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El
epistolario amoroso de la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda
constituye una correspondencia voluminosa dirigida a su amado Ignacio
de Cepeda Alcalde un amor que nunca fue correspondido
durante el largo período de 15 años, entre 1839 y 1854. Estas cartas
también se publicaron bajo el título de Diario íntimo, y
no sólo representan un documento biográfico revelador, sino también
una fuente extraordinariamente rica de información sobre la identidad
femenina de Avellaneda. Esta correspondencia llegó a su fin cuando
Cepeda contrajo matrimonio con otra mujer, y Avellaneda se dio cuenta
de que lo había perdido definitivamente.(2)
Las cartas no se escribieron con la intención de ser publicadas,
y se esperaba que su receptor las quemara; sin embargo, fueron guardadas
y tras la muerte de Cepeda en 1907, su viuda las publicó.(3)
Se podría especular que tal vez Cepeda dio su aprobación para su
publicación póstuma, aprovechando la popularidad literaria de la
autora. También cabe la posibilidad de que la misma Avellaneda lo
hubiera acordado con su amado, tal y como se sugiere en su última
carta. En ese texto, Avellaneda parece responder a una sugerencia
por parte de Cepeda de que las "cartas confidenciales"
podrían ser leídas por un "público" más general:
Respecto
a lo que me consultas sobre mis cartas, sólo puedo responderte
que no recuerdo exactamente lo que contienen. Ignoro si hay en
esas cartas confidenciales cosas que puedan interesar al público,
o si las hay de tal naturaleza, que deban ser reservadas. Cuando
nos veamos, hablaremos de eso y examinaremos dichos papeles.(4)
[énfasis de la autora]
Este
trabajo se centrará particularmente en la primera carta extensa
o cuadernillo autobiográfico que Avellaneda escribió a Cepeda,
siendo este ejemplo representativo de la expresión genuina de su
identidad femenina y a la vez eco de su constante lucha como mujer
dentro de una cultura hegemónica masculina. Al escribir a Cepeda,
Avellaneda no sólo se dirige al amado, sino al lector masculino.
Cepeda no es diferente del resto de los lectores masculinos de la
época, pues como la misma autora afirma: Cepeda es "un hombre
como todos los demás" (p. 54) [énfasis de Avellaneda]. El cuadernillo
revela una de las primeras tentativas de la autora en tomar la pluma
y escribir la historia de su vida, la historia de una "mujer
nueva". Como en el resto de las cartas, Avellaneda se nos presenta
como un ser dividido, en constante conflicto con los convencionalismos
sociales que la acechan. Los conflictos internos que se reflejan
en la ambivalencia de su texto se transforman en un arma vital para
elaborar su epistolario amoroso. Esta ambivalencia construye un
discurso estratégico y dinámico que explora la voz silenciada de
la mujer en el orden simbólico masculino y su determinación a articular
su propia identidad como sujeto femenino, por muy deficiente e indirectamente
en que se lleve a cabo. Es decir, Avellaneda se propone inscribir
su identidad puramente femenina en un lenguaje que la excluye por
su sexo, superando así los rígidos parámetros que le impone la tradición
patriarcal. De este modo, sus propios conflictos se convierten en
estrategia para subvertir los códigos inamovibles y dominantes del
patriarcado. Como las teóricas feministas Susan Gilbert and Sandra
Gubar destacan, la duplicidad que conllevan estos conflictos internos
permite que la mujer se invente a sí misma a través de la pluma.(5)
Para construir un discurso femenino, es necesario que la mujer escritora
examine, asimile, y trascienda las imágenes de "ángel"
y "monstruo" que la tradición literaria de mero dominio
masculino ha asignado a la mujer. Es este ejercicio de deconstrucción
y reconstrucción lo que definen los escritos de Avellaneda: no sólo
desafía la autoridad de su receptor, sino también los límites discursivos
del lenguaje. De este modo, para articular sus deseos y sentimientos,
Avellaneda se disloca de la oposición binaria del patriarcado que
genera un lenguaje inmutable y fosilizado, intentando así definir
la realidad a través de su propio lenguaje (o imaginario femenino)
un lenguaje que está desligado del orden simbólico masculino.
