Acerca de la biblioteca

En esta sección Ud. podrá encontrar una breve reseña sobre la historia de nuestra institución, sus instalaciones, y directores que la han prestigiado. De igual modo conocerá sobre las funciones que desempeña, su misión en nuestra sociedad y los horarios de apertura de nuestras instalaciones.


Carlos Villanueva Llamas (1946-1948)

La historia laboral de Carlos Villanueva es parte de la historia de la Biblioteca Nacional, así como la historia de la Biblioteca es parte de la historia de la Cuba republicana. Esta Institución, desprovista durante más de cincuenta años de apoyo oficial y apenas sostenida por exiguos presupuestos, se mantuvo gracias a la obra de buena voluntad y el tesón de los cubanos ilustres que habían hecho posible su creación. Y en esta obra, tarea de fundadores, estuvo presente siempre el esfuerzo, la dedicación y la entrega total de Carlos Villanueva a la Biblioteca y a su servicio: razón de ser de su existencia.

Desde muy joven, había comenzado a trabajar en dependencias de la Secretaría de Educación, pero a pesar de su disciplina y eficiencia, pronto fue cesanteado. Meses después, logra un nombramiento para trabajar en la Biblioteca Nacional, donde creyó encontrar su destierro. Sin embargo, el magisterio de Figarola Caneda influyó determinantemente en su proyección futura. Fue tal el interés que este erudito cubano le inculcó por el libro y el servicio público de la cultura, que años después rechazó mejores propuestas de trabajo por parte de la Academia Nacional de Artes y Letras.

El 30 de octubre de 1909, es ascendido a guarda – o vigilante del entonces único salón de lectura. En el transcurso de encargado de materiales, en 1924, y bibliotecario, en 1925. Desde esos cargos, su pasión por servir obviaría, en infinitas ocasiones, la total y caprichosa desorganización de documentos que caracteriza la Biblioteca de aquellos años. Al adquirir un profundo conocimiento de las colecciones existentes, se convierte en uno de los mejores referencistas de la cultura cubana. Tal parece que había heredado, para suerte de investigadores y usuarios, la prodigiosa memoria de Figarola Caneda.

Posteriormente, en 1929, Villanueva sufrió el traslado de la estantería de la Biblioteca al Capitolio Nacional, y la colocación de los libros en cajas, los cuales fueron depositados en los sótanos de la antigua Cárcel de La Habana. Poco después un incendio destruiría parte de la colección.

El despojo perpetrado a la Biblioteca Nacional y el abandono en que la sumía el Estado, promovió heroicas campañas por parte de Emilio Roig de Leuchsenring en pro de una verdadera Biblioteca Nacional. Roig lograría fundar, en 1936, la  sociedad Amigos de la Biblioteca Nacional, a la cual se vincularía efectivamente Carlos Villanueva. Esta sociedad reconoció por derecho propio a Villanueva como a uno de los mejores amigos de la Biblioteca Nacional, e hizo pública una declaración pidiendo para él la Cruz de la Orden Carlos Manuel de Céspedes, la cual le sería concedida en los años 40.

En 1938, por demanda inmediata de José Eleuterio Pedraza, ignorante y despiadado jefe de policía, la Biblioteca Nacional es trasladada de la Maestranza de Artillería al Castillo de la Fuerza. Allí, el incomparable custodio de nuestro patrimonio cultural, rodeado de torres de libros y periódicos, recorrería durante años los oscuros pasadizos alumbrados por bombillos de luz amarilla, atento y vigilante, tratando de proteger la Biblioteca de todos los peligros. Permanecía en ella, incluso durante las noches, en los momentos de amenaza ciclónica y protegía con los escasos medios que contaba – tablas y cartones—los estantes, para evitar que se estropearan los fondos más valiosos del país, debido al mal estado de “los antiguos techos del Castillo”1

Por esa época, Villanueva apoyaría con leal desinterés la creación de la Junta de Patronos por la ley de 21 de marzo de 1941, la cual creaba también el impuesto de medio centavo por cada saco de azúcar de trescientas veinticinco libras, para arbitrar los fondos con los que se construiría años después un nuevo edificio para la Biblioteca Nacional.

