La maravilla en los predios de Boloña

Graziella Pogolotti *

* Ensayista, profesora de la Universidad de La Habana y vicepresidenta de la UNEAC

A la memoria de Regina Trobo

Era una mañana de marzo del cincuenta y nueve. Decidí pasar por la Biblioteca Nacional para testimoniar mi felicitación a Maruja Iglesias, recién nombrada subdirectora. Al verme, me preguntó si quería saludar también a María Teresa Freyre de Andrade, que se estrenaba al frente de la institución. Vacilé. Apenas la conocía y pensé que ella no recordaba nuestros escasos encuentros. En mis días de estudiante, cuando el parloteo rompía los límites de lo permisible, la había visto asomarse a la puerta de la hemeroteca universitaria para reclamar, severa, el silencio necesario. Luego, en los meses que siguieron al golpe de estado de Batista, compartimos la redacción de un periodiquillo clandestino, de breve circulación, nombrado El cubano libre. Supe después de su renovado exilio –el otro había sido en la época de Machado– cuando entre tantas víctimas, cayeron sus tíos, los hermanos Freyre de Andrade. Ahora, pensaba, habían transcurrido cerca de siete años desde nuestro último encuentro.

De izquierda a derecha: María Teresa Freyre de Andrade, Juan Pérez de la Riva, María Teresa Linares, Argeliers León, Israel Echevarría, Sara Fidelzait, Dolores Rovirosa, María Iglesia Tauler.

Para mi sorpresa, María Teresa me recibió efusivamente. Sin preámbulos, me ofreció trabajo. Confundida, le dije que no era bibliotecaria. No importa, respondió tajante y añadió una frase que escuchaba por primera vez y le escucharía repetir a través del tiempo con una frecuencia casi obsesiva: tú lees. Una biblioteca es, ante todo, un centro de cultura. Insegura, yo seguía vacilando. Podemos probar durante tres meses, añadió. En pocos minutos, todo estaba arreglado. A la mañana siguiente, a partir de las ocho, yo empezaría mis funciones como asesora del Departamento de Selección y Adquisición de libros. En un abrir y cerrar de ojos, casi por azar, se iniciaba para mí un intenso aprendizaje. Descubrí la inmensa alegría alentada por el trabajo creador forjado en la cohesión de un equipo heterogéneo, unido por propósitos comunes. Mi admiración por María Teresa no ha dejado de acrecentarse. Al verla tan frágil, comprendí el poder multiplicador de la pasión. Sólo ella puede remover montañas. Maruja Iglesias me comentó en alguna oportunidad que, cuando el primer hombre pisara la luna, detrás llegaría María Teresa para instalar una biblioteca. Su padre, el general Freyre de Andrade, a quien veneraba, había contribuido a fundar patria. En el amanecer de la Revolución, a ella le tocaría fundar bibliotecas.

La impaciencia suele acompañar a la pasión. De salud precaria, inmersa en una época en la que la historia parecía andar a golpe tendido, María Teresa quería inundar de libros y de vida aquel edificio marmóreo, erigido como un mausoleo destinado a honrar una cultura petrificada. En las librerías de la ciudad encontré almacenes abarrotados con obras que nadie había estado en condiciones de comprar. Así empezamos a cubrir inmensos vacíos existentes en nuestros fondos bibliográficos. Mientras tanto, arrumbados en la estantería de la Biblioteca aparecían documentos valiosos. Cada hallazgo era una sorpresa. Cada sorpresa ofrecía el regalo de una íntima celebración. Y yo no dejaba de evocar el viejo Castillo de la Fuerza, donde José Antonio Ramos padeció la angustia infinita de su impotencia, carente de patrocinio en su intento desesperado por preservar el patrimonio de la nación.

Poco a poco se fue articulando el peculiar equipo intelectual al que correspondería participar en el diseño cultural de la institución. No recuerdo ya con precisión las fechas y las circunstancias, quizás tan azarosas como las mías, que determinaron la llegada de cada uno. Cintio Vitier y Fina García Marruz se entregaron a la exploración del siglo xix. Eliseo Diego orientó el modo de acercar a los niños a la afición por la lectura. Preparó personalmente el espacio en semipenumbra para las narradoras entrenadas por él. Allí en una atmósfera propicia, la imaginación de los pequeños, sin reconocer trabas ni fronteras, se desataría a plenitud. Para organizar el Departamento de Música, una convocatoria pública invitaba a formular proyectos. El más interesante resultó ser el de Argeliers León. Junto a María Teresa Linares, promovió audiciones musicales, publicó partituras y una revista especializada. María Elena Jubrías tuvo a su cargo libros, reproducciones de arte y diapositivas, todo ello complementado con la sistematización de cursos y conferencias sobre historia del arte. Zoila Lapique se sumergía en el estudio minucioso de fuentes documentales, sin renunciar por ello a su gusto por la música y, en particular, por la ópera italiana. Mientras preparaba sus Memorias de una cubanita que nació con el siglo, Renée Méndez Capote intervenía en casi todo. Polígrafo, dueño de un saber que parecía abarcarlo casi todo, Juan Pérez de la Riva proseguía sus indagaciones históricas y demográficas, atendía la revista y rescataba hermosos mapas antiguos. Cascarrabias aferrado a su sempiterna pipa, en diálogo íntimo con María Teresa dejaba caer alguna ácida observación. Ya a solas, ella se limitaba a acotar: “la Biblioteca lo necesita y mi deber es escucharlo”.