La
primera carta que Avellaneda escribe a Cepeda es un texto extenso
a modo de autobiografía y a la que se refiere como cuadernillo,
dejando muy claro que él es el motivo central de su escrito: "Es
preciso ocuparme de usted; se lo he ofrecido; y, pues, no puedo
dormir esta noche, quiero escribir; de usted me ocupo al escribir
de mí, pues sólo por usted consentiría en hacerlo" (p. 39).
Estas palabras representan un puente para entablar diálogo no sólo
con su receptor sino consigo misma. Es un ejemplo elocuente de cómo
Avellaneda expresa simultáneamente sus sentimientos por su amado
("de usted me ocupo"), y su propio Yo femenino ("al
escribir de mí"), creando así un vínculo íntimo y recíproco
con el Otro (masculino). Además, al referirse a Cepeda como "el
objeto de mis tiros", Avellaneda lo convierte en el blanco
(patriarcal) del arma discursiva de su pluma la cual ella utiliza
para articular su identidad femenina. (p. 190) En esta frase, la
autora capta la esencia de la metáfora "margen-centro",
poniendo de relieve su posición marginal al erigir a Cepeda en centro
y motivo de sus escritos. Esta posición marginal le concede a Avellaneda
el privilegio de proponer otras alternativas, distintas a las definidas
por la cultura del patriarcado. Nancy Harstock señala el protagonismo
de la metáfora "margen-centro" en su ensayo "Foucault
on Power. A Theory for Women?" y su relevancia para la autobiografía
femenina:
The
autobiographical subject may offer a "standpoint epistemology":
an account of the world as seen from the margins, an account which
can expose the falseness of the view from the top and can transform
the margins as well as the center. The point is to develop an
account of the world which treats our perspectives not as subjugated
or disruptive knowledges but as primary and constitutive of a
different world.(6)
Avellaneda
coloca a Cepeda como el motivo "central" de sus escritos,
simplemente como forma de desafiar el discurso hegemónico masculino
en un estilo sutil y mimético. Por ello, las primeras líneas del
cuadernillo afloran como justificación de su misión de escritora,
dándose perfectamente cuenta de que el proceso creativo es monopolio
exclusivo del hombre. De ahí que Avellaneda admita que el acto de
escribir sea un pecado a los ojos de Cepeda, que le exige implícitamente
su arrepentimiento y confesión: "La confesión, que la supersticiosa
y tímida conciencia arranca a un alma arrepentida a los pies de
un ministro del cielo, no fue nunca más sincera, más franca, que
la que yo estoy dispuesta a hacer a usted". (p. 39) Esta cita
expone cómo Avellaneda, al escribir a Cepeda, parece quitarle importancia
a su escrito, presentándolo como una "confesión" que debe
ser sometida a la aprobación masculina del "ministro de Dios",
representado por Cepeda. Asimismo, el hecho de que la autora haya
escogido la forma verbal "arranca" parece sugerir que
su confesión y su implícito arrepentimiento ("arrepentida")
están lejos de representar sus verdaderos sentimientos, sino los
que se le exigen culturalmente.
Avellaneda
impone dos condiciones a Cepeda con respecto al cuadernillo:
primero, que "el fuego devore este papel inmediatamente que
sea leído"; segundo, que "nadie más que usted en el mundo
tenga noticia de que ha existido". (p. 39) A partir de estas
palabras preliminares, que parecen establecer un pacto de amor,
Avellaneda, la escritora, la creadora y la voz discursiva, comienza
a narrar su pasado y a construir su Yo femenino. Avellaneda selecciona
cuidadosamente los eventos de su pasado, que le permiten "escribirse"
a sí misma, es decir, inventarse en sus escritos. Al expresar su
diferencia como mujer, la escritora confronta todas las dificultades
y contradicciones inherentes en el código masculino. Sin embargo,
su realidad femenina determina que su discurso esté lleno de contradicciones
y tensiones. Avellaneda subvierte la relación de subordinación que
mantiene con su receptor, Cepeda, yuxtaponiendo la confesión de
su culpabilidad a la de su pasión incontrolada e instintiva: "Hay
días [
] en que el corazón se rompería, si no se desahogase.
