Recuerdos de la vieja Biblioteca

Renée Méndez Capote


Interiores de la Maestranza de Artillería
Tenemos que imaginar a una muchachita salida de las páginas de las Memorias de una cubanita que nació con el siglo, entrando en el antiguo edificio de la Maestranza de Artillería; subiendo la ancha escalera, de caoba bellamente torneada, con el corazón palpitante porque iba a pasar un rato en un ambiente que la atraía de manera muy especial. Es una niña acostumbrada a los libros; en su casa hay varias colecciones que bien pudieran llamarse bibliotecas: la jurídica de su padre y su hermano mayor; la general, instalada en una alta pieza grande,con siete ventanas y las paredes cubiertas hasta el

techo con estanterías de cedro, y en la que figuran obras maestras de la literatura universal, libros de viajes y exploraciones, enciclopedias, historia... La colección del hermano segundo, compuesta casi exclusivamente por libros de marinas mercantes y de guerra; geografía; biografías de personajes relacionados principalmente con el mar. Porque es un niño que sueña con que algún día tengamos una flota poderosa, de barcos comerciales y pesqueros; que no en balde su padre dice que Cuba es un país de costas y tiene un gran porvenir en el mar. Y está la colección de las niñas, con las consabidas Bibliothèque Bleue, Bibliothèque Rose... y ediciones en inglés de obras maestras universales, adaptadas para niños. Además, guardada celosamente, la colección particular de la hermanita menor, de filosofía, metafísica, música y versos. Y a esto hay que añadir, que corno cauterio contra la estrechez mental de la época y valladar contra la cursilería, la gran biblioteca general que campea en la azotea, y a la que se sube por una escalera de caracol, de buenas proporciones, está a la entera disposición de la muchacha que va a buscar en la lectura, sin trabas de ninguna clase, el más preciado de los entretenimientos y la respuesta a inquietudes y curiosidades. El año 1901 se inauguró la Biblioteca Nacional, el mismo año en que me inauguraron a mí; e inauguración debe querer decir vivir en perpetua mutación hacia adelante, si el que nace viene dotado de fuerza y voluntad de existir. Naturalmente que yo no fui de niñita a visitar la Biblioteca; es cuando la cubanita se queda en el portal de B y 15, viendo partir para siempre a su primer enamorado, cuando empezó a hacer visitas asiduas al viejo edificio colonial, que de no haber sido una víctima más del batistato, hoy sería uno de los más valiosos monumentos de una Habana, que no se ha desnaturalizado totalmente gracias al triunfo sin par de los barbudos de la Sierra. Yo conocí y traté al primer director que tuvo la Biblioteca Nacional, a Figarola Caneda, casado con francesa, pero mi trato más íntimo fue posteriormente con Francisco de Paula Coronado, uno de esos personajes que merecen estudio, porque junto a una condición que podría en rigor llamarse cinismo, tenía una fuerte personalidad, mucha inteligencia, una vastísima cultura, trato exquisito y un conocimiento de la bibliografía cubana como no ha vuelto a tenerlo ningún otro director de biblioteca. Era tan miope, que se pegaba los libros a la nariz para poder ver las letras aun a través de unos lentes increíblemente gruesos, y también era increíble todo lo que leía. Él no fue mambí, naturalmente, no fue a la Guerra del 95, pero conspiró con don Juan Gualberto Gómez e intervino en muchas incorporaciones de cubanos a las filas insurrectas. Cuando se preparaba el levantamiento en armas para la “guerra necesaria”, había una guagüita de mulas que salía de la Plaza de Armas, frente al palacio de los Capitanes Generales, recorría las calles de La Habana Vieja y regresaba a su punto de partida. El cochero era un cubano separatista que tuvo en sus manos muchas vidas. Esa guagüita la tomaron a menudo Coronado, Juan Gualberto, y mi padre del cual se ultimaron en ese vehículo los preparativos para incorporarlo a las filas de Leoncio Vidal; el joven héroe que murió una de esas muertes en las que no se muere, cumpliendo la orden de tomar el parque de Santa Clara, con la ciudad en poder de los españoles.