A fines de 1946 fallece el segundo director de la Biblioteca, Francisco de Paula Coronado, para quien Villanueva había sido siempre el bibliotecario indispensable; unos meses antes, José Antonio Ramos renunciaba al cargo de Asesor Técnico. Toca entonces a Villanueva, quien ya por estos años había dedicado más de cuarenta a la gestión bibliotecaria, la responsabilidad de la Institución.

Villanueva admiraba la labor de Ramos, eminente hombre de letras que mediante su trabajo en los años 1940-1946 puso al servicio del público miles de libros que hasta esa fecha no habían sido de utilidad al país por no estar procesados, y también admiraba a Coronado, a quien  siempre consideró un humanista de talla; por estas razones, acepta la dirección en propiedad, por no considerarse merecedor de sustituir a Coronado. La falta de recursos y otras penurias le impidieron al nuevo director continuar y fortalecer la labor de Ramos. Logró, sin embargo, conservar la reorganización ya emprendida sobre los fondos bibliográficos, lo cual, teniendo en cuenta la indiferencia oficial que imperaba ante los verdaderos intereses del pueblo, fue de hecho una gran empresa.

Años más tarde, en 1957, el excepcional guarda de los fondos bibliográficos cubanos en el viejo Castillo de la Fuerza, participa con satisfacción en el traslado de libros y documentos al nuevo edificio que, a partir de ese momento, ocupará la Biblioteca Nacional. Su pasión por el trabajo le imprimía la agilidad y fuerzas necesarias para empacar los fondos, a pesar de sus setenta y un años de edad.

Ya por esta época, tenía a su cargo la Sección de Hemeroteca, la cual veló y cuidó con tanta dedicación, que es de todos conocido el disgusto que sentía cuando una página era rasgada por el mal uso o deteriorada por el tiempo, así se mantuvo con sus largas jornadas de trabajo – desde las cinco de la mañana hasta las ocho de la noche--, las que extendía a los domingos, por ser su día preferido para trabajar mejor.

A esta sección de periódicos y revistas dedicó largos años de su intensa vida laboral. Villanueva conocía como nadie la historia de cada uno de los diarios atesorados, por ello logró confeccionar un catálogo diccionario que registra una vasta información tomada de estas colecciones cubanas del siglo XX, auténtico instrumento bibliográfico que aún en nuestros días resulta un repertorio de obligada consulta y referencia, y que es, sin lugar a dudas, valedero antecedente del Índice de Publicaciones Periódicas que anualmente publica la Biblioteca Nacional de Cuba.

El ímpetu de la Revolución en1959 determinó el renacer de la biblioteca Nacional, lo cual alegró a este hombre sencillo que identificara su existencia con la vida de esta Institución. Carlos Villanueva tuvo el privilegio de llegar a la Biblioteca apenas dos años después de su creación, y le fue dada la posibilidad de vivir las vicisitudes de la Institución, apenas sostenida por el tesón de sus fundadores. El triunfo de la Revolución le confirió, también, el privilegio de verla renacer como verdadera Biblioteca Nacional. Fue testigo presencial de cómo se llenaban y organizaban los estantes metálicos que la Revolución heredaba vacíos, de cómo las salas, también vacías, se llenaban de usuarios; vio, en fin hecho realidad, el sueño de su vida, y por ello repetía a compañeros y amigos que esta nueva Biblioteca era lo que él había querido siempre para su país.

Recientemente, unos meses antes de su muerte, ocurrida el 22 de abril de 1982, la Biblioteca Nacional, al celebrar su 80º aniversario, se honró con su presencia cuando visitó ésta, su casa, por última vez.

Los bibliotecarios cubanos recordarán siempre al guía de más de tres generaciones de intelectuales, a quienes transmitió ejemplarmente su pasión. A ellos traspasó ejemplarmente su pasión bibliotecaria y a las generaciones que le sucedieron.

Vencido por la edad, se retira después de sesenta y seis años de labor, el 31 de octubre de 1969. La historia de la Biblioteca Nacional no podrá escribirse sin incluir el laboreo de Carlos Villanueva, uno de sus más recios forjadores.

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