Yo tenía necesidad de decirte todo lo que te he dicho, ahora ya
estoy más tranquila. No me censures, por Dios". (p. 120) Este
pasaje revela la necesidad de Avellaneda de tomar la pluma y trascender
las limitaciones y censura que le impone su interlocutor. La forma
verbal "desahogarse" implica la necesidad que la autora
tiene de expresar su auténtica identidad subjetiva, que parece estar
bajo el control y represión de su receptor, pues, de lo contrario,
como dice la misma Avellaneda: "el corazón se rompería".
Por esta razón, la escritora se niega a que sus deseos y sus instintos
sean aniquilados por los códigos represivos de Cepeda, siendo esta
la única forma de escapar aunque sea efímeramente del orden falocrático.
En
el epistolario personal de Avellaneda, el pasado está al servicio
del presente. El cuadernillo plasma una evocación de su infancia
y adolescencia. En la narración de su pasado, la escritora, como
sujeto enunciador, ofrece al lector masculino imágenes de ella misma
que están deformadas por las normas del patriarcado que el mismo
Cepeda encapsula. Su ambivalencia refleja las diferentes opciones
humillantes que como mujer confronta cuando tiene que definir su
presencia pública en el mundo. Tal y como ella afirma: "No
ignoraba que la opinión pública me condenaba" o, unas páginas
mas tarde, "siempre me condenaban las apariencias" y "juzgada
por la sociedad, que no me comprende". (pp. 59, 81, 90) Estos
episodios de su pasado que Avellaneda nos narra en el cuadernillo
la retratan como una víctima de las leyes represivas de la sociedad,
de su familia y de los intereses materiales de la sociedad burguesa
a la que pertenece. Avellaneda protesta contra la situación discriminada
de la mujer y defiende su derecho a tener una voz con autoridad
y autonomía propias. Phyllis Zatlin Boring observa:
Al
leer la autobiografía de Avellaneda, el lector se encuentra con
una joven en lucha en lucha con la sociedad, con los parientes,
consigo misma . Una persona reñida con su ambiente. Avellaneda
no puede esperar que la entiendan los que piensan que todas las
mujeres deben llevar vidas iguales. Tula es incapaz de ser buena
gallega casera como las parientas de su padrastro.(7)
Una
de las características más sobresalientes en la trayectoria vital
de Avellaneda es su deseo insaciable de hacer lo que le place, de
vivir la vida para ella misma y poner a prueba la validez de los
valores culturales. Sabemos que era una niña precoz e inteligente,
que tenía gran afición a la lectura y que enjuiciaba la opinión
de sus parientes. Avellaneda destaca que los parientes españoles
de su padrastro decían que no era buena en nada de lo que una mujer
debía ser buena y como ella misma confiesa: "[M]e ridiculizaban
[...] mi afición al estudio y me llamaban la Doctora".
(p. 72) El hecho de que Avellaneda haya subrayado e iniciado con
mayúscula la palabra Doctora parece indicar su deseo de resaltar
el género de la palabra, y su significado peyorativo en este contexto
("la que blasona de sabia y entendida"(8) ).
La ironía de Avellaneda también aflora cuando dice: "Dábaseme
la más brillante educación que el país [Cuba] proporcionaba".
(p. 43) La palabra "brillante" aquí es utilizada irónicamente
para poner énfasis sobre la educación limitada y restringida que
ella recibía como mujer. Avellaneda fue una mujer muy atípica para
su época. Fue incluso condenada por su propia madre, que la llamaba
"salvaje" por su tendencia a aislarse de la sociedad,
siendo su gran placer "estar encerrad[a] en el cuarto de los
libros, leyendo [sus] novelas favoritas y llorando las desgracias
de aquellos héroes imaginarios, a quienes tanto querí[a]".