Coronado, como bibliotecario era fantástico; decía que la polilla no era tan mala como creía la gente; tenía un sistema propio de clasificación, muy particular, que por desidia no aplicó, felizmente, a los indefensos libros. Se llamaba él “sistema Coronado”, Sistema Racional, y empeoraba con el surgir de la inteligencia en el primate y llegaba hasta los últimos descubrimientos científicos que en aquella época eran nuevos y hoy son antiquísimos. De más está decir que Francisco de Paula me quería y nos permitía, a mi hermanita y a mí, andar por la Biblioteca corno perros por su casa. Sara era muy impertinente, y un día le preguntó: –Doctor, ¿Por qué usted no fue a la guerra? –Porque yo casi no veo Sarita. –Pues el “Ciego de los Pasitos” no veía y se mantuvo en ello. Coronado no se molestó. Yo cogía los libros que me daba la gana, de los propios almacenes, y me iba a un balconcito de madera que quedaba encima del mar, porque entonces el mar llegaba hasta los muros de piedra de la Maestranza, y allí me sentaba a leer. El balconcito era peligrosísimo, se estaba cayendo de puro carcomido e histórico, y María Villar Buceta, que trabajaba con Coronado, se sentaba conmigo y nos enfrascábamos en largas charlas, en las cuales mucho aprendí con la más paciente y dulce de las mentoras. Había, junto al director, un grupito de palomas mensajeras que andaban entre los libros caprichosamente colocados, y encontraban de milagro lo que pedían los lectores, que, afortunada o desgraciadamente, no eran muchos. Entre estas palomas había un palomo verdaderamente notable y con un amor a una institución a la que dedicó toda su vida, y que merece un perenne recuerdo emocionado: Carlos Villanueva. Lo acompañaban excelentes compañeros; no cito nombres porque me dolería omitir, involuntariamente, alguno. Pues nuestra primera Biblioteca Nacional iba tirando, en el vegetar en que estaban sumidas todas las instituciones culturales de unos tiempos, en los cuales sacar una edición de quinientos ejemplares no era raro, y de mil se consideraba una edición masiva. Eran ejemplares de libros pagados por el autor, que había que regalarle a los amigos y comerse el resto, porque nadie compraba libros cubanos. Bien es verdad que existían sus excepciones como créditos que votaba el Senado para imprimir las obras de quien no había escrito nada; pero eso era peccata minuta, en la política al uso. Los periodistas tenían que vivir, como los políticos, pero mucho más modestamente, de unos cuantos puestos en las nóminas oficiales, y, los más descarados del chantaje. Los honrados, escritores y periodistas, podían alimentarse soñando con tiempos mejores. No doy datos concretos sobre la Biblioteca, en cualquiera de sus fases, porque para eso están los historiadores y los investigadores nuevos, sacados del limbo, o del nirvana, como quiera llamársele a la indiferencia gubernamental que padecieron las instituciones reputicanas hasta el enorme primero de enero de 1959.

