Génesis histórica de la cultura científica cubana Regresar al sumario

José López Sánchez

 

Introducción

 

En este ensayo sólo abordaremos los hechos científicos históricos acaecidos en Cuba, en un período limitado de tiempo, pero suficiente para esclarecer la forma y modo de cómo se fue originando la cultura científica en la sociedad cubana. Me aventuro a presentar un conjunto de reflexiones abarcadoras de problemas conceptuales, del valor y significación de la historia de la ciencia y la medicina según mis propios puntos de vista.

La historia de la ciencia es hoy día un factor de gran valor para la comprensión del nivel de desarrollo de la sociedad y un elemento de cardinal importancia para mensurar la difusión de su progreso. De todos los elementos que conforman la superestructura de la sociedad y concretamente del comple-jo conjunto de la cultura, en el más amplio y profundo contenido del quehacer humano, y de sus valores éticos, el que refleja más cabalmente el proceso de producción, su desarrollo y perspectivas está contenido como fuente primaria en la ciencia, tanto en las naturales como en las tecnológicas. Estos conceptos definitorios cambian en la medida misma en que avanza la interacción entre la sociedad y la naturaleza, las que son muy complejas y complicadas y sólo comprensibles como una unidad dialéctica. En este punto es necesario advertir que la aparición de nuevas categorías de fenómeno, no son sólo dependientes del modo de producción, sino de las formas de pensar del hombre. Esto último tiene que ver con la aparición de un estrato cualitativo y cuantitativo nuevo, surgido a impulso de los requerimientos de la ciencia que son los investigadores y experimentadores siempre en constante evolución al igual que el inventario de equipos técnicos en que se apoyan. Esto presenta una modalidad nueva porque desencadena móviles imprevistos e inesperados, derivados algunos de la inteligencia artificial. Para la valoración de este conjunto es imprescindible el conocimiento de su evolución histórica, es decir, de cómo se han sucedido en el decurso del trabajo experimental y de las innovaciones y los cambios que se le han introducido.

Esto alumbra un nuevo espacio en la historia de la ciencia que desborda su vieja frontera al introducir un nuevo parámetro, el de la creatividad humana y la contribución propia de la tecnología de punta.

Ahora más que nunca tiene validez la acertada definición que hiciera Keldish en el XXIII Congreso Internacional de Historia de la Ciencia:

 

La historia de la ciencia hace renacer en nuestras mentes el apasionante espectáculo de cómo el hombre penetra en los secretos más recónditos del Universo –a lo que debe añadirse hoy– y de los misterios de la vida humana. De cómo tienen lugar las grandes manifestaciones del intelecto humano y brinda los ejemplos más significativos de la lucha de los científicos en aras de la verdad y sumo, idónea para el cultivo de la inteligencia en el mundo nuevo que se forja constantemente por la interacción del hombre y la naturaleza. Las alabanzas por los logros modernos no pueden ni deben ocultar que la ciencia actual hunde su raigalidad en aquellos conocimientos, hoy al parecer simples y primitivos de culturas anteriores, tan llenas de atisbos perdurables, bastaría recordar las revoluciones de la Tierra o el movimiento circular de la sangre como lo más paradigmático en los albores del renacimiento. La historia de la civilización es una y continua, en cada etapa de su evolución, y en cada país es posible hallar una parte alicuota de progreso científico. Nuestra cultura no es tan excepcional ni necesariamente más acabada que la que se promovió milenios atrás. Nuestros conocimientos de hoy son muy útiles para comprender y valorar justamente la vastedad de la sabiduría antigua.

Nuestra generación no es más inteligente que la de nuestros ancestros, aunque ciertamente "Los conocimientos actuales son más extensos y exactos". Como afirma Sarton "La adquisición y sistematización de conocimientos positivos es la única actividad humana verdaderamente acumulativa y progresiva".

El avance de los conocimientos científicos ha sido de tal envergadura en estos últimos tiempos que nos ha creado la ilusión –falsa por demás– de que todo lo que tuvo lugar en tiempos pretéritos, no merece estudiarse ni recordarse, y hasta se llega a prescribir su inutilidad. Algunos en su vanidad erradamente imaginan que ahora, y sólo ahora, comienza la creación científica, y definen que estamos en el camino de resolver todas las incógnitas y, por lo tanto toda la verdad científica se alcanzará en un tiempo relativamente breve. Este es un criterio prejuicioso que lejos de ayudar entorpece y retrasa nuevos conocimientos.

La historia muestra numerosos ejemplos, aunque sólo se citará uno. Con los admirables descubrimientos de Pasteur se pudo pensar que la infectología llegó a su final, pero aparecieron los virus, las rickettsias y otros agentes. Tampoco el descubrimiento de los vectores biológicos por Carlos J. Finlay puso fin al contagio y esto sin hablar de los mecanismos patogénicos, o la patogeno- cidad. En la medida en que nos adentremos en la intimidad de los problemas biológicos, físicos, matemáticos, y los que deben ofrecer las investigaciones cósmicas, nos percatamos de cuánto ignoramos aún acerca de la naturaleza, y de su independencia con los distintos factores que la componen. Para comprenderlos no hay otro medio que acudir al pensamiento teórico, partiendo de la base de que la ciencia del pensamiento es una ciencia histórica, la cual tiene también su importancia en lo que afecta a la aplicación práctica, es decir, aunque nos parezca paradójica e ingenua "la contradicción de lo que sabemos y lo que ignoramos sigue siendo el móvil de la investigación, en la búsqueda y explicación de los hechos y los problemas". No podemos olvidar ni puede escapar a nuestro discernimiento que la aparición o logro de un descubrimiento lleva consigo la ignorancia de otros muchos.

La ciencia como un producto general y espiritual del desarrollo social es un elemento integrador de la cultura de una nación y está sujeta en sus limitaciones, o en su expansión, a las posibilidades que ofrece el modo de ser de la sociedad. Esto complica en grado sumo, su interpretación a la luz de la historia. Las ciencias se influyen en plenitud dimensional por las concepciones y los progresos de la universalidad de su discurso y el específico y peculiar desarrollo interno de cada una de ellas, a lo que se le adiciona el papel altamente motivador del genio humano, es decir del cultor de la ciencia.

Dada la asimetría en el desarrollo socio-económico del mundo que ha prevalecido y aún se mantiene como norma de la civilización, un conjunto de países acapara los más relevantes éxitos de la ciencia y de la técnica, en otros, los más, la investigación científica y su aplicación se limitan a ciertas ramas y siempre en forma restringida, lo que fragua el predominio de la ciencia en las grandes potencias y dimensiona su historia. Son ellas las que aportan más descubrimientos y poseen el mayor número de investigadores. El resto de los países, debido a su dependencia económica y su índice menor de competividad, constriñe la esfera de la investigación, lo cual no implica que no hagan o contribuyan con aspectos valiosos.

La actual jerarquización de la ciencia no fue históricamente del mismo rango, porque este en definitiva está sujeto a las leyes del desarrollo de la sociedad humana. Esto prueba que el progreso científico está vinculado al sistema social imperante. La historia verifica el aserto de que todo país, en alguna medida ha contribuido al acervo científico universal.

En otro aspecto digamos que tanto la historia de la ciencia, como la propia de la medicina, con la salvedad de otras disciplinas, son relativamente nuevas, están en pleno desarrollo metodológico y estructural lo que equivale a admitir que aún no han generalizado su nivel teórico y sus interacciones con las fuerzas motrices que la promueven e impulsan en el contexto sociocultural.

La historia de la ciencia no sólo nos es útil por lo que nos enseña sobre ideas y personalidades científicas, lo cual es inexcusable. Sus expectativas son más anchas y profundas, es promotora de heurística, de formas educativas superiores, de mostrar nuevos senderos en la investigación y su metodología, y pauta el inextricable camino de la creatividad científica, ensanchando nuestro horizonte y nuestra visión de lo nuevo, y lo diferente. En síntesis tal como expresa Sarton, "es el más precioso patrimonio de la humanidad". En los tiempos modernos además es un surtidor eficaz de proposiciones e hipótesis, con lo que se enriquece nuestro intelecto y lo conduce por el camino del humanismo.

