La espiritualidad Martiana
en Lezama Lima

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Mercedes Santos Moray
Escritora, periodista y biógrafa de José Martí

 

 

Nadie mejor que un poeta para aprehender la esencia de otro poeta, su espiritualidad, para comprender cómo se produce la apropiación de la isla en el verbo martiano donde el patriotismo es sustancia de la imagen y fuente nutricia del símbolo.

Si para Camila Henríquez Ureña, el Apóstol era el hombre de la armonía, si Gabriela Mistral atrapaba como almendra de su espíritu sus vínculos amorosos con la suprahistoria y vivía la trascendencia de una ética desde el entorno familiar, si para Alejo Carpentier la eternidad martiana era su voluntad de servir, para José Lezama Lima, el apostolado del cubano venía desde esa raíz, enigma y misterio que nos pertenece y nos convoca, desde la figura de un hombre que fue, entre nosotros, el único en penetrar en la casa del alibi. "El estado místico, el alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfigura...".(1) 

Desde su condición de "mártir" que el propio Lezama aclararía sapientísimo: "para los griegos mártir significa ser testigo. Testigo de su pueblo y de sus palabras...".(2) Esas que nos han salvaguardado siempre de "la intrascendencia y la banalidad".(3) 

Sentido como Odiseo, en la metáfora del viaje, Martí, aquel para Lezama también estoico habanero, trasciende desde la ausencia en la aprehensión del tiempo cuando toca la tierra, en esa imagen tan suya del desembarco que lo conduce hasta su patria, en la ínsula que lo obsesiona hasta morir.

Lezama, entonces, nos entrega un concepto medular, ese que no siempre se presenta en las tesis de los estudiosos de la vida y la obra del mártir cubano: el concepto de totalidad, sin cuya referencia no se podrá jamás asumir al héroe ni al poeta ni al hombre, porque sus propias imágenes de la historia nacen desde esta sustancia como una línea recurrente: "la sentencia de Martí está en su totalidad. Su sobremesa familiar, las noches en que llegó a ciudades lejanas, sus amistades mexicanas, los finales de sus clases en los otoños neoyorquinos, sus lecturas en las casas paradojales de los revolucionarios anticuarios, sus conversaciones ya indescifrables con Rubén Darío, el hechizo con que penetró en el bosque de la muerte, todos los signos que corren a su totalidad con los que tenemos que tocar y reverenciar, descifrar y habitar. Ahora un fragmento: "de nuestras imágenes creadoras en lo histórico depende que vuelva a ser una totalidad".(4) 

Desde su inmanente condición de poeta, Lezama dilucida el conflicto y nos sitúa en la senda para descifrar el misterio de Martí frente a toda visión esquemática, absurdamente incongruente con la sustancia de lo histórico. Es él, el aedo, quien sabe expresar la síntesis dialéctica de una escritura, cualificar el verbo, la cantidad hechizada del hombre y de su espíritu, donde se acrecienta el amor, precisamente desde la muerte, que es algo más que un tópico del discurso literario para traducirse en lo inmanente y que se explicita en los Diarios, en los últimos cuerpos de la poética martiana, ya hasta la altura de Dos Ríos. "En esos momentos es cuando José Martí comienza a fijar la escritura dibujada de su Diario, que es para mí el más grande poema escrito por un cubano, donde las vivencias de su sabiduría se ocultan en una dimensión colosal".(5) 

Entonces, el lenguaje de un clásico para las letras hispanas reluce bajo el sol, entre los montes, y al pie de los arroyos, desde la sentencia de un americano, de un cubano que vino a escribir, como lo apuntó reveladoramente José Lezama Lima, las soledades que no escribió Góngora: la de la selva y el desierto, con la fuerza nutricia de la soledad americana, de esa grandeza telúrica, donde el verbo barroco del Apóstol es la revelación que culmina la poesía cubana en la creación de un hombre "que se desenvolvió en circunstancias extremadamente hostiles y de muy difícil desciframiento".6 