Pues así las cosas, un buen día, ya en pleno poder militar, el perínclito “Pimeo”, (yo soy un Pimeo, había dicho Batista en uno de sus “colosales” discursos, lo que no le impedía tener apetito de gigante) se le ocurrió levantar castillitos de cartón-piedra, para albergar a las siniestras casas de tortura llamadas estaciones de policía; y precisamente para una de estas, escogió el mismísimo lugar que ocupaba la Maestranza de Artillería. En cuanto alumbró en su caletre de pimeo la brillante idea, mandó meter los 1ibros en cajones y trasladar la Biblioteca Nacional para los sótanos y bastiones del Castillo de la Fuerza, y asestar la piqueta demoledora a lo que hoy sería espléndido monumento colonial restaurado y conservado, como parte de las raíces que los yanquis por poquito nos arrancan completamente junto con meternos los letreros en inglés, la ladronera (oficial y privada) entronizada y ostentada, el robo de las tierras e industrias, la dependencia política y económica, la coca-cola, la mascadera de chicle y la mafia. (A lo mejor la mascadera de chicle fue lo que les desarrolló a los auténticos el apetito de “adquirir”...). Pues señor yo iba desenvolviendo mi agitada vida, tan llena de pequeños y grandes cambios: había abortado la “Revolución que se fue a bolina”, se había producido mi pase de vida regalona de burguesa adinerada a la vida dura de la trabajadora; había sobrevivido al naufragio del Morro Castle; había tenido lugar la huelga revolucionaría de marzo de 1935, y yo había conocido por dentro la cárcel de

mujeres; habían transcurrido dos años y cuatro meses de vida precarísima en compañía de mi segundo marido; fui madre... y gracias a uno de esos golpes bajos que se asestaban nuestros políticos, enganché de nuevo un trabajo. Por circunstancias de íntimas amistades familiares, tuve oportunidad de escoger “lo que quisiera”, y para no ensuciar mi expediente revolucionario, acepté un puesto de oficial clase 5ta. en el Fondo Especial de Obras Públicas, y pasé a hacer las recaudaciones municipales de Las Villas y La Habana. Sudé tinta china, los números no me cabían en las casillas del papel cuadriculado y yo, que odiaba la aritmética, tuve que sumar, restar, multiplicar y dividir a pura cabeza, porque no se usaban, en las oficinas públicas, las máquinas de calcular. Hasta que un buen día, otros dos años después, me encontré una mañana en la calle al ministro de Educación, Aurelio Fernández Concheso. Me preguntó dónde me escondía que no se me veía por ninguna parte y cuando le dije el tipo de trabajo que hacía, se cayó para atrás: ¡Qué barbaridad! Ve por Educación. Y pasé a trabajar, en comisión, a la Biblioteca Nacional del Castillo, junto con las palomas mensajeras y el elemento flotante constituido por los botelleros, que iban y venían siguiendo los vaivenes de sus respectivas palancas, y en la compañía, los días de tormenta, del amable fantasma de doña Isabel de Bobadilla, que la conseja popular había trasladado a la ‘‘nueva fortaleza”, sin ocuparse para nada de la verdad histórica.

Entre estos elementos, tan típicos del oleaje oficial de aquella época, merece recordarse al hermano de un senador, que decía con un cinismo deliciosamente ingenuo, que él tenía cuatro mujeres, pero eso sí, mujeres decentes y de casas respetables. Y hasta gozamos la compañía de un célebre babalao, cuya presencia alborotó a muchas de las mujeres, y el cual, al ver que yo no creía en su, a ratos, segura profesión, me trató con muchísimo respeto. Y había también una palomita torcaza, a quien su “protector” mandaba periódicamente a México, a traer pieles finas, de contrabando, para que las vendiera y la pobrecita “se ayudara” y no pesara más de la cuenta sobre el erario público. Me mantuve en comisión de servicio hasta que un jefe de 6ta. clase de la Dirección de Enseñanza Primaria renunció a su puesto para ir a ocupar un aula en Cienfuegos. Era el último de los jefes administrativos, con 125 pesos de sueldo, pero ya de nuevo en el Ministerio que me correspondía. Cuando me mandaron para la Biblioteca encastillada, fue como un destierro benigno, porque todavía mi fama de “comecandela” no se había debilitado; casi me da vergüenza confesar, a fuer de sincera, que era una fama completamente