Es una pena grande que esta materia no haya atraído a la legión de jóvenes y modernos investigadores, que no la estudien consecuente y sistemáticamente, que no se percaten de cuán provechoso puede serle incluso en su trabajo práctico.

Como disculpa para ello vale el hecho de que los historiadores no han tenido la suficiente habilidad para atraerlos con textos claros y sencillos, libres de la pesantez de la erudición, y redactados con un lenguaje literariamente rico en expresiones que los inciten y los seduzcan, semejantes a ciertas obras de ficción, de historia del arte y literaria.

La mayoría de los jóvenes investigadores admiran la ciencia, por el maravilloso espectáculo de sus aplicaciones, pero olvidan que en el trasfondo subyacen numerosas intuiciones y conocimientos teóricos que podrían ser muy valiosos, si se expusieran. A veces una idea científica no culmina aunque fuese bien concebida y ello se debe a que no existían las condiciones apropiadas, ni el colectivo científico las compartía, bien porque interrumpía bruscamente el raciocinio de su época, o a consecuencias de la tozudez o inercia mental que los mantiene apegados a criterios anticuados y obsoletos. En otra vertiente, el espectáculo maravilloso de la verificación de un descubrimiento, encubre en múltiples ocasiones la ciencia teórica y desinteresada que le sirvió de impulso. Un ejemplo de esto es posible identificarlo en la actitud asumida por el Colectivo Médico Académico de Cuba y en el extranjero en el siglo pasado frente a la enunciación de la teoría finlayana de la transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito Aedes Aegypti, la cual fue acogida con indiferencia y temor. En ese tiempo no parecía concebible una tal teoría a pesar de no ser extemporánea por lo que no hubo comprensión para su real significado teórico y sus derivaciones prácticas.

En 1542 en De Contagione, Fracastoto enunció la posibilidad de que existiera un conjunto de distancia, pero no conocía de tales enfermedades y para lo cual jamás hubo comprensión. Por supuesto que Finlay no partió de esta intuición, sino de algo más concreto y moderno e ideó la factibilidad de que el contagio se verificara por intermedio de vectores biológicos.

Podría argumentarse mucho más en torno al valor de la historia de la ciencia, sin dejar de advertir que en la medida misma que se haga más popular y menos profesional se pueden crear problemas y complicaciones graves que afectan la verdad científica. En mi opinión, más que erudición lo que ella reclama es valor moral, es decir una ética de la verdad, sin prejuicios ni chovinismos, ni exageraciones apologéticas, ni denigraciones. La historia de la ciencia es un paradigma de la sabiduría del intelecto en función del progreso humano.

Hay quienes provocan incertidumbres y confusiones al utilizar una metodología inadecuada, pero los más dañoso son los que persiguen deformar la historia con la aplicación de la epistemología, sobre todo si el autor persigue un fin premeditado para saciarse con una conclusión que fingidamente la ha preconcebido. Un ejemplo de esto lo ofrece el pequeño libro de la Delaporte, La historia de la fiebre amarilla, cuyo título no se aviene con su contenido y en el que su propio rencor dice que está escrita como una historia detectivesca. Él sienta como premisa una falsedad de la que no puede ofrecer un testimonio histórico verídico. Sobre esto ya me he referido en dos ocasiones distintas, una en México en la sección plenaria del III Congreso de Salud y Enfermedad y, otra en La Habana, en el paraninfo de la Academia de Ciencias donde leí una conferencia titulada "En defensa de la credibilidad científica" donde rebato las argucias que sustenta por inciertas y se califica este libro como inconveniente y no útil para la juventud estudiosa de la historia de la ciencia por atentatorio a verdades irrebatibles sostenidas por ilustres sabios, en diferentes congresos internacionales de medicina.

Permítanme añadir otra reflexión. Si en los tiempos pasados se podía tomar la historia de la ciencia como deleite, reivindicación o erudición, a la luz del desarrollo actual es una imperiosa necesidad estudiarla e investigarla, con la misma acuciosidad y rigor metodológico con que se exploran los más complicados problemas de la biología, la medicina, la física y la cibernética y cuantas otras ciencias componen el firmamento infinito del conocimiento. Con la historia de la ciencia, se deshiela la ciencia y se hace entrar en ella savia nueva. El pensamiento nuevo sirve para ver más hondo en la sabiduría antigua. Peca de estulto quien no columbre que los tiempos son como sementeras revueltas que exigen que una y otra vez se acudan a los surcos que abrieron los próceres que nos precedieron para la difusión de la niebla de lo ignorado y abrir nuevos derroteros para el porvenir. No se puede minorar la ciencia porque en algún momento de la historia no pudo ni supo alcanzar la verdad. No se puede llegar más allá de lo que el tiempo permite y la sociedad necesita. Pretender algo distinto es como sembrar el caos. Los grandes corifeos de la ciencia cumplieron su misión, ahora tócanos a nosotros comprenderlos y hacer accesible su genio, popularizando y divulgando sus contribuciones científicas en certámenes internacionales.

Esta actividad podría atraer a gran número de intelectuales, tales como literatos, educadores, periodistas, escritores y hasta a los propios científicos ¡Cuánto ganaría la cultura! La divulgación científica es también un tema que exige historiarse. Quisiera recordar a algunas personalidades más sobresalientes y que merecieron el premio Kalinga de la UNESCO, creado por iniciativa de Biju Patnaik a quien pude conocer personalmente durante mi estancia en la India.

Los descubrimientos científicos, las innovaciones tecnológicas, surgen y se aceleran con violencia inusitada, de ahí que se hace necesario darlas a conocer lo más temprano posible a la opinión pública. La ciencia hoy está tan diversificada que incluso muchos de los que trabajan en una especialidad ignoran lo logrado en otras, de las cuales pueden necesitar.

Lo importante es que los divulgadores o popularizadores tengan un profundo sentido de responsabilidad hacia los lectores, una aguda conciencia de exponerla con seriedad y claridad. Para sólo citar a algunos de los científicos que abordan esta tarea magistralmente se pueden mencionar entre otros a Louis de Boglie, en Certidumbre e incertidumbre en la Ciencia; Un planeta llamado tierra; Oparin, El origen de la vida; Jean Rostand, La génesis de la vida; Bertrand Russell, Impacto de la ciencia en la sociedad; Carl Sagan, Los dragones del Edén; Hawkins, La historia del tiempo; Konrad Lorenz, Los 8 pecados mortales de la humanidad civilizada que lo convirtió en un prominente miembro de la protección del medio ambiente; el reciente libro de José B. Altschuler La luz que llegó para quedarse, y qué decir de ese magnífico libro de Federico Engels Dialéctica de la naturaleza, y el bello y esclarecedor Prólogo de J. B. S. Haldane, y para los más relevantes científicos de India, el libro de Jaggit Singh bajo el título de Some Eminent Indian Scientist.

Ojeada histórica de la ciencia en Cuba

 

La investigación histórica en nuestro país, particularmente en las ciencias naturales y la medicina, es una tarea muy laboriosa porque su fuente documentaria es escasa y se encuentra dispersa. En lo que respecta al período que denomino "hispánico", sólo dependemos de las actas del cabildo, protocolos notariales y los fondos que se conservan en el Archivo de Indias y otros. La imprenta en Cuba llegó sólo en la primera década del siglo xviii. No obstante ello, ha sido posible agrupar algunos elementos culturales que pueden asumirse como los prístinos que dan origen al movimiento científico en la isla. A esto me he referido recientemente en conmemoración de la eclosion científica.

Es conocido, por haber sido divulgado más de una vez, que en 1648 un nativo, un habanero como se llamaba entonces a los nacidos en la ciudad, lo cual les permitía diferenciarse de los españoles, Diego Vázquez de Hinostrosa viajó a México para estudiar medicina, y regresó a ejercer su profesión en La Habana. La importancia de esto estriba en la continuidad, pues este servicio era potestad neta de la metrópoli. Constituye un elemento cualitativo nuevo, al representar la actitud de nativos de adquirir por sí mismos conocimientos, en este caso médicos. Si bien no se puede interpretar como un desafío a las ordenanzas españolas, sí representa la expresión de una voluntad peculiar y quizás también de cierta habilidad de percatarse de una necesidad material, representada por la inopia de médicos y la presencia de ciertas enfermedades, casi seguro epidémicas.

