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Memorias de Tomás Fernández Robaina. Parte No. 4. La campaña de lectura popular, la Biblioteca Nacional y yo

11/6/2020
Por: Tomás Fernández Robaina , Biblioteca Nacional José Martí

Compartimos la Parte No. 4 de las Memorias del Investigador de la Biblioteca Nacional de Cuba José Martí, Tomás Fernández Robaina, (Tomasito para todos)

Pasé a formar parte del departamento de lectura popular cuando de una forma diplomática me botaron de la dirección de literatura provincial. Continué mi desempeño como guía de lectura y como asistente del Dr. Salvador   Bueno. Esa posición fue para mí un entrenamiento extraordinario sin que tuviera entonces conciencia del privilegio disfrutado. Nuestras conversaciones las recuerdo como clases magistrales, a partir de las cuales conocí valoraciones de obras y autores muy controversiales, que me permitieron apreciar, fundamentalmente nuestra narrativa y dotarme de un aparato crítico muy importante. En aquellos momentos mi afán era estudiar literatura en la Universidad; nunca pude llegar a esa meta por razones que explicaré en otro momento, pero mi interés literario creció gracias a las tareas que constantemente me daba el Dr. Bueno, para satisfacer las demandas laborales, y enseñarme prácticamente metodologías de investigación.   

Me recordaba y subrayaba constantemente la importancia de la campaña diseñada por María Teresa Freyre de Andrade. El objetivo supremo era intentar crear el hábito de lectura entre los recién alfabetizados, como ya he dicho, y procurar atraer a los adictos de las novelistas de amor y de cowboys hacia obras de ficción escritas con mayor calidad literaria, cuyos contenidos los ayudaran a ampliar su visión del mundo.

Para mí fue una época de muchas lecturas, fundamentalmente de los libros que debían utilizarse, y redactar esquemas metodológicos que permitieran a los especialistas promocionar los títulos seleccionados de forma atrayente, sencilla, y lograr el objetivo deseado. 

La idea de la redacción de tales esquemas surgió como consecuencia del intercambio de nuestras experiencias, y apreciar que todos habíamos constatado problemas similares. Solicité redactar algunos, de forma experimental y valorar su operatividad en la práctica. Me dediqué por completo a esa tarea, pero mantuve mis espacios promocionales en la Escuela Emiliano Reyes y en la Escuela de Música, ambas del Ejército de Occidente, la primera en La Chorrera, después del Reparto Mantilla, y la segunda en Cojimar

Los intercambios de experiencias entre los promotores formados por el curso emergente de Asesores Literarios en 1962, y los que se habían integrado provenientes de los ofrecidos por el Dr. Bueno en la Biblioteca Nacional y Mercedes Antón en la Biblioteca Municipal de Marianao, enriquecieron ampliamente el conocimiento de lo se había hecho bien, y las deficiencias que aún debían eliminarse.

Las presentaciones debían hacerse de manera más dinámica, y visuales para que conocieran a los autores, las diversas ediciones de una novela, y también los espacios urbanos y rurales donde se desarrollaba su argumento. Todos nos entusiasmamos con dicho proyecto, y nos encontrábamos trabajando de forma intensa, cuando de forma inesperada me enteré de la decisión tomada por la nueva dirección de la Biblioteca Nacional en relación con la Campaña de Lectura Popular. 

No hacía mucho la doctora Freyre de Andrade había sido demovida de su cargo. El controversial escritor Lisandro Otero fue el encargado de transmitirle a la doctora la noticia de su destitución. La forma empleada fue vista y oída por varios compañeros bibliotecarios, Su posición pareció emular con el tono altanero de las tropas francesas, que Lisandro tan agudamente criticó en sus artículos a favor de la Independencia de Argelia, según el consenso del momento, y el encuestador;  mucho tiempo después, llegó al despacho de María Teresa Freyre y le dijo:  tiene cinco minutos para desalojar esta oficina. 

Todos estuvimos atónitos del modo imperativo y despectivo empleado por Lisandro, una persona culta, educada, que no había tenido en cuenta el cargo de directora que ella había ostentado hasta ese momento, y que siendo una mujer proveniente de una familia patricia, de una clase social que mayoritariamente le había dado la espalda a la Revolución ella se había integrado incondicionalmente a dicho proceso, y además, ella podía ser perfectamente su abuela. 