inmerecida. Me alegré de ir para la Biblioteca, pues mi innato amor por este tipo de institución sí que no se había debilitado, y no me abandonó nunca. Cuando fundamos el Lyceum en 1929, escogí el cargo de vocal de biblioteca, con la ilusión de crear una biblioteca circulante en el Vedado; y cuando en 1933, a raíz de la caída de Machado, Grau me nombró directora de Bellas Artes, entre otros proyectos, aprobados todos y ninguno realizado, figuraba la instauración de salas populares de lectura, en modestos locales asequibles al hombre de la calle, donde pudiera leer los periódicos y revistas y libros de fácil lectura. En aquella época turbulenta, todo se quedaba en el papel; Había que tener la grandeza de Antonio Guiteras para nacionalizar la Havana Light and Power Company. En la Biblioteca Nacional del castillo, me sucedió una de las cosas más constructivas de mi carrera de funcionario público venido a menos: colaboré con el tipo más notable, más inteligente, más original, más limpio de mente y más entusiasta del trabajo, que he conocido en mi ya tan larga vida. Ese tipo fue José Antonio Ramos, comunista de cuerpo entero, trabajador incansable, escritor ilusionado, compañero de labor entrañable y enamorado perdido de su Josefina de Cepeda. De más está decir que era un bibliotecario chiflado; estaba escribiendo, y escribió y publicó, un Manual de biblioteconomía, con un sistema caprichoso, porque de biblioteconomía no sabía nada. Pero lo habían nombrado asesor de la Biblioteca Nacional. Yo pasé a trabajar directamente con él, en calidad de clasificadora general. ¿Puede imaginarse lo que es una clasificadora general? Una barbaridad, claro, pero yo era tan bárbara como Ramos y acepté entusiasmada la disparatada encomienda. La cantidad de barbaridades que cometí, puede suponerse; con decir que en cuanto veía un diente o una muela clasificaba el bicho en mamíferos... El sistema de Ramos era una combinación de Dewey y Ramos, y tenía reminiscencias del de Bruselas y hasta del de la Biblioteca Médica de Yanquilandia. ¡Pero cómo trabajábamos! Limpiábamos, sacudíamos, barríamos, colocábamos en estantes de pinotea los libros que sacábamos a sudor y lomo de los cajones, empeñados en que no se perdiera el acervo de la Biblioteca, y la humedad del Castillo no lo destruyera, y ensayábamos la ejecución de un catálogo por materias y otro por orden alfabético de títulos y autores. Nos pasaban cosas graciosísimas, porque Ramos era muy alegre y chistoso: Una vez, un lector muy impertinente llegó a desesperar y atolondrar a la bandada de palomas mensajeras, que se esforzaban por servir todos los libros pedidos –ya el número diario de lectores empezaba a crecer considerablemente; ¿te acuerdas, entrañable y juvenil Manolo Moreno Fraginals? Pues las palomas vienen a quejarse al asesor, de la impertinente exigencia del susodicho lector, primero con suave batir de alas, y después con revoloteo desesperado; y Ramos sale para la sala de lectura con violento batir de alas de gavilán, de la larga bata que usaba –un viejo guardapolvo de la época en que se endosaba ese atuendo para andar en automóvil– y regresa para la oficina muy satisfecho.

–Ya lo puse en su lugar. Le dije: “Óigame, amigo, ¿por qué no vuelve usted para su lugar de origen?” –Y cuál es ese lugar, Ramos? –El c... de su madre, hija. Otra vez se vio enredado con un grupo de viejos veteranos de las guerras de independencia, que querían batirse con él en duelo al machete “hasta el derramamiento de sangre”, porque al referirse a ellos, que escenificaba no recuerdo qué protesta, había dicho: –¡vaya, se alborotó el cotarro! Yo intervine, con mi prestigio de hija de general, y pude salvar a Ramos de la acometida de los viejos enfurecidos, convenciéndolos de que la intención de Ramos no había sido despreciar a los mambises, sino usar inocentemente una frase muy castiza, para expresar su admiración por el alboroto que había armado; y les recordé que el suegro de Ramos había sido el coronel Cepeda, cuya memoria el yerno respetaba, y que al fin y al cabo decir “se alborotó el cotarro” no era en lo absoluto llamarles pájaros o cotorras como ellos aducían. Cuando José Antonio Ramos concebía una obra, novela o teatro, la concepción era muy buena. Se sumergía en un mundo maravilloso. Me decía entonces: –Ni me hable, ni me hable. Estoy en mis momentos de “¡pobre Guillermito!”. Se refería a Shaskespeare. Pero cuando la obra estaba terminada, él que era muy inteligente y crítico implacable de sí mismo, venía todo alicaído y me decía:

