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Introducción
En
este ensayo sólo abordaremos los hechos científicos históricos acaecidos
en Cuba, en un período limitado de tiempo, pero suficiente para
esclarecer la forma y modo de cómo se fue originando la cultura
científica en la sociedad cubana. Me aventuro a presentar un conjunto
de reflexiones abarcadoras de problemas conceptuales, del valor
y significación de la historia de la ciencia y la medicina según
mis propios puntos de vista.
La
historia de la ciencia es hoy día un factor de gran valor para la
comprensión del nivel de desarrollo de la sociedad y un elemento
de cardinal importancia para mensurar la difusión de su progreso.
De todos los elementos que conforman la superestructura de la sociedad
y concretamente del comple-jo conjunto de la cultura, en el más
amplio y profundo contenido del quehacer humano, y de sus valores
éticos, el que refleja más cabalmente el proceso de producción,
su desarrollo y perspectivas está contenido como fuente primaria
en la ciencia, tanto en las naturales como en las tecnológicas.
Estos conceptos definitorios cambian en la medida misma en que avanza
la interacción entre la sociedad y la naturaleza, las que son muy
complejas y complicadas y sólo comprensibles como una unidad dialéctica.
En este punto es necesario advertir que la aparición de nuevas categorías
de fenómeno, no son sólo dependientes del modo de producción, sino
de las formas de pensar del hombre. Esto último tiene que ver con
la aparición de un estrato cualitativo y cuantitativo nuevo, surgido
a impulso de los requerimientos de la ciencia que son los investigadores
y experimentadores siempre en constante evolución al igual que el
inventario de equipos técnicos en que se apoyan. Esto presenta una
modalidad nueva porque desencadena móviles imprevistos e inesperados,
derivados algunos de la inteligencia artificial. Para la valoración
de este conjunto es imprescindible el conocimiento de su evolución
histórica, es decir, de cómo se han sucedido en el decurso del trabajo
experimental y de las innovaciones y los cambios que se le han introducido.
Esto
alumbra un nuevo espacio en la historia de la ciencia que desborda
su vieja frontera al introducir un nuevo parámetro, el de la creatividad
humana y la contribución propia de la tecnología de punta.
Ahora
más que nunca tiene validez la acertada definición que hiciera Keldish
en el XXIII Congreso Internacional de Historia de la Ciencia:
La
historia de la ciencia hace renacer en nuestras mentes el apasionante
espectáculo de cómo el hombre penetra en los secretos más recónditos
del Universo a lo que debe añadirse hoy y de los misterios
de la vida humana. De cómo tienen lugar las grandes manifestaciones
del intelecto humano y brinda los ejemplos más significativos
de la lucha de los científicos en aras de la verdad y sumo, idónea
para el cultivo de la inteligencia en el mundo nuevo que se forja
constantemente por la interacción del hombre y la naturaleza.
Las alabanzas por los logros modernos no pueden ni deben ocultar
que la ciencia actual hunde su raigalidad en aquellos conocimientos,
hoy al parecer simples y primitivos de culturas anteriores, tan
llenas de atisbos perdurables, bastaría recordar las revoluciones
de la Tierra o el movimiento circular de la sangre como lo más
paradigmático en los albores del renacimiento. La historia de
la civilización es una y continua, en cada etapa de su evolución,
y en cada país es posible hallar una parte alicuota de progreso
científico. Nuestra cultura no es tan excepcional ni necesariamente
más acabada que la que se promovió milenios atrás. Nuestros conocimientos
de hoy son muy útiles para comprender y valorar justamente la
vastedad de la sabiduría antigua.
Nuestra
generación no es más inteligente que la de nuestros ancestros, aunque
ciertamente "Los conocimientos actuales son más extensos y
exactos". Como afirma Sarton "La adquisición y sistematización
de conocimientos positivos es la única actividad humana verdaderamente
acumulativa y progresiva".
El
avance de los conocimientos científicos ha sido de tal envergadura
en estos últimos tiempos que nos ha creado la ilusión falsa
por demás de que todo lo que tuvo lugar en tiempos pretéritos,
no merece estudiarse ni recordarse, y hasta se llega a prescribir
su inutilidad. Algunos en su vanidad erradamente imaginan que ahora,
y sólo ahora, comienza la creación científica, y definen que estamos
en el camino de resolver todas las incógnitas y, por lo tanto toda
la verdad científica se alcanzará en un tiempo relativamente breve.
Este es un criterio prejuicioso que lejos de ayudar entorpece y
retrasa nuevos conocimientos.
La
historia muestra numerosos ejemplos, aunque sólo se citará uno.
Con los admirables descubrimientos de Pasteur se pudo pensar que
la infectología llegó a su final, pero aparecieron los virus, las
rickettsias y otros agentes. Tampoco el descubrimiento de los vectores
biológicos por Carlos J. Finlay puso fin al contagio y esto sin
hablar de los mecanismos patogénicos, o la patogeno- cidad. En la
medida en que nos adentremos en la intimidad de los problemas biológicos,
físicos, matemáticos, y los que deben ofrecer las investigaciones
cósmicas, nos percatamos de cuánto ignoramos aún acerca de la naturaleza,
y de su independencia con los distintos factores que la componen.
Para comprenderlos no hay otro medio que acudir al pensamiento teórico,
partiendo de la base de que la ciencia del pensamiento es una ciencia
histórica, la cual tiene también su importancia en lo que afecta
a la aplicación práctica, es decir, aunque nos parezca paradójica
e ingenua "la contradicción de lo que sabemos y lo que ignoramos
sigue siendo el móvil de la investigación, en la búsqueda y explicación
de los hechos y los problemas". No podemos olvidar ni puede
escapar a nuestro discernimiento que la aparición o logro de un
descubrimiento lleva consigo la ignorancia de otros muchos.
La
ciencia como un producto general y espiritual del desarrollo social
es un elemento integrador de la cultura de una nación y está sujeta
en sus limitaciones, o en su expansión, a las posibilidades que
ofrece el modo de ser de la sociedad. Esto complica en grado sumo,
su interpretación a la luz de la historia. Las ciencias se influyen
en plenitud dimensional por las concepciones y los progresos de
la universalidad de su discurso y el específico y peculiar desarrollo
interno de cada una de ellas, a lo que se le adiciona el papel altamente
motivador del genio humano, es decir del cultor de la ciencia.
Dada
la asimetría en el desarrollo socio-económico del mundo que ha prevalecido
y aún se mantiene como norma de la civilización, un conjunto de
países acapara los más relevantes éxitos de la ciencia y de la técnica,
en otros, los más, la investigación científica y su aplicación se
limitan a ciertas ramas y siempre en forma restringida, lo que fragua
el predominio de la ciencia en las grandes potencias y dimensiona
su historia. Son ellas las que aportan más descubrimientos y poseen
el mayor número de investigadores. El resto de los países, debido
a su dependencia económica y su índice menor de competividad, constriñe
la esfera de la investigación, lo cual no implica que no hagan o
contribuyan con aspectos valiosos.
La
actual jerarquización de la ciencia no fue históricamente del mismo
rango, porque este en definitiva está sujeto a las leyes del desarrollo
de la sociedad humana. Esto prueba que el progreso científico está
vinculado al sistema social imperante. La historia verifica el aserto
de que todo país, en alguna medida ha contribuido al acervo científico
universal.
En
otro aspecto digamos que tanto la historia de la ciencia, como la
propia de la medicina, con la salvedad de otras disciplinas, son
relativamente nuevas, están en pleno desarrollo metodológico y estructural
lo que equivale a admitir que aún no han generalizado su nivel teórico
y sus interacciones con las fuerzas motrices que la promueven e
impulsan en el contexto sociocultural.
La
historia de la ciencia no sólo nos es útil por lo que nos enseña
sobre ideas y personalidades científicas, lo cual es inexcusable.
Sus expectativas son más anchas y profundas, es promotora de heurística,
de formas educativas superiores, de mostrar nuevos senderos en la
investigación y su metodología, y pauta el inextricable camino de
la creatividad científica, ensanchando nuestro horizonte y nuestra
visión de lo nuevo, y lo diferente. En síntesis tal como expresa
Sarton, "es el más precioso patrimonio de la humanidad".
En los tiempos modernos además es un surtidor eficaz de proposiciones
e hipótesis, con lo que se enriquece nuestro intelecto y lo conduce
por el camino del humanismo.
Es
una pena grande que esta materia no haya atraído a la legión de
jóvenes y modernos investigadores, que no la estudien consecuente
y sistemáticamente, que no se percaten de cuán provechoso puede
serle incluso en su trabajo práctico.