Estábamos ante un hecho, que al menos yo solo comprendí mucho después: a río revuelto, ganancia no solo del pescador, sino de los que prefieren saborearlos ya como pescados fritos.

Uno de los primeros cambios que Aurelio Alonso, el breve, no como emperador, sino como el nuevo director, fue desactivar el Departamento de Lectura Popular. El doctor Bueno continuó como asesor literario de la Biblioteca. Y yo, por primera y única vez en la entonces corta vida laboral, me vi casi en la calle y sin llavín.

Sin embargo, no me preocupaba tanto el saber que tareas me asignarían en el futuro, sino la para mi trágica realidad de que todos los planes que teníamos para ampliar y hacer más exitosa la campana habían sido suprimidos. Este hecho fue uno de los tantos similares que he presenciado a lo largo de nuestro proceso:   funcionarios y especialistas identificados con sus labores, eran trasladados o demovidos, por cuestiones ajenas a sus desempeños profesionales, por criterios subjetivos de algunos dirigentes, ante el temor de que la eficiencia que ellos demostraban, ponía en peligro sus puestos al hacer visible sus incapacidades.

Agua pasada no mueve molinos. Pero las interrogantes de ayer se mantienen sin respuestas. ¿Por qué, si la campaña estaba teniendo éxito, la suprimieron, en lugar de continuarla? He aquí una muestra del porqué es tan importante conocer el pasado, aún más en este periodo de cambio, por favor, aprendamos la lección.

De guía de lectura, me vi de pronto trabajando en los almacenes de la Biblioteca. Me dieron la tarea de organizar las colecciones de revistas cubanas, recuperadas de las diferentes bibliotecas particulares cuyos dueños se habían marchado del país, y de las provenientes de instituciones intervenidas. El piso once, era intransitable, pues los ejemplares de los diferentes títulos, estaban mezclados, así que me familiaricé con la Revista Bimestre Cubana, Cuba Contemporánea, Revista de Cuba, Revista Cubana, El Fígaro, Revista de La Habana, entre otras. El objetivo final era enviar las colecciones ya formadas a las bibliotecas que no las tuvieran. Asumí mi nueva función de forma enajenante, porque quería salir de allí lo antes posible, pero en ocasiones, al revisar los ensayos publicados en algunas de las entregas, me detenía para leerlos, porque era una forma de convertir ese laboreo en algo agradable, y que a la larga me nutrió de conocimiento sobre aspectos de nuestra historia y cultura que desconocía.

Por tal razón redoblé mis esfuerzos por entrar en la Universidad de La Habana. Hasta ese momento, cuando cogía   el número 15, solo había 14 ingresos, esa triste experiencia la tuve en varias ocasiones.  Poco importaba que pidiera ayuda a los orishas y a todas las cortes celestiales;  de nada me valía ir vestido de blanco  cuando llegaba a las entrevistas, por ir vestido de esa forma, me tomaban por un patiblanco, o por un iyawó. La entrevista tenía la finalidad de saber el nivel político del futuro estudiante; por tal razón preguntaban    a veces sobre los Tupamaros, lo que estaba pasando en Vietnam, en África del Sur, o en los Estados Unidos. Siempre pensé haber salido airoso de la entrevista, pero el resultado final me mostraba lo contrario, y cuando indagaba, la respuesta era la limitada capacidad que había. En realidad en el caso concreto mío, intuía que era por la misma razón que en la Dirección Provincial de Cultura me habían negado la incorporación a las Brigadas Juveniles de Trabajo, pero lo tomé más como una actitud personal, no como una medida generalizada, porque veía entrar a otros, a quienes se les podía aplicar la misma limitación. 

En aquel momento y en otros posteriores no me percaté de lo que estaba ocurriendo a lo largo y ancho del país. Pensaba que eran errores que más pronto que tarde se solucionarían. Consideré que la mejor forma de ayudar a cambiar esos criterios era demostrando nuestra entrega al proceso que todos nosotros, jóvenes, viejos, negros, blancos, religiosos, ateos, homosexuales, evidenciando que estábamos plenamente identificados con nuestra historia, nuestra cultura, y que deseábamos contribuir al avance de nuestro país. Pensando así decidí batallar, a mi modo, las acciones y los resultados serían pruebas incuestionables. Cuando escribí la primera versión de mi testimonio cuando ya tenía 36 primaveras en la institución, ahora que la reviso, le agrego lo vivido desde entonces hasta ahora, en mis 56 años vinculados con ella y mis 79 de edad. 


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