–Léala, hija; no me salió corno yo la concebí. Ahora estoy en la triste fase de “¿pobre José Antonio?”. ¿Qué gran hombre era Ramos, qué firmeza en sus convicciones, qué fe inquebrantable en un porvenir que todavía sabía lejano? Tenía una buena biblioteca particular, y había dispuesto que a su muerte se le entregara la Central de Trabajadores de Cuba. La última vez que lo vi fue un día muy triste, en que vino a la Biblioteca con Josefina. Estaba enfermo y su visita fue una despedida; estoy segura de que él sabía que iba a morir. Yo seguí corto tiempo en la Biblioteca, vacía sin Ramos. En los años en que trabajé en la institución, Coronado era el director; se llevaba muy bien con el asesor, estaba resignado a que su sistema racional no se aplicara: aunque pensaba que el sistema de Ramos era disparatado, nunca hizo la menor tentativa por defender su propio sistema, y yo llegué a la convicción de que él bien sabía que aquello era un galimatías, y hasta llegué a sospechar que lo hizo por diversión. Yo gozaba de la confianza de Coronado, a causa de nuestra vieja amistad, y un día memorable en el cual me dejó poner un poco do orden en la montaña de papeles que ocupaba su buró y atascaba sus gavetas, me encontré cartas sin abrir desde hacía diez años, y giros postales viejísimos que nunca habían salido de sus sobres amarillos. Hice lo que pude por darle buenos consejos: –Doctor Coronado, pélese y aféitese la barba; cuando se decida a tumbarse esa maraña de pelos, va a coger catarro... y córtese las uñas, y mande a lavar y remendar la bata. Tenía en la solapa de una bata que usaba, (sobre todo en su casa pero que a veces vino a dejarse admirar en la Biblioteca) para andar entre el montón de libros de su propia biblioteca, que estaban por todas partes: sobre sillas, estantes, suelo y hasta trepando en montañas hasta el techo, una corbata negra de etiqueta, prendida con un imperdible de aquellos que se llamaban “de criandera” en el año mil, y que estaba fijo allí para siempre, a causa de la herrumbre; a la bata le faltaba medio faldón por detrás y tenía un montón de desgarraduras, amén de manchas de grasa, de café, de goma de pegar, y hasta colores de pintura de aceite. Él no se ofendía conmigo, y seguía con su bata, su pelambrera y sus uñas increíblemente largas. Pero, ¡qué hombre tan culto, qué trato encantador, qué don de gentes! Y cuando hablaba por teléfono con una mujer desconocida, que lo llamaba todas las tardes desde hacía años y a la que nunca conoció personalmente, había que oír aquella deliciosa voz y la manera fina y sutil con que mantenía una amistad amorosa tan romántica y tan bella. Su dominio de la bibliografía cubana no tenía paralelo, y conocía a fondo la española, la francesa, la inglesa, la italiana... ¡Qué tipo más curioso! En esa vieja Biblioteca Nacional atropellada, dejada de la mano de gobiernos venales, que no respetaban para nada nuestras raíces culturales, pasé la vergüenza más grande de tu vida. Siempre que venían extranjeros que hablaban francés, inglés o italiano, los compañeros de la sala de lectura me llamaban a mí para que atendiera en principio la visita, que yo les pasaba a Coronado y a Ramos si se trataba de alguien más importante que un simple curiosos o turista. Pues una buena mañana se presenta un norteamericano muy sencillo y cordial. Era un experto en arquitectura colonial hispanoamericana. Traía un bellísimo libro editado por la Yale University Press, si mal no recuerdo, impreso en magnífico papel, con un tipo de letra preciosa y espléndidas fotografías voladas, a toda página. Ya iba yo a avisarle a mis jefes, cuando el autor, insiste en enseñarme su obra. Traía todo un largo capítulo dedicado precisamente al edificio de la Maestranza de Artillería de La Habana. La escalera, las puertas, los clavos de bronce cincelados, los llamadores... todo estaba fotografiado y detallado minuciosamente. El hombre estaba consternado, asombrado, con la sincera