Con el oído contra el viento, al decir de la metáfora lezamiana, José Martí escribe, también como los antiguos, crónicas de la época homérica, ese himno de su prosa, en su decir más lírico y más intenso, donde se resumen las fuentes de su propia cultura, la de los Siglos de Oro, entre barrocos y místicos, para entregarse a la hoguera de la patria, junto a los "guerreros acampados a la sombra de las colinas".7 

Con el desembarco en Playita se cumple su destino. Es el regreso a Ítaca, como Odiseo. "Martí también entra al baile, pero entra a bailar con la más fea, con la muerte. Pero en su caso la muerte es la más bella, pues la sacralidad de su poesía está en morir en su tierra, que es paradójicamente tocar su lejanía, parece tener en la reminiscencia aquel terror de los primeros siglos del cristianismo, "de que el que muere fuera de su tierra no puede acudir a la resurrección en el valle del esplendor, en el camino de la gloria".8 

Las sabanas del Contramaestre y el Cauto, la fusión de ambos ríos construyen el escenario de su martirologio y, también, "la mayor dimensión de que ha disfrutado un cubano".9 La trascendencia de su escritura, de la poesía martiana, desde las páginas de su Diario, nos entregan el legado de su sabiduría, esa de naturaleza cosmológica, la que sólo puede alcanzar y vivenciar un hombre que despierta la poesía del deber.

"La poesía de Martí, en la más esencial de sus dimensiones, nos enseña, cómo debe vivir y morir un cubano".10 

Y también el producto de una obra literaria que no encuentra par, según Lezama Lima, en todo el ámbito del idioma en el siglo xix. "Es necesario que el cubano penetre en la universalidad de sus símbolos"11 que son, lezamiana y martianamente, "las trágicas experiencias de lo histórico creador"12 y que nos llevan con él hacia la luz, en la pureza de sus símbolos y en la imagen de lo cubano, "como contrapunto de nuestro pueblo".13 

La muerte que para el Apóstol era una revelación y una experiencia le permitió, como señala también Lezama, ascender por la escala del dolor, hasta convertirse en "un dios fecundante, un preñador de la imagen de lo cubano"14 y desde esta poética, ir a la creación en su pureza, de "la nueva causalidad, la posibilidad infinita, la imagen como un potencial entre la historia y la poesía".

Porque como lo subrayó Lezama: "[la] imagen es la causa secreta de la historia. El hombre es siempre un prodigio, de ahí que la imagen lo penetre y lo impulse".15 Y esa imagen, que también lezamianamente, va del brazo de la muerte, a su costado, alcanza por la vía del sufrir, por el cáliz del dolor que purifica, "la abertura del arco en su mayor enigma y fascinación, es decir, en la plenitud de la encarnación, para que la posibilidad adquiera un sentido y se precipite en lo temporal histórico".16 

 

 

Notas

 1 Lezama Lima, José. Secularidad de José Martí. En su: Confluencias / sel. y pról. Abel E. Prieto. La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1988.

Este texto originalmente fue publicado en Orígenes en 1953.

 2 Ibídem, p. 26.

 3 Ídem.

 4 "La sentencia de Martí". Ibídem, p. 209.

Este texto se publicó originalmente el 19 de mayo de 1957, en Tratados en La Habana.

 5 _______. La pintura y la poesía en Cuba (siglos xviii y xix). En su: La cantidad hechizada. La Habana : Ediciones Unión, 1970. p. 184. (Colección Contemporáneos)

 6 Ibídem, p. 186.

 7 Ibídem, p. 187.

 8 Ibídem, p. 183.

 9 Ídem.

 10 _______. Palabras para los jóvenes (Respuestas a una encuesta publicada originalmente en El Caimán Barbudo, abril de 1968). En: Imagen y posibilidad. / sel., pról. y notas Ciro Bianchi Ross. La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1981. p. 126.

 11 "El 26 de Julio". Ibídem, p. 21.

 12 Ídem.

 13 Ídem.

 14 Ídem.

 15 Ibídem, p. 19.

 16 Ídem.

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 91, No.3-4 JUNIO-DICIEMBRE 2000