(p. 44) Influenciada por los ideales románticos, Avellaneda parece
querer aislarse ("encerrada") de una sociedad que no la
comprende y la censura injustamente; una sociedad, en opinión de
Joan Torres-Pou, "donde tales ideales no tenían cabida".(9)
Es
obvio que Avellaneda encontró en el recuerdo de su infancia y adolescencia
el ímpetu para una poética que años más tarde pondría en práctica
en su ficción literaria. Sus reminiscencias describen las actitudes
que la caracterizan su pasión por todo lo intelectual
y que le sirven como estrategia para esbozar el proceso de cómo
ha llegado a ser la escritora del presente: "Mostré desde mis
primeros años afición al estudio". (p. 42) El hecho de que
la joven Avellaneda demostrara un serio interés por la lectura la
convirtió en una mujer poco común a los ojos de los que la rodeaban.(10)
Este sello de distinción y diferencia a menudo representaría obstáculos
para Avellaneda; así lo admite al referirse a la predilección que
tenía por Rousseau: "Decían que yo era atea, y la prueba que
daban era que leía las obras de Rousseau". (p. 72) Similarmente,
Avellaneda infravalora la calidad de su educación intelectual y
sus pretensiones de creatividad literaria. A pesar de que en estos
momentos su obra ya había empezado a publicarse, la estrategia con
Cepeda es presentar sus cualidades intelectuales como un juego,
o como un producto de sus pasiones infantiles: "[Mis] juegos
eran representar comedias, hacer cuentos, rivalizando a quien los
hacía más bonitos [...]. La lectura de novelas, poesías y comedias
llegó a ser [mi] pasión dominante". (p. 44) Paradójicamente,
esta cita describe la lectura como la "pasión dominante"
de Avellaneda, especificando los tres géneros que cultivaría durante
toda su trayectoria literaria. Avellaneda continúa manipulando el
lenguaje ante los ojos censores del amado y estratégicamente admite
que aunque ella y su prima solían entretenerse en "objetos
más serios y superiores a [su] inteligencia" y ambas poseían
"la elevación y profundidad de sentimientos, que sólo son propios
de los caracteres fuertes y varoniles", también se autodefine
estableciendo un paralelismo con su prima según la imagen
femenina estereotipada de la tradición patriarcal: "Como yo,
reunía la debilidad de la mujer". (p. 47) A pesar de su aparente
ambivalencia y Yo fragmentado, Avellaneda expresa su profunda admiración
por las cualidades intelectuales logocéntricas que tradicionalmente
han sido consideradas de exclusivo dominio masculino. De este modo,
Avellaneda inscribe a su prima y a sí misma en el lenguaje, logrando
expresar su subjetividad femenina e indirectamente exigiendo no
sólo "profundidad de sentimientos", sino también "inteligencia"
(socialmente denegada a la mujer). La alusión a la prima podría
interpretarse como un artificio al que la autora recurre para expresar
su alter ego a través del cual Avellaneda puede definirse
a sí misma. Al convertirse en agente de su propio discurso, se declara
solidaria con su propia identidad (femenina). Así lo sugieren una
vez más sus palabras: "mi prima y yo estábamos solas".
(p. 47) El término "solas" sugiere solidaridad femenina
(sin la presencia masculina), como modo de combatir la opresión
que ejerce el orden simbólico masculino sobre el sexo femenino.
Avellaneda define repetidas veces su identidad indefinida y fragmentada:
"era [...] yo una mezcla de profundidad y ligereza, de tristeza
y entusiasmo [...]. Mi gran defecto es no poder colocarme en el
medio y tocar siempre los extremos" o "yo me contradigo".
