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Muchas
voces llegan a nuestros oídos desde el pasado. Las sombras de los
que ya no están tratan de hacerse oír hoy, en medio del frenesí de
la vida moderna, y aprovechan para ello nuestros escasos momentos
de silencio e introspección. Pero el tiempo no pasa en vano, y son
realmente escasos los que siguen siendo nuestros interlocutores, más
allá de la muerte, desde el otro extremo del no-ser.
Esos, que a pesar del tiempo transcurrido, y de las radicales diferencias
que separan a nuestros días de los del pasado, aún tienen algo que
decirnos, y nos acompañan, y se hacen oír, son tan contemporáneos
para nosotros como el vecino que nos da los buenos días. Al número
de estos contados elegidos pertenecen las dos figuras señeras de la
cultura cubana a las que dedicamos el presente número de la Revista
de la Biblioteca Nacional.
Carlos Enríquez cumpliría su primer centenario y José Lezama Lima
sus primeros noventa, en este 2000 donde terminan el siglo y el milenio:
afortunadas confluencias que van más allá de lo casual y que, al recordarlos
en las vísperas de este ciclo que se inicia, nos preparan para entrar,
con el alma y la belleza como estandartes, en las lides que se avecinan.
Dijo en uno de sus últimos poemas Alfonsina Storni, al referirse a
la muerte de Horacio Quiroga, que ..."no se vive impunemente
en la selva, de cara al Paraná...", como si el asomarse a ciertas
verdades del saber y la poesía, y entregarlas a los hombres como saberes
revelados o intuidos exigiese un elevado pago a los transgresores.
Las vidas de Carlos Enríquez y Lezama así lo corroboran. Pero valió
la pena, y cada año que pasa lo sabemos mejor.
La nación cubana en esta coyuntura de su devenir y de cara a los retos
que ya se vislumbran, necesita del tipo de creador que ellos fueron,
capaces de ponernos a la mesa los manjares de toda las culturas, de
todos los pueblos, de todas las épocas, pero con los aderezos de la
cocina criolla; con los sabores ancestrales de los fogones encendidos
por negros, chinos y blancos. Porque fueron creadores de un señorío
vital, frágilmente humano, pecador, crítico, voraz, y transgresor,
capaces de deleitarse con el humo de un buen tabaco, con los últimos
chismes del mundillo literario, con tragos de cualquier ron, la amistad
de los jardineros, y los cuerpos desnudos, los eternos cuerpos desnudos
donde ejercitar los conjuros hindúes contra el desamparo. Después
de eso, que venga todo Shakespeare y Esquilo; que se hable o se pinte
como El Bosco o DaVinci o que se haga filosofía al estilo de Tomás
de Aquino o Sartre. Pero junto al Hombre y para el Hombre. Siempre
para el Hombre.
La Revista de la Biblioteca Nacional, fiel a sus orígenes,
se suma a todas las instituciones y personas que en nuestro país y
en el resto del mundo se han agrupado alrededor de los aniversarios
de estas dos figuras cardinales de la cultura cubana. Al hacerlo testimoniamos
que sus voces se escuchan, con una envidiable y lozana nitidez, y
que con cada aniversario se les escuchará mejor. Son como las ceibas
robustas y sagradas que no toca el rayo, que nadie se atreve a talar,
que guardan en lo profundo de su tronco los misterios de una cultura,
de una sabiduría transcendental, de un sentido de la vida: libros
poblados de hojas verdes, Arcas de la Alianza en el Caribe... |
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