Como
disculpa para ello vale el hecho de que los historiadores no han
tenido la suficiente habilidad para atraerlos con textos claros
y sencillos, libres de la pesantez de la erudición, y redactados
con un lenguaje literariamente rico en expresiones que los inciten
y los seduzcan, semejantes a ciertas obras de ficción, de historia
del arte y literaria.
La
mayoría de los jóvenes investigadores admiran la ciencia, por el
maravilloso espectáculo de sus aplicaciones, pero olvidan que en
el trasfondo subyacen numerosas intuiciones y conocimientos teóricos
que podrían ser muy valiosos, si se expusieran. A veces una idea
científica no culmina aunque fuese bien concebida y ello se debe
a que no existían las condiciones apropiadas, ni el colectivo científico
las compartía, bien porque interrumpía bruscamente el raciocinio
de su época, o a consecuencias de la tozudez o inercia mental que
los mantiene apegados a criterios anticuados y obsoletos. En otra
vertiente, el espectáculo maravilloso de la verificación de un descubrimiento,
encubre en múltiples ocasiones la ciencia teórica y desinteresada
que le sirvió de impulso. Un ejemplo de esto es posible identificarlo
en la actitud asumida por el Colectivo Médico Académico de Cuba
y en el extranjero en el siglo pasado frente a la enunciación de
la teoría finlayana de la transmisión de la fiebre amarilla
por el mosquito Aedes Aegypti, la cual fue acogida con
indiferencia y temor. En ese tiempo no parecía concebible una tal
teoría a pesar de no ser extemporánea por lo que no hubo comprensión
para su real significado teórico y sus derivaciones prácticas.
En
1542 en De Contagione, Fracastoto enunció la posibilidad
de que existiera un conjunto de distancia, pero no conocía de tales
enfermedades y para lo cual jamás hubo comprensión. Por supuesto
que Finlay no partió de esta intuición, sino de algo más concreto
y moderno e ideó la factibilidad de que el contagio se verificara
por intermedio de vectores biológicos.
Podría
argumentarse mucho más en torno al valor de la historia de la ciencia,
sin dejar de advertir que en la medida misma que se haga más popular
y menos profesional se pueden crear problemas y complicaciones graves
que afectan la verdad científica. En mi opinión, más que erudición
lo que ella reclama es valor moral, es decir una ética de la verdad,
sin prejuicios ni chovinismos, ni exageraciones apologéticas, ni
denigraciones. La historia de la ciencia es un paradigma de la sabiduría
del intelecto en función del progreso humano.
Hay
quienes provocan incertidumbres y confusiones al utilizar una metodología
inadecuada, pero los más dañoso son los que persiguen deformar la
historia con la aplicación de la epistemología, sobre todo si el
autor persigue un fin premeditado para saciarse con una conclusión
que fingidamente la ha preconcebido. Un ejemplo de esto lo
ofrece el pequeño libro de la Delaporte, La historia de la
fiebre amarilla, cuyo título no se aviene con su contenido
y en el que su propio rencor dice que está escrita como una historia
detectivesca. Él sienta como premisa una falsedad de la que no puede
ofrecer un testimonio histórico verídico. Sobre esto ya me he referido
en dos ocasiones distintas, una en México en la sección plenaria
del III Congreso de Salud y Enfermedad y, otra en La Habana, en
el paraninfo de la Academia de Ciencias donde leí una conferencia
titulada "En defensa de la credibilidad científica" donde
rebato las argucias que sustenta por inciertas y se califica este
libro como inconveniente y no útil para la juventud estudiosa de
la historia de la ciencia por atentatorio a verdades irrebatibles
sostenidas por ilustres sabios, en diferentes congresos internacionales
de medicina.
Permítanme
añadir otra reflexión. Si en los tiempos pasados se podía tomar
la historia de la ciencia como deleite, reivindicación o erudición,
a la luz del desarrollo actual es una imperiosa necesidad estudiarla
e investigarla, con la misma acuciosidad y rigor metodológico con
que se exploran los más complicados problemas de la biología, la
medicina, la física y la cibernética y cuantas otras ciencias componen
el firmamento infinito del conocimiento. Con la historia de la ciencia,
se deshiela la ciencia y se hace entrar en ella savia nueva. El
pensamiento nuevo sirve para ver más hondo en la sabiduría antigua.
Peca de estulto quien no columbre que los tiempos son como sementeras
revueltas que exigen que una y otra vez se acudan a los surcos que
abrieron los próceres que nos precedieron para la difusión de la
niebla de lo ignorado y abrir nuevos derroteros para el porvenir.
No se puede minorar la ciencia porque en algún momento de la historia
no pudo ni supo alcanzar la verdad. No se puede llegar más allá
de lo que el tiempo permite y la sociedad necesita. Pretender algo
distinto es como sembrar el caos. Los grandes corifeos de la ciencia
cumplieron su misión, ahora tócanos a nosotros comprenderlos y hacer
accesible su genio, popularizando y divulgando sus contribuciones
científicas en certámenes internacionales.
Esta
actividad podría atraer a gran número de intelectuales, tales como
literatos, educadores, periodistas, escritores y hasta a los propios
científicos ¡Cuánto ganaría la cultura! La divulgación científica
es también un tema que exige historiarse. Quisiera recordar a algunas
personalidades más sobresalientes y que merecieron el premio Kalinga
de la UNESCO, creado por iniciativa de Biju Patnaik a quien pude
conocer personalmente durante mi estancia en la India.
Los
descubrimientos científicos, las innovaciones tecnológicas, surgen
y se aceleran con violencia inusitada, de ahí que se hace necesario
darlas a conocer lo más temprano posible a la opinión pública. La
ciencia hoy está tan diversificada que incluso muchos de los que
trabajan en una especialidad ignoran lo logrado en otras, de las
cuales pueden necesitar.
Lo
importante es que los divulgadores o popularizadores tengan un profundo
sentido de responsabilidad hacia los lectores, una aguda conciencia
de exponerla con seriedad y claridad. Para sólo citar a algunos
de los científicos que abordan esta tarea magistralmente se pueden
mencionar entre otros a Louis de Boglie, en Certidumbre e incertidumbre
en la Ciencia; Un planeta llamado tierra; Oparin, El origen
de la vida; Jean Rostand, La génesis de la vida; Bertrand
Russell, Impacto de la ciencia en la sociedad; Carl Sagan,
Los dragones del Edén; Hawkins, La historia del tiempo;
Konrad Lorenz, Los 8 pecados mortales de la humanidad civilizada
que lo convirtió en un prominente miembro de la protección del
medio ambiente; el reciente libro de José B. Altschuler La luz
que llegó para quedarse, y qué decir de ese magnífico libro
de Federico Engels Dialéctica de la naturaleza, y el bello
y esclarecedor Prólogo de J. B. S. Haldane, y para los más relevantes
científicos de India, el libro de Jaggit Singh bajo el título de
Some Eminent Indian Scientist.
Ojeada
histórica de la ciencia en Cuba
La
investigación histórica en nuestro país, particularmente en las
ciencias naturales y la medicina, es una tarea muy laboriosa porque
su fuente documentaria es escasa y se encuentra dispersa. En lo
que respecta al período que denomino "hispánico", sólo
dependemos de las actas del cabildo, protocolos notariales y los
fondos que se conservan en el Archivo de Indias y otros. La imprenta
en Cuba llegó sólo en la primera década del siglo xviii. No obstante
ello, ha sido posible agrupar algunos elementos culturales que pueden
asumirse como los prístinos que dan origen al movimiento científico
en la isla. A esto me he referido recientemente en conmemoración
de la eclosion científica.
Es
conocido, por haber sido divulgado más de una vez, que en 1648 un
nativo, un habanero como se llamaba entonces a los nacidos en la
ciudad, lo cual les permitía diferenciarse de los españoles, Diego
Vázquez de Hinostrosa viajó a México para estudiar medicina, y regresó
a ejercer su profesión en La Habana. La importancia de esto estriba
en la continuidad, pues este servicio era potestad neta de la metrópoli.
Constituye un elemento cualitativo nuevo, al representar la actitud
de nativos de adquirir por sí mismos conocimientos, en este caso
médicos. Si bien no se puede interpretar como un desafío a las ordenanzas
españolas, sí representa la expresión de una voluntad peculiar y
quizás también de cierta habilidad de percatarse de una necesidad
material, representada por la inopia de médicos y la presencia de
ciertas enfermedades, casi seguro epidémicas.
