Editorial                                           

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Eliades Acosta Matos

 

 

 

Cuando muchos de los que leen estas palabras y quien las escribe no vivamos ya sobre la Tierra; cuando los que vendrán después se hagan casi las mismas preguntas que nos hacíamos nosotros y se les acabe también su tiempo sin haber alcanzado a desentrañar las respuestas adecuadas para las dudas eternas, se hablará todavía de la zaga cultural de la Revolución cubana, de los tipos obstinados e irrepetibles que la protagonizaron. Vale la pena haber vivido en estos tiempos. Nadie de los de entonces ha podido abjurar de ellos, aunque, ciertamente, algunos lo hayan vivido de una manera inexplicable.

Una especie de respeto ecuménico, espontáneo, rodea en Cuba a los sobrevivientes de aquella epopeya. Nadie, ni aun los más exaltados iconoclastas del momento, ni los que apuestan a resaltar con la estridencia de turno, se atreven a transgredir ciertos límites que la propia vida ha creado. Puede que, aunque raramente, alcancemos a presenciar el aleccionador espectáculo de algún kamikaze intelectual que se desintegra al chocar contra la majestad de algunas de estas personas a quienes pretende, ingenuamente, atacar. Cuando la marea arroja sobre la playa los restos de su naufragio, se comprende mejor qué significado tienen los días intensamente vividos, la fuerza de servir sin descanso a un ideal, cuánto blinda la libertad intelectual asumida a conciencia, cuánto fortalece la lealtad a sí mismo y a la Historia.

Los hombres y mujeres de los que hablo forman algo así como un equipo "Todos estrellas" de la cultura revolucionaria y cubana. Ningún país, por grande y poderoso que fuese, podría darse el lujo de mantener sentados en el banco, sin usar regularmente, a tales jugadores. Ellos tampoco lo soportarían.

Roberto Fernández Retamar une a su más que demostrado talento y a su obra inmensa, la cualidad de mantener la distancia y la ecuanimidad; la de aparecer en público lo estrictamente necesario, lo imprescindible para mantener viva la leyenda. Pocas veces he visto una presencia más fuerte en las letras y el pensamiento cubanos sustentada sobre la más estricta invisibilidad. Pocas veces se ha reafirmado más un autor, un pensador, un poeta de su talla, sin proponérselo, y aun contra su propio deseo.

Con motivo de su cumpleaños número 70, la Revista de la Biblioteca Nacional se une al júbilo de numerosas instituciones cubanas y extranjeras deseosas de hacerle saber su admiración y cariño, de testimoniarle que vale la pena vivir como él lo ha hecho y de luchar por lo que ha luchado.

Retamar es uno de los escritores cubanos que más estrecha relación ha mantenido siempre con la Biblioteca Nacional. Su trato respetuoso hacia nuestro colectivo y su demostrada confianza en que la institución sabría remontar las dificultades que ensombrecieron, en tiempos felizmente ya superados, su capacidad de cuidar con honor el patrimonio bibliográfico de la nación, justifican la predilección con que los bibliotecarios lo tratan.

Pocos, como Retamar, han mostrado con tantos hechos concretos su voluntad de hacer depositaria a la institución de una buena parte de sus papelería, de la extensa documentación que se agolpa en las márgenes de toda obra grande. Cuando chocamos con incompren- siones a la hora de persuadir o concien- tizar a quienes deben entender el papel patrimonial que cumple una Biblioteca Nacional; cuando alguien nos dice que no ha pensado en la necesidad de guardar en nuestras bóvedas su documentación creativa, siempre pensamos en Retamar. Pocos como él han tenido menos necesidad de recurrir a nosotros para guardar lo que ya ha sido seleccionado por la vida para perdurar, y sin embargo, nadie más puntual a la hora de entregarnos sus papeles.

Este número especial de la Revista de la Biblioteca Nacional ha reunido a un grupo importante de autores contemporáneos vinculados por el denominador común de este homenaje. No sé qué pensará Retamar en el momento de leer sus trabajos, pero yo no concibo muestras de mayor respeto hacia un creador que las que expresan estos artículos.

Cuando en las tribunas en que los creadores cubanos discuten sus ideas se escucha la voz grave y pausada de Retamar, todos hacen silencio. Se espera siempre de sus intervenciones la agudeza y brillantez que orientan y el despliegue de una cultura vasta, que nunca agrede. Es que por él hablan Calibán, y Casa de las Américas y tanta poesía y ensayos martianos.Y los poetas y escritores caídos por un mundo mejor. Y su maestro Ezequiel Martínez Estrada.Y el espíritu inquieto y rebelde, a fuerza de honrado y deseoso de saltar toda atadura, el espíritu lúcido, inmenso y militante que anima a hombres como el Che.

Espero que el humilde homenaje de esta revista, que es suya por derecho propio, renueve el pacto con una institución, como la nuestra, que se precia de su aliento y presencia; que ve en su alargada figura de caballero andante, de jacobino impenitente, de garibaldino entre mambises, la prefiguración de lo que un día, no lejano, han de ser los nuevos intelectuales cubanos; los que recojan el guante de los animadores de esta tradición que no se rinde, que no se doblega con el paso de los años, que escribe y piensa mejor con el volar de los días.

No siento nostalgia, sino orgullo por tanto que hemos vivido, sentido, escrito y leído, en estos años de Revolución. Siento orgullo, un orgullo inmenso y bienhechor, por haber visto y escuchado a hombres como Retamar. De ello hablaré a mis nietos y lo dejaré escrito para que nadie ponga en duda que estos Profetas de la Buena Nueva de la Redención Humana existieron.

Con letras de fuego queda escrito. Como en lo más profundo de la Patria queda grabada la obra de los fundadores, la de Retamar entre ellos. Los tiempos de gloria no han concluido. El Hombre Nuevo no es un delirio trasnochado entrevisto en la bruma de los 60. Aún es posible su advenimiento, su construcción. ¡Gracias Maestro, por recordárnoslo, por exigírnoslo!

Revista de la Biblioteca Nacional José Martí Año 91, No.1-2 ENERO-JUNIO 2000