(pp. 47, 54) Estas son sólo algunas de las afirmaciones que ilustran
el dilema que experimenta en su papel como mujer escritora, y su
necesidad de "inscribirse" en su discurso. Al considerar
"un gran defecto" el no poder colocarse en el centro (como
su interlocutor masculino), la escritora expone sus temores a dar
voz a su propia identidad de forma explícita y directa. Suárez Galbán
resalta que la personalidad dividida de Avellaneda explica el tormento
autodestructivo que debió experimentar: "Afirma y se niega,
se resigna a su papel sexual-social, y se mutila como ser humano".
(p. 298) Sintiéndose aislada en una sociedad que no la comprende,
sus conflictos internos se repiten constantemente. Por una parte,
Avellaneda declara envidiar a esas "mujeres que no sienten
ni piensan [...] y a las cuales el mundo llama mujeres sensatas".
(p. 61) Por otra, deja muy claro que no piensa como "el común
de las mujeres". (p. 148) Esta aparente contradicción pone
de manifiesto su identidad objetiva (social) y subjetiva (individual),
en su intento ambivalente de intervenir en el discurso hegemónico
masculino. Este conflicto es el resultado de su "ansiedad de
autoría", común a las escritoras del siglo xix, las que son
temerosas de singularizarse en el ámbito masculino".(11)
Pero
muchas veces estas contradicciones son meras apariencias, constituyendo
una estrategia retórica que permite a Avellaneda expresar su subjetividad
de forma indirecta. Así se entiende que Avellaneda deliberadamente
se apropie de imágenes misóginas femeninas para parodiarlas y de
esta manera revelar su perspectiva femenina. Este aparente uso paradójico
de su lenguaje pone de relieve una vez más la actitud censurante
masculina con respecto a la mujer escritora: "Yo no conocía
ni el mundo ni a los hombres: era tan inocente como el día en que
nací". (p. 56) Mientras que varias páginas después, se apropia
para sí misma una imagen frívola y poco convencional:
Hubiera
yo querido mudar mi naturaleza [...] Yo me avergonzaba de una
sensibilidad, que me constituía siempre en víctima [...]. En este
tiempo dos veces he contraído pasajeras relaciones. Mi
corazón no las formó, fue [...] la necesidad de una distracción,
el ejemplo de la sociedad. (p. 74) [énfasis de la autora]
Este
párrafo presenta la apropiación de Avellaneda de un comportamiento
que es generalmente sólo lícito al hombre, tal y como sugiere el
haber "contraído pasajeras relaciones" como mera "distracción".
Esta estrategia de carácter subversivo es incuestionablemente feminista,
pues implícitamente subraya como las mujeres son puramente objetos
en el imaginario sexual masculino. El Yo en el discurso de Avellaneda
parece incoherente, como "neurótico", distinto al que
caracteriza al modelo autobiográfico tradicional, en el que la imagen
representada y la identidad del autor/a es la misma. Aquí una vez
más, las palabras de Avellaneda reflejan las tensiones estéticas
y las contradicciones morales que la amenazan como escritora. Ella
se da cuenta de que Cepeda no es capaz de reconocer su verdadera
identidad (femenina) e intenta enmascararla, expresando el deseo
de cambiar su "naturaleza". Obviamente, la autora asume
esta estrategia como la única manera de no convertirse en objeto
de censura ante Cepeda. Así, la imagen negativa que revela de sí
misma es expuesta como una proyección del imaginario cultural masculino,
y, por consiguiente, del estado de represión socio-cultural que
experimenta como mujer.
A
la vista de todo lo expuesto, se podría concluir que el cuadernillo
autobiográ- fico de Avellaneda se gesta como un palimpsesto
que enmascara el significado más profundo de sus ideas (socialmente
censuradas) y otorga autoridad literaria a su autora al adoptar
y transgredir simultáneamente los cánones masculinos literarios
a distintos niveles. Estas estrategias discursivas plantean los
dilemas que Avellaneda experimenta como mujer-objeto en la sociedad
en su intento de inscribirse como sujeto autónomo y con derecho
propio en su discurso. En suma, Avellaneda sobresale como una mujer
en busca de sí misma, en busca de su propia identidad. Es evidente
que la escritora desarrolla en su cuadernillo una fuerte
ego-identidad, logrando expresar su auténtica voz femenina que habla
de su condición social y trascender meros parámetros socio-culturales.