Un
año después de su salida, en 1649, aparece la primera y más grande
epidemia de fiebre amarilla que se registra en La Habana, aunque
quizás pudo estar precedida de casos aislados. Lo cierto
es que en esa fecha sólo había algunos cirujanos que fallecieron
víctimas de la enfermedad. No es hasta 1651 que llega un
doctor en medicina graduado en Sevilla, el doctor. Lázaro de Flores
y Navarro, quien habrá de figurar en los Anales históricos cubanos
por haber escrito en La Habana, entre 1662-1773 un libro científico,
el Primero, arte de navegar, que por falta de imprenta se
publicó en Madrid en 1673. Desde el punto de vista científico da
a conocer las primeras explicaciones de fenómenos naturales que
ocurren en la isla, tales como eclipses lunares, y mediciones geoastronómicas.
Formuló nuevas tablas sobre la declinación del sol, computadas al
meridiano de La Habana. Hizo estudios, sobre el movimiento de las
estrellas, tomando como guía a Tycho Brahe. Según Fernández Navarrete
"aplicó un método nuevo, conforme a principios matemáticos
para resolver la ecuación de las declinaciones del sol". En
su libro hace una mención a Copernico, aunque era partidario de
las doctrinas ptolemaicas. En verdad, en América el introductor
de la teoría heliocéntrica, fue el notable astrónomo y matemático
mexicano Sigüenza y Góngora quien la dio a conocer en su Libra
astronómica en 1681, lo que representó un verdadero desafío
científico porque ella estaba considerada como subversiva y sujeta
a la victimización por el Tribunal de la Inquisición. En La Habana
representaba al tribunal el notario Juan Bautista Guilisasti.
Las
aportaciones más importantes y novedosas que ofrece Flores son sus
observaciones de eclipses lunares los que utiliza para fijar la
situación geográfica de La Habana y la diferencia de tiempo existente
entre esta y Sevilla. La primera la efectuó el 12 de febrero de
1663, que puede tomarse como la fecha primicial de una observación
científica en la isla. El segundo ocurrió el 6 de agosto de 1664.
El libro de Flores no circuló en La Habana porque falleció casi
simultáneamente con su publicación en 1673 y no existe constancia
de que su viuda lo haya importado, y sólo se pudo conocer por la
cita que hace Delmonte y reproduce Trelles. No fue hasta su tricentenario
en 1973 que se hace un análisis crítico del mismo.
Este
incipiente y esporádico científico de la isla guarda un cierto paralelismo
con el de México en el siglo xvi, es decir un siglo antes. No se
puede olvidar que aquel es un producto de la atención que se prestó
a la cultura indígena que contó con el apoyo de la metrópoli al
despertar su interés de conocer la flora de ese país, para lo cual
envió con el título de protomédico a Francisco Hernández. Además
hay otros factores primordiales para crear una cultura científica
que sí se dieron en México, como la imprenta (1539), carta geográfica
completa (1556-1562), universidad (1518) biblioteca (1534), primer
médico (1514). Todos comportan un sostén fundamental para los orígenes
de la ciencia.
Tras
el regreso de Hinostrosa a México y la defunción de Flores la atención
médica en La Habana queda en manos de cirujanos y ocasionalmente
de médicos de la Armada. A fines de siglo arriba el
doctor Francisco de Teneza y con él se inaugura las funciones del
Tribunal del Protomedicato, anteriores a este sólo vinieron un médico
español y otro de México. El siglo xviii se inaugura con un fortalecimiento
de la posición de los médicos. Esto coincide con la aplicación de
la emigración de cultura a México, y un cambio significativo en
su composición, de estudiosos de derecho y cánones de medicina,
y entre estos se revelan dos importantes figuras que cultivarán
otros perfiles científicos, que representan una modalidad cualitativa
que arrojará luz, en el período que Le Riverend denominaba de "penumbra".
Estos son Francisco González del Álamo con quien comienzan
los estudios de medicina de la isla y será también el primer publicista
de un dictamen médico que se dio a la imprenta en México ante la
imposibilidad de hacerse en La Habana, y que aún permanece perdido.
La noticia llega a través de la obra histórica de Arrate y consta
en las actas del cabildo del 3 del junio de 1711. El 12 de enero
de 1726 en el convento de San Juan de Letrán se inauguró el primer
curso de medicina, que se desarrolló en años sucesivos con tanto
éxito que cuando se creó la Facultad de medicina, de no haber fallecido
González del Álamo habría sido su decano y profesor de fisiología.
Sus alumnos fueron profesores de la Pontificia.
El
segundo llegó a ser la personalidad científica más relevante de
la primera mitad del siglo xviii, su nombre Marcos Antonio Riaño
de Gamboa. Graduado de médico en México, desde estudiante se mostró
interesado en matemáticas, a extremo tal que se presentó como concursante
a la cátedra vacante por la muerte de Carlos Sigüenza Góngora en
1769; al parecer no tuvo éxito, se desconocen sus ejercicios por
lo que no se pueden valorar sus conocimientos al respecto, pero
evidentemente que esto lo mantuvo como una vocación, pues si bien
regresó a La Habana a ejercer su profesión, en 1706 marcha a Cartagena
de Indias donde lleva a cabo estudios de astronomía, quizás estimulado
por las observaciones primeras que inicia la metrópoli con el propósito
de determinar las posiciones geográficas de los puertos y ciudades
de las colonias ultramarinas, obligada España ante la necesidad
de establecer un sistema militar defensivo, particularmente en los
poblados o ciudades costeras. Uno de estos ingenieros militares
fue Juan Herrera quien había permanecido en Cuba durante siete años.
En 1769 el gobierno español le ordenó trasladarse a la ciudad de
Cartagena de Indias. Allí se encontró con Riaño de Gamboa, quien
ejercía la medicina y al parecer lo influenció hacia el estudio
de la astronomía. Ambos hicieron observaciones conjuntas. J. Cassini
director del observatorio de París, recibió una colección de observaciones
astronómicas realizadas en América, entre las que se hallaban las
de Herrera y Riaño de Gamboa las cuales publicó en 1729 en las
Memoires de Academie Royal des Sciences. En ese estudio afirma
que Riaño fue el primero que hizo la determinación de la altitud
de La Habana efectuando la observación de cuatro eclipses de luna
y la ocultación del primer satélite de Júpiter con un telescopio
de diez pies y un péndulo. Los eclipses tuvieron lugar en los años
1715, 1721, 1724 y 1726, el fenómeno de Júpiter en 1724. También
hizo la medición de la altura de Sirio y Proción en 1717. Cassini
en la época en que calcula estas observaciones de Gamboa, las comparó
con otras observaciones correspondientes hechas en Europa. Las de
Riaño sólo tuvieron un error, menor de 45º. Humboldt sostuvo que
en cuanto al interior, la isla de Cuba era una tierra desconocida,
lo que no se ajusta enteramente a la verdad, porque Riaño había
estudiado la altura meridiana de Trinidad, Sancti Spíritus y Puerto
Rico. El artículo publicado por Cassini fue uno de los que le sirvieron
de base a Humboldt, quien dice: "Creí indispensable dar esta
reseña histórica" la que constituye el capítulo primero de
su Ensayo político con el fin de que "el lector pueda
comprender los motivos que han determinados el camino
que sigo. Me remontaré hasta la época de las observaciones
de Gamboa, es decir, 90 años atrás...". Riaño también mereció
citas de la Sagra y Oltmanns. El artículo de Cassini fue traducido,
comentado, y publicado en Quipu en 1989 por López Sánchez.
Riaño
falleció en 1729 y parece que fue en México porque la noticia la
ofreció La Gaceta de México donde se dice que fue famoso
médico y revisor de libros del Santo Oficio de la Inquisición. Sus
trabajos le confieren el título de primer Astrónomo de Cuba, y primer
expositor de observaciones científicas, los de Flores aunque le
antecedieron no fueron conocidas hasta el siglo xix en Cuba.
Otro
científico e ilustrado habanero y condiscípulo de Riaño en la Universidad
de México lo fue el doctor José Escobar y Morales, descendiente
de una familia de mayor linaje que los precedentes, hijo de un alcalde
y regidor del ayuntamiento de La Habana. Esto puede servir como
un indicio de la expansión del interés y la necesidad hacia la cultura
científica que se desarrollaba en ese período. Se graduó de médico
en 1702 e hizo sus prácticas con uno de los más notable catedráticos,
de su tiempo, el profesor Marcos José Salgado, autor del primer
tratado de Fisiología escrito en el continente americano. Se graduó
de doctor en derecho civil y fue nombrado abogado de la Real Audiencia.
