiel "[...] en las mismas Angustias la de mejor
calidad formal, la más castiza y en el espíritu de
la poesía seca, dura y mate castellana, es aquella _`Miradas
de metales y de rocas'_ la que más se acerca a las formas
de Machado". (26) La "Angustia primera"
y la "Angustia cuarta" del poema "España"
representan dos pilares, casi dos antípodas
virtuales
de una hispanidad que se bifurca a través de dos senderos:
el andaluz y el castellano. Les traigo ahora la imagen de Machado
que Guillén depositó en mí:
A
Don Antonio lo recuerdo de cuando la guerra, en 1937 [...] Caminaba
con lentitud, el nudo de la corbata mal hecho, los botines sin
lustrar. Todo su ser respiraba bondad, timidez; y así como
otros tienen aire trascendental y hablan ex cathedra, él
no podía, ni seguramente quería ocultar al maestro
de provincia que había en él, como si no fuera,
además de profesor en Soria o en Baeza, en Madrid o en
Segovia, Antonio Machado a secas, o Don Antonio, y nada más,
con lo que se estaba mentando a la figura más alta y limpia
de la poesía española moderna; una de las más
severas de toda esa literatura [...].
Españoles
de ambas Españas, la de aquende y la de allende el mar
océano, no olvidemos que en un pequeño puerto francés
están sus huesos; que diseminada por el mundo de su habla
está su poesía. (27)
En
muchas de sus crónicas, recogidas por Ángel Augier
en tres copiosos volúmenes, Guillén recoge la cercanía
española atesorada desde los años 30. Marcadas por
un innegable aliento antifascista, las crónicas que se desprenden
de esa experiencia son un modelo de actitud y de pertenencia cultural.
A través de sus páginas, Guillén pinta un clamoroso
fresco de los valores éticos que condujeron al pueblo español
hacia un sitio de privilegio en la conciencia civil de todo el orbe,
en franca lucha por alcanzar la dignidad plena de España.
Habría que volver los ojos sobre la eficacia, la belleza
y la perfección de su literatura de guerra, en especial la
de los años 30. Hoy, son testimonios de primera mano y de
primer orden, los textos en los que aparecen tanto esa España
heroica como las Españas guilleneanas, explícitas
en nombres como los de don Antonio Machado, María Teresa
León y Rafael Alberti; el escritor católico José
Ber-gamín y el pastor de Orihuela, Miguel Hernández,
a quien Guillén llamara "el poeta en espardeñas".
"El otro día almorzamos juntos Miguel Hernández,
Langston Hughes y yo en una espesa fonda valenciana. Corrió
la charla, y fue así como hablamos de la guerra, de la literatura
revolucionaria, de España, de Pablo de la Torriente, del
propio Miguel, de todo". (28) Bajo la
amenaza de las bombas, saliendo y entrando de las trincheras, Guillén
y sus colegas ejercían su oficio de poetas. La España
literaria no se separaba de la factual. Miguel Hernández,
Langston Hughes y el propio Guillén evocaban una ardiente
polémica entre el mexicano Octavio Paz y el argentino Raúl
González Tuñón acerca del romance. En aquellos
días, según refiere Guillén, Miguel Her-nández
sostenía el punto de vista de Paz para quien "el romance
es todavía el medio de expresión por excelencia que
tiene el pueblo español". (29)
El tema era vital para Miguel Hernández quien discurre a
favor del romance, precisando: "Lorca renovó, retocó,
pulió el viejo romance de Góngora y el del Romancero;
le impuso un sello único".30 Esta afirmación,
precisamente en boca de Miguel Hernández, alienta mi percepción
en
relación con el tratamiento del legado de los clásicos
y en relación concreta con el Góngora que descubrieran
los poetas del 27. Góngora, Lorca y la poesía popular
de los cancioneros son los que conforman la raíz expresiva
de la hispanidad en Guillén.
La
"cercanía española" de que hablara Guillén
en la entrevista mencionada es el resultado y, también, la
lección de una vida marcada por la guerra en su adolescencia
y en su madurez. Transcurre la primera en su "comarca de pastores
y sombreros" en donde cae su padre, "muerto por soldados".