Heterogéneo por origen, edad y hasta por vínculos con tradiciones intelectuales e ideológicas diferentes, el grupo logró singular coherencia y organicidad en la articulación y puesta en práctica de las estrategias requeridas para la proyección cultural de la institución. Compartíamos una vocación de servicio y aspirábamos a contribuir, con los medios a nuestro alcance, a la configuración del sueño, siempre postergado, de una república justa y soberana. Pero, la capacidad desplegada por María Teresa en el empeño de aglutinar voluntades desempeñó un papel decisivo. Supo establecer el equilibrio exacto entre el talento particular de cada uno y el diseño de una plataforma hacia la que convergían los esfuerzos individuales. Trabajar dejaba de ser un deber para convertirse en una fiesta. En cada éxito individual reconocíamos, intangible, una parte de nuestra obra. Disciplina y libertad coexistían en plena armonía.

Como un general en campaña, de cuando en cuando, María Teresa hacía sonar una clarinada. Una convocatoria urgente nos reunía, en círculo apretado, en su despacho. “Estamos en crisis”, afirmaba tajante. Cada cual se apresuraba a explicar lo que se venía haciendo, lo previsto para las próximas semanas, los planes en ejecución. “Es cierto”, afirmaba. Y añadía: “pero estamos demasiado satisfechos. Nos vamos quedando dormidos y el que se duerme, muere”. Con ese estímulo, empezaban a multiplicarse las ideas. Se definían proyectos. Oxigenada, la sangre parecía estallar en las venas. Formada profesionalmente en Francia, donde pudo conocer las grandes colecciones patrimoniales, María Teresa Freyre de Andrade estudió también el trabajo de las bibliotecas públicas norteamericanas. Conjugó esas experiencias con una concepción lúcida de las necesidades culturales y sociales de un país subdesarrollado en el que se estaba llevando a cabo un dinámico proceso de transformación. El impulso renovador de la Revolución y la quiebra de las estructuras establecidas implicaban, en términos reales, el acceso a derechos hasta entonces calculados y, entre ellos, la posibilidad de adueñarse de zonas del saber, siempre vedadas para las grandes mayorías. Un público nuevo, ansioso por aprender, empezaba a llenar el salón de conferencias. Algo más tarde, campesinos recién alfabetizados acudirían, de la mano de sus hijos, a solicitar libros de las bibliotecas viajeras. Atenta a este contexto, María Teresa elaboró una concepción original del trabajo que habría de corresponderle a una Biblioteca Nacional. Constituye, a mi entender, un modelo para cualquier país en vías de desarrollo. Era indispensable, en primera instancia, defender, rescatar y preservar los bienes patrimoniales. Por desidia o por irresponsable venta al mejor postor, mucho se nos había ido entre las manos, tal y como seguía ocurriendo en muchas zonas del tercer mundo. Así lo comentaba entonces, en sus frecuentes visitas, Ángel Rama quien había visto, desde la Nacional de Montevideo, escapar muchos tesoros bibliográficos de su país. El Departamento de Colección Cubana se dedicó a una intensa labor de salvaguarda y de búsqueda para recuperar lo perdido en tiempos de abandono. Esa obra esencial se unió a un programa de acción, típico de una biblioteca pública moderna, dirigido a sembrar hábitos de lectura y a fomentar el interés por la música y las artes plásticas. A todo ello se añadía que la Nacional se convertía en matriz generadora de una red extendida paulatinamente a lo largo de la isla. La centralización garantizaba, en aquellas circunstancias, el aprovechamiento óptimo de la escasa fuerza de trabajo disponible. Según el modelo establecido, en cada capital de provincia, una biblioteca cumplía, a ese nivel, la doble función, a la vez patrimonial y socializadora. Como si pensara que el tiempo se le estaba acabando, la impaciencia la devoraba. Un mapa de Cuba tenía señalados los puntos de la geografía donde se proyectaban zonas de desarrollo agrícola e industrial. A las necesidades de cada una de ellas se acomodaría el diseño de las futuras bibliotecas. Pero el momento reclamaba también la rápida incorporación de los avances de la ciencia y la técnica a las necesidades del crecimiento económico. María Teresa se propuso abrir un nuevo departamento destinado a ofrecer información actualizada a los especialistas vinculados a la investigación en las áreas emergentes de la producción. La indispensable solicitud de un aumento de personal técnico dedicado a esos fines coincidió con una etapa caracterizada por las medidas dirigidas a frenar el aumento de la burocracia estatal. Le pedí un tiempo de espera. Insistió en su propósito. Relevada del cargo, recogió en pocas horas sus escasos papeles y salió sola, en silencio. Un breve ensayo de Fina García Marruz contrapone las personalidades de Gracián y Martí. En el primero, afirma, dominaba la cautela; en el segundo, la pasión. María Teresa Freyre de Andrade era de estirpe martiana. Indoblegable, siempre fiel al destino de su país, prosiguió su tarea de servicio como profesora de la Universidad de La Habana.

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Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 92, No.3-4 JULIO-DICIEMBRE 2001