Por más de 20 años desempeñó la cátedra de matemática y astrología.
Médico del Hospital Real de Indios, se dice que jamás dejó de asistir
a la atención de sus enfermos, no obstante sus importantes
obligaciones. En 1736 México fue invadido por una epidemia o fiebre
pestilencial, como se denominaba en ese tiempo, conocida por Matlazahualt
o Cocolixtle, sobre cuya enfermedad publicó un folleto. Dícese que
falleció a causa de ella. En La Gaceta de México se le califica
"como uno de los nobles ingenios de que es tan fecunda nuestra
América".
Al
arribarse a las primeras décadas de este siglo la emigración cultural
no sólo se reduce, sino que cambia de orientación: ya no van a estudiar
medicina, sólo individuos aislados, no obstante ser muy reducido
el número de médicos y cirujanos que vienen de la metrópoli, y las
condiciones de salud de la población empeoran a causa del abarrote
de extranjeros venidos por el incremento del comercio marítimo.
La otra vertiente, siempre muy pequeña, la observación de fenómenos
astronómicos y su aplicación para las determinaciones geográficas,
no sustancia propiciamente el interés de los criollos o habaneros,
el caso de Flores se justifica, el de Riaño es una seducción por
el ambiente que encontró en Cartagena, ni siquiera España estuvo
interesado en estas actividades hasta que las necesidades militares
las requirieron. Humboldt prestó atención preferente a estos estudios
de precisiones geográficas en los países de América que visitó,
entre ellos la isla de Cuba, motivado por su espíritu de explorador
inquisitivo sobre un aspecto poco conocido de la realidad territorial
de América.
Por
insignificante que parezca el rudimentario comienzo de la cultura
científica cubana este es el germen de partida de una necesidad
histórica, la de ir formando su cultura propia, unívoca, antes de
culminar su emancipación definitiva. Este es el destino inexcusable
de los países periféricos hacia su centro, en este caso, España.
El estudio de este proceso no es sólo fascinante, sino consustancial,
para identificar y valorar adecuadamente los esfuerzos que hicieron
estos países para conquistar su independencia. En América quien
tuvo una situación de privilegios fue México, gracias a la conservación
de sus culturas originarias autóctonas, el que alcanzó el más alto
nivel de desarrollo del que pudo aprovecharse en cierta medida Cuba
por su emigración de cultura, cuyo espectro cambió en el siglo xviii
cuando se concentró en estudios distintos, con preferencia derecho
canónico y leyes, lo que puede explicarse por un aumento de las
actividades religiosas con la fundación de las iglesias y conventos
y las necesarias actividades jurídicas que generaban los negocios
y el comercio.
En
1711 España decide por fin establecer el protomedicato en la isla
y nombra como regente a Francisco de Teneza y años después en 1728
como segundo a Luis Fontaine, a la sazón decano de la Facultad de
medicina, quizás con la intención de correlacionar a ambos. El protomédico
Teneza cumplió bien sus funciones como tal, implantando y haciendo
cumplir las ordenanzas legales reguladoras del ejercicio de la profesión
de médico, cirujano y farmacéutico. Desempeñó un papel positivo
en los propósitos de laicizar a la Universidad, litigando contra
el hegemonismo absoluto de la Orden de los Dominicos en esta institución.
Fue el principal redactor de la Tarifa de precios, un documento
valioso no sólo porque constituye el primer impreso cubano, sino
porque sentaba las bases para el despacho y venta de medicinas
con lo que resolvía un grave problema en su tiempo, pues no existía
un control sobre cuáles medicamentos podían recetarse a los pacientes,
así como la normalización de sus precios poniendo fin al mercado
especulativo. Después de Teneza y Fontaine el protomedicato hasta
su extinción estuvo bajo la égida de los médicos habaneros graduados
en la Universidad.
El
otro instrumento discursivo de excepcional importancia aun cuando
estuviera limitado por su carácter pontificial fue la Universidad
erigida en 1728, la que contribuyó a dar forma y carácter a los
estudios superiores que se podían realizar: medicina, cánones y
leyes. No obstante el estatismo de estas instituciones hubo un adelanto
en la formación de la cultura científica. El ingreso en la Universidad
estaba precedido por la obtención del grado de bachiller en artes
o filosofía y no obstante la fuerte influencia del aristotelismo
se pudo avanzar. Lo paradigmático de este período es la controversia
de opiniones, la lucha por la introducción de nuevas ideas, en especial
en filosofías, esto correspondió al Colegio Seminario de San Carlos,
con las lecciones del padre José Agustín Caballero; los estudiantes
con independencia de su condición social estaban inmersos en estos
debates, lo que también ocurría con el profesorado. El hecho de
que un gran número de estudiantes fueron de familias ricas, no entorpece
su asimilación hacia nuevos conceptos.
Con
reiteración se ha insistido en la necesidad de profundizar la investigación
histórica del siglo xviii, muy cuajado de rivalidades y antagonismos
en el dominio de las ideas, raciocinios, opiniones y creencias que
a la postre motivaron el florecimiento de lo científico natural
por una parte y el resquebrajamiento de la arquitectura estructural
del pensamiento escolástico por otra.
Con
la llegada del nuevo siglo comienzan cambios importantes en lo económico
y en lo demográfico. La población aumenta a expensas de una crecida
inmigración de extranjeros que no poseen conciencia de la dinámica
social que prima en la isla e insta a una diferenciación más sostenida
acerca de los atributos del poder de "dentro", es decir
de los que de algún modo poseen raigalidad en la isla y los de "fuera",
los advenedizos, en tránsito o no, que vienen desde la metrópoli
tras una ubicación económica. No existía aún propiamente una capa
media, excepto la de los artesanos. A los seminarios y a la Universidad
acudían criollos de diferentes capas sociales siempre que fuesen
cristianos blancos.
El
período de 1740 a 1790 presenta rasgos muy complicados en las relaciones
y antagonismos entre los religiosos y los laicos. La Universidad
recién creada sufrió los embates de unos y otros y las pretendidas
reformas que se insinuaron se reducen al propósito de modificar
el régimen de su autoritario gobierno.
Los
graduados de medicina, los más numerosos, poco nuevo aportan en
sus tesis doctorales, no rebasan los niveles del siglo xvii.
En
los años de 1762 a 1763 ocurre la toma de La Habana por los ingleses.
Su repercusión fue grande en Cuba y España, pero nada influyó en
el movimiento científico, por lo menos de inmediato y durante la
ocupación. Sólo puede señalarse que hubo una gran epidemia de fiebre
amarilla, ante la cual los médicos ingleses se mostraban ignorantes,
su experiencia estaba limitada a unos pocos que habían ejercido
en las colonias anglófonas del Caribe. Se dice, sin constancia protocolar
alguna que el médico José Arango Barrios llevó a cabo por primera
vez necropsias de fallecidos. Desde el punto de vista de esta práctica
no es nada novedoso, pero sí que fuera en cadáveres de defunciones
por fiebre amarilla. Una vez evacuada la plaza, España se preocupó
no sólo por las construcciones militares, sino también civiles para
mejorar su aspecto urbanístico e inició medidas de higiene pública.
Veinte
años después de inaugurarse el Seminario de San Carlos se constituye
la Real Sociedad Patriótica, también denominada Sociedad Económica
de Amigos del País. Ya esto va a corresponder a un período de excepcional
importancia y notable especificidad en lo tocante al progreso de
la cultura, la ciencia y la economía que tiene lugar en la década
de 1790 a 1800.
La
comprensión cabal de la cultura discurre a veces sin que se perciba
en toda su extensión e intimidad. Existe una forma externalista
que se da a conocer por los diferentes medios de expresión y sus
variantes, la escrita y la oral, pero otra muy decisiva para el
curso de los acontecimientos que es la internalista o acumulativa
que adquieren de motu propios, grupos de individuos a través
de lecturas, estudios y formas múltiples de adquirir conocimientos
y que no afloran, porque las circunstancias materiales no se conjugan
y la necesidad no la urge. Este fenómeno ocurrió en la isla en el
curso de varias décadas del siglo xviii debido al tardío desarrollo
de la imprenta, a la falta de instituciones educativas académicas,
o de otra naturaleza y, a las contradicciones entre los principales
centros de difusión y las dificultades provocadas por la opresión
mental del ambiente frenador de la libertad de expresión, impuesto
por los despóticos gobiernos de mandones y lucrosos, propios del
período factorial, así como la no concreción de nuevas formas económicas.
