|
En
una de sus
novelas más cerebrales, mera ilustración de una tesis de base científica,
Goethe concibió la amistad como simple resultante de la atracción
entre cuerpos químicos de naturaleza similar. Hay algo misterioso
en esa relación imantada entre dos seres humanos. Pero cuando ese
primer contacto se convierte en un vínculo prolongado a través de
toda la existencia, intervienen múltiples factores y, entre ellos,
paradójicamente, simpatías y diferencias.
Carlos
Enríquez y Marcelo Pogolotti se conocieron en el Candler College,
institución docente a la que un sector de la burguesía incentivado
por un progresismo de tinte positivista enviaba a sus hijos. El
bilingüismo ofrecía la posibilidad de acceder al mundo de los negocios
cuando, con la implantación de la república neocolonial, el capital
norteamericano afluía a borbotones. De orientación protestante,
la escuela recibía a practicantes de todas las creencias y aun a
aquellos que procedían de familias librepensadoras. Se abría de
ese modo al liberalismo y a la modernidad. De constitución física
contras- tante, a Carlos le decían mosquito y Marcelo, de menor
estatura era más bien trabado, compartieron afanes de lectura, juegos
de pelota y escapadas aventureras entre los vericuetos del Monte
Barreto. Apenas apuntaba entonces la vocación pictórica. Luego tomaron
rumbos distintos, aunque en cierto modo concomitantes. En los Estados
Unidos, Enríquez haría estudios comerciales y Pogolotti cursaría
la enseñanza media y la carrera de ingeniería. Era el destino que
les tocaba en el presunto empeño de consolidar y acrecentar la fortuna
adquirida por sus mayores. Tras el abandono de los estudios, cada
uno por su lado se dedicó a subvertir el proyecto de vida que le
había sido prediseñado a partir de la experiencia personal, comenzaron
a desarrollar una conciencia crítica respecto al modelo burgués,
extendida luego de la visión de la sociedad en su conjunto.
Había
pasado todo el tiempo que separa a la infancia de la primera juventud
cuando, ya en La Habana, se produjo el reencuentro casual en una
exposición. La afinidad inicial se reafirmó en la vocación común,
en las búsquedas similares. Tenían que procurarse el sustento y
en el escaso momento de libertad salían, caballete a cuestas, a
descubrir paisajes urbanos y rurales. La ciudad vieja, tan desacreditada
entonces, era fuente permanente de sorpresas. Carlos se había casado
con Alice Neel, también pintora. Marcelo sería el padrino de Santillana,
su primera hija, víctima temprana de la miseria y mantendría con
la artista norteamericana una amistad duradera.
El
aprendizaje requería desafíos mayores. El viaje a Europa se impuso
como una necesidad. Desde Turín, donde Pogolotti conservaba familiares
cercanos, emprendieron por última vez una de esas largas caminatas
que evocaba los días habaneros. Por las estribaciones de los Alpes
llegaron a la Sacra San Michele, el macizo monasterio, situado al
borde del abismo, sobre el espléndido valle de Susa. En París entrecho-
caban corrientes políticas y artísticas. Desde la distancia, en
los cafés de Montparnasse y en sórdidos hoteluchos volvían a encontrarse
los cubanos. Fraguaban algunas comidas de frijoles, escuchaban música
y las parejas daban algunos pasos, olvidadas de la estrechez del
cuarto. Sin dejar de estar al tanto de las noticias de Cuba, entre
tantos otros, llegados de México, del Perú o de Nicaragua, se empezaba
también a redescubrir América. En la vida cotidiana, la solidaridad
hacía compartir la miseria.
Apremiado
por la enfermedad, sabiendo que contaba con poco tiempo disponible,
Pogolotti se impuso una rígida disciplina intelectual. Su personalidad
y su formación lo conducían a la entrega progresiva a esa tarea
intelectual. Carlos Enríquez era más auténticamente bohemio. Por
encima de esas diferencias, la amistad se mantuvo, aunque con el
andar de los años las visitas al Hurón se hicieron más infrecuentes.
Pero cuando acudía a la ciudad para aprovisionarse de materiales,
para gestiones imprescindibles o para visitar a sus hermanas, Carlos
aparecía de improviso en horas de la tarde en el apartamento de
Peña Pobre o, aun más tarde, casi al final de su vida, en el de
la calle J, en el Vedado. El diálogo proseguía, íntimo, lejos de
los metideros, como si nunca se hubiera interrumpido. Carlos, rompiendo
los valladares del orgullo, dejaba escapar alguna confidencia. Marcelo
Pogolotti sobrevivió treinta años al amigo. Habían compartido los
juegos de la infancia y los arrestos de la juventud. Vivieron la
aventura de la vanguardia y soñaron con un mundo más justo. La obra
pictórica de cada uno se fue configurando a partir de presupuestos
diferentes, fundada en una memoria común, la amistad se mantuvo
incólume. Ensayista, Pogolotti supo hacer una valoración temprana
y precisa de la obra pictórica y literaria del amigo. Caso infrecuente
en la vida de los artistas, las rivalidades infecundas no empañaron
el respeto mutuo.
|