La muerte de su padre es una catástrofe sentimental que se
trasmuta en sustancia épica y en sustancia lírica
a través de uno de sus libros de mayor trascendencia ética,
Cantos para soldados y sones para turistas (1937), escrito quizás
como presagio y pórtico a los valores que se jugarían
en la guerra civil española. Lorca, muerto también
por soldados en el umbral de la guerra civil arrancaría a
Guillén una pieza maestra, la "Angustia cuarta"
alabada por tantos lectores y críticos. En la canción
final de este poema van a aparecer elementos que intervendrán
en otra obra maestra recogida en El son entero, diez años
más tarde. Recordemos:
(Una
canción)
Salió el domingo, de noche,
salió
el domingo, y no vuelve.
Llevaba
en la mano un lirio,
llevaba
en los ojos fiebre;
el
lirio se tornó sangre,
la
sangre tornóse muerte.
("Angustia
cuarta") (31)
Esta
veta elegíaca que tanto deslumbrara a Martínez Estrada,
de raíz tan hispánica, lleva en su cuerpo una filosofía
del poema, un arte poética de sumo esplendor cuya sierpe
atraviesa ambas orillas del océano. Nicolás Guillén,
príncipe de la lengua, alienta como nunca en estos versos:
Iba
yo por un camino,
cuando
con la Muerte di
_iAmigo!
_gritó la Muerte_
pero
no le respondí,
pero
no le respondí;
miré
no más a la Muerte,
pero
no le respondí.
Llevaba yo un lirio blanco,
cuando
con la Muerte di.
Me
pidió el lirio la Muerte,
pero
no le respondí,
pero
no le respondí;
miré
no más a la Muerte,
pero
no le respondí.
Ay, Muerte,
si
otra vez volviera a verte,
iba
a platicar contigo
como
un amigo:
mi
lirio, sobre tu pecho,
como
un amigo:
mi
beso, sobre tu mano,
como
un amigo;
yo,
detenido y sonriente,
como
un amigo.
("Iba
yo por un camino") (32)
Notas
1 Benedetti, Mario. El ejercicio del criterio. Buenos Aires : Ed.
Seix Barral, 1995. p. 115.
2 Mistral, Gabriela. La lengua de Martí / Prólogo
de Jorge Mañach. La Habana : Ed. Secretaría de Educación,
1934. pp. 22-25. (Colección de cultura)
3 Unamuno, Miguel de. "Carta a Nicolás Guillén".
En: Recopilación de textos sobre Nicolás Guillén
/ Selección, prólogo y notas de Nancy Morejón.
La Habana : Ed. Casa de las Américas, l974. pp. 324-325.
(Valoración múltiple)
4 "He
utilizado diversas coyunturas para mantener que tiene la lengua
castellana que modificarse hondamente, haciéndose de veras
española o hispanoamericana, si ha de arraigar a duración
los vastos territorios por que hoy se esparce. Modificarse y aun
afeitarse si fuera menester".
Unamuno,
Miguel de. "Sobre la lengua española". En su: Ensayos
/ 4a ed. Prólogo y notas de Bernardo G. de Candamo. Madrid
: Ed. Aguilar, 1958. t. 1, p. 321.
En
nuestros días, depositario fiel de este mismo espíritu
unamiano, Fernando Lázaro Carreter enarbola estas banderas
como asegura: "[...] España no es dueña de la
lengua española: ni siquiera es ya la nación en que
esa lengua cuenta con mayor número de hablantes: México
nos supera".
Carreter,
Fernando Lázaro. "Norma y uso del idioma". En su:
El dardo en la palabra. Barcelona : Ed. Galaxia Gutenberg, 1997.
p. 87. (Colección Círculo de lectores)
5 "Conversación
con Nicolás Guillén". En: Recopilación...
p. 34.
6 Siempre
se ha marginado la veta elegiaca de Guillén y su lógica
preferencia por los elegiacos españoles.