Un año después de su salida, en 1649, aparece la primera y más grande epidemia de fiebre amarilla que se registra en La Habana, aunque quizás pudo estar precedida de casos aislados. Lo cierto es que en esa fecha sólo había algunos cirujanos que fallecieron víctimas de la enfermedad. No es hasta 1651 que llega un doctor en medicina graduado en Sevilla, el doctor. Lázaro de Flores y Navarro, quien habrá de figurar en los Anales históricos cubanos por haber escrito en La Habana, entre 1662-1773 un libro científico, el Primero, arte de navegar, que por falta de imprenta se publicó en Madrid en 1673. Desde el punto de vista científico da a conocer las primeras explicaciones de fenómenos naturales que ocurren en la isla, tales como eclipses lunares, y mediciones geoastronómicas. Formuló nuevas tablas sobre la declinación del sol, computadas al meridiano de La Habana. Hizo estudios, sobre el movimiento de las estrellas, tomando como guía a Tycho Brahe. Según Fernández Navarrete "aplicó un método nuevo, conforme a principios matemáticos para resolver la ecuación de las declinaciones del sol". En su libro hace una mención a Copernico, aunque era partidario de las doctrinas ptolemaicas. En verdad, en América el introductor de la teoría heliocéntrica, fue el notable astrónomo y matemático mexicano Sigüenza y Góngora quien la dio a conocer en su Libra astronómica en 1681, lo que representó un verdadero desafío científico porque ella estaba considerada como subversiva y sujeta a la victimización por el Tribunal de la Inquisición. En La Habana representaba al tribunal el notario Juan Bautista Guilisasti.

Las aportaciones más importantes y novedosas que ofrece Flores son sus observaciones de eclipses lunares los que utiliza para fijar la situación geográfica de La Habana y la diferencia de tiempo existente entre esta y Sevilla. La primera la efectuó el 12 de febrero de 1663, que puede tomarse como la fecha primicial de una observación científica en la isla. El segundo ocurrió el 6 de agosto de 1664. El libro de Flores no circuló en La Habana porque falleció casi simultáneamente con su publicación en 1673 y no existe constancia de que su viuda lo haya importado, y sólo se pudo conocer por la cita que hace Delmonte y reproduce Trelles. No fue hasta su tricentenario en 1973 que se hace un análisis crítico del mismo.

Este incipiente y esporádico científico de la isla guarda un cierto paralelismo con el de México en el siglo xvi, es decir un siglo antes. No se puede olvidar que aquel es un producto de la atención que se prestó a la cultura indígena que contó con el apoyo de la metrópoli al despertar su interés de conocer la flora de ese país, para lo cual envió con el título de protomédico a Francisco Hernández. Además hay otros factores primordiales para crear una cultura científica que sí se dieron en México, como la imprenta (1539), carta geográfica completa (1556-1562), universidad (1518) biblioteca (1534), primer médico (1514). Todos comportan un sostén fundamental para los orígenes de la ciencia.

Tras el regreso de Hinostrosa a México y la defunción de Flores la atención médica en La Habana queda en manos de cirujanos y ocasionalmente de médicos de la Armada. A fines de siglo arriba el doctor Francisco de Teneza y con él se inaugura las funciones del Tribunal del Protomedicato, anteriores a este sólo vinieron un médico español y otro de México. El siglo xviii se inaugura con un fortalecimiento de la posición de los médicos. Esto coincide con la aplicación de la emigración de cultura a México, y un cambio significativo en su composición, de estudiosos de derecho y cánones de medicina, y entre estos se revelan dos importantes figuras que cultivarán otros perfiles científicos, que representan una modalidad cualitativa que arrojará luz, en el período que Le Riverend denominaba de "penumbra". Estos son Francisco González del Álamo con quien comienzan los estudios de medicina de la isla y será también el primer publicista de un dictamen médico que se dio a la imprenta en México ante la imposibilidad de hacerse en La Habana, y que aún permanece perdido. La noticia llega a través de la obra histórica de Arrate y consta en las actas del cabildo del 3 del junio de 1711. El 12 de enero de 1726 en el convento de San Juan de Letrán se inauguró el primer curso de medicina, que se desarrolló en años sucesivos con tanto éxito que cuando se creó la Facultad de medicina, de no haber fallecido González del Álamo habría sido su decano y profesor de fisiología. Sus alumnos fueron profesores de la Pontificia.

El segundo llegó a ser la personalidad científica más relevante de la primera mitad del siglo xviii, su nombre Marcos Antonio Riaño de Gamboa. Graduado de médico en México, desde estudiante se mostró interesado en matemáticas, a extremo tal que se presentó como concursante a la cátedra vacante por la muerte de Carlos Sigüenza Góngora en 1769; al parecer no tuvo éxito, se desconocen sus ejercicios por lo que no se pueden valorar sus conocimientos al respecto, pero evidentemente que esto lo mantuvo como una vocación, pues si bien regresó a La Habana a ejercer su profesión, en 1706 marcha a Cartagena de Indias donde lleva a cabo estudios de astronomía, quizás estimulado por las observaciones primeras que inicia la metrópoli con el propósito de determinar las posiciones geográficas de los puertos y ciudades de las colonias ultramarinas, obligada España ante la necesidad de establecer un sistema militar defensivo, particularmente en los poblados o ciudades costeras. Uno de estos ingenieros militares fue Juan Herrera quien había permanecido en Cuba durante siete años. En 1769 el gobierno español le ordenó trasladarse a la ciudad de Cartagena de Indias. Allí se encontró con Riaño de Gamboa, quien ejercía la medicina y al parecer lo influenció hacia el estudio de la astronomía. Ambos hicieron observaciones conjuntas. J. Cassini director del observatorio de París, recibió una colección de observaciones astronómicas realizadas en América, entre las que se hallaban las de Herrera y Riaño de Gamboa las cuales publicó en 1729 en las Memoires de Academie Royal des Sciences. En ese estudio afirma que Riaño fue el primero que hizo la determinación de la altitud de La Habana efectuando la observación de cuatro eclipses de luna y la ocultación del primer satélite de Júpiter con un telescopio de diez pies y un péndulo. Los eclipses tuvieron lugar en los años 1715, 1721, 1724 y 1726, el fenómeno de Júpiter en 1724. También hizo la medición de la altura de Sirio y Proción en 1717. Cassini en la época en que calcula estas observaciones de Gamboa, las comparó con otras observaciones correspondientes hechas en Europa. Las de Riaño sólo tuvieron un error, menor de 45º. Humboldt sostuvo que en cuanto al interior, la isla de Cuba era una tierra desconocida, lo que no se ajusta enteramente a la verdad, porque Riaño había estudiado la altura meridiana de Trinidad, Sancti Spíritus y Puerto Rico. El artículo publicado por Cassini fue uno de los que le sirvieron de base a Humboldt, quien dice: "Creí indispensable dar esta reseña histórica" la que constituye el capítulo primero de su Ensayo político con el fin de que "el lector pueda comprender los motivos que han determinados el camino que sigo. Me remontaré hasta la época de las observaciones de Gamboa, es decir, 90 años atrás...". Riaño también mereció citas de la Sagra y Oltmanns. El artículo de Cassini fue traducido, comentado, y publicado en Quipu en 1989 por López Sánchez.

Riaño falleció en 1729 y parece que fue en México porque la noticia la ofreció La Gaceta de México donde se dice que fue famoso médico y revisor de libros del Santo Oficio de la Inquisición. Sus trabajos le confieren el título de primer Astrónomo de Cuba, y primer expositor de observaciones científicas, los de Flores aunque le antecedieron no fueron conocidas hasta el siglo xix en Cuba.