angustia de quien se considera que se ha perdido uno de los mejores monumentos de arquitectura colonial hispanoamericana. –¿Pero, qué han hecho con ese edificio que merecía ser tratado como una joya; tan importante como el antiguo Convento de San Francisco? ¿Dónde están las puertas, los clavos, los llamadores, de los más bellos que tenía vuestra vieja arquitectura? Lleno de ilusión fui al lugar donde estaba ese monumento, y me encuentro un espantoso castillo que parece de cartón; un mamarracho. Han echado abajo un tesoro, para levantar en su lugar una cosa indigna. Dígame, por favor, en dónde están esas puertas, esos clavos, esos llamadores... yo les dedico en mi libro la importancia que merecen, y ahora me encuentro que han desaparecido... Yo tuve que tragar saliva antes de contestarle, pero tenía que decirle la verdad. Le dije que teníamos un salvaje al frente del país, que el gobierno se reía de los monumentos nacionales, y que ese gobierno estaba protegido por su país; que podía comprobarlo viendo la Biblioteca Nacional metida en un local absolutamente dañino para la conservación de los libros; y que las puertas, la escalera, los llamadores y los clavos, debían estar adornando, en el mejor de los casos, las fincas de algún personero del régimen, o tirados por un depósito de cosas inservibles. –¿Y qué hago yo ahora con mi libro? ¿Qué hago con el capítulo dedicado a la Maestranza? Yo le pedí que dijera la verdad, que así contribuiría a que en su país, tan generoso con los malos gobiernos de esta menospreciada América Latina, se conociera parte de la triste verdad cubana. Han pasado muchos años, y todavía me duelen la escalera, las puertas, los llamadores y los clavos de la antigua Maestranza de Artillería. Entre los personajes inolvidables de la vieja Biblioteca Nacional, se destacaba María Villar Buceta. Unos ojos azules grandes, muy abiertos, con una chispita alegre en el fondo, y una luz de sorprendente penetración, iluminados por una inteligencia profunda. Una boca muy fea, de dientes grandes y una encía rosada más presente de lo necesario, pero una boca siempre dispuesta a la risa cordial. Dos gruesas trenzas rubias, largas; las trenzas que yo soñaba. Un cuerpo bien formado y esbelto, rematado por dos piernas perfectas, de las que ella, muy femenina, callada e íntimamente se enorgullecía. Una adolescente huraña al principio y después de una sinceridad total y una bondad sin limites; capaz de darse con toda su alma a la causa que amara y a todo ser necesitado o desvalido; una capacidad de ternura infinita. Un carácter altivo y digno, que rechazaba toda humillación; que odiaba la lástima de sí misma y no admitía el anteponer ninguna necesidad propia a la ajena. Una entrega a los suyos completa: al padre borroso y callado que se apoyaba en ella, al hermano estrafalario, a la hermanita menor, al hermano talentoso. Un temperamento totalmente tierno, guardado celosamente, porque María se consideraba, en el fondo de su ser, la niña fea y escondía los justos reclamos de sus sueños y sus legítimas ansias, debajo de un disfraz de indiferencia, de mujer que no necesitaba el amor físico, porque tenía el amor sublime de una militancia que la absorbía. María hubiese sido una madraza, si no se hubiese entregado totalmente a la lucha social y política María era total, en ella no había grietas ni debilidades, era en verdad la mujer fuerte, y sin embargo, nunca menospreciaba ni mucho menos ofendía al débil, no excusaba imperfecciones, pero en el fondo de su alma buena sentía lástima por el que no sabía superar su debilidad, y estaba siempre dispuesta a prestarle su propia fuerza para ayudarlo a redimirse. Nunca la oí condenar a nadie, con excepción del traidor; para este era implacable. Aquella dulzura de María por los viejos y los niños, por los gaticos abandonados en los solares yermos; aquella generosidad que no medía el sacrificio, la hacían un ser excepcional. Yo nunca me he visto frente a una bondad como la suya. María era una muchacha como todas las muchachas, salvo que ella era muy superior a todas las demás. Nos conocimos casi niñas, vino a operarse de la garganta a la clínica Fortún-Souza, y Benigno Souza nos dijo a mi hermana Sara y a mí, que venía a buscarnos porque