Así el "diálogo" implícito que se recoge en esta primera
y extensa carta permite que el lector re-evalúe el papel de la mujer
en la sociedad y condene las injusticias sociales de las que es
víctima. Pero, sobre todo, deja testimonio de la autoconciencia
que Gertrudis Gómez de Avellaneda tenía de su condición diferente.
El acertado juicio de Nara Araújo resume la presencia significativa
de la identidad femenina de Avellaneda y su "diferencia"
en el cuadernillo, "diferencia [
] que proyectó
desde la perspectiva de género para alcanzar un cuestionamiento
de la iniquidad humana."(12)
Notas:
1.-
Aileen Schmidt. La construcción del sujeto en dos cronistas de viajes
cubanas del siglo xix. En: Mujeres latinoamericanas: historia
y cultura. Siglos xvi al xix. / ed. Luisa Campuzano. La Habana
: Casa de las Américas-Universidd Metropolitana, 1997. vol. 1, p.
141.
2.-
Según la opinión de Carmen Bravo-Villasante, aunque a Cepeda siempre
le fascinó el talento y la belleza de Avellaneda, "él la quiere
como amiga, como amante (así se decía antes al amado), pero como
esposa teme que le resulte insoportable el exceso de inteligencia,
su futura gloria".
Una
vida romántica: la Avellaneda. Barcelona : Editora Hispano-Americana,
1967. p. 46.
3.- La Avellaneda. Autobiografía y cartas
de la ilustre poetisa, hasta ahora inéditas. / prólogo y
necrología de don Lorenzo Cruz de Fuentes / 1ª edición. Huelva,
1907.
4.-
Gómez de Avellaneda, Gertrudis. La Avellaneda: Autobiografía
y cartas. / ed. Lorenzo Cruz de Fuentes / 2ª ed. Madrid : Imprenta
Helénica, 1914. p. 242.
Todas
las citas en el texto pertenecen a esta edición.
5.- Gilbert, Sandra M. and Susan Gubar. The
Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century
Literary Imagination. New Haven, London : Yale University Press,
1979. p. 16.
6.-
Feminism/Postmodernism. / ed. Linda J. Nicholson. Nueva York
: Routledge, 1990. p. 171.
7.-
Boring, Phyllis Zatlin. Una perspectiva sobre la confesión de Avellaneda.
En: Homenaje a Gertrudis Gómez de Avellaneda. Memorias
del simposio en el centenario de su muerte. / ed. Rosa M. Cabrera
y Gladys B. Zaldívar. Miami : Ediciones Universal, 1981. p. 97.
8.-
Ver definición 6 de doctor, ra. En: Real Academia
Española. Diccionario de la Lengua Española. / 21 ed. Madrid
: Espasa-Calpe, 1992.
9.-
Torres-Pou, Joan. La ambigüedad del mensaje feminista de Sab
de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Letras Femeninas 19 (1993),
55-64 (p. 58).
10.-
Otras escritoras contemporáneas como la española Faustina Sáez de
Melgar tuvo también que enfrentarse a la fuerte censura de sus familiares
con respecto a sus inclinaciones intelectuales: "Acusábanle,
como de un crimen, de su afición a las lecturas: la mortificaban
sin cesar con burlas mordaces".
En:
Sinués de Marco, María del Pilar. Biografía de la señora doña Faustina
Sáez de Melgar, en Faustina Sáez de Megar, La Higuera de Villaverde
(Madrid: Imprenta de D. Bernabé Fernández, 1860), p. 83]. XXVER
11.-
Picón Garfield, Evelyn. Poder y sexualidad: El discurso de Gertrudis
Gómez de Avellaneda. Amsterdam, Atlanta : Rodopi, 1993. p. 128.
12.-
Araújo, Nara. El alfiler y la mariposa.
La Habana : Editorial Letras Cubanas, 1997. p. 48.
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