Otro científico e ilustrado habanero y condiscípulo de Riaño en la Universidad de México lo fue el doctor José Escobar y Morales, descendiente de una familia de mayor linaje que los precedentes, hijo de un alcalde y regidor del ayuntamiento de La Habana. Esto puede servir como un indicio de la expansión del interés y la necesidad hacia la cultura científica que se desarrollaba en ese período. Se graduó de médico en 1702 e hizo sus prácticas con uno de los más notable catedráticos, de su tiempo, el profesor Marcos José Salgado, autor del primer tratado de Fisiología escrito en el continente americano. Se graduó de doctor en derecho civil y fue nombrado abogado de la Real Audiencia. Por más de 20 años desempeñó la cátedra de matemática y astrología. Médico del Hospital Real de Indios, se dice que jamás dejó de asistir a la atención de sus enfermos, no obstante sus importantes obligaciones. En 1736 México fue invadido por una epidemia o fiebre pestilencial, como se denominaba en ese tiempo, conocida por Matlazahualt o Cocolixtle, sobre cuya enfermedad publicó un folleto. Dícese que falleció a causa de ella. En La Gaceta de México se le califica "como uno de los nobles ingenios de que es tan fecunda nuestra América".

Al arribarse a las primeras décadas de este siglo la emigración cultural no sólo se reduce, sino que cambia de orientación: ya no van a estudiar medicina, sólo individuos aislados, no obstante ser muy reducido el número de médicos y cirujanos que vienen de la metrópoli, y las condiciones de salud de la población empeoran a causa del abarrote de extranjeros venidos por el incremento del comercio marítimo. La otra vertiente, siempre muy pequeña, la observación de fenómenos astronómicos y su aplicación para las determinaciones geográficas, no sustancia propiciamente el interés de los criollos o habaneros, el caso de Flores se justifica, el de Riaño es una seducción por el ambiente que encontró en Cartagena, ni siquiera España estuvo interesado en estas actividades hasta que las necesidades militares las requirieron. Humboldt prestó atención preferente a estos estudios de precisiones geográficas en los países de América que visitó, entre ellos la isla de Cuba, motivado por su espíritu de explorador inquisitivo sobre un aspecto poco conocido de la realidad territorial de América.

Por insignificante que parezca el rudimentario comienzo de la cultura científica cubana este es el germen de partida de una necesidad histórica, la de ir formando su cultura propia, unívoca, antes de culminar su emancipación definitiva. Este es el destino inexcusable de los países periféricos hacia su centro, en este caso, España. El estudio de este proceso no es sólo fascinante, sino consustancial, para identificar y valorar adecuadamente los esfuerzos que hicieron estos países para conquistar su independencia. En América quien tuvo una situación de privilegios fue México, gracias a la conservación de sus culturas originarias autóctonas, el que alcanzó el más alto nivel de desarrollo del que pudo aprovecharse en cierta medida Cuba por su emigración de cultura, cuyo espectro cambió en el siglo xviii cuando se concentró en estudios distintos, con preferencia derecho canónico y leyes, lo que puede explicarse por un aumento de las actividades religiosas con la fundación de las iglesias y conventos y las necesarias actividades jurídicas que generaban los negocios y el comercio.

En 1711 España decide por fin establecer el protomedicato en la isla y nombra como regente a Francisco de Teneza y años después en 1728 como segundo a Luis Fontaine, a la sazón decano de la Facultad de medicina, quizás con la intención de correlacionar a ambos. El protomédico Teneza cumplió bien sus funciones como tal, implantando y haciendo cumplir las ordenanzas legales reguladoras del ejercicio de la profesión de médico, cirujano y farmacéutico. Desempeñó un papel positivo en los propósitos de laicizar a la Universidad, litigando contra el hegemonismo absoluto de la Orden de los Dominicos en esta institución. Fue el principal redactor de la Tarifa de precios, un documento valioso no sólo porque constituye el primer impreso cubano, sino porque sentaba las bases para el despacho y venta de medicinas con lo que resolvía un grave problema en su tiempo, pues no existía un control sobre cuáles medicamentos podían recetarse a los pacientes, así como la normalización de sus precios poniendo fin al mercado especulativo. Después de Teneza y Fontaine el protomedicato hasta su extinción estuvo bajo la égida de los médicos habaneros graduados en la Universidad.

El otro instrumento discursivo de excepcional importancia aun cuando estuviera limitado por su carácter pontificial fue la Universidad erigida en 1728, la que contribuyó a dar forma y carácter a los estudios superiores que se podían realizar: medicina, cánones y leyes. No obstante el estatismo de estas instituciones hubo un adelanto en la formación de la cultura científica. El ingreso en la Universidad estaba precedido por la obtención del grado de bachiller en artes o filosofía y no obstante la fuerte influencia del aristotelismo se pudo avanzar. Lo paradigmático de este período es la controversia de opiniones, la lucha por la introducción de nuevas ideas, en especial en filosofías, esto correspondió al Colegio Seminario de San Carlos, con las lecciones del padre José Agustín Caballero; los estudiantes con independencia de su condición social estaban inmersos en estos debates, lo que también ocurría con el profesorado. El hecho de que un gran número de estudiantes fueron de familias ricas, no entorpece su asimilación hacia nuevos conceptos.

Con reiteración se ha insistido en la necesidad de profundizar la investigación histórica del siglo xviii, muy cuajado de rivalidades y antagonismos en el dominio de las ideas, raciocinios, opiniones y creencias que a la postre motivaron el florecimiento de lo científico natural por una parte y el resquebrajamiento de la arquitectura estructural del pensamiento escolástico por otra.

Con la llegada del nuevo siglo comienzan cambios importantes en lo económico y en lo demográfico. La población aumenta a expensas de una crecida inmigración de extranjeros que no poseen conciencia de la dinámica social que prima en la isla e insta a una diferenciación más sostenida acerca de los atributos del poder de "dentro", es decir de los que de algún modo poseen raigalidad en la isla y los de "fuera", los advenedizos, en tránsito o no, que vienen desde la metrópoli tras una ubicación económica. No existía aún propiamente una capa media, excepto la de los artesanos. A los seminarios y a la Universidad acudían criollos de diferentes capas sociales siempre que fuesen cristianos blancos.

El período de 1740 a 1790 presenta rasgos muy complicados en las relaciones y antagonismos entre los religiosos y los laicos. La Universidad recién creada sufrió los embates de unos y otros y las pretendidas reformas que se insinuaron se reducen al propósito de modificar el régimen de su autoritario gobierno.

Los graduados de medicina, los más numerosos, poco nuevo aportan en sus tesis doctorales, no rebasan los niveles del siglo xvii.

En los años de 1762 a 1763 ocurre la toma de La Habana por los ingleses. Su repercusión fue grande en Cuba y España, pero nada influyó en el movimiento científico, por lo menos de inmediato y durante la ocupación. Sólo puede señalarse que hubo una gran epidemia de fiebre amarilla, ante la cual los médicos ingleses se mostraban ignorantes, su experiencia estaba limitada a unos pocos que habían ejercido en las colonias anglófonas del Caribe. Se dice, sin constancia protocolar alguna que el médico José Arango Barrios llevó a cabo por primera vez necropsias de fallecidos. Desde el punto de vista de esta práctica no es nada novedoso, pero sí que fuera en cadáveres de defunciones por fiebre amarilla. Una vez evacuada la plaza, España se preocupó no sólo por las construcciones militares, sino también civiles para mejorar su aspecto urbanístico e inició medidas de higiene pública.

Veinte años después de inaugurarse el Seminario de San Carlos se constituye la Real Sociedad Patriótica, también denominada Sociedad Económica de Amigos del País. Ya esto va a corresponder a un período de excepcional importancia y notable especificidad en lo tocante al progreso de la cultura, la ciencia y la economía que tiene lugar en la década de 1790 a 1800.

La comprensión cabal de la cultura discurre a veces sin que se perciba en toda su extensión e intimidad. Existe una forma externalista que se da a conocer por los diferentes medios de expresión y sus variantes, la escrita y la oral, pero otra muy decisiva para el curso de los acontecimientos que es la internalista o acumulativa que adquieren de motu propios, grupos de individuos a través de lecturas, estudios y formas múltiples de adquirir conocimientos y que no afloran, porque las circunstancias materiales no se conjugan y la necesidad no la urge. Este fenómeno ocurrió en la isla en el curso de varias décadas del siglo xviii debido al tardío desarrollo de la imprenta, a la falta de instituciones educativas académicas, o de otra naturaleza y, a las contradicciones entre los principales centros de difusión y las dificultades provocadas por la opresión mental del ambiente frenador de la libertad de expresión, impuesto por los despóticos gobiernos de mandones y lucrosos, propios del período factorial, así como la no concreción de nuevas formas económicas. Estas se presentan en el estadio colonial en el que primará el más alto grado de cultura integradora que incita a la divulgación literaria y la aproximación a la ciencia.