tenía “una güajirita portentosa” y quería que nos conociéramos. Al principio, María y Sara ligaron inmediatamente, porque eran caracteres muy afines y tenían las mismas cualidades; a mí, de entrada me rechazó, porque yo era demasiado turbulenta; la puso recelosa mi exceso de vitalidad, pero cuando a través del trato penetramos en las almas la una de la otra, llegamos a ser tres hermanas. Y yo sé que a María mi exceso de vida le hacía bien, como a mí el profundo torrente, que corría debajo de sus aguas, tranquilas en la superficie, pero capaz de horadar la roca. Yo la alegraba cuando ella, demasiado altiva para aceptar la compasión, tenía alguna preocupación que empañaba el brillo de sus ojos; y ella atemperaba mis ansias, desbordadas en mi afán de apurar la vida. Y María era alegre, a menudos íbamos a almorzar sobre la hierba en pleno campo, ahí donde encontrábamos un espacio abierto en el que crecían flores. Nos acompañaba mi tía Rita Chaple, mujer mayor, pero alegre como una joven y un chofer que era hombre de toda confianza; comíamos toda clase de golosinas, tomábamos té frío, y María se divertía corno una chiquilla en vacaciones, corríamos, saltábamos y hacíamos diabluras, como una vez que simulamos soltarle la vaca a un campesino, que primero renegó de las habaneras y acabó comiendo con nosotras. María olvidaba por unas horas la carga que sobre sus espaldas juveniles había echado la muerte prematura de la madre. Andando la vida nos ligó a María y a mí una amistad fraternal inquebrantable. Tardes inolvidables en la vieja Biblioteca Nacional, entonces alojada en la antigua Maestranza de Artillería, cuando llegando el final de la tarde, íbamos Sara y yo a ver a María y darle lata a Coronado, el cual nos dejaba pasar a los almacenes donde estaba trabajando nuestra amiga y nos sentábamos en el balconcito de madera carcomida que amenazaba caerse encima de los acantilados a orillas del mar, le llevábamos a la amiga, hermana mayor, dudas, ignorancias, vacilaciones, y ella era entonces mentora que encauzaba vocaciones, recomendaba lecturas y resolvía problemas sentimentales, y abría caminos a un enfoque justo de la calidad política, y muchas veces nos devolvía la paz, alterada por prematuras ambiciones literarias. Muy a menudo íbamos a pasar la mañana en casa de Enrique José Varona. El querido viejo nos recibía en un rinconcito amable de la sala familiar, y nadie nos molestaba. Los hijos de Varona eran mayores que nosotras, la hija menor era una muchacha alta, rubia, muy bella, pero no le interesaba la amistad de tres muchachitas abrasadas por la fiebre de saber, y, aunque muy gentil, nunca fuimos amigas. María era ya una gran poetisa; Sara, modestísima, era una precoz pensadora profunda; y yo tenía ya sembrada la semilla de una narradora de memorias. María escribía unanimismo y Sara se lo publicaría con fraternal devoción admirativa; y yo era ya la rebelde que en un futuro rompería con la clase en que había nacido y conocería la diversidad de situaciones y ambientes que hoy me permite escribir tantas cosas. Llegábamos temprano, con un ramo de rosas rojas para el maestro, que adoraba las flores y prefería las rosas rojas. Y durante dos o tres horas, al bondadoso anciano le llovían preguntas, ansiedades, ambiciones, ilusiones y sueños. Nos escuchaba con una paciencia sin límites y al despedirnos decía: –No dejen de volver la próxima semana, que ustedes traen un hálito de juventud que me refresca. Mi inolvidable María era una mujer muy femenina, repito que en ese aspecto era una muchacha igual a otra muchacha, sólo que muy superior a todas las demás. Su último rasgo de femenina coquetería, fue en una operación que duró más de tres horas, se hizo recortar las encías, y se convirtió en una vieja muy bonita, porque lo único que la afeaba era la boca. Yo le dije: –Coquetería... eso es lo que te ha hecho soportar la operación. Y ella me replicó, ocultando la satisfacción que le producía verse bonita: –Comprenderás que no lo hice por ser bella, a mi edad... Lo hice porque tenía que ponerme los dientes postizos, y eso era imposible con aquella enorme encía... y a mí me gusta mucho comer... .

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 92, No.3-4 JULIO-DICIEMBRE 2001