Estas se presentan en el estadio colonial en el que primará el más
alto grado de cultura integradora que incita a la divulgación literaria
y la aproximación a la ciencia.
A
la nueva clase que surge le interesa el desarrollo por vinculación
indisoluble al destino del país. De habanero se pasa a ser criollo
y se tiende a la modernidad, para sostenerse y poder avanzar. En
esta vorágine de cambios socio-económicos se privilegia la formación
y la manifestación cultural dando lugar a la creación de centros
de estudio, de sociedades que permitan el intercambio de ideas,
propósitos y aspiraciones, y a la necesidad de medios de divulgación
de tales aspiraciones. Este fenómeno opera en La Habana entre los
años de 1773, en que se funda el Seminario de San Carlos,
a 1793 en que inauguran los trabajos de la Sociedad Económica de
Amigos del País y en el interregno la publicación del Papel Periódico
de La Havana en 1790. En este punto crucial se observa la llegada
de un proceso que va a generar una aceleración que se corresponda
con las innovaciones que se han estado produciendo en el interior
de la isla, y concomitantemente con los que se suceden en las condiciones
internacionales que abren cauces a la libertad de comercio, que
aparejó una influencia decisiva sobre las bases económicas y sociales
creadas a lo largo de este período.
Lo
más sobresaliente de está década de fines del siglo xviii y que
más ha impresionado a los historiadores es el violento salto que
se produce en el desarrollo de la economía, cuyo rasgo esencial
es la contienda por crear una sólida producción de azúcar para la
exportación y cuyas posibilidades aparecen más firmes cada día.
Desde tiempo anterior, la isla venía experimentando un creciente
progreso agrario en el cultivo de la caña de azúcar, aunque a ritmo
lento, porque este exigía una fuerza de trabajo de la que se carecía,
si bien los factores como tierra fértil, bosques, ganado y utensilios
de trabajo sí se poseían. Para suplir la falta de brazos se comenzó
la importación de esclavos negros acrecentán- dose con un carácter
social distinto al de la esclavitud doméstica.
En
este auge azucarero intervinieron accidentes históricos independientes
del quehacer propio, de carácter internacional, tales como la declinación
de las colonias inglesas caribeñas, la ruina de Haití y la aparición
del mercado independiente de los Estados Unidos, sin descartar los
propósitos y afanes de la población criolla de incrementar sus recursos
agrícolas orientándolos hacia los cultivos más deseables y utilitarios,
para eso se requería protagonizar conocimientos técnicos más avanzados
devenidos o procedentes de las ciencias naturales, lo que implicaba
una tendencia a la cultura escolástica predominante.
Fue
en el seno del Colegio Seminario de San Carlos donde adquirió cuerpo
de enseñanza una nueva filosofía que debía guiarse "por lo
que parezca más conforme a la verdad, según los nuevos experimentos
que cada día se hacen y las mayores luces que se adquiera con el
estudio de la naturaleza". Es evidente, como dijera Martí,
"que cuando las condiciones materiales cambian, también cambian
las ideas de los hombres", pero este es un camino muy complicado
que requiere mucha decisión y hay que decir que mucho honra al padre
Caballero que no se dejase extraviar por el limitado estado de los
conocimientos científicos de su época en la isla e insistiese en
su filosofía en elegir aquellos postulados que mejor sirviesen a
concepciones nuevas y desechar las anticuadas. Esto naturalmente
es un proceso histórico y como tal requería el constante fluir de
ideas que en el caso cubano, fue un período relativamen- te corto,
si se referencia con el ritmo de cambios que ocurrían en la economía.
La escolástica no podía ser derrotada de una sola vez, tampoco las
transformaciones se sucedían todas al mismo tiempo.
La
publicación del Papel Periódico... fue otro instrumento indispensable
para validar en la opinión pública conceptos y nociones nuevas del
reformismo electivo liberal. El padre José Agustín Caballero será
su principal mentor ideológico. Los ingresos provenientes del periódico
se invertirían en la formación de una biblioteca de la que fue director
Antonio Robredo, astrónomo que colaboró con Humboldt en sus investigaciones
geoastrónomicas.
El
Papel Periódico... fue un vehículo idóneo y comprometido para
estos propósitos. No es fácil identificar a todos los autores, pues
mucho suscribían con seudónimos sus artículos y son un enigma, pero
obviamente una gran mayoría se debió a Caballero, otros los
relativos a medicina son de Romay, quien también usó como seudónimo
"Matías Moro". El primer artículo sobre la física en 1791
que parece ser de Caballero "es una franca impugnación a la
escolástica, confeccionado en el nuevo espíritu cartesiano y newtoniano,
con audaces citas de Arnauld".
En
1797 como resultado del estímulo que va produciendo la actividad
intelectual que tiene lugar en la sociedad, la propagación del periódico
así como la necesidad de abarcar otros aspectos, ven la luz numerosos
folletos que aparecen simultáneamente a lo largo de ese año, así
como también algunos pronunciamientos que revelan cambios en la
mentalidad de los educandos. He dado en llamarlo el Año de la eclosión
científica. Reúne en su conjunto el inicio u origen de la bibliografía
científica moderna, y no sólo de los criollos, sino también de españoles
entre los cuales se revelan evidentes contradicciones, inclinándose
la modernidad a favor de los criollos.
El
que inaugura la eclosión es una disertación de Romay en el seno
de la Sociedad sobre la fiebre amarilla, que responde a una necesidad
material, pues esta enfermedad epidémica se mantenía activa desde
1762 coincidente con la ocupación de La Habana por los ingleses,
y los médicos se muestran confusos e ignorantes en su aspecto clínico-terapéutico.
Fue una sesión histórica a la que asistió la mayoría de los médicos
que ejercían en La Habana, que se mostraron conformes con sus opiniones
y pidieron su publicación. Escrita en un estilo acorde con el léxico
de la época, presentó un plan distinto a todo lo que se había publicada
hasta entonces por otros autores, incluidos españoles y norteamericanos.
Su importancia estriba en que se pronuncia contra la corriente en
boga de considerar a esta enfermedad "contagiosa". Esta
opinión fue objeto de una polémica con el médico español Francisco
Xavier de Córdoba y el cirujano inglés John F. Holliday. La conducta
asumida por Romay revela una intuición sorprendente, es una primera
manifestación del anticontagio- nismo en esta enfermedad cuya primera
indicación se atribuye a Jean Devéze hecha en ocasión de la epidemia
de 1793 en Estados Unidos. Esta tendencia se concreta en 1799 cuando
se funda la Academia de Medicina de Filadelfia. La fiebre amarilla
fue un muy importante problema epidemiológico a nivel mundial, a
extremo tal, que cuando estalló la epidemia de Gibraltar, Francia
envió una comisión para su estudio la que se pronunció a favor del
contagio directo, lo que generó un debate entre Pariset y Chervin.
Este emprendió un periplo por América y estuvo en La Habana, donde
se entrevistó con Romay quien le facilitó numerosas pruebas a favor
del anticontagionismo de la enfermedad.
El
contagio personal estaba muy arraigado entre los médicos de todo
el mundo a extremo tal que un notabílisimo experimentador italiano,
Eusebio Valli, estuvo en La Habana para llevar a cabo su experiencia
lo que no impidió su muerte. En aquellos tiempos se dijo que la
causa fue el terror que le inspiró el espectáculo de los días finales
de los amarílicos.
En
su refutación a Holliday, Romay expresa este pensamiento antiescolástico
y de entera modernidad: "El hombre que piensa no se convence
con autoridades sino con hechos y razones".
Del
seno de la Sociedad Económica va a emanar la cultura científica,
allí se van a difundir nuevas ideas y opiniones que generarán conocimientos,
poco se podía esperar de la Pontificia que se mostraba incapaz de
ponerse al corriente de la ciencia moderna. La falta de estudios
de matemática y física era un impedimento, incluso para la medicina
que bien la necesitaba para su desarrollo, así como también de la
química y de la botánica.
En
la Universidad se defiende a ultranza la enseñanza tomista. Las
pretendidas reformas se estancaban. Los intentos de Nicolás Calvo
de la Puerta y OFarrill de promover estudios de botánica y
química se frustraron. Importa saber que este criollo hacendado
rico era una figura intelectual de primerísimo orden. Su elogio
estuvo a cargo de José Agustín Caballero quien expresó que era una
figura de excepcional cultura científica, filológica y lingüística.
Y un poderoso hacendado sacarócrata.
Caballero
fue el primero en lanzarse al reclamo de una reforma integral de
la enseñanza desde la primaria gratuita hasta la universitaria comenzando
por esta. A este programa se asoció también Romay.