A la nueva clase que surge le interesa el desarrollo por vinculación indisoluble al destino del país. De habanero se pasa a ser criollo y se tiende a la modernidad, para sostenerse y poder avanzar. En esta vorágine de cambios socio-económicos se privilegia la formación y la manifestación cultural dando lugar a la creación de centros de estudio, de sociedades que permitan el intercambio de ideas, propósitos y aspiraciones, y a la necesidad de medios de divulgación de tales aspiraciones. Este fenómeno opera en La Habana entre los años de 1773, en que se funda el Seminario de San Carlos, a 1793 en que inauguran los trabajos de la Sociedad Económica de Amigos del País y en el interregno la publicación del Papel Periódico de La Havana en 1790. En este punto crucial se observa la llegada de un proceso que va a generar una aceleración que se corresponda con las innovaciones que se han estado produciendo en el interior de la isla, y concomitantemente con los que se suceden en las condiciones internacionales que abren cauces a la libertad de comercio, que aparejó una influencia decisiva sobre las bases económicas y sociales creadas a lo largo de este período.

Lo más sobresaliente de está década de fines del siglo xviii y que más ha impresionado a los historiadores es el violento salto que se produce en el desarrollo de la economía, cuyo rasgo esencial es la contienda por crear una sólida producción de azúcar para la exportación y cuyas posibilidades aparecen más firmes cada día. Desde tiempo anterior, la isla venía experimentando un creciente progreso agrario en el cultivo de la caña de azúcar, aunque a ritmo lento, porque este exigía una fuerza de trabajo de la que se carecía, si bien los factores como tierra fértil, bosques, ganado y utensilios de trabajo sí se poseían. Para suplir la falta de brazos se comenzó la importación de esclavos negros acrecentán- dose con un carácter social distinto al de la esclavitud doméstica.

En este auge azucarero intervinieron accidentes históricos independientes del quehacer propio, de carácter internacional, tales como la declinación de las colonias inglesas caribeñas, la ruina de Haití y la aparición del mercado independiente de los Estados Unidos, sin descartar los propósitos y afanes de la población criolla de incrementar sus recursos agrícolas orientándolos hacia los cultivos más deseables y utilitarios, para eso se requería protagonizar conocimientos técnicos más avanzados devenidos o procedentes de las ciencias naturales, lo que implicaba una tendencia a la cultura escolástica predominante.

Fue en el seno del Colegio Seminario de San Carlos donde adquirió cuerpo de enseñanza una nueva filosofía que debía guiarse "por lo que parezca más conforme a la verdad, según los nuevos experimentos que cada día se hacen y las mayores luces que se adquiera con el estudio de la naturaleza". Es evidente, como dijera Martí, "que cuando las condiciones materiales cambian, también cambian las ideas de los hombres", pero este es un camino muy complicado que requiere mucha decisión y hay que decir que mucho honra al padre Caballero que no se dejase extraviar por el limitado estado de los conocimientos científicos de su época en la isla e insistiese en su filosofía en elegir aquellos postulados que mejor sirviesen a concepciones nuevas y desechar las anticuadas. Esto naturalmente es un proceso histórico y como tal requería el constante fluir de ideas que en el caso cubano, fue un período relativamen- te corto, si se referencia con el ritmo de cambios que ocurrían en la economía. La escolástica no podía ser derrotada de una sola vez, tampoco las transformaciones se sucedían todas al mismo tiempo.

La publicación del Papel Periódico... fue otro instrumento indispensable para validar en la opinión pública conceptos y nociones nuevas del reformismo electivo liberal. El padre José Agustín Caballero será su principal mentor ideológico. Los ingresos provenientes del periódico se invertirían en la formación de una biblioteca de la que fue director Antonio Robredo, astrónomo que colaboró con Humboldt en sus investigaciones geoastrónomicas.

El Papel Periódico... fue un vehículo idóneo y comprometido para estos propósitos. No es fácil identificar a todos los autores, pues mucho suscribían con seudónimos sus artículos y son un enigma, pero obviamente una gran mayoría se debió a Caballero, otros los relativos a medicina son de Romay, quien también usó como seudónimo "Matías Moro". El primer artículo sobre la física en 1791 que parece ser de Caballero "es una franca impugnación a la escolástica, confeccionado en el nuevo espíritu cartesiano y newtoniano, con audaces citas de Arnauld".

En 1797 como resultado del estímulo que va produciendo la actividad intelectual que tiene lugar en la sociedad, la propagación del periódico así como la necesidad de abarcar otros aspectos, ven la luz numerosos folletos que aparecen simultáneamente a lo largo de ese año, así como también algunos pronunciamientos que revelan cambios en la mentalidad de los educandos. He dado en llamarlo el Año de la eclosión científica. Reúne en su conjunto el inicio u origen de la bibliografía científica moderna, y no sólo de los criollos, sino también de españoles entre los cuales se revelan evidentes contradicciones, inclinándose la modernidad a favor de los criollos.

El que inaugura la eclosión es una disertación de Romay en el seno de la Sociedad sobre la fiebre amarilla, que responde a una necesidad material, pues esta enfermedad epidémica se mantenía activa desde 1762 coincidente con la ocupación de La Habana por los ingleses, y los médicos se muestran confusos e ignorantes en su aspecto clínico-terapéutico. Fue una sesión histórica a la que asistió la mayoría de los médicos que ejercían en La Habana, que se mostraron conformes con sus opiniones y pidieron su publicación. Escrita en un estilo acorde con el léxico de la época, presentó un plan distinto a todo lo que se había publicada hasta entonces por otros autores, incluidos españoles y norteamericanos. Su importancia estriba en que se pronuncia contra la corriente en boga de considerar a esta enfermedad "contagiosa". Esta opinión fue objeto de una polémica con el médico español Francisco Xavier de Córdoba y el cirujano inglés John F. Holliday. La conducta asumida por Romay revela una intuición sorprendente, es una primera manifestación del anticontagio- nismo en esta enfermedad cuya primera indicación se atribuye a Jean Devéze hecha en ocasión de la epidemia de 1793 en Estados Unidos. Esta tendencia se concreta en 1799 cuando se funda la Academia de Medicina de Filadelfia. La fiebre amarilla fue un muy importante problema epidemiológico a nivel mundial, a extremo tal, que cuando estalló la epidemia de Gibraltar, Francia envió una comisión para su estudio la que se pronunció a favor del contagio directo, lo que generó un debate entre Pariset y Chervin. Este emprendió un periplo por América y estuvo en La Habana, donde se entrevistó con Romay quien le facilitó numerosas pruebas a favor del anticontagionismo de la enfermedad.

El contagio personal estaba muy arraigado entre los médicos de todo el mundo a extremo tal que un notabílisimo experimentador italiano, Eusebio Valli, estuvo en La Habana para llevar a cabo su experiencia lo que no impidió su muerte. En aquellos tiempos se dijo que la causa fue el terror que le inspiró el espectáculo de los días finales de los amarílicos.

En su refutación a Holliday, Romay expresa este pensamiento antiescolástico y de entera modernidad: "El hombre que piensa no se convence con autoridades sino con hechos y razones".

Del seno de la Sociedad Económica va a emanar la cultura científica, allí se van a difundir nuevas ideas y opiniones que generarán conocimientos, poco se podía esperar de la Pontificia que se mostraba incapaz de ponerse al corriente de la ciencia moderna. La falta de estudios de matemática y física era un impedimento, incluso para la medicina que bien la necesitaba para su desarrollo, así como también de la química y de la botánica.

En la Universidad se defiende a ultranza la enseñanza tomista. Las pretendidas reformas se estancaban. Los intentos de Nicolás Calvo de la Puerta y O’Farrill de promover estudios de botánica y química se frustraron. Importa saber que este criollo hacendado rico era una figura intelectual de primerísimo orden. Su elogio estuvo a cargo de José Agustín Caballero quien expresó que era una figura de excepcional cultura científica, filológica y lingüística. Y un poderoso hacendado sacarócrata.

Caballero fue el primero en lanzarse al reclamo de una reforma integral de la enseñanza desde la primaria gratuita hasta la universitaria comenzando por esta. A este programa se asoció también Romay.