Guillén
admiró con denuedo a Fernando de Herrera. Fue un lector devoto
suyo así como de Santa Teresa. En más de una ocasión,
al influjo de su especial conversación cotidiana con el poeta
cubano Eliseo Diego, le escuché decir haber disfrutado un
libro tan singular como Introducción al símbolo de
la fe, de Fray Luis de Granada sobre el que, ambos poetas, manifestaban
admiración. Asimismo, me confesó sentir predilección
por los poetas del Renacimiento, por el Arcipreste de Hita; del
que prefiere su estilo directo, sarcástico, refranero, popular.
Berceo le gusta fun-damentalmente porque este poeta se aproxima
a muchas maneras del decir contemporáneo...
7 Vitier,
Cintio. Lo cubano en la poesía / 2da. ed. La Habana : lnstituto
del Libro, 1970. p. 420. (Colección Letras cubanas)
Guillén
nunca negaba las influencias que podían advertirse en su
obra sin embargo, deslindaba perfectamente cuando una influencia
carecía de origen libresco. En una entrevista que espe-cialmente
me concediera para la Valoración múltiple que compilé,
afirmó categóricamente ante mi pregunta sobre las
influencias concretas de los Motivos: "La influencia mas señalada
en los Motivos (al menos para mí) es la del Sexteto Habanero
y el Trío Matamoros. Recuerde que luego fueron personajes
de mis poemas la Mujer de Antonio y Papá Montero. Hay quien
menciona a Langston Hughes, a la Ma' Teodora hasta un tomito de
guarachas cubanas, cuya primera edición es del ochentitantos.
El problema importante no es recibir una influencia; lo importante
es transformarla en sustancia propia, en elemento personal, en manera
característica de creación".
"Conversación
con Nicolás Guillén". Op. cit. (5). pp. 41-42.
8 Fernández
Retamar, Roberto. "El son del vuelo popular". Op. cit.
(5). pp. 188-189.
9 Alonso,
Dámasco. La lengua poética de Góngora. Madrid
: S. Aguirre, 1935.
10
Federico García Lorca: "La imagen poética de
Don Luis de Góngora". En su: Lorca por Lorca. La Habana
: Ed. Arte y Literatura, 1974.
11
Ibídem, p. 78.
12
Alberti, Rafael. La arboleda perdida. Memoria. Libro primero. Barcelona
: Ed. Seix Barral, S.A., 1975. p. 236. (Col. Biblioteca breve)
13
Aguirre, Mirta. "En torno a la Elegía de Jesús
Menéndez". Op. cit. (5). p. 294.
14
Op. cit. (5). p. 51.
15
Guillén, Nicolás. Obra poética (1920_1958)
/ Compilación, prólogo y notas de Ángel Augier.
2da. ed. La Habana : Ed. Unión, 1974. t. 1, pp. 254-255.
(Col. Bolsilibros)
16
Ruscalleda Bercedóniz, Jorge María. La poesía
de Nicolás Guillén; cuatro elementos sustanciales.
San Juan : Ed. Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1975.
p. 93. (Col. Mente y palabra)
17
Martínez Estrada, Ezequiel. La poesía afrocubana de
Nicolás Guillén. Montevideo : Ed. Arca, 1996. p. 20.
(Col. Ensayo y testimonio)
18 Op. cit. (15). pp. 256-257.
19
Guillén, Nicolás . Prosa de prisa (1929-1972) / Compilación,
prólogo y notas de Ángel Augier. La Habana : Ed. Arte
y Literatura, 1975. t. 2, pp. 435-436. (Col. Letras cubanas)
20
Marinello, Juan. Contemporáneos; noticia y memoria. La Habana
: Ed. Unión, 1976. t. 1, p. 207. (Col. Contemporáneos)
21
Op. cit. (12). p. 271.
22
Op. cit. (17). p. 39.
23
Op. cit. (20). p. 217.
24
Guillén, Nicolás. Sol de domingo. La Habana : Ed.
Unión, 1982. p. 15. (Col. XXC aniversario)
25
Ídem.
26
Op. cit. (17). p. 20.
27
Op. cit. (24). pp. 24, 26.
28
Op. cit. (19). t. 1, p. 89.
29
Ibídem, p. 91.
30
Ídem.
31
Op. cit. (15). t. 1, p. 257.
32
Ibídem. pp. 291-292.
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