El
espectro de problemas que constituyó el quehacer de la Sociedad
Económica rebasa todo esquema. En su seno se debate, hay controversias
y antagonismo, pero siempre prevalece el espíritu renovador; se
funde lo material con lo espiritual y prima el propósito de desarrollar
la economía; se interesan por la agricultura y la industria azucarera.
La característica de este siglo xviii, en la isla tendrá cierta
semejanza con el de la metrópoli, el enfrentamiento de dos bloques,
uno animado de una decisión irrevocable, con firme confianza y ardor
generoso en su misión de que los cubanos entren en posesión de una
cultura propia, en tanto los otros continúan en su rutina petrificados.
Todo descansará en tres reformadores: Arango y Parreño, portavoz
e ideológico de la economía azucarera; Caballero, insuperable y
audaz, enseñando un nuevo modo de pensar, de batir la inercia educativa
y promover cambios en las costumbres sociales; y Romay, metódico,
erudito y decidido partidario del progreso de la ciencia e incluso
de cambios, no por tímidos importantes, en política, como constitucionalista
y a favor de mantener un equilibrio poblacional. No fue rico ni
poseyó haciendas. Lo más notable no es, sin embargo, el conjunto
de temas que se aborda este año de 1797, sino que expresa una dilatada
inquietud intelectual, que no rehusa la lucha de opiniones.
Ya
lo he manifestado antes, la Eclosión científica se produjo ese año
de 1797, además de la Philosophia electiva y la
Disertación sobre fiebre amarilla aparecieron otras publicaciones
como la de Morejon y Gato sobre variedades de suelos y análisis
de los mismos de Martínez Campos sobre el mejor modo de fabricar
azúcar. Se introduce además una importante innovación tecnológica:
la aplicación de la máquina de vapor a la producción azucarera.
No tuvo éxito, pero no se desanimaron y afirmaron que nada persuade
que se ha de despreciar esta máquina, porque corrigiéndola o disponiéndola
con más acierto podría ser de gran beneficio, lo que es una gran
prueba del espíritu que inspiraba a los criollos.
Estas
publicaciones aparecidas después de 1790 constituyen una hontana
de conocimientos nuevos que da cuerpo a la génesis de la cultura
científica cubana que exponen y defienden los habaneros transpuestos
ahora en criollos. A la vanguardia, al frente de la cual marchan
los nuevos capitalistas o sacarócratas formados a virtud de la explosión
azucarera que comenzó en 1792, año en el que culmina un continuo
ascenso en la exportación del dulce producto que se convierte en
el renglón más importante del comercio con Europa y después con
los Estados Unidos. Esto no fue una consecuencia del aumen- to de
la productividad del trabajo, ni de los avances técnicos, a pesar
de su relativo alto nivel, sino al incremento de la masa de esclavos
negros y a los acontecimientos políticos que ocasionó el colapso
de Haití, el más importante productor en ese tiempo de azúcar y
a la decadencia de las colonias inglesas.
El
padre Caballero refiriéndose a la situación que surge en estas décadas
y que preludia un espíritu vivificante y un auge sostenido, dice:
De
repente después de tres somnolientas centurias se produce
un súbito progreso en lo material y cultural. En la isla se apodera
de la mente de sus más esclarecidos hijos un afiebrado proceso,
un vertiginoso quehacer económico y comercial que hace del puerto
de La Habana, una olímpica arribada y salida de barcos cargados
de mercancías, producto del desarrollo agroindustrial en el que
figura en primera línea el azúcar, seguida del café y residualmente
el tabaco, recibiendo a cambio dinero y no sólo por transacciones
mercantiles, sino por lo que fue el capital más preciado de los
hacendados, el maléfico negocio de la esclavitud.
No
fue un tránsito acomodaticio y sin coléricas injusticias, no llegó,
como dijera Marx del capitalismo europeo, "con lodo y sangre",
pero sí con fuego de vegas y montes y vidas de negros esclavos.
Las fértiles y bien regadas tierras del valle pródigo de Güines,
fue el primer objetivo de los dueños de ingenios, criollos acaudalados
devenidos aristócratas, y los que querían instalar nuevas fábricas
o agigantar las suyas. El conde OReilly, testaferro de don
Luis de las Casas, capitán general de la isla, Arango Parraño y
Nicolás Calvo son los primeros en abalanzarse sobre las feraces
tierras bermejas del valle y desalojar a los cultivadores pobres
de tabaco.
Hay
que decir que tras esta invasión se dio inicio y rápido desarrollo
a la más importante aventura intelectual y del espíritu. Aquellas
lluvias trajeron estos torrentes. Y hemos visto la labor prolífica
realizada por la Sociedad Económica, los escritos divulgadores del
Papel Periódico... y los esclarecedores conceptos que introdujeron
los adalides de este movimiento intelectual. En poco tiempo los
azucareros dominaron téc-nicamente el mercado azucarero, dieron
cabida a las más depuradas innovaciones y se apoderaron de cuanto
conocimiento les fuera útil y provechoso a sus fines. No existía
un texto en español que enseñara sobre azúcar, la mejor y más conocida
obra era la de Dutrone de la Couture y Corbeau, la Biblia de los
azucareros y decidieron traducirla. Trabajaron en ella Pablo Boloix,
Calvo y el padre Caballero para perfeccionar el español, como hiciera
antes con la memoria de Eugenio de la Plaza sobre las abejas.
Ya
Caballero había emprendido una cruzada a favor de perfeccionar el
conocimiento de la gramática del español, pues estaba consciente
de que el latín no era apropiado para la nueva terminología científica
y técnica, ni para expresar nuevas ideas filosóficas, por lo que
era una necesidad insoslayable, crear palabras y términos nuevos,
y expresar con claridad el modo de decir y de escribir el español.
No había cátedra en el Seminario de San Carlos, ni se creó de inmediato.
Sólo en el convento de San Agustín, una sola clase a la semana
y la Pontificia continuaba sólo con el latín.
La
afirmación de que "el mundo del criollo del siglo xviii estaba
marcado por los elementos de una sociedad que aún no se había definido
intelectualmente en la búsqueda de una expresión propia" es
algo insostenible a la luz de la aparición y desarrollo de conceptos
nuevos y la presencia de instituciones modernas, marcadas por su
aspiración a contravertir la decadente cultura que España había
exportado hacia la isla, la que suscitó polémica a tenor de las
imperiosas necesidades, más económicas que políticas. El debate
no lo presidía un propósito de ir en contra de la cultura científica
de la metrópoli sino el designio de superar el atraso propio, de
sacudir la rémora que imponía el poco interés por las ciencias naturales.
Esto
fue obra sutil, silenciosa, acumulativa hasta que condiciones ad
hoc la hicieron realidad en la última década del siglo, particularmente
en 1797. Aunque insuficientes a nivel europeo nadie podrá negar
que se ofrecen claros exponentes que abrirán cauces a más altos
alcances, de inicio en los campos de la agricultura, la medicina
y de las innovaciones tecnológicas y preferentemente en la reforma
de la filosofía.
El
objetivo primero es reducir la influencia teológica y abrir las
mentes a la consecución de lo terrenal representado por la agricultura
y el comercio, para lo cual se requería, una mayor perfección de
sus conocimientos primordialmente de la física natural, la química
y la botánica, cuya enseñanza debe crearse y divulgarse sin dilación.
Para ellos es imprescindible crear en la nueva generación de criollos
interés por la ciencia, dotarlos de un pensamiento distinto, a los
precedentes, no importa su empirismo, lo importante es que no se
españolicen como España rehusó en su inicio europeizarse. El exponente
principal en la isla lo dictará un proceso cuyo elemento cardinal
es el de ser propio. La burguesía como clase social
se siente capaz por sí misma de acometer esta empresa, una de sus
ventajas es que en ella bulle un espíritu de apoyar y abrazar toda
novedad.
El
siglo xviii en toda su extensión, no es continuo, tuvo que enfrentar
dos interrupciones en su curso histórico, uno extemporáneo, la conquista
de La Habana por los ingleses, un fenómeno de apreciación controvertible.
Otra de sus crisis periódicas, la más importante según Arango, la
de 1779 a 1785 en la que se perdió toda la protección secreta.
A
esto se puede adicionar que España era un país débil, con una Inquisición
que paralizaba la audacia intelectual y sometía la inteligencia
para lo cual tenía un basamento teológico muy sólido, que excluía
toda filosofía aferrada a un escolasticismo intransigente. En la
isla la creación científica fue esporádica, y muy reducida, pero
el hecho de tener escasa precedencia le facilitó introducir, sin
grandes pugnas internas, nuevas ideas en la cúpula intelectual.