El espectro de problemas que constituyó el quehacer de la Sociedad Económica rebasa todo esquema. En su seno se debate, hay controversias y antagonismo, pero siempre prevalece el espíritu renovador; se funde lo material con lo espiritual y prima el propósito de desarrollar la economía; se interesan por la agricultura y la industria azucarera. La característica de este siglo xviii, en la isla tendrá cierta semejanza con el de la metrópoli, el enfrentamiento de dos bloques, uno animado de una decisión irrevocable, con firme confianza y ardor generoso en su misión de que los cubanos entren en posesión de una cultura propia, en tanto los otros continúan en su rutina petrificados. Todo descansará en tres reformadores: Arango y Parreño, portavoz e ideológico de la economía azucarera; Caballero, insuperable y audaz, enseñando un nuevo modo de pensar, de batir la inercia educativa y promover cambios en las costumbres sociales; y Romay, metódico, erudito y decidido partidario del progreso de la ciencia e incluso de cambios, no por tímidos importantes, en política, como constitucionalista y a favor de mantener un equilibrio poblacional. No fue rico ni poseyó haciendas. Lo más notable no es, sin embargo, el conjunto de temas que se aborda este año de 1797, sino que expresa una dilatada inquietud intelectual, que no rehusa la lucha de opiniones.

Ya lo he manifestado antes, la Eclosión científica se produjo ese año de 1797, además de la Philosophia electiva y la Disertación sobre fiebre amarilla aparecieron otras publicaciones como la de Morejon y Gato sobre variedades de suelos y análisis de los mismos de Martínez Campos sobre el mejor modo de fabricar azúcar. Se introduce además una importante innovación tecnológica: la aplicación de la máquina de vapor a la producción azucarera. No tuvo éxito, pero no se desanimaron y afirmaron que nada persuade que se ha de despreciar esta máquina, porque corrigiéndola o disponiéndola con más acierto podría ser de gran beneficio, lo que es una gran prueba del espíritu que inspiraba a los criollos.

Estas publicaciones aparecidas después de 1790 constituyen una hontana de conocimientos nuevos que da cuerpo a la génesis de la cultura científica cubana que exponen y defienden los habaneros transpuestos ahora en criollos. A la vanguardia, al frente de la cual marchan los nuevos capitalistas o sacarócratas formados a virtud de la explosión azucarera que comenzó en 1792, año en el que culmina un continuo ascenso en la exportación del dulce producto que se convierte en el renglón más importante del comercio con Europa y después con los Estados Unidos. Esto no fue una consecuencia del aumen- to de la productividad del trabajo, ni de los avances técnicos, a pesar de su relativo alto nivel, sino al incremento de la masa de esclavos negros y a los acontecimientos políticos que ocasionó el colapso de Haití, el más importante productor en ese tiempo de azúcar y a la decadencia de las colonias inglesas.

El padre Caballero refiriéndose a la situación que surge en estas décadas y que preludia un espíritu vivificante y un auge sostenido, dice:

 

De repente –después de tres somnolientas centurias se produce un súbito progreso en lo material y cultural. En la isla se apodera de la mente de sus más esclarecidos hijos un afiebrado proceso, un vertiginoso quehacer económico y comercial que hace del puerto de La Habana, una olímpica arribada y salida de barcos cargados de mercancías, producto del desarrollo agroindustrial en el que figura en primera línea el azúcar, seguida del café y residualmente el tabaco, recibiendo a cambio dinero y no sólo por transacciones mercantiles, sino por lo que fue el capital más preciado de los hacendados, el maléfico negocio de la esclavitud.

No fue un tránsito acomodaticio y sin coléricas injusticias, no llegó, como dijera Marx del capitalismo europeo, "con lodo y sangre", pero sí con fuego de vegas y montes y vidas de negros esclavos. Las fértiles y bien regadas tierras del valle pródigo de Güines, fue el primer objetivo de los dueños de ingenios, criollos acaudalados devenidos aristócratas, y los que querían instalar nuevas fábricas o agigantar las suyas. El conde O’Reilly, testaferro de don Luis de las Casas, capitán general de la isla, Arango Parraño y Nicolás Calvo son los primeros en abalanzarse sobre las feraces tierras bermejas del valle y desalojar a los cultivadores pobres de tabaco.

Hay que decir que tras esta invasión se dio inicio y rápido desarrollo a la más importante aventura intelectual y del espíritu. Aquellas lluvias trajeron estos torrentes. Y hemos visto la labor prolífica realizada por la Sociedad Económica, los escritos divulgadores del Papel Periódico... y los esclarecedores conceptos que introdujeron los adalides de este movimiento intelectual. En poco tiempo los azucareros dominaron téc-nicamente el mercado azucarero, dieron cabida a las más depuradas innovaciones y se apoderaron de cuanto conocimiento les fuera útil y provechoso a sus fines. No existía un texto en español que enseñara sobre azúcar, la mejor y más conocida obra era la de Dutrone de la Couture y Corbeau, la Biblia de los azucareros y decidieron traducirla. Trabajaron en ella Pablo Boloix, Calvo y el padre Caballero para perfeccionar el español, como hiciera antes con la memoria de Eugenio de la Plaza sobre las abejas.

Ya Caballero había emprendido una cruzada a favor de perfeccionar el conocimiento de la gramática del español, pues estaba consciente de que el latín no era apropiado para la nueva terminología científica y técnica, ni para expresar nuevas ideas filosóficas, por lo que era una necesidad insoslayable, crear palabras y términos nuevos, y expresar con claridad el modo de decir y de escribir el español. No había cátedra en el Seminario de San Carlos, ni se creó de inmediato. Sólo en el convento de San Agustín, una sola clase a la semana y la Pontificia continuaba sólo con el latín.

La afirmación de que "el mundo del criollo del siglo xviii estaba marcado por los elementos de una sociedad que aún no se había definido intelectualmente en la búsqueda de una expresión propia" es algo insostenible a la luz de la aparición y desarrollo de conceptos nuevos y la presencia de instituciones modernas, marcadas por su aspiración a contravertir la decadente cultura que España había exportado hacia la isla, la que suscitó polémica a tenor de las imperiosas necesidades, más económicas que políticas. El debate no lo presidía un propósito de ir en contra de la cultura científica de la metrópoli sino el designio de superar el atraso propio, de sacudir la rémora que imponía el poco interés por las ciencias naturales.

Esto fue obra sutil, silenciosa, acumulativa hasta que condiciones ad hoc la hicieron realidad en la última década del siglo, particularmente en 1797. Aunque insuficientes a nivel europeo nadie podrá negar que se ofrecen claros exponentes que abrirán cauces a más altos alcances, de inicio en los campos de la agricultura, la medicina y de las innovaciones tecnológicas y preferentemente en la reforma de la filosofía.

El objetivo primero es reducir la influencia teológica y abrir las mentes a la consecución de lo terrenal representado por la agricultura y el comercio, para lo cual se requería, una mayor perfección de sus conocimientos primordialmente de la física natural, la química y la botánica, cuya enseñanza debe crearse y divulgarse sin dilación. Para ellos es imprescindible crear en la nueva generación de criollos interés por la ciencia, dotarlos de un pensamiento distinto, a los precedentes, no importa su empirismo, lo importante es que no se españolicen como España rehusó en su inicio europeizarse. El exponente principal en la isla lo dictará un proceso cuyo elemento cardinal es el de ser propio. La burguesía –como clase social– se siente capaz por sí misma de acometer esta empresa, una de sus ventajas es que en ella bulle un espíritu de apoyar y abrazar toda novedad.

El siglo xviii en toda su extensión, no es continuo, tuvo que enfrentar dos interrupciones en su curso histórico, uno extemporáneo, la conquista de La Habana por los ingleses, un fenómeno de apreciación controvertible. Otra de sus crisis periódicas, la más importante según Arango, la de 1779 a 1785 en la que se perdió toda la protección secreta.

A esto se puede adicionar que España era un país débil, con una Inquisición que paralizaba la audacia intelectual y sometía la inteligencia para lo cual tenía un basamento teológico muy sólido, que excluía toda filosofía aferrada a un escolasticismo intransigente. En la isla la creación científica fue esporádica, y muy reducida, pero el hecho de tener escasa precedencia le facilitó introducir, sin grandes pugnas internas, nuevas ideas en la cúpula intelectual.

Toda ciencia en su desarrollo pasa varias fases, comienza con una necesidad práctica derivada de la materialización de la necesidad que en esencia originan los imperativos económicos y sociales, pero no exclusivamente, pues a ellos se auna la habilidad individual para captar conocimientos, al principio precarios y no correctos, pero por su propio y lógico desarrollo interno conduce estadios más elaborados y complejos que obligan a pasar de lo concreto a lo abstracto, y de ahí a la fundamentación teórica, lo que abre cauces a formulaciones más generales y pensamientos más elaborados hasta alcanzar una estructura con perfiles independientes, separándose de otros conocimientos afines, así lo que comenzó siendo una sola ciencia generó otras que también se hicieron independientes con objetivos específicos.

En la isla debía vencerse una situación sui generis, y poco favorable para alcanzar o constituir un nivel científico justo para la solución que reclamaba su progreso. Este lo determinaba el hecho de que la enseñanza que abría la perspectiva para una etapa científica superior era posesión de los seminarios religiosos que imponían limitaciones. Para cambiar este esquema mental había que transformar este estado de cosas, principalmente a los profesores en sus ideas y métodos de enseñanza, y esto no era fácil de reemplazar, de ahí la urgencia de crear al margen de las instituciones oficiales, cátedras libres o sociedades.

La modificación parcial que sufrió el Seminario de San Carlos, se debió a Caballero quien comprendió, y fue el primero, que el país requería para su crecimiento y avance que el pensamiento tomara otro curso.

El siglo xviii en España, sobre todo su segunda mitad, es algo que incita a la meditación más profunda, y aviva las inteligencias apasionadas. Tiene una dimensión que rebasa fronteras e implicaciones no sólo en el mundo material, sino en el espiritual y moral. La isla de Cuba en la periferia lejana de la metrópoli también se hará eco de tales cambios, no con la intensidad y profundidad que recorrió Europa y en menor medida España. La población joven que nació en la isla, descendientes de es-pañoles, comienza a ver el país con ojos distintos y percepciones nuevas. En un siglo de renovación, bastaría compararlo con los precedentes, para advertir que en el basamento socio-político se suceden desafios encubiertos y rivalidades ocultas, sin que esto entrañe cam- bios bruscos ni repentinos. Ninguna institución se derrumba y la religión no se transforma, pero sí se propenderá a cambios en los cultivos y en la propiedad, incluso la esclavitud pasará de doméstica y moderada a convertirse en la fuerza de la producción. Las vegas de tabaco dejarán paso a la caña, y es en este período que tiene lugar lo que Fernando Ortiz denominó magistralmente, "contrapunteo del azúcar y el tabaco".

Con el ascenso al poder de Carlos III, surge una tendencia hacia la novedad. No podemos detallar todas las alternativas ocurridas en la metrópoli, también es muy difícil precisar el influjo directo que esto pudo ejercer sobre la isla, aunque sí podemos admitir que aparecieron ejemplos impresionantes de surgimiento de instituciones, la más sobresaliente, sin duda, fue la fundación de la llamada Sociedad de Amigos del País, y lo cito, porque esta fue sin duda la médula de los progresos en la isla. Se constituyó con las más prominentes e ilustradas personalidades nativas empeñadas en el avance de la educación y la ciencia.

A lo largo de este siglo tienen lugar en Cuba dos hechos que aun cuando no implican modificaciones en la estructura intrínseca de la sociedad, es decir ni en lo económico ni en lo político, se reflejarán en las mentes de los criollos me refiero, a la conquista de La Habana por los ingleses y la ruptura del monopolio comercial.

En el orden de la educación, la religión y la cultura, tendrá repercusiones la expulsión de los jesuitas en 1767 que hará a dominicos y agustinos coaligados monopolizar el poder absoluto en estas esferas y frustren las aspiraciones de una parte de la sociedad que pedía que los ignaciones abrieran colegios y se impartiera una enseñanza en más amplia escala. También se le atribuye como causas cierto retraso en la promoción de la ciencia, porque se les atribuía cierto gusto por esta, olvidando que a ellos les fascinaba más el latín.

El hegemonismo de los dominicos paralizó los intentos de reforma en la Universidad, consolidándose bajo su égida como un baluarte del pasado, ayudando a la tecnología frente a la filosofía.

Esta disquisición tiene como objetivo probar que el siglo xviii, en particular, sus últimas décadas, define claramente una búsqueda de una expresión propia sustentada en la reforma filosófica, por lo que a pesar de todo e indirectamente influyó en la Pontificia, a través de los estudiantes que procedían del Seminario de San Carlos. Ya hemos visto el papel de Caballero. En otro sentido es evidente que el aristotelismo también resultó ligeramente modificado, como expuso Le Roy. Lo más sorprendente, aunque se trate de disminuirlo, es la exposición de la doctrina del sistema heliocéntrico de Copérnico. Este sistema fue quizás el más debatido en el curso de los siglos, y más acremente después de Galileo. Su historia sería demasiado extensa para poder exponerla en esta oportunidad.

Lo que nos importa aquí, en este momento, es reafirmar que en 1797, entre los elementos constitutivos de la Eclosión científica, se incluye que el estudiante de medicina, Manuel Cálvez y González, procedente del convento de Santo Domingo defendió en uno de sus quodlibetos esta proposición. "En lo que respecta al sistema del mundo de los fenómenos se ven, explican y acomodan mejor por el sistema de Copérnico". Admitir y sostener en la Pontificia esta sentencia es un acto de rebeldía intelectual. Recuérdese que no fue hasta 1820 que se suprimió del índice de los libros prohibidos el De Revolutionibis y sólo aceptado en 1747. Los que se arriesgaban a exponer el sistema se referían más bien como hipótesis. Es curioso, pero en diciembre de 1796, ve la luz en el Papel Periódico de la Havana, un artículo firmado con un seudónimo indescifrable hasta ahora, refutando el sistema de Copérnico y de inmediato nos asaltó la pregunta ¿qué lo motivó? Porque en ninguna publicación había aparecido exposición o alusión alguna a Copérnico. La única explicación podría ser que este asunto se estuviese enseñando en algún aula, lo que sería un antecedente de lo que seis meses más tarde habría de ocurrir.

Cálvez y González se manifiesta como una personalidad con un carácter independiente que se rebela contra el método dogmático que se enseña en su tiempo. En su tesis para optar por el grado de Bachiller en Medicina, recusa al decano Ayala como miembro del tribunal porque este le exige modificaciones en sus quolibetos, y lo amenaza con la reprobación si no accede a cambiar el carácter de sus proposiciones experimentalistas que se dispone defender. No sólo rechaza este reclamo, sino que lo denuncia ante el rector de haber cometido un acto contra el libre derecho de defender sus principios y lo acusa por la universal ojeriza que tiene él contra la doctrina experimental. El rector aceptó y fue separado el decano como sínodo, y nombró en el nuevo tribunal a Tomás Romay y José María Pérez, este fue el médico con quien Cálvez cumplió sus intersticios y que después se marchó del país para residir en Veracruz, figurando en 1825 como integrante de la junta promotora de la libertad cubana.

Si bien es verdad que de inmediato no tuvo repercusión su proposición sobre Copérnico, no es menos cierto que a partir de ella no vuelven a aparecer ideas ptolemaicas, hasta 1806, cuando Félix Varela se adhiere a este sistema, aunque lo califica de hipótesis, que fue la forma más generalizada en tiempos anteriores que se usó para eludir el enfrentamiento contra el Santo Oficio. Ese mismo año Agustín Encinoso de Abreu en su examen de filosofía sostiene "que tanto la física como la astronomía, de un modo congruente y óptimo, se explican por el famosísimo sistema copernicano". Este fue discípulo del padre José Agustín Caballero y el primero que osadamente presentó su tesis de medicina en idioma vernáculo, rehusando el latín.