Toda
ciencia en su desarrollo pasa varias fases, comienza con una necesidad
práctica derivada de la materialización de la necesidad que en esencia
originan los imperativos económicos y sociales, pero no exclusivamente,
pues a ellos se auna la habilidad individual para captar conocimientos,
al principio precarios y no correctos, pero por su propio y lógico
desarrollo interno conduce estadios más elaborados y complejos que
obligan a pasar de lo concreto a lo abstracto, y de ahí a la fundamentación
teórica, lo que abre cauces a formulaciones más generales y pensamientos
más elaborados hasta alcanzar una estructura con perfiles independientes,
separándose de otros conocimientos afines, así lo que comenzó siendo
una sola ciencia generó otras que también se hicieron independientes
con objetivos específicos.
En
la isla debía vencerse una situación sui generis, y poco
favorable para alcanzar o constituir un nivel científico justo para
la solución que reclamaba su progreso. Este lo determinaba el hecho
de que la enseñanza que abría la perspectiva para una etapa científica
superior era posesión de los seminarios religiosos que imponían
limitaciones. Para cambiar este esquema mental había que transformar
este estado de cosas, principalmente a los profesores en sus ideas
y métodos de enseñanza, y esto no era fácil de reemplazar, de ahí
la urgencia de crear al margen de las instituciones oficiales, cátedras
libres o sociedades.
La
modificación parcial que sufrió el Seminario de San Carlos, se debió
a Caballero quien comprendió, y fue el primero, que el país requería
para su crecimiento y avance que el pensamiento tomara otro curso.
El
siglo xviii en España, sobre todo su segunda mitad, es algo que
incita a la meditación más profunda, y aviva las inteligencias apasionadas.
Tiene una dimensión que rebasa fronteras e implicaciones no sólo
en el mundo material, sino en el espiritual y moral. La isla de
Cuba en la periferia lejana de la metrópoli también se hará eco
de tales cambios, no con la intensidad y profundidad que recorrió
Europa y en menor medida España. La población joven que nació en
la isla, descendientes de es-pañoles, comienza a ver el país con
ojos distintos y percepciones nuevas. En un siglo de renovación,
bastaría compararlo con los precedentes, para advertir que en el
basamento socio-político se suceden desafios encubiertos y rivalidades
ocultas, sin que esto entrañe cam- bios bruscos ni repentinos. Ninguna
institución se derrumba y la religión no se transforma, pero sí
se propenderá a cambios en los cultivos y en la propiedad, incluso
la esclavitud pasará de doméstica y moderada a convertirse en la
fuerza de la producción. Las vegas de tabaco dejarán paso a la caña,
y es en este período que tiene lugar lo que Fernando Ortiz denominó
magistralmente, "contrapunteo del azúcar y el tabaco".
Con
el ascenso al poder de Carlos III, surge una tendencia hacia la
novedad. No podemos detallar todas las alternativas ocurridas en
la metrópoli, también es muy difícil precisar el influjo directo
que esto pudo ejercer sobre la isla, aunque sí podemos admitir que
aparecieron ejemplos impresionantes de surgimiento de instituciones,
la más sobresaliente, sin duda, fue la fundación de la llamada Sociedad
de Amigos del País, y lo cito, porque esta fue sin duda la médula
de los progresos en la isla. Se constituyó con las más prominentes
e ilustradas personalidades nativas empeñadas en el avance de la
educación y la ciencia.
A
lo largo de este siglo tienen lugar en Cuba dos hechos que aun cuando
no implican modificaciones en la estructura intrínseca de la sociedad,
es decir ni en lo económico ni en lo político, se reflejarán en
las mentes de los criollos me refiero, a la conquista de La Habana
por los ingleses y la ruptura del monopolio comercial.
En
el orden de la educación, la religión y la cultura, tendrá repercusiones
la expulsión de los jesuitas en 1767 que hará a dominicos y agustinos
coaligados monopolizar el poder absoluto en estas esferas y frustren
las aspiraciones de una parte de la sociedad que pedía que los ignaciones
abrieran colegios y se impartiera una enseñanza en más amplia escala.
También se le atribuye como causas cierto retraso en la promoción
de la ciencia, porque se les atribuía cierto gusto por esta, olvidando
que a ellos les fascinaba más el latín.
El
hegemonismo de los dominicos paralizó los intentos de reforma en
la Universidad, consolidándose bajo su égida como un baluarte del
pasado, ayudando a la tecnología frente a la filosofía.
Esta
disquisición tiene como objetivo probar que el siglo xviii, en particular,
sus últimas décadas, define claramente una búsqueda de una expresión
propia sustentada en la reforma filosófica, por lo que a pesar de
todo e indirectamente influyó en la Pontificia, a través de los
estudiantes que procedían del Seminario de San Carlos. Ya hemos
visto el papel de Caballero. En otro sentido es evidente que el
aristotelismo también resultó ligeramente modificado, como expuso
Le Roy. Lo más sorprendente, aunque se trate de disminuirlo, es
la exposición de la doctrina del sistema heliocéntrico de Copérnico.
Este sistema fue quizás el más debatido en el curso de los siglos,
y más acremente después de Galileo. Su historia sería demasiado
extensa para poder exponerla en esta oportunidad.
Lo
que nos importa aquí, en este momento, es reafirmar que en 1797,
entre los elementos constitutivos de la Eclosión científica, se
incluye que el estudiante de medicina, Manuel Cálvez y González,
procedente del convento de Santo Domingo defendió en uno de sus
quodlibetos esta proposición. "En lo que respecta al
sistema del mundo de los fenómenos se ven, explican y acomodan mejor
por el sistema de Copérnico". Admitir y sostener en la Pontificia
esta sentencia es un acto de rebeldía intelectual. Recuérdese que
no fue hasta 1820 que se suprimió del índice de los libros prohibidos
el De Revolutionibis y sólo aceptado en 1747. Los que se
arriesgaban a exponer el sistema se referían más bien como hipótesis.
Es curioso, pero en diciembre de 1796, ve la luz en el Papel
Periódico de la Havana, un artículo firmado con un seudónimo
indescifrable hasta ahora, refutando el sistema de Copérnico y de
inmediato nos asaltó la pregunta ¿qué lo motivó? Porque en ninguna
publicación había aparecido exposición o alusión alguna a Copérnico.
La única explicación podría ser que este asunto se estuviese enseñando
en algún aula, lo que sería un antecedente de lo que
seis meses más tarde habría de ocurrir.
Cálvez
y González se manifiesta como una personalidad con un carácter independiente
que se rebela contra el método dogmático que se enseña en su tiempo.
En su tesis para optar por el grado de Bachiller en Medicina, recusa
al decano Ayala como miembro del tribunal porque este le exige modificaciones
en sus quolibetos, y lo amenaza con la reprobación si no
accede a cambiar el carácter de sus proposiciones experimentalistas
que se dispone defender. No sólo rechaza este reclamo, sino que
lo denuncia ante el rector de haber cometido un acto contra el libre
derecho de defender sus principios y lo acusa por la universal ojeriza
que tiene él contra la doctrina experimental. El rector aceptó y
fue separado el decano como sínodo, y nombró en el nuevo tribunal
a Tomás Romay y José María Pérez, este fue el médico con quien Cálvez
cumplió sus intersticios y que después se marchó del país para residir
en Veracruz, figurando en 1825 como integrante de la junta promotora
de la libertad cubana.
Si
bien es verdad que de inmediato no tuvo repercusión su proposición
sobre Copérnico, no es menos cierto que a partir de ella no vuelven
a aparecer ideas ptolemaicas, hasta 1806, cuando Félix Varela se
adhiere a este sistema, aunque lo califica de hipótesis, que fue
la forma más generalizada en tiempos anteriores que se usó para
eludir el enfrentamiento contra el Santo Oficio. Ese mismo año Agustín
Encinoso de Abreu en su examen de filosofía sostiene "que tanto
la física como la astronomía, de un modo congruente y óptimo, se
explican por el famosísimo sistema copernicano". Este fue discípulo
del padre José Agustín Caballero y el primero que osadamente presentó
su tesis de medicina en idioma vernáculo, rehusando el latín.
La
introducción y aceptación del sistema de Copérnico, no era sólo
un problema astronómico, sino que tuvo su repercusión paradigmática
en el pensamiento filosófico. No debe olvidarse que en Cuba, los
tres más grandes científicos, en las más importantes ramas del saber
de la moderna investigación de la naturaleza, Varela, Saco, y Luz
y Caballero se preocuparon en dejar constancia de sus opiniones
sobre el siste- ma copernicano. Si ello ocurrió 254 años después
de la muerte de Copérnico, no es razón alguna para el demérito y
revela ignorancia, o quizás descuido en los saberes de la historia
de la ciencia.
España,
por casi tres siglos, prestó poca atención a la isla de Cuba, si
exceptuamos, los aspectos navales y militares. No enviaba personal
calificado en las ciencias, ni promovía la creación de instituciones
con este fin. No se interesaba por tener conocimientos de su naturaleza
e incluso desconocía la ubicación geoastronómica de sus principales
puertos y ciudades. Ya hemos visto que esto lo inició en forma muy
limitada y por su propia voluntad Flores, y después Riaño de Gamboa
y Humboldt.
Los
primeros conocimientos de la flora y fauna en parte es obra de la
inquietud y perspicacia de un portugués residente en la isla, Antonio
Parra, quien dedicó la colección que fomentó al rey Carlos III.
El principal móvil que lo animó, no fue la investigación, sino la
recolección con preferencia de peces marinos y crustáceos.
Esta
vocación respondía a un movimiento que se expandía por Europa, de
reunir y exhibir los más variados objetos. En la medida que avanzó
en esta labor comenzó a interesarse por las características de las
diferentes especies llegando a publicar una obra en 1787 con el
título de Descripción de diferentes piezas de historia natural,
las más del ramo marítimo representada en setenta y cinco láminas.
La
obra incluye crustáceos y peces. Se le aprecia no sólo como una
joya bibliográfica, pues se le acredita verdadero valor científico.
Al cumplirse 200 años de su aparición la Editorial de la Academia
de Ciencias imprimió una edición fascsimilar y un extenso estudio
bien documentado sobre el autor y su obra, lo más completo desde
el punto de vista referencial, al que no cabe añadir ningún otro
juicio que el de ser el mejor y más completo en su información y
análisis moderno de lo que representó esta obra en la cultura científica
cubana. La aseveración de que responde a una influencia derivada
de la ilustración generada en Europa, pienso que sin negarla del
todo, es más bien una obra derivada del espíritu científico que
con características propias se gesta en la isla.
El
hecho de que no se tenga una comprensión válida del movimiento renovador
que se está creando en la isla en la segunda mitad del siglo, ha
dado lugar a que se amengüe la significación de los impresos y expresiones
de los cubanos de esos años.
España
sabía poco de la naturaleza y desarrollo de los conocimientos internos
de su imperio colonial, después del tesoro acumulado por los denominados
cronistas de Indias y de las historias publicadas por autores radicados
en las colonias, tanto españoles como nativos. Hubo mucha despreocupación
y falta de comunicación con la metrópoli y poco o ningún interés
en enviar científicos a América y menos aun programar una política
económica y cultural, y ello quizás fuera una consecuencia de las
sucesivas guerras en que se vio envuelta en Europa y a una falta
de visión de hacer depender el dominio a la sujeción militar y a
las persecuciones de la inquisición.
Al
finalizar la dinastía de los Austrias dice Vernet "que en España
existía una sensación de frustración, en los primeros años del siglo
xviii" y para ejemplarizarla cita que el bibliotecario mayor
del rey, en 1723, se negaba a que se hicieran reseñas de las obras
pu-blicadas para remitir a los periodistas franceses, aduciendo
que en ellas no se encontraba ninguna cosa singular, ni invención
ni descubrimiento nuevo. No es hasta mediado de este siglo que surge
un movimiento tendiente al envío de comisiones y expediciones científicas
hacia los países del Nuevo Mundo, con la finalidad de estudiar la
naturaleza y un medio de adquirir conocimientos botánicos y enriquecer
el jardín botánico; también de química, geología y minerología.
Estos últimos de muy alto nivel ya en México, pero la atención preferente
sería la botánica por lo que podía significar para la agricultura
y la medicina. En la preparación y costos de las expediciones, España
mostró una esplendidez inigualada. Así comenzaba a suplir su ignorancia
acerca de las riquezas coloniales. De las tres más grandes expediciones,
la más importante para Cuba fue la de Nueva España, la que incluía
también a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y fue creada a solicitud
e instancias del médico Martín Sessé, quien estuvo en La Habana
desde 1780 cuando llegó con la escuadra del marqués del Socorro
y se mantuvo como médico de flota, ejerciendo en el hospital de
operaciones, pero no en la ciudad. Refiere que tuvo que actuar durante
una epidemia que se desarrolló en el área del Caribe que parece
haber sido de fiebre amarilla. También estuvo en el hospital de
Nuestra señora del Pilar. En 1785 viaja a México y se le expide
el título de Comisionado del Real Jardín Botánico de Madrid. En
1795 regresa a La Habana como jefe de la expedición, y se pone en
contacto con la Sociedad Económica y el Real Consulado. La Sociedad
Económica comisiona a Nicolás Calvo de la Puerta, quien ya desde
1793 abogaba por la creación de la cátedra de química y botánica,
para que solicite de Sessé asesoramiento botánico con destino a
un diccionario de voces provinciales e instrucciones para la creación
de un jardín botánico, un viejo proyecto de la Sociedad. Sessé acoge
favorablemente esta idea que coincide con sus aspiraciones y sugiere,
a su vez, la incorporación de un joven criollo para instruirlo en
botánica. La Sociedad nombra una comisión para la elección del candidato
que recae en el doctor en medicina, José Estévez Cantal, discípulo
predilecto de Tomás Romay. A principios de 1797 el grupo parte hacia
Puerto Rico y efectúa el recorrido de la isla, cancelan el viaje
a Santo Domingo por los acontecimientos que allí tienen lugar y
regresan de nuevo a La Habana. Coinciden con la expedición del conde
de Mopox y Jaruco que había arribado poco antes, en 1796, y cuyo
principal objetivo era fundamentalmente militar.
Entre
sus planes figuraba el canal del valle de Güines que serviría al
propósito de acarrear madera hasta el arsenal para la construcción
de barcos. En esta expedición figuraba un botánico, Baltasar María
Bolda, para aprovechar en su recorrido el estudio de los árboles,
y Sessé le recomienda que incor-pore a Estévez, quien se desempeña
muy bien y a la muerte de aquel en 1799 ocupa su lugar. Figuraba
además un mineralogo, Francisco Ramírez, que dejó un folleto impreso
sobre las aguas de Madruga. El saldo de esta comisión no es muy
importante, si se exceptúa la parte botánica y algo de zoología,
y los correspondientes a la descripción geográfica de Isla de Pinos,
Guantánamo y Mariel. Lo más valioso, fue que permitió la incorporación
de un criollo quien terminada su misión y a instancias de Romay
fue propuesto como becario para cursar estudios en España de química,
botánica y minerología. Los problemas burocráticos afectaron a Estévez
aunque él cumplió sus compromisos, pues cursó todas estas materias
y además matemática.
Conocida
su instrucción científica, particularmente en química puede afirmarse
que su utilización quedó muy por debajo de las posibilidades que
deparaban sus conocimientos. En su ensayo acerca de la utilidad
de la química enfatiza lo provechoso que sería que se conociera
y aplicara por los que están enrolados en la producción de azúcar,
pues esta asentada, ella misma, sobre una reacción química.
La
presencia de Martín Sessé en La Habana fue de gran provecho en los
orígenes del conocimiento científico. Su amistad y colaboración
con Francisco Barrera y Domínguez, dio lugar a las primeras observaciones
microscópicas en el campo de la medicina. Digamos de paso que en
1998 se cumplió el bicentenario del colosal manuscrito de este "humilde
aldeano", como él mismo se autodenominara y que yo nombro el
Manuscrito Barrera, que es un tratado sobre enfermedades de los
esclavos negros, hasta ahora el primero en la literatura médica
universal. Un texto humanista llenó de observaciones inteligentes
en el que asombra la cantidad de autores médicos que cita, difícilmente
igualado por médico alguno en la isla y probablemente en otras naciones
de América.
Como
conclusión de esta conferencia creo haber probado que el siglo xviii
merece una investigación más profunda, pues fue cuando se generó
la cultura científica. En la medida que nos adentremos en él se
podrá comprobar el tremendo significado que tuvo el año de 1797,
al que denominé en 1980, el Año de la eclosión científica.
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Conferencia magistral impartida en el V Congreso Nacional de Historia
de la Ciencia y la Tecnología, celebrado en noviembre de 1998.

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