La introducción y aceptación del sistema de Copérnico, no era sólo un problema astronómico, sino que tuvo su repercusión paradigmática en el pensamiento filosófico. No debe olvidarse que en Cuba, los tres más grandes científicos, en las más importantes ramas del saber de la moderna investigación de la naturaleza, Varela, Saco, y Luz y Caballero se preocuparon en dejar constancia de sus opiniones sobre el siste- ma copernicano. Si ello ocurrió 254 años después de la muerte de Copérnico, no es razón alguna para el demérito y revela ignorancia, o quizás descuido en los saberes de la historia de la ciencia.

España, por casi tres siglos, prestó poca atención a la isla de Cuba, si exceptuamos, los aspectos navales y militares. No enviaba personal calificado en las ciencias, ni promovía la creación de instituciones con este fin. No se interesaba por tener conocimientos de su naturaleza e incluso desconocía la ubicación geoastronómica de sus principales puertos y ciudades. Ya hemos visto que esto lo inició en forma muy limitada y por su propia voluntad Flores, y después Riaño de Gamboa y Humboldt.

Los primeros conocimientos de la flora y fauna en parte es obra de la inquietud y perspicacia de un portugués residente en la isla, Antonio Parra, quien dedicó la colección que fomentó al rey Carlos III. El principal móvil que lo animó, no fue la investigación, sino la recolección con preferencia de peces marinos y crustáceos.

Esta vocación respondía a un movimiento que se expandía por Europa, de reunir y exhibir los más variados objetos. En la medida que avanzó en esta labor comenzó a interesarse por las características de las diferentes especies llegando a publicar una obra en 1787 con el título de Descripción de diferentes piezas de historia natural, las más del ramo marítimo representada en setenta y cinco láminas.

La obra incluye crustáceos y peces. Se le aprecia no sólo como una joya bibliográfica, pues se le acredita verdadero valor científico. Al cumplirse 200 años de su aparición la Editorial de la Academia de Ciencias imprimió una edición fascsimilar y un extenso estudio bien documentado sobre el autor y su obra, lo más completo desde el punto de vista referencial, al que no cabe añadir ningún otro juicio que el de ser el mejor y más completo en su información y análisis moderno de lo que representó esta obra en la cultura científica cubana. La aseveración de que responde a una influencia derivada de la ilustración generada en Europa, pienso que sin negarla del todo, es más bien una obra derivada del espíritu científico que con características propias se gesta en la isla.

El hecho de que no se tenga una comprensión válida del movimiento renovador que se está creando en la isla en la segunda mitad del siglo, ha dado lugar a que se amengüe la significación de los impresos y expresiones de los cubanos de esos años.

España sabía poco de la naturaleza y desarrollo de los conocimientos internos de su imperio colonial, después del tesoro acumulado por los denominados cronistas de Indias y de las historias publicadas por autores radicados en las colonias, tanto españoles como nativos. Hubo mucha despreocupación y falta de comunicación con la metrópoli y poco o ningún interés en enviar científicos a América y menos aun programar una política económica y cultural, y ello quizás fuera una consecuencia de las sucesivas guerras en que se vio envuelta en Europa y a una falta de visión de hacer depender el dominio a la sujeción militar y a las persecuciones de la inquisición.

Al finalizar la dinastía de los Austrias dice Vernet "que en España existía una sensación de frustración, en los primeros años del siglo xviii" y para ejemplarizarla cita que el bibliotecario mayor del rey, en 1723, se negaba a que se hicieran reseñas de las obras pu-blicadas para remitir a los periodistas franceses, aduciendo que en ellas no se encontraba ninguna cosa singular, ni invención ni descubrimiento nuevo. No es hasta mediado de este siglo que surge un movimiento tendiente al envío de comisiones y expediciones científicas hacia los países del Nuevo Mundo, con la finalidad de estudiar la naturaleza y un medio de adquirir conocimientos botánicos y enriquecer el jardín botánico; también de química, geología y minerología. Estos últimos de muy alto nivel ya en México, pero la atención preferente sería la botánica por lo que podía significar para la agricultura y la medicina. En la preparación y costos de las expediciones, España mostró una esplendidez inigualada. Así comenzaba a suplir su ignorancia acerca de las riquezas coloniales. De las tres más grandes expediciones, la más importante para Cuba fue la de Nueva España, la que incluía también a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, y fue creada a solicitud e instancias del médico Martín Sessé, quien estuvo en La Habana desde 1780 cuando llegó con la escuadra del marqués del Socorro y se mantuvo como médico de flota, ejerciendo en el hospital de operaciones, pero no en la ciudad. Refiere que tuvo que actuar durante una epidemia que se desarrolló en el área del Caribe que parece haber sido de fiebre amarilla. También estuvo en el hospital de Nuestra señora del Pilar. En 1785 viaja a México y se le expide el título de Comisionado del Real Jardín Botánico de Madrid. En 1795 regresa a La Habana como jefe de la expedición, y se pone en contacto con la Sociedad Económica y el Real Consulado. La Sociedad Económica comisiona a Nicolás Calvo de la Puerta, quien ya desde 1793 abogaba por la creación de la cátedra de química y botánica, para que solicite de Sessé asesoramiento botánico con destino a un diccionario de voces provinciales e instrucciones para la creación de un jardín botánico, un viejo proyecto de la Sociedad. Sessé acoge favorablemente esta idea que coincide con sus aspiraciones y sugiere, a su vez, la incorporación de un joven criollo para instruirlo en botánica. La Sociedad nombra una comisión para la elección del candidato que recae en el doctor en medicina, José Estévez Cantal, discípulo predilecto de Tomás Romay. A principios de 1797 el grupo parte hacia Puerto Rico y efectúa el recorrido de la isla, cancelan el viaje a Santo Domingo por los acontecimientos que allí tienen lugar y regresan de nuevo a La Habana. Coinciden con la expedición del conde de Mopox y Jaruco que había arribado poco antes, en 1796, y cuyo principal objetivo era fundamentalmente militar.

Entre sus planes figuraba el canal del valle de Güines que serviría al propósito de acarrear madera hasta el arsenal para la construcción de barcos. En esta expedición figuraba un botánico, Baltasar María Bolda, para aprovechar en su recorrido el estudio de los árboles, y Sessé le recomienda que incor-pore a Estévez, quien se desempeña muy bien y a la muerte de aquel en 1799 ocupa su lugar. Figuraba además un mineralogo, Francisco Ramírez, que dejó un folleto impreso sobre las aguas de Madruga. El saldo de esta comisión no es muy importante, si se exceptúa la parte botánica y algo de zoología, y los correspondientes a la descripción geográfica de Isla de Pinos, Guantánamo y Mariel. Lo más valioso, fue que permitió la incorporación de un criollo quien terminada su misión y a instancias de Romay fue propuesto como becario para cursar estudios en España de química, botánica y minerología. Los problemas burocráticos afectaron a Estévez aunque él cumplió sus compromisos, pues cursó todas estas materias y además matemática.

Conocida su instrucción científica, particularmente en química puede afirmarse que su utilización quedó muy por debajo de las posibilidades que deparaban sus conocimientos. En su ensayo acerca de la utilidad de la química enfatiza lo provechoso que sería que se conociera y aplicara por los que están enrolados en la producción de azúcar, pues esta asentada, ella misma, sobre una reacción química.

La presencia de Martín Sessé en La Habana fue de gran provecho en los orígenes del conocimiento científico. Su amistad y colaboración con Francisco Barrera y Domínguez, dio lugar a las primeras observaciones microscópicas en el campo de la medicina. Digamos de paso que en 1998 se cumplió el bicentenario del colosal manuscrito de este "humilde aldeano", como él mismo se autodenominara y que yo nombro el Manuscrito Barrera, que es un tratado sobre enfermedades de los esclavos negros, hasta ahora el primero en la literatura médica universal. Un texto humanista llenó de observaciones inteligentes en el que asombra la cantidad de autores médicos que cita, difícilmente igualado por médico alguno en la isla y probablemente en otras naciones de América.

Como conclusión de esta conferencia creo haber probado que el siglo xviii merece una investigación más profunda, pues fue cuando se generó la cultura científica. En la medida que nos adentremos en él se podrá comprobar el tremendo significado que tuvo el año de 1797, al que denominé en 1980, el Año de la eclosión científica.

 

* Conferencia magistral impartida en el V Congreso Nacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, celebrado en noviembre de 1998.

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 91, No.1-2